Orsai blog el autor

No existe un solo punto de vista en la biografía de nadie

Orsai el autor

       
El autor

Hernán Casciari

Naci en Mercedes, Buenos Aires, en 1971. Soy escritor y periodista. Escribo el blog Orsai desde 2004, y bla bla bla. Todo lo que sigue es relativo o pedante. Las biografías dicen qué libros escribimos y qué premios ganamos, pero nunca explican a quiénes hicimos daño o qué piensan de nosotros los que nos desprecian. A continuación, intentaré equilibrar.

Hernán Casciari

No existe un solo punto de vista en la biografía de nadie
       

Naci en Mercedes, Buenos Aires, en 1971. Soy escritor y periodista. Escribo el blog Orsai desde 2004, y bla bla bla. Todo lo que sigue es relativo o pedante. Las biografías dicen qué libros escribimos y qué premios ganamos, pero nunca explican a quiénes hicimos daño o qué piensan de nosotros los que nos desprecian. A continuación, intentaré equilibrar.



Biografía Autor Fuente
Estándar Wikipedia
Según una madre Chichita Casciari
Según un Troll El Hombre Amarillo (alias)
Según un amigo Chiri Basilis
Según un abuelo materno Don Marcos Carabajal
Según un lector del blog Tilinga de Cuarta (alias)

Biografía estándar

Hernán Casciari nació en la ciudad de Mercedes, Buenos Aires, el 16 de marzo de 1971. Fundó la Editorial Orsai y dirigió las revistas Orsai y Bonsai. Publicó las novelas «El pibe que arruinaba las fotos» y «Más respeto que soy tu madre» (que adaptó al teatro Antonio Gasalla) y los libros de cuentos «España decí alpiste», «El nuevo paraíso de los tontos», «Charlas con mi hemisferio derecho» y «Messi es un perro». Sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Hasta septiembre de 2010 fue columnista de opinión de los periódicos El País (España) y La Nación (Argentina), a los que renunció para embarcarse únicamente en proyectos propios. Desde 2012 lee versiones cortas de sus cuentos en radios argentinas de gran audiencia (Vorterix y La Metro), y desde 2015 comenzó a hacerlo en auditorios, universidades y teatros. Ha recibido el 1º Premio de Novela en la Bienal de Arte de Buenos Aires (1991), con la novela «Subir de espaldas la vida», el premio Juan Rulfo (París, 1998) con el relato «Ropa sucia» y el Premio de la Deutsche Welle al mejor blog del mundo (Berlín, 2005) por el «Diario de una mujer gorda». En el año 2000 se radicó en Barcelona. Tuvo un infarto y nació de nuevo en Montevideo, Uruguay, el 6 de diciembre de 2015. A causa del susto, desde 2016 vive en Buenos Aires.


Biografía según una madre

Hernán Casciari, también llamado «mi gordo», nació un 16 de marzo de 1971, que era lunes. Habíamos pasado un hermoso domingo de marzo en la quinta de mis suegros. Estábamos todos en familia y entre amigos, esperando la llegada del primer hijo, el primer nieto, el primer sobrino. Él parecía estar muy cómodo donde estaba, porque no quería salir.

Aumenté veinte kilos durante todo mi embarazo. ¡Una barbaridad! Mi médico, el doctor Rebagliati, me había dicho que podía haber un error en la fecha. De todos modos, si para el 16 no pasaba nada, me inducirían el parto.

Nuestro amigo Peti, que estaba con nosotros en la quinta, me llevó en su Citroën amarillo a buscar una pelota para jugar en la quinta. Cuando pasábamos por las vías lo hizo a mucha velocidad. «Vas a ver como así vas a tenerlo», me dijo.

Y tuvo razón. A las seis de la tarde empecé con dolores muy fuertes, y así estuve hasta la una de la mañana. Me internaron y decidieron hacerme cesárea, porque el bebé estaba atravesado, y así siguió toda la vida.

«Nació un varón —dijo el doctor Russi—, y qué grande es: cuatro kilos setecientos». Ninguna de la ropita que pacientemente le había tejido le entró. Las abuelas tuvieron que salir corriendo a comprarle ropa. Extasiada por todo lo que pasé, yo solo quería dormir. Pero el doctor Russi me dijo: «No, el hijo debe estar con la mamá», y me pusieron al lechón sobre el pecho.

Lloraba tan fuerte que parecía un bebe de cinco meses. Roberto y yo estábamos felices: había nacido por fin nuestro primer hijo, el 16 de marzo a la una y cincuenta de la mañana; lo llamaríamos Hernán. Casualidad o no, un 16 de marzo de cuatro años antes Roberto me había declarado su amor por carta.

A partir de ese día supe que ya nunca más descansaría de noche como lo hacía antes. Y supe también que el gordito era único. Todo lo que me hizo sufrir después, lo curaba una sonrisa suya. Así fue antes y también así es ahora, porque imagino su sonrisa y se me borran todos los dolores.


Biografía según un Troll

Hernán Casciari morirá solo y olvidado. Algunos años en el futuro, un equipo explorador se trasladará a un remoto y despoblado rincón del Polo Sur, antiguamente disputado por Argentina y Chile (y ahora reclamado por nadie), después de haber recibido un telegrama procedente de la Patagonia en el que nos avisarán de la existencia de una misteriosa sepultura presidida por una lápida con la siguiente inscripción:

«Menos pútridos, menos corruptos que sus tábidas mentiras, bajo esta tierra infértil los despojos de Hernán Sinpatria descansan su impostura. Nunca escritor, nunca periodista, nunca español, nunca humorista, nunca argentino, mintió a todos, engañó a pocos, aduló, sufrió escarnio, ascendió, descendió y escupió sobre las profesiones anheladas por su envidia hasta desembarcar, repudiado por todas las naciones, en un estuche sin brillo, en este, el cementerio de los parias.»

Biografía según un amigo

Hernán Casciari nace en Mercedes, Buenos Aires, en 1971, pero yo lo veo por primera vez en 1977. Tengo siete años, a lo mejor ya cumplí los ocho. Vuelvo en bicicleta de la casa de mi abuela por la calle Treinta y Cinco y hay un grupo de chicos, en silencio, que escucha una melodía triste y dulzona. La melodía brota de un pequeño acordeón a piano.

El que está detrás del instrumento es un gordito engominado para atrás, que gesticula emocionado mientras avanza la melodía y sus manos acarician el teclado. Me alejo del lugar un poco triste porque quiero quedarme con esos chicos; pero no los conozco.

Si lo pienso un poco, no es raro que el primer recuerdo que tenga de él sea ese. Hernán en el centro de la escena, cautivando a sus amiguitos. Siempre fue igual.

Ya en la primaria las maestras elegían sus redacciones para leer en voz alta, y nosotros esperábamos ese momento porque nos divertía. Una vez en quinto grado la señorita Nélida nos pidió que completáramos una historia a partir de esta consigna: «los exploradores apartaron las ramas, y detrás apareció la ciudad perdida».

Toda la clase continuó con la historia de los exploradores. Hernán se quedó en las ramas, contando cómo dos hormiguitas cayeron al vacío a causa del manotazo de un explorador. En ningún momento mencionó la ciudad perdida. Las únicas protagonistas del cuento fueron esas dos hormigas.

Hernán era un nene que escribía de verdad, como los escritores de los cuentos que a mí me gustaban.

Podría profundizar en otras cuestiones, pero no quiero ponerme sentimental. Sí quiero dejar en claro que quienes lo conocemos de chico siempre supimos de algún modo que, tarde o temprano, iba a ser escritor. Era inevitable.


Biografía según un abuelo materno

Mi primer nieto no nació en San Isidro, como le pedí a la madre, sino a cien kilómetros de mi casa; esto explica en parte que haya salido tan pelotudo. No sirvió de mucho el amor que le brindé mientras crecía. Fue el primero de mis nietos; le saqué miles de fotos en la infancia y deposité en él mis ilusiones de abuelo. Pero algo fallaba en su personalidad.

Le dije varias veces a la madre que ese chico iba a necesitar las riendas cortas, pero en su casa nadie se las puso. Ni mi hija, por demasiado compasiva, ni mucho menos mi yerno Roberto, un buen muchacho pero incapaz de pegar un golpe sobre la mesa.

Por culpa de esta educación informal, que muchos creen que es moderna, a Chichita los dos hijos les salieron torcidos: el varón un drogadicto, un roñoso, un bufón de circo, y la más chica se tuvo que casar embarazada muy joven. Yo estuve a punto de no ir a ese casamiento; me dolía en el alma que mi nieta arruinara su futuro.

Pero fui, porque algunas cosas en la vida hay que hacerlas. Y en ese salón de fiestas vi la decadencia de mi nieto mayor. Él tenía entonces más de veinte años, estaba gordo, con un traje prestado que le quedaba corto de mangas, en una mesa con otros impresentables. Había un amigo suyo con el que era carne y uña —se llama Chupi, o Chipi— y este amigo le tiraba aceitunas de una punta a la otra de la mesa. Mi nieto las cazaba al vuelo, con la boca abierta.

Se me encogió el corazón de tristeza al verlo, pero sobreviví un tiempo a esa noche. Supe algunos otros dislates sobre su vida: que escribía o quería ser escritor, que se escapaba por las madrugadas de los departamentos donde vivía para no pagar el alquiler, que fumaba y no creía en Dios, que a veces no tenía domicilio fijo, que apostaba.

Su madre jamás me informaba estas cosas, yo las sabía porque paraba la oreja en las conversaciones; Chichita se cuidaba mucho de contarme lo malo, únicamente me informaba sobre algún logro literario del hijo.

Tampoco creo que eso fuese cierto: yo leí algunos cuentos de mi nieto, en una breve época que vivió en mi casa, y me decepcionaron muy mucho. Escribía groserías, había temas sexuales y casi ningún valor ético a resaltar.

Puedo hablar sobre él solo hasta el momento de mi muerte, a finales del siglo pasado. Desconozco qué habrá hecho después. Solamente sé que no estuvo en mi entierro y que la última vez que pensé en él, antes de morir, vino a mi memoria aquella escena del casamiento: a mi nieto, a Hernán, alguien le tiraba aceitunas verdes como en un circo, y él las atrapaba en el aire, haciendo un sonido gutural con la boca. Cada vez que tragaba una, los otros drogadictos de la mesa le aplaudían la gracia.

Eso es todo lo que puedo decir sobre él. Que Dios lo ayude.


Biografía según un lector

Tilinga de cuarta
07/03/2014 a las 22:24
Hernan Casciari es un tipo que escribe.
Ama Argentina pero más ama a la Nina y por eso vive en Barcelona.
Cuando escribe, lo hace de una forma rara. Es cercano como sólo un argentino puede serlo. Y de tan cercano, te pega en un lugar al que a veces no llegás ni vos mismo.
Como será que te pega que una vez, a un tipo que se hacia llamar Alejandro, le pegaba tan hondo lo que Casciari decía, que se tomo un trabajo bárbaro para odiarlo. Abrió un blog y escribió un montón de cosas en su contra.
Lo leía con tanta pasión para defenestrarlo que creo que más que odiarlo, lo admiraba.
Yo creo que Alejandro era el Salieri de Casciari (a lo mejor estoy plagiando, y una idea tan obvia ya se le ocurrió a alguien. Que me perdone).
O capaz que algún argentino con labia le había cogido la hermana y lo odiaba por carácter transitivo. Vaya a saber.

Parece que de chico era medio desastre y de jovencito anduvo bordeando zonas oscuras y peligrosas. Por suerte no se quedó ahí. Por suerte.
Una especie de lucidez lo acompañaba siempre. Creo que era la risa. Parece que la alegría o algo parecido, no lo dejaba ni a sol ni a sombra, como a Filloy.
En realidad, lo que realmente importa es que pasó por los infiernos que tenemos todos, y salió mejor de lo que había entrado. Y eso no se puede decir de muchos.
Después de eso (supongo, no leí nada antes de Mirta) encontró o se inventó un lugar desde donde mirar las cosas.

No sé como será en las distancias medias. En las cortas ya sabemos lo que dice el Chiri y su mamá: es un encanto. En las medias capaz que no sea un tipo fácil, porque se dice tímido. Aunque (me parece que desde los canelones), nunca nunca se burla ni se aprovecha.
Descuento que es gente: tendrá mal humor, se tirará pedos y tendrá agachadas y mezquindades. Quién no.
Pero escribiendo es un capo.
Es capaz de mostrar sus miserias y así te hace fácil acercarte a las tuyas. Es capaz de jugar en un límite que te hace pensar. Es capaz de darte una patada y hacerlo amorosamente y emocionarte mientras te meás de risa. Y emocionarte sin mearte de risa.
En algunas cosas que dice me parece que discrepo, no estoy segura. Tendría que preguntarle un poco más.
Se cagó alegremente en los ejes del sistema: los intermediarios, y le salió bien. Y nos hizo bien. Consiguió que la gente que lo lee haga cosas que no se puede creer. Interesados remitirse, mínimo, a los post de 2010 y 2011.

Consiguió también hacer lo que le gusta y editó 16 revistones: Orsai y una revistonita que ojalá sean muchas: Bonsai.
Si Borges lo hubiera conocido, creo que lo pondría entre los justos. Al menos a mí, un poco me está salvando.
Biografía Autor Fuente
Estándar Wikipedia
Según una madre Chichita Casciari
Según un Troll El Hombre Amarillo (alias)
Según un amigo Chiri Basilis
Según un abuelo materno Don Marcos Carabajal
Según un lector del blog Tilinga de Cuarta (alias)

Biografía estándar

Hernán Casciari nació en Mercedes, Buenos Aires, el 16 de marzo de 1971. Es escritor y periodista. Escribe el blog Orsai desde 2004, y dirige la Editorial Orsai desde 2010.

Ha recibido el 1º Premio de Novela en la Bienal de Arte (Buenos Aires, 1991), con la novela «Subir de espaldas la vida»; el premio Juan Rulfo (París, 1998), con el relato «Ropa sucia»; y el premio de la Deutsche Welle al mejor blog del mundo con «Weblog de una mujer gorda» (Berlín, 2004). Desde el año 2000 está radicado en Barcelona. Ha publicado las novelas «El pibe que arruinaba las fotos» y «Más respeto que soy tu madre» (que adaptó al teatro con gran éxito Antonio Gasalla), y los libros de relatos, «España, decí alpiste», «El nuevo paraíso de los tontos» y «Charlas con mi hemisferio derecho». Sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Hasta septiembre de 2010 fue columnista semanal de opinión en El País (España) y La Nación (Argentina), periódicos a los que renunció para fundar el proyecto editorial Orsai.


Biografía según una madre

Hernán Casciari, también llamado «mi gordo», nació un 16 de marzo de 1971, que era lunes. Habíamos pasado un hermoso domingo de marzo en la quinta de mis suegros. Estábamos todos en familia y entre amigos, esperando la llegada del primer hijo, el primer nieto, el primer sobrino. Él parecía estar muy cómodo donde estaba, porque no quería salir.

Aumenté veinte kilos durante todo mi embarazo. ¡Una barbaridad! Mi médico, el doctor Rebagliati, me había dicho que podía haber un error en la fecha. De todos modos, si para el 16 no pasaba nada, me inducirían el parto.

Nuestro amigo Peti, que estaba con nosotros en la quinta, me llevó en su Citroën amarillo a buscar una pelota para jugar en la quinta. Cuando pasábamos por las vías lo hizo a mucha velocidad. «Vas a ver como así vas a tenerlo», me dijo.

Y tuvo razón. A las seis de la tarde empecé con dolores muy fuertes, y así estuve hasta la una de la mañana. Me internaron y decidieron hacerme cesárea, porque el bebé estaba atravesado, y así siguió toda la vida.

«Nació un varón —dijo el doctor Russi—, y qué grande es: cuatro kilos setecientos». Ninguna de la ropita que pacientemente le había tejido le entró. Las abuelas tuvieron que salir corriendo a comprarle ropa. Extasiada por todo lo que pasé, yo solo quería dormir. Pero el doctor Russi me dijo: «No, el hijo debe estar con la mamá», y me pusieron al lechón sobre el pecho.

Lloraba tan fuerte que parecía un bebe de cinco meses. Roberto y yo estábamos felices: había nacido por fin nuestro primer hijo, el 16 de marzo a la una y cincuenta de la mañana; lo llamaríamos Hernán. Casualidad o no, un 16 de marzo de cuatro años antes Roberto me había declarado su amor por carta.

A partir de ese día supe que ya nunca más descansaría de noche como lo hacía antes. Y supe también que el gordito era único. Todo lo que me hizo sufrir después, lo curaba una sonrisa suya. Así fue antes y también así es ahora, porque imagino su sonrisa y se me borran todos los dolores.


Biografía según un Troll

Hernán Casciari morirá solo y olvidado. Algunos años en el futuro, un equipo explorador se trasladará a un remoto y despoblado rincón del Polo Sur, antiguamente disputado por Argentina y Chile (y ahora reclamado por nadie), después de haber recibido un telegrama procedente de la Patagonia en el que nos avisarán de la existencia de una misteriosa sepultura presidida por una lápida con la siguiente inscripción:

«Menos pútridos, menos corruptos que sus tábidas mentiras, bajo esta tierra infértil los despojos de Hernán Sinpatria descansan su impostura. Nunca escritor, nunca periodista, nunca español, nunca humorista, nunca argentino, mintió a todos, engañó a pocos, aduló, sufrió escarnio, ascendió, descendió y escupió sobre las profesiones anheladas por su envidia hasta desembarcar, repudiado por todas las naciones, en un estuche sin brillo, en este, el cementerio de los parias.»

Biografía según un amigo

Hernán Casciari nace en Mercedes, Buenos Aires, en 1971, pero yo lo veo por primera vez en 1977. Tengo siete años, a lo mejor ya cumplí los ocho. Vuelvo en bicicleta de la casa de mi abuela por la calle Treinta y Cinco y hay un grupo de chicos, en silencio, que escucha una melodía triste y dulzona. La melodía brota de un pequeño acordeón a piano.

El que está detrás del instrumento es un gordito engominado para atrás, que gesticula emocionado mientras avanza la melodía y sus manos acarician el teclado. Me alejo del lugar un poco triste porque quiero quedarme con esos chicos; pero no los conozco.

Si lo pienso un poco, no es raro que el primer recuerdo que tenga de él sea ese. Hernán en el centro de la escena, cautivando a sus amiguitos. Siempre fue igual.

Ya en la primaria las maestras elegían sus redacciones para leer en voz alta, y nosotros esperábamos ese momento porque nos divertía. Una vez en quinto grado la señorita Nélida nos pidió que completáramos una historia a partir de esta consigna: «los exploradores apartaron las ramas, y detrás apareció la ciudad perdida».

Toda la clase continuó con la historia de los exploradores. Hernán se quedó en las ramas, contando cómo dos hormiguitas cayeron al vacío a causa del manotazo de un explorador. En ningún momento mencionó la ciudad perdida. Las únicas protagonistas del cuento fueron esas dos hormigas.

Hernán era un nene que escribía de verdad, como los escritores de los cuentos que a mí me gustaban.

Podría profundizar en otras cuestiones, pero no quiero ponerme sentimental. Sí quiero dejar en claro que quienes lo conocemos de chico siempre supimos de algún modo que, tarde o temprano, iba a ser escritor. Era inevitable.


Biografía según un abuelo materno

Mi primer nieto no nació en San Isidro, como le pedí a la madre, sino a cien kilómetros de mi casa; esto explica en parte que haya salido tan pelotudo. No sirvió de mucho el amor que le brindé mientras crecía. Fue el primero de mis nietos; le saqué miles de fotos en la infancia y deposité en él mis ilusiones de abuelo. Pero algo fallaba en su personalidad.

Le dije varias veces a la madre que ese chico iba a necesitar las riendas cortas, pero en su casa nadie se las puso. Ni mi hija, por demasiado compasiva, ni mucho menos mi yerno Roberto, un buen muchacho pero incapaz de pegar un golpe sobre la mesa.

Por culpa de esta educación informal, que muchos creen que es moderna, a Chichita los dos hijos les salieron torcidos: el varón un drogadicto, un roñoso, un bufón de circo, y la más chica se tuvo que casar embarazada muy joven. Yo estuve a punto de no ir a ese casamiento; me dolía en el alma que mi nieta arruinara su futuro.

Pero fui, porque algunas cosas en la vida hay que hacerlas. Y en ese salón de fiestas vi la decadencia de mi nieto mayor. Él tenía entonces más de veinte años, estaba gordo, con un traje prestado que le quedaba corto de mangas, en una mesa con otros impresentables. Había un amigo suyo con el que era carne y uña —se llama Chupi, o Chipi— y este amigo le tiraba aceitunas de una punta a la otra de la mesa. Mi nieto las cazaba al vuelo, con la boca abierta.

Se me encogió el corazón de tristeza al verlo, pero sobreviví un tiempo a esa noche. Supe algunos otros dislates sobre su vida: que escribía o quería ser escritor, que se escapaba por las madrugadas de los departamentos donde vivía para no pagar el alquiler, que fumaba y no creía en Dios, que a veces no tenía domicilio fijo, que apostaba.

Su madre jamás me informaba estas cosas, yo las sabía porque paraba la oreja en las conversaciones; Chichita se cuidaba mucho de contarme lo malo, únicamente me informaba sobre algún logro literario del hijo.

Tampoco creo que eso fuese cierto: yo leí algunos cuentos de mi nieto, en una breve época que vivió en mi casa, y me decepcionaron muy mucho. Escribía groserías, había temas sexuales y casi ningún valor ético a resaltar.

Puedo hablar sobre él solo hasta el momento de mi muerte, a finales del siglo pasado. Desconozco qué habrá hecho después. Solamente sé que no estuvo en mi entierro y que la última vez que pensé en él, antes de morir, vino a mi memoria aquella escena del casamiento: a mi nieto, a Hernán, alguien le tiraba aceitunas verdes como en un circo, y él las atrapaba en el aire, haciendo un sonido gutural con la boca. Cada vez que tragaba una, los otros drogadictos de la mesa le aplaudían la gracia.

Eso es todo lo que puedo decir sobre él. Que Dios lo ayude.


Biografía según un lector

Tilinga de cuarta
07/03/2014 a las 22:24
Hernan Casciari es un tipo que escribe.
Ama Argentina pero más ama a la Nina y por eso vive en Barcelona.
Cuando escribe, lo hace de una forma rara. Es cercano como sólo un argentino puede serlo. Y de tan cercano, te pega en un lugar al que a veces no llegás ni vos mismo.
Como será que te pega que una vez, a un tipo que se hacia llamar Alejandro, le pegaba tan hondo lo que Casciari decía, que se tomo un trabajo bárbaro para odiarlo. Abrió un blog y escribió un montón de cosas en su contra.
Lo leía con tanta pasión para defenestrarlo que creo que más que odiarlo, lo admiraba.
Yo creo que Alejandro era el Salieri de Casciari (a lo mejor estoy plagiando, y una idea tan obvia ya se le ocurrió a alguien. Que me perdone).
O capaz que algún argentino con labia le había cogido la hermana y lo odiaba por carácter transitivo. Vaya a saber.

Parece que de chico era medio desastre y de jovencito anduvo bordeando zonas oscuras y peligrosas. Por suerte no se quedó ahí. Por suerte.
Una especie de lucidez lo acompañaba siempre. Creo que era la risa. Parece que la alegría o algo parecido, no lo dejaba ni a sol ni a sombra, como a Filloy.
En realidad, lo que realmente importa es que pasó por los infiernos que tenemos todos, y salió mejor de lo que había entrado. Y eso no se puede decir de muchos.
Después de eso (supongo, no leí nada antes de Mirta) encontró o se inventó un lugar desde donde mirar las cosas.

No sé como será en las distancias medias. En las cortas ya sabemos lo que dice el Chiri y su mamá: es un encanto. En las medias capaz que no sea un tipo fácil, porque se dice tímido. Aunque (me parece que desde los canelones), nunca nunca se burla ni se aprovecha.
Descuento que es gente: tendrá mal humor, se tirará pedos y tendrá agachadas y mezquindades. Quién no.
Pero escribiendo es un capo.
Es capaz de mostrar sus miserias y así te hace fácil acercarte a las tuyas. Es capaz de jugar en un límite que te hace pensar. Es capaz de darte una patada y hacerlo amorosamente y emocionarte mientras te meás de risa. Y emocionarte sin mearte de risa.
En algunas cosas que dice me parece que discrepo, no estoy segura. Tendría que preguntarle un poco más.
Se cagó alegremente en los ejes del sistema: los intermediarios, y le salió bien. Y nos hizo bien. Consiguió que la gente que lo lee haga cosas que no se puede creer. Interesados remitirse, mínimo, a los post de 2010 y 2011.

Consiguió también hacer lo que le gusta y editó 16 revistones: Orsai y una revistonita que ojalá sean muchas: Bonsai.
Si Borges lo hubiera conocido, creo que lo pondría entre los justos. Al menos a mí, un poco me está salvando.