150 de mortadela (II)

En estas diez historias hay un niño prodigio mexicano, un país con leyes para tímidos, un soldado a punto de morir, una familia métrica, dos hermanos polacos mentirosos, un muchacho que alarga las presentaciones, un inventor sin suerte, un ensayo filosófico pesimista, el amor entre dos amantes que ven el futuro y la conversación trunca entre un padre y un hijo.

XI.

Francisco Hoyos no dijo palabra hasta los dos años y seis meses de edad. Tan perfecto fue su silencio que sus padres lo creyeron mudo. Una buena mañana comenzó a hablar en euskera, verdadero prodigio para un niño mexicano que nunca había salido de Campeche. Sus padres, que no entendían vasco, sospecharon que era media lengua y no se preocuparon; tampoco se maravillaron. Cuando cumplió cinco lo llevaron a varios médicos, sin suerte. A los doce visitó a un psicólogo. Nadie encontró anomalías en Francisco, ni físicas ni mentales: solamente hablaba mal. Una tarde de sus diecisiete años el jovencito se cansó: “Kokoteraino nago doktoreak”, dijo. Y no habló nunca más en la vida. Fue el caso más fugaz de infancia prodigio en Campeche, el más olvidable. Francisco Hoyos murió a los sesenta años, de infarto, durante las semifinales de un concurso de levantar piedras. Falleció sin dejarnos últimas palabras.

XII.

Las leyes del amor fomentaban las relaciones ocasionales. En los autobuses, los hombres debían ubicarse en asientos pares; las mujeres, en impares. Así el gobierno impulsaba el encuentro. Si te sentabas solo en un banco, pudiendo hacerlo junto a alguien, un guardia civil te multaba. En el cine se producía un intermedio, a oscuras, para que el público manoseara al espectador de su derecha. Los restaurantes descontaban el 50% a las parejas que pudieran certificar primera cita. En las discotecas las damas entraban gratis y a los caballeros se les ofrecía dinero y bebidas. El gobierno premiaba con subsidios el primer hijo y, con descuentos, el primer beso. En las esquinas tenían prioridad los peatones que caminaran de la mano. Sin embargo, la epidemia se extendía sin remedio. Entonces llegaron los militares y tomaron el poder. Primera medida: abolir el wifi gratuito. En un mes todo volvió a la normalidad.

XIII.

Un soldado regresa a pie de una guerra en la que vio morir a sus amigos, en la que casi muere, de la que ahora huye derrotado. El soldado busca el camino a casa pero no lo encuentra; allí lo espera una mujer y los dos hijos. (No conoce al segundo.) El soldado tiene sed, hambre, frío y cagadera. Como solamente puede saciar una de las cuatro urgencias, se baja los pantalones en medio del monte y se desahoga. Justo entonces pasa por allí un soldado del bando contrario que, al ver al enemigo en cuclillas, se queda quieto. El otro también lo ve. Se miran, ambos en guardia, desde las diferentes alturas. El que ganó la guerra busca algo en su morral. El otro piensa: “me matará mientras cago”. El victorioso saca un rollo de papel y, sin decir nada, lo deja en el suelo. Después sigue su camino.

XIV.

La familia Poeta tiene cuatro integrantes. Carlos Poeta, su esposa Marta, y sus dos hijos: la adolescente Ana de catorce años, y el pequeño Martín de trece meses. Esa noche, durante la cena, Ana olfateó su plato y dijo en verso libre: “Mamá, | este puré huele a mierda, | a muerte en polvo, | a carroña entumecida”. El padre entonces estalló en soneto: “Te he dicho mil veces que te dirijas | a tu madre con rima consonante | ¿para qué corno he parido yo a esta hija?” La madre, en romance, quiso templar los ánimos: “Consonante o asonante, | pero que rime hija mía, | sino después a tu padre, | le cae densa la comida”. Ana se fue llorando al cuarto; los demás siguieron en silencio hasta que habló Martín: “Papa enojado | con nena y mama triste, | Martín cacona.” Sus padres lo miraron con los ojos llenos de lágrimas: era el primer haiku del hijo.

XV.

Los gemelos Andreizek eran dos polacos gordos, de cuarenta y cuatro años, que estaban peleados desde hacía una década. Uno de los hermanos vivía en Varsov, el otro en Wroclaw. Los dos solteros, los dos solitarios y obesos. El destino quiso que se encontraran en el chat de Terra Polska con identidades falsas. Uno de los gordos se hacía pasar por una jovencita virgen. El otro fingía ser una lesbiana morena y tímida. Con el tiempo y la charla nocturna, ambos se enamoraron del personaje del otro, creyéndolo real. Se enviaban mensajes de móvil, se pajeaban pensando en las muchachas, se mandaban regalitos. Un día decidieron verse en un hotel. Cada uno tenía planeado decirle a su pareja la verdad. Cada uno tenía la esperanza de que la otra lo aceptase. Y lo más sorprendente: ambos habían decidido invitar al hermano a la boda, si la historia de amor funcionaba.

XVI.

Dice el Hijo: “Somos nueve hermanos. En orden de nacimiento llegamos al mundo así: José, Arturo, Adelaida, Luz, Marco, Jaime, Rosa, Luis y Nicanor. Todos nos llevamos un año. Yo no soy el más grande, y tampoco el más pequeño. Mi nombre tiene cinco letras, una de ellas es la A. Me llevo bien con mis tres hermanas mujeres, pero mi preferida es menor que yo. De mis cinco hermanos varones, dos se dedican al negocio de la construcción, y los otros tres tienen imprenta. José tiene cuarenta años y Nicanor treinta y dos. Según el poeta italiano, estoy en el medio del camino de la vida. Mi edad es impar. Arturo no es imprentero. Mi edad sumada a la edad de Luis dividida por dos, da por resultado la edad de Rosa”. Dice la Madre: “¡Jaime, a comer!”. Prosigue el Hijo: “Mamá es pelotuda, siempre me arruina los acertijos”.

XVII.

El lunes esculpí una piedra, en Drobb, hasta quitarle las aristas; la llevé rodando a la choza del Brujo, que me vio llegar maravillado. El martes pasé por Ijik y molí pasta vegetal hasta dejarle el grosor de un suspiro; endurecida y blanca la entregué a la Autoridad, que no daba crédito. El miércoles, ya en Zhou, froté una aguja con magnetita y la colgué de un pequeño hilo encerado; se la obsequié al Rey, para que navegara. El jueves, de paso por Moguntiacum, tallé letras huecas y las rellené con hierro hasta que semejaran un manuscrito y lo multiplicara; lo di a unos copistas. El viernes capturé un rayo en Smiljan y logré enjaularlo, para que no hubiera noches; lo regalé a un matemático. El sábado regresé a casa tarde y me acosté sin desvestir. El domingo por la mañana vi la nota de María, que me había dejado.

XVIII.

Supongamos que alguien descubre, por casualidad o empecinamiento, la solución a las grandes preguntas: qué es la vida, de dónde venimos, a dónde vamos, para qué estamos aquí. Supongamos que las respuestas han estado todo el tiempo frente a las narices de cualquiera: en la interpretación de las nubes, en el dibujo de las huellas dactilares de un niño, en un grano de café. Supongamos que las respuestas halladas dan satisfacción a todos los hombres: a los que razonan y a los que sienten, a los que confían y a los que niegan, a todos. Imaginemos que La Verdad nos ilumina de una vez y para siempre. ¿Qué pasaría entonces? ¿La noticia aparecería en la tapa del Clarín? ¿Deberíamos no ir a trabajar al día siguiente? ¿Los abogados dejarían de lado sus trapicheos? ¿Alguien haría otra película genial? ¿Ella me querría? Si la respuesta es no, la filosofía me amarga.

XIX.

Cuando una tarotista y un vidente se enamoran, los planetas no saben para dónde orbitar. La luna se tara, el café no produce borra, los pájaros premonitorios se esconden en los nidos, las bolas de cristal tienen estática y las lechuzas prefieren mirar para otro lado. Los amantes buscan en vano señales sobre el futuro, pero los naipes de la tarotista se van al mazo y los artilugios del vidente se descomponen. Ella se pregunta: ¿me engañará algún día? Nadie le responde. Él quiere saber: ¿tendremos hijos? El porvenir no contesta. El amor viaja en una frecuencia distinta a la del presagio, el deseo es un ahora. Un ahora o nunca. Cuando una tarotista y un vidente se enamoran, quedan anclados del presente. Viven juntos. Tienen hijos. Una tarde uno de los dos se cansa del amor y recupera las facultades. Lo primero que ve es al otro, llorando mañana.

XX.

Desde que estoy sin padre ya no puedo ver partidos, porque el fútbol nunca fue monólogo en mi vida, ni siquiera fanatismo, sino una interminable conversación entre dos hombres. La primera vez que vi un balón fue en el cielo de La Liga, un arquero lo hacía volar al medio de la cancha y pensé que era la luna; yo estaba en sus brazos. Después la charla continuó en las tribunas del Carlos Quinto, en Flandria, en las plateas de la calle Pavón, donde una noche se cortó la luz mientras Central nos paseaba, y sentí su mano. La conversación siguió en los sillones de casa, un parloteo incesante que duró seis Mundiales. Más tarde en los teléfonos, en los chats. Una conversación feliz que duró treinta años. Y ahora, a los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo de cualquier partido, comprendo que no va a sonar el teléfono.

Cada uno de estos cuentos (y los que pasaron) caben en ciento cincuenta palabras.

Hernán Casciari
Domingo 7 de septiembre, 2008

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166 comentarios 150 de mortadela (II)

  1. EdMcVain #162    15 septiembre, 2008 a las 11:49 pm

    Querida Mara #160
    Me parece que mezclas churras con merinas… ¡¿La Wikipedia?!… eso sí que es nivel.
    Solo una cosa: estaba convencido que leía el blog con detenimiento, pero si tu piensas que no es así… No sé, esto es un golpe durísimo del que no creo que llegue a reponerme nunca.
    Anda, relájate mujer y come más fibra que la vida son tres días

  2. El Chalero Solitario #161    15 septiembre, 2008 a las 11:49 pm

    Yo también Seburu me quedé pensando luego del comentario de McVain, pero traté de ir más lejos aún:

    La ignorancia es fea
    Estoy en un dilema
    Estar en un dilema es feo
    La ignorancia es fea
    Los burros son felices
    Algunos felices tocan el saxo con mucho sentimiento
    Ningún conejo está en un dilema
    Si llueve, entonces voy al cine a ver una peli fea.
    Si no voy al cine, y mi hermana cocina polenta, acaricio un cocodrilo.
    Todos los conejos que van al cine ignoran el idoma rumano.
    Los conejos que no van también.
    Algunas rumanas no son feas.
    Algunos cocodrilos acariciados se sienten felices.

    Sin embargo, todavía, no llegué a ninguna conclusión.

  3. seburu #160    15 septiembre, 2008 a las 7:27 pm

    me quedé pensando en el comentario de McVain en el #152: “La ignorancia es fea”, y estoy en un dilema.
    Si “cuanto mas sabio se es, mas uno se da cuenta del tamaño de su ignorancia”, y “la ignorancia es fea”, entonces debo deducir que debo ser un burro para ser feliz?. O es que EdMcVain ha alcanzado la perfección y vive su anterior situación como tortuosa?

    no espero respuesta. exhalé una duda existencial.

  4. Mara #157    15 septiembre, 2008 a las 1:18 pm

    EdMcVain 152:
    Justamente, como la ignorancia es muy fea, no me voy a poner a tu altura. Sobre todo porque este no es el sitio apropiado.
    Es una pena que no leas con detenimiento a Hernán.

    Hernán, te pido disculpas.
    Y te vuelvo a dar las gracias.

  5. María Teresa (otra Chichita) #156    15 septiembre, 2008 a las 5:14 am

    Hola Hernan
    Te hablé del teléfono cruel. Ayer sonó feo, horrible, yo estoy en Córdoba y el sonido vino de México con noticias nada buenas, muchas veces es mejor que esté mudo.

  6. arqui #155    15 septiembre, 2008 a las 1:15 am

    Me gustaron los cuentos que van del 11 al 20. Y más que cuentitos, cuentazos. Brillante maestro, lo suyo no es fuera de juego. Usted es los 22 jugadores, los suplentes sentados en el banco y el dueño de la pelota.

    Te sigo leyendo

    Un gran abrazo

  7. mariaM #154    14 septiembre, 2008 a las 11:06 pm

    Hola Hernan, llegue un poco tarde porque estaba viajando, me encantaron tus cuentos en especial el # 20, ese me llego al corazon. Ya llego tu libro autografiado, gracias, dice: “Para Maria en Paris, me acuerdo de vos”, ahora a leer, creo que te acordas de mi por mi apellido, Morel, y seguramente es por “La invencion de Morel”, de Bioy, me equivoco?, te mando un beso y seguis siendo un capo.

  8. itzel #152    14 septiembre, 2008 a las 2:44 am

    Hola Hernán; hacía mucho que no me pasaba por acá y cuando regreso me encuentro con estas joyas.

    Yo como todos hablaré de mis preferidos y me encanto el de Jaime, me arrancó una carcajada después de un dia de mierd@. Y el 20 pues es simplemente hermoso por la verdad y la realidad que encierra.

    Eres un genio que sabe como mover muchas emociones que hay en mi y en tantos otros, gracias por eso.

    Un Abrazo.