El abuelo nazi

A mediados de agosto una lectora me mostró una foto de su hija, en piyama y con pantuflas, que leía muy oronda un libro mío. La foto es divertida porque la nena, que puede tener entre ocho y diez años, está cruzada de piernas y parece ajena al mundo. Al final, su madre me hace una pregunta, un poco en chiste y un poco en serio: «Casciari», me dice, «¿cuán alejados de los niños hay que tener tus libros?».

Le respondí con un recuerdo de mi infancia, que ahora comparto en el blog. Como siempre, pueden escucharlo en audio desde acá, o leerlo desde el siguiente párrafo.

 

Yo estaba a punto de cumplir once o doce años y mi tía Ingrid, que era muy culta, me regaló dos canastos llenos de libros de su adolescencia. Eran más de cincuenta libros, y mi mamá los metió en el baúl del auto. Estaban en dos bolsas de arpillera.

Pero entonces llegó mi abuelo Marcos, y sin que se lo pidiera nadie, sacó los libros del baúl y los desparramó arriba de una mesa, como si fueran pomelos, o como si fueran cartas gigantes de chinchón. Miró los títulos de los libros, las ilustraciones de las portadas, y empezó a decidir cuáles eran para mi edad y cuáles no.

Mi abuelo Marcos era un tipo muy gordo y muy nazi, y todos en la familia le tenían mucho miedo. Para él, los demás siempre estaban equivocados y él había llegado al mundo para encontrar los errores. No se reía casi nunca, y cuando se reía era una risa que daba miedo.

Para peor yo era su primer nieto y me quería preservar de todo lo malo. Él estaba seguro de que, en muchos de esos libros que me habían regalado, podía haber malas palabras, o escenas chanchas, o cosas para las que yo, a mis once años, no estaba preparado.

Así que se sentó a la mesa, con su cara de escuerzo dueño de la verdad, y empezó a hacer dos pilones de libros.

En un pilón iba poniendo los que yo sí podía leer, y en el otro pilón los que no. Se basaba en los títulos, en las tapas, en el nombre de los autores, en su propia intuición nazi, en sus poquísimas lecturas.

En el montón de los permitidos puso esos libros seriales que se publicaban en los sesenta, del tipo «Jules y Gilles en busca del diamante», «Hardy Boys y el misterio de los seis cachorros de angora». Mierdas… Libros mediocres de los llamados juveniles que se imprimían como churros calientes y las madres les compraban a sus hijitos.

Mientras que en la pila de los libros prohibidos iba poniendo novelas que el hombre suponía demasiado complejas para mi edad, o que sospechaba que podían tener tetas y culos y fornicación.

Puso cada uno de los pilones en las bolsas de arpillera y le dijo a mi mamá que me diera los libros permitidos, y que escondiera de mi vista la segunda bolsa.

Mi vieja, que le tenía miedo a su padre, le hizo caso. Llegamos a casa y desparramó en mi pieza la arpillera ética, la bolsa moral, y a la otra bolsa la llevó al lavadero de casa, atrás del patio. Yo me hice el boludo pero miré bien a dónde Chichita se iba con la bolsa prohibida.

Después empezó el colegio y yo esperé, con paciencia, las tardes en que me dejaban solo en casa. Naturalmente, un día fui al lavadero y empecé a buscar la bolsa. La encontré rápido, detrás de los detergentes y del anticongelante.

Ahí mismo, sentado entre ropa sucia y con olor a jabón Federal, empecé a leer los libros prohibidos: eran novelas de Arthur Conan Doyle, de Oscar Wilde, de Mark Twain, de Chesterton. Libros impresos en hoja de biblia; en muchos casos, obras completas.

Mi abuelo nazi no me había prohibido a Oscar Wilde por «El príncipe feliz», sino por «El retrato de Dorian Gray», que era para adultos y estaba en el mismo tomo. No me prohibía las historias de Tom Sawyer, quiero decir, sino que me prohibía «Un yanqui en la corte del rey Arturo», del mismo autor.

Y los leí… Y los leí.

Tuve un abuelo que me prohibió —justo en el inicio de mi rebeldía— la buena literatura. No la tele, no las drogas, ni el alcohol, ni hacerme socio de Independiente (dios libre guarde). Me prohibió los libros buenos, las historias inmortales.

Tuve esa enorme suerte de principiante. Y se lo tengo que agradecer a él. Porque en la infancia, y en la pre adolescencia, la pasión por las cosas solamente te entra por las puertas del no.

—No toques eso; no hagas eso.

Por eso ahora, que tengo una hija de diez años, no la vuelvo loca para que lea. Es un error. Lo que hago es esconder a Borges en estantes inalcanzables, y meto a Edgar Allan Poe en cajones con llave. Y a los cronopios de Cortázar les pongo una cinta que dice NO TOCAR.

Yo sé que ella, Nina, tarde o temprano se va a sentar sola en casa, en la ansiedad de su infancia, y va entrar como si nada en la clandestinidad.

Hernán Casciari
Martes 1 de septiembre, 2015

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108 comentarios El abuelo nazi

  1. Guillermo #68    13 mayo, 2018 a las 11:23 am

    Gracias por este cuento, es realmente hermoso. No sé si es porque empecé a ser padre hace muy poco y me la pasó pensando en cómo hacer para educar mejor a mi hija o porque me la pasó pensando en que escribirle a ella para que me lea cuando sea mayor, pero me identifique mucho con lo que escribiste y me deja pensando en que lo más importante que le puedo dejar es un metamensaje desde mis acciones y no la palabra directa.
    Saludos.

  2. Sebastian Mangieri #66    30 septiembre, 2015 a las 5:45 am

    Gran historia. Se podría decir que gracias a la prohibición de tu abuelo hoy tenemos el placer de leerte, sino quizás, si leías las historias mediocres no te iba a interesar tanto escribir y la literatura.

  3. Luis Alberto Hernández #63    16 septiembre, 2015 a las 1:52 am

    Hola, este mi primer mensaje, aunque te leo y escucha hace ya tiempo. y no creo que lo deje de hacer. El propósito, es decirte algo que, creo, ya sabes;
    en primer lugar, que sos un gordo simpaticón 🙂
    y en segundo, que sos un muy buen escritor.

    PD: con respecto a ese texto increíble, parece ser que los juicios superficiales, y que el destino de los no aptos sea el del jabón, es algo común para los nazis.no?

  4. Nicolás Bruno #61    9 septiembre, 2015 a las 12:49 am

    De esto habla Abelardo Castillo en una entrevista que leí hace poco.

    Dice que es difícil hacer leer a un chico que se acostumbra a los 140 caracteres, pero que la mejor forma que él encuentra es poner un libro en lo más alto de la biblioteca, bien escondido y prohibírselo.

    Saludos.

  5. Macarena Rueco #60    8 septiembre, 2015 a las 2:00 pm

    Jajajaja. “Ahora temo que mis intimidades sean expuestas en blog” Se regaló la lectora 😛

    ¿Quién lo leyó alguna vez un libro “para grandes” antes de “ser grande”? Un privilegio que otorga criarse en una casa donde la biblioteca ocupa un lugar central. Ojalá todos los botijas tuvieran esa capacidad de transgredir las normas.

  6. Eugenia Barbieri #59    7 septiembre, 2015 a las 8:02 pm

    No se si me gusta más el artículo o los comentarios… me divierten, ambas cosas!
    He descubierto que fui de tu misma especie, lástima que a mi me prohibieron otras cosas…

  7. Jhordan PLG #58    7 septiembre, 2015 a las 12:08 am

    El caso de flormaleva me hizo recordar a la pregunta que te hizo un cordobés en el auditorio del CCPUCP, cuando viniste a presentar por primera vez la Bonsai en Lima. Fue algo así como que su hijo había llevado la revista para mostrarle a sus compañeros y algún profesor (¿o una monja?) lo había encontrado, al ver el contenido se “preocuparon” y lo llamaron para hablar.

    En mi caso no le prohíbo nada, cuando lo llevo a la librería le digo que agarre lo que quiera (sólo uno, eso si), supongo que cuando ya aprenda a leer querrá agarrar los libros de mi estante que no alcanza y no me haré problema, total, sé que todos los libros van a quedar para él.

  8. Rosario Fleitas #55    4 septiembre, 2015 a las 5:23 am

    Es verdad,atrae más lo prohibido que lo permitido y es la curiosidad el acicate para entrar en un mundo desconocido y lleno de maravillas.No quiero decir con esto que usemos la prohibición como método sino que tratemos de guiar sin imponer permitiendo el decubrimiento de cosas nuevas y diversas.

  9. Fede Nouet #51    3 septiembre, 2015 a las 8:23 am

    En mi preadolescencia chusmeaba un libro que estaba en una mesita de luz de la habitacion de mis viejos. Se llamaba “Para esposos” y supongo que se lo habria regalado mi abuela materna (evangelista) a mi vieja (no creyente en nada). Por otra parte teniamos muchos libros y nunca nos negaron nada. Salvo cuando compramos la videocasetera y alquilaban “Emmanuelle” o “Las colegialas se divierten”. Saludos Hernan!