Fotos
Dos imágenes
▣ Tonga, el pionero, viernes 25 de mayo, 2012
Un par de meses atrás pasó Seselovsky por el bar y dejó un dibujo para mí. Sebastian, que era nuestro barman en ese entonces, guardó el dibujito en la caja donde se dejan las facturas a pagar y, como ayuda memoria, pegó una nota en la contrabarra, justo debajo de la botella de Absolut, que decía: “Pasó deportado, dejó dibujo para Tonga”.
El dibujo era nada menos que un avión estrellándose y a punto de ser devorado por un monstruo. Era el dibujo de un pibe que por algunos días había estado en ese limbo al que Alejandro eligió entrar para contarlo, después, en la Orsai N1. Esa imagen era la síntesis exacta y preciosa de todo lo que Seselovsky quiso contar. Si yo tuviese que resumir el primer texto de la primera revista Orsai del mundo, lo haría con esa imagen.

Este sábado Seselovsky pasó de nuevo por el bar, y esta vez, como yo sabía de antemano que iría, lo esperé. Cuando llegó todavía era temprano y el bar estaba casi vacío. Había un ambiente lindo, como de confidencia, y Comequechu había puesto una de sus musiquitas que invitan a la bebida espirituosa.
Llego Ale y nos pusimos a charlar en la penumbra de las lámparas de Mad Men y otra crónica que, creo, es de Gabriela Wiener. Charlamos de cualquier cosa: del bar, de Cayota, de los hijos. Charlamos de San Telmo y de la revista, y también de su última nota en ella: la del Negro Fontanarrosa. Y esa fue la segunda imagen que me regaló Ale. En medio de la charla sobre la construcción de ese texto, Seselovsky me dibujó esta imagen:
“Hacer ese texto fue como jugar al jueguito ese que tiene el Windows y jugas cuando estas al pedo, ¿viste ese jueguito que está lleno de cuadraditos grises y vas haciéndolos explotar?. Bueno, igual. Yo de pronto hice click en uno y explotaron un montón de numeritos, y ahí tenía que ver bien y calcular a donde iba a hacer clic, porque si le pifiaba y hacia mal la cuenta aparecía la bomba y me tiraba todo a la mierda. Pero aca no podes empezar de nuevo.”
Así, con esa imagen en palabras de Ale, empezó la noche que después se convertiría en la primer noche de Ficciones-no-ficciones. Ale y Pedro generan algo que es difícil de contar. Están ahí, arriba del escenario, y aunque haya un montón de gente abajo, parece una mesa intima.
Cuando Pedro lee, por ejemplo, ese texto que evoca el culo de una arquitecta, yo creo que las minas deben sentir que les habla al oído, que les habla solo a ellas aunque Inés este ahí mirando. (Y creo que a Inés no le importa, porque tiene la certeza de que le habla solo a ella.)
O cuando entre los dos dialogan acerca de ese momento en que se dan cuenta que quieren escribir eso que les pasa, de ese instante en el que sienten que tienen que capturar ese algo que les sucede, que están teniendo esa vivencia para poder contarla mas tarde.
Esa es una mesa de tres. Es una mesa de Ale, Pedro y el público como una persona más. El público como una sola persona más que los escucha pero que también reacciona. Cuando Ale y Pedro hablaban, yo supe que ese momento tenía que ser escrito.


















Ignacio J. Dufour García

