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jueves 13 de marzo, 2014

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Protocolo en el subsuelo

       

Hace un tiempo me invitaron a Lima para dar una charla. Justo antes de volver a casa, en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, unos policías muy enojados me llevaron a la rastra a un subsuelo, me pusieron las manos contra la pared, me abrieron las piernas, rompieron una por una las artesanías que le llevaba de regalo a Nina y me hicieron pasar una eternidad maravillosa junto a dos perros amaestrados: uno blanco, el otro negro.

Al revés que sus dueños, los perros que huelen droga son inteligentes y dóciles. Yo jamás los había visto trabajar, por eso creía que los perros adiestrados, cuando huelen una maleta sospechosa, ladran fuerte. Y no es así en absoluto. El primer perro que olfateó mi valija se sentó y se quedó quieto. Esa es la señal del crimen: sentarse inmóviles.

Cuando ocurre esto, a los policías les brillan los ojos y se ponen contentos. Si tuvieran cola, la moverían. Les encanta que sus mascotas den la señal de alerta, porque eso significa que pueden iniciar el protocolo.

El protocolo de detención por drogas en el aeropuerto de Perú es alucinante de inicio a fin. Todo lo que ocurre va in crescendo: primero te detectan en la fila del embarque, después te alejan de la gente con delicadeza, enseguida te hacen bajar por escaleras que tienen cartel de «No pasar» y, cuando ya no hay testigos a la vista, te empiezan a hacer preguntas violentas mientras cruzás charcos y habitaciones.

Te aprietan el brazo, nunca dicen qué ocurre y, todo el tiempo, mientras caminás por pasillos desolados, tenés un solo pensamiento: «Acá me cogen». Yo tuve esta certeza un montón de veces mientras duró el protocolo: «Acá me ponen en cuatro y me cogen entre todos».

Seis días antes yo había llegado a Lima en un vuelo directo desde Madrid. Nunca había estado en la ciudad y tenía muchas ganas de conocerla. El hotel que me dieron estaba bien y el primer recibimiento feliz ocurrió por teléfono, cuando yo siquiera me había descalzado. «Hay alguien que quiere hablarle, le comunico», dijo la recepcionista.

Me quedé esperando el tono sentado en la cama. Supuse que serían los organizadores del evento, pero no. «Casciari», dijo una voz cavernosa del otro lado, «soy Julio Villanueva Chang, bienvenido a Perú. Supongo que necesitarás marihuana, ¿verdad?».

Me puso de buen humor escuchar la voz del director de Etiqueta Negra, la revista de crónica latinoamericana que más me gusta. Pero más feliz todavía me hizo sentir su anfitrionazgo elegante.

Recuerdo que pensé, después de colgar: «¿Por qué no soy así de generoso con los colegas drogones que vienen de visita a España?». Mi excusa fue al mismo tiempo chovinista y falsa: «Porque no soy español», me dije; «que les ofrezca porro la directora de JotDown». Y me sentí redimido.

Esa misma noche Julio Villanueva se acercó hasta mi hotel con una bolsa llena de porro aromático y suave. Armé uno y guardé el resto bien al fondo de mi valija, más abajo incluso que la ropa interior. Después me fui con Julio a caminar por Lima, una ciudad que siempre parece estar a punto de llover, pero en la que nunca llueve. Nunca es nunca.

Esa inminencia falsa de chaparrón es muy tentadora para el extranjero, porque todo el tiempo nos da la sensación de que está a punto de ocurrir algo húmedo. Para el limeño, en cambio, es una desgracia que los hunde en un pozo de locura, como la tortura china en la frente pero al revés: ellos esperan una gota que no aparece nunca.

Los siguientes cinco días fueron ajetreados. Lo que más me gusta de estar solo en los hoteles es que me siento el padre que mi hija querría tener, y el esposo que mi mujer hubiera preferido: me levanto temprano, me ducho por las mañanas y a diario, desayuno bien vestido alimentos de muchos colores y después salgo a la calle y soy sociable, hablo, sonrío, camino bajo el sol y me dejo llevar a hacer turismo.

Es una lástima que Cristina y Nina no puedan disfrutarme en ese estado, y en cambio deban verme en casa —los otros trescientos sesenta días del año— malhumorado, fotofóbico y roñoso.

Di la charla y la conferencia previstas, pero también fui a la televisión y me dejé maquillar, hablé de libros con un señor de anteojos, almorcé en todos los restaurantes que pusieron de moda la comida peruana en el mundo, tuve largas sobremesas con directores de revistas que hablaban sobre asuntos inteligentes y tuve la sensatez de quedarme callado.

Paseé por los mercadillos y le compré a Nina instrumentos musicales autóctonos, conocí a muchos lectores de Orsai en una fiesta que se alargó hasta que se hizo de día en la casa de un japonés que tenía pósters colgados de Spinetta y una cocaína muy conversadora, conocí a Paloma Reaño, que por esa época empezaba a hacer realidad lo que más tarde sería El Buensalvaje, una revista de literatura que ahora me llega cada mes a casa y me recuerda aquellas noches de Lima en que su proyecto empezaba a tomar forma.

A cada paso que daba en la ciudad, a cada actividad de mi agenda, la precedía una rutina idéntica: por la mañana me duchaba, desayunaba y sacaba de la bolsa un poco de porro aromático y suave; me lo metía en un bolsillo y dejaba el resto de la bolsa en la maleta, bajo la ropa interior limpia.

Lo hice así todos los días hasta el último, en que se acabó el porro y tiré la bolsa vacía al inodoro. El regalo duró exactamente mi estancia en Perú: hasta en eso Julio Villanueva había sido previsor; gracias a él encaré todas mis tareas en Lima —charlas, conferencias, entrevistas— con una predisposición aromática, suave y risueña.

Perdí la sonrisa cuando, ya a punto de embarcar de regreso a Barcelona, sentí con nitidez que un funcionario uniformado le decía mi nombre a la azafata del vuelo. No escuché la frase completa, solo mi nombre y mi apellido exactos, pero la actitud del guarda aeroportuario era obvia.

Dijo algo así como: «Cuando aparezca por aquí me avisas». No le di tiempo: salí de la fila y llamé al funcionario yo mismo, con un gesto. Él se acercó: «¿Dígame, señor?». «Escuché que decías mi nombre», le contesté. «Soy Hernán Casciari», y le mostré mi pasaporte abierto en la foto.

En un primer momento de ingenuidad pensé que me había olvidado algo en el hotel y que me buscaban para devolvérmelo. Entendí que no era tan simple cuando el policía, sorprendido de que me entregara sin resistencia, llamó a dos compañeros y me hizo poner los brazos como un espantapájaros para cachearme.

Recién entonces intuí, con toda la certeza del mundo, que el tema venía por la valija que había facturado media hora antes y que estaba en la bodega del avión. Mi lucidez fue inmediata: los perros habían olfateado el aroma persistente de una bolsa de marihuana que ya no existía.

Saber esto me fascinó. Quiero decir: saberme inocente y limpio me pareció una bendición, porque supe que todo lo que iba a pasarme no estaría teñido por el miedo a quedar preso, sino por la deformación profesional del periodista.

¿A dónde me llevarán?, ¿qué me harán?, ¿en qué momento descubrirán que fue un error?, ¿me darán fuertemente por el culo?, ¿el avión me esperará o tendrán que darme otro vuelo?, ¿me pedirán disculpas?, ¿conoceré a los perros?

Mientras los tres policías me agarraban de un brazo y me sacaban de la parte visible del aeropuerto, tuve una sensación placentera que suele darse en ciertas pesadillas, cuando uno descubre que está soñando y lo que ocurre ya no produce miedo sino curiosidad viciosa.

Me hicieron bajar varias escaleras, y en cada descenso la decoración pasaba de buena a regular, de roñosa a mugrienta, y de pésima a cochambrosa. «¿Lleva algún encargo?», me preguntó durante la caminata el único policía que me hablaba. Le respondí que no. «¿Está seguro?». Le respondí que sí, que estaba seguro, y le pregunté a dónde me llevaban. «Tenemos que abrir su maleta, señor, usted debe estar presente».

Llegamos a un sucucho infame, de tres por tres, iluminado por un fluorescente pálido. En medio de la escena, como una diva gorda de otros tiempos: mi valija precintada.

Me pusieron contra la pared y me dijeron que debía mirar fijamente la maleta. La miré como un prehistórico mira el fuego. El policía hizo una seña y entró a la habitación un perro blanco precioso, de raza indefinida, que empezó a dar vueltas alrededor de la valija. Después de la cuarta vuelta, se sentó.

La sentada del perro provocó murmullos entre las autoridades. Tras una señal entró un policía nuevo; se notaba a la legua que era de categoría superior, porque parecía más enojado que los otros. «Debemos proceder a la apertura de su equipaje», me dijo; «hay evidencia de sustancias ilegales en su interior».

Me pregunté si siempre diría esa frase del mismo modo. «¿Está de acuerdo?». Le dije que sí. «Póngalo por escrito, mirando hacia allí mientras firma». Me dio un papel y me señaló una cámara de vigilancia en la punta de la habitación.

Miré la cámara con un gesto que hacía Carlitos Balá cuando se veía sorprendido y firmé. Los otros tres policías empezaron a abrir la valija.

«No deje de mirar», me dijo el superior. Yo no pestañeaba. «¿De qué color son los taxis en Roma?», me preguntó. Le dije que no tenía idea. «¿Usted no es italiano?». «Tengo pasaporte italiano, pero vivo en Barcelona». «¿Qué distancia hay entre Barcelona y Madrid?». «Seiscientos kilómetros, ¿por qué?». «¿De qué color son los taxis en Barcelona?». «Amarillos y negros.»

Entendí que me estaba haciendo preguntas para descubrir si mi pasaporte era falso, o si yo no era quien decía ser. «¿A qué vino a Perú?». «A dar una charla, soy escritor». Mi maleta estaba por fin abierta. Me dieron vergüenza mis calzoncillos.

Los tres policías hicieron entrar a un segundo perro, este era negro y parecía cansado de su rutina. El animal dio solamente tres vueltas alrededor de mi valija y se puso muy frenético con un grupo de camisetas sucias. Movió la cola un par de veces y se sentó, inmóvil. Los murmullos de los uniformados eran éxtasis puro. Dos hablaron entre ellos, un tercero le hizo una señal breve a alguien detrás de la puerta.

Entró un tercer policía, de jerarquía infinitamente superior a todos los demás. El nuevo tenía canas en las sienes, galones en la charretera y la piel curtida por mil batallas. Daba miedo. Yo pensé: «Este sí, definitivamente, me coge». El nuevo funcionario me miró de arriba abajo con desprecio. «Vamos a tener que revisar su maleta», me dijo. Respondí que no tenía ningún problema.

Los cuatro policías de menor rango empezaron a sacar la ropa y a revisar los bolsillos, a mirar las páginas de los libros que me habían regalado y a hurgar en los instrumentos musicales que eran regalos para mi hija. Esto fue lo peor: perforaron la quena, destrozaron la bandurria, rasgaron la zampoña y abollaron el pututu.

Pero no encontraron nada ilegal por ninguna parte.

«¿Usted consume drogas?», me preguntó decepcionado el comandante canoso. «Todo el tiempo», le dije. Me miró muy serio y levantó una ceja. «¿Consumió drogas estando en territorio peruano?». «Sin parar», le contesté. Al policía superior no le gustaba mi sinceridad.

«¿Trajo sustancias ilegales al Perú?». Le dije que no, que me gustaba fumar pero que no estaba loco. «¿Quién le proporcionó drogas en territorio peruano?». Estuve a punto de nombrar a Julio, pero había sido un gran anfitrión y no merecía ser delatado. «Un señor alto con los ojos achinados», le dije, «nunca le pregunté el nombre».

Los policías de mayor rango se fueron uno a uno de la habitación, junto con sus perros amaestrados. Parecían tristes, como si les hubieran quitado un juguete. ¿Les pagarían una comisión cada vez que encontraban un perejil?

Dos funcionarios se quedaron arrodillados junto a mi maleta, poniendo todo en su lugar, mientras que el primer policía, el que me había traído, me agarró otra vez del brazo y me llevó escaleras arriba.

«¿Pierdo el avión?», le pregunté. «No señor, el vuelo aún lo esta esperando». Me sentí un gordo importante.

Desandamos los pasillos y dejamos atrás el subsuelo. El policía que me llevaba parecía más relajado, creo que fue el único que siempre confió en mi inocencia. En menos de diez minutos me dejó otra vez con la azafata, al pie del avión, y se despidió de mí con un consejo. «Recuerde, señor», me dijo antes de soltarme: «al llegar a su casa lave muy bien su maleta».

Le respondí que tenía pensado hacerlo.

Hernán Casciari
jueves 13 de marzo, 2014


Protocolo en el subsuelo

por Hernán Casciari

Hace un tiempo me invitaron a Lima para dar una charla. Justo antes de volver a casa, en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, unos policías muy enojados me llevaron a la rastra a un subsuelo, me pusieron las manos contra la pared, me abrieron las piernas, rompieron una por una las artesanías que le llevaba de regalo a Nina y me hicieron pasar una eternidad maravillosa junto a dos perros amaestrados: uno blanco, el otro negro.

Al revés que sus dueños, los perros que huelen droga son inteligentes y dóciles. Yo jamás los había visto trabajar, por eso creía que los perros adiestrados, cuando huelen una maleta sospechosa, ladran fuerte. Y no es así en absoluto. El primer perro que olfateó mi valija se sentó y se quedó quieto. Esa es la señal del crimen: sentarse inmóviles.

Cuando ocurre esto, a los policías les brillan los ojos y se ponen contentos. Si tuvieran cola, la moverían. Les encanta que sus mascotas den la señal de alerta, porque eso significa que pueden iniciar el protocolo.

El protocolo de detención por drogas en el aeropuerto de Perú es alucinante de inicio a fin. Todo lo que ocurre va in crescendo: primero te detectan en la fila del embarque, después te alejan de la gente con delicadeza, enseguida te hacen bajar por escaleras que tienen cartel de «No pasar» y, cuando ya no hay testigos a la vista, te empiezan a hacer preguntas violentas mientras cruzás charcos y habitaciones.

Te aprietan el brazo, nunca dicen qué ocurre y, todo el tiempo, mientras caminás por pasillos desolados, tenés un solo pensamiento: «Acá me cogen». Yo tuve esta certeza un montón de veces mientras duró el protocolo: «Acá me ponen en cuatro y me cogen entre todos».

Seis días antes yo había llegado a Lima en un vuelo directo desde Madrid. Nunca había estado en la ciudad y tenía muchas ganas de conocerla. El hotel que me dieron estaba bien y el primer recibimiento feliz ocurrió por teléfono, cuando yo siquiera me había descalzado. «Hay alguien que quiere hablarle, le comunico», dijo la recepcionista.

Me quedé esperando el tono sentado en la cama. Supuse que serían los organizadores del evento, pero no. «Casciari», dijo una voz cavernosa del otro lado, «soy Julio Villanueva Chang, bienvenido a Perú. Supongo que necesitarás marihuana, ¿verdad?».

Me puso de buen humor escuchar la voz del director de Etiqueta Negra, la revista de crónica latinoamericana que más me gusta. Pero más feliz todavía me hizo sentir su anfitrionazgo elegante.

Recuerdo que pensé, después de colgar: «¿Por qué no soy así de generoso con los colegas drogones que vienen de visita a España?». Mi excusa fue al mismo tiempo chovinista y falsa: «Porque no soy español», me dije; «que les ofrezca porro la directora de JotDown». Y me sentí redimido.

Esa misma noche Julio Villanueva se acercó hasta mi hotel con una bolsa llena de porro aromático y suave. Armé uno y guardé el resto bien al fondo de mi valija, más abajo incluso que la ropa interior. Después me fui con Julio a caminar por Lima, una ciudad que siempre parece estar a punto de llover, pero en la que nunca llueve. Nunca es nunca.

Esa inminencia falsa de chaparrón es muy tentadora para el extranjero, porque todo el tiempo nos da la sensación de que está a punto de ocurrir algo húmedo. Para el limeño, en cambio, es una desgracia que los hunde en un pozo de locura, como la tortura china en la frente pero al revés: ellos esperan una gota que no aparece nunca.

Los siguientes cinco días fueron ajetreados. Lo que más me gusta de estar solo en los hoteles es que me siento el padre que mi hija querría tener, y el esposo que mi mujer hubiera preferido: me levanto temprano, me ducho por las mañanas y a diario, desayuno bien vestido alimentos de muchos colores y después salgo a la calle y soy sociable, hablo, sonrío, camino bajo el sol y me dejo llevar a hacer turismo.

Es una lástima que Cristina y Nina no puedan disfrutarme en ese estado, y en cambio deban verme en casa —los otros trescientos sesenta días del año— malhumorado, fotofóbico y roñoso.

Di la charla y la conferencia previstas, pero también fui a la televisión y me dejé maquillar, hablé de libros con un señor de anteojos, almorcé en todos los restaurantes que pusieron de moda la comida peruana en el mundo, tuve largas sobremesas con directores de revistas que hablaban sobre asuntos inteligentes y tuve la sensatez de quedarme callado.

Paseé por los mercadillos y le compré a Nina instrumentos musicales autóctonos, conocí a muchos lectores de Orsai en una fiesta que se alargó hasta que se hizo de día en la casa de un japonés que tenía pósters colgados de Spinetta y una cocaína muy conversadora, conocí a Paloma Reaño, que por esa época empezaba a hacer realidad lo que más tarde sería El Buensalvaje, una revista de literatura que ahora me llega cada mes a casa y me recuerda aquellas noches de Lima en que su proyecto empezaba a tomar forma.

A cada paso que daba en la ciudad, a cada actividad de mi agenda, la precedía una rutina idéntica: por la mañana me duchaba, desayunaba y sacaba de la bolsa un poco de porro aromático y suave; me lo metía en un bolsillo y dejaba el resto de la bolsa en la maleta, bajo la ropa interior limpia.

Lo hice así todos los días hasta el último, en que se acabó el porro y tiré la bolsa vacía al inodoro. El regalo duró exactamente mi estancia en Perú: hasta en eso Julio Villanueva había sido previsor; gracias a él encaré todas mis tareas en Lima —charlas, conferencias, entrevistas— con una predisposición aromática, suave y risueña.

Perdí la sonrisa cuando, ya a punto de embarcar de regreso a Barcelona, sentí con nitidez que un funcionario uniformado le decía mi nombre a la azafata del vuelo. No escuché la frase completa, solo mi nombre y mi apellido exactos, pero la actitud del guarda aeroportuario era obvia.

Dijo algo así como: «Cuando aparezca por aquí me avisas». No le di tiempo: salí de la fila y llamé al funcionario yo mismo, con un gesto. Él se acercó: «¿Dígame, señor?». «Escuché que decías mi nombre», le contesté. «Soy Hernán Casciari», y le mostré mi pasaporte abierto en la foto.

En un primer momento de ingenuidad pensé que me había olvidado algo en el hotel y que me buscaban para devolvérmelo. Entendí que no era tan simple cuando el policía, sorprendido de que me entregara sin resistencia, llamó a dos compañeros y me hizo poner los brazos como un espantapájaros para cachearme.

Recién entonces intuí, con toda la certeza del mundo, que el tema venía por la valija que había facturado media hora antes y que estaba en la bodega del avión. Mi lucidez fue inmediata: los perros habían olfateado el aroma persistente de una bolsa de marihuana que ya no existía.

Saber esto me fascinó. Quiero decir: saberme inocente y limpio me pareció una bendición, porque supe que todo lo que iba a pasarme no estaría teñido por el miedo a quedar preso, sino por la deformación profesional del periodista.

¿A dónde me llevarán?, ¿qué me harán?, ¿en qué momento descubrirán que fue un error?, ¿me darán fuertemente por el culo?, ¿el avión me esperará o tendrán que darme otro vuelo?, ¿me pedirán disculpas?, ¿conoceré a los perros?

Mientras los tres policías me agarraban de un brazo y me sacaban de la parte visible del aeropuerto, tuve una sensación placentera que suele darse en ciertas pesadillas, cuando uno descubre que está soñando y lo que ocurre ya no produce miedo sino curiosidad viciosa.

Me hicieron bajar varias escaleras, y en cada descenso la decoración pasaba de buena a regular, de roñosa a mugrienta, y de pésima a cochambrosa. «¿Lleva algún encargo?», me preguntó durante la caminata el único policía que me hablaba. Le respondí que no. «¿Está seguro?». Le respondí que sí, que estaba seguro, y le pregunté a dónde me llevaban. «Tenemos que abrir su maleta, señor, usted debe estar presente».

Llegamos a un sucucho infame, de tres por tres, iluminado por un fluorescente pálido. En medio de la escena, como una diva gorda de otros tiempos: mi valija precintada.

Me pusieron contra la pared y me dijeron que debía mirar fijamente la maleta. La miré como un prehistórico mira el fuego. El policía hizo una seña y entró a la habitación un perro blanco precioso, de raza indefinida, que empezó a dar vueltas alrededor de la valija. Después de la cuarta vuelta, se sentó.

La sentada del perro provocó murmullos entre las autoridades. Tras una señal entró un policía nuevo; se notaba a la legua que era de categoría superior, porque parecía más enojado que los otros. «Debemos proceder a la apertura de su equipaje», me dijo; «hay evidencia de sustancias ilegales en su interior».

Me pregunté si siempre diría esa frase del mismo modo. «¿Está de acuerdo?». Le dije que sí. «Póngalo por escrito, mirando hacia allí mientras firma». Me dio un papel y me señaló una cámara de vigilancia en la punta de la habitación.

Miré la cámara con un gesto que hacía Carlitos Balá cuando se veía sorprendido y firmé. Los otros tres policías empezaron a abrir la valija.

«No deje de mirar», me dijo el superior. Yo no pestañeaba. «¿De qué color son los taxis en Roma?», me preguntó. Le dije que no tenía idea. «¿Usted no es italiano?». «Tengo pasaporte italiano, pero vivo en Barcelona». «¿Qué distancia hay entre Barcelona y Madrid?». «Seiscientos kilómetros, ¿por qué?». «¿De qué color son los taxis en Barcelona?». «Amarillos y negros.»

Entendí que me estaba haciendo preguntas para descubrir si mi pasaporte era falso, o si yo no era quien decía ser. «¿A qué vino a Perú?». «A dar una charla, soy escritor». Mi maleta estaba por fin abierta. Me dieron vergüenza mis calzoncillos.

Los tres policías hicieron entrar a un segundo perro, este era negro y parecía cansado de su rutina. El animal dio solamente tres vueltas alrededor de mi valija y se puso muy frenético con un grupo de camisetas sucias. Movió la cola un par de veces y se sentó, inmóvil. Los murmullos de los uniformados eran éxtasis puro. Dos hablaron entre ellos, un tercero le hizo una señal breve a alguien detrás de la puerta.

Entró un tercer policía, de jerarquía infinitamente superior a todos los demás. El nuevo tenía canas en las sienes, galones en la charretera y la piel curtida por mil batallas. Daba miedo. Yo pensé: «Este sí, definitivamente, me coge». El nuevo funcionario me miró de arriba abajo con desprecio. «Vamos a tener que revisar su maleta», me dijo. Respondí que no tenía ningún problema.

Los cuatro policías de menor rango empezaron a sacar la ropa y a revisar los bolsillos, a mirar las páginas de los libros que me habían regalado y a hurgar en los instrumentos musicales que eran regalos para mi hija. Esto fue lo peor: perforaron la quena, destrozaron la bandurria, rasgaron la zampoña y abollaron el pututu.

Pero no encontraron nada ilegal por ninguna parte.

«¿Usted consume drogas?», me preguntó decepcionado el comandante canoso. «Todo el tiempo», le dije. Me miró muy serio y levantó una ceja. «¿Consumió drogas estando en territorio peruano?». «Sin parar», le contesté. Al policía superior no le gustaba mi sinceridad.

«¿Trajo sustancias ilegales al Perú?». Le dije que no, que me gustaba fumar pero que no estaba loco. «¿Quién le proporcionó drogas en territorio peruano?». Estuve a punto de nombrar a Julio, pero había sido un gran anfitrión y no merecía ser delatado. «Un señor alto con los ojos achinados», le dije, «nunca le pregunté el nombre».

Los policías de mayor rango se fueron uno a uno de la habitación, junto con sus perros amaestrados. Parecían tristes, como si les hubieran quitado un juguete. ¿Les pagarían una comisión cada vez que encontraban un perejil?

Dos funcionarios se quedaron arrodillados junto a mi maleta, poniendo todo en su lugar, mientras que el primer policía, el que me había traído, me agarró otra vez del brazo y me llevó escaleras arriba.

«¿Pierdo el avión?», le pregunté. «No señor, el vuelo aún lo esta esperando». Me sentí un gordo importante.

Desandamos los pasillos y dejamos atrás el subsuelo. El policía que me llevaba parecía más relajado, creo que fue el único que siempre confió en mi inocencia. En menos de diez minutos me dejó otra vez con la azafata, al pie del avión, y se despidió de mí con un consejo. «Recuerde, señor», me dijo antes de soltarme: «al llegar a su casa lave muy bien su maleta».

Le respondí que tenía pensado hacerlo.

Hernán Casciari
jueves 13 de marzo, 2014


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro Messi es un perro y otros cuentos, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


  Pucheta
11/12/2014 a las 18:52
Me pasó lo mismo en el aeropuerto de Camboriú. Dos dias antes de viajar a mis esperadas primeras vacaciones en Brasil, me corté el tendón de Aquiles jugando a la pelota y solamente pude viajar enyesado hasta la ingle. Los canas en Brasil habrán pensado que mi yeso era de merca. Pero estaba tan tranquilo que recorrer esos pasillos me hizo sentir lo mismo que vos. Lindo Florianópolis, aunque no me pude meter al agua...
 pichuco patane
13/09/2014 a las 02:58
me imagino que uno de los canas agarra la bandurria, otro la zampoña, otro el pututu y que empiezan a tocar acompasadamente la marcha peronista, y despues uno te dice: es una joda pelotudo!
 Maximiliano
05/06/2014 a las 05:12
Tuve que googlear los nombres de los instrumentos para verificar que no los habías inventado expresamente y me cagaste.
 Alan Alexander Parera Diaz
01/05/2014 a las 05:24
Jajaja me encanto!
  ilvin
26/04/2014 a las 16:28
Más o menos lo mismo le pasó a un amigo en un aeropuerto turco. Pero fue porque su perra durmió la noche anterior al viaje, en su valija abierta. Cuidadín.
19/04/2014 a las 23:06
¿qué es el pututu?
30/03/2014 a las 19:31
Excelente
 Alica
20/03/2014 a las 22:08
Genial leerte de nuevo.Se extrañan tus relatos.Ni que decir de la Orsai.
Saludos.
19/03/2014 a las 11:39
"Así es mi Lima querida, alegre y jaranera" dice el vals. De ser cierto , experiencia inolvidable.
19/03/2014 a las 01:50
«Este sí, definitivamente, me coge» Jjajajja!
 Fernández
19/03/2014 a las 01:06
Agradecido caballero Hernán, haber sido recibido en forma eficiente por su protocolo; el cual, aún que automático, no deja de ser preferible a cualquier otro ejecutado personalmente, en carne viva digamos, pero muchas veces molesto y desagradable por lo deficiente; como suele darse reiteradamente en la vida social.
No sé de la etapa anterior pero parece, que ha comenzado usted una nueva. En fin, la vida es larga para recorrerla de un solo impulso y como cualquier persona comprende, hay que irse acomodando.
He llegado hasta su blog, por la sugerencia del caballero Podetti; hoy con un clic, se llega a cualquier parte.
Pero vayamos al comentario, que es lo que cuenta en este asunto de los blogs interactivos que dan tanto entretenimiento y ayudan a conocer gente.
En este país han metido preso a casi todo el mundo. Quién no ha estado, aún sin motivo, sometido al arbitrio autoritario de alguna fuerza armada. A mí también, como a muchos, me ha tocado, en varios ocasiones.
Ahora, siempre que ocurrió temí por el mal trato, inclusive los golpes, el robo, pero nunca le digo, pensé que podrían violarme.
Muy personal lo suyo, aunque claro, a ese nivel no conozco; mucho menos a los peruanos. Existe en Perú una cárcel famosa por lo perversa: Lurigancho.
Violar pasajeros en los aeropuertos no he escuchado. También está el asunto de la droga, tal vez se pierda con el consumo continuo el sentido real de las cosas.
Un gusto, departir sobre sus experiencias, caballero Hernán Casciari.
15/04/2014 a las 17:10
caballero Podetti? esteban?
 Emi
17/03/2014 a las 19:56
Claramente es un invento para justificar que no le compró ningún regalo en Perú a la Nina. Tanto porro, que se olvidó.
 Jorge Güemes Heras
17/03/2014 a las 19:45
¿No te habrás inventado esta historia porque se te olvidó llevar algo a las chicas?
 Pepe
17/03/2014 a las 17:38
Que pena Hernán que te hayas llevado esa mala experiencia de mi país y que te hayas quedado con las ganas de que te cojan multitudinariamente nuestras fuerzas del orden.
 Guido Carricato
17/03/2014 a las 01:43
Que alegría volver a leerte!! Gran entrada!!! Felicitaciones y gracias!
 Jesús Rubio
16/03/2014 a las 20:40
Yo hubiese estado re contra cagado en las patas!
16/03/2014 a las 06:33
PRI en desearte Feliz cumpleaños!!! En el subsuelo el protocolo es diferente. Beso enorme.
 Alicia Haydeé Ramírez
16/03/2014 a las 00:56
Grande Gordo!! Qué placer leerte.
 turu
15/03/2014 a las 17:36
algo traía entre manos. algo que me mostraba imágenes del cuento, pero ideas diferentes. 10 años atrás. tanto el interrogatorio, como el olfateo hacen espejo de lo milíca que es mi vieja.
 Jhordan PLG
15/03/2014 a las 05:33
Estuviste en Lima y yo ni enterado!, deberías tener algun link dentro de Orsai donde puedas colocar tus próximos viajes de trabajo, así estaríamos al tanto y podríamos tener la oportunidad de conocerte en alguna de tus reuniones (para bien o para mal) en la ciudad que tenga el gusto (para nosotros) y el disgusto (para los policías de aeropuerto) de tenerte por unos días.
Hace un tiempo trabajé en una exportadora de minerales y siempre aparecía uno de esos perros para buscar alguna sustancia ilegal en los contenedores que salian al puerto, había uno que era el más engreído por todos los de la chamba, se llamaba chechitar y la leyenda decía que se podía terminar un kilometro de coca sin problemas, lindo perro y amigable. Será cierto que los convierten en"adictos"?, bueno, como sea, siempre un gusto leerte.
Tema aparte nadie se ofreció a ser distribuidor de la revista en Lima?
 OLIVEIRA
15/03/2014 a las 03:29
Muy buen relato como casi todos Hernan, ojalá Bonsai te deje tiempo para seguir deleitándonos seguidito.
Consulta general habrá algún distribuidor o lector que tenga una N5 de sobra, es la única que me falta del 2do año y no voy a comprar todo el pack por esa sola... Además no me da el cuero
Gracias desde ya!
 Pedro Otero
15/03/2014 a las 01:45
Que lindo remedio para la saudade de Orsai encontrar una de policías con la oreja mojada. Un abrazo empipado.
 Daniel Subauste
14/03/2014 a las 23:41
Quiero felicitar al autor. Me parece un texto realmente exquisito. Definitivamente esas historias de terror las vivimos día a día.
 Corina Do
14/03/2014 a las 23:00
Una noche en Perú, la policía de Mancora nos encontró una pequeña tuca a mí y ami novio cuando estábamos en la playa. La pasamos verdaderamente mal! Primero, se acercaron dos pibes que vestían jeans, remera y gorrita, de los que pensé que venían a pedir una seca. "Comando antidrogas", nos dijeron. No sabíamos si era una joda o si querían robarnos; hasta que nos mostraron un arma, cuestión que la duda ya no tenía sentido. Hicieron un rato del "bueno y el malo", entre amenazas de quedar detenidos, pagar fianzas extraordinarias, etc. etc. Para cercenar nuestras nuestras dudas, les dijimos que si en verdad eran policias, pues que traigan un patrullero. Y para qué! Ahí vino una camioneta con ocho canas sacados, que nos subieron y nos dieron un paseíto por todo el puebl - incluidos sus suburbio- en búsqueda de cajeros automáticos; pues no teníamos efectivo. Ocho monos armados que les gritaban guasadas a las mujeres en la calle, se peleaban con los camioneros por el control de la calles.. en fin.... unos lúmpenes tremendos. Por suerte, era fin de semana y los cajeros estaban vacíos. Nos sacaron hasta las moneditas de dolar que nos sobraron de Ecuador (que los bancos, ni nadie, te las cambia por pesos!). En fin, ojo con el porro en Perú!
 Mr. Bumby
14/03/2014 a las 20:06
Gordo, te escribe el desfasado. Imprimí absolutamente todo el bolg...2004 a 2014, los 10 años. El de la librería está rumbo a Punta Cana con lo que me cobro, pero vale la pena... terminé el 2004, así que feliz año! Que tengas un gran 2005 !!
Esto es como cuando Roberto veía los partidos de Racing en diferido ! (si se te ocurra adelantarme nada gordo!)
Abrazo
20/03/2014 a las 18:14
el que te adelanta es su tataranieto wuong...
14/03/2014 a las 17:45
Historias de Fumones y Policias, creo que se podría hacer una biblia de esto! PRI (mera vez que escribo en un blog. Lo lograste Hernan)
14/03/2014 a las 16:08
Muy bueno... me reí pila en una reunión aburrida, mientras leía esto en lugar de prestar atención!
14/03/2014 a las 15:24
se me viene a la cabeza una imagen de petronilo rodeado de canas turcos como en Expreso de medianoche y el chabon con el saco a cuadros levantando las manos y diciendo "Casciari, pegá la vuelta. Perú te queda chico, comprá dos números más"
14/03/2014 a las 16:02
Gracioso, me gustó.
17/03/2014 a las 19:46
gracias por el cumplido...
Feliz cumpleaños Hernán!!!
  Una ET en España
14/03/2014 a las 14:01
¡¡¡DIOS MÍO!! ¿¡TE DETUVIERON EN PERÚ!? A mí en España, y casi casi fue un lujo, hasta me dio pena q me liberaran. Está tan bien contada esta historia que también me dio pena que te liberaran a vos, ¡lo que hubieran sido tus historias desde la carcel peruana!
 fede o
14/03/2014 a las 13:31
qué bueno leerte así de nuevo, hernán!
tengo entendido que es "in crescendo", separado.
abrazo!
14/03/2014 a las 16:01
Gracias Fede, corregido!
 fede o
14/03/2014 a las 16:48
si no es un abuso... en qué país se "facturan" valijas? acá se despachan
 Aarón Blanco
14/03/2014 a las 13:06
Buenísima la histotria, buenísima... y la marihuana de Perú, que rica que está, ¿verdad que es suavecita y rica? Mmmmm.

¿Cómo llego a codearme entre los artistas de Lima?

Lo de la humedad y la ausencia de lluvia es tal y como lo cuentas, no hay ni alcantarillas en la ciudad, la sensación es bochornosa todo el día y, como dices, eso infiere un estado de ligera locura mental muy interesante para estar todo el día en marcha, yendo y viniendo. Uno de los fenómenos que más influyen en esa nebilna baja que no descarga es la corriente de Humbold, la misma que hace que Atacama sea un desierto tan árido pero teniendo una altísima humedad ambiental.

Extraño lima carajo!

Un día habré de contar cuando fuí yo con seis indios de Pucalpa y mi compañera en un taxi fumando porro.
 diego
14/03/2014 a las 12:56
Me parece que el gran error Hernán, fué poner la bolsita debajo de los calzoncillos limpios, si era debajo de los usados capaz que el perro terminaba con convulsiones y aullando en lugar de mandarte en cana !!!
 WWW...
14/03/2014 a las 12:14
Se echaban de menos estas historietas. Genial!
 Jou!
14/03/2014 a las 12:00
Aaah! Qué maravilla volver a leerte!
14/03/2014 a las 11:34
Perdón, se me fué el dedo mientras le daba al me gusta del facebook que abre una ventana de tamaño tal, que coincide con el boton de "publicar comentario"
14/03/2014 a las 11:01
Los aeropuertos a menudo dejan este tipo de historias, y qué tranquilo va uno cuando no lleva nada. A mí en Amsterdam también me montaron un pollo porque llevaba unas barritas de "droga". Yo intenté explicarles a los policías que me atendían amablemente que las barritas no eran de droga, sino de regaliz, pero no me entendían. Para hacerme comprender les dije que en mi país lo comían los niños. The children?? Exclamó una escandalizado. Quise calmarle invitándole a probarlo, pero solo conseguí empeorar la situación. Menos mal que al final los convencí, no sé cómo, y me dejaron pasar sin problema.
  Una ET en España
14/03/2014 a las 14:03
La primera vez que probé regaliz en españa, fue como el primer cigarrillo, me dio tanto asco que no pude volver a probarlo
 Julián Girardin
17/03/2014 a las 00:39
Si, igual que el tabaco, el regaliz solo puede gustarte si lo probas una segunda vez. Igual que el Fernet.
14/03/2014 a las 10:30
Anoche leí el post, comenté y me fuí a dormir.
Pero no podia conciliar el sueño del todo. Había algo en lo que había leído que no me cerraba. Y no me daba cuenta de qué (ya se que no se dice “de qué” pero me gusta más.

Como Monk intentando descubrir el asesino de su mujer, daba vueltas y vueltas hasta que me dormí.
Y esta mañana Zaz! Todo encajó y surgió la pregunta:
Si ponías el porro al fondo de la maleta, abajo de los calzoncillos limpios, el último que te pusiste ese día fué el que estaba más cerca de la bolista de hierba dulce. ¿Me querés decir cómo hiciste para que no te cogiera con el hocico uno de esos mastines entrenados?
 Julián Girardin
17/03/2014 a las 00:42
(hay casos en que el "de que" esta perfecto, este caso me parece que no)
 Titita Caquel
14/03/2014 a las 10:14
Ay, que gustito para mis ojos leerte!
 Changuito!
14/03/2014 a las 03:11
Che y vos qué sabes como los neandertales miraban el fuego eh? Después nosotros tenemos que andas desmitificando caramba!
14/03/2014 a las 15:58
Lo miraban fijo, con cara de magia. Lo sabe todo el mundo.
 Esteban
14/03/2014 a las 01:17
por fin volviste gordito!!!
 paloma reaño
14/03/2014 a las 00:56
recordar es volver a vivir, querido!! En serio vienes en junio?
  Una ET en España
14/03/2014 a las 14:04
Por si acaso no te acerques mucho, a ver si te pega el olor
 javi
14/03/2014 a las 00:16
que este carlitos bala en el relato,le da un tinte apoteótico..gracias gordo..siempre es un placer leerte
14/03/2014 a las 00:17
ea ea apepé!
 El Toro
14/03/2014 a las 00:09
Volvió el Gordo, alegría inconmensurable!!!
  Leonardo I
13/03/2014 a las 23:50
Mientras leía el relato no dejé de pensar ni un minuto en mi primer y único viaje a Estados Unidos cuando me quitaron el cuarto de coca de coquiar que llevaba para sobrevivir 2 meses ahí, para pior de los casos había un compadre con mi mismo nombre que tenía pedido de captura internacional o al menos eso me dijeron, aunque al gordo de los Huayras le dijeron lo mismo cuando me copio la aventura.
 martinianon
13/03/2014 a las 23:35
Como lo mandaste en cana a Julio! Sos un amigo...
13/03/2014 a las 23:21
Se me congeló un poco la sangre al leer.
Pocas cosas me dan mas miedo que la policía latinoamerica, especialmente después de llegar por pasillos con charcos a sucuchos infames.
Me parece más dificil que sacarse la 11 que el sucucho haya tenido una cámara, que haya estado encendida y que los funcionarios de la fuerza publica peruana hayan tolerado la frustración de no encontrar mas que el olor. Y que se hayan aguantado las ganas de apagar la cámara y poner en marcha el protocolo B.
La 11 y el quini juntos.
14/03/2014 a las 00:18
Tenés que confiar más en las autoridades de Latinoamérica.
13/03/2014 a las 23:05
Menos mal que todo salió bien. Me imagino cómo te mirarían los pasajeros que estaban en el avión sentaditos esperando...
Por suerte no te vamos a ver por este tema en Discovery (Preso en el extranjero).
  A. Follower
13/03/2014 a las 22:46
¿Te indemnizaron por los instrumentos que rompieron?
14/03/2014 a las 00:19
No. Desde ese, día en casa cantamos a capella.
14/03/2014 a las 06:04
acomodáme este comentario...
13/03/2014 a las 22:36
http://buensalvaje.com/portada/buensalvaje-9/

Casciari en El Buen Salvaje
13/03/2014 a las 22:35
Me encanta que escribieras "sucucho infame". Yo lo uso a menudo pero me siento arcaica.
13/03/2014 a las 21:53
que placer la puta madre, creo que uno de los mas grandes de la vida, cagar a estos perros de presa. Eso sí hay que admitir que eran honestos, que no es poco, anda a saber que suerte hubieses corrido con otros milicos de otra nacionaliodad. Chapó por el relato. Sos un caso perdido jajaj
13/03/2014 a las 21:43
es bueno saber estas cosas para que no le pasen a uno, "educando al drogon de viaje" por Hernan casciari
 NikoDeBruno
13/03/2014 a las 21:35
"Me dieron vergüenza mis calzoncillos." Slip, boxer o hilo dental, robusto?
14/03/2014 a las 00:19
Carpas del Circo Rhodas.
  Una ET en España
14/03/2014 a las 14:07
yo tuve un novio que una vez llegó a casa, con un calzoncillo que le cubría un solo glúteo; el toro era solo un agujero. Cuando se lo reproché me dijo "¡pero si están limpios!"
  Una ET en España
14/03/2014 a las 14:07
otro, no toro
13/03/2014 a las 21:28
A mí también me dan vergüenza mis calzoncillos.
13/03/2014 a las 21:14
Muy buen relato, la próxima vez busca otro escondite para la maría.
 Manuel Cárdenas Iberico
13/03/2014 a las 20:52
Definitivamente fue memorable la noche de la cocaína conversadora. Sobre Lima la gris...este verano limeño nos ha traído sorpresas climáticas con soles radiantes, date una vuelta. Un gran abrazo Casciari.
13/03/2014 a las 21:03
Creo que estaré por allá otra vez en junio. Abrazo!
 Carlos Vazquez
13/03/2014 a las 21:11
¿Ves, señor Hernán?
 Manuel Cárdenas Iberico
13/03/2014 a las 21:42
Genial! No dejes de avisar.
 Jhordan PLG
15/03/2014 a las 05:39
Correcto! Y si traes algunos libros y revistas mucho mejor!
13/03/2014 a las 20:40
¿Y lavaste la maleta?
13/03/2014 a las 20:43
Con detergente de la marca Woolite.
 dani22v
13/03/2014 a las 20:40
Quiero esa comida en esos lugares...y a Julio!!!
Y a vos tambien gordito drogon!!
Abrazo
13/03/2014 a las 20:45
¡Ahhh, el ceviche! ¡Ohhh, el anticucho!
13/03/2014 a las 21:29
¡Tacu-Tacu! YEAHHH!!!
13/03/2014 a las 22:32
anticucho de corazón, y pisco sour, mucho pisco sour!
 diego
13/03/2014 a las 20:16
Por lo que contás esta entrada bien podría haberse llamado "Proctólogo en el subsuelo"
13/03/2014 a las 20:44
Estuvo a un dedo de llamarse así.
 diego
13/03/2014 a las 20:46
o a un "culito" de llamarse así
  Maxi en Bermudas
13/03/2014 a las 20:15
Menos mal que ninguno de ellos atinó a ponerse guante de látex y agarrar el pote de vaselina mientras bajaban los escalones... El "acá me cogen" se podría haber llegado a poner aun más escatalógico! Muy buena la historia Hernán, andaba necesitando una carcajada. Saludos!
 ceci
13/03/2014 a las 20:10
"¿conoceré a los perros?" jajajaja me tenté
13/03/2014 a las 19:56
Me dió ganas de estar con predisposición aromática, suave y risueña.
 Jhordan PLG
15/03/2014 a las 05:36
Creo que es la mejor frase del post jaja
 carlos fabian gomez
13/03/2014 a las 19:38
Hijos de puta! Y lo que te rompieron en la requisa quien te lo garpa?. Billy Casciari Hayes!
13/03/2014 a las 19:55
No me quise quedar a preguntar.
13/03/2014 a las 19:34
Quisiera estar presente cuando Nina, a sus 15 o 16 años, lea tus andanzas de cocaina y otros. El porro no, porque ya va a ser legal en todos lados gracias a la experiencia uruguaya (?)
13/03/2014 a las 19:36
Nina ya lee TODO lo que escribo, no le hace falta llegar a los quince.
13/03/2014 a las 19:33
Y ahora que me fijo bien el título del post no es "Proctólogo en el Subsuelo".
 diego
13/03/2014 a las 20:16
pensé lo mismo Rogelio
 GoodKikin
13/03/2014 a las 19:32
Y cuando fue eso Hernán? espero que la hallas pasado bien.
13/03/2014 a las 19:33
Esto pasó en mayo de 2012, y la pasé MUY bien por allá.
13/03/2014 a las 19:32
Te pagaron la quena, la bandurria, la zampoña y el pututu?
13/03/2014 a las 19:33
El pututu no.
13/03/2014 a las 19:35
Menos mal que no te hicieron soplar la quena
13/03/2014 a las 19:37
Pero me rompieron la bandurria.
13/03/2014 a las 20:06
Ah, iba a poner eso mismo. Que joda. Bueno, lección aprendida, dejar la bolsita en la caja de seguridad del hotel la próxima vez.
13/03/2014 a las 22:10
¡Qué buena aventura! En esta parte estallé. Espero que Nina hoy tenga su pututu.
13/03/2014 a las 19:32
Estoy carcajeando (y sin porro). ¡Sos grande, Gordo! Pobre Nina, se quedó sin regalos peruanos...
13/03/2014 a las 19:30
Ahora que ya leí el post, tuviste suerte que no te sembraran algo (creo que por eso ahora lo hacen todo ante cámara), pues hubieras sido una sabrosa noticia. Espero que no te hayan malogrado la impresión que hayas llevado de Lima, pero tienes que entenderlos, el primer vestigio que tienen es el olfato de los perros, es su trabajo.
13/03/2014 a las 19:32
Y ahora ya sé que los libros que te regalé terminaron impregnados en olor de Porro (como a Sofocleto le hubiera gustado).
13/03/2014 a las 19:35
La pasé genial, Rogelio. Uno de los libros que me regalaste tenía el plástico puesto y los policías lo rompieron para ver qué había dentro.
13/03/2014 a las 19:30
Locoooo.....están a la pesca!
13/03/2014 a las 19:28
¡Qué lindo leerte, che!
 Chuletapelada
13/03/2014 a las 19:28
Muy bueno! Se extrañaban estas crónicas porrísticas
 Ponzo
13/03/2014 a las 19:27
Que buen anfitrión Julio. Q lástima no tenías una ziplock, aunque no tanto porque hoy no estaríamos leyendo esto.
13/03/2014 a las 19:26
Hernán, después de Encarcelados (el programa de La Sexta), ¿no te dio miedito esta situación? Imaginate en una de esas cárceles, por dióoooo...
13/03/2014 a las 19:26
Muy bueno! Me enganche como en los viejos tiempos!
Grande gordo!
13/03/2014 a las 19:20
Entró un tercer policía / tilde
13/03/2014 a las 19:22
Gracias, corregido!
 Fabiola López Barbero
13/03/2014 a las 19:20
top 15!!
13/03/2014 a las 19:20
Imposible leer a esta hora.
13/03/2014 a las 19:23
Guardálo para después.
18/03/2014 a las 12:37
Leído!
«No señor, el vuelo aún lo esta esperando». Falta tilde en "está".
Atendeme esta observación
Saludos!
13/03/2014 a las 19:18
Llegué tarde al Pri por culpa del caballo.
 Sandivar
13/03/2014 a las 19:14
Top 15!!! =D
13/03/2014 a las 19:10
Qué bueno que vuelvas a escribir.
13/03/2014 a las 21:47
posta que sí... gracias, gordo!
 Rulo
13/03/2014 a las 19:03
Top Ten? para mi es un golazo
13/03/2014 a las 19:01
como puede ser???
Estaba dandole al F5 y nada y de golpe ya hay 13 comentarios....naaaaaaaa
 Batwke
13/03/2014 a las 19:00
Imposible... :-/
 Rafa B
13/03/2014 a las 18:59
Casi
13/03/2014 a las 18:59
PRI!!!
13/03/2014 a las 18:59
Bueno... Top 5!!! :o)
13/03/2014 a las 19:21
Bueno, resta un poco nomas.
 yosola
13/03/2014 a las 18:59
Top 5
 Danny Puente Proaño
13/03/2014 a las 18:59
Carajo!
13/03/2014 a las 18:58
Perú!
13/03/2014 a las 19:24
La base de datos dice que Pablo César te ganó por 16 milésimas.
13/03/2014 a las 19:24
Y eso porque avisaste por Twitter... ;)
13/03/2014 a las 19:25
Me siento Usain Bolt.
13/03/2014 a las 19:27
Igual lo claro es que los dos estamos mal de la cabeza.
13/03/2014 a las 18:58
Pri
13/03/2014 a las 18:58
Jejeje!
13/03/2014 a las 18:59
En tu cara, Blake.
13/03/2014 a las 18:59
¿Ahora no va a reclamar sobre el reglamento?
13/03/2014 a las 18:59
qué ojete...
13/03/2014 a las 19:01
A llorar a la iglesia.
13/03/2014 a las 19:04
Como se agranda, eh!
13/03/2014 a las 19:16
ahora ponete a laburar, mambrú!
13/03/2014 a las 19:00
Ah, Chori, para vos también :P
13/03/2014 a las 19:20
Felicitaciones!
13/03/2014 a las 19:23
Gracias, gracias.