Orsai blog post

Vida privada
miércoles 7 de julio, 2004

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miércoles 7 de julio, 2004

Léxicon 80

       

Hace poco rescaté de la basura una Léxicon 80 flamante y pesada. Había cuatro, esperando que pasara el camión de la basura, pero sólo me traje una para que Cristina no me tomara por loco. Si hubiera vivido solo me las traía a todas, porque la máquina de escribir es, de las cosas que no respiran, lo que más quiero en este mundo.

Pero sobre todo me fascina ésta, la Léxicon de Olivetti, porque reproduce los anhelos de mi infancia. Mil veces me levanté descalzo de una siesta y perseguí el ta-ca-tác que llegaba desde el comedor de Mercedes. Cuando tenía cuatro años no había maravilla más grande que mi papá sentado frente a su Léxicon, escribiéndole cartas a la Dirección General Impositiva.

Yo arrastraba una silla blanca y me trepaba para verlo. La fila de hormigas elegantes que aparecía en la hoja se detenía únicamente cuando él se mordía un labio; el de abajo. Y cuando levantaba las cejas volvía el sonido de la marcha: ta-ca-tác, ta-ca-tác... Lo que más me gustaba era que llegara al final de una línea, porque el mejor de todos los ruidos era el timbre del salto de carro: había que mover el rodillo o las hormigas se podían caer, desde la hoja hasta el suelo, y podía ser fatal.

En aquellos tiempos lo único que yo quería de mi vida era aprender ese arte; sentía que el artefacto —macizo, gris, y más que nada poderoso— era el mejor juguete que existía sobre la tierra. Y que saber usarlo por diversión sería, por lógica, el mejor de los juegos humanos.

Cristina esta semana —no sé por qué telepatía— puso la Léxicon huérfana que rescaté de la basura en un sitio privilegiado de la casa, así que ahora la miro todos los días. Y cada vez que lo hago, mi cabeza vuelve a Mercedes, a la época en que oía el traqueteo en el comedor, y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia por aprender a escribir.

Cuando yo tenía cuatro años me fascinaba que las personas grandes se quedaran en silencio frente a las hojas incómodas de La Nación, y que movieran los ojos para leer.

Una vez, solo en el baño, quise repetir el gesto adulto y entonces no me entretuve con los dibujos de Trudy ni los de Quintín García, sino con las letras indescifrables de los titulares. Las miré fijo, como si el proceso de leer no llegara desde la comprensión, sino de una postura determinada de los ojos —como los estereogramas que estuvieron de moda en los noventa—, pero no ocurrió ningún milagro.

Me concentré en una letra (entonces no sabía que se llamaba la jota) y pensé algo demasiado enfermizo: pensé que los mayores tampoco veían nada en aquellos garabatos, y que en realidad se burlaban de mí todo el tiempo para después, a solas, divertirse a costa de mi ingenuidad.

También supuse que crecer significaba que a determinada edad me dejarían ingresar al grupo de los chistosos, y que entonces yo estaría obligado a gastarle esa broma a mis propios hijos. Y que en eso consistía todo. Todo era, digamos, la vida y sus quehaceres.

Debo haberle roto mucho las bolas a Roberto para que me enseñara el truco; se lo debí haber implorado hasta con espanto, porque esa misma tarde apareció en casa un libro que se llamaba Upa, y al día siguiente, dos años antes de que empezara mi escuela primaria, mi papá usó la Léxicon 80 para enseñarme todo lo que sé.

Yo no sé si Roberto sabe que aquel año —1975— me divertí como un chancho. No sé si sabe que cuando yo tenía cuatro años buscaba un gesto en sus ojos, y que la curiosidad que yo tenía por aprender quedaba en desventaja frente a las ganas de que él hiciera el gesto de triunfo, que era el de levantar las cejas y decir "muy bien, negrito", y después buscar en mi mamá, en los ojos de ella, la otra mitad de la gloria.

Yo aprendí a leer y escribir en el comedor de casa, mientras se freían las milanesas en la cocina. Roberto volvía de trabajar a las ocho. Y yo lo esperaba con el libro Upa en la mano, sentado frente a la Olivetti, para que me explicara más. Ninguna noche llegó tan cansado como para decir hoy no. Cuando él abría la puerta y dejaba el portafolios en el sillón, se encontraban dos grandes obsesiones: la mía por entender, y la suya por que entendiera.

Hace un rato acabo de responderle un mail, explicándole cómo hacer para encontrar un icono perdido del escaner, y cómo —usando el botón derecho— colocar el acceso directo en el escritorio. Y cada vez que le escribo estos trucos pelotudos de windows, siento que le estoy devolviendo un poco de lo que me dio en 1975. Pero no voy a equilibrar nunca, ni con mil tutoriales. Porque él, sin saberlo, me enseñó las dos cosas que todavía hago con más tenacidad: leer y escribir.

Ahora, que en el comedor de mi casa hay una Léxicon y también hay una hija, tengo delante de mis narices la única tarea fundamental de la paternidad: trasmitir pasión.

Y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia, esa alegría desbordada, como si otra vez tuviese cuatro años y las letras de la Olivetti fuesen garabatos por conquistar.

Hernán Casciari
miércoles 7 de julio, 2004


Léxicon 80

por Hernán Casciari

Hace poco rescaté de la basura una Léxicon 80 flamante y pesada. Había cuatro, esperando que pasara el camión de la basura, pero sólo me traje una para que Cristina no me tomara por loco. Si hubiera vivido solo me las traía a todas, porque la máquina de escribir es, de las cosas que no respiran, lo que más quiero en este mundo.

Pero sobre todo me fascina ésta, la Léxicon de Olivetti, porque reproduce los anhelos de mi infancia. Mil veces me levanté descalzo de una siesta y perseguí el ta-ca-tác que llegaba desde el comedor de Mercedes. Cuando tenía cuatro años no había maravilla más grande que mi papá sentado frente a su Léxicon, escribiéndole cartas a la Dirección General Impositiva.

Yo arrastraba una silla blanca y me trepaba para verlo. La fila de hormigas elegantes que aparecía en la hoja se detenía únicamente cuando él se mordía un labio; el de abajo. Y cuando levantaba las cejas volvía el sonido de la marcha: ta-ca-tác, ta-ca-tác... Lo que más me gustaba era que llegara al final de una línea, porque el mejor de todos los ruidos era el timbre del salto de carro: había que mover el rodillo o las hormigas se podían caer, desde la hoja hasta el suelo, y podía ser fatal.

En aquellos tiempos lo único que yo quería de mi vida era aprender ese arte; sentía que el artefacto —macizo, gris, y más que nada poderoso— era el mejor juguete que existía sobre la tierra. Y que saber usarlo por diversión sería, por lógica, el mejor de los juegos humanos.

Cristina esta semana —no sé por qué telepatía— puso la Léxicon huérfana que rescaté de la basura en un sitio privilegiado de la casa, así que ahora la miro todos los días. Y cada vez que lo hago, mi cabeza vuelve a Mercedes, a la época en que oía el traqueteo en el comedor, y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia por aprender a escribir.

Cuando yo tenía cuatro años me fascinaba que las personas grandes se quedaran en silencio frente a las hojas incómodas de La Nación, y que movieran los ojos para leer.

Una vez, solo en el baño, quise repetir el gesto adulto y entonces no me entretuve con los dibujos de Trudy ni los de Quintín García, sino con las letras indescifrables de los titulares. Las miré fijo, como si el proceso de leer no llegara desde la comprensión, sino de una postura determinada de los ojos —como los estereogramas que estuvieron de moda en los noventa—, pero no ocurrió ningún milagro.

Me concentré en una letra (entonces no sabía que se llamaba la jota) y pensé algo demasiado enfermizo: pensé que los mayores tampoco veían nada en aquellos garabatos, y que en realidad se burlaban de mí todo el tiempo para después, a solas, divertirse a costa de mi ingenuidad.

También supuse que crecer significaba que a determinada edad me dejarían ingresar al grupo de los chistosos, y que entonces yo estaría obligado a gastarle esa broma a mis propios hijos. Y que en eso consistía todo. Todo era, digamos, la vida y sus quehaceres.

Debo haberle roto mucho las bolas a Roberto para que me enseñara el truco; se lo debí haber implorado hasta con espanto, porque esa misma tarde apareció en casa un libro que se llamaba Upa, y al día siguiente, dos años antes de que empezara mi escuela primaria, mi papá usó la Léxicon 80 para enseñarme todo lo que sé.

Yo no sé si Roberto sabe que aquel año —1975— me divertí como un chancho. No sé si sabe que cuando yo tenía cuatro años buscaba un gesto en sus ojos, y que la curiosidad que yo tenía por aprender quedaba en desventaja frente a las ganas de que él hiciera el gesto de triunfo, que era el de levantar las cejas y decir "muy bien, negrito", y después buscar en mi mamá, en los ojos de ella, la otra mitad de la gloria.

Yo aprendí a leer y escribir en el comedor de casa, mientras se freían las milanesas en la cocina. Roberto volvía de trabajar a las ocho. Y yo lo esperaba con el libro Upa en la mano, sentado frente a la Olivetti, para que me explicara más. Ninguna noche llegó tan cansado como para decir hoy no. Cuando él abría la puerta y dejaba el portafolios en el sillón, se encontraban dos grandes obsesiones: la mía por entender, y la suya por que entendiera.

Hace un rato acabo de responderle un mail, explicándole cómo hacer para encontrar un icono perdido del escaner, y cómo —usando el botón derecho— colocar el acceso directo en el escritorio. Y cada vez que le escribo estos trucos pelotudos de windows, siento que le estoy devolviendo un poco de lo que me dio en 1975. Pero no voy a equilibrar nunca, ni con mil tutoriales. Porque él, sin saberlo, me enseñó las dos cosas que todavía hago con más tenacidad: leer y escribir.

Ahora, que en el comedor de mi casa hay una Léxicon y también hay una hija, tengo delante de mis narices la única tarea fundamental de la paternidad: trasmitir pasión.

Y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia, esa alegría desbordada, como si otra vez tuviese cuatro años y las letras de la Olivetti fuesen garabatos por conquistar.

Hernán Casciari
miércoles 7 de julio, 2004


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro El pibe que arruinaba las fotos, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


 Jose Alaniz
14/10/2016 a las 16:33
lettera 22
 Juan Pedro Mc Loughlin
05/08/2012 a las 20:17
Leo esto en el 2012. Y me emociono.
Porque una Olivetti me acompañó hasta que una hija adolescente se empeñó en que debía probar los beneficios de un procesar de textos. Está buenísimo,pero las hormigas no son las mismas, y falta la campanita que me envíe al renglón siguiente.
Y eso de que los padres tenemos como tarea fundamental trasmitir pasión me llenó de alegría. Porque pensaba que poco le di a mis hijos en cuanto a posibilidades materiales, pero al leerte me sentí aliviado porque los veo hombres y mujeres jóvenes que tienen pasión por lo que han elegido. Mirá lo que puede hacer un artículo leìdo ocho años despuès. No se si leeràs este comentario. Pero, gracias Hernán.
claudio
15/07/2004 a las 00:36
Mi primera máquina de escribir / estaba llena de palabras pronunciadas/ pura dactilografía: / muy señor mío / de mi mayor consideración / sin otro
particular / lo saluda atentamente / Cuando los hombres envejecen / no saben ni quién va ni quién se queda / bueno / ella se queda. Mi segunda
máquina de escribir / era terrible / se enamoraba / por su cuenta / escribía cartas de
amor / que yo no quería escribir / llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo / compartíamos el mismo domicilio / la misma bañera / por las
dudas / la agregué a mi documento nacional de identidad / junto al grupo sanguíneo / en caso de accidente / había que avisarle a ella / antes que a nadie.

El verano en que conocí a mi primera máquina de escribir / fue el gran siglo de mi vida / echesé ahí / le decía / paresé / cacha cacha / cuando me
veía aparecer escribía muchas eñes seguidas / ññññññññññññññññ / yo no sé si ustedes vieron La pandilla salvaje / si yo hubiera sido William Holden / ella hubiera sido Ernest Borgnine / oh por supuesto que me hablaba / lo que no puedo saber es qué me decía: / k9fjum K&& l*mc RR12 z-Z .

Señoras y señores / la máquina de escribir / es el gran deber del poeta / señoras y señores / el objetivo de su vida.

¿Una, dos, tres, cuántas máquinas forman parte de la vida de una persona? / con los lápices en cambio / no sucede lo mismo / se quiebran /
desaparecen / Yo sin ir más lejos / el año pasado compré un par de zapatillas / una licuadora / un reloj despertador / máquina no / máquina tengo / como mujer / hija / cejas oscuras. Si sos incapaz de entrar al depósito de cadáveres / e identificarla / nada más que por el tacto / te has equivocado de oficio / lo siento / tenés que empezar de nuevo.

Y ahora / querida / para despedirse / escríbale algo lindo / a Hernan: / k9fjumK&&l*mcRR12 z-Z.
ULTRAMAN
11/07/2004 a las 03:27
Me parecen que sus comenterios ticolas on un poco agos ya que yo nunca me he tiado ni chupado a uno de uds. Y si lo haria no fuera a los argentinos es que considero que es tan jodidos como para terminarlos de chigar con una chupadita que creo me caeria tan mal que aca en el futuro los analgicos estomacales son un poco cariñosos por lo demas todo esta bien.
Caribé
10/07/2004 a las 01:44
Sí, las portatiles parecen instrumentos de tortura.

Pero al menos te permiten escribir en la cama.
 olo mosquera
10/07/2004 a las 00:50
Yo tambie´n soy medio obsesivo con la respuesta de los instrumentos que usamos para escribir. Incluso a algunos les adjudico un porcentaje del éxito o fracaso de mis escritos.

Por ejemplo: nunca me podrá salir bien un soneto con bolígrafo de punta fina (bic de carcasa amarilla, para los argentinos). Pero es posible que me salga muy bien con la Bic de carcasa azul.

Y jamás podría escribir un buen cuento con un teclado demasiado celoso, o en extremo retobado.

Hace un tiempo tengo una portátil cien veces mejor que esta PC en la que escribo Orsai, pero sigo siendo incapaz de redactar en ella, por esa falta de ductilidad del teclado.
Caribé
10/07/2004 a las 00:37
Tengo deformación profesional, Hernán: Me acosan intraducibles como usability, traceability, and so on.

Pero no fue por eso que use responsividad, sino porque es la palabra que se ajusta exactamente a la sensación de aquel teclado: Más que una interacción mecánica parecía comunicación.

No, Hernán, mi máquina de escribir no era de blanda condición ni condescendiente: Era adivina, cedía con un levísimo estallido sonoro en el momento exacto, ni antes ni después.

No puedo explicar la sensación, pero con decirte que me costó acostumbrarme a los teclados de las PC's.

Mamá y yo peleamos por mi máquina poco tiempo, porque a ella alguien que se había cambiado a una AT le vendió su vieja XT. No pasamos a pelearnos por la PC: Yo seguí prefiriendo por un tiempo mi máquina, no me acostumbraba al teclado de la PC.

Por supuesto, las comodidades de edición e impresión hacían una diferencia tan enorme que era imposible no cambiarse a la PC finalmente.

Pero no sin un último lamento por cierta belleza que se va perdiendo. La casi infinita reproductibilidad de los nuevos "objetos" culturales, la obsolescencia de los nuevos objetos tecnológicos, y la creciente preeminencia en la industria del criterio tipo business sobre el amor al producto (por no decir amor al arte) nos están privando de algo que, para cuando nos vayamos a dar cuenta, ya será tarde.
Hernán
09/07/2004 a las 08:31
Caribé: la palabra "responsividad" me gusta, pero creo que hay algo en castellano para definir a los teclados con los que nos llevamos bien al tacto. Yo uso "sensibilidad", pero tampoco es correcto. Sospecho que se dice "ductilidad", siendo que la quinta acepción de "dúctil" es: "acomodadizo, de blanda condición, condescendiente." ¿Qué te parece? A mí eso de blanda condición me parece que le cae como anillo al dedo.
Caribé
08/07/2004 a las 22:09
Romu,
que la nostalgia no es por el vinil,
ni de va....

La nostalgia es porque los discos que mi madre tenía en LP no se consiguen en CD.
Los CD son mucho más mercenarios.

Pero seguro que no ha de ser por el material.

O tal vez sí.
Tal vez el extremo a que la computación ha llevado la reproductibilidad de los objetos culturales seguro que influye en la calidad de lo que se reproduce.

Eso amerita estudio.
Caribé
08/07/2004 a las 22:02
Romu:
Tienes toda la razón en cuanto a la mayor comodidad de la computadora y todo eso,
y que corriges lo que quieres, y luego imprimes cuando ya todo está bien, etc...

Pero nunca he vuelto a encontrar una letra (tipo, o como se dice en la PC, fuente)tan hermosa como la que tenía la máquina de escribir que me regalara mi padre cuando cumplí catorce años, tras descubrir que me gustaba escribir.

Era eléctrica, pero con un diseño precioso, y muy ergonómica. La justa responsividad (si es un neologismo, lo siento) del teclado es algo que aún no he visto superado en ninguna computadora, junto con la elegancia del tipo.

Además, tenía detalles como que algunas teclas repetían solas si las dejabas apretada, y que te permitía semiavances y semiretrocesos tanto de letra como de línea (de rodillo). Era realmente una preciosidad.

Es. Aún está guardada en lo alto de un armario de Caracas, aunque ya hace mucho que nadie la usa (PC's mediante). Consideraríamos un sacrilegio botarla.

¡Deespués de las veces que mamá y yo nos peleamos por esa máquina, por antojarnos de necesitarla en el mismo momento, ... la boto a ella si se le ocurre botarla!


Y también aprendí a leer con el periódico. Me sentaba en el regazo de mi padre cuando él leía y, quieras que no, tenía que enseñarme. Lo de "quieras que no" es meramente retórico, pues adoraba enseñarme todo lo que sabía, incluyendo algunas locuras. Antes de cumplir los cinco años ya leía casi de corrido, pero atascándome en las efes, porque no podía pronunciarlas.

Eso sí, en cuanto aprendí a leer comprendiendo lo que leía -porque a los cuatro años se trataba más que todo de convertir signos en sonido-, papá me prohibió el periódico, en su afán de protegerme del mundo exterior.

Como si se pudiera. Pero cuando lo pienso ahora me da todo un calorcito por dentro.
Y una sonrisa.
pecadora
08/07/2004 a las 20:17
Hernán:
Tu texto, en especial algunos párrafos, rozan el parricidio. Supongo que les habrás avisado antes a tus viejos, por que sino los vas a matar de la emoción!

Cristina, una genia. Eso de ponerle la Léxicon a Hernán, junto a la cama para que se tropiece con ella cuando se levanta, estuvo muy bien.
Además, andar en pijamas por la calle y juntar cosas de la basura para traerlas a casa, puede encuadrar perfectamente en injurias graves como causal de divorcio.Asesorate Cris, mirá cuántos testigos tenés!

Hablando en serio: me encantó eso de transmitir pasión a los hijos, menuda tarea!
Á mí me gustaría acompañar a mi hija en ese camino de descubrimiento de su pasión!

Cariños
La Romu
08/07/2004 a las 19:55
Escuchame, Gustavo: yo también tengo música en mi historia. Uno de los primeros discos de rock que hubo en mi casa, fue Noticias del mundo, también de Queen.

Hace unos años me lo compré en CD. Suena infinitamente mejor. Mi nene encima me carga, porque dice que me lo podría haber bajado junto a dieciocho discos más en mp3.

O sea: la música forma parte de mi historia. Los dispositivos aparatosos, insuficientes, que fueron mejorados, no me dicen más que lo que fueron en sí. No he dejado nada mío adjunto en esas cosas viejas.

Un beso grande.
Diablita
08/07/2004 a las 15:18
Uy!! Los discos de vinilo!!!
Me hicieron acordar al olor tan particular que tenían cuando se los despojaba del celofán aquellos importados, cuando por estas latitudes no se los conseguía tan fácilmente y se debía recurrir a los "piratas" que los entraban de sotamanga por la aduana corrupta.

Romu:
a los discos, para evitarles la fritura, yo les pasaba BLEM y una franela y, si no tenía ese producto a mano, los rociaba con perfume, esperaba a que se evaporara el alcohol y los frotaba con un paño.

Éramos tan pobres!
marinuchi
08/07/2004 a las 08:21
Me hiciste lagrimear, mi papa tenia en su estudio las dos mejores cosas del pueblo/universo: una lexicon 80 y una ventana que daba a la plaza. Cuando salia de la escuela cruzaba la plaza y rogaba que mi papa estuviera todavia con clientes para que me dejara escribir en la maquina mientras lo esperaba. Que lindo.
gustavo
08/07/2004 a las 07:43
Romu (#13
, #49
, #53


Por supuesto, nadie quiere volver a los discos de vinilo. Y en cuanto a la Olivetti, ¿vos pensás que Hernán está planeando escribir el proximo Orsai en la máquina, sacar 15.000 fotoduplicaciones, conseguir las direcciones de los lectores y enviarles el nuevo artículo por correo?

No, nadie piensa que el Peugeot 404 es superior al Honda Element, ni que la batidora a mano es mejor que la multiprocesadora, ni que la maquina de escribir es mejor que la compu, ni que un disco de vinilo es mejor que un CD. Lo que pasa es que somos nostálgicos.

La nostalgia no es muy racional (no conoce de los cálculos de costo / beneficio a los que hacés referencia) pero igual tiene razón. La nostalgia nos dice que la emoción que sentí en 1978 al comprar, digamos, el disco The Game (Queen), tapa plateada, sobre interno con minas en pelotas andando en bici, info de la banda, sacarlo del sobre con emoción, sentirle el olor al vinilo y al plastico, ver las fotos, sentir la púa abríéndose paso físicamente en el surco del disco... llamar por teléfono a un amigo para que venga a escucharlo conmigo... eso es incomparable (otro tanto con The Wall).

Todos esos sabores, ruiditos, olores, de los discos, de las máquinas de escribir, íntimamente vinculados con momentos irrepetibles de la vida, nuestro pasado mismo perdido y disolviéndose, eso añoramos. Lo que fuimos, lo que perdimos, lo que murió.

Ahora, si voy al club del trueque y quieren que entregue mi Pentium 4 (1 giga de ram) a cambio de una Olivetti, por más nostálgico que esté, obvio que minga.

Yo por ejemplo tengo nostalgia del siglo V antes de cristo en Atenas. Solón, el nacimiento de la tragedia, Sócrates, todo eso. Ahora, si me ofrecen un pasaje en la máquina del tiempo, lo pienso varias veces. Mirá si caigo en el medio de una batalla con los espartanos? Mirá si me hacen esclavo? Mirá si sin quere profano el altar de un dios y me hacen puré? El siglo XXI es más práctico, cómodo y seguro. Pero la nostalgia es otra cosa.

toy verborrágico hoy, toy
La Romu
08/07/2004 a las 05:37
Yo lo que recuerdo es que para escuchar sin fritanga los discos de vinilo, tenías que tener un equipo que solo las nenas de papá o las chetas (que para el caso son lo mismo). Tenías que tener un cepillo de terciopelo para limpiarlos. Si el sobre en el que venían era de papel, ibas listo de entrada.

Sí, es cierto eso que vos decís del sonido, yo lo leí en algún lado. Pero para captar eso tendríamos que tener oídos de perro.

Un beso grande.
Susy
08/07/2004 a las 04:48
Para tu información ghk #41 no me hago la pendex, incluso aclaré que debe ser por mi cerebro atrofiado (por ver tele y por juntarme con bobos) que no recuerdo mas que la comodor!
Nene de antes
08/07/2004 a las 04:46
Romu:
algunos dicen que en los discos de vinilo (al menos en las primeras pasadas) se escuchan sonidos que no los registra ni el Cd porque en el disco está todo menos comprimido. Que se yo..., igual estoy de acuerdo con vos; la memoria es selectiva y la explotación capitalista fria, calculadora y bla bla bla, no empezó con el windows 95.
Besos
walquiria
08/07/2004 a las 04:42
Hola vecinos!! Estaba medio perdida, no porque no los leyera, sino porque no tenía nunca tiempo de elaborar algo coherente para comentar.- Pero hoy no podía dejar de decir algo.- La Lexicon para mí es como mi primer amor.- Cuando era chica y lo veía a mi abuelo escribir vertiginosamente sólo con dos dedos de cada mano, no podía entender como esos dedos regordetes podían acertar las teclas adecuadas a esa velocidad.- Y le pedía que me dejara escribir y si bien me dejaba un ratito siempre me repetía: Andá primero a Pitman así aprendés a escribir bien, con todos los dedos y sin mirar, no como tu abuelo que nunca pudo escribir bien.- Y así fue, cuando terminé 5to. año me anoté en el mes de Diciembre en la Pitman de San Isidro.- Las máquinas NO TENIAN ESCRITAS LAS LETRAS!! había que mirar un dibujo que tenías al costado para ver la ubicación de las letras y así de a poquito copiar los ejercicios: asdfg ñlkjh asdfg ñlkjh qwert poiuy (alguno se acuerda?) Llegó el verano y en enero me fui a Mar del Plata, Mi abuelo (obviamente porque le hice caso y fui a la Pitman) me regaló una Olivetti 44 studio, verdecita y chiquitita que viajó conmigo de vacaciones.- Menos mal porque de los 30 días que estuvimos en Mar del Plata 24 días llovieron y no pudimos ir a la playa.- Como entretenimiento y entrenamiento decidí copiar un libro; elegí uno de Agatha Christie, pinté las letras del teclado con esmalte para uñas para no hacer trampa y copié íntegro el libro.- Cuando llegué a Buenos Aires, ya no tenía sentido que volviera a Pitman. Ya de grande y para trabajar tuve mi primera LEXICON 80.- Pasaba entre 4 y 5 horas por día martillando esas teclas, hasta que se me quedaban duros los dedos.- Después la pude cambiar por una Olivetti eléctrica.- Creí tocar el cielo con las manos!!! Apenas rozabas las teclas y ya escribía.- Después y antes de la compu vino la Panasonic eléctrica con visor.- Otra joyita.- Y si bien aún conservo mi vieja LEXICON 80 (mas de una vez me salvó en un corte de luz cuando tenía que hacer un escrito urgente) nada se puede comparar con la computadora. ES MAGICA!!!!
Cariños a todos los vecinos y un beso grande a vos Hernán, a Cris y a Nina uno especial
La Romu
08/07/2004 a las 02:04
Es más: hay nostalgias que no entiendo ni un poquito. La de la máquina, ya la aclaré.

Los discos de vinilo son otro ejemplo. Tenían todos y cada uno una fritura que se iba agrandando con el correr de las puestas, eran carísimos, y había pocos. Nada que hacer a la par del cd. Y ahora hay toda una industria de la nostalgia, y el retro, y la mar en coche y todos lagrimeamos como si no hubiéramos padecido esas cosas que aparecen como maravillas.
Anthony
08/07/2004 a las 01:10
saludos desde Costa Rica!
Vitalio
07/07/2004 a las 23:17
Che, me han estado cargando injustamente. Eso de que aparecieron quiticientas repeticiones de un comment, tiene que ver con caprichos del pgm respectivo, pues en muchos casos lo escrito no se salva por un solo teclazo, sino que debes controlar que se llene un espacio al pie con la barra azul. Ocurre que vos estas esperando ese signo de aceptacion, y si te vas y no perfeccionaste el ingreso, se pierde tu comment. Vean que en los distintos blogs aparecen cada tanto blogs repetidos. Para mí que el soft aun tiene lagunas.
Diablita
07/07/2004 a las 22:46
Nada envidié tanto en mi vida como la habilidad que tiene mi madre de escribir a máquina sin mirar y tan rápido como comenzar a tipear la palabra dictada antes de terminar de pronunciarla.
La muy guacha se da cuenta hasta cuando se equivoca e, instintivamente apreta la teclita de retroceso y corrige el error en el acto.
Para algo ha servido la Pitman, vieron?

Primero tuvimos una vieja Remington en la que se me hundían los deditos por entre las teclas negras y me ponía nerviosa porque se me enganchaban los bracitos de las letras haciéndome un manchón en la hoja.

Luego, pasamos a una Olivetti automática. Chatita. Gris y negro. Una maravilla. Ni ruido hacía. Por ahí debe andar todavía dando vueltas.

Por último, una Olivetti eléctrica: ahhh! Esa fué un lujete! Era como tener una coupé Taunus negra; una paquetería! Sola andaba la italiana.
Como buena tana moderna, apenas la tocabas, respondía.

Alguien se acuerda de los correctores en papelito blanco que se usaban para las máquinas de escribir?
Existen todavía?
KarinaPaola
07/07/2004 a las 21:46
Que decir???? Si ya esta todo dicho...comparto lo mismo de casi todos, ver a mi abuelito, a mi papa, con el tacataca...mi abuelo no me la dejaba tocar!!! a veces a escondidas la sacaba...y se me enterraba el dedito chiquito entre las teclas. $#@*& no puedo recordar estas cosas sin ponerme a llorar..soy una boluda yo..besos a todos..es la primera vez que escribo aqui
gustavo
07/07/2004 a las 21:41
En mi casa la Olivetti era de mamá. Es más, era re femenina (verde grisáceo, chiquita, liviana). El territorio de mi viejo eran las mesas de dibujo y las calculadoras (arquitecto). Para mí la escritura y la lectura todavía tienen algo femenino (como estudiar dactilografía).

De acuerdo con Hernán: incomparable el sonido del rodillo. He perdido horas explorando sus variaciones (el pasaje rápido, el super lento, etc.)

También era territorio de placer y misterio todo lo que tuviera que ver con las cintas de tinta (cambiarlas, quedarse con los dedos negros, rebobinarlas, etc.) Mi abuelo tenía una máquina en su fábrica, de esas que tenian doble cinta, la parte de arriba negra y la de abajo roja. Con un botón elegías con cuál escribías. Después llegó una eléctrica que hasta borraba! (tenía una especie de licuid peiper incorporado).

En cuanto a la teoría conspirativa de que "ahí no decía nada", es típico de los pibes de 3 o 4 años que cuando les mostrás el diario y les preguntás qué dice, te responden: "letras". (Emilia Ferreiro hasta escribió artículos sobre el proceso por el cual los niños descubren que la escritura sirve para representar otras cosas).

A riesgo de dejar el comment más largo y aburrido de la jornada, me veo obligado a copiar el siguiente relato de Borges y Bioy, que confirma la teoría conspirativa de Hernán (los adultos simulan):

POLEMISTAS

Varios gauchos en la pulpería conversan sobre temas de escritura y de
fonética. El santiagueño Albarracín no sabe leer ni escribir, pero supone que la palabra trara* no puede escribirse. Crisanto Cabrera, también analfabeto, sostiene que todo lo que se habla puede ser escrito.

- Pago la copa para todos -le dice el santiagueño- si escribe trara.

- Se la juego -contesta Cabrera; saca el cuchillo y con la punta
traza unos garabatos en el piso de tierra. De atrás se asoma el viejo Álvarez, mira el suelo y sentencia:

- Clarito, trara.

* Trípode de hierro para la pava del mate.
edmundo
07/07/2004 a las 21:30
#39. Mi último recuerdo, en cambio, es la Pitágoras de los Superagentes Tiburón, Delfín y Mojarrita.
Luis Muiño
07/07/2004 a las 19:54
Es curioso: yo creo que debe de haber dos formas de entrar en el mundo de las palabras. Una es con cariño...y la otra es dándote de hostias contra el mundo.

Yo tuve un padre de esos que opinaban que escribir era de maricones. La verdad es que tenía medio razón, porque aunque me gustan las chicas, los amigos dicen que soy heterogay... El caso es que cada vez que me pillaba en el intento me caía una bronca. Yo aprendí el amor a las palabras a la contra: para mí, escribir o leer era una forma de rebeldía. Y siempre lo contaba con orgullo...

Últimamente, me vengo dando cuenta de que es una chorrada presumir de que en mi casa no había nada parecido a una máquina de escribir, entre otras cosas, porque nadie la hubiera usado. Ahora sé que hubiera preferido un padre que no me boicoteara. Hoy, leyendo esto, lo he sentido con más fuerza...

Hermoso texto, Hernán. Gracias mil...
ghk
07/07/2004 a las 19:17
susy no hagas la pendex que cuando vos eras chica la tele era un sueño todavia
NiuVa
07/07/2004 a las 19:12
De pequeña, había una Olivetti en mi casa, aunque creo que nunca pude escribir más de tres renglones seguidos sin tomarme un descanso, de lo duras que estaban las teclas. Todavía recuerdo con horror los tres veranos que pasé intentando aprender a escribir a máquina sin mirar al teclado. Claro está que no me sirvió absolutamente de nada, porque ahora mismo escribo con dos dedos, eso sí, a velocidad digna de campeonato...

Recuerdo lo mucho que pesaba, y que un día casi me quedo sin dedos porque se me cayó encima mientras la sacaba del armario.

La nostalgia de aquel tiempo en que mi madre me enseñó a leer es infinita, y le agradezco cada segundo dedicado a ello. Todavía recuerdo un libro, con el que aprendí a leer en voz alta, "el pájaro verde" se llamaba, y parece hoy que lo llevaba en mi mochila al colegio, a casa, y de cómo me sentía orgullosa de poder demostrarle a un mayor cómo sabía yo leer.

Esos momentos de la niñez son impagables, gracias por recordárnoslos.
Susy
07/07/2004 a las 18:40
Yo no se si será porque mi cerebro quedó atrofiado por tantas horas de TV absorbida durante mi niñez, pero mi recuerdo mas viejo es el de la comodore 64!
Amalia
07/07/2004 a las 18:07
Hola chicos es un gustazo conocerlos, Hernancito todos los días le inyectas vida a taaaantas personas en el mundo que realmente te felicito, leer tus artículos y los comentarios que éstos generan es sencillamente fascinante, claro que algunos tenemos problemas para entender el argentino...pero se hace lo que se puede. Al leer el comentario de hoy me entró la nostalgia y recordé a las maestras de la escuelita de barrio (cuando era pequeñita no existía el pre-escolar), eran las señoritas solteronas que enseñaban a leer y escribir a niños menores de 6 años, pero eran unas super maestras, entré al colegio a los 6 años sabiendo leer y escribir, los números romanos hasta 100 y por supuesto los arábigos también hasta 100 (tenía 5 cuando me enseñaron). Lindas épocas... bueno, nuevamente te felicito, eres un super escritor Hernán, sigue así, un beso para todos especialmente para elteta (comentario 27) que estuvo sencillamente genial...y decirle a Sonicka (5) que halaguen es con h y u, muchos besitos,
Alejo
07/07/2004 a las 17:52
Hernan,

Con una Lexicon aprendí a escribir sin mirar el teclado en los últimos años del colegio secundario.

A mí, lo que me parecía increíble de las cosas que hacían los grandes eran los planos. Mi viejo es arquitecto y cuando era chico, yo me escabullía en silencio dentro de la habitación en la que tenía su estudio, que era una piecita en la terraza de casa con dos tableros de dibujo y una pequeña biblioteca con revistas de arquitectura (SUMMA creo que se llamaban), y dibujaba casas y planos de casas imitándolo. Esos momentos eran para mí impagables, los dos en silencio, escuchando música en la radio y dibujando. Me sentía grande y seguro a su lado, haciendo "cosas de grandes" y, como describís vos tu idea de la lectura, creyendo que algo mágico que él sabía y yo aprendería vaya uno a saber como, cuando creciera, hacía la diferencia entre sus planos y los míos.

Emotivo e impagable los recuerdos que trajiste a mi memoria, gracias Hernán. Un abrazo a vos, a tu Nina y a tu Cristina

Alejo
Xtian
07/07/2004 a las 17:15
Nunca hubo máquina de escribir en casa y me pregunto por qué, ya que mi viejo trabajó durante años en Olivetti. Por eso este post me pegó fuerte pero por la conexión fuertísima entre Olivetti en mi infancia: el campo de recreación formidable que tenían en Merlo, y que era una de las poquísimas ocasiones en el que como pibe saboreé los placeres de la burguesía...

Todavía me acuerdo cuando cerraron esa fábrica, que fue comprada por una marca de cigarrillos. Me acuerdo que sentí que el país había decidido dejar de escribir y se dedicaría desde ese momento a hacerse humo.
Nene de antes
07/07/2004 a las 17:08
Fascinaba Bruto!!!!!!!
Nene de antes
07/07/2004 a las 17:06
Quizas yo soy un pendejo y mis recuerdos son un poco electrónicos, pero lo que a mi me facinaba "tocar" era la maquina de escribir electrónica de mi tía. Era un flash!!!. Apretabas un botón que borraba una de la hormiguitas!!!!!!. Aún hoy no se muy bien como funcionaba eso.
Gracias!
carola
07/07/2004 a las 17:06
Vitalio, se te quedo atascada una tecla de tu Lexicon?

Hernán, lindo el post...casi tan commovedor como cuando escribes sobre Nina.
Mentecato
07/07/2004 a las 16:58
La primer Olivetti que se interpuso frente a mi ignorancia vino de la mano del amor adolescente.
Pendejo, onda 12. La chica con la cual nos gustábamos estudiaba por las tardecitas Ingles en una escuela primaria del barrio, y para poder compartir el único recreo largo me anote en el curso de Dactilografía.
Hoy, después de muchos años la recuerdo con mucho cariño. A la Olivetti, claro.
 olo mosquera
07/07/2004 a las 16:52
Me dio risa lo de Vitalio (para los lectores que no lo vieron —porque ya lo quité—, repitió 15 veces un mensaje). Además del cuadro de honor, aprovecho para avisar a los comentaristas que una vez que le dan a "Enviar", aunque el sistema tarde un poco, el mensaje ha sido recibido.
edreamer
07/07/2004 a las 16:43
Para Vitalio, tomate la pastilla
El Angel Gris
07/07/2004 a las 16:43
Vitalio: #26 al #41, batió record de cliquicliquicliqui.!!!!
Corsicarsa
07/07/2004 a las 16:41
Tantos recuerdos la puta madre!
Vengo de una familia de periodistas asi que mira si habré sentido en mi vida el ta-ca-tác! el primer recuerdo que me vino a la memoria al leer tu post, fue cuando mi vieja me llamaba desde la cocina para que le llevase un café a mi viejo que estaba en su escritorio... de ahi nace creo, mi pasión por escribir con un cafecito al lado (así hagan los típicos 40 grados de La Rioja)
Otro recuerdo (este ya no tan emotivo) es cuando iba a la secundaria, donde la profesora de mecanografía nos hacía poner una especie de banquito de madera arriba del teclado, para que no viesemos las letras... si llegabas a errarle y meter el dedo entre letra y letra de la Léxicon 80, se te levantaban los cuertitos de los dedos hasta el codo mas o menos. Que dolor!
Lamentablemente hay dos "ruiditos" que marcaron mi niñez, que mis hijos ya nunca van a escuchar por que ya se perdieron practicamente; uno el de la maquina de escribir, y el otro el de las viejas teletipos que había en el diario donde laburaba mi viejo.
gracias por traerme estos recuerdos.
Corsi
elteta
07/07/2004 a las 16:24
Gerardo #7:
Te señalaron la luna y te quedaste mirando el dedo
Vitalio
07/07/2004 a las 16:20
Hernán, dos cosas: a) La Lexicon no era exactamente gris en Argentina, sino de un amarillo-marroncito-grisáceo. Color Olivetti, bah! b) Sigue habiendo problemas con el pirulo de Mirta, que atrasa rrespecto al contenido de ORSAI, supongo que algunos dejan de venir porque creen que aun no se actualizó el contenido.
JEGC
07/07/2004 a las 16:12
Como siempre genial Hernán!!
Yo aprendí a escribir con una Underwood de mi abuelo, color plomo oscuro de teclas muy pesadas, que a mis ocho años me hacían doler los dedos meñique al hacer las mayúsculas.
 Interior
07/07/2004 a las 16:12
No tuve maquina de escribir en casa, mi viejo la usaba en el trabajo, nada mas, cuando llegaba a casa nos entreteníamos con otros tipos de pasiones, jugar en el patio , andar en bici, o lo mas lindo de todo, después del almuerzo, cruzar la calle meterse en el monte que había enfrente a casa, y caminando por una picada llegar al río para pescar hasta las 4 o 5 de la tarde, ahora que mis viejos están solos, ahora si, se compraron una maquina de escribir, pero ojo, eléctrica, con todos los chiches, lástima que cada vez que se termina la cinta (la de escribir o la correctora) pasamos meses recorriendo el país para conseguir repuestos, ni bien pueda le compro una PC.
Lo que mas me gustó del post Hernán, fue el recuerdo del libro UPA, yo también aprendí a leer con el, me lo regalo mi abuelo, y con el mismo libro yo le enseñé a leer a mis 5 hermanos menores
Ada
07/07/2004 a las 15:45
Ahora que veo la foto de la Léxicon, que yo no sabía cúal era, te cuento que en mi laburo hay una igual. Ya nadie la usa porque usan las compus, pero está ahí en un escritorio hace años.
Y es curioso porque todo lo que no sirve o ya no se usa -escritorios, sillas, computadoras viejas- lo van tirando, pero a esa máquina de escribir nunca nadie amagó a tocarla, ni siquiera para cambiarla de lugar o para archivarla en un armario.
PatoMusa
07/07/2004 a las 15:41
Yo tenía una máquina celeste de juguete que me había regalado una tía. Escribía con mayúsculas nomás y le faltaba la Ñ, pero era mi juguete favorito. Me sirvió la práctica, años más tarde fuí una de las mejores en mecanografía a pesar que las máquinas de la escuela eran unas UNDERWOOD negras, con teclas tan pesadas que necesitabas los dedos de Schwarzenegger para moverlas.
A leer aprendí leyendo los titulares del diario. ¿Será por eso que todavía hoy no leo las noticias?
El Angel Gris
07/07/2004 a las 15:39
Me hizo bien leer esto hoy.

Recuerdo en mi infancia la desesperación por hacer las cosas que hacía mi viejo, ir a visitarlo a la oficina y usar la máquina de escribir sin saber escribir hasta que se trababan todos los palitos por teclear varios a la vez, multiplicar 999.999.999 x 999.999.999 en la Divisuma para ver el artilugio laburar solo un rato largo, hablar por telefonos internos con mi hermano de escritorio a escritorio. Volver a casa después de esa mañana de Sábado mágica y ver a mi viejo con el taladro eléctrico que no me dejaba tocar y pensar que algún día tendría una. Lindos recuerdos.

Y de ahí llegar a explicarle hace unos años al viejo a manejar el excel y que me haya superado.

Ayer a la tarde llegué a casa y Aída (3 añitos) me dijo, "mirá papi lo que aprendí con mami", encendió la pc, le dió cancelar a un cartel que siempre aparece, abrió el "Artista Mágico de Disney", hizo un dibujo y le agregó música, después me miró y me dijo, "viste, ya puedo ir a trabajar con vos".

Y este fin de semana nos pondremos juntos con el viejo a aprender a manejar el photoshop, porque se compró una cámara digital y me pidió que le ayude a aprender a retocar fotos.

Todo va y viene, la misma cara que puse yo con mi nena la habrá puesto mi viejo cuando llegó un día y le mostré que solito había aprendido a usar el taladro y desde ese día me franqueo la entrada al tallercito.

Lindo el de hoy Casciari y comprale flores a Cristina, que a travez tuyo demuestra ser una gran mina.
Ada
07/07/2004 a las 15:35
"La única tarea fundamental de la paternidad: trasmitir pasión" Qué bueno.

Javier #8 me encantó tu pequeña resistencia diaria de darle al teclado como si fuera una Olympia.
Edmundo Marino
07/07/2004 a las 15:31
Doy fe.
Teresiña
07/07/2004 a las 15:26
Lindo, Hernán, macanudamente lindo. Sobre todo eso que te pasa en la nuca, asociado al entusiasmo y la pasión. Y, como dice ultratumba, vos la pasión se la vas a transmitir por ósmosis a tu hija. Te lo digo yo, que ya estoy viendo resultados en las mías.
Un abrazo
Pande
07/07/2004 a las 15:03
Yo me lleve Mecanografia a Diciembre en Segundo año de Secundaria (con un profesor personaje llamado Johannis, creo que se escribe asi) y ahora escribo a una velocidad increible y sin mirar el teclado gracias a la internés. Que cosa de locos Che!
La Romu
07/07/2004 a las 15:02
A mí, sin embargo, me pasó todo lo contrario. Sí, está bien, era igual de culilla que vos y al final aprendí a leer y sumar antes de entrar a la escuela. Pero la máquina de escribir, es como al auto. No se puede aprender a manejar, si tu papá no tiene uno, es al cuete.

Así que crecí resintiendo la falta de esa cosa, peregrinar por tías y amigas pidiendo prestada una para pasar algo en limpio, cambiar de hoja a cada rato por mi intolerancia a los errores de tipeo, y todas cosas así de lindas.

Yo no tengo melancolía de eso. Mi verdadero nirvana fue cuando una noche a las tres de la mañana me levanté y desculé los secretos del Word Perfect 5.0, en una vieja toshiba portátil, con pantalla negra y caracteres naranja. Poder quedarme hasta tarde escribiendo, sin esos martillazos que encienden tu nostalgia y despiertan a medio mundo, fue para mí tocar el cielo. Poder guardar y corregir al otro día, sacar copias perfectas; eso sí siento que me cambió la vida.

Lo otro no deja de ser un armatoste incómodo y pesado, que me recuerda la cara de los empleados cada vez que tengo que perder la mañana en una oficina pública, y que supongo la Cris te lo dejó guardar, por lo mucho que te quiere esa mujer.

Un beso grande.
shered
07/07/2004 a las 14:54
Tenemos tres cosas en común:

Siempre admiré y adoré (literalmente) las maquinas de escribir y el traqueteo rápido de quienes sabian usarla. Era una enana por ese entonces.

Y pedí a mi madre que me mande a aprender a escribir a maquina sin mirar las teclas y con las dos manos. Y lo hice. Escribía a ciegas ciento veinte palabras por minuto antes de escribir sin errores de ortografía en mi tercer grado de primaria.

Y también aprendí a leer sola, de corrido en una noche de vigilia y bajo las sabanas con una linterna en el primer mes de mi primer grado, con el libro UPA.

:)

ABrazos.
Pande
07/07/2004 a las 14:48
Nina va a aprender a usar el mouse y a aporrear el teclado antes de que Hernan intente siquiera enseñarle una misera letra.
LaSoLe
07/07/2004 a las 14:44
Los mejores recuerdos de infancia son los de complicidad con mi viejo.... me llevaba con él a la cancha de bochas, me enseñó a andar en bicicleta, a remontar barriletes... y ahora que soy grande, es mi principal sostén y mi más fiel aliado...por eso lo adoro tanto y se me caen las lágrimas de solo pensar en él y en sus manos cada vez más arrugadas...
COMO LO EXTRAÑO CARAJO!!

Hermoso recuerdo el tuyo Hernán...

Saludos a Todos

LaSoLe
Teki
07/07/2004 a las 13:52
Lindo lo de tu viejo.
Yo aún acumulo ordenadores viejos en casa, y hasta una Spectrum que pillé en una basura.
Pero cambiaría la colección entera y otro par de colecciones más por un recuerdo como ese.
Don Roberto, hizo Ud. un buen trabajo con el gordito pelotudo. Ahora vigílelo no la vaya a cagar con Nina (así que menos postear, y más cambiar pañales ;))
javier
07/07/2004 a las 13:48
uh, cuántos recuerdos. Cuando a los diecisiete déjé mi ciudad natal para venirme a Buenos Aires y estudiar, un profesor de guión nos dijo "solo acepto los trabajos escritos a máquina" y tuve que aprender a usarla. Mi viejo me mandó una olympia, y fue inevitable sentarme frente a ella y pensar en las veces que lo había visto escribir a él. Con dos dedos, sin mirar las teclas, rapidísimo. Creo que fue ese el momento en que comencé a sentirme adulto. Lejos de casa, viviendo solo, y escribiendo a máquina, como mi viejo. Cosa de grandes. Después llegó mi primera 386. Pero cualquiera que me escuche escribir frente a la computadora se dará cuenta que lo mío viene de otras épocas. Le doy al teclado como si fuera la olympia. Y gasto no menos de tres por año.
Gerardo
07/07/2004 a las 13:34
La Lexicon no era gris.
Ginger
07/07/2004 a las 13:15
Cuando tenía cuatro años, mi papá me prestó por primera vez su Olivetti y ahí escribí la primer palabra que aprendí en mi vida, que no fue "mamá", "amor", ni mucho menos, sino "Argemo" que era la marca de nuestra heladera. Para mí la máquina de escribir representaba un misterio maravilloso, me quedaba horas mirando a mi viejo usarla porque se me hacía difícil comprender como los pensamientos aparecían en un papel.
Hasta el día de hoy, la Olivetti sigue cumpliendo su función. Está vieja, como el dueño, pero aún es capaz de traducir lo que sale del alma.
Sonicka
07/07/2004 a las 12:11
Empece a leer (y acabo siendo un vicio) para tener temas de conversacion con mi padre... Teniamos pocas cosas en comun, y menos la capacidad para habalr de ellas, pero los libros nos unian, de ahi, por este afan de protagonismo y superacion que arrastro, pase a escribir, y cada cosa que escribia se la daba a el...

El gesto de mi padre era una medio sonrisa (sonrisa de conejo lo llamaba el)cuando le gustaba lo que escribia, y como no me gusta que me alagen y el lo sabia, la mejor recompensa que recibia, eran sus criticas construtivas sobre loq ue tenia en sus manos....

Me has echo recordar esto y te lo agrdezco.
gracias, Hernan
Amelie
07/07/2004 a las 12:06
Esto es lo que yo denomino un artículo LINDO!!!!!
ultratumba
07/07/2004 a las 09:41
La pasión se la vas a transmitir aunque no quieras, porque ese sos vos. Roberto debe seguir levantando las cejas y tu vieja tendrá un brillo especial en los ojos cada día. Seguro. Yo, que apenas te sigo, también levanto las cejas y me río en silencio. Cuando hablás de tu casa, de tu infancia, huelo Mercedes y veo algunas paredes empapeladas con florcitas.
Sildep
07/07/2004 a las 09:31
Hernán, realmente hermoso el texto. Especial!!!!!

Syl
Roberto
07/07/2004 a las 08:53
Vivo solo. ¿Estarán ahí todavía?
A no ser que estén respirando.
En ese caso, prefiero gomeros.