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viernes 8 de julio, 2011

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viernes 8 de julio, 2011

Basdala

   

En algún momento de este siglo descubrí que ya no quería escribir más como antes. Quiero decir: nunca más a solas, con la Olivetti en la cocina, viendo crecer las páginas sin mostrarle a nadie cada capítulo o cada cuento, sin la invasión permanente de los lectores, sin la adrenalina del borrador a la vista.

Supe que ya no podría sentarme, durante meses, a construir una trama sin que otras miradas me devolvieran, de inmediato, sus comentarios veloces, sus correos instantáneos, sus críticas, e incluso, con suerte, nuevas tramas mejores que las mías. Sobre esto último, sobre la magia de las devoluciones literarias, tengo una anécdota para contar.

Estoy en medio de un dilema: me propongo contar esta historia en una revista impresa, no en un blog. Y no importa que la revista y el blog se llamen igual: no tengo el ritmo ni la mano suelta. Hace mil años que no escribo una anécdota con destino final en papel. Desde 2003 todo lo que conté, real o imaginario, acabó siempre con el gesto de hacer clic en el botón enviar. Ese gesto ya es, en mí, una especie de automatismo. Me acostumbré al tic de la publicación inmediata, a que no haya nada entre los actos puros de escribir y de leer. Desde hace mucho tiempo me despreocupo después de ponerle el punto final a una historia, y me encanta saber que los lectores verán los resultados dos segundos más tarde, con los errores de tipeo incluidos, es verdad, pero también con las palabras y las ideas todavía calientes. Si narrar en directo fuese un ejercicio de tiro al blanco, la flecha estaría todavía en el aire cuando le llega al lector. La audiencia virtual parece levantar vuelo e ir en busca del dardo; no se queda en el suelo esperando el impacto: de algún modo el lector pega un salto y dirige su corazón a la trayectoria de la flecha. La audiencia virtual es, además, muy veloz: me corrige la ortografía en menos de una hora, debate la gramática, y después todos empiezan a conversar entre ellos sobre lo que han leído. Es muy gratificante ese murmullo de voces cuando la trama todavía está humeante, cuando ni yo mismo sé si lo que acabo de echar a la parrilla es carne buena. Hay una sensación de veredicto en ese barullo de voces y conversaciones. Me gusta espiar los comentarios y charlas ajenas; es como hacer realidad el sueño de convertirse en mosca y escuchar lo que se dice de un cuento propio, en el exacto momento en que a uno ese cuento le importa más, porque lo acaba de parir.

En realidad, no sé si la práctica de la literatura en directo es buena o mala, si es mejor o peor que otros sistemas. En todo caso siempre habrá veintisiete letras y un teclado, nada más que eso. Pero estoy seguro de que a mí me resulta más divertida la inmediatez que la espera. Por ejemplo ahora: escribo esto a finales de mayo. Ustedes están leyendo este párrafo en julio, en agosto, en septiembre. ¿Quién sabe si en medio no se acabó el mundo?

La historia que voy a contar explica, mejor que cualquier charla literaria o debate de blogueros, por qué me gusta más escribir en directo y no en papeles impresos. Es una anécdota en la que la inmediatez propició el mejor cuento posible, uno que nunca se me habría ocurrido inventar. Pasó muy al principio, cuando nadie todavía era consciente de las ventajas de narrar ficción en la red, cuando nadie sospechaba que del otro lado de los monitores había lectores ávidos, y que esos lectores eran reales, que tenían un nombre y un apellido, que no eran solamente un seudónimo. En el preciso momento en que ocurrió esta anécdota supe que escribir en directo me iba a resultar vital y necesario.

Hay que viajar, entonces, a los tiempos en que empezaba tímidamente lo que después sería llamado “el fenómeno de los blogs”, un furor que duraría unos seis o siete años. Yo escribía mi primera novela en directo y de forma anónima, disfrazado de un ama de casa mercedina de cincuenta y dos años, en la que imitaba un poco la voz de mi madre y recreaba como podía nostalgias felices de mi adolescencia.

Una noche, después de cenar, me llegó el mail de una desconocida llamada Montse. Me acuerdo con mucha claridad de ese correo, porque cuando iba por la mitad de su lectura me agarró un ataque de llanto, con hipos y pucheros, y no pude dejar de llorar durante un rato. Yo sabía, mientras lloraba, que la escena era patética: un gordo grandote moqueando frente a un monitor es peor que un gordo grandote mirando porno en un monitor. Las dos imágenes son humillantes, pero llorar tiene un plus femenino, una afrenta mayor.

Lloré, y lloré. No podía parar.

Un rato antes habíamos terminado la sobremesa y Cristina se había ido a acostar temprano porque ya no soportaba la panza de su embarazo. Era enero de 2004, invierno crudo en Barcelona. Yo estaba muy contento con mi nuevo juguete literario, que entonces se llamaba weblog y no blog, y me fui a la máquina a escribir un nuevo capítulo de la historia del ama de casa y su familia disfuncional. Publicaba como una bestia en ese tiempo: lunes, miércoles y viernes. Le daba al botón enviar justo a mitad de la madrugada española. En esas tres horas, entre la escritura y la publicación, yo cerraba los ojos y me transportaba a Mercedes, a mi ciudad natal, donde transcurría la historia. No tenía un plan ni una estructura narrativa; más que escribir, yo miraba en la pantalla una especie de película muda que me salía de los dedos. Me sorprendía la sensación de placer, de fiesta interna, que me generaba en el cuerpo estar narrando en directo. Hasta entonces escribir me había resultado tortuoso; la literatura era una especie de ejercicio duro que había que alcanzar y después mantener. Yo creía que había que impostar un tono alto y meditado en el oficio de narrador; que había que demostrar una cierta inteligencia indulgente; que era fundamental no parecerse a nadie, incluso a costa de experimentar sin necesidad; que había que ser culto o, por lo menos, usar anteojos o polera negra. Demasiado trabajo. Esto de internet, en cambio, era más parecido a un hobbie o a un deporte. Los lectores no pedían nada, no eran intelectuales, no formaban parte del círculo cerrado de las letras, ese grupo de gente que escribe y publica para colegas escritores. Este era un público real, fervoroso. Me sorprendía también que cada semana hubiese más y más lectores, y que se divirtieran y se emocionaran con el folletín. En esa época nadie sabía quién escribía la historia, y me resultaba excitante la cantidad de lectores que, desde la medianoche, esperaban la actualización de la trama. Allí nació el “pri”, un grito de guerra en donde el lector que conseguía hacer el primer comentario dejaba su rúbrica de fidelidad.

Muchos ya sospechaban que los tres capítulos semanales del ama de casa no eran vivencias reales, pero otros todavía creían en la existencia verdadera de Mirta, la narradora. Para hacerlo más ambiguo, la protagonista tenía una dirección de correo electrónico a la que llegaban muchos mensajes privados, casi todos divertidos y cariñosos. Yo revisaba cada noche esa casilla de mails y contestaba como si lo hiciera Mirta: “Gracias, corazón, un besote”, o cosas por el estilo. Los lectores del folletín habían empezado a convertirse en una comunidad y llegaban de todas partes del mundo. Ninguno conocía la edad ni el nombre real de nadie, pero sí sus seudónimos de internet. A toda esa primera camada de alias prehistóricos les deberé siempre la energía inicial. Muchos de ellos, sospecho, tienen este número de la revista en sus manos y seguramente recordarán esta anécdota.

Resulta que uno de estos lectores más asiduo y participativo se hacía llamar Basdala. Dejaba siempre comentarios correctos y bien redactados, respetuosos, cálidos, y llamaba a la protagonista “mamá Mirta”. Una tarde de finales de 2003 dejó un comentario que a mí me gustó mucho. Decía que las historias de los Bertotti eran como “un minué en un mundo de adagios”. Ponderaba que se juntara tanta gente a leer una historia cotidiana, se decía contento de ser parte de una comunidad tan serena, donde no había “ni trolls ni malos rollos”.

Como nadie sabía quién podía esconderse detrás de cada seudónimo, sospechábamos las edades y la residencia de cada lector por la forma de escribir de cada uno. Yo pensaba que Basdala era de procedencia española, por el uso de “malos rollos” u otros giros, y también creía que era un lector de mediana edad, pongamos unos treinta o cuarenta años. Me equivocaba. Mirta, la narradora del blog, se había encariñado mucho con él. Tanto que una vez lo nombró en medio de una conversación con su hijo Caio: “Ay, nene, si fueras modosito como Basdala, que no tiene faltas de ortografía y además seguro que se baña”. Basdala se sintió muy agradecido por ser mencionado en la obra. Eso pasó en noviembre.

Un mes después Basdala desapareció. Esa ausencia no se notó demasiado, porque los comentaristas y los lectores de los blogs iban y venían sin rumbo: todavía no había facebooks ni twitters donde pudieran echar el ancla. Pasó un mes más, y la noche del veintidós de enero de 2004 llegó un mail al correo de Mirta. Lo firmaba Montse, la hermana del lector Basdala. Después de un saludo frío, que daba a entender que escribía esa carta no porque quisiera, sino porque tenía la obligación de hacerlo, Montse decía:

“Mi hermano, Miguel Ángel, falleció el pasado dieciséis de diciembre de 2003 en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona. Estaba muy enfermo del corazón, con problemas hereditarios. Había aguantado dos paros cardíacos, pero no pudo soportar el tercero. Murió a los dieciocho años recién cumplidos con una sonrisa en los labios, con sesenta y cuatro poemas nuevos y maravillosos, uno por día que estuvo ingresado, y con grandes obras a su paso. En su honor fue tocado el Réquiem de Mozart, su obra favorita, y se hizo una lectura de todas sus poesías completas en los días de luto de su colegio. Mi hermano sabía que iba a morir, y dejó varias cartas antes de irse, que fueron encontradas esta semana en su disco rígido. Una para mis padres, otra para mí, una para su médico de cabecera al que quería mucho, otra para su novia, y en la última de esas cartas mencionaba tu página web y dejó anotado tu correo electrónico. Una de esas cartas era para ti, Mirta. La he adjuntado a este mail, porque he creído conveniente cumplir sus últimas voluntades”.

Solo entonces vi que había un .txt adjunto al mail de Montse. Lo abrí temblando pero no lo pude leer enseguida. Ya había empezado a llorar a la mitad del mail de la hermana y las lágrimas no me dejaban hacer foco en la carta.

Entendí más de literatura en esos cinco minutos que en todos los años analógicos en los que había intentado escribir cuentos y novelas en la Olivetti. Un tal Miguel Ángel le había escrito una carta de despedida a una señora de Mercedes, provincia de Buenos Aires, sin saber que el verdadero autor del personaje vivía a siete cuadras del hospital donde agonizaba el lector. Jamás se me habría podido ocurrir una historia así, tan simple en su sinopsis, tan poética. El chico había muerto, sospeché, en medio de una paradoja literaria. Intenté imaginarlo en el hospital, leyendo el blog, dejando comentarios agradables siempre, felices y llenos de vida. Mensajes inteligentes que no parecían de su edad, ni tampoco los de un moribundo. Pensé en él, en Basdala, un chico del que no conocía el verdadero nombre mientras estuvo vivo; y pensé también en Miguel Ángel, su nombre real que conocía ahora que ya estaba muerto. Entre las seis cartas de despedida que había dejado antes de morir, una estaba destinada a un personaje de ficción. Esa fue la primera vez que entendí, de golpe, que escribir en directo, sin el proceso tradicional de la publicación en papel, sin la firma de un autor en la portada de un libro, podía devolverte relatos increíbles; aunque no fueran tuyos.

Cuando me pude calmar un poco leí, por fin, la carta que Basdala le había dejado a Mirta Bertotti. La leí con la sensación espantosa de estar espiando la correspondencia de otro:

“¡Saludos, mamá Mirta! —había escrito el chico—. Cuando leas esto, mi pluma ya se habrá parado. Espero que te llegue pronto, he dejado esto como mensaje a mi hermana y mi familia. No sé si conseguirán encontrar todas las cartas, pero así lo espero. ¡Ay, voy a echar tanto de menos mi querido ordenador! ¿Sabes quién soy, verdad? Soy Basdala, quien una vez te llamó Minué. Un minué en un mundo de adagios… Eso es lo que eres, gordita. Y estoy completamente seguro de que lo seguirás siendo por mucho tiempo. ¡Seguro! Hace unas semanas que llegué del hospital. ¡Dieciocho años y ya he sobrevivido a un paro de corazón! Espero que mi madre tenga razón y nada pueda conmigo... Bueno, al grano. Mucha suerte y valor para seguir adelante en tu vida, Mirta. Recuerda que estaré contigo esté donde esté… porque pienso dar la lata bastantes años en este mundo. Aunque la verdad es que tengo miedo… Tengo tantas cosas que hacer. ¡Y tan poco tiempo! Quizás me queden tres meses. Hasta siempre, gordita. Cuídate y sé feliz. De alguien que te quiere y siempre te ha querido, desde el primer post. Basdala, un réquiem en un mundo de sueños”.

Cristina se despertó por culpa de mi llanto y pensó que había muerto alguien de mi familia. Pero después, cuando ella también leyó la carta de Basdala, se puso igual de triste y lagrimeó.

El siguiente capítulo del folletín no fue una historia más sobre la familia Bertotti, sino una tristísima despedida de Mirta a uno de sus lectores más fieles. Me costó mucho escribir ese capítulo utilizando la voz femenina de siempre. Por un lado, debía seguir siendo la narradora y actuar como tal, pero por otra parte me transformaba en un personaje falso para hablar de una muerte verdadera. En un punto me pareció inmoral. Decidí entonces que fuéramos los dos, a cuatro manos, quienes diéramos la cara. Escribí muchas versiones de aquel capítulo, durante una noche larga y dolorosa. Fue la primera vez, en todo el folletín, en que perdí el estilo de Mirta, que ya era automático en mí, y se notó que atrás había alguien, un autor.

“Los vecinos más memoriosos —escribió Mirta esa noche— se acuerdan de una tarde en que Basdala me escribió uno de los piropos más lindos que me han dicho: Mirta, eres un minué en un mundo de adagios. Yo estuve todo ese día contenta, firmando Mirta Bertot de Minuét. Basdala se llamaba Miguel Ángel, era un chico español al que el dieciséis de diciembre se le paró el corazón. Yo no lo supe hasta hace media hora: su hermana Montse me escribió para contármelo, y por supuesto no estoy para milongas en este momento. ‘Murió a los dieciocho años recién cumplidos con una sonrisa en sus labios’, me escribe Montse. Casi nunca existe relación entre quienes escribimos y quienes nos leen. Exceptuando a dos amistades personales mercedinas, no conozco de cara a ningún lector de este weblog. Pero siento una complicidad enorme jugando con ustedes, amigos a la distancia. Montse me contó que Basdala sabía que iba a morir, y que dejó varias cartas antes de irse, que fueron encontradas esta semana en su computadora. ‘Una era para ti’, me cuenta. Nunca creí, en toda mi vida de escribir historias, que la literatura pudiera depararle dolor verdadero a un personaje de ficción. Porque soy Mirta y estoy llorando. Abrí la carta de Basdala; la leí con una sensación muy rara en el cuerpo. No voy a quitar ni agregar una coma a sus palabras de despedida, que son pocas y están llenas de optimismo. Que cada uno de ustedes, corazones, se lleve lo que le toque de la carta que le dejó un amigo, antes de irse, a una señora que escribía para él en internet.”

Dicho lo cual, Mirta publicó la carta de Basdala, y dio por finalizado el capítulo del día.

A la mañana siguiente había cientos de comentarios, todos escritos con pena y desconcierto. Los lectores se fueron contando anécdotas de Basdala, elogiaron su prosa, sintieron mucha pena por su edad. Algunos se sorprendieron al saber que era varón, porque siempre, a causa del seudónimo, lo habían creído mujer. Fue como un triste velorio virtual en el que nadie escribió en mayúsculas ni con signos de admiración.

Las charlas de lectores, durante los siguientes capítulos, fueron grises, filosóficas, y todas estuvieron teñidas por la certeza de la muerte. De a poco, empezó a darse un cambio monumental en la dinámica del grupo: aquellos cientos de comentaristas, que hasta entonces eran nada más que un puñado de alias, empezaron a decir públicamente sus nombres reales, a contar quiénes eran, a explicar en qué pueblo del mundo vivían. La muerte de Basdala los había conmocionado tanto que, como catarsis, tuvieron la necesidad de darse a conocer. Desde finales de enero y hasta mediados de febrero de 2004 muchos fueron levantando la mano: me llamo Carlos y vivo en Santo Domingo, tengo una hija, me gusta el jazz; mi nombre es Luisa, tengo sesenta y dos años, tres nietos; soy Ernestina, de Rosario, tengo veinte años y estudio derecho; me llamo Julio, soy uruguayo viviendo en Dublin, a veces me siento solo. Cada uno empezó a decirle hola a los demás, y a conversar de una manera distinta. En esa época fue que algunos empezaron a visitarse en sus casas, a convertirse también en amigos físicos, a planear viajes juntos. Muchísimos inauguraron también su propio blog y dejaron de visitar a Mirta para convertirse en anfitriones. Ya no eran alias, ni sobrenombres, ni seudónimos. Ya nadie quiso llamarse Basdala nunca más: todos empezaron a querer ser Miguel Ángel.

A mí me pasó lo mismo. A finales de febrero abrí otro blog donde seguí escribiendo en directo. Le puse de nombre Orsai, pero debajo escribí, por primera vez, mi nombre y apellido reales.

Unos meses después de la carta póstuma de Basdala, o de Miguel Ángel, ya casi en el final del folletín de los Bertotti, recibí el correo de una madre valenciana, Alejandra, muy enojada conmigo. Me decía que su hija adolescente, de nombre Nery, se había enterado de la muerte de Basdala desde el blog, y “cayó en una profunda depresión, además de llevarse varios días llorando y sin querer comer nada”. Parece que Nery había tenido un romance de verano con Basdala, y nunca lo había vuelto a ver hasta la noticia de su muerte.

Y aquí viene lo más raro: la madre también me decía en su correo que, para sorpresa de ambas (madre e hija), “vimos a Basdala el pasado fin de semana en un centro comercial, vivito y coleando”. Y me echaba a mí la culpa de lo que ella creía una broma pesada.

Primero pensé en un inmenso malentendido. Quizá hubiera dos motes Basdala. Pero Alejandra me daba, además, el nombre y los apellidos del muerto que no estaba muerto. Y el nombre era Miguel Ángel. Demasiada coincidencia.

Esa fue la primera vez que dudé de la primera carta. No fue antes. Qué crédulos éramos todos en esos años. Hasta entonces la historia de la muerte de mi lector no había pasado nunca por el colador de la sospecha. Ahora, que casi todo en internet es hoax o fake hasta que se demuestre lo contrario, ahora no me hubiera tragado la primera carta de Montse sin investigar un poco. Pero era todo tan real en esa época... ¿Cómo iba a ser falsa una carta tan sentida? Y sobre todo, ¿cómo iba a hacerme llorar, a mí, una historia inventada, si en mi cabeza era yo, y solo yo, el que estaba capacitado para hacerme pasar por una señora y provocar el llanto de otros?

Con esta información que me dio Alejandra (sobre todo los apellidos de Miguel Ángel) hice una búsqueda simple en Google y descubrí que Basdala, nuestro Basdala, con su misma prosa diplomática y correcta, dejaba mensajes en docenas de foros y blogs con fechas muy posteriores a su muerte. Qué ingenuo soy, pensé enseguida, y qué genio él. Qué hijo de una gran puta.

Lo que más me gustó de la estrategia de Basdala es que había preparado la trampa con muchísimo cuidado, con increíble destreza literaria (el correo de Montse no se parece en nada a la redacción de la carta póstuma del chico moribundo). Pero sobre todo lo admiré porque había hecho explotar esa bomba para hacerme caer solamente a mí, al mentiroso, al que se hacía pasar por una vieja de Mercedes. Y porque después de triunfar con su engaño no le hizo falta alardear ni darse a conocer, ni llamarme para demostrar supremacía, ni hacer uso del pito catalán. Le bastó con urdir la trama y retirarse anónimo. Eso es digno, pensé. Hay un valor agregado de nobleza en las victorias que no llevan firma. Y Basdala, o quién fuese, nunca había buscado la gloria personal.

Necesité con urgencia escribirle para mostrarle mi admiración. En la búsqueda de los datos encontré, con facilidad, su correo electrónico. Y le escribí allí mismo, en caliente, pensando que jamás respondería. Me equivoqué de nuevo: recibí su respuesta al instante. Basdala siempre, en toda la historia, pareció estar diez metros por delante.

Recibí su respuesta y supe que realmente escribía muy bien. De verdad tenía dieciocho años y se llamaba Miguel Ángel. Me dijo, con humildad y sin faltas de ortografía, que durante seis meses había creído que Mirta Bertotti era real. Que la llegó a querer mucho, como a una madre postiza, y que con el paso del tiempo y del surrealismo latente de las historias que ella contaba, descubrió que no había tal Mirta, que alguien lo había engañado, que un desconocido lo había hecho llorar con mentiras.

Me dijo que provoca una sensación horrible creer en alguien, confiar en las palabras de alguien, y descubrir después que allí, donde había una casa, una familia, una madre, no había en realidad nada. Primero pensó en dejar de leer el blog, pero eso le pareció, me dijo, como perder seis meses de su vida sin beneficio. Y que por eso una tarde se le ocurrió la venganza y la puso en práctica.

Mantuvimos una buena charla, vía mail, durante toda la noche. Me despedí de él con reverencias y le di otra vez las gracias, porque me había regalado dos historias intensas, un drama y una comedia, que alguna vez usaría en alguno de mis cuentos. También lo felicité por jugar sus cartas en silencio:

—Si no hubiera sido por esa madre y esa hija que te vieron caminando por el centro comercial —le dije— yo nunca me habría enterado de nada. Es muy loable que no hayas querido firmar tu obra.

Su respuesta fue también su último mail:

—Entonces —me dijo Basdala—, ¿también te has creído que existen Alejandra y Nery?

Hernán Casciari
viernes 8 de julio, 2011


Basdala

por Hernán Casciari

En algún momento de este siglo descubrí que ya no quería escribir más como antes. Quiero decir: nunca más a solas, con la Olivetti en la cocina, viendo crecer las páginas sin mostrarle a nadie cada capítulo o cada cuento, sin la invasión permanente de los lectores, sin la adrenalina del borrador a la vista.

Supe que ya no podría sentarme, durante meses, a construir una trama sin que otras miradas me devolvieran, de inmediato, sus comentarios veloces, sus correos instantáneos, sus críticas, e incluso, con suerte, nuevas tramas mejores que las mías. Sobre esto último, sobre la magia de las devoluciones literarias, tengo una anécdota para contar.

Estoy en medio de un dilema: me propongo contar esta historia en una revista impresa, no en un blog. Y no importa que la revista y el blog se llamen igual: no tengo el ritmo ni la mano suelta. Hace mil años que no escribo una anécdota con destino final en papel. Desde 2003 todo lo que conté, real o imaginario, acabó siempre con el gesto de hacer clic en el botón enviar. Ese gesto ya es, en mí, una especie de automatismo. Me acostumbré al tic de la publicación inmediata, a que no haya nada entre los actos puros de escribir y de leer. Desde hace mucho tiempo me despreocupo después de ponerle el punto final a una historia, y me encanta saber que los lectores verán los resultados dos segundos más tarde, con los errores de tipeo incluidos, es verdad, pero también con las palabras y las ideas todavía calientes. Si narrar en directo fuese un ejercicio de tiro al blanco, la flecha estaría todavía en el aire cuando le llega al lector. La audiencia virtual parece levantar vuelo e ir en busca del dardo; no se queda en el suelo esperando el impacto: de algún modo el lector pega un salto y dirige su corazón a la trayectoria de la flecha. La audiencia virtual es, además, muy veloz: me corrige la ortografía en menos de una hora, debate la gramática, y después todos empiezan a conversar entre ellos sobre lo que han leído. Es muy gratificante ese murmullo de voces cuando la trama todavía está humeante, cuando ni yo mismo sé si lo que acabo de echar a la parrilla es carne buena. Hay una sensación de veredicto en ese barullo de voces y conversaciones. Me gusta espiar los comentarios y charlas ajenas; es como hacer realidad el sueño de convertirse en mosca y escuchar lo que se dice de un cuento propio, en el exacto momento en que a uno ese cuento le importa más, porque lo acaba de parir.

En realidad, no sé si la práctica de la literatura en directo es buena o mala, si es mejor o peor que otros sistemas. En todo caso siempre habrá veintisiete letras y un teclado, nada más que eso. Pero estoy seguro de que a mí me resulta más divertida la inmediatez que la espera. Por ejemplo ahora: escribo esto a finales de mayo. Ustedes están leyendo este párrafo en julio, en agosto, en septiembre. ¿Quién sabe si en medio no se acabó el mundo?

La historia que voy a contar explica, mejor que cualquier charla literaria o debate de blogueros, por qué me gusta más escribir en directo y no en papeles impresos. Es una anécdota en la que la inmediatez propició el mejor cuento posible, uno que nunca se me habría ocurrido inventar. Pasó muy al principio, cuando nadie todavía era consciente de las ventajas de narrar ficción en la red, cuando nadie sospechaba que del otro lado de los monitores había lectores ávidos, y que esos lectores eran reales, que tenían un nombre y un apellido, que no eran solamente un seudónimo. En el preciso momento en que ocurrió esta anécdota supe que escribir en directo me iba a resultar vital y necesario.

Hay que viajar, entonces, a los tiempos en que empezaba tímidamente lo que después sería llamado “el fenómeno de los blogs”, un furor que duraría unos seis o siete años. Yo escribía mi primera novela en directo y de forma anónima, disfrazado de un ama de casa mercedina de cincuenta y dos años, en la que imitaba un poco la voz de mi madre y recreaba como podía nostalgias felices de mi adolescencia.

Una noche, después de cenar, me llegó el mail de una desconocida llamada Montse. Me acuerdo con mucha claridad de ese correo, porque cuando iba por la mitad de su lectura me agarró un ataque de llanto, con hipos y pucheros, y no pude dejar de llorar durante un rato. Yo sabía, mientras lloraba, que la escena era patética: un gordo grandote moqueando frente a un monitor es peor que un gordo grandote mirando porno en un monitor. Las dos imágenes son humillantes, pero llorar tiene un plus femenino, una afrenta mayor.

Lloré, y lloré. No podía parar.

Un rato antes habíamos terminado la sobremesa y Cristina se había ido a acostar temprano porque ya no soportaba la panza de su embarazo. Era enero de 2004, invierno crudo en Barcelona. Yo estaba muy contento con mi nuevo juguete literario, que entonces se llamaba weblog y no blog, y me fui a la máquina a escribir un nuevo capítulo de la historia del ama de casa y su familia disfuncional. Publicaba como una bestia en ese tiempo: lunes, miércoles y viernes. Le daba al botón enviar justo a mitad de la madrugada española. En esas tres horas, entre la escritura y la publicación, yo cerraba los ojos y me transportaba a Mercedes, a mi ciudad natal, donde transcurría la historia. No tenía un plan ni una estructura narrativa; más que escribir, yo miraba en la pantalla una especie de película muda que me salía de los dedos. Me sorprendía la sensación de placer, de fiesta interna, que me generaba en el cuerpo estar narrando en directo. Hasta entonces escribir me había resultado tortuoso; la literatura era una especie de ejercicio duro que había que alcanzar y después mantener. Yo creía que había que impostar un tono alto y meditado en el oficio de narrador; que había que demostrar una cierta inteligencia indulgente; que era fundamental no parecerse a nadie, incluso a costa de experimentar sin necesidad; que había que ser culto o, por lo menos, usar anteojos o polera negra. Demasiado trabajo. Esto de internet, en cambio, era más parecido a un hobbie o a un deporte. Los lectores no pedían nada, no eran intelectuales, no formaban parte del círculo cerrado de las letras, ese grupo de gente que escribe y publica para colegas escritores. Este era un público real, fervoroso. Me sorprendía también que cada semana hubiese más y más lectores, y que se divirtieran y se emocionaran con el folletín. En esa época nadie sabía quién escribía la historia, y me resultaba excitante la cantidad de lectores que, desde la medianoche, esperaban la actualización de la trama. Allí nació el “pri”, un grito de guerra en donde el lector que conseguía hacer el primer comentario dejaba su rúbrica de fidelidad.

Muchos ya sospechaban que los tres capítulos semanales del ama de casa no eran vivencias reales, pero otros todavía creían en la existencia verdadera de Mirta, la narradora. Para hacerlo más ambiguo, la protagonista tenía una dirección de correo electrónico a la que llegaban muchos mensajes privados, casi todos divertidos y cariñosos. Yo revisaba cada noche esa casilla de mails y contestaba como si lo hiciera Mirta: “Gracias, corazón, un besote”, o cosas por el estilo. Los lectores del folletín habían empezado a convertirse en una comunidad y llegaban de todas partes del mundo. Ninguno conocía la edad ni el nombre real de nadie, pero sí sus seudónimos de internet. A toda esa primera camada de alias prehistóricos les deberé siempre la energía inicial. Muchos de ellos, sospecho, tienen este número de la revista en sus manos y seguramente recordarán esta anécdota.

Resulta que uno de estos lectores más asiduo y participativo se hacía llamar Basdala. Dejaba siempre comentarios correctos y bien redactados, respetuosos, cálidos, y llamaba a la protagonista “mamá Mirta”. Una tarde de finales de 2003 dejó un comentario que a mí me gustó mucho. Decía que las historias de los Bertotti eran como “un minué en un mundo de adagios”. Ponderaba que se juntara tanta gente a leer una historia cotidiana, se decía contento de ser parte de una comunidad tan serena, donde no había “ni trolls ni malos rollos”.

Como nadie sabía quién podía esconderse detrás de cada seudónimo, sospechábamos las edades y la residencia de cada lector por la forma de escribir de cada uno. Yo pensaba que Basdala era de procedencia española, por el uso de “malos rollos” u otros giros, y también creía que era un lector de mediana edad, pongamos unos treinta o cuarenta años. Me equivocaba. Mirta, la narradora del blog, se había encariñado mucho con él. Tanto que una vez lo nombró en medio de una conversación con su hijo Caio: “Ay, nene, si fueras modosito como Basdala, que no tiene faltas de ortografía y además seguro que se baña”. Basdala se sintió muy agradecido por ser mencionado en la obra. Eso pasó en noviembre.

Un mes después Basdala desapareció. Esa ausencia no se notó demasiado, porque los comentaristas y los lectores de los blogs iban y venían sin rumbo: todavía no había facebooks ni twitters donde pudieran echar el ancla. Pasó un mes más, y la noche del veintidós de enero de 2004 llegó un mail al correo de Mirta. Lo firmaba Montse, la hermana del lector Basdala. Después de un saludo frío, que daba a entender que escribía esa carta no porque quisiera, sino porque tenía la obligación de hacerlo, Montse decía:

“Mi hermano, Miguel Ángel, falleció el pasado dieciséis de diciembre de 2003 en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona. Estaba muy enfermo del corazón, con problemas hereditarios. Había aguantado dos paros cardíacos, pero no pudo soportar el tercero. Murió a los dieciocho años recién cumplidos con una sonrisa en los labios, con sesenta y cuatro poemas nuevos y maravillosos, uno por día que estuvo ingresado, y con grandes obras a su paso. En su honor fue tocado el Réquiem de Mozart, su obra favorita, y se hizo una lectura de todas sus poesías completas en los días de luto de su colegio. Mi hermano sabía que iba a morir, y dejó varias cartas antes de irse, que fueron encontradas esta semana en su disco rígido. Una para mis padres, otra para mí, una para su médico de cabecera al que quería mucho, otra para su novia, y en la última de esas cartas mencionaba tu página web y dejó anotado tu correo electrónico. Una de esas cartas era para ti, Mirta. La he adjuntado a este mail, porque he creído conveniente cumplir sus últimas voluntades”.

Solo entonces vi que había un .txt adjunto al mail de Montse. Lo abrí temblando pero no lo pude leer enseguida. Ya había empezado a llorar a la mitad del mail de la hermana y las lágrimas no me dejaban hacer foco en la carta.

Entendí más de literatura en esos cinco minutos que en todos los años analógicos en los que había intentado escribir cuentos y novelas en la Olivetti. Un tal Miguel Ángel le había escrito una carta de despedida a una señora de Mercedes, provincia de Buenos Aires, sin saber que el verdadero autor del personaje vivía a siete cuadras del hospital donde agonizaba el lector. Jamás se me habría podido ocurrir una historia así, tan simple en su sinopsis, tan poética. El chico había muerto, sospeché, en medio de una paradoja literaria. Intenté imaginarlo en el hospital, leyendo el blog, dejando comentarios agradables siempre, felices y llenos de vida. Mensajes inteligentes que no parecían de su edad, ni tampoco los de un moribundo. Pensé en él, en Basdala, un chico del que no conocía el verdadero nombre mientras estuvo vivo; y pensé también en Miguel Ángel, su nombre real que conocía ahora que ya estaba muerto. Entre las seis cartas de despedida que había dejado antes de morir, una estaba destinada a un personaje de ficción. Esa fue la primera vez que entendí, de golpe, que escribir en directo, sin el proceso tradicional de la publicación en papel, sin la firma de un autor en la portada de un libro, podía devolverte relatos increíbles; aunque no fueran tuyos.

Cuando me pude calmar un poco leí, por fin, la carta que Basdala le había dejado a Mirta Bertotti. La leí con la sensación espantosa de estar espiando la correspondencia de otro:

“¡Saludos, mamá Mirta! —había escrito el chico—. Cuando leas esto, mi pluma ya se habrá parado. Espero que te llegue pronto, he dejado esto como mensaje a mi hermana y mi familia. No sé si conseguirán encontrar todas las cartas, pero así lo espero. ¡Ay, voy a echar tanto de menos mi querido ordenador! ¿Sabes quién soy, verdad? Soy Basdala, quien una vez te llamó Minué. Un minué en un mundo de adagios… Eso es lo que eres, gordita. Y estoy completamente seguro de que lo seguirás siendo por mucho tiempo. ¡Seguro! Hace unas semanas que llegué del hospital. ¡Dieciocho años y ya he sobrevivido a un paro de corazón! Espero que mi madre tenga razón y nada pueda conmigo... Bueno, al grano. Mucha suerte y valor para seguir adelante en tu vida, Mirta. Recuerda que estaré contigo esté donde esté… porque pienso dar la lata bastantes años en este mundo. Aunque la verdad es que tengo miedo… Tengo tantas cosas que hacer. ¡Y tan poco tiempo! Quizás me queden tres meses. Hasta siempre, gordita. Cuídate y sé feliz. De alguien que te quiere y siempre te ha querido, desde el primer post. Basdala, un réquiem en un mundo de sueños”.

Cristina se despertó por culpa de mi llanto y pensó que había muerto alguien de mi familia. Pero después, cuando ella también leyó la carta de Basdala, se puso igual de triste y lagrimeó.

El siguiente capítulo del folletín no fue una historia más sobre la familia Bertotti, sino una tristísima despedida de Mirta a uno de sus lectores más fieles. Me costó mucho escribir ese capítulo utilizando la voz femenina de siempre. Por un lado, debía seguir siendo la narradora y actuar como tal, pero por otra parte me transformaba en un personaje falso para hablar de una muerte verdadera. En un punto me pareció inmoral. Decidí entonces que fuéramos los dos, a cuatro manos, quienes diéramos la cara. Escribí muchas versiones de aquel capítulo, durante una noche larga y dolorosa. Fue la primera vez, en todo el folletín, en que perdí el estilo de Mirta, que ya era automático en mí, y se notó que atrás había alguien, un autor.

“Los vecinos más memoriosos —escribió Mirta esa noche— se acuerdan de una tarde en que Basdala me escribió uno de los piropos más lindos que me han dicho: Mirta, eres un minué en un mundo de adagios. Yo estuve todo ese día contenta, firmando Mirta Bertot de Minuét. Basdala se llamaba Miguel Ángel, era un chico español al que el dieciséis de diciembre se le paró el corazón. Yo no lo supe hasta hace media hora: su hermana Montse me escribió para contármelo, y por supuesto no estoy para milongas en este momento. ‘Murió a los dieciocho años recién cumplidos con una sonrisa en sus labios’, me escribe Montse. Casi nunca existe relación entre quienes escribimos y quienes nos leen. Exceptuando a dos amistades personales mercedinas, no conozco de cara a ningún lector de este weblog. Pero siento una complicidad enorme jugando con ustedes, amigos a la distancia. Montse me contó que Basdala sabía que iba a morir, y que dejó varias cartas antes de irse, que fueron encontradas esta semana en su computadora. ‘Una era para ti’, me cuenta. Nunca creí, en toda mi vida de escribir historias, que la literatura pudiera depararle dolor verdadero a un personaje de ficción. Porque soy Mirta y estoy llorando. Abrí la carta de Basdala; la leí con una sensación muy rara en el cuerpo. No voy a quitar ni agregar una coma a sus palabras de despedida, que son pocas y están llenas de optimismo. Que cada uno de ustedes, corazones, se lleve lo que le toque de la carta que le dejó un amigo, antes de irse, a una señora que escribía para él en internet.”

Dicho lo cual, Mirta publicó la carta de Basdala, y dio por finalizado el capítulo del día.

A la mañana siguiente había cientos de comentarios, todos escritos con pena y desconcierto. Los lectores se fueron contando anécdotas de Basdala, elogiaron su prosa, sintieron mucha pena por su edad. Algunos se sorprendieron al saber que era varón, porque siempre, a causa del seudónimo, lo habían creído mujer. Fue como un triste velorio virtual en el que nadie escribió en mayúsculas ni con signos de admiración.

Las charlas de lectores, durante los siguientes capítulos, fueron grises, filosóficas, y todas estuvieron teñidas por la certeza de la muerte. De a poco, empezó a darse un cambio monumental en la dinámica del grupo: aquellos cientos de comentaristas, que hasta entonces eran nada más que un puñado de alias, empezaron a decir públicamente sus nombres reales, a contar quiénes eran, a explicar en qué pueblo del mundo vivían. La muerte de Basdala los había conmocionado tanto que, como catarsis, tuvieron la necesidad de darse a conocer. Desde finales de enero y hasta mediados de febrero de 2004 muchos fueron levantando la mano: me llamo Carlos y vivo en Santo Domingo, tengo una hija, me gusta el jazz; mi nombre es Luisa, tengo sesenta y dos años, tres nietos; soy Ernestina, de Rosario, tengo veinte años y estudio derecho; me llamo Julio, soy uruguayo viviendo en Dublin, a veces me siento solo. Cada uno empezó a decirle hola a los demás, y a conversar de una manera distinta. En esa época fue que algunos empezaron a visitarse en sus casas, a convertirse también en amigos físicos, a planear viajes juntos. Muchísimos inauguraron también su propio blog y dejaron de visitar a Mirta para convertirse en anfitriones. Ya no eran alias, ni sobrenombres, ni seudónimos. Ya nadie quiso llamarse Basdala nunca más: todos empezaron a querer ser Miguel Ángel.

A mí me pasó lo mismo. A finales de febrero abrí otro blog donde seguí escribiendo en directo. Le puse de nombre Orsai, pero debajo escribí, por primera vez, mi nombre y apellido reales.

Unos meses después de la carta póstuma de Basdala, o de Miguel Ángel, ya casi en el final del folletín de los Bertotti, recibí el correo de una madre valenciana, Alejandra, muy enojada conmigo. Me decía que su hija adolescente, de nombre Nery, se había enterado de la muerte de Basdala desde el blog, y “cayó en una profunda depresión, además de llevarse varios días llorando y sin querer comer nada”. Parece que Nery había tenido un romance de verano con Basdala, y nunca lo había vuelto a ver hasta la noticia de su muerte.

Y aquí viene lo más raro: la madre también me decía en su correo que, para sorpresa de ambas (madre e hija), “vimos a Basdala el pasado fin de semana en un centro comercial, vivito y coleando”. Y me echaba a mí la culpa de lo que ella creía una broma pesada.

Primero pensé en un inmenso malentendido. Quizá hubiera dos motes Basdala. Pero Alejandra me daba, además, el nombre y los apellidos del muerto que no estaba muerto. Y el nombre era Miguel Ángel. Demasiada coincidencia.

Esa fue la primera vez que dudé de la primera carta. No fue antes. Qué crédulos éramos todos en esos años. Hasta entonces la historia de la muerte de mi lector no había pasado nunca por el colador de la sospecha. Ahora, que casi todo en internet es hoax o fake hasta que se demuestre lo contrario, ahora no me hubiera tragado la primera carta de Montse sin investigar un poco. Pero era todo tan real en esa época... ¿Cómo iba a ser falsa una carta tan sentida? Y sobre todo, ¿cómo iba a hacerme llorar, a mí, una historia inventada, si en mi cabeza era yo, y solo yo, el que estaba capacitado para hacerme pasar por una señora y provocar el llanto de otros?

Con esta información que me dio Alejandra (sobre todo los apellidos de Miguel Ángel) hice una búsqueda simple en Google y descubrí que Basdala, nuestro Basdala, con su misma prosa diplomática y correcta, dejaba mensajes en docenas de foros y blogs con fechas muy posteriores a su muerte. Qué ingenuo soy, pensé enseguida, y qué genio él. Qué hijo de una gran puta.

Lo que más me gustó de la estrategia de Basdala es que había preparado la trampa con muchísimo cuidado, con increíble destreza literaria (el correo de Montse no se parece en nada a la redacción de la carta póstuma del chico moribundo). Pero sobre todo lo admiré porque había hecho explotar esa bomba para hacerme caer solamente a mí, al mentiroso, al que se hacía pasar por una vieja de Mercedes. Y porque después de triunfar con su engaño no le hizo falta alardear ni darse a conocer, ni llamarme para demostrar supremacía, ni hacer uso del pito catalán. Le bastó con urdir la trama y retirarse anónimo. Eso es digno, pensé. Hay un valor agregado de nobleza en las victorias que no llevan firma. Y Basdala, o quién fuese, nunca había buscado la gloria personal.

Necesité con urgencia escribirle para mostrarle mi admiración. En la búsqueda de los datos encontré, con facilidad, su correo electrónico. Y le escribí allí mismo, en caliente, pensando que jamás respondería. Me equivoqué de nuevo: recibí su respuesta al instante. Basdala siempre, en toda la historia, pareció estar diez metros por delante.

Recibí su respuesta y supe que realmente escribía muy bien. De verdad tenía dieciocho años y se llamaba Miguel Ángel. Me dijo, con humildad y sin faltas de ortografía, que durante seis meses había creído que Mirta Bertotti era real. Que la llegó a querer mucho, como a una madre postiza, y que con el paso del tiempo y del surrealismo latente de las historias que ella contaba, descubrió que no había tal Mirta, que alguien lo había engañado, que un desconocido lo había hecho llorar con mentiras.

Me dijo que provoca una sensación horrible creer en alguien, confiar en las palabras de alguien, y descubrir después que allí, donde había una casa, una familia, una madre, no había en realidad nada. Primero pensó en dejar de leer el blog, pero eso le pareció, me dijo, como perder seis meses de su vida sin beneficio. Y que por eso una tarde se le ocurrió la venganza y la puso en práctica.

Mantuvimos una buena charla, vía mail, durante toda la noche. Me despedí de él con reverencias y le di otra vez las gracias, porque me había regalado dos historias intensas, un drama y una comedia, que alguna vez usaría en alguno de mis cuentos. También lo felicité por jugar sus cartas en silencio:

—Si no hubiera sido por esa madre y esa hija que te vieron caminando por el centro comercial —le dije— yo nunca me habría enterado de nada. Es muy loable que no hayas querido firmar tu obra.

Su respuesta fue también su último mail:

—Entonces —me dijo Basdala—, ¿también te has creído que existen Alejandra y Nery?

Hernán Casciari
viernes 8 de julio, 2011


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro Messi es un perro y otros cuentos, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


 Nanete .
09/10/2016 a las 05:00
Soy el único que no quiere que lo encuentren? Realmente no me gusta este trabajo de detective que hacen en perros... Los cuentos eran perfectos como estaban, cada quien lo hacía suyo. No me quiten a Basdala.
  Delfina Romari
20/06/2016 a las 17:08
No mientas basdala, te va a ir mal !!!
 miguel peralta
03/06/2016 a las 16:18
cuando leí esto inevitablemente me pregunte y Basdala existio?...
pero escuchando a Hernan, que lo esta buscando con la ayuda de los perros de la calle, entiendo que existe y lo único que quiero que aparezca. Necesito que aparezca jaja...
 Nicolas Bagnasco
02/06/2016 a las 16:28
ehhh la ...... que te pario, casciari sos el puto amo.
slds.
01/06/2016 a las 04:20
Jajajajaja. ..
Fué como una venganza...
En casa almorzamos y cenamos sin ver televisión. Eso sí, la radio encendida. Somos oyentes de la metro y nos gusta mucho "perros de la calle". Hoy Natalia, mi mujer y Catalina, nuestra hija no escucharon la historia de Hernán, sí el alboroto que se armó después. Entonces elegí la sobremesa para leerles esta historia, fué genial! Me sentí Cassiari, las hice llorar y morir de risa, yo gocé como nunca, era el disc jockey! Gracias Hernán, gracias Perros , nos hacen vivir momentos muy emocionantes. Abrazo. Marcelo.
 Becuadro
31/05/2016 a las 19:49
Estaba yendo a laburar y picando de radio en radio me quede en el programa de andy , me llamo la atención de entrada la narración , era el principio de una anécdota que se fue convirtiéndose en cuento , estaba enganchadisimo igual que quienes te escuchaban ahí en la radio como tambien seguro todos los oyentes del programa ,pero en la mitad del relato no lo pude seguir porque tenia que entrar a laburar , es así como llegue a este blog y pude terminar de conocer el cuento de basdala . increible . comoe atrapo y me llevo a buscar el final de esa historia que me había emocionado en mi vehículo , nunca me paso , tampoco de comentar , en ningún lado , no tengo face ni twitter de verdad no me interesan , pero como con un anécdota convertida en cuento podes crear este tipo de reacciones es para aplaudir . muchas gracias
 Jasson Curi Chang
18/06/2014 a las 07:01
Tengo dos elementos en la vida que me regresan al camino. Uno es el video en el evento del Ted de Mar de Plata y el otro es este relato sobre Basdala, que me resulta ser como un pulmón de inspiración.
Todo es verdad, excepto Basdala. Yo terminaría la historia dejando esta pregunta.
- Y ustedes, también se creyeron que existe Basdala.
Gracias por esto Hernán, gracias por cada una de tus letras. Abrazos desde mi trinchera en el mundo.
03/08/2013 a las 00:09
Tuve miedo de ponerme a llorar en público arriba del bondi y terminé riendome en voz alta parado en una esquina mientras terminaba el texto.
06/01/2013 a las 21:46
Volví aquí leyendo "Planeta Tute". Y como todo tiene que ver con todo, cuento que en el último programa de radio del 2012 de "La Venganza será terrible" del Negro Dolina, estuvo invitada la familia de Caloi, y los presentes pudimos ver la admiración y respeto que sienten ambas familias.
A propósito de este post, Dolina dice que es el lector el que completa el libro interpretando lo que quiera, independientemente de lo que considere el escritor. Que allí se cierra el círculo; y que esa visión que quizás no tuvo el artista al escribir, es lo que, por lo general, enriquece a la obra.

Y dale con Pernía... prometo no nombrar más a Dolina hasta tener la Nº 11 en mis manos.
 Juan el Cuervo
09/12/2012 a las 15:31
 Juan el Cuervo
09/12/2012 a las 15:53
La tarde de este domingo estaba llevando adelante una guardia muy tranquilita. Poco trabajo, y pocas ganas de trabajar. Pensé que lo mejor sería irse a dormir una siesta mientras pudiera, ya que yo estoy para los casos complicados y lo que había era todo sensillo y mis compañeros lo tenían controlado. La noche puede ser durísima y aprovechar para descansar es la mejor estrategia para lo que caida después. Sin estar convencido de qué hacer y sin ganas de hacer nada me decidí a dar un repaso por Orsai mientras pasaba el tiempo. Sin quererlo caí en esta historia de Basdala y en el momento en que la emoción me había superado (justo al despedirse Basdala de Mirta), la enfermera me comentó un paciente: "linfoma con inflamación de testículos, pendiente de iniciar quimio". No se trataba de un paciente que me correspondiera asistir a mi por lo poco grave, pero pensé que cada minuto de la vida había que vivirlo intensamente, que yo no estaba ocupado con ningún caso más grave y que podía intentar hacer algo por esta persona. Con la historia a media lectura me levanté y fui a ver a un paciente encantador, real, de carne y hueso que esperaba alguna solución a su problema.
Volví borracho de emoción por Basdala, por mi paciente, por cosas que te pasan por la cabeza cuando pensás en la vida y la muerte, de todos, incluída al final la mía también.
Escribí lo que tocaba del paciente, mientras pedía unos análisis y le decía a la enfermera lo que haríamos para intentar mejorarlo.
Cuando pude seguí leyendo, tuve que interrumpir otras veces. Seguramente la cara de pelotudo que me quedó delante de la pantalla asustó a más de uno, y nuevamente cara de pelotudo al rematar la historia.
La sensaciones que me despertó tu relato son mías y sólo mías, pasé por muchas. No son virtuales y seguramente no han quedado todo lo reflejada que se merecen en estas líneas.
Un abrazo y otra vez gracias por la buena literatura que estás generando.
 PabloColo
13/11/2012 a las 03:13
Yendo para Córdoba en auto desde Buenos Aires leí este texto por tercera vez. La primera lo leí solo, la segunda se lo leí en voz alta a mi novia y la tercera, se lo leí a mi vieja en el auto. Mi vieja lloraba cuando es obvio que hay que llorar (que anti-spoiler soy, aunque sea taaan viejo mi comentario). He hecho a mucha gente disfrutar de este texto.
Gracias Hernán por semejante historia!
 Emma-NQN
04/10/2012 a las 06:10
Soy nuevo en este blog, va es la primera vez que entro a un blog, te conoci hernan por vorterix me encanta escucharte a la mañana y bueno buscando audios tuyo y publicaciones encontre este lugar que la verdad estas historias son como leer bradbury u orwell (aunque parezca exagerado) bueno te felicito, creo que mas alla si es verdad o mentira en 10 minutos de lectura hiciste que tuviera mas de dos estados de ánimo!
 Patricia Melo
28/06/2012 a las 17:10
Pense que en los comentarios iba a encontrar un mensaje de Basdala...
 aledalp
27/06/2012 a las 21:20
Creo que este cuento es lo mejor que leí en Orsai hasta el momento. Y eso que hay muchas cosas geniales, siempre voy a recomendarlo.
 Neuronas al ataque
22/06/2012 a las 02:48
El mejor relato de los que lei en Orsai, no entiendo esa cosa hasta morbosa por saber si es verdad o no, si al final en que cambia?? porque apasionan tanto las pelis cuando dicen q es una historia real?? que fetichismo con la realidad q tienen, la literatura nunca diferencia.
05/06/2012 a las 20:00
Un genio Basdala, literario y de la paciencia.
Victoria
09/09/2011 a las 04:55
Hernán eres un genio, no sabes como lloré al prinicipio jejeje .. definitivamte me encantó Felicidades!!!
 Joanna
04/09/2011 a las 19:01
Ta ya sé.. me obsesioné! jee pero no podía no buscarlo, era cierto! y acá está! Gracias gordo, yo sentía que no me habías embaucado... http://mujergorda.bitacoras.com/cap/000144.php
 Joanna
04/09/2011 a las 18:43
Acá está la blog novela, que la disfrutennn!!! http://mujergorda.bitacoras.com/cap/prologo.php
 Joanna
04/09/2011 a las 18:23
Después que comenté, leí los demás comentarios... no se me había pasado pro la cabeza que fuese mentira.....
 Joanna
04/09/2011 a las 18:18
Me encantóooo! Hernán deberías colgar nuevamente el blog para que pudieran leerlo aquellos que no accedieron a el. Recuerdo que mientras escribías en EL PAIS era posible acceder desde allí a tus escritos anteriores.. ahora lo he intentado pero google no te encuentra...:) Saluditos a todos!
Gus VF
25/08/2011 a las 06:17
Me sumo y suscribo todos los anteriores comentarios... ¡Maravilloso, Gordo!
gaitan
23/08/2011 a las 22:44
en realidad fue todo un ardid de Comequechu para poder armar un bar en Buenos Aires
 PERLA
23/08/2011 a las 19:57
mi nombre es Perla, todavìa no se escribir en netbook...
 PERLA
23/08/2011 a las 19:55
Personalmente me encanta creer que todo lo que le sucede a Hernàn y nos lo cuenta, es verdad. Es lindo pensar que por allà, lejos, existe un Sr. Casciari a quien lo persiguen eventos extraordinarios. Si no fuera por los videos y fotos de la pizzerìa, me costarìa creer que todo saliò porque a Chiri se le antojò una pizza...
Luli
22/08/2011 a las 15:16
Que nota de la puta madree!! Cuando la terminé me la creí, juré que era verdad. Al levantarme hoy por la mañana y mientras me preparaba un café me entró la duda de si era cierto o no. Lo que generás, Hernán!! Que me vaya a dormir pensando en la nota, que me levante cuestionandome por su veracidad y que llegue al trabajo y lo primero que haga es postear acá. Faaaa, tremendo.
Luli
22/08/2011 a las 15:15
No nota de la puta madree!! Cuando la terminé me la creí, juré que era verdad. Al levantarme hoy por la mañana y mientras me preparaba un café me entró la duda de si era cierto o no. Lo que generás, Hernán!! Que me vaya a dormir pensando en la nota, que me levante cuestionandome por su veracidad y que llegue al trabajo y lo primero que haga es postear acá. Faaaa, tremendo.
 Rocío Domínguez
20/08/2011 a las 06:08
gocé y sonreí con Basdala, sólo como gozo y sonrío con un orgasmo. bello relato. linda manera de empezar a leerte casciari.
verunita
15/08/2011 a las 06:31
despues de muchos mails (no daba con MI DISTRIBUIDOR) me encontre con Tonga en twitter y tengo mi Orsai 3. Que maravilla leer este texto, la verdad que no importa si es verdad o mentira. Hernan por favor seguí escribiendo sobre series que se te extraña!!!!
 Tomás Marino
14/08/2011 a las 18:13
La leí mientras hacía la cola para votar en mi ciudad de Mar del Plata, hoy 14 de agosto de 2011. En página 51 me largué a llorar como un tarado y la gente me miraba. Una señora me preguntó: —¿Estás bien nene?. Qué tarado soy, pero a la vez qué lindo.
Kirk534
14/08/2011 a las 10:57
Que bella historia con momentos tan cinematográficos. Una metáfora a lo grande, como los grandes. Vamos Hernán carajo!!!
14/08/2011 a las 04:26
Una maravilla de la literatura. Mi admiración, Hernán, y un abrazo.
12/08/2011 a las 20:04
Sublime...
12/08/2011 a las 17:04
esta anécdota es apabullante... contada como la cuentan los grandes cuenteros... eso es lo que sos hernán: un cuentero genial!!! de esos que te iluminan un asado nada más con que les tengas lleno el vaso de vino o flores armadas... tipos que llevan la historia en las venas y la transmiten así, sin que te importe q sea verdad o no... y sobre todo los remates, esa cosa fundamental y deciciva... tenés ese enormísimo talento... la frase final fue gloriosa... para pararse y apludir... tute otro genio... sus líneas son las pocas palabras que lo dicen todo... hermosa la revista... q.
 Cindy
11/08/2011 a las 23:59
No entiendo por que se siguen preguntando si es verdad o si es mentira...TODO lo que cuenta Hernan, todos sus relatos y anecdotas son cosas vividas, pero al contarlas (no quiero decir que las mejora) le pone SU acento, el mismo lo dice siempre... y ahi esta la magia, no intenten encontrar el truco al mago...
 Andrelo
10/08/2011 a las 21:24
Hernán!!! Me encantó tu texto. Con tanta simpleza, tenés el poder de hacernos pasar por diferentes sensaciones. Me hizo acordar mucho al libro "el olvido que seremos" de hector abad faciolince, que también pasas del llanto a la alegría como si nada. En fin, gracias!!!
 Aduchis
10/08/2011 a las 20:41
Genial!!! como muchos lo primero que leí tan pronto tuve la revista en mis manos. Hernán no dejes de escribir en todos los números por favor. No importa lo que escribas en mi mente siempre será algo real, cuando leo mi mente vuela creando situaciones, espacios, reacciones, emociones y con tus textos se dispara.
mayra
10/08/2011 a las 18:58
Miren qué bien escribe este hijo de puta XDDD
 Leandro Heine
08/08/2011 a las 18:03
Me encantó. Da igual si es anécdota mejorada, ficción pura o realidad absoluta. Es un texto buenísimo. Gracias Casciari.
Eduardo Grinovero
07/08/2011 a las 21:08
¿Y será cierto...?
06/08/2011 a las 19:34
Todavía la #2 la tengo a medio terminar, logré hacerme de la 3 y fue lo primero que busqué. Seguí escribiendo por favor. Gracias. Pablo Cesar.
 uveic
06/08/2011 a las 11:25
Mi primer comentario en Orsai. El cuento lo merece. IMPRESIONANTE. He sentido la necesidad de venir a comentar nada más terminar de leerlo. Nunca he leido nada de Mirta Bertotti y ahora tengo envidia de todos esos lectores de 2004. De lo mejor de Orsai hasta el momento. Queremos más!
Petre
06/08/2011 a las 02:17
"Realidad virtual, es cierto que nada es cierto" Así termina "Miss Universo" un tema de Carca. Me acordé de este tema y de una frase que escuché en una peli de espías cuando terminé tu texto. Y también se me cruzó la sospecha de que TODO lo que escribió Casciari es mentira como apuntó más arriba Pedro Chain. Me gustó muchísimo este texto Hernán, (haceme llorar que me da risa...) y las ilustraciones de Tute son brillantes... Le tocó el "hit" de Orsai nº 3, y la resolvió impecablemente.
Petre
06/08/2011 a las 02:12
En una peli de espías el otro día escuché que uno le decía a otro sobre una versión de algo que había ocurrido: - La diferencia entre las historias y la realidad es que esta última no necesita ser interesante.
Gabriel el Obtuso
05/08/2011 a las 01:56
Basdala son los padres
gaitan
04/08/2011 a las 19:26
Empecé por este texto. Para leer la n3 en orden tendrian que haber puesto Basdala antes que la editorial (y mantenido las sobremesas, que se extrañan) Leí este año el blog de Mirta y recordaba la historia. El final no lo conocia y me gustó. Me hubiera gustado leer los cometarios de ese blog. en especial el comentario 1000 (escrito por Mirta) en el capitulo 104 ¿volverán a estar disponibles en algun momento? Con respecto a leer en papel textos de Hernan, le sale a uno el tic de hacer clic al pie de pagina en un boton para hacer un comentario (no se si la version iPad tiene esa posibilidad, pero debería)
 Gavilandia
31/07/2011 a las 23:49
Excelente historia! Inventada o no, real o no, que importa! Es como buscarle el truco al mago. De pronto me encontre leyendole en voz alta el cuento a mi mujer y me di cuenta que eso tambien es literatura viva.
 Walter Peifer
31/07/2011 a las 00:03
Maravilloso!
 Walter Peifer
31/07/2011 a las 00:03
Mariavilloso!
Fer
30/07/2011 a las 20:24
Hernan, por el aprecio que creo que todos te tenemos, al menos yo me pongo contento con que puedan ingresar en este nuevo mundo de las editoriales. Mucha suerte en eso! Ahora, si por eso vas a dejar de escribir estas historias de puta madre, voy y te cago a trompadas. Ya lo dije en algun post, escriben grandes escritores en Orsai, pero tus textos superan, para mi gusto, a todo lo que uno pueda leer! Hasta ahora el mejor de Orsai 3, y me animo a decir que entre los mejores de las 3 ediciones
Sayonara
30/07/2011 a las 10:43
Es una historia tan buena que merece ser inventada. Gracias por tan buen rato.
 Marce
28/07/2011 a las 15:49
Como siempre Hernan, es un placer leerte. Me gusto mucho que aprovecharas para compartir tu experiencia de escribir on line comparada con la escritura tradicional, me llego profundamente. El remate, excelente! De esos que te hacen decir en voz alta: "no, que hij..."! Me recordo a la epoca en que descubri tu blog en la oficina y no podia controlar la risa o las lagrimas para que no se dieran cuenta de que hacia. Tu escritura siempre provoca eso, es imposible controlarse!
LA NEGRA
28/07/2011 a las 01:57
El texto es buenísimo, excelente, genial!!! Vos alimentás mi Casciarimanía y coincido con otros comentarios sobre si es verdad o mentira. No importa, no quiero saberlo, en última, mentime que yo te creo. Gracias Gordo!!!!
Xavi
28/07/2011 a las 01:16
Estaba encontrando muy flojito este número 3, hasta que llegué a tu relato sobre Basdala. Simplemente, genial. (sigo con el resto)
Gimena
27/07/2011 a las 13:19
A mi también, creo que es el que más me viene gustando, y más me hizo emocionar de todas las 3!!!
Rafa B.
27/07/2011 a las 03:22
Que buena historia, que buen final, y que buen de todo. Cuando Casciari se pone en este plan es insuperable. Por ahora, de lo mejor de los tres Orsais. Chapeau!!!
 Emi
27/07/2011 a las 01:30
P.D: Tute la rompió con los dibujos, el de la lágrima es impresionante.
 Emi
27/07/2011 a las 01:29
Si, para mi también es mentira. Aunque fui a Más respeto y busqué dicha publicación y la de 2 meses más tarde. Pensé esto es invento de Hernán, solo para hacernos transitar por muchas emociones diferentes (lloré con la carta tanto como debe haber llorado el gordo cuando la recibió) y putee a Miguel Angel sobre todo en el final. No sé si es verdad o no, no quiero saberlo, prefiero hoy pensar que no y mañana que si. El texto es excelente. Queremos más Hernán en Orsai Revista!!
 Nico
27/07/2011 a las 00:35
Sabés que a mi se me pasa lo mismo por la cabeza. O al menos que se trate de una "anécdota mejorada". De todas formas, yo no conocía la historia hasta leer el texto publicado. Y me gustó, me llevó, me reí con el final. Me puso mal en el punto del mail de la "hermana". ¿Qué más da? Aplausos, un excelente texto.
26/07/2011 a las 20:15
podría comentar sobre la fascinante estructura narrativa, sobre el anticipo y la explosión de cada una de las emociones que se transitan, o sobre el increíble poder de síntesis conceptual que logra tute con colores plenos y alto contraste... pero no, no voy a comentar. simplemente voy a abrir un debate casi sin importancia: para mi, es todo mentira.
 Tatiana Kurlat
26/07/2011 a las 19:42
Terminé de leer el relato y volé a buscar esos posts en el blog. Me encantó el texto, me encanta leerte, es un placer. Gracias por tanto! Ta
 gashinalagunera
15/07/2011 a las 05:08
Sabia que en la Orsai #3 había una historia tuya. Aún estoy leyendo la #2, así que imaginate lo retrasado que ando. Hace unas horas, el lider de mi dodecapack me alcanzó la revista. No pude resistir. Necesitaba leer algo del gordo. Una narracion fantástica. La extrañaba. Siento que desde el libro "el pibe que ...." Que no disfrutaba una historia larga tuya. Me voy a dormir con una sonrisa de oreja a oreja. Que disfrute! Gracias por la magia.
Carlos Fabian Gomez
14/07/2011 a las 16:21
jajaja. como te la morfaste gordita! (el calificativo es por lo llorón) Me dieron ganas de leer los viejos comentarios de los vecinos de Mujer Gorda y no los encontre por ningun lado. Hay algun lugar donde se puedan leer? Son un valor agregado a esos textos!
09/07/2011 a las 23:20
Apenas recibo la revista ya sé que es lo primero que voy a leer. Mientras charlo con otros lectores de Orsai, pienso en ese momento. Ansiosa llego a mi casa y busco tu cuento: Basdala. Con cierta información previa, pero sin tanta como para espoilear la historia, me dejo llevar por tu escritura y me sumerjo en la narración. Tristeza al principio. Después admiración. Touché! Recuerdo la película The Prestige (en Argentina, el Gran Truco). Un juego constante entre lo real y lo que uno cree que lo es porque sus ojos dicen que es cierto. Esa es una de las razones por las cuales amo la literatura, y a quienes saben contar un buen relato. Un beso grande, y a disfrutar de Orsai!!!
eleaenege
08/07/2011 a las 21:53
Basdala? Dalabas? Ladabas!
Tete
08/07/2011 a las 09:56
PRI! Podría seguir ...