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Vida privada
viernes 25 de febrero, 2005

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Vida privada
viernes 25 de febrero, 2005

El gran secreto de mi vida

       

Las pocas veces que he tenido que ir a un almuerzo de negocios (la última de estas desgracias ocurrió hace un mes), se ha dado una situación que me aterra. Es cuando llega el camarero del vino y sirve un poquito en mi copa para que dé el visto bueno. Es entonces cuando el mundo se detiene, la vida del restaurante se congela y, como en los cuentos de Poe, sólo se oye a mi corazón —cataplóm, cataplóm— galopar en pánico desbocado.

Lo que debería halagarme —porque en realidad un camarero escoge, de todos los comensales, al que sospecha el más indicado— a mí no me halaga, sino que me pone los pelos de punta. Y es porque nunca, pero nunca en la reputísima vida de dios, voy a saber si un vino está bueno o está malo. Es más, si fuera por mí, todos los vinos estarían malos.

La segunda cuestión que me da pánico es la serie de gestos que hay que ensayar durante este ritual sibarita. Estos gestos son generalemente cinco: hay que oler la copa entrecerrando los ojos; hay que beber un sorbo como si fuera jarabe; hay que poner cara de boludón que entiende de la cosecha de la uva; hay mirar al tipo de la botella como con culpa, regalándole una caidita de ojos; y para rematar hay que apretar los labios y hacer que sí con la cabeza, como si dijeras: "Tenías razón, che, perdonáme por haber dudado".

Pero es justo después de esta mierda de gestos que llega lo verdaderamente aterrador. Y es cuando el camarero sirve las copas y se va. Entonces es donde empiezo a temblar frío, esperando que mis acompañantes beban de sus copas y descubran que el vino, el que que yo di por bueno, está horrible, picado, pasado, vencido, agrio y podrido. Yo me quedo siempre con el culo apretado en la silla, esperando a que escupan la bebida sobre el mantel y me miren con imprevista desconfianza. Es decir: mi fobia radica en que mis contertulios, que hasta entonces me respetaban y estaban a punto de darme un trabajo o un premio, descubran que soy un mogólico.

Pensándolo ahora, mientras releo estos párrafos, colijo que es éste el gran miedo de mi vida. No saber cuándo llegará el minuto en que voy a ser, por fin, desenmascarado. He aquí mi terror recurrente, caramba: estar siempre expuesto a que las personas que me sospechan inteligente, o mundano, o simpático, o capacitado para alguna tarea compleja, se desayunen sobre la recóndita verdad que oculto: que soy un tarado mental.

(Este artículo, que iba a desarrollarse sobre cuánto detesto el vino y las reuniones, se acaba de convertir en un ensayo sobre mi mogolismo oculto: los cambios de rumbo de la literatura son inexpugnables.)

Permítanme que les cuente, ahora que ha cambiado tan de golpe el tema de esta charla, algo que me ocurrió de niño y que ha marcado mi vida a fuego.

Agonizaba el año 1983. Mi padre, en aquellas temporadas, era el tesorero de la mayoría de las instituciones benéficas de Mercedes. Entre ellas CAIDIMCentro de Apoyo Integral del Insuficiente Mental—, un lugar donde convive la gran mayoría de los mogólicos del pueblo, un sitio acogedor donde se les da trabajo y cobijo.

Una mañana de mis doce años, mi padre me pidió que fuese al Banco Provincia a cobrar un cheque de CAIDIM. Llegué al banco en mi bicicross, entregué el talón en ventanilla y el cajero me devolvió, sin darse cuenta, cincuenta pesos de más. Yo noté el error enseguida, y durante todo el camino de regreso a casa fantaseé con lo que me compraría con ese dinero extra. (Creo que mis prioridades de aquel tiempo eran un perro y un karting a motor.)

Una vez en casa entregué a Roberto Casciari el dinero exacto del cheque y me quedé miserablemente con el cambio. Durante el almuerzo, sin embargo, un ataque de culpa me hizo confesar que me habían dado cincuenta pesos de más, y le pedí permiso a mi padre para quedármelos.

—Si a esa plata la perdiera el Banco —me dijo Roberto— ningún problema. Pero cuando hagan el balance de caja y falten cincuenta pesos se los van a descontar al cajero, y son todos amigos míos. Así que mejor lo devolvemos. ¿En qué ventanilla cobraste?

—En la dos —le dije, jurando para mis adentros nunca más ser sincero con mi padre (actitud que sigo cumpliendo a rajatabla).

—En esa ventanilla está Eduardo —dijo Roberto Casciari, que es amigo de toda la gente que está detrás de cualquier ventanilla. Y acto seguido llamó por teléfono al Banco pidiendo hablar con Eduardo.

—Diga —dijo Eduardo, el cajero, del otro lado de la línea.

—Hola Edu, soy Roberto —habló mi padre—, me parece que me diste plata de más en un cheque de CAIDIM.

—¡Sí! —asintió el cajero Eduardo— Me di cuenta casi enseguida, y te iba a llamar esta tarde. No le quise decir nada al chico mogólico que me trajo el cheque porque no me iba a entender.

Mi padre se empezó a reír en ese momento, y es el día de hoy que se sigue riendo. Han pasado veinte años desde aquello, pero Roberto Casciari no se cansa de narrar en las sobremesas, cada vez que puede, esta anécdota en la que un cajero de banco me vio cara de mogólico. Creo que éste es el trauma más grande que tengo, exceptuando los sexuales y los que derivan de ser hincha de Rácing.

Y es que aquella tarde no solamente perdí mis cincuenta pesos, mi perro nuevo y mi karting a motor, sino que gané, y para siempre, este temor a que la gente sepa que soy mogólico, a que descubran mi verdadera identidad. Esta fobia a que todos los esfuerzos que hago por aparecer simpaticón e inteligente ante el mundo, queden aplastados por una mirada sagaz que me devuelva a mi categoría de subnormal.

Es por esto que, cada vez que un camarero me elige para catar el vino en un almuerzo de negocios, o cada vez que alguien me obliga a hacer algo que está fuera de mis fronteras mentales (como por ejemplo votar, cambiar los pañales de mi hija o discutir sobre cine de autor), comienza a subirme por el esternón un frío de pánico que se instala en mi alma y no me deja vivir en la paz sencilla de los sobnormales, ese sitio cálido del que nunca debí haber salido para intentar comerme el mundo.

Hernán Casciari
viernes 25 de febrero, 2005


El gran secreto de mi vida

por Hernán Casciari

Las pocas veces que he tenido que ir a un almuerzo de negocios (la última de estas desgracias ocurrió hace un mes), se ha dado una situación que me aterra. Es cuando llega el camarero del vino y sirve un poquito en mi copa para que dé el visto bueno. Es entonces cuando el mundo se detiene, la vida del restaurante se congela y, como en los cuentos de Poe, sólo se oye a mi corazón —cataplóm, cataplóm— galopar en pánico desbocado.

Lo que debería halagarme —porque en realidad un camarero escoge, de todos los comensales, al que sospecha el más indicado— a mí no me halaga, sino que me pone los pelos de punta. Y es porque nunca, pero nunca en la reputísima vida de dios, voy a saber si un vino está bueno o está malo. Es más, si fuera por mí, todos los vinos estarían malos.

La segunda cuestión que me da pánico es la serie de gestos que hay que ensayar durante este ritual sibarita. Estos gestos son generalemente cinco: hay que oler la copa entrecerrando los ojos; hay que beber un sorbo como si fuera jarabe; hay que poner cara de boludón que entiende de la cosecha de la uva; hay mirar al tipo de la botella como con culpa, regalándole una caidita de ojos; y para rematar hay que apretar los labios y hacer que sí con la cabeza, como si dijeras: "Tenías razón, che, perdonáme por haber dudado".

Pero es justo después de esta mierda de gestos que llega lo verdaderamente aterrador. Y es cuando el camarero sirve las copas y se va. Entonces es donde empiezo a temblar frío, esperando que mis acompañantes beban de sus copas y descubran que el vino, el que que yo di por bueno, está horrible, picado, pasado, vencido, agrio y podrido. Yo me quedo siempre con el culo apretado en la silla, esperando a que escupan la bebida sobre el mantel y me miren con imprevista desconfianza. Es decir: mi fobia radica en que mis contertulios, que hasta entonces me respetaban y estaban a punto de darme un trabajo o un premio, descubran que soy un mogólico.

Pensándolo ahora, mientras releo estos párrafos, colijo que es éste el gran miedo de mi vida. No saber cuándo llegará el minuto en que voy a ser, por fin, desenmascarado. He aquí mi terror recurrente, caramba: estar siempre expuesto a que las personas que me sospechan inteligente, o mundano, o simpático, o capacitado para alguna tarea compleja, se desayunen sobre la recóndita verdad que oculto: que soy un tarado mental.

(Este artículo, que iba a desarrollarse sobre cuánto detesto el vino y las reuniones, se acaba de convertir en un ensayo sobre mi mogolismo oculto: los cambios de rumbo de la literatura son inexpugnables.)

Permítanme que les cuente, ahora que ha cambiado tan de golpe el tema de esta charla, algo que me ocurrió de niño y que ha marcado mi vida a fuego.

Agonizaba el año 1983. Mi padre, en aquellas temporadas, era el tesorero de la mayoría de las instituciones benéficas de Mercedes. Entre ellas CAIDIMCentro de Apoyo Integral del Insuficiente Mental—, un lugar donde convive la gran mayoría de los mogólicos del pueblo, un sitio acogedor donde se les da trabajo y cobijo.

Una mañana de mis doce años, mi padre me pidió que fuese al Banco Provincia a cobrar un cheque de CAIDIM. Llegué al banco en mi bicicross, entregué el talón en ventanilla y el cajero me devolvió, sin darse cuenta, cincuenta pesos de más. Yo noté el error enseguida, y durante todo el camino de regreso a casa fantaseé con lo que me compraría con ese dinero extra. (Creo que mis prioridades de aquel tiempo eran un perro y un karting a motor.)

Una vez en casa entregué a Roberto Casciari el dinero exacto del cheque y me quedé miserablemente con el cambio. Durante el almuerzo, sin embargo, un ataque de culpa me hizo confesar que me habían dado cincuenta pesos de más, y le pedí permiso a mi padre para quedármelos.

—Si a esa plata la perdiera el Banco —me dijo Roberto— ningún problema. Pero cuando hagan el balance de caja y falten cincuenta pesos se los van a descontar al cajero, y son todos amigos míos. Así que mejor lo devolvemos. ¿En qué ventanilla cobraste?

—En la dos —le dije, jurando para mis adentros nunca más ser sincero con mi padre (actitud que sigo cumpliendo a rajatabla).

—En esa ventanilla está Eduardo —dijo Roberto Casciari, que es amigo de toda la gente que está detrás de cualquier ventanilla. Y acto seguido llamó por teléfono al Banco pidiendo hablar con Eduardo.

—Diga —dijo Eduardo, el cajero, del otro lado de la línea.

—Hola Edu, soy Roberto —habló mi padre—, me parece que me diste plata de más en un cheque de CAIDIM.

—¡Sí! —asintió el cajero Eduardo— Me di cuenta casi enseguida, y te iba a llamar esta tarde. No le quise decir nada al chico mogólico que me trajo el cheque porque no me iba a entender.

Mi padre se empezó a reír en ese momento, y es el día de hoy que se sigue riendo. Han pasado veinte años desde aquello, pero Roberto Casciari no se cansa de narrar en las sobremesas, cada vez que puede, esta anécdota en la que un cajero de banco me vio cara de mogólico. Creo que éste es el trauma más grande que tengo, exceptuando los sexuales y los que derivan de ser hincha de Rácing.

Y es que aquella tarde no solamente perdí mis cincuenta pesos, mi perro nuevo y mi karting a motor, sino que gané, y para siempre, este temor a que la gente sepa que soy mogólico, a que descubran mi verdadera identidad. Esta fobia a que todos los esfuerzos que hago por aparecer simpaticón e inteligente ante el mundo, queden aplastados por una mirada sagaz que me devuelva a mi categoría de subnormal.

Es por esto que, cada vez que un camarero me elige para catar el vino en un almuerzo de negocios, o cada vez que alguien me obliga a hacer algo que está fuera de mis fronteras mentales (como por ejemplo votar, cambiar los pañales de mi hija o discutir sobre cine de autor), comienza a subirme por el esternón un frío de pánico que se instala en mi alma y no me deja vivir en la paz sencilla de los sobnormales, ese sitio cálido del que nunca debí haber salido para intentar comerme el mundo.

Hernán Casciari
viernes 25 de febrero, 2005


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro Charlas con mi hemisferio derecho, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


01/04/2016 a las 07:33
Roberto Casciari tenía muchos amigos, seguramente: no sólo "de toda la gente que está detrás de cualquier ventanilla" sino, como ya contaste, de todos los que transpiraban por placer.
07/11/2015 a las 14:24
Buenísimo. Muy divertido!


Un saludo!
Smetana
27/05/2005 a las 15:35
Como mujer de la tipología nº 9 entiendo algo de vinos y siempre me lo hacen probar a mi!. Realmente es un desastre para la concentración que la gente te ande mirando en semejante circunstancia decisoria porque, además, hace falta tiempo para que el vino se oxigene, la mayoría de las veces, para apreciar su estado y calidad. Un consejito si se me permite, olerlo y, si huele extraño, ya puede uno enarcar una ceja y decir no sé... "dentro de un ratito estará mejor" y siempre nos hemos cubierto con la duda ;.)
explorador54
20/04/2005 a las 21:31
Gran instante. A mí me gusta estirar ese momento, amagar un gesto de aprobación pero enseguida uno de duda, y sostener una vez más el instante hasta quebrar el ritmo que los acontecimientos tenían previsto, hasta que todos se acomoden en una nueva posición, y entonces decir que está muy bien. Lo peor es cuando no estoy muy seguro de si está bien o no.
Pedazo de Cabrón
17/04/2005 a las 10:02
Supongo que mi experiencia no es significativa, dado que entiendo mucho de vinos. Sin embargo, considero que ese ritual es una hipocresía.

Lo que hago en estos casos es indicarle amablemente al camarero que "el vino lo probará el caballero", y señalo a alguno de los comensales que sé que agradecerá el cumplido.
En caso de que el camarero no me oiga o simule no oírme -típico de muchos camareros-, lo que hago es probar el vino con mucho paripé... Y decir que, lamentablemente, está picado.
Jamás se atreverán a contradecir al cliente.

La guinda final es confesarle al camarero, una vez pagada la cuenta, que el vino era excelente, pero el servicio un asco.
Y la próxima vez, que aguce el oído.

Saludos.
crazyargie
02/03/2005 a las 03:28
No cont el der de nadie. Es dufic dob la cantervu d amid los agris Boc Riv y nunccaa dejes la que lao lob.
Una solución simple: los habitantesaciones del sol y Racing cae por una ostensible abdicación del sol.
Unámonos en las dos apliesecias del aparecer o no.
Felicitaciones.
rebecca milans
27/02/2005 a las 13:10
ah... entonces si sos el mas viejo de la mesa, el manual de cortesia dice que podes pasarle el honor de probar el vino a quien vos elijas, por ejemplo, al más joven, a la mujer que esté a tu derecha o uno que simplemente tengas ganas que se haga cargo !
la etiqueta indica que, si sos el mas viejo de la mesa podes hacer casi cualquier cosa y los demas deberan seguirte. creo que tengo que hacer un blog con el protocolo de palacio.
asi que suerte cuando te subas a la mesa y te ates una corbata de algun comensal en la frente para bailar un hit disco junto al sommelier de turno !!!
Sergio Gonzales
27/02/2005 a las 05:16
Sonia #3 dice una gran verdad y a ella me adhiero. el hecho de querer parecer mejores de lo que somos es una de las neurosis mas constantes que existen en la vida civilizada, aparte de que tener conciencia de ello no ayuda precisamente a una buena salud mental. Inclusive, y sin tratar de ofender a nadie, el hecho de querer escribir un post inteligente y alturado, para que los demas integrantes de la comunidad "casciariana" nos enzalze, es una muestra de ello.

Aparte de ello, Sr. Casciari, Usted genial como siempre.
marisah1
26/02/2005 a las 18:54
Como siempre un placer!
Ay Ginger! por poco me muero de risa con tu anecdota!!!Comentario Nº 7
Odalisco Smith
26/02/2005 a las 14:25
Alevitali: A las cosas que Ud. detesta es a lo que se le llama civilización.
alevitali
26/02/2005 a las 13:48
Te felicito por tu sinceridad con el ritual estúpido del vino, que despertó una ola psicoanalítica grupal, en medio del velorio del Carpo, caído en las cercanías de Mercedes.
Te puedo agregar otras ceremonias estúpidas a las que "estamos obligados a actuar" en nuestra vida social, ¡y que particularmente detesto!
? Decir "salud" cuando alguien estornuda, aunque no sepamos para qué.
? Interesarnos por los temas del otro, "para quedar bien".
? Hacer un recuento de por qué nuestro hijo es mejor (sobre todo en las "reuniones de padres").
? Estar obligado ya no sólo a probar el vino sino a "saber bastante" sobre ellos y dar opiniones onda "es frutado con un dejo a roble".
? Y todo eso por estar obligado, además, a dar pruebas permanentemente de "que se sabe", "que se es muy macho" y que se "es ganador.
Claro que hay muchas más, esto es una muestra.
Hernán: sos el más grande.
 olo mosquera
26/02/2005 a las 13:48
Rebecca Milans (#35): Los consejos son excelentes, sólo que en las reuniones de negocios a las que voy no juego el papel de "creativo" y, para más inri, el más viejo de la mesa siempre soy yo.

PD a Hugo (#34): Sí.
El Tarta
26/02/2005 a las 12:19
Carpo diem.
Gambetita
26/02/2005 a las 09:06
A mi me pasa al revés.
rebecca milans
26/02/2005 a las 04:12
para mi tendrias que trabajar mas para que circule entre tus anfitriones el criterio de " es mongolico, pero que bien que escribe ". lo que la gente diferente de uno sobre todo en el mundo de los negocios, necesita, es la confirmación que los que estan en el universo creativo o cultural son distintos, raros, putos y en lo posible mongólicos. entonces te daré dos ejemplos que me han sido muy útiles 1) darte un rapido trago y mirar el mozo con aire de inocente. funcionará perfectamente. ellos se compadeceran de vos y vos podras reirte por lo bajo. 2) también podes sacar una gigantesca bola de chicle de la boca y apuntar al mozo que tendra que desvivirse por conseguirte un platito. después dejara de joderte en el resto de la comida.
3) otra opción es llegar temprano y sentarte. cuando venga el mozo pedile agua y decile que si te hace probar el vino no habra propina.
en un restaurante como la gente el vino lo prueba el mas viejo de la mesa pero casi nadie lo hace, son mas chongos de lo que aparentan.
Hugo
26/02/2005 a las 01:39
este post fue para que dejen de consolarte en el anterior?...
Ecoloco
26/02/2005 a las 01:05
Adhiero en condolencias...

B / A / A...
pablotossi
26/02/2005 a las 00:49
para seguir el puntapie de algunos... este comment es solo PostData...

PD:

Un viejo blues,
me hizo recordar,
momentos de la vida,
mi primer amor,
pero aquí estoy,
tan solo en la vida,
que mejor me voy.
que mejor me voy.
que mejor me voy.

?que más?
Roberto A.
25/02/2005 a las 22:51
En Chile, país vinero, muchos podemos catar un vino y aprobarlo sin mayores aspavientos. El problema son esos insufribles que hacen el ritual peor que el de Harnán, y hablan fuerte, hacen muecas y pontifican entre gárgaras.
-y después piden papas fritas-
25/02/2005 a las 19:41
¡Tiene razón Miriam! ¿Qué me hacés?
Armando
25/02/2005 a las 19:35
Siempre quedará la noble opción de declinar alegando la ingesta de medicamentos, o algo así, no?, no allá?, en fin, suerte con tu próximo almuerzo.

Y del trauma infantil, salud a Don Roberto...
Miriam
25/02/2005 a las 19:26
Exelente Hernán, pero..habrán leído aquellos comensales del almuerzo de negocios estos testimonios? Sabe, a veces es más simpático mantener un espíritu olímpico en estas circunstancias de la vida, y dar la cara de subnormal al mundo como lo ha hecho tan acertadamente en este "genial"escrito.
lalodelce
25/02/2005 a las 18:42
tsk, tsk, tsk ... Si lo de el miedo a ser reconocido como mogolico hubiese ido de la mano con otra experiencia que no tuviese nada que ver con tu no gusto por el vino, hubiese sentido empatia y hasta compasion, pero dadas las circunstancias, sospecho que tus miedos tienen fundamento ....

El vino alisa las arrugas, da brillo a los ojos, y te hace recordar las letras de canciones enteras, ergo, es bueno para la memoria .... brebaje de los dioses es el vino ...
Darthgon
25/02/2005 a las 18:36
Hernan,

Me hiciste reir mucho. Yo tambien tengo es e complejo de pensar que soy medio pelotudo y tengo que vivir probando que no lo soy.

Saludos,

Gonzalo
DudaDesnuda
25/02/2005 a las 17:36
Hernán, espero que sepas disculparme pero a mí me enseñaron a mirar con desconfianza a aquellos a quienes no les gusta el vino. Con lo cual me despido relojeándote y dando palmaditas en tu espalda.
walquiria
25/02/2005 a las 17:31
Hernán:
La anécdota:BUENISSIMMA
Con el tema del vino, a mi me pasa que en esas cenas pitucas que vienen y te quieren servir el mejor vino que existe les digo: No gracias, no tienen coca light? ... sé que es un bochorno, pero no me gusta el vino, que le voy a hacer...
Besos a todos
Walquiria
Alejo
25/02/2005 a las 17:19
Hernán,

El temor mío también pasaba por lo etílico, pero por suerte una vez al año, en la cena de Fin de Año, cuando algún familiar comedido me ofrecía ser el que destapara la (maldita) botella de sidra que se resistía a salir. Las veces que habré sudado, por el temor a la humillación de ser considerado un debilucho sin fuerza porque el maldito corcho, de plástico y mojado se resbalaba entre mis manos por más esfuerzos que hiciera. Hasta que me dijo un amigo, "¿y por qué no decís que estás herniado?", la verdad que no sabía si era mejor el remedio o la enfermedad... Desde ese día no volví a pedirle consejos a mi amigo sobre ese tema.

Un abrazo y la verdad que extrañaba que no escribieras tan seguido por aquí, gracias y que se te haga costumbre

Alejo

PD: Estábamos tomando/vino fino natural/¡qué buena estuvo la fiesta/en el club del blues local!.
Anika
25/02/2005 a las 17:13
A mí también me pondría enferma tener que hacer esa sarta de tonterías con la copa. De hecho me da la risa cada vez que estoy en alguna parte donde ocurre, y tiendo a esconderme para que no me vean con las convulsiones.

Por suerte, dado el machismo imperante y que a mí sí me consideran mongólica nada más verme entrar al restaurant, nunca me toca.
Torombolo
25/02/2005 a las 17:00
Yo disfruto del vino tanto como Angel (hemos hecho millonarios unos cuantos bodegueros) pero te cuento una modalidad para safar , que yo suelo usar pero con la finalidad contraria (poner a las personas en el apuro que vos sentís) dado que son reuniones de negocios , siempre vas a tener en claro quien es la persona importante de la mesa o quien cree serlo, y con aire de respeto y con tu mejor cara de piedra,en cuanto se acerca el mozo largás -No por favor sírvale al señor.
Es INFALIBLE.
Ahora tu anecdota del banco es hilarante , pero todos los aplausos se los lleva el marido de Ginger.
P.D.: Luto nacional por el Carpo, quienes lo hayan admirado , le quieran dar su último adios y se encuentren con tiempo en BA , lo entierran en la chacarita hoy a las 17
J.Lo.
25/02/2005 a las 16:38
Bueno si uno pasa la copa, pero ¿Que haces cuando no puedes pasarla?; naa mejor hago que tengo ideas extrañas al respecto -locas más que tontas- e igual me gusta :D, pero que da miedo como dice Hernán, da.
El Angel Gris
25/02/2005 a las 16:33
Rabino: Cómo insultarlo. Ya demasiado tiene con vivir en España,ser de Racing y no gustar del vino ni del rugby.
Rabino
25/02/2005 a las 16:27
Esta buena esta nueva versión "Querido blog" de ORSAI.

Groso.

(Que raro que angelgris no te insultó por tu odio al vino)
Lali
25/02/2005 a las 16:11
Acabo de llegar de la uni y estoy con retortijones de risa... No eres el único Hernán...
Marcos (#1) gracias por el dato!

L
Mono Tremendo
25/02/2005 a las 16:03
Hace mucho q leo,nunca escibo pero realmente disfruto muchisimo de esta pagina y las otras de hernan. Esto demuestra q la buena literatura no siempre se esconde detras de pesados volumenes de tapa dura, sino q esta por todas partes.
Pero tambien felicito a muchos de los q comentan, porq varias veces escriben cosas tan buenas como el post q las inspira.
En este caso, genial, grandioso, el comentario n. 10 del angel gris....dificilmente lea algo mejor sobre la muerte del carpo...te pasaste¡¡
Franco
25/02/2005 a las 15:31
Me pasé la mayor parte de mi vida tratando de no ser descubierto.
Fingí ser quien no era. Casi todos me creyeron.
Desde que me acepté en mi identidad, disfruto más de la vida.
AM
25/02/2005 a las 14:34
Con todo respeto por los chicos con Síndrome de Down. Qué pelotudez la tuya y no pedirle a otro que pruebe el vinacho...
pablotossi
25/02/2005 a las 14:01
el miedo al ridiculo es parte de la esencia del ser humano y es bien dificil de superar!!
...compréndanme!! :P
Andres
25/02/2005 a las 13:58
LLoremos a Carpo un poco.. se fue un guitarrista Esepcional!
( obiamente, no entremos en discuciones sobre su musica! )
El Angel Gris
25/02/2005 a las 13:32
Off Topic.

Siempre me cayó como el toor la muerte. Ahora que encima por estar vieja se confunde, la odio mas. Era el Papa no Pappo, pelotuda.
25/02/2005 a las 13:32
Y el vino ¿qué tal estaba?
 Daniel Enrique Low
25/02/2005 a las 13:30
Mi padre cuenta que durante unas comidas de negocio en las que participó, homenajeaban con el dichoso ritual y en un importante restaurante a un empresario extranjero invitado a participar del negocio (lo juzgarán luego). No acababan de romper el hielo y el mozo se acerca con un costosísimo vino y sirve mirando a los demás la copa del homenajeado.
El hombre, cata la intención de los demás y lleva la copa a sus labios. Bebe su sorbo, y no evita un gesto de desagrado. El mozo, de inmediato se retira con la botella. Un silencio incomodo en la mesa a la espera del mozo con una nueva botella, descorcha y vuelve a servir. Ante la mirada de los demás, el hombre vuelve a beber un sorbo y aleja su copa con un indisimulado disgusto.
Para el descorche de la tercera botella ya se encontraban junto a la mesa además del mozo, un hombre que oficiaba de sommelier, y el encargado del restaurante. Ante el mismo resultado, el sommelier se permite catar luego el mismo vino y concluye que a su juicio estaba bueno, con argumentos floridos que dirige al resto de los comensales. Alguien se anima a preguntarle al importante empresario por sus razones y el responde en su idioma: "es que a mi no me gusta beber vino"
Ginger
25/02/2005 a las 12:49
El problema no somos nosotros, sino los demás que no saben juzgarnos. Estas últimas vacaciones estabamos en un supermercado en el lugar de veraneo, las cajas tenían una o dos personas haciendo cola hasta que veo una vacía, a la que fuí directo, por supuesto. Lo que no ví era el cartel que decía: "Caja exclusiva para discapacitados". Estaba yo descargando las cosas del changuito cuando escucho a un nenito de la caja de al lado preguntandole a su papá porqué no iban ellos también a esa, siendo que había tan poca gente. El papá le contestó: "shhh, ¿no ves que es para discapacitados?, la mujer debe ser discapacitada mental". Mi marido que estaba del otro lado me miró y dijo: "¡Qué astuto el señor, te vió y se dió cuenta. Yo tuve que casarme con vos primero para descubrirlo". Demás está decir que no volví nunca más a ese lugar infame.
Vitorio
25/02/2005 a las 12:11
¡Excelente! Todavía me estoy riendo. Los de l laburo deben pensar que soy un mogólico yo que me río a solas en frente de la pantalla a las 8:10 de la matina.
Hablando de vinos cuentio una aneda en la que invite a un amigo que me visitaba a comer. Pedimos vino y el mozo lo eleigió a el para catar el vino. Le sirvió un poquito por supuesto y mi amigo lo miró con cara de pocos amigos y con gestos ampulosos y en precario castizo le decía: llena el vaso, llenalo. Una actitud a ser imitada
 Interior
25/02/2005 a las 12:03
¡¡¡¡Post dos días seguidos!!!!¿Hernán, que te pasó?, ¿no estarás medio mogólico vos?
clari
25/02/2005 a las 12:00
hernán, no veas la cara que puso mi marido cuando me vió leyendo la guia telefónica en españa.
Es que a mi, siempre me gustó leer y como cuando recién llegamos no teníamos nada de nada me puse a leer lo único que había en el piso que alquilamos, una guia vieja. Desde ese entonces creo que siento lo mismo que vos, como si una tuviera siempre que dar exámen de normalidad.
Sonia
25/02/2005 a las 11:31
En mi caso deben verme cara de saber por donde me ando (ilusos) por que, aunque me codee con gilipollas viticultores, la copa de cata me la endosan a mi... incluso en los restaurantes chinos! Y hago lo mismito que tu: fingir; que aunque no entienda una palabra de vinos, lo hago muy bien.

Pero estoy segura de que los que te acompañan a la mesa, nunca reconocerian que el vino sabe a meados de gato. Si aparentas seguridad, nadie duda.

Todos tenemos tanto miedo a que los demas descubran que somos tontos de el culo? yo si.

Genial

Un beso y gracias.
 olo mosquera
25/02/2005 a las 11:06
La anécdota es real, Marcos. No suelo mentir con el objetivo de quedar que un estúpido (por lo general sí al contrario). Ya llegarán los que conocen este hecho a confirmar su veracidad.
marcos
25/02/2005 a las 11:02
excelente como siempre, pero no me trago que la acnedota sea cierta ¿de verdad te confudieron con un mogólico?
en cuanto al ritual del vino, siempre hay una solucion a mano, sacas un pañuelo y fingis resfrio, (con una buenna tosida catarrosa en lo posible)el camarero ni se te vaa acercar, es mas los comensales tambien se te van a a alejar
marcos