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Road Movie
jueves 1 de abril, 2004

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El viaje a ninguna parte

       

Una vez cada tantos meses extraño viajar. Lo extraño mucho, como se extraña no a la mujer, sino el perfume que usó la noche más feliz con ella. Me pongo a pensar qué cosas me gustan de los viajes, y no doy con la idea. ¿El hecho de estar en tránsito continuo? Sí, está bien, pero no es sólo eso. ¿Vivir sin hacer nada sabiendo que de todos modos se está haciendo algo puesto que se está en movimiento? También, pero no me satisface como la gran explicación.

Sólo sé que no tiene nada que ver con estar lejos (¿qué es lejos hoy —me pregunto—: lejos de Mercedes o lejos de mi hija?). Y tampoco con admirar paisajes ni empaparme de culturas extrañas, porque lo más lejos que estuve en mi vida fue aquí, en esta casa barcelonesa. Hay algo más, lo sé muy bien, y tiene que ver conmigo, no con el sitio en donde esté. Tiene que ver con la disposición del ánimo, y la capacidad que tienen los ojos de convertirse en órganos diferentes a los habituales, mucho más escudriñadores y eficaces, mucho menos abúlicos y torpes que los que me acompañan caminando ahora.

Para decirlo de algún modo literario (no por eso falso) no extraño viajar sino al que soy cuando viajo; extraño el ser humano en que me transformo cuando vago mochila al hombro. Para usar una metáfora de otro artículo: cuando viajo me siento como si después de mucho tiempo se me hubieran destapado las fosas nasales y pudiera volver respirar con todos los pulmones, e incluso con un tercero.

Una vez, viviendo en Almagro, me había acostumbrado durante medio año a ver el fútbol en un televisor blanco y negro de '14. Viajar es volver a la cancha: los goles son los mismos, el deporte en sí no cambia: pero el color, las dimensiones y la intensidad del momento no tienen nada en común con la vida diaria. ¿Será eso, entonces, lo que me vuelve cada tantos meses: la necesidad de ser yo en viaje, de mis ojos como parabólicas sin sueño, de mis pies que no se cansan, de hablar con ganas y escuchar con los cien pabellones del oído?

Debe ser eso, pero hay algo más, algo tan inefable que me genera angustia literaria, que me deja varado frente al monitor, sin adjetivos, como japonés con teclado occidental.

Estoy seguro, eso sí, que no puedo ponerlo en palabras porque no estoy viajando, porque hace cuatro años ya que mis pies conocen el camino, porque mis ojos están acostumbrados a ver estructuras previsibles y porque mis manos abren todas las puertas sin mirar el picaporte.

¡Pero cuidado!, si yo estuviera en viaje, si fuera un yo viajando, seguramente abriría mi olivetti portátil, pondría una hoja y, en menos de lo que tarda un gallo en cantar, ya habría encontrado las ideas que me hacen falta para decir lo que ahora, sedentario y sofocado, animalito de blog, no puedo explicar con palabras.

Hernán Casciari
jueves 1 de abril, 2004


El viaje a ninguna parte

por Hernán Casciari

Una vez cada tantos meses extraño viajar. Lo extraño mucho, como se extraña no a la mujer, sino el perfume que usó la noche más feliz con ella. Me pongo a pensar qué cosas me gustan de los viajes, y no doy con la idea. ¿El hecho de estar en tránsito continuo? Sí, está bien, pero no es sólo eso. ¿Vivir sin hacer nada sabiendo que de todos modos se está haciendo algo puesto que se está en movimiento? También, pero no me satisface como la gran explicación.

Sólo sé que no tiene nada que ver con estar lejos (¿qué es lejos hoy —me pregunto—: lejos de Mercedes o lejos de mi hija?). Y tampoco con admirar paisajes ni empaparme de culturas extrañas, porque lo más lejos que estuve en mi vida fue aquí, en esta casa barcelonesa. Hay algo más, lo sé muy bien, y tiene que ver conmigo, no con el sitio en donde esté. Tiene que ver con la disposición del ánimo, y la capacidad que tienen los ojos de convertirse en órganos diferentes a los habituales, mucho más escudriñadores y eficaces, mucho menos abúlicos y torpes que los que me acompañan caminando ahora.

Para decirlo de algún modo literario (no por eso falso) no extraño viajar sino al que soy cuando viajo; extraño el ser humano en que me transformo cuando vago mochila al hombro. Para usar una metáfora de otro artículo: cuando viajo me siento como si después de mucho tiempo se me hubieran destapado las fosas nasales y pudiera volver respirar con todos los pulmones, e incluso con un tercero.

Una vez, viviendo en Almagro, me había acostumbrado durante medio año a ver el fútbol en un televisor blanco y negro de '14. Viajar es volver a la cancha: los goles son los mismos, el deporte en sí no cambia: pero el color, las dimensiones y la intensidad del momento no tienen nada en común con la vida diaria. ¿Será eso, entonces, lo que me vuelve cada tantos meses: la necesidad de ser yo en viaje, de mis ojos como parabólicas sin sueño, de mis pies que no se cansan, de hablar con ganas y escuchar con los cien pabellones del oído?

Debe ser eso, pero hay algo más, algo tan inefable que me genera angustia literaria, que me deja varado frente al monitor, sin adjetivos, como japonés con teclado occidental.

Estoy seguro, eso sí, que no puedo ponerlo en palabras porque no estoy viajando, porque hace cuatro años ya que mis pies conocen el camino, porque mis ojos están acostumbrados a ver estructuras previsibles y porque mis manos abren todas las puertas sin mirar el picaporte.

¡Pero cuidado!, si yo estuviera en viaje, si fuera un yo viajando, seguramente abriría mi olivetti portátil, pondría una hoja y, en menos de lo que tarda un gallo en cantar, ya habría encontrado las ideas que me hacen falta para decir lo que ahora, sedentario y sofocado, animalito de blog, no puedo explicar con palabras.

Hernán Casciari
jueves 1 de abril, 2004


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Pertenece al libro Charlas con mi hemisferio derecho, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


Vero
09/12/2004 a las 05:48
Cuando viajo siempre tengo el mismo conflicto. Por un lado quiero seguir girando por el mundo porque siento la necesidad de seguir siendo la que soy cuando me escapo del remolino de la rutina. Pero también tengo la necesidad de volver, porque viajo sientiendo ansiedad de saber que ha cambiado en mi después de ese viaje.
claudio
19/06/2004 a las 23:24
yo cuando viajo soy el otro Claudio, la misma sensacion que te asalta Hernan, y eso no se explica con palabras, se explica con olores y sensaciones que emanan desde dentro, la sangre te susurra cosas que ni por puta te cierran estando quieto...otra cosa!..no trates de ponerle palabras a lo que no se puede,...eso solo se siente.
Flor
01/04/2004 a las 22:47
Cuando viajo (lo cual no es taaaan seguido), me gusta hablar con las personas del lugar y darme a conocer.
Generalmente (y no es algo agradable) tienen una imagen no muy "positiva" de los argentinos.
Pues bien, me pongo como meta que durante el tiempo que yo esté de viaje en ese lugar, esa imagen cambie asi mas no sea un poco.
Tambien llevo siempre un libro con fotos de Argentina y otro con fotos de Buenos Aires asi ven como es mi pais.
Lo lindo es conocer un nuevo lugar, pero tambien que en ese lugar conozcan de donde vengo.
De hecho aca, en Estados Unidos, cada vez que puedo pelo los libros y muestro que lindo es mi pais (se me hincha el alma cuando veo la cara de sorprendidos de todos al ver un pais tan, pero tan bonito).
Me gusta viajar...pero cuando llego a casa: NADA COMO MI INODORO, no Hernan?...
Un saludo a todos...y la pregunta obligada:
Y Nina pa' cuando?????!!!!!!
Saludos
Flor
Carola
01/04/2004 a las 22:08
A diferecia tuya Hernán, no nací con el don de poner en letras lo que me imaginación cuenta pero si con la pasión por leer, y cada vez que leo algo, alguna frase se me viene a la mente, y hoy leyendote me acordé de esta: "El deseo siempre está en conflicto con la realidad, por eso cuanto más deseo más desdicha, y el deseo no tiene fin, por eso la eterna insatisfacción" (F.C.), en fin... Saludos...tenía rato de no venir por acá, y me hacia falta la lectura diaria de tu blog. Un abrazo!
paula
01/04/2004 a las 21:04
a mi viajar me da la posibilidad de sacurdirme un poco esta personalidad tan sobreusada... viajo y empiezan a aparecer otras paulas que tenía disueltas o encapsuladas, me pone feliz...
este fin de semana pasado estuvimos con mi chiquita y mi chorgo en inglaterra, en un pueblito del norte. Llovió menos que en españa, y a pesar de la comida horrible, qué bien pasearse por esta manera de ver el mundo tan tan diferente! un gusto sentir cómo las neuronas se desperezan contentas con los nuevos estímulos.
besos a todos
qué grande la mirta, que ya volvió!
Med
01/04/2004 a las 20:58
¿Sos viajero vos o tenés corazón nomás de turista? Hay enorme diferencia, dice Paul Bowles. Yo digo que cuando me voy de viaje, otra persona regresa en mi lugar y será esa nueva persona la que se vaya de nuevo para regresar como otra más. Hay tantas personas diferentes en mí como pasos he desperdigado por el mundo... Besos
chori
01/04/2004 a las 20:48
"Dicen que viajando se fortalece el corazón pues andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior"
"En cuatro paredes de cal se puede conocer todo el mar si hay dos que se aman"
"Vamos de paseo pi pi pi, en un auto feo, pi pi pi"
pecadora
01/04/2004 a las 19:25
Ojito! No se te ocurra andar viajando para poder ponerle palabras a tus sensaciones.
Aunque si querés hacerlo, mejor que una Olivetti, conseguite una notebook, así te podemos leer.

Aquí se habla de viajes, allá de llegadas..
No te equivoques, Flor. Estamos en todos lados..
cordin
01/04/2004 a las 19:07
pa'mí, un viaje es la rotura de la inercia
raYu3la
01/04/2004 a las 18:56
Viajar es cuestión de actitud, aunque tengas los pies parados..
Guty
01/04/2004 a las 16:58
Huy...yo odio viajar, pero me encanta estar en otros lados de turista. O sea, el viaje me revienta, pero pasear en lugares nuevos me fascina.
Debe ser eso, que uno cambia, se desinhibe, nadie lo conoce...ahhh...ya me dieron ganas de unas vacaciones.
Pirula
01/04/2004 a las 16:39
Exacto!
Vitalio
01/04/2004 a las 16:03
Algo se ha dicho ya, pero siendo un pibe de 70, digo que el viajar físicamente implica confirmar sus propias potencialidades, las que la vida nos va limando... Porque las cosas que se ven, y la gente nueva con que se habla, a ves se conocen mejor por los medios tecnológicos. Recuerdo la emocion que me dio ver unos castillos españoles desde un vuelo en globo - del noticiero, digo - y pensé "Esa vista nunca la voy a tener yo aunque me instale en el lugar". Estaría buena la idea del tercer pulmon, o al menos el recuperar la plenitud de los dos que Dios nos dió.
Florencia
01/04/2004 a las 15:51
Me parece que (como la vuelta de Tinelli a la televisión) todos se fueron para allá, con los Bertoti. De todas maneras yo me quedo acá ya que comparto mas de cerca todo lo que contás y me siento mas cerca así. Sabés que me gusta mucho todo lo que escribís y me trae recuerdos a mí más que a toda la mayoría que leen esto.
Me encanta todo así que estoy acá siempre aunque en silencio.

Besos!!!!!
Flor.
Anika
01/04/2004 a las 12:19
Viajar es un alimento que uno necesita. Demasiado tiempo moviéndote igual te da empacho, pero a cada tanto uno necesita ver, oler, respirar cosas que no son las de cada día. Para mi viajar además es como un poco milagroso, me siento muy fuerte viendo que he podido recorrer nuevos caminos, pisar sitios en los que nunca estuve antes.

Un abrazo desde las montañas.
marci
01/04/2004 a las 08:01
Sera que la rutina adormece las ideas?
dalusk
01/04/2004 a las 06:43
Entiendo eso del tercer pulmón, yo lo relaciono con ligereza, y es que el cotidiano puede llegar a ser un peso grande y lo conocido un muro, que nos hace olvidar lo vasto que es el planeta y cuanto se puede recorrer sin pasar dos veces por el mismo sitio.Definitivamente es refresante. :)
La Romu
01/04/2004 a las 05:20
Viajar es separarse de la propia historia, y de la propia historia en un mismo lugar. Son dos pesos menos. Y cuando se va liviano, se va contento. Tal vez venga por ahí.