A caballo

La impresión que tuvimos esta semana es que hay muchísimos lectores hartos. O para decirlo de un modo optimista: la impresión es que todavía tenemos esperanza. Vamos a hacer una revista y bla bla bla. Pero las repercusiones del asunto excedieron esa premisa. Los futuros lectores de la revista Orsai están actuando de una forma inesperada: se buscan entre ellos. "¿Alguien en Suiza?", dicen. "Ya somos siete en Comodoro Rivadavia", gritan. Quieren comprarla en packs de diez. Yo no había visto eso nunca.

Hay algo sobre lo que pienso mucho en estos días. Pienso en el nuevo comportamiento de las masas, y en el flamante derrotero del individuo anónimo.

No se espanten: la frase de arriba es retorcida pero en el fondo simple. Quiero decir que el mundo analógico, desde hace cientos de años, nos demostró que el individuo, él solito con su alma, tiende a ser un muchacho sano y a desarrollar acciones cívicas; y que la masa en cambio, siempre anónima y viral, propende a ser enfermita y a tirarle cascotes a los referí.

Así nos fuimos acostumbrando a que fueran las cosas, en general.

Pero un día, ¡zas!, aparece el universo virtual, y empieza a ocurrir lo contrario. El troll es la unidad más solitaria e idiota de las redes, pero se comporta como masa sigloveinte: al perder la identidad tira piedras y ladrillos contra todo, anula el diálogo, incendia la idea; mientras que la multitud, cuanto más enorme en número, cuanto más apiñada, resulta solidaria y llega a conclusiones y a acciones nobles.

El número poderoso, la cifra alta de individuos, perfecciona a la comunidad y la civiliza. El individuo virtual, cuando se une, se convierte en una masa ilustrada.

¿Hay alguien más en Bruselas? ¡Ya somos nueve y nos falta uno para ir a la librería entre todos!

No están hablando de una revista quienes gritan esas consignas en los comentarios de un blog literario. Les importa un carajo la revista (si ni siquiera hemos hablado todavía de contenidos). Esa gente pide a gritos encontrarse en alguna parte para leer. Para verse las caras y hablar de un tema en común.

Oye, @LibreriasGandhi vas a vender la revista Orsai? —bombardea la gente por Twitter al pobre muchacho que lleva la comunicación digital de Librerías Gandhi en México—. Sé de varios que la compraremos. cc @asamano @yosola @ChanfleII @SalvadorLeal

Al mismo tiempo, la prensa tradicional se hace eco de nuestro proyecto, que es (como quedó claro) un proyecto que descree y repudia a la prensa tradicional. Ésa sí que no la esperábamos.

Un ejemplo es el periódico español Público de hace unos días; otro ejemplo es la portada del suplemento cultural de Página 12 (Argentina) de hoy. Es verdad: ambos medios son competidores feroces de la prensa a la que renuncié hace dos semanas, El País y La Nación. No soy ingenuo: sé que les gusta hacerse eco a nivel corporativo. Pero no los periodistas que me llamaron para charlar. Ellos en su fuero interno apoyan —sin malabarismos ni intereses creados— esta idea surgida de un hartazgo común.

Hay una magia nueva en casa. Por lo menos en la parte de la casa que usamos de redacción portátil: el patio. Hay un aire de felicidad y de pasión que nos conmueve; todo lo que ocurre es natural y es simple y es, al mismo tiempo, asombroso.

No hablo solamente del modo bestial con que ustedes recibieron la idea y empezaron a organizarse para que ocurra y funcione. También nos resulta conmovedor lo que está pasando a nivel laburo, a nivel redacción, en la revista.

No tenemos planeado, hasta noviembre, soltar ningún dato sobre contenidos y colaboradores. Pero si no digo esto ahora exploto:

Nadie nos dijo que no.

El punto cinco del Dodecálogo para una revista imposible, que escribimos en una libreta con Chiri durante una sobremesa muy larga, decía:

—Escribirán y dibujarán únicamente personas que admiremos mucho.

Lo cierto es que sospechábamos que nos iba a costar un huevo (y eventualmente la mitad del otro) convencer a ciertos periodistas, escritores e ilustradores de prestigio para que participaran del número 1 de un medio inexistente, cuyo precio de portada es una unidad monetaria nueva, y editado por dos drogones en ojotas desde un patio.

Pensábamos que íbamos a tener que explicar demasiadas cosas, e incluso caretear aplomo y mentir desprecio hacia la índica y a la sativa. Pero ocurrió un milagro: nadie nos dijo que no. Hablamos con gente que leímos con fruición en la juventud y en la madurez; hablamos con tipos que fundaron y editaron las revistas que nos hicieron felices en los últimos ’80 y los primeros ’90. Y con otros que son demasiado famosos, y con otros que son como hermanos. Y nadie dijo que no.

Ahí es, justamente, donde hace su contrapeso flamante la masa ilustrada. Porque el motivo de la aceptación de aquéllos se genera gracias a la esperanza que ustedes tienen en que esto levante vuelo.

Ustedes hicieron todo el quilombo en Twitter, todo el escándalo en Facebook, todo un escombro brutal con el boca a boca. Hicieron y hacen tanta bandera que aquellos autores e ilustradores que sospechábamos lejanos, inaccesibles, carísimos o inalcanzables, ya conocían el proyecto y —algunos, incluso— esperaban ser convocados.

Fijémonos un segundo en la particularidad de este ida y vuelta: la masa ilustrada le pone el precio a la revista (debate que en Uruguay es cara y le baja el costo; confirma los precios y los redondeos en cada región del mundo); después la misma masa ilustrada genera la repercusión necesaria para que los mejores autores quieran participar. En ambos casos, la masa incide en favor de cada individuo. Cambia el modelo marxista del uno para todos. Cambia el modelo capitalista del todos para uno.

Nace el todo para todos, sin nadie que se lleva el 15% sin hacer nada. Muere el intermediario perezoso, el traficante de influencias, el editor que no edita, el productor que no produce, el lector que no lee, el narrador que no narra.

Lo mismo tendrá que ocurrir con los libreros: que la pedagogía y la emergencia de un negocio más justo provenga de la masa ilustrada. Es decir, de quienes configuran y precipitan la utilidad del negocio.

No hay que decirle al librero “ey, don Cosme, ayúdenos”, como algunos todavía creen en los comentarios. Hay que decirle al librero “te venimos a ayudar, porque si no es así, en dos años vos no tenés negocio y nosotros no tenemos ocio”.

Y si no ocurre, si el librero no concibe el PayPal como transacción efectiva, si el librero cree que podrá seguir trabajando a consignación toda la vida con 40% de ganancia sobre precio de tapa, no importa.

Ustedes también solucionaron esa mínima intermediación necesaria, al conformar de un modo orgánico —y espontáneo— grupos de diez lectores en cualquier parte del mundo.

Diez lectores son, en sí mismos, una librería ambulante que comprende hacia dónde va el modelo de lectura.

Es un placer trabajar de este modo. No tengo la más puta idea de si será rentable a largo plazo. Le tengo un pánico monstruoso, y un vértigo inusual, a las expectativas que estamos generando cada jueves con estos textos en formato de backstage. Pero al mismo tiempo es un placer, desde el minuto uno, que seamos ustedes y nosotros sin nadie más en el medio.

Un medio sin nadie en el medio. (No está mal como lema debajo del logo, pienso ahora en voz alta.) Gente que se junta, de diez en diez, para leer.

Me imagino la situación a primeros de enero de 2011: alguien, un lector cualquiera, compra el pack de diez revistas y los otros nueve —desconocidos todos, aunque ya no— llegan a su casa a buscar su ejemplar. ¿Qué hacen entonces? ¿Cada cual paga y se va? No me imagino ese escenario.

Me imagino al pequeño grupo hojeando el número en el comedor de la casa de un ex-desconocido, riéndose con alguna página, sorprendiéndose con otra, leyendo en voz alta un cuento. Respirando, ojalá, la misma energía que estamos respirando nosotros desde casa, al pensar en cada página.

Me imagino al grupo conmovido por haber logrado ese pequeño placer sin la ayuda de nadie perverso en el camino. Esa revolución interior de pasar por encima de todo lo feo, de todo lo aburrido. Me imagino al grupo disfrutando la ausencia de la publicidad absurda, de la mentira tópica, del subsidio interesado u obligatorio, y oliendo la tinta fresca en un papel, sintiendo el peso de la revista en las manos.

Yo soy un poco maricón, lo tengo clarísimo. Pero cuando fantaseo con un grupo de pibes leyendo en voz alta lo que sea, lo que sea, me dan ganas de hacer puchero y de emborracharme a la salud de Twain. (Le digo ‘pibe’ a cualquiera que tenga menos años que yo.) No creo que haya un objetivo mejor para un comunicador que gente leyendo en voz alta. Gente con cosas en común que espera algo mágico de un pedazo de papel.

Es posible que en los últimos diez años hayamos perdido un poco de esa dicha, todos sentados a solas delante de un monitor. La nueva parafernalia, las primeras lucecitas de internet nos enloquecieron bastante. Dejamos de oler tinta con pasión, dejamos de escribir textos largos, los medios se convirtieron en empresas tristes, accionarias, reaccionarias. Perdimos el estatus de lectores y nos convertimos en la moneda de cambio entre el multimedio y el auspiciante. Entre el hambre y las ganas de comer.

Pero al mismo tiempo es verdad: el mundo digital es mejor que el analógico. ¡Pero solamente en sus formatos y en su velocidad, por el amor de Dios! No en contenidos, no en serenidad.

Lo que vino con el año 2000 fue, sin duda, mejor que un olor nostálgico a imprenta de pueblo. Lo que vino galopando a principios de este siglo, esto que ahora tenemos y que empezamos a domar, es el animal más maravilloso de los tiempos.

Internet es un caballo brioso, y nosotros siempre anduvimos a pata y llegando tarde a todos lados. ¿Cómo no íbamos a subirnos al caballo?

Durante diez años enteros el animal nos llevó por donde quiso, eso también es verdad. Nos alejó de la lectura maravillosa de los domingos con papel y café con leche. Nos alejó de la lectura larga y de la emoción de estar en casa con amigos sin buscar ninguna palabra en Google durante una sobremesa entera. Teniendo cosas en la punta de la lengua, sin ansiedad. Leyendo en voz alta.

Error sospechar que eso es malo. A eso hay que domarlo, nada más. Twitter no mata a la literatura. Twitter nos dice cuál es la literatura y dónde encontrarla.

Yo creo que de a poco, en esta nueva década que empieza en enero, iremos encontrándole las riendas al equino desbocado, sabremos usar las espuelas, podremos domar a la bestia.

Esta transición analógico-digital ya empieza a dejar de ser la metáfora de un caballo salvaje con millones de gente arriba y a los gritos. Empezamos a ser, cada uno, un hombre y su caballo. Empezamos a decirle al animal dónde queremos ir.

Y me parece que va siendo hora de que volvamos a casa.

A caballo, pero a casa.

Hernán Casciari
Jueves 14 de octubre, 2010

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359 comentarios A caballo

  1. Inés Bleyer #359    5 diciembre, 2010 a las 2:04 pm

    En las ilusión de vivir sensaciones
    es gratificante percibir alegría
    al observar los sueños plasmado
    de un equipo creativo.
    Les deseo mucho éxito
    Inés Bleyer

  2. Oopsh! #355    12 noviembre, 2010 a las 11:40 pm

    Descubrí vuestro proyecto por el loco de Diego Mariño, que no contento con comprar el pack de 10, los ha regalado.
    Me entusiasma! Ya encargué mi revista en en Madrid, a “Traficante de sueños”.
    Me gusta la idea del cartel para librerias, pero podríais hacer algo más “dinámico”.
    Como en los anuncios de Ogylvi, un parrafo explicando el proyecto común. Una imagen (El logo), y un titular o tagline que podría ir variando, propongo un par:

    “¿Quién carajo la compraría, sin saber qué hay?”
    o el primer comentarío en Público:
    “Totalmente pueril”

    Estais chalados!… Me quedo 🙂

  3. abby #351    1 noviembre, 2010 a las 3:02 am

    Vino mi hermano y me contó de esta idea “loca”: leí y compré y seguí leyendo y lloré y seguí leyendo y seguí llorando.

    Gracias Hernán! Gracias Chiri! por todo! no puedo esperar hasta Enero!