Orsai blog post

Vida privada
viernes 24 de abril, 2015

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Vida privada
viernes 24 de abril, 2015

Electrodomésticos

Era un loft hermoso, amplio, casi sin muebles. Lo más caro que le compré fue un sommier de plaza y media, con resortes bicónicos, porque en 1998 lo único que me importaba era dormir. Se lo alquilaba a un alemán viudo que vivía en el primer piso con su hija. Hans era un pelado de ojos tristes que recibía el Deutsche Post. Sandra tenía mi edad, unos veintisiete. Cuando Hans me alquiló la casa y me explicó los detalles, no me avisó que su hija tenía problemas.

Las primeras dos semanas vi a Sandra pocas veces — cuando entraba o salía del garage, que compartíamos — y puse en la balanza los pro y las contras de seducirla y acostarme con ella. No era especialmente linda, tampoco fea, pero su aspecto no importaba: a esa edad yo sopesaba esa opción con cualquier mujer que se cruzara en el camino.

Como Chiri estaba recién casado, mi amigo y confidente de entonces se llamaba Costoya. Éramos solteros, trabajábamos de cero a nueve en una empresa de clipping y nuestra vida social estaba atravesada por el sueño permanente. Era complicado mantener una relación amorosa con los horarios al revés: había que conseguir mujeres dispuestas al sexo antes del mediodía, porque a la tres de la tarde necesitábamos dormir para levantarnos a la noche, bañarnos y volver al clipping.

Teníamos dos temas únicos de conversación mientras escaneábamos la prensa: con quién nos estábamos acostando, y qué nuevo truco habíamos encontrado para dormir mejor. Incluso si el tema era otro (política o libros) en el fondo hablábamos únicamente sobre coger sin quedarnos dormidos.

Una madrugada le expuse a Costoya la situación con la hija de Hans: «Ventajas: es alemana, es tetona, parece callada y, sobre todo, la tengo a mano antes del mediodía. Contras: de cara se parece un poco a Beckenbauer», le dije, y lo miré para que diera su veredicto.

Pero Costoya no me escuchaba, porque tenía sus propios problemas. Había salido de una relación complicada y a su ex, una guionista en ciernes, le empezaba a ir bien. Costoya había perdido su casa y sus dos gatos (a las tres cosas se las quedó ella) y vivía de prestado en un departamento amigo. Extrañaba muchísimo a sus gatos; estaba triste y lleno de bronca. Razones de la tristeza de Costoya: había encontrado a su mujer con otro; el otro era su co-guionista; la serie que escribían juntos arrasaba en el rating. Razones de su bronca: la foto de su ex aparecía en los diarios, Costoya se levantaba a medianoche para recortar la prensa; Telefé era cliente.

En la empresa de clipping éramos quince trasnochados de edades diversas. Fue mi único trabajo de oficina en el que no hubo idiotas. Con mis catorce compañeros compartíamos un sarcasmo construido entre todos. Ellos eran graciosos y se drogaban bien. Nos aburría mucho lo que hacíamos (escanear y recortar) y nos burlábamos con gracia de nuestras vidas. Cuando alguien encontraba una noticia sobre la ex de Costoya, cacareaba. Esos cacareos, a las cinco de la madrugada, nos hacían sentir bien.

Mis problemas diurnos eran más simples. ¿Debía seducir o no a la hija de Hans? Yo no era un ganador; nunca supe conquistar mujeres en bailes ni en reuniones ruidosas; mi fuerte no era la primera impresión. Pero si me ponían cerca a una vecina o a una panadera del mismo barrio, yo tenía un método eficaz en cuatro tiempos: Día 1) Hacerla sonreír e irme. Día 2) Hacerla reír fuerte e irme. Día 3) Hacerla lagrimear con una historia e irme. Día 4) Decir algo cursi y quedarme. En general, algo bueno pasaba al quinto día.

Empecé a poner en práctica el método con la hija de Hans, pero cuando iba por el Día 2, por suerte, me salvó la campana. Fue un miércoles. De repente me desperté de la siesta con un grito raro, poderoso, que retumbaba en mi casa. Era la voz de Sandra, que sonaba muy cerca. Salí al patio y miré arriba. La vi en camisón: las tetas alborotadas, el pelo sobre la frente. Se quería tirar desde su ventana a mi patio. Hans la abrazaba para que no cayera. Volví adentro como un cobarde; sentí que no me debía meter en la intimidad de la familia. Al rato no escuché más ningún grito y retomé el sueño.

Dos horas después Hans me golpeó la puerta para pedir disculpas. Odiaba las interrupciones de la siesta, porque era todo el descanso que me podía permitir. Dormir, en esos años, era lo único importante. Lo hice pasar, pero Hans no quiso. Desde el marco me informó, por primera vez, que su hija era esquizofrénica. Matizó: «Está en tratamiento constante, a veces tiene estas recaídas, pero no es habitual». Y agregó: «En casa no hay tijeras ni nada filoso, no tenés por qué preocuparte».

A la madrugada siguiente, en el trabajo, Costoya escuchó mis novedades de inquilino seductor y fue tajante: «No te la podés coger, el padre te advirtió que está enferma», me dijo, «pero tenés que ponerla en circulación en los trueques del viernes». Me pareció arriesgado; le dije que lo iba a pensar.

Le decíamos ‘los trueques del viernes’ a unas fiestas nocturnas en mi casa. Era el único día de la semana en que podíamos interactuar de noche, y teníamos un sistema para ganar tiempo. Los quince del clipping llevaban a mi casa alcohol, drogas y una invitada cada uno.

Esta invitada podía ser una exnovia, una conocida, una prima del campo, a nadie le importaba mucho con tal de que tuviera formas reconocibles de mujer. No teníamos tiempo de salir a conquistar chicas, ni conocer lugares nuevos. Teníamos que ser, a la fuerza, nuestros propios proveedores. Entonces llevábamos nuestras antiguas migas y las esparcíamos, para que se convirtieran en el sánguche de otro. 

Las invitadas podían ser feas hasta límites razonables, y no nos importaba la edad. Hubo gente que llevó a su propia tía. Teníamos un único requisito: el que traía una invitada era porque no se la podía coger, o porque ya se la había cogido lo suficiente, o porque le resultaba incogible por razones legales o religiosas.

Costoya tenia razón: la hija de Hans cumplía con uno de los requisitos. Yo no me podía coger a Sandra; entonces debía ponerla en circulación en el próximo trueque. Sin embargo no lo hice, y me alivia mucho decirlo. No pude hacerlo. Desde que supe que era esquizofrénica me costó mirarla y darle conversación cuando nos cruzábamos. ¿Con qué excusa, además, iba a invitarla a una de mis fiestas nocturnas? ¿No era casi lo mismo que intentar seducirla? Dejé pasar las semanas y Costoya se olvidó del tema.

Lo que hice (y esto sí me avergüenza) fue hablar mucho sobre ella en el trabajo. Les contaba a todos sobre los gritos guturales de Sandra, sobre los platos rotos que sonaban a veces en el piso de arriba, y sobre su llanto lobezno a deshoras que a veces me interrumpía el sueño. Mis amigos la llamaban, con cariño, la loca de arriba. «¿Ya te cogiste a la loca de arriba?». «¿Te dejó dormir ayer la loca de arriba?». No tendría que haberme burlado así de la hija de Hans.

Pasó el tiempo. En casa adquirimos rutinas y me encariñé con mis caseros. Quien haya vivido un tiempo en un hogar ajeno lo sabe: de repente nos convertimos en una mascota silenciosa. Nos empieza a preocupar la vida de los amos. Levantamos la oreja cuando se abre el garage y suena el ruido conocido del motor. Nos sentimos menos solos.

Cuando llevaba más de un año de inquilino, Hans me avisó que se iría de viaje unos días; era escenógrafo y le había salido un trabajo afuera. Como al pasar, me comentó que Sandra se quedaría sola por primera vez; me dijo que estaba medicada y que no habría problemas.

Era la primera época de los teléfonos móviles y Hans tenía un ladrillo enorme; yo también me había comprado uno. Me dio su número por si pasaba algo inesperado; confiaba en mí. Me alegré de no haber hecho circular nunca a su hija en los trueques: Hans era un buen tipo.

La fiesta de ese viernes fue bulliciosa, igual a todas, pero los quince del clipping y sus invitadas recuerdan bien esa noche. Yo estaba en el patio, muy drogado, tratando de hacer llorar a la invitada de un amigo con una historia triste, cuando otra invitada me avisó que alguien había entrado a casa y me buscaba. «¿Quién?», pregunté. «Una rubia, muy cara de loca». Entré al living y la vi.

La hija de Hans estaba parada en el medio de la alfombra, en camisón: las tetas alborotadas, el pelo en la frente. Los demás habían hecho una especie de ronda espontánea alrededor de ella, como en las películas malas cuando alguien baila bien o tiene lepra.

— Hola Sandra, ¿todo bien?

— ¿Me puedo quedar?

Estaba asustada. Seguramente se vio sola en casa, quiso acostarse, nosotros la enloquecimos con la música y bajó.

— No te querés quedar. Querés dormir, ¿es eso?

— Sí.

— Ahora entro los parlantes que dan a tu pieza. Cierro la puerta del patio y tratamos de hablar más bajo.

— Bueno.

— ¿Querés que te acompañe arriba?

— No.

Dio media vuelta y se fue. Debajo del camisón estaba desnuda.

Cuando cerró la puerta, los quince del clipping festejaron la aparición con abrazos y brindis. Sandra era un personaje al que conocían mucho, pero ninguno la había visto en persona hasta esa noche. En un punto sentí pena por ella, por su enfermedad y su confusión; pero también sentí un orgullo egoísta. Me gustó que hubiera aparecido, porque las fiestas en casa siempre tenían un toque de color: una gorda albina, una esquizofrénica en camisón, una joven actriz en ascenso.

Busqué a Costoya con la mirada, para ver si él también había podido conocer en persona a la hija de Hans, pero esa noche Costoya se había topado con una chica (mucho más tarde sería su esposa) y se estaba besando con ella en mi sommier con resortes bicónicos. No llegó a conocer a la loca de arriba.

La siguiente semana Costoya ya no estuvo triste ni tuvo bronca por el éxito de su ex. Se había enamorado. Su chica nueva era perfecta: trabajaba solo de tarde, en Garbarino, y podían coger de diez a doce de la mañana sin problemas. Aunque, eso sí, solo en hoteles alojamiento. Ni Costoya ni ella vivían solos y no podían alcanzar la intimidad hogareña. El amor les estaba saliendo muy caro.

Yo nunca pasaba los fines de semana en Buenos Aires. Cada sábado por la mañana, después de la fiesta del trueque, me tomaba un micro para visitar a Chiri en Luján, o a mis padres en Mercedes, o a mi hermana en La Plata. Volvía los domingos a la noche, directo al trabajo triste de recortar noticias. Así que le dejé la llave de mi casa a Costoya para que pasara el fin de semana con su chica.

Cuando volví a casa, el lunes siguiente, Costoya y su novia me habían dejado la llave debajo de la alfombrita del garage y un regalo sobre la mesada: una batidora eléctrica. Junto a la batidora — blanca, nuevita — había una nota de agradecimiento: «No tenés artefactos de cocina, sos un desastre. Si nos dejás volver algún otro fin de semana, te podemos traer más».

Ese martes le dije a Costoya que no hacían falta regalos, que podía usar mi casa cuando quisiera sin nada a cambio. Él me rebatió con argumentos: «Me gusta cocinarle a las mujeres porque se ponen mimosas. Pero no tenés un carajo para cocinar, y ella puede sacar aparatos al costo de su trabajo. Yo juego a ser chef y a vos te queda la cocina de Arguiñano». Me pareció bien.

Costoya y la novia empezaron a usar mi casa todos los sábados y domingos que yo me iba a la provincia. No solo me dejaban siempre un regalo arriba de la mesada (una juguera, una moulinex, un hervidor de mate) sino que antes de irse ponían la casa de punta en blanco, con olor a limpio, y nunca olvidaban dejarme la llave bajo la alfombrita de garage.

Se hizo tan rutinario el intercambio que algunos martes, al llegar al clipping, me olvidaba de agradecerle a Costoya el nuevo regalo del lunes. Por eso el día que llegué y no hubo ningún obsequio sobre la mesada me pareció de lo más normal y tampoco le dije nada. ¿Qué iba a decirle? «¿Por qué esta vez no tengo nada nuevo de Garbarino?». Hasta me alivió un poco la ausencia de electrodoméstico. Yo ya tenía batidora, procesadora, cafetera, tostador, amasadora… Ya no había enchufes en casa para tantos artefactos.

Ese martes a la noche resultó muy divertido el trabajo del clipping porque, en el suplemento espectáculos de Clarín, salió una entrevista larga a la exmujer de mi amigo. En la foto principal, enorme y a color, ella acariciaba a dos gatos. Eran los gatos de Costoya, sus amores perdidos en el divorcio. Cacareamos mucho toda esa madrugada.

Volví a casa a media mañana, harto de reírme y con tremendas ganas de dormir. Me bajé del 59 en Cabildo y cuando llegué a Olazábal oí dos ambulancias y mucho ruido de vecinos alterados. Me quedé quieto en la esquina de mi casa. Hans, mi casero, se agarraba de los pelos e intentaba abrazar el cuerpo de su hija, que salía en una camilla mortuoria, tapado con una sábana celeste.

Me dio un cosquilleo de ansiedad. No supe qué hacer. De nuevo me sentí una mascota de ellos. Caminé en redondo, con la misma confusión de un perro que ve a uno de sus dueños sin vida; percibí en el aire el olor de la muerte. Quería olfatear el cuerpo, quería salir corriendo. Quería rascarme las pulgas, acurrucarme y dormir.

Supe que no podría pasar a mi casa y tirarme en el sommier, porque aquello era un polvorín de enfermeros y policías que entraban y salían. Tampoco podía acercarme a indagar, porque me caía de sueño. No es que no sintiera pena por Hans, o por lo que pudiera haberle pasado a Sandra. Lo sentía mucho. Pero dormir, en esos años de mi vida, fue casi lo único que me importó de verdad.

Lo llamé a Costoya con mi móvil de kilo y medio. Le pregunté si podía ir a acostarme a su casa. Habitualmente su compañero de piso trabajaba de día y solía haber una cama libre. Crucé los dedos. Me dijo que sí, que me tomara un taxi, que no había problemas. Y agregó, antes de cortar: «Si ahora vamos a prestarnos las casas mutuamente, querido, devolvé el regalo del domingo».

Estuve a punto de preguntarle de qué me hablaba, porque el lunes yo no había encontrado ningún obsequio en la mesada, pero no hizo falta. Uno de los policías salió de la casa: llevaba en alto una cuchilla eléctrica, blanca, nuevita. Llena de sangre.

Hernán Casciari
viernes 24 de abril, 2015


Electrodomésticos

por Hernán Casciari

Era un loft hermoso, amplio, casi sin muebles. Lo más caro que le compré fue un sommier de plaza y media, con resortes bicónicos, porque en 1998 lo único que me importaba era dormir. Se lo alquilaba a un alemán viudo que vivía en el primer piso con su hija. Hans era un pelado de ojos tristes que recibía el Deutsche Post. Sandra tenía mi edad, unos veintisiete. Cuando Hans me alquiló la casa y me explicó los detalles, no me avisó que su hija tenía problemas.

Las primeras dos semanas vi a Sandra pocas veces — cuando entraba o salía del garage, que compartíamos — y puse en la balanza los pro y las contras de seducirla y acostarme con ella. No era especialmente linda, tampoco fea, pero su aspecto no importaba: a esa edad yo sopesaba esa opción con cualquier mujer que se cruzara en el camino.

Como Chiri estaba recién casado, mi amigo y confidente de entonces se llamaba Costoya. Éramos solteros, trabajábamos de cero a nueve en una empresa de clipping y nuestra vida social estaba atravesada por el sueño permanente. Era complicado mantener una relación amorosa con los horarios al revés: había que conseguir mujeres dispuestas al sexo antes del mediodía, porque a la tres de la tarde necesitábamos dormir para levantarnos a la noche, bañarnos y volver al clipping.

Teníamos dos temas únicos de conversación mientras escaneábamos la prensa: con quién nos estábamos acostando, y qué nuevo truco habíamos encontrado para dormir mejor. Incluso si el tema era otro (política o libros) en el fondo hablábamos únicamente sobre coger sin quedarnos dormidos.

Una madrugada le expuse a Costoya la situación con la hija de Hans: «Ventajas: es alemana, es tetona, parece callada y, sobre todo, la tengo a mano antes del mediodía. Contras: de cara se parece un poco a Beckenbauer», le dije, y lo miré para que diera su veredicto.

Pero Costoya no me escuchaba, porque tenía sus propios problemas. Había salido de una relación complicada y a su ex, una guionista en ciernes, le empezaba a ir bien. Costoya había perdido su casa y sus dos gatos (a las tres cosas se las quedó ella) y vivía de prestado en un departamento amigo. Extrañaba muchísimo a sus gatos; estaba triste y lleno de bronca. Razones de la tristeza de Costoya: había encontrado a su mujer con otro; el otro era su co-guionista; la serie que escribían juntos arrasaba en el rating. Razones de su bronca: la foto de su ex aparecía en los diarios, Costoya se levantaba a medianoche para recortar la prensa; Telefé era cliente.

En la empresa de clipping éramos quince trasnochados de edades diversas. Fue mi único trabajo de oficina en el que no hubo idiotas. Con mis catorce compañeros compartíamos un sarcasmo construido entre todos. Ellos eran graciosos y se drogaban bien. Nos aburría mucho lo que hacíamos (escanear y recortar) y nos burlábamos con gracia de nuestras vidas. Cuando alguien encontraba una noticia sobre la ex de Costoya, cacareaba. Esos cacareos, a las cinco de la madrugada, nos hacían sentir bien.

Mis problemas diurnos eran más simples. ¿Debía seducir o no a la hija de Hans? Yo no era un ganador; nunca supe conquistar mujeres en bailes ni en reuniones ruidosas; mi fuerte no era la primera impresión. Pero si me ponían cerca a una vecina o a una panadera del mismo barrio, yo tenía un método eficaz en cuatro tiempos: Día 1) Hacerla sonreír e irme. Día 2) Hacerla reír fuerte e irme. Día 3) Hacerla lagrimear con una historia e irme. Día 4) Decir algo cursi y quedarme. En general, algo bueno pasaba al quinto día.

Empecé a poner en práctica el método con la hija de Hans, pero cuando iba por el Día 2, por suerte, me salvó la campana. Fue un miércoles. De repente me desperté de la siesta con un grito raro, poderoso, que retumbaba en mi casa. Era la voz de Sandra, que sonaba muy cerca. Salí al patio y miré arriba. La vi en camisón: las tetas alborotadas, el pelo sobre la frente. Se quería tirar desde su ventana a mi patio. Hans la abrazaba para que no cayera. Volví adentro como un cobarde; sentí que no me debía meter en la intimidad de la familia. Al rato no escuché más ningún grito y retomé el sueño.

Dos horas después Hans me golpeó la puerta para pedir disculpas. Odiaba las interrupciones de la siesta, porque era todo el descanso que me podía permitir. Dormir, en esos años, era lo único importante. Lo hice pasar, pero Hans no quiso. Desde el marco me informó, por primera vez, que su hija era esquizofrénica. Matizó: «Está en tratamiento constante, a veces tiene estas recaídas, pero no es habitual». Y agregó: «En casa no hay tijeras ni nada filoso, no tenés por qué preocuparte».

A la madrugada siguiente, en el trabajo, Costoya escuchó mis novedades de inquilino seductor y fue tajante: «No te la podés coger, el padre te advirtió que está enferma», me dijo, «pero tenés que ponerla en circulación en los trueques del viernes». Me pareció arriesgado; le dije que lo iba a pensar.

Le decíamos ‘los trueques del viernes’ a unas fiestas nocturnas en mi casa. Era el único día de la semana en que podíamos interactuar de noche, y teníamos un sistema para ganar tiempo. Los quince del clipping llevaban a mi casa alcohol, drogas y una invitada cada uno.

Esta invitada podía ser una exnovia, una conocida, una prima del campo, a nadie le importaba mucho con tal de que tuviera formas reconocibles de mujer. No teníamos tiempo de salir a conquistar chicas, ni conocer lugares nuevos. Teníamos que ser, a la fuerza, nuestros propios proveedores. Entonces llevábamos nuestras antiguas migas y las esparcíamos, para que se convirtieran en el sánguche de otro. 

Las invitadas podían ser feas hasta límites razonables, y no nos importaba la edad. Hubo gente que llevó a su propia tía. Teníamos un único requisito: el que traía una invitada era porque no se la podía coger, o porque ya se la había cogido lo suficiente, o porque le resultaba incogible por razones legales o religiosas.

Costoya tenia razón: la hija de Hans cumplía con uno de los requisitos. Yo no me podía coger a Sandra; entonces debía ponerla en circulación en el próximo trueque. Sin embargo no lo hice, y me alivia mucho decirlo. No pude hacerlo. Desde que supe que era esquizofrénica me costó mirarla y darle conversación cuando nos cruzábamos. ¿Con qué excusa, además, iba a invitarla a una de mis fiestas nocturnas? ¿No era casi lo mismo que intentar seducirla? Dejé pasar las semanas y Costoya se olvidó del tema.

Lo que hice (y esto sí me avergüenza) fue hablar mucho sobre ella en el trabajo. Les contaba a todos sobre los gritos guturales de Sandra, sobre los platos rotos que sonaban a veces en el piso de arriba, y sobre su llanto lobezno a deshoras que a veces me interrumpía el sueño. Mis amigos la llamaban, con cariño, la loca de arriba. «¿Ya te cogiste a la loca de arriba?». «¿Te dejó dormir ayer la loca de arriba?». No tendría que haberme burlado así de la hija de Hans.

Pasó el tiempo. En casa adquirimos rutinas y me encariñé con mis caseros. Quien haya vivido un tiempo en un hogar ajeno lo sabe: de repente nos convertimos en una mascota silenciosa. Nos empieza a preocupar la vida de los amos. Levantamos la oreja cuando se abre el garage y suena el ruido conocido del motor. Nos sentimos menos solos.

Cuando llevaba más de un año de inquilino, Hans me avisó que se iría de viaje unos días; era escenógrafo y le había salido un trabajo afuera. Como al pasar, me comentó que Sandra se quedaría sola por primera vez; me dijo que estaba medicada y que no habría problemas.

Era la primera época de los teléfonos móviles y Hans tenía un ladrillo enorme; yo también me había comprado uno. Me dio su número por si pasaba algo inesperado; confiaba en mí. Me alegré de no haber hecho circular nunca a su hija en los trueques: Hans era un buen tipo.

La fiesta de ese viernes fue bulliciosa, igual a todas, pero los quince del clipping y sus invitadas recuerdan bien esa noche. Yo estaba en el patio, muy drogado, tratando de hacer llorar a la invitada de un amigo con una historia triste, cuando otra invitada me avisó que alguien había entrado a casa y me buscaba. «¿Quién?», pregunté. «Una rubia, muy cara de loca». Entré al living y la vi.

La hija de Hans estaba parada en el medio de la alfombra, en camisón: las tetas alborotadas, el pelo en la frente. Los demás habían hecho una especie de ronda espontánea alrededor de ella, como en las películas malas cuando alguien baila bien o tiene lepra.

— Hola Sandra, ¿todo bien?

— ¿Me puedo quedar?

Estaba asustada. Seguramente se vio sola en casa, quiso acostarse, nosotros la enloquecimos con la música y bajó.

— No te querés quedar. Querés dormir, ¿es eso?

— Sí.

— Ahora entro los parlantes que dan a tu pieza. Cierro la puerta del patio y tratamos de hablar más bajo.

— Bueno.

— ¿Querés que te acompañe arriba?

— No.

Dio media vuelta y se fue. Debajo del camisón estaba desnuda.

Cuando cerró la puerta, los quince del clipping festejaron la aparición con abrazos y brindis. Sandra era un personaje al que conocían mucho, pero ninguno la había visto en persona hasta esa noche. En un punto sentí pena por ella, por su enfermedad y su confusión; pero también sentí un orgullo egoísta. Me gustó que hubiera aparecido, porque las fiestas en casa siempre tenían un toque de color: una gorda albina, una esquizofrénica en camisón, una joven actriz en ascenso.

Busqué a Costoya con la mirada, para ver si él también había podido conocer en persona a la hija de Hans, pero esa noche Costoya se había topado con una chica (mucho más tarde sería su esposa) y se estaba besando con ella en mi sommier con resortes bicónicos. No llegó a conocer a la loca de arriba.

La siguiente semana Costoya ya no estuvo triste ni tuvo bronca por el éxito de su ex. Se había enamorado. Su chica nueva era perfecta: trabajaba solo de tarde, en Garbarino, y podían coger de diez a doce de la mañana sin problemas. Aunque, eso sí, solo en hoteles alojamiento. Ni Costoya ni ella vivían solos y no podían alcanzar la intimidad hogareña. El amor les estaba saliendo muy caro.

Yo nunca pasaba los fines de semana en Buenos Aires. Cada sábado por la mañana, después de la fiesta del trueque, me tomaba un micro para visitar a Chiri en Luján, o a mis padres en Mercedes, o a mi hermana en La Plata. Volvía los domingos a la noche, directo al trabajo triste de recortar noticias. Así que le dejé la llave de mi casa a Costoya para que pasara el fin de semana con su chica.

Cuando volví a casa, el lunes siguiente, Costoya y su novia me habían dejado la llave debajo de la alfombrita del garage y un regalo sobre la mesada: una batidora eléctrica. Junto a la batidora — blanca, nuevita — había una nota de agradecimiento: «No tenés artefactos de cocina, sos un desastre. Si nos dejás volver algún otro fin de semana, te podemos traer más».

Ese martes le dije a Costoya que no hacían falta regalos, que podía usar mi casa cuando quisiera sin nada a cambio. Él me rebatió con argumentos: «Me gusta cocinarle a las mujeres porque se ponen mimosas. Pero no tenés un carajo para cocinar, y ella puede sacar aparatos al costo de su trabajo. Yo juego a ser chef y a vos te queda la cocina de Arguiñano». Me pareció bien.

Costoya y la novia empezaron a usar mi casa todos los sábados y domingos que yo me iba a la provincia. No solo me dejaban siempre un regalo arriba de la mesada (una juguera, una moulinex, un hervidor de mate) sino que antes de irse ponían la casa de punta en blanco, con olor a limpio, y nunca olvidaban dejarme la llave bajo la alfombrita de garage.

Se hizo tan rutinario el intercambio que algunos martes, al llegar al clipping, me olvidaba de agradecerle a Costoya el nuevo regalo del lunes. Por eso el día que llegué y no hubo ningún obsequio sobre la mesada me pareció de lo más normal y tampoco le dije nada. ¿Qué iba a decirle? «¿Por qué esta vez no tengo nada nuevo de Garbarino?». Hasta me alivió un poco la ausencia de electrodoméstico. Yo ya tenía batidora, procesadora, cafetera, tostador, amasadora… Ya no había enchufes en casa para tantos artefactos.

Ese martes a la noche resultó muy divertido el trabajo del clipping porque, en el suplemento espectáculos de Clarín, salió una entrevista larga a la exmujer de mi amigo. En la foto principal, enorme y a color, ella acariciaba a dos gatos. Eran los gatos de Costoya, sus amores perdidos en el divorcio. Cacareamos mucho toda esa madrugada.

Volví a casa a media mañana, harto de reírme y con tremendas ganas de dormir. Me bajé del 59 en Cabildo y cuando llegué a Olazábal oí dos ambulancias y mucho ruido de vecinos alterados. Me quedé quieto en la esquina de mi casa. Hans, mi casero, se agarraba de los pelos e intentaba abrazar el cuerpo de su hija, que salía en una camilla mortuoria, tapado con una sábana celeste.

Me dio un cosquilleo de ansiedad. No supe qué hacer. De nuevo me sentí una mascota de ellos. Caminé en redondo, con la misma confusión de un perro que ve a uno de sus dueños sin vida; percibí en el aire el olor de la muerte. Quería olfatear el cuerpo, quería salir corriendo. Quería rascarme las pulgas, acurrucarme y dormir.

Supe que no podría pasar a mi casa y tirarme en el sommier, porque aquello era un polvorín de enfermeros y policías que entraban y salían. Tampoco podía acercarme a indagar, porque me caía de sueño. No es que no sintiera pena por Hans, o por lo que pudiera haberle pasado a Sandra. Lo sentía mucho. Pero dormir, en esos años de mi vida, fue casi lo único que me importó de verdad.

Lo llamé a Costoya con mi móvil de kilo y medio. Le pregunté si podía ir a acostarme a su casa. Habitualmente su compañero de piso trabajaba de día y solía haber una cama libre. Crucé los dedos. Me dijo que sí, que me tomara un taxi, que no había problemas. Y agregó, antes de cortar: «Si ahora vamos a prestarnos las casas mutuamente, querido, devolvé el regalo del domingo».

Estuve a punto de preguntarle de qué me hablaba, porque el lunes yo no había encontrado ningún obsequio en la mesada, pero no hizo falta. Uno de los policías salió de la casa: llevaba en alto una cuchilla eléctrica, blanca, nuevita. Llena de sangre.

Hernán Casciari
viernes 24 de abril, 2015


Podés ver a Hernán Casciari en el teatro


20/12/2016 a las 15:25
Un buen electrodoméstico para comprar y ahorrar a la vez, es una heladera!! Hubiese servido para mucho en la historia, en varios párrafos! :/ jaja.
20/12/2016 a las 15:16
Una buena Heladera Max hubiese sido una buena opción de electrodoméstico para comprar, además del colchón! jaja..
 Fede Toledo
29/08/2016 a las 03:05
Hace 5 días o más no creo que sea importante que descubrí tu existencia, fue de casualidad escuchando una radio, pasaron la edad de los países.
Simple, sos un loco de mierda que sabe trasmitir sus vivencias y haces simple lo difícil.

Gracias por todo
 Jorgelina Dagron
14/05/2016 a las 19:59
te conocí de casualidad, hace un par de meses me mude de ciudad, no tengo tv, ni quiero amigos nuevos, tampoco me interesa socializar con vecinos, así que cuando llego a casa después de trabajar, escucho música, y mis compañías son sabina, rock nacional, zambayonny, entre otros, un día entre la lista de zambayonny aparecieron juntos y desde ese día, me haces llorar y me haces reír... sos un genio, me acuesto escuchándote y me levanto leyendo tus cuentos.
 Lucas Pelassini
17/09/2015 a las 02:21
Fantastico!!
 Lucas Pelassini
17/09/2015 a las 02:20
Fantastico!!
marmateos@huincacoop.com.ar
08/08/2015 a las 01:09
Estimado Hernan, cada texto tuyo me parece extraordinario, pura creatividad y excelente humor, aunque en este caso no sea tal.
04/08/2015 a las 10:14
Excelente, bárbaro, magnífico
 TRASGO
20/06/2015 a las 22:54
Hola Hernán, este cuento lo leí papel en mano hace un tiempo y no me impactó de la manera que lo hizo ahora. Delante mío tengo un librote de cuentos de Poe y no pude dejar de notar que ambos me generan ese nudo en el estómago de frenada de colectivo cuando está a punto de pisar a una vieja. Gracias, ahora dejo de boludear en este blog y me pongo a lee a Poe.
 Bela
20/06/2015 a las 16:49
Loco gracias por activarla tanto, y transmitir y difundir la cultura independiente y autogestionada. Y lo mejor de todo, con tintes grouchomar(c)iana.

Un ejemplo. GRACIAS
 Nicolas Pallares
16/06/2015 a las 05:36
guau.. se dice que no hay limites para los que nacen con el don de tocar el corazón, y vos Hernán, no tenes limites...
 celeste cele
06/06/2015 a las 23:27
www.celesteperfumerias.com.ar
 Loca En Camisón
06/06/2015 a las 06:55
Sentí el mismo vacío en el estómago que lograba provocarme Elsa Bornemann, a los 12 años, cuando leía sus cuentos de terror. Por sólo devolverme esa sensación, amé tu cuento
 Darkpanzer
28/05/2015 a las 17:13
Me encantan los cuentos en los que aclara cuánto se drogaba el autor en su juventud.
 H. H
27/05/2015 a las 00:33
Excelente
26/05/2015 a las 01:12
Cuando te dan una mala noticia sobre alguien que conoces cerras los ojos, inspiras aire por la nariz y retenes un segundo la respiración, sin moverte, como para asimilarlo mejor.

Bueno así.
  witty
13/05/2015 a las 19:53
Es muy bueno. No lo vi venir. Ya lo compartí.
 Elisa
09/05/2015 a las 06:15
Con el pibe que arruinaba las fotos me pasa lo mismo... intento saber si todo es fantasía o dónde termina el anclaje con lo autobiográfico. Igual no importa mucho ... es como ver El gran pez, lo que vale es cómo se cuentan las historias. Y Ud. siempre lo hace maravillosamente.
 Sandra _
08/05/2015 a las 09:37
Escandalo!
 Enrique González Ramírez
08/05/2015 a las 01:08
Pobre tetona, pero no había manera. Un detalle: "Así que le dejé le llave de mi casa".
07/05/2015 a las 20:51
Nuevos libros!!!!!
que bueno!!!
ya me imaginaba que en algo andaba....
07/05/2015 a las 03:07
Genial, como siempre
06/05/2015 a las 23:39
Y no había mirado el twiter!
06/05/2015 a las 22:30
Ya sé que no debería escribir en medio del partido, pero no tengo cable y lo estoy escuchando por radio. Además soy mujer...
Pero por favor! escribí algo sobre totin!!!
 Sandra _
08/05/2015 a las 09:40
Somos dos que se aburren en medio de los partidos!
08/05/2015 a las 11:11
Aburren? Nunca podés estar seguro que lo que digas será lo que otros entiendan.
La verdad es que no veo mucho fútbol, pero algunos no me los pierdo ni muerta.
 Irene Díaz Díaz
05/05/2015 a las 23:16
PRI
 Usuario Anónimo
04/05/2015 a las 05:33
Y miré el blog, increíblemente había un nuevo cuento del gordo. Viernes 24 de Abril. Cuando terminé de leerlo quedé shockeado. El había acertado otra vez en sus lectores con una gran anécdota (o con un cuchillo, que es lo mismo). :D. Iba a escribirle un comentario (ojalá lo viera, pensé), un: Gracias Hernán, por saciar a tus lectores!!! o Grande Hernán!, me encantó el final!!!.
Pero no. No se me ocurrió nada.¿Que le escribo? (pensé).Que suene original, pero no boludo... Me quedé en silencio frente al monitor, esperando.
De repente pasó. No lo sabía. Pero quizás. Hernán.
Me estaba leyendo.
 Gino Palomino
02/05/2015 a las 05:17
me mataste.
una montaña rusa tu relato. me llevó del interés a la simpatía, un poco a la risa, a la reflexión, un poco mas de risa y al final la muerte.
30/04/2015 a las 17:48
Gracias más que nunca, Gordo!

No me avegüenza confesar que soy de robarte un poco cuando escribo mis cosas... Pero se dice que robar bien, vale. Además a la gente parece gustarle.

Un abrazo grande!
 HERNAN MANAGO
30/04/2015 a las 04:25
Sandra me hizo acordar a la loca de CARRIE.
Que final Hernan!!!
SALUDOS
 Mariano Cognigni
30/04/2015 a las 01:12
Muy bueno, excelente.
En un principio yo era partidario de acortar camino: desde la hija muerta me hubiese ido directo hasta el cuchillo eléctrico sangrante, nada de que un domingo no te dejaron regalo ni que no tenías dónde dormir, ni el taxi ni nada, directo. Pero pensándolo mejor creo que no hubiese quedado tan bueno, creo que hace falta el quilombito del final para que el remate suene más fuerte, creo.
 Cheno
29/04/2015 a las 17:31
Excelente!!! Pero Hans era pelado y despues se agarraba los pelos.
 Artu
29/04/2015 a las 15:06
Me gustan las historias cuando no tienen mucho humor. Me parece interesante encontrar esas variaciones. Que te encuentres en una situación violenta y que no sepas que hacer es muy humano. Tiene algo que no se bien que es. Pero despierta mas intriga.
 luis suarez
28/04/2015 a las 22:34
Me encanta leerte, dejar de hacerlo por unos meses para despues sentir otra vez la misma admiracion.
28/04/2015 a las 16:50
Muy bueno! Hace falta cada tanto una historia oscura.
Saludos
 Ignacio Pegue
27/04/2015 a las 23:41
Que bueno leerte de nuevo!!
 Jhordan PLG
27/04/2015 a las 21:58
Algo, algo, algo, no sé, el final, cómo que ya nos tenías acostumbrado a que los finales de las historias sean impredecibles, y en esta ocasión, al menos en mi caso, ya lo veía venir desde poco más de la mitad de la narración.

¡Un gusto volver a leerte!
 Oriana Rosales
27/04/2015 a las 17:36
saludos desde perú
 Oriana Rosales
27/04/2015 a las 17:35
Buenos dias.

Un profesor de marketing, me recomendó y nos dijo que veamos su historia en tedx, nos dejaría un trabajo acerca del video. A varios de mis compañeros les incomodo la tarea no querían sentarse 20 min a escucharlo, a mi personalmente me encanta ver documentales, escuchar historias, mucho más que leer, terminé los 20 min, y fue tan conmovedor y asombroso, no solo me enseñó acerca de los intermediarios sino que creo en mi la curiosidad de saber porque se hacia tan famoso su blog, y hoy acabo de entender el porque, termine de leer ''electrodomésticos'' y me parece genial, el desenlace que tuvo, no me gusta mucho la lectura, pero si se trata de historias similares y del mismo autor, no la pensaria dos veces para leerlas, gracias por mantenerse cerca de sus seguidores, y por alejarse de los intermediarios, usted es genial♥
 Nacho
27/04/2015 a las 15:51
Genial!!
 Javier Moyano
27/04/2015 a las 14:49
Simplemente genial!
 Vinicio Villamarín
27/04/2015 a las 07:46
Que buena historia gordo, tuve que leerla en voz alta, en la entrada anterior del blog tambien te dejé un comment, el motivo: puedo conversar directamente con vos? quiero hacerte una pequeña consulta, dale gordo, concédeme el honor. Saludos desde Ecuador
27/04/2015 a las 06:06
Tuve un día agotador, no paré ni un segundo, quería venir a casa y dormir, pero vi que habías actualizado el blog y usé las últimas fuerzas que me quedaban para leerte. Gracias por compartir tu talento.

(En el iPad aparece de fondo la imagen de un libro repetida varias veces, no deja leer los comentario. Supongo que es un error).
28/04/2015 a las 00:54
Si abrís con Safari debería andar bien. Fijate si no lo hiciste desde una aplicación aparte, que provee su propio navegador (más limitado) para abrir links, como pasa con la aplicación de Twitter por ejemplo.

Saludos
 stefy solimandi
27/04/2015 a las 04:32
siempre es disfrutable escucharte o leerte
 PPLANDA
27/04/2015 a las 04:19
hacia mucho que no tenia noticias tuyas y me pegué una vuelta...como siempre glorioso...gracias!
26/04/2015 a las 20:29
O sos medio asesino, o seguís siendo joven, gordo. Los viejos no mienten "con una cosa así".
26/04/2015 a las 17:36
"Teníamos un único requisito: el que traía una invitada era porque no se la podía coger, o porque ya se la había cogido lo suficiente, o porque le resultaba incogible por razones legales o religiosas."
a los veinti pico hubiera puesto esta frase en algún pergamino en mi depto...

Volviste tan joputa como antes!
un alegrón bestia!!!!
juntá ganas y retomá el taller de anecdotas vago!!!
 Sandra Vega
26/04/2015 a las 16:30
Ah: "Fue mi único trabajo de oficina en el que no hubo idiotas." es una frase de antología. Duro de leer para una que trabajó siempre en oficina, pero genial.
26/04/2015 a las 17:59
No todos los oficinistas son idiotas; yo tenía mucha mala suerte.
 Sandra Vega
26/04/2015 a las 16:21
Muy buena historia, excelente. Sin embargo creo que tiene un ligero error en el remate: donde dice "porque el domingo yo no había encontrado..." ¿no debería decir "porque el lunes..."? El protagonista no vuelve a su casa los domingos, va derecho a trabajar, por eso agradece los martes. ¿No?
Como se ve que soy obse, me sacó un poco del cuento al final. Perdón por molestar con esto.
26/04/2015 a las 18:00
Es verdad! Está corregido, gracias.
  Juan Sebastián Olivieri
28/04/2015 a las 16:12
"...Ese martes a la noche resultó muy divertido el trabajo del clipping..", en realidad "madrugada del martes", como al final del párrafo (trabajás de cero a nueve.)

"...Así que le dejé le llave de mi casa a Costoya...", "la llave"
 LoreSMS
26/04/2015 a las 15:02
Excelente!
 Jean Pier Carazas Sarmiento
26/04/2015 a las 07:02
Ya era hora que volvieras gordo, espero vuelvas a escribir con regularidad como antes, una semana sin leerte no es una semana completa.

Saludos.
26/04/2015 a las 06:11
Me encantó, Hernán. Un señor cuento.
Te queda bien la versión Viejo.
Que bueno que volviste!
 Sofía Montagna
25/04/2015 a las 22:58
"...yo tenía un método eficaz en cuatro tiempos: Día 1) Hacerla sonreír e irme. Día 2) Hacerla reír fuerte e irme. Día 3) Hacerla lagrimear con una historia e irme. Día 4) Decir algo cursi y quedarme. En general, algo bueno pasaba al quinto día".

Sos un gordo hermoso.
26/04/2015 a las 18:00
Es lo que tengo.
25/04/2015 a las 22:01
Que bueno que volviste Hernan! Como extrañaba tus historias, hasta último momento dudás si es real o no todo.
25/04/2015 a las 21:37
Muy bueno!! tuve que googlear clipping porque pensé que iba a ser necesario, pero cuando seguí leyendo me di cuenta que no
 Ada
25/04/2015 a las 21:33
Lo leí mientras cagaba. 2 placeres.
26/04/2015 a las 17:37
hoy almuerzan con la señora Mitha...
 Ignacio Pegue
27/04/2015 a las 23:40
Jajajajaja!
 El Vaggo
25/04/2015 a las 20:26
Genial! Un cuento al estilo de Horacio Quiroga. Felicitaciones, se brinda por la vuelta de la inspiración.
 ana gonzalez
25/04/2015 a las 19:52
Buenisimo. Quiero mas
 Martín Cotaimich
25/04/2015 a las 18:25
No intente poner pri porque siempre llego se o ter... Y esta vez llegaba :(

Muy bueno gordito. Me encantó lo de los dos gatos
 Juan Ignacio Barrera
25/04/2015 a las 17:24
Gracias, gordo!! Increíble relato, no decae en ningún momento. Gracias, gracias, gracias!
25/04/2015 a las 17:06
"...y los años que pasan, inútiles..." (JLB)
Muy bueno
Abz
25/04/2015 a las 16:01
Gracias gordo, la puta que te parió! Era hora de que volvieras.
 VIR
25/04/2015 a las 15:49
Qué bueno volverte a leer. Esta frase tuya me trajo al recuerdo a Mariana, una chica esquizofrénica que vivía en el departamento de al lado, " los gritos guturales de Sandra, sobre los platos rotos que sonaban a veces en el piso de arriba, y sobre su llanto lobezno a deshora"; Mariana tiraba sillas y también quería arrojarse por el balcón a la madrugada... a la larga los vecinos nos acostumbramos
 pepehillo
25/04/2015 a las 14:22
Me gusta eso de los intercambios de los viernes. ¿Puedo apuntarme yo? Llevaría a mi abuela, que aún está de buen ver.
 SELLARO OSCAR
25/04/2015 a las 13:56
QUERIDO HERNÁN: SIEMPRE TE RECUERDO Y SOS UN GRAN "INVENTOR" DE HISTORIAS, QUE NOS LLEVAN A LEERLAS HASTA EL FINAL. UN ABRAZO GRANDE Y QUE SIGAN TUS ÉXITOS.-
25/04/2015 a las 10:16
Bonita y triste historia.

A este ritmo el siguiente post para el sábado que viene.

El aviso de nueva entrada me alegró el día. ¿Se sabe si Orsai o Bonsai vuelven?
26/04/2015 a las 18:02
Sí señor, todo vuelve.
 Ignacio Pegue
28/04/2015 a las 23:12
Vuelve la revista?!
 Andy Brusco
01/05/2015 a las 00:14
Vuelve Orsai?! Estallo de alegría!
 Diego Spucches
25/04/2015 a las 09:24
Welcome back!!!
 Jou!
25/04/2015 a las 07:25
Que gordo hijo de puta!!!
 PERLA
25/04/2015 a las 07:02
VOLVIÓ, SR. CASCIARI!!!
 Pedro Mourelle
25/04/2015 a las 05:57
Qué buen final Hernán. Lo que me pregunto ahora hasta qué punto es verdad y en donde empieza la fantasía. Te la culeaste en realidad, decí la verdad.
25/04/2015 a las 04:14
¿Los comentarios están moderados o son muy respetuosos los lectores?
Me sorprende (y me gusta) el hecho de que no haya spam.
¿Los nombres de usuarios linkeados a sitios personales son una medida al respecto?

Saludos y gracias por lo que nos regalás.
25/04/2015 a las 04:29
Los comentarios no están moderados. Acá la gente es muy gauchita.
25/04/2015 a las 04:51
Buenísimo.
Seré gauchito entonces y compartiré la información de que en la ciudad de Santa Fe, en librería ferrovía (por calle 9 de Julio al 31) tienen libros de Casciari.
25/04/2015 a las 04:56
Y ahora que lo leo parece spam, pero no soy el dueño de ese local, y me costó compartirlo porque ando corto de guita y tengo miedo de que se acaben antes de que me compre "Charlas".

Ahora si, chau.
25/04/2015 a las 05:02
Da un poquito de orgullo cuando aparecen comentarios como este...
25/04/2015 a las 03:50
Muy buen remate!
25/04/2015 a las 03:32
Bien, así que Sandra ve a la pantera rosa y por lo cual sabe en dónde se guardan las llaves.
25/04/2015 a las 03:34
"Veía". Es finada.
25/04/2015 a las 03:31
Sos el rey de las anécdotas mejoradas, el inventor del género. Tu fórmula no falla nunca.
 Pipo
25/04/2015 a las 02:23
Se te extrañaba. Gracias. Y tuve que aprender lo que es clipping.
 Diegui
25/04/2015 a las 01:41
Que bueno ! "fenamena de verda" gordo , bien metida
 Fede
25/04/2015 a las 01:41
Genioooo!! Gracias por hacerme disfrutar tanto
 Marcos Di Nardo
25/04/2015 a las 01:31
Que bueno volver a recibir un mail que dice "Hay una nueva entrada en Orsai Blog"... y el contenido es un lujo como siempre. Un placer volver a leerte. Saludos!
25/04/2015 a las 01:02
"Hace seis años yo vivía en una casita alucinante, en miniatura, que parecía el decorado de una sit-com. En realidad lo era, porque me la alquilaba un alemán que había trabajado durante veinte años como escenógrafo de Canal 13, y la había puesto a punto con sus propias manos. Era todo chiquito y placentero, y tenía una barra de madera que separaba la cocina del comedor."
25/04/2015 a las 01:39
Qué buena memoria.
 El Gusta
25/04/2015 a las 01:00
¡¡¡¡¡VAMOS, CAYOTA VIEJO Y PELUDO, CARAJO!!!!!


Esto es un post y no la pedorrada de la semana pasada.
 El Gusta
25/04/2015 a las 01:02
¿Habrá sido la felpeada de Chichita?
26/04/2015 a las 18:03
Soy hijo del rigor.
 gabriel espisua
25/04/2015 a las 00:38
Me pasa siempre que leo algo tuyo tengo la certeza a quemarropa de que no lo inventaste y te pasó de verdad! Saludos.
25/04/2015 a las 01:39
Obvio. Para qué te voy a mentir.
 Martín Cotaimich
25/04/2015 a las 18:30
Jajaja genio. Los buenos mentirosos te pueden mirar a los ojos y jurarte que te van a mentir; y a lo siguiente que dicen les crees
26/04/2015 a las 18:04
«Narrar, decía mi padre, es como jugar al póker. Todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad». (La frase es de Piglia.)
 NikoDeBruno
25/04/2015 a las 00:33
Primera vez que no me lleno...
26/04/2015 a las 18:05
Pedí postre!
24/04/2015 a las 23:32
¡Se te extrañaba che!
 Preto
24/04/2015 a las 23:00
Buenísimo de punta a punta. Mis felicitaciones.
 colorada
24/04/2015 a las 22:58
Sos un hijo de puta! Gracias por volver!
24/04/2015 a las 22:51
Me gusta cuando venís preparando la carcajada para el final del texto y te sorprendes con un ladrillazo como este en el medio del alma.

¿Existen todavía las empresas de clipping?
24/04/2015 a las 22:56
Si, y hacen clipping clásico y de menciones en medios online y redes sociales.
 Martín Cotaimich
25/04/2015 a las 18:33
Que carajo es el clipping?
 Adrian Martinez
24/04/2015 a las 22:45
No se porqué, pero me resultó figurita repetida.
26/04/2015 a las 18:06
A Nico, del comentario #30, le pasó lo mismo. Y otros en twitter también me lo dijeron. Es cuestión de ir soltando la mano. (O estoy viejo.)
 Adrian Martinez
27/04/2015 a las 14:50
Odio esa parte del cerebro, llámese aprendizaje o conexión neuronal o lo que puta sea, que hace que uno no pueda volver a disfrutar algo que ya disfrutaste. Me caga de gusto poder olvidarme de lo que me provocó alguna situación vivida y volver a disfrutarla sin dejavú. Típica situación con alguien mas: "¿de que te reís boludo?, si ya lo vimos a eso... ,y yo ni rastro en mi cabeza, y me cago de risa, con risa original, de primera mano, sin uso.
 Ricardo campos
24/04/2015 a las 22:38
Piel de gallina.....
24/04/2015 a las 22:31
Costoya viene a ser una especie de Lagomarsino eh......... igual le hubieras entrado a la rubia, si estaba tan loquita nadie le iba a creer nada
 Edgardo Regazzoni
24/04/2015 a las 22:31
Que lindo volver a leerte.
Áspero.....
 Maximiliano
24/04/2015 a las 22:18
Excelente, lo único es que la esquizofrenia y la bipolaridad son dos cosas muy distintas.

Grande gordo, siga demostrando
24/04/2015 a las 22:25
Es vedad. Ya está corregido, gracias!
24/04/2015 a las 22:15
Buenísimo!!!

Qué gusto tenerte de vuelta!
 NandoYuriyork
24/04/2015 a las 22:15
Que final para brillantemente sanguíneo.
 Cocó
24/04/2015 a las 22:10
Que bueno tenerte de nuevo. ...ojalá que sigas. ..me encanta leerte! !! Ponete las pilas y seguí
24/04/2015 a las 22:25
Despacio. Estoy viejo.
24/04/2015 a las 22:08
guau! impresionante
24/04/2015 a las 22:05
Top 10 Gordo, un espacio en "otro(política o libros)" y diría que ";" en lugar de punto en los días de conquista.
¡Fantástico!
24/04/2015 a las 22:06
¡Top 10, las pelotas!
24/04/2015 a las 22:26
Corregido el espacio, gracias!
24/04/2015 a las 22:04
Ya me veo venir tus historias con final triste... me paso todo el cuento esperando el drama del desenlace!
24/04/2015 a las 22:04
... y vivía de prestado "en" un departamento amigo ...
Falta un "en" ?
24/04/2015 a las 22:09
Corregido, gracias!
24/04/2015 a las 22:22
Gracias a vos por volver.
El Fede
24/04/2015 a las 22:03
que buen manejo del hijoputismo.
El Fede
24/04/2015 a las 22:04
Encima soy el 13
 Lore Moreau
24/04/2015 a las 22:03
Concha de dios me quedé con una sensación horrible. Piel de pollo. Muy buen cuento.
 ari ramirez
24/04/2015 a las 21:57
Top ten! Que final gordo!! Muy buena historia.
 babyzucker
24/04/2015 a las 21:54
Uju! Gracias señor Director. Hacía falta.
 babyzucker
24/04/2015 a las 21:54
Qué gran número me tocó ser :)
 Lau
24/04/2015 a las 21:52
Qué bien, ya me había resignado a meses sin un nuevo post.
24/04/2015 a las 22:26
Yo también.
 tornikón
24/04/2015 a las 21:52
espero entrar en los octavos
24/04/2015 a las 21:51
Excelente. Brillante. Etc.

No importa, Gordo, cuanto tiempo pase entre cuento y cuento, lo que importa es que en algún momento pase esto.

Gracias.

Abrazo grande.
24/04/2015 a las 22:27
Me alegro que te haya gustado porque en la foto tenés cara de exigente.
24/04/2015 a las 22:54
Como mienten las fotos.

Macabramente lindo el cuento.
24/04/2015 a las 23:17
Gracias por el eufemismo.
28/04/2015 a las 14:43
Es cara de "¿Lo digo.... o no lo digo?"
 Raymundo G?
24/04/2015 a las 21:49
Tarde... Saludos.
26/04/2015 a las 18:08
Buenas tarde
 DanyTruck
24/04/2015 a las 21:42
Top Five!?
24/04/2015 a las 21:42
Cuarto
24/04/2015 a las 21:21
Pri?
24/04/2015 a las 22:04
Una pena que no se la alcanzaste a dar a la Germana!
 Lucho
24/04/2015 a las 21:21
Segundo!
 Interior
24/04/2015 a las 21:20
pri
24/04/2015 a las 21:38
Como en los viejos tiempos.
 taximetrista
25/04/2015 a las 07:21
Uno de los mejores nicks (o 'alias', para ponernos federales) que he visto en internet. Y eso que camino bastante acá, eh.
 taximetrista
25/04/2015 a las 07:22
El de Interior, digo. Y siempre la foto del mate, que aunque no lo tome, me encanta.