Yo tenía un amigo en la primaria que se llamaba Agustín Felli. Me encantaba ir a su casa porque a veces sus padres nos dejaban solos y entonces nos metíamos en la pieza del hermano mayor. Al hermano de Agustín le decían el Corcho. En su pieza tenía un montón de discos de rock nacional y siempre andaba con chicas que eran lindísimas. Era una especie de playboy de Mercedes, y se llevaba muy bien con los de nuestra edad. Nosotros teníamos once.

Lucía siempre vivió en Neuquén. Ahora tiene veintisiete años y esta historia me la explicó por correo. Me cuenta que hace veinticinco años, cuando era muy chiquita, acompañaba a su mamá a ver a sus hermanas mayores jugar un partido de hockey. Estos torneos se hacían en unas chacras neuquinas muy grandes, arboladas y a cielo abierto. Un lugar perfecto para que una nena de casi tres años pierda la noción del tiempo.

El lunes 23 de enero al mediodía Sebastián, un chico de 31 años, se sentó en un bar de Palermo y pidió milanesas con papas. El encargado del bar le trajo el plato con mala onda. En el mismo momento que empezaba a comer, un hombre canoso que estaba sentado en la mesa de enfrente pagó y se fue. Sebastián no le prestó atención, pero al minuto miró la mesa vacía y vio que el canoso se había olvidado en el suelo un bolso chico.

Sigo sin escribir; ya van unos cuantos meses. Pero de a poco me vuelven las ganas. El fin de semana pasado estuve en Montevideo, en la misma casa donde me infarté en diciembre, visitando a Alejandra y Javier, la pareja que me salvó de morir. Y a la noche, en esa casa, pensé en algo parecido a un cuento. No sé cuándo lo podré escribir, pero al menos ya pienso estructuras y eso me tranquiliza. Mientras tanto, vuelvo un rato al blog.

Cargar más