Orsai blog post

Vida privada
viernes 10 de mayo, 2013

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viernes 10 de mayo, 2013

La batalla del movimiento

       

Hubo una época, que para peor fue larguísima, en la que Chiri ejerció un extraño poder sobre mí. Me va resultar difícil explicar esto, por lo que me pido tres páginas en lugar de una. La desgracia empezó al inicio de la edad del pavo, a los doce o trece años, en una plaza de Mercedes cercana a las vías.

Chiri se puso a tararear La batalla del movimiento, una canción infantil en donde el juglar indica acciones que el oyente debe cumplir.

«Esta es la batalla del movimiento
a mover los pies sin parar un momento»

Así dice la primera estrofa, y entonces hay que mover los pies. Más tarde se agregan las manos, la cabeza, los hombros, la cintura y todo lo articulable.

Cuando Chiri empezó a cantar, esa tarde iniciática, yo decidí —¡cuánto me arrepentiría después!— cumplir con los requisitos de los versos para hacerlo reír con mis monerías. Y lo conseguí. Mi amigo se divirtió mucho con mis aspavientos frenéticos, tosió y se carcajeó horas enteras, porque en la infancia yo le dedicaba mucha energía corporal y gestual a provocar la risa mortal ajena, que es una risa en la que el otro debe pedir tregua, con el gesto colorado, pues ve cercana la muerte por asfixia.

Cuando nos reíamos tanto con una nueva rutina inventada a solas, a la semana la ejecutábamos para otros. Siempre fue así: ocurría con las canciones en mao, con diálogos que los demás sospechaban improvisados y con trucos a dúo de toda índole. Pero en este caso puntual, La batalla del movimiento se transformó en algo peligroso, porque Chiri decidía unilateralmente el comienzo del sketch. No hacía uso de la complicidad para inaugurar la broma. No me consultaba nunca, ni con palabras ni con gestos. Iniciar la pantomima —cuyo esfuerzo físico era casi todo mío— era su decisión personal. Y, hasta el día de hoy, yo nunca supe por qué me sentía obligado a responder.

En mi cabeza, acceder sin chistar al llamado musical de Chiri tenía la gravedad de una tradición religiosa. Si él empezaba a cantar La batalla del movimiento era mi deber reaccionar de inmediato, dar un salto atlético y ponerme a mover los pies, las manos, la cintura y todo lo que a él se le ocurriera, durante el tiempo de su antojo. A Chiri no le importaba que yo pudiera estar cansado, o desanimado, incluso sentir bochorno por la presencia de extraños o sin ganas de hacerme el payaso. Si él empezaba, yo debía seguirlo. Es más: él prefería activarme cuando menos dispuesto me veía, porque al contrario que el grupo, que festejaba mis morisquetas, Chiri se reía a causa del poder que yo le había conferido. Él disfrutaba porque había descubierto que yo siempre, sin importar el contexto, iba a activarme.

Y entonces —como ocurre con quien se sabe poderoso— empezó a elegir los contextos con crueldad. Es cruel activar el Parkinson enajenado de un gordito de catorce años frente a las chicas más lindas de un cumpleaños de quince, por ejemplo; eso no ayuda a conseguir novia en la adolescencia. Es cruel activar a un gordito frente a sus padres y abuelos, a la salida de misa. Es cruel activarlo en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, una tarde lluviosa de excursión escolar. Y sin embargo todo esto ocurrió hasta el final del secundario.

A los dieciocho años nos fuimos a estudiar a Buenos Aires, vivíamos en un departamento de Almagro y creo que allí fue donde nació la versión adulta de La batalla del movimiento, que se llamó Gozá putita y tenía un mecanismo similar, aunque su componente de humillación había evolucionado.

Como todo, la primera vez ocurrió por casualidad. Había quedado media pastafrola en la heladera y yo había llegado hambriento. Chiri me miró arrancar tres porciones y ponerlas en un plato. Sin esperar nada, para subrayar el momento, me dijo en voz alta esas dos palabras, «Gozá, putita». A mí me pareció divertida la gracia de confundir gula con lujuria, y escenifiqué la situación. La risa de Chiri, al verme en posturas sexuales con una pastafrola, despertó a todos los vecinos del edificio. Le hizo mal esa risa, me contó después.

Yo pude notar que le costaba soltar el aire y volver a aspirar para seguir riéndose: se le había formado un embotellamiento de carcajada en la boca del estómago, y el aire no podía ni entrar ni salir. Me pedía con las manos, haciendo el gesto del minuto en el básquet, que por favor me calmara, pero yo no me calmaba sino todo lo contrario: me refregaba el dulce de membrillo por las tetas y chillaba como una morsa, y él tenía los ojos llenos de agua y un gesto horrible de dolor feliz. Tosió, tosió mucho, y de repente se fue al baño a vomitar. Esos síntomas eran muy conocidos para mí:

«Jorge querido —me dije cuando estuve solo en la habitación— si esto se convierte en sketch de grupo, es porque te lo buscaste».

Y así fue. Desde la semana siguiente me empezó a activar con el gozá putita en los bares, en las cenas con compañeros de trabajo, en los casamientos de los amigos. Sus momentos preferidos ocurrían cuando yo estaba a punto de darle el primer mordisco a un alimento deseado. Si Chiri notaba que yo desenvolvía un alfajor con nerviosismo, por ejemplo, o me servía impaciente un guiso de aroma seductor, o si estaba a punto de abrir un balde de Chomps tras el bajón de porro, es decir, si veía brillar en mí el espíritu del gordo insaciable frente a lo sagrado, me miraba y me decía al oído, con acento español: «Gozá, putita...».

Y entonces yo, sin transición ni pausa, sin importarme quién hubiera enfrente, empezaba a emitir sonidos de enorme satisfacción sexual, soltaba los jadeos destemplados del orgasmo en su cúspide, y al mismo tiempo me restregaba el manjar por la boca, por los labios, por las mejillas, por el cuello, y desparramaba la vianda sobre el mantel o sobre la alfombra y la frotaba contra mi cuerpo. Ocurrió frente a amigos benevolentes al principio, más tarde en fiestas más numerosas, pero con el tiempo Chiri se fue animando a activarme frente a públicos desconocidos, o en entornos más solemnes.

Perdimos trabajos que ya teníamos asegurados, nos echaron de restaurantes antes del segundo plato, desperdiciamos helados de kilo y medio en épocas de penuria, nos hicieron bajar de vagones comedor y nos echaron de alquileres compartidos por culpa de un gozá putita a destiempo.

Lo más doloroso, quizá, ocurrió durante el casamiento de mi hermana: mi abuelo don Marcos —un hombre conservador y recto al que nunca vi reír— estaba sentado a nuestra mesa. Nadie sabía que el pobre viejo iba a morir meses más tarde. Lo vimos llegar muy serio: se sentía a disgusto por tener que presenciar el matrimonio de una nieta embarazada. Chiri no debió susurrar gozá putita esa noche. Pero lo hizo. Todavía hoy me arrepiento: la última imagen que tuvo don Marcos de mí, su primer nieto varón, fue verme meter la cabeza en una fuente con salsa de vitel toné, y emerger con gesto de excitación carnal.

Esa noche de casamiento fue la única vez que dudé. Cuando escuché a Chiri decir las dos palabras susurradas supe que soltar alaridos sexuales frente a don Marcos era un límite que no debía traspasar. Pero hubo algo más fuerte y tuve que hacerlo. En esa época nadie hablaba aún del Trastorno Obsesivo Compulsivo, pero pude haber padecido esa dolencia. Al menos eso diría un psicólogo. Yo no lo creo. Prefiero pensar que se trataba, o que se trata, de un acto de fe.

Visto ahora, con el tamiz de los años, creo que Chiri tampoco podía detenerse. Sabía que estaba siendo cruel, conocía mi sufrimiento interior, pero no podía remediarlo. Mi vergüenza a veces era tremenda, pero jamás dejé de activarme, nunca, ni en la infancia, ni en la adolescencia ni en la adultez. Yo pensaba que si Chiri se quedaba cantando solo La batalla del movimiento, o si me susurraba gozá putita y yo no reaccionaba con fervor, es decir, si yo rechazaba el mandato, nuestra amistad se podía romper. Esto es lo más difícil de explicar, y por eso me llevó tres páginas.

Yo creía que nuestra amistad podía arruinarse. Pero no por voluntad mía o suya, no hablo de enojos ni de traiciones. Sin ese mecanismo de lealtad a toda costa, la amistad se ponía en juego, se resquebrajaba. No en ese momento sino después, del mismo modo que el aleteo de una mariposa puede causar un terremoto en Japón años más tarde.

Y lo sigo pensando, cada vez lo creo con mayor certeza, porque han pasado treinta años, tenemos hijos en la edad del pavo, y el gozá putita ronda todavía en las sobremesas adultas. No pienso que haya sido un trastorno del comportamiento, ni una sugestión patológica. Estoy convencido de que si un día de mi juventud, cualquier día entre mis doce y mis treinta años, hubiera dejado de activarme con La batalla del movimiento, o con el susurro del gozá putita, hoy no estaríamos jugando con placer a hacer una revista que amamos.

Hernán Casciari
viernes 10 de mayo, 2013


La batalla del movimiento

por Hernán Casciari

Hubo una época, que para peor fue larguísima, en la que Chiri ejerció un extraño poder sobre mí. Me va resultar difícil explicar esto, por lo que me pido tres páginas en lugar de una. La desgracia empezó al inicio de la edad del pavo, a los doce o trece años, en una plaza de Mercedes cercana a las vías.

Chiri se puso a tararear La batalla del movimiento, una canción infantil en donde el juglar indica acciones que el oyente debe cumplir.

«Esta es la batalla del movimiento
a mover los pies sin parar un momento»

Así dice la primera estrofa, y entonces hay que mover los pies. Más tarde se agregan las manos, la cabeza, los hombros, la cintura y todo lo articulable.

Cuando Chiri empezó a cantar, esa tarde iniciática, yo decidí —¡cuánto me arrepentiría después!— cumplir con los requisitos de los versos para hacerlo reír con mis monerías. Y lo conseguí. Mi amigo se divirtió mucho con mis aspavientos frenéticos, tosió y se carcajeó horas enteras, porque en la infancia yo le dedicaba mucha energía corporal y gestual a provocar la risa mortal ajena, que es una risa en la que el otro debe pedir tregua, con el gesto colorado, pues ve cercana la muerte por asfixia.

Cuando nos reíamos tanto con una nueva rutina inventada a solas, a la semana la ejecutábamos para otros. Siempre fue así: ocurría con las canciones en mao, con diálogos que los demás sospechaban improvisados y con trucos a dúo de toda índole. Pero en este caso puntual, La batalla del movimiento se transformó en algo peligroso, porque Chiri decidía unilateralmente el comienzo del sketch. No hacía uso de la complicidad para inaugurar la broma. No me consultaba nunca, ni con palabras ni con gestos. Iniciar la pantomima —cuyo esfuerzo físico era casi todo mío— era su decisión personal. Y, hasta el día de hoy, yo nunca supe por qué me sentía obligado a responder.

En mi cabeza, acceder sin chistar al llamado musical de Chiri tenía la gravedad de una tradición religiosa. Si él empezaba a cantar La batalla del movimiento era mi deber reaccionar de inmediato, dar un salto atlético y ponerme a mover los pies, las manos, la cintura y todo lo que a él se le ocurriera, durante el tiempo de su antojo. A Chiri no le importaba que yo pudiera estar cansado, o desanimado, incluso sentir bochorno por la presencia de extraños o sin ganas de hacerme el payaso. Si él empezaba, yo debía seguirlo. Es más: él prefería activarme cuando menos dispuesto me veía, porque al contrario que el grupo, que festejaba mis morisquetas, Chiri se reía a causa del poder que yo le había conferido. Él disfrutaba porque había descubierto que yo siempre, sin importar el contexto, iba a activarme.

Y entonces —como ocurre con quien se sabe poderoso— empezó a elegir los contextos con crueldad. Es cruel activar el Parkinson enajenado de un gordito de catorce años frente a las chicas más lindas de un cumpleaños de quince, por ejemplo; eso no ayuda a conseguir novia en la adolescencia. Es cruel activar a un gordito frente a sus padres y abuelos, a la salida de misa. Es cruel activarlo en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, una tarde lluviosa de excursión escolar. Y sin embargo todo esto ocurrió hasta el final del secundario.

A los dieciocho años nos fuimos a estudiar a Buenos Aires, vivíamos en un departamento de Almagro y creo que allí fue donde nació la versión adulta de La batalla del movimiento, que se llamó Gozá putita y tenía un mecanismo similar, aunque su componente de humillación había evolucionado.

Como todo, la primera vez ocurrió por casualidad. Había quedado media pastafrola en la heladera y yo había llegado hambriento. Chiri me miró arrancar tres porciones y ponerlas en un plato. Sin esperar nada, para subrayar el momento, me dijo en voz alta esas dos palabras, «Gozá, putita». A mí me pareció divertida la gracia de confundir gula con lujuria, y escenifiqué la situación. La risa de Chiri, al verme en posturas sexuales con una pastafrola, despertó a todos los vecinos del edificio. Le hizo mal esa risa, me contó después.

Yo pude notar que le costaba soltar el aire y volver a aspirar para seguir riéndose: se le había formado un embotellamiento de carcajada en la boca del estómago, y el aire no podía ni entrar ni salir. Me pedía con las manos, haciendo el gesto del minuto en el básquet, que por favor me calmara, pero yo no me calmaba sino todo lo contrario: me refregaba el dulce de membrillo por las tetas y chillaba como una morsa, y él tenía los ojos llenos de agua y un gesto horrible de dolor feliz. Tosió, tosió mucho, y de repente se fue al baño a vomitar. Esos síntomas eran muy conocidos para mí:

«Jorge querido —me dije cuando estuve solo en la habitación— si esto se convierte en sketch de grupo, es porque te lo buscaste».

Y así fue. Desde la semana siguiente me empezó a activar con el gozá putita en los bares, en las cenas con compañeros de trabajo, en los casamientos de los amigos. Sus momentos preferidos ocurrían cuando yo estaba a punto de darle el primer mordisco a un alimento deseado. Si Chiri notaba que yo desenvolvía un alfajor con nerviosismo, por ejemplo, o me servía impaciente un guiso de aroma seductor, o si estaba a punto de abrir un balde de Chomps tras el bajón de porro, es decir, si veía brillar en mí el espíritu del gordo insaciable frente a lo sagrado, me miraba y me decía al oído, con acento español: «Gozá, putita...».

Y entonces yo, sin transición ni pausa, sin importarme quién hubiera enfrente, empezaba a emitir sonidos de enorme satisfacción sexual, soltaba los jadeos destemplados del orgasmo en su cúspide, y al mismo tiempo me restregaba el manjar por la boca, por los labios, por las mejillas, por el cuello, y desparramaba la vianda sobre el mantel o sobre la alfombra y la frotaba contra mi cuerpo. Ocurrió frente a amigos benevolentes al principio, más tarde en fiestas más numerosas, pero con el tiempo Chiri se fue animando a activarme frente a públicos desconocidos, o en entornos más solemnes.

Perdimos trabajos que ya teníamos asegurados, nos echaron de restaurantes antes del segundo plato, desperdiciamos helados de kilo y medio en épocas de penuria, nos hicieron bajar de vagones comedor y nos echaron de alquileres compartidos por culpa de un gozá putita a destiempo.

Lo más doloroso, quizá, ocurrió durante el casamiento de mi hermana: mi abuelo don Marcos —un hombre conservador y recto al que nunca vi reír— estaba sentado a nuestra mesa. Nadie sabía que el pobre viejo iba a morir meses más tarde. Lo vimos llegar muy serio: se sentía a disgusto por tener que presenciar el matrimonio de una nieta embarazada. Chiri no debió susurrar gozá putita esa noche. Pero lo hizo. Todavía hoy me arrepiento: la última imagen que tuvo don Marcos de mí, su primer nieto varón, fue verme meter la cabeza en una fuente con salsa de vitel toné, y emerger con gesto de excitación carnal.

Esa noche de casamiento fue la única vez que dudé. Cuando escuché a Chiri decir las dos palabras susurradas supe que soltar alaridos sexuales frente a don Marcos era un límite que no debía traspasar. Pero hubo algo más fuerte y tuve que hacerlo. En esa época nadie hablaba aún del Trastorno Obsesivo Compulsivo, pero pude haber padecido esa dolencia. Al menos eso diría un psicólogo. Yo no lo creo. Prefiero pensar que se trataba, o que se trata, de un acto de fe.

Visto ahora, con el tamiz de los años, creo que Chiri tampoco podía detenerse. Sabía que estaba siendo cruel, conocía mi sufrimiento interior, pero no podía remediarlo. Mi vergüenza a veces era tremenda, pero jamás dejé de activarme, nunca, ni en la infancia, ni en la adolescencia ni en la adultez. Yo pensaba que si Chiri se quedaba cantando solo La batalla del movimiento, o si me susurraba gozá putita y yo no reaccionaba con fervor, es decir, si yo rechazaba el mandato, nuestra amistad se podía romper. Esto es lo más difícil de explicar, y por eso me llevó tres páginas.

Yo creía que nuestra amistad podía arruinarse. Pero no por voluntad mía o suya, no hablo de enojos ni de traiciones. Sin ese mecanismo de lealtad a toda costa, la amistad se ponía en juego, se resquebrajaba. No en ese momento sino después, del mismo modo que el aleteo de una mariposa puede causar un terremoto en Japón años más tarde.

Y lo sigo pensando, cada vez lo creo con mayor certeza, porque han pasado treinta años, tenemos hijos en la edad del pavo, y el gozá putita ronda todavía en las sobremesas adultas. No pienso que haya sido un trastorno del comportamiento, ni una sugestión patológica. Estoy convencido de que si un día de mi juventud, cualquier día entre mis doce y mis treinta años, hubiera dejado de activarme con La batalla del movimiento, o con el susurro del gozá putita, hoy no estaríamos jugando con placer a hacer una revista que amamos.

Hernán Casciari
viernes 10 de mayo, 2013


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro Messi es un perro y otros cuentos, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


 Romi
15/07/2015 a las 19:10
ufff me hiciste tentarme en la oficina y mi jefe me vino a preguntar qué leía..con orgullo de mercedina le dije que era un texto de tu blog y hablé un poco de vos...

me pasó algo parecido en la peluqueria..me estaban tiñiendo y yo estaba leyendo "Mas respeto que soy tu madre" fueron tantas las lágrimas de risa que todos me preguntaban qué leia y yo nuevamente hablé un poco de vos..algunos dijeron que iban a empezar a leerte!

me gusta cuando pasa ésto...graciasssssssssssssss por hacernos emocionar!!!!!!!!!!!
29/07/2013 a las 00:28
Adoré la historia
adoré la idea de ese amigo que te desafía en los momentos en los que uno más se esconde --porque él te conoce y te descubre-- a romper esa careta, esa a la que uno dedicó tanto tiempo y esmero, a ser también esa otra cara
y ahi --por amor, por lealtad, por decisión-- uno se rescata, corta amarras y es uno mismo, o mejor dicho, es la peor y la mejor versión: y se desnuda para placer de algunos y horror de otros A Nuestro Genio Ridículo
BRINDO POR ESOS AMIGOS QUE NOS DAN EL VALOR!
 Jaime Córdoba Palacios
30/05/2013 a las 19:45
¿Alguien sabe a que usuario de correo reportar un pedido que no llego completo?
 Burt Munro
30/05/2013 a las 13:27
Ayer recibí la revista con una carta del correo adherida al sobre pidiendo disculpas por los daños ocasionados, parece que se les desparramó la revista en un charco porque esta un poco sucia en los bordes y las hojas tienen un toque de humedad. Y como me gustan los libros viejos, está buenísima mi revista!
 Maria Gomez
30/05/2013 a las 04:11
Me encanta tu blog. Lo sigo desde hace mucho tiempo y todavía no me suscribí a la revista porque hace meses que estoy sin laburo y no tengo para pagarla. Tanto tiempo libre me deja tiempo para boludear por la web y hoy les escribo para recomendarle un blog que me llamó la atención:
http://nomequiereniparadejarme.wordpress.com
/2011/12/20/mi-perfil-psicologico/
 Milpe
29/05/2013 a las 23:15
Buenísimo Gordo!!!
La esencia misma de la amistad resumida en esos párrafos finales.
Ni vos un boludo, ni Chiri un cruel, sólo que era el papel que ambos eligieron para afirmar esa amistad de tantos años.
Con diferentes matices podríamos contar cosas parecidas de nuestros verdaderos amigos del alma.
Esto es para vos Tito, aunque nunca vayas a leerlo.
De alguna manera necesito que cada número de Orsai tenga un texto tuyo de este tenor....
29/05/2013 a las 20:47
Iba en el colectivo 8 de regreso a casa y así parada a lo guapa contra el caño del fondo, no aguanté la tentación y empecé a leer. Se me complicaba porque mis dos manos estaban ocupadas, y un par de veces casi me caigo, pero no me importó. Tampoco me importó reprimir las carcajadas que iban subiendo de nivel mientras leía. Si alguien de ese viaje lee ésto, sepa que la loca de la revista era yo.
Gracias por ese momento.
29/05/2013 a las 18:47
Si me hubieran avisado, no la hubiera leído para hacerlo en papel.

Pero bueno...
29/05/2013 a las 17:56
Se está haciendo laaaaaaaaaaargo mayo!
 Juan Carabajal
29/05/2013 a las 16:18
yo estaba en ese casamiento
 Leandro Heine
29/05/2013 a las 13:45
Muy rico el vitelo tonato pero la revista sigue sin aparecer en el buzón...
 diego
29/05/2013 a las 00:49
Jaja ... por un segundo se me vino una imágen que me va a costar sacar del marote. Vos y Chiri en la redacción en Saint Celoni previo al cierre de la Orsai 1, vos viendo los originales de Altuna, Chiri que se te acerca y te dice el "gozá putita" y vos refregándote por la buzarda los cuadernos secretos de Altuna, los dibujos de Ares, etc. ante el estupor del resto del equipo. Están mas locos que la mierda !!!!
28/05/2013 a las 23:44
Gordo, la "batalla del movimiento" será la misma cancioncita de "la marcha del calentamiento". Esta última nos la cantaba -y hacía ejecutar con movimientos enérgicos- mi mamá a mí y mis hermanos en los duros inviernos en Carlos Paz (Valle de Punilla- Córdoba) para hacernos olvidar un poco el "friasononon" que hacía!
  Maxi en Bermudas
28/05/2013 a las 22:36
La venía aguantando hasta que leí "una fuente con salsa de vitel toné". Le pido disculpas públicamente a la pantalla de mi computadora por la escupida de mate que no debería haber estado tomando mientras leía este post.
28/05/2013 a las 22:31
Sí, muy buena la editorial a tres carillas, pero nos has dejado sin cuento esta edición. Habrá que hablar con el sr Basilis, parece.

Chomps!!!
29/05/2013 a las 19:18
Eso miso pensé yo.
29/05/2013 a las 19:18
*mismo
 Alfredo Fariña
28/05/2013 a las 22:28
Podrías subir algún videito con el "gozá putita"? me gustaría que mi sra lo aprendiera jajajajaja!!!! buenísima la anecdota... todavía tengo un vómito de carcajada atorado en la boca del estómago... gracias!
 Sil
28/05/2013 a las 22:25
genial, sin mas. (lo que me rio con Uds por Dio!)
28/05/2013 a las 22:16
Una editorial terapéutica.
Lo que no se acepta en la conciencia se vive como destino; esa putita es hoy, probablemente, un poco más libre que ayer.
28/05/2013 a las 22:09
Lo que me rei cuando lei esto en la revista...
 lenny05
28/05/2013 a las 22:00
PRI!!!
 lenny05
28/05/2013 a las 22:00
Primera vez que dejo un comentario!!
28/05/2013 a las 21:45
necesito mi Orsai!!! por qué todavía no llegó a mi puerta??
29/05/2013 a las 19:27
llegó recién junto con los libritos que compré! :D
28/05/2013 a las 21:44
que poco mérito en ser 17
28/05/2013 a las 21:43
Ja! Merece show y gira con feria de platos.
 iribam
28/05/2013 a las 21:42
Que gordo hdp. Nos haces gozar a todos como putitas con tus relatos, tus obsesiones y tu habito de pasarte toda convención social por el traste.
 Faustino Valsecchi
28/05/2013 a las 21:41
top 15!
28/05/2013 a las 21:35
Iba leyendo y me lo imaginaba a Casciari haciendo monerías ...
 Ileana Ciarlo
28/05/2013 a las 21:29
Nunca lograre mi pri....
 Oscar Zarate
28/05/2013 a las 21:22
Julieta Magaña nunca soñó con ser rescatada del olvido por dos enfermos...
 Jota
28/05/2013 a las 21:22
Top ten?
 Esteban
28/05/2013 a las 21:22
Jajajaja... como me cague de la risa con esta editorial...

#gozaputita
 ORM MAG
28/05/2013 a las 21:20
Lo parió!! nunca imaginé mesejante anécdota con tan sonsa cancioncita. bESO.
28/05/2013 a las 21:19
He notado varios guiónes malcortando palabras en la edición N13, Casciari. (por no mencionar el pliego en papel ilustración que incumple el resultado del referendum)
28/05/2013 a las 21:21
Le escribí por estas dos cosas.
28/05/2013 a las 21:26
Yo lo comenté hace unos días, por aquí y por tuiter, con el silencio como única respuesta.
28/05/2013 a las 22:36
Doy fe del reclamo del sr GAITAN. Al menos merece una explicación por insistente. O un repudio por hincha pelotas!
 ORM MAG
28/05/2013 a las 21:23
Tocayo, dígame, dónde está el resultado del Referendum? me acuerdo de la consulta, pero no sé donde buscarlo. Gracias por lo que pueda aportar.
28/05/2013 a las 21:25
http://editorialorsai.com/referendum/resultado.php
 Esteban
29/05/2013 a las 13:51
Buenas!

Perdón que me meta, el tema del guión lo he visto en varios programas de Adobe, la justificación de texto (o una de ellas) lo hace así malcortando como decis vos. Talvez usen el Adobe InDesign.

El del pliego en ilustración sea talvez para que nos dure mas. El papel obra si lo abrís y cerras se va marcando en el doblez.

Es mi humilde opinión!

Saludos :)
29/05/2013 a las 19:06
Métase, que para eso estamos (?), don Esteban.

Los guiones me llamaron la atención porque no lo ví en las ediciones anteriores.

Con respecto al pliego de ilustración, puede que esa sea la razón (y que abandonen las infografías desde la 14 talvez también).

Pero Hernán le dió tanta manija al tema que me llama la atención que no diga nada.

Viendo el resultado del referendum, ganó el 100% chambril, pero elegido por el 10% de los suscriptores. Claramente ganó el mechupaunhuevismo con 57 votos y 2000 abstenciones.

Igualmente me gustaria leer un comentario de Hernan.

Saludos.
 Pablo Aragone
28/05/2013 a las 21:19
no me conformo, algun dia llegare
 Lucho
28/05/2013 a las 21:19
Top 5
 Luis R. Mendiburu Eliçabe
28/05/2013 a las 21:18
Tercero?
 Lala
28/05/2013 a las 21:18
top 5!
28/05/2013 a las 21:18
2! Excelnte
28/05/2013 a las 21:18
excelente! Ahora si!
28/05/2013 a las 21:17
PRI
28/05/2013 a las 21:18
Mi primer pri. sabía que iba a llegar el día :')
28/05/2013 a las 22:35
Enhorabuena! Felicitaciones!