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Historias
martes 6 de mayo, 2008

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Historias
martes 6 de mayo, 2008

Ropa sucia

Ya de entrada caí mal parado. Vine al mundo justo el año en que todos éramos más pobres que de costumbre, cuando hasta los ricos y los catinga estaban también con hambre. A esa época después la iban a bautizar como el tiempo del quita y pon. Nací justo el año que el Gobierno mantuvo a la gente ocupada con el azadón para evitar los alborotos. Todos hacían trabajo inútil: los cabeza de familia, sus mujeres, y los hijos de ocho en adelante. Yo no hacía esos trabajos porque estaba recién nacido.

Mi papá y mis hermanos grandes, junto con otra mucha gente, salían por la mañana a poner baldosones de pasto en la plaza: le pagaban a cada uno cien sanmartines la media jornada. Cien sanmartines era el pan del día, o quince bambú sin filtro. Por la tarde, las mujeres y los críos estaban empleados para quitar de la plaza el pasto que habían puesto los hombres; debían echarlos en los canastos, a cincuenta sanmartines por tarde. Eran los mismos terrones manoseados que la otra mitad del pueblo colocaría de nuevo desde el día siguiente. Así una y otra vez.

El hermano que venía antes que yo iba a llamarse Gracián Galíndez, porque ya estaba planeado que llegase un 12 de agosto, que es san Gracián; pero nació muerto. Entonces me pusieron a mí el nombre, aunque nací el 3 de noviembre del otro año, y debí de haberme llamado Galindo Galíndez, que es mucho más sonoro. De todas maneras, Gracián o Galindo, el destino ya quería que todos me conocieran como el Rengo, por el problema que tengo en el talón.

Esa época de los terrones de pasto duró un año largo. El Gobierno no quería dar subsidios ni entregar los puros alimentos básicos porque temía que los más pobres, sin trabajo fijo ni actividad del cuerpo, se dieran al vino o a la insurrección. Por eso se crearon aquellos oficios de quita y pon, que así se llamaron, y que dieron que hablar mucho en la época que nací.

Mi mamá quiso que al menos dos de sus muchos hijos supieran leer y escribir, y ni el toto sabe los esfuerzos que hizo para mandarnos a clases, a la Eugenia y a mí. Su sacrificio no fue de dinero, puesto que la educación todavía era liberada, sino porque nosotros nos escondíamos para escaparle a la milonga de la escuela. Yo no sé por qué mi hermana fue tan retobada para ir a clases; mi desapego era a causa de las bromas de los otros. Eso de Rengo Galíndez me lo pusieron allí, y tuvieron que pasar muchos años, y una peste, para que me sonara afectuoso.

A la Eugenia le llevé siempre un año de vida, pero en cambio nunca la alcancé de camino a la escuela. Un poco por mi tranco cachuzo, pero más que nada porque ella apuraba el trote para que no la vieran llegar conmigo de lastre. Era murraca, como todos nosotros, pero había salido bonita, de los ojos sobre todo. Mamá la mandaba a clases con aguanube en las trenzas, para que se levantaran las puntas. Para esas épocas nos llegaban del puerto las historietas extranjeras, y había unos dibujos de mujer que me hacían recordar lo larga y lo ligera que era la Eugenia, por lo menos hasta que se le formó el cuerpo y le maduraron las perubas; ahí fue cuando empezaron todas nuestras desgracias.

Pero antes de eso se nos vino encima el tifus. Como éramos muy cachorros y no respetábamos nada, al mal le empezamos a decir morir del barco, porque habíamos oído que la enfermedad había llegado desde la bodega de un carguero. No hubo clases durante muchos meses, ni agua limpia, ni sitio donde poner tantos muertos.

Un día se temió que pudiéramos contagiar a otros pueblos con los vahos de los cadáveres que esperaban su entierro, y vino en tren un obispo con mascarilla a convencernos de que no era pecado, en esos casos, incinerar los cuerpos en lugar de darles sepultura cristiana; y donde había sido la plaza del quita y pon se construyeron las piras, que todavía están. Por eso es que a muchos nos queda el ademán de santiguarnos cuando pasamos frente al humo de las fábricas.

Lo del tifus fue largo y malo, pero no hubo escuela por mucho tiempo. El mal del barco menguó nuestra familia en poco más de un mes y cuando se fue el olor a cueco muerto éramos la mitad. Perdimos dos hermanos mayores, dos pequeños, la estufa a leña y al papá de todos nosotros. Cuando acabó la peste, casi que tuvimos un catre para cada quién, en casa. No sabíamos qué hacer con tanto espacio.

A esas alturas yo quedé el mayor, al cuidado del Ulises y del Jesús. Mamá salió sana del cuerpo pero desvariando de dolor, y también hubo que asistirla. Lo hacíamos entre la Eugenia y yo, por lo menos hasta que el diablo se nos metió en el cuerpo y ya ni siquiera pensamos en nuestra madre. Pero lo del diablo fue más luego.

Después de que se fuera el mal del barco ocurrió también otra desgracia: abrieron la escuela. Intentábamos recuperar el ritmo del abecedario, pero en los ojos de todos todavía campeaba la muerte, y las piras de la plaza seguían echando humo. En el aula nos encontramos con mucho sitio de más y ya no me importaba ser el Rengo Galíndez, ni la Eugenia corría para despegarse de mí. El mal del barco nos había disminuido de número y de fuerzas, y los pocos que quedábamos en el pueblo nos fuimos acocochando como zarugos alrededor de un fuego.

Muchos hijos acabaron solos y huérfanos, y los que aún conservaban techo y algo que comer decidieron quedarse cristianamente con algunos. Mamá fue una, y entonces vinieron a la casa dos muchachos de las edades del Ulises, que eran hijos de una familia que había muerto entera. Cuando llegaron los huérfanos, yo debí volver a compartir la manta con Eugenia para dejarles sitio a los adoptivos.

La primera noche supimos que el mal del barco y todas las muertes nos habían alterado la sangre, y anduvimos un mes como marmotas; nos dormíamos sentados, no prestábamos atención al maestro, y todo porque las madrugadas las pasábamos en vela, tocando el cuerpo del otro, sorbiendo el aire por la boca y moviéndonos de a cachito, para no despertar a mamá ni revolver la conciencia de estar pecando.

Por temor a las secuelas del tifus nadie nos quiso comprar la cosecha, y comimos papalla hasta reventar. Los básicos, como el pan y la leche, fueron lujos que debimos dejar para el sustento de los más pequeños. Sabíamos que con el verano llegaría la desgracia anual de la inundación, pero esta vez las aguas traerían suerte. Nos habían dicho que la fuerza del río se llevaría los posibles rastros vivos de la peste, y que otra vez los pueblos cercanos nos comprarían la papalla. Y entonces nos sentamos a esperar la tragedia del agua con ilusión.

Era broma frecuente en los pobladíos decir que era tanta nuestra mala estrella que, por única vez en setenta años, la inundación nos pasaría por al lado sin mojarnos. Pero el agua llegó, y recibimos la primera tormenta del verano como si fuera el Gobernador. Fue en enero, como siempre, y aprendimos a asar pringones venenosos y culebras. Todos los años nos preparábamos para la crecida pero esta vez, por culpa del mal del barco, no teníamos nada en las despensas. El Gobierno contrató unas capiraguas azules con altavoces para indicarnos cómo hervir y cocer lo que un año atrás nos enseñaban a fumigar y repeler. Daba un poco de risa, porque a las alimañas del río las llamaban alimentos emergentes. Fue el mes más duro de todos, en el pueblo, pero una mañana bajaron las aguas y volvimos a habitar la casa.

Durante el temporal que precedió a la bajante habíamos perdido al Jesús y a uno de los huérfanos adoptados. Los cuerpos de las dos criaturas fueron encontrados en la cúpula de la parroquia. Después se supo que el Jesús, con sus seis años cumplidos, se había lanzado a la corriente para socorrer a su hermanastro. Nos lo dijo Venancio, que lo vio todo. Jesús pudo alcanzar al huérfano cerca del campanario y los dos quedaron trabados en las agujas del reloj, que se habían parado en las siete y diez. Entonces el agua subió todavía más y se ahogaron sin poder salir a la superficie. Cuando el río bajó, encontramos los dos cuerpos colgando de las agujas: mi hermano marcaba la hora y el huérfano los minutos. Como no había mucha madera seca, los enterramos a los dos juntos.

Cuando pudimos secarnos el agua y enterramos otra vez a nuestros muertos, en la casa ya sólo fuimos cinco, ahora sí con un catre para cada quién por primera vez en la vida. Pero la Eugenia y yo éramos dos imanes por las noches y seguíamos durmiendo juntos, conteniendo la respiración, calientes como dos caranchos y con el remordimiento en la piel.

Por eso, porque no se nos enfriaba la sangre, una semana después visité la parroquia. Ya había pasado el peligro en el pueblo y me habitaban otra vez los malos pensamientos con mi hermana. Fui directo a hablar con el padre Suárez. Pensé que confesarme de todos mis actos impuros, aunque Dios no me los pudiera perdonar, sería suficiente para no caer la noche siguiente en la tentación de la carne.

Cuando llegué al templo supe que la inundación había sido buena sólo con algunas familias. Muchísima gente lo había perdido todo, incluida la casa, y un puñado no tenía dónde caerse muerto. Las personas con mejor fortuna estaban en una campaña para darle a los sin techo parte de lo que el agua y la peste les había quitado.

Vi a muchas mujeres como mi madre, y a muchos hijos como mi hermanito el Jesús, llorar abrazados y mirar el cielo, con miedo de que Dios les mandara otra vez la muerte o la crecida. Y entonces supe que mis penas eran nada al lado de las suyas, y en lugar de buscar al padre Suárez para limpiar mi espíritu, volví a la casa, cargué con mi colchón al hombro y se lo di a la parroquia. Si yo iba a seguir metiéndome de noche entre las cobijas de la Eugenia, que por lo menos mi pecado mortal le sirviese de bueno a alguno.

Desde entonces ya no nos importaba tocarnos cerca de mamá. Para ella los golpes habían sido muchos. La pobrecita había quedado viuda y con cinco hijos menos, aunque la muerte del Jesús fue lo que le provocó el desvarío más fuerte. Igual que el reloj de la iglesia, ella se detuvo en un tiempo fijo y sus días dejaron de pasar. De pronto empezó a andar por la casa con el pelo desbandado y nos obligaba a cocinar y a poner la mesa para nueve, como en los tiempos en que todos estábamos vivos.

La siguiente cosecha fue la mejor en veinte años. Pero en el fondo del corazón seguíamos tristes. En esa época cumplí los dieciséis y el trabajo en la tierra, que me demandaba el esfuerzo de tres hombres, había moldeado mi cuerpo y parecía mayor. Pero seguía con un pie más corto que el otro, y eso muchas veces no me dejaba en paz.

Dejé la escuela para poder sembrar y cosechar papalla jornada completa, pero Eugenia me enseñaba lo fundamental de los libros cuando podía. Sin toda la carga de mis compañeros y sus burlas, aprendí más rápido que ellos y supe que no me faltaba el entendimiento. De noche mi hermana y yo dormíamos juntos como un matrimonio, amparados en el delirio de mi madre y en la inocencia de los más pequeños.

Eugenia nunca sintió culpa por lo que hacíamos, y yo debí cargar con los remordimientos de los dos. Ella también había crecido de golpe. Si antes su mejor rasgo eran los ojos, ahora en el pueblo nadie se los miraba. Ni yo tampoco. Con un año menos que yo, se había convertido en una mujer alta como mi padre, y bien formada como mamá en sus tiempos. Ya no usaba trenzas: una tarde llegó del río y se había cortado el pelo hasta los hombros. A mí aquello me gustó poco.

Fue una época feliz, pero corta. Tres meses antes del desastre final mamá dejó los desvaríos. Una tarde que llegué del campo, cansado como cualquier día, me encontré con que ella y la Eugenia estaban conversando cerca del yuco seco; me esperaban.

Mi hermana corrió hasta mí y me dijo que mamá había vuelto, que ya no decía cosas huecas, y que el milagro había sido gracias al Jesús, nuestro hermanito ahogado, que se le había aparecido en cuerpo y alma. Todo el pueblo conoció la noticia en pocas horas: el niño de seis años que se había sacrificado durante la inundación para salvar a otro, se había corporizado frente a los ojos de su madre enferma, devolviéndole la salud.

Mamá se cansó de contar la historia, y las mujeres llegaron a casa para rezar un rosario por el Jesús que duró toda esa noche. Al día siguiente hubo otro acontecimiento que terminó por convertir a mi hermano en santo: a alguien se le ocurrió trasladar su cuerpo a la parroquia, y cuando forzaron el cajón donde estaban sus restos juntos a los del otro niño ahogado, todos notamos que el Jesús estaba treinta veces mejor conservado que su hermanastro.

Tenían ya seis meses de muertos, y mientras que el más pequeño había sido invadido por gusanos y sólo quedaban sus huesos, la osamenta del Jesús parecía no tener más que dos horas de enterrada. A mí, que lo pude ver con estos ojos, me llamó la atención que solamente hubiera larvas en el costado del cajón donde descansaba el crío adoptado, como si el bichambre hubiese temido arrastrarse cerca del otro cuerpo. La luz del día nos trajo el aire fétido de la otra carne, pero nosotros estábamos viendo el milagro y nos arrodillamos frente a la grandeza de Dios.

Entonces hubo nuevas cartas al obispo de la mascarilla para que los italianos convirtieran en santo a mi hermanito de seis años, y hasta un viaje personal del padre Suárez a la capital, pero nunca nadie nos trajo noticias. Igual, la voz se corrió y empezó a llegar al pueblo gente de todas partes para tocar los restos.

Al principio vinieron grupos a pie, desde los pueblos vecinos, y después también aparecieron camiones con fieles mejor vestidos y más elegantes. Vimos por primera vez gente huicha, con la piel tan pálida como la del cerdo, con zapatos caros y máquinas para sacar fotografías. Ellos tomaban fotos del reloj, que seguía detenido en las siete y diez; del cajoncito con el Jesús adentro, que habíamos puesto en el sagrario de la parroquia; y también fotos de mi madre, de la Eugenia y de mí, porque éramos los parientes del santo.

Entre tantos coches y buses, todas esas fotos y aquella gente extraña, nos empezamos a olvidar del Jesús como hermano nuestro que era, y les vendíamos a los turistas las ropas que quedaban de él en la casa por billetes recién salidos del banco. Cuando se acabaron los trapos del Jesús, vendimos también los del Ulises y los de los otros huerfanitos, incluso del que murió.

Para entonces, mamá vivía en la parroquia, rezando, y no se enteraba de nada durante el día. La Eugenia y yo, desde la casa, comenzábamos a respirar el olor de los billetes. Una mañana le vendí a un matrimonio huicha, por mil sanmartines, la única fotografía que teníamos del Jesús.

Desde que vimos el cuerpo de nuestro hermano intacto, Eugenia ya no quiso dormir conmigo y mi culpa se fue apagando. Una de sus razones era que mamá ya tenía otra vez los sentidos despiertos y la hubiéramos matado si nos descubría. Y el otro motivo era su temor a que el Jesús, desde el cielo, ya hubiera visto lo que hacíamos por la noche y no nos quisiera a su lado cuando nos llegara la hora.

Yo pensaba igual que ella, y compartía sus miedos, pero después de una semana de dormir en catres distintos supe que era tan grande el sosiego que Eugenia me había dado cada noche, desde hacía más de un año, que no tenerla me provocaba dolores del cuerpo y ganas de llorar. Pasaba las noches en vela, y me iba cerca del yuco seco a calmarme solo, pero no era lo mismo. Las noches eran frías sin la Eugenia, por eso de día le rogaba que volviera conmigo, y ella me decía que tampoco era fácil para su cuerpo, pero que debíamos ser fuertes y pedirle a Dios la voluntad.

Ella había dejado de momento la escuela para ayudarme a atender a los turistas huicha, que ya empezaban a ser diez veces más rentables que la papalla, y los dos pasábamos las tardes juntos, en la casa, vendiendo las cosas del Jesús con gotero, a cien sanmartines la gota.

Volvía el calor; mi hermana se había convertido en una mujer de las que quitan el alma y a mí se me iba la mitad del tiempo mirándola con deseo, y la otra mitad viendo que los huicha, con sus zapatos blancos y sus ademanes, no se le pusieran muy cerca ni le quisieran tentar la sangre.

Mamá se internaba durante el día en la parroquia, rezando junto a los fieles que llegaban para ver al Jesús, y sólo volvía a la casa para dormir. Ya no le quedaban rastros de la demencia que había soportado hasta hacía un mes, pero de a poco comenzó a redoblar sus oraciones, al punto de no hacer otra cosa más que rezar. No respondía preguntas ni las hacía. No entablaba charla con nadie. Tanto estuviera sentada o caminando, llevaba en las manos un rosario para no perder el orden de sus plegarias.

Una noche se quedó dormida cerca del sagrario de su hijo, a la mitad de un Ave María, y cuando se despertó en la mañana siguió rezándolo justo por donde lo había suspendido. Desde entonces ya no volvió a la casa. El padre Suárez vino a darnos la noticia, pero nosotros no hicimos nada para convencerla. Mi hermana prefería que mamá se quedara en la parroquia para vender las cosas del Jesús sin que nos viera, y yo supuse que sin ella en la casa Eugenia no tendría temor de volver conmigo de noche.

Cuando el último grupo de fieles se retiraba, volvíamos a la casa y cenábamos sin privarnos de nada. Después hacíamos dormir a los hermanos pequeños y entonces contábamos los billetes del día. Una vez acabada la tarea, Eugenia ponía el fajo enrollado y las monedas junto a los demás billetes, y contábamos el total.

En la casa había cada noche más dinero, pero también menos cosas. Después de vender la ropa de todos los críos, comenzamos a despachar platos y utensilios, diciéndoles a los turistas que cada cosa la había tocado el Jesús alguna vez. La mayor parte de las vasijas las habíamos comprado después de la muerte del santo, porque las que él usó en vida se las llevó la inundación, pero a nadie le importaba.

Como no teníamos tiempo de ir al pueblo más que para traer los alimentos, la casa se fue desmantelando de objetos. Una tarde a la Eugenia se le ocurrió vender, de a pedacitos, el colchón donde dormía Jesús, y cuando nos quisimos acordar habíamos despedazado tres catres con todo y el relleno de pluma. Pero cuando otra vez estuvimos escasos de camas, ella prefirió dormir con alguno de los pequeños antes que caer de nuevo en pecado mortal conmigo.

Una noche, cuando acabábamos de contar los sanmartines, y desparramamos sobre la mesa todos los billetes de un mes de trabajo, Eugenia me miró a los ojos: ya no somos pobres, Gracián, me dijo sonriendo, y se levantó y me besó en la boca, como hacía más de un mes que no pasaba.

Durante la madrugada de esa noche me levanté de la cama y fui hasta el yuco seco. No podía dejar de pensar en ella, y me costaba dormir sabiendo que la Eugenia estaba echada a cinco pasos de mí. Sin darme cuenta, como cada vez, comencé a desahogar mis deseos, de espaldas a la casa, con una mano apoyada sobre la queracina. Mi hermana llegó sin ruido y se quedó detrás de mí, con mucha pena. No dijo una palabra, nada más recostó su cara contra mi espalda y lloró conmigo.

Después me rodeó con sus brazos, apretándose fuerte de mí, y con una de sus manos apartó la mía de donde estaba. Me tomó con cuidado, sintiendo cada vena hinchada de sangre, y comenzó a darme sosiego como si fuese mi mano, y no otra, la que estuviese trabajando; como si fuésemos una persona y no dos.

Ella sabía cuándo ir despacio y dónde aumentar el ritmo. Cuándo detenerse y en qué parte presionar. No me soltó hasta exprimirme por completo, y luego me dijo al oído: esto es menos pecado que acurrucarse, y se encerró otra vez en la casa.

Al otro día fue cuando vendí en mil sanmartines la única foto que le habíamos sacado al Jesús cuando vivía. Y yo no sé si fue por esto o por aquello, pero el santo nos crucificó.

El día de la desgracia cayó un domingo, y hubo que levantarse temprano porque llegaban al pueblo más fieles que en día corriente. Desde que el Jesús era un santo, el padre Suárez llegaba a nuestra casa enseguida que cantaba el gallo y hacía sonar la bocina del Ford. Nos traía el cajoncito de vidrio y madera con el cuerpo conservado de mi hermano, para que los turistas huicha lo vieran al aire libre. El padre decía que en la parroquia no había suficiente sitio en domingo, pero nosotros sabíamos que estaba un poco celoso de nuestro Jesús, y que en el fondo prefería seguir adorando al suyo.

Esta vez, junto al cuerpo, llegó también mamá, que se bajó del coche rezando y ni tuvo tiempo para saludar. Hicimos un altar pobre frente a la casa, y le prendimos velas. Pusimos una silla al lado, para que mamá rezara sin cansarse. Un rato después de las ocho vimos por el monte la polvareda del primer contingente, y antes de las diez ya había otros seis.

Cada uno de los autobuses traía más de cuarenta cristianos de distintas partes del mapa. Por suerte nos quedaba bastante colchón, y un mantel entero para repartir en cincuenta pedazos, a cien sanmartines cada pieza. También había cordones de zapatos, dos ajenfos sucios y un dibujo genuino del Jesús que la Eugenia había encontrado por casualidad, y que pensábamos cotizar tanto como la foto.

Todo el comercio lo hacíamos en los propios ojos de mamá, pero eso ya no nos importaba, porque la vimos tan retraída en sus rezos que era difícil pensar que pudiera volver al mundo real y reprendernos. El Ulises y su hermanito adoptivo estaban tan contentos de ver otra vez a su madre que se le pegaron a la güiraina y no se movieron de su lado. El día era claro y ventoso, porque el verano estaba a punto de llegar y el río nos avisaba.

Frente a la casa se llenó de huichas muy perfumados y blancos. Como cada domingo, pero aún más. Se formaba una larga fila de fieles detrás del altar del Jesús. Uno a uno, esperaban su turno para tocarlo, para pedirle cosas o para presentar ante él sus enfermedades. A la vez, otros grupos le sacaban fotos a la casa y a nosotros, y dejaban que la Eugenia o yo les ofreciéramos las pertenencias del santo.

Los que ya habían visto lo que había para ver, hacían su día de campo alrededor de la casa o caminaban por el monte sin alejarse mucho de los buses. Casi todas las caras que veíamos eran nuevas, menos las de los guías y los choferes. Uno de ellos, que conducía un bus de larga distancia, al ver a la Eugenia la saludó de lejos como dos conocidos del pueblo, y le hizo una seña.

Yo dejé de hacer una venta y me detuve a espiarlos. Ella se acercó y le habló sin vergüenza. El chofer, que era un zambuco rubio y muy blanco, asintió y se metió en el coche. Estuve a punto de salir corriendo para detenerla, pero ella lo esperó fuera. Cuando el hombre salió, le entregó un paquete envuelto en papel madera y le dijo algo que a mi hermana debió agradarle, porque ella se puso en puntas de pie y lo besó en la mejilla. No pasó más que eso, pero yo no podía respirar de todo el asco que tenía dentro.

Esperé el momento, y cuando la tuve sola a la Eugenia la aparté hasta la casa con mucho enfado. Cuando le pregunté sobre el paquete ella no pareció sorprendida, sino más bien triste. Me dijo que era un regalo para mí, y me trajo aquello que había recibido del rubio. Lo abrí a los tirones, y entre envoltorios de periódico encontré los zapatos. Entonces le pedí que me disculpara.

Mientras ella seguía vigilando a los fieles yo me quedé dentro inspeccionando mi obsequio. Desde pequeño, ni bien me enteré que existían, los había querido. Pero solamente los vendían en la capital, y eran tan caros como hacer el viaje hasta allí. Nunca tuvimos con qué comprarlos, y lo más parecido que yo tuve fue un engendro que una vez me hizo mi padre, con un pedazo de cedro en la suela de las alpargatas. Pero me resultaba incómodo, y también me hacía renquear.

Estos, en cambio, eran de una ortopedia, y sacaban brillo. Tenían cordones negros, y eran de cuero, como los zapatos de los huichas que venían los domingos. El izquierdo era normal, y el otro llevaba el tacón más alto y de hierro. Pero lo bueno era que los dos pesaban lo mismo, y de lejos parecían iguales.

Tuve miedo de ponérmelos con los pies tan sucios, y entonces antes me lavé en el yuco. Después me calcé ahí mismo, sentado al borde de la queracina, y me até los cordones con dos vueltas. Cuando regresé a la casa lo hice un poco llorando, porque ahora yo caminaba igual que todo el mundo y nadie iba a decirme el Rengo nunca más.

Al mediodía era la hora en que el santo descansaba y los turistas tomaban su almuerzo alrededor de la casa. A mamá y a los pequeños les llevamos lonchas de cabú y ellos, entre padrenuestros, se las iban comiendo. La Eugenia y yo nos pasamos la hora libre jugando carreras desde la casa hasta el yuco.

Ella me seguía ganando, pero ahora por poco. Yo pensaba que me faltaba acostumbrarme al peso del calzado, y que cuando lo lograra ya nadie me ganaría a hacer carreras. Los dos estábamos contentos con mi nueva forma de caminar, y a mí me habría gustado que mi papá no se hubiera muerto, y que mi mamá estuviera sana, así me hubieran podido ver.

Tan alegre estaba que cuando la Eugenia desapareció de mi vista a media tarde yo no me di cuenta. Supe que me faltaba cuando empecé a buscar al huicha rubio y tampoco lo encontré. Había llegado la hora de mostrar el dibujo genuino del Jesús, y en eso estaba cuando descubrí que mi hermana y el rubio habían desaparecido. Cuatro turistas me lo querían comprar, y todos ofrecían cada vez más plata. Yo no les hacía caso y miraba entre los grupos de gente, para ver si la veía a la Eugenia.

Los turistas me ponían los billetes delante de los ojos, y entonces me aturdí. Despedacé el dibujo del Jesús y les pringué a todos la madre. Después tiré los papeles al suelo y corrí para el lado del monte. Los fieles no se preocuparon por mí, y se lanzaron al pasto para disputarse la pertenencia del santo. Los cuatro que iban a comprarlo empezaron la riña, pero también participaban los que no tenían más dinero, porque creyeron que si hacían fuerza se podrían llevar una parte del dibujo gratis.

Los zapatos ya no me pesaban cuando corté campo hacia el monte. Me adentré porque la Eugenia y el rubio no podían estar más que allí. Los otros alrededores de la casa no eran más que llano hasta el río, y el pueblo quedaba lejos.

Entré al monte jadeando, y cuando dejé de jadear los jadeos seguían. Me desesperé y cerré los ojos para escuchar mejor de dónde venía el sofoco. Me guié como cuando crío, que entraba al monte de noche y me sorprendía conocerlo tan bien en lo oscuro. Sin la vista pude acercarme mejor, y cuando abrí los ojos los tenía a los dos muy cerca, como a un tiro de piedra de mí.

El rubio le estaba haciendo a la Eugenia lo que ella ya no quería que le hiciera yo. Me temblaron las manos y me abracé a un tronco de maura. Los podía ver muy bien; ella estaba boca al cielo y tenía los ojos cerrados. Las piernas y los brazos los había abierto de par en par, y con los dedos de las manos arrancaba el pasto de la tierra floja.

El rubio estaba montado encima, y llevaba los pantalones hasta las rodillas. No se tocaban ni se besaban. El rubio parecía que estaba haciendo flexión, y eso me enfureció más que todo. Me acerqué pinchado por la rabia hasta que estuve tan cerca que podía patearle la cabeza. Entonces elegí el zapato derecho, porque me lo había traido él de la capital y era pesado y de hierro. Levanté la rodilla y le hundí el talón en el cráneo. La fuerza de la patada me hizo caer contra el pasto.

El rubio no hizo ningún ruido, solamente se desplomó sobre la Eugenia. Ella abrió los ojos y me vio a mí a su lado, que lloraba y la insultaba. No dijo nada, pero después, cuando le vio la sangre al rubio, me dijo que era un cabro bruto.

La ayudé a levantarse pero no la quise mirar cuando se acomodaba el vestido. Me preguntó que hacíamos con el cuerpo y yo le hice un gesto. No me importaba. Ella se quitó el pasto de la espalda y entre los dos lo arrastramos hasta el corazón del monte. Después veríamos qué hacer. Ahora lo que importaba era volver a la casa, porque sabíamos que no había sido bueno dejar a los turistas solos con el Jesús.

Antes de salir del monte los gritos de los fieles nos enteraron de que las cosas no estaban bien. La tarde caía, y después de la loma pudimos ver la silueta de la casa recortada sobre el fondo del cielo. Nos quedamos quietos ante el cuadro. Había gente dentro de la casa y también arriba. Todos estaban fuera de sí, y se peleaban por la mesa, por la ropa de los pequeños y por el cajoncito del santo.

Habían encendido antorchas, y algunos camiones y buses ya estaban en marcha. Otros se habían ido. Todavía quedaban muchos hombres sobre la casa, despedazando las vigas y llevándose de recuerdo pedazos de madera. Trabajaban con rapidez y a los gritos. Cuando uno conseguía algo, después tenía que defenderlo de los demás. De lejos, parecían la langosta.

Mi hermana y yo no nos movimos hasta que se fue el último cristiano. Cuando ya no escuchamos motores ni gritos empezamos a correr. Más nos acercábamos y mejor veíamos el detalle de la ruina. La casa se había convertido en un esqueleto de machimbre, y adentro no quedaba nada. Se habían llevado hasta la silla que le pusimos a mamá para que rezara en paz. Ella estaba en el suelo, con la ropa hecha jirones, y se aferraba al rosario. No se había dado cuenta de nada.

A los pequeños les habían quitado la ropa, y estaban desnudos y rasguñados, abrazados a las piernas de mamá. Eugenia gritaba que los billetes había desaparecido, y solamente eso le preocupaba. Yo buscaba por todas partes, con la esperanza de encontrar el cuerpo conservado de mi hermanito el Jesús. Pero no nos habían dejado ni eso.

La noche se nos cayó encima de golpe. Lo primero que hice cuando supe que lo habíamos perdido todo, fue lavar en el yuco la sangre del rubio que tenía pegoteada en el zapato. Eugenia se había quedado en la casa y había prendido un fuego triste para que mi mamá y los hijos no pasaran frío. Desde la queracina me los quedé mirando a los cuatro, alrededor de la luz amarilla, como animales asustados.

También me quedé viendo, de fondo, las vigas de madera que alguna vez había puesto mi padre para empezar a construir la casa, y que ahora parecían una osamenta. Aquella casa había estado allí antes de que yo naciera, antes de los oficios del quita y pon, de la peste del barco y de la crecida que nos mató al Jesús. De eso había pasado mucho tiempo, y ahora la vida estaba otra vez como al principio.

Disculpas. Este cuento es, de lejos, la historia más larga que he publicado en Orsai. Durante mucho tiempo me resistí a incluirla, porque un ladrillo tan pesado en Internet, más que un riesgo, es un acto de pedantería. Sin embargo, un par de textos recientes en donde menciono a este cuento (Don Marcos y Los dos rulfos) generaron la curiosidad de algunos lectores por conocer la trama completa. Al resto, a los muchos que se aburrieron redondamente y lo dejaron por la mitad, mis disculpas.

Hernán Casciari
martes 6 de mayo, 2008


Ropa sucia

por Hernán Casciari

Ya de entrada caí mal parado. Vine al mundo justo el año en que todos éramos más pobres que de costumbre, cuando hasta los ricos y los catinga estaban también con hambre. A esa época después la iban a bautizar como el tiempo del quita y pon. Nací justo el año que el Gobierno mantuvo a la gente ocupada con el azadón para evitar los alborotos. Todos hacían trabajo inútil: los cabeza de familia, sus mujeres, y los hijos de ocho en adelante. Yo no hacía esos trabajos porque estaba recién nacido.

Mi papá y mis hermanos grandes, junto con otra mucha gente, salían por la mañana a poner baldosones de pasto en la plaza: le pagaban a cada uno cien sanmartines la media jornada. Cien sanmartines era el pan del día, o quince bambú sin filtro. Por la tarde, las mujeres y los críos estaban empleados para quitar de la plaza el pasto que habían puesto los hombres; debían echarlos en los canastos, a cincuenta sanmartines por tarde. Eran los mismos terrones manoseados que la otra mitad del pueblo colocaría de nuevo desde el día siguiente. Así una y otra vez.

El hermano que venía antes que yo iba a llamarse Gracián Galíndez, porque ya estaba planeado que llegase un 12 de agosto, que es san Gracián; pero nació muerto. Entonces me pusieron a mí el nombre, aunque nací el 3 de noviembre del otro año, y debí de haberme llamado Galindo Galíndez, que es mucho más sonoro. De todas maneras, Gracián o Galindo, el destino ya quería que todos me conocieran como el Rengo, por el problema que tengo en el talón.

Esa época de los terrones de pasto duró un año largo. El Gobierno no quería dar subsidios ni entregar los puros alimentos básicos porque temía que los más pobres, sin trabajo fijo ni actividad del cuerpo, se dieran al vino o a la insurrección. Por eso se crearon aquellos oficios de quita y pon, que así se llamaron, y que dieron que hablar mucho en la época que nací.

Mi mamá quiso que al menos dos de sus muchos hijos supieran leer y escribir, y ni el toto sabe los esfuerzos que hizo para mandarnos a clases, a la Eugenia y a mí. Su sacrificio no fue de dinero, puesto que la educación todavía era liberada, sino porque nosotros nos escondíamos para escaparle a la milonga de la escuela. Yo no sé por qué mi hermana fue tan retobada para ir a clases; mi desapego era a causa de las bromas de los otros. Eso de Rengo Galíndez me lo pusieron allí, y tuvieron que pasar muchos años, y una peste, para que me sonara afectuoso.

A la Eugenia le llevé siempre un año de vida, pero en cambio nunca la alcancé de camino a la escuela. Un poco por mi tranco cachuzo, pero más que nada porque ella apuraba el trote para que no la vieran llegar conmigo de lastre. Era murraca, como todos nosotros, pero había salido bonita, de los ojos sobre todo. Mamá la mandaba a clases con aguanube en las trenzas, para que se levantaran las puntas. Para esas épocas nos llegaban del puerto las historietas extranjeras, y había unos dibujos de mujer que me hacían recordar lo larga y lo ligera que era la Eugenia, por lo menos hasta que se le formó el cuerpo y le maduraron las perubas; ahí fue cuando empezaron todas nuestras desgracias.

Pero antes de eso se nos vino encima el tifus. Como éramos muy cachorros y no respetábamos nada, al mal le empezamos a decir morir del barco, porque habíamos oído que la enfermedad había llegado desde la bodega de un carguero. No hubo clases durante muchos meses, ni agua limpia, ni sitio donde poner tantos muertos.

Un día se temió que pudiéramos contagiar a otros pueblos con los vahos de los cadáveres que esperaban su entierro, y vino en tren un obispo con mascarilla a convencernos de que no era pecado, en esos casos, incinerar los cuerpos en lugar de darles sepultura cristiana; y donde había sido la plaza del quita y pon se construyeron las piras, que todavía están. Por eso es que a muchos nos queda el ademán de santiguarnos cuando pasamos frente al humo de las fábricas.

Lo del tifus fue largo y malo, pero no hubo escuela por mucho tiempo. El mal del barco menguó nuestra familia en poco más de un mes y cuando se fue el olor a cueco muerto éramos la mitad. Perdimos dos hermanos mayores, dos pequeños, la estufa a leña y al papá de todos nosotros. Cuando acabó la peste, casi que tuvimos un catre para cada quién, en casa. No sabíamos qué hacer con tanto espacio.

A esas alturas yo quedé el mayor, al cuidado del Ulises y del Jesús. Mamá salió sana del cuerpo pero desvariando de dolor, y también hubo que asistirla. Lo hacíamos entre la Eugenia y yo, por lo menos hasta que el diablo se nos metió en el cuerpo y ya ni siquiera pensamos en nuestra madre. Pero lo del diablo fue más luego.

Después de que se fuera el mal del barco ocurrió también otra desgracia: abrieron la escuela. Intentábamos recuperar el ritmo del abecedario, pero en los ojos de todos todavía campeaba la muerte, y las piras de la plaza seguían echando humo. En el aula nos encontramos con mucho sitio de más y ya no me importaba ser el Rengo Galíndez, ni la Eugenia corría para despegarse de mí. El mal del barco nos había disminuido de número y de fuerzas, y los pocos que quedábamos en el pueblo nos fuimos acocochando como zarugos alrededor de un fuego.

Muchos hijos acabaron solos y huérfanos, y los que aún conservaban techo y algo que comer decidieron quedarse cristianamente con algunos. Mamá fue una, y entonces vinieron a la casa dos muchachos de las edades del Ulises, que eran hijos de una familia que había muerto entera. Cuando llegaron los huérfanos, yo debí volver a compartir la manta con Eugenia para dejarles sitio a los adoptivos.

La primera noche supimos que el mal del barco y todas las muertes nos habían alterado la sangre, y anduvimos un mes como marmotas; nos dormíamos sentados, no prestábamos atención al maestro, y todo porque las madrugadas las pasábamos en vela, tocando el cuerpo del otro, sorbiendo el aire por la boca y moviéndonos de a cachito, para no despertar a mamá ni revolver la conciencia de estar pecando.

Por temor a las secuelas del tifus nadie nos quiso comprar la cosecha, y comimos papalla hasta reventar. Los básicos, como el pan y la leche, fueron lujos que debimos dejar para el sustento de los más pequeños. Sabíamos que con el verano llegaría la desgracia anual de la inundación, pero esta vez las aguas traerían suerte. Nos habían dicho que la fuerza del río se llevaría los posibles rastros vivos de la peste, y que otra vez los pueblos cercanos nos comprarían la papalla. Y entonces nos sentamos a esperar la tragedia del agua con ilusión.

Era broma frecuente en los pobladíos decir que era tanta nuestra mala estrella que, por única vez en setenta años, la inundación nos pasaría por al lado sin mojarnos. Pero el agua llegó, y recibimos la primera tormenta del verano como si fuera el Gobernador. Fue en enero, como siempre, y aprendimos a asar pringones venenosos y culebras. Todos los años nos preparábamos para la crecida pero esta vez, por culpa del mal del barco, no teníamos nada en las despensas. El Gobierno contrató unas capiraguas azules con altavoces para indicarnos cómo hervir y cocer lo que un año atrás nos enseñaban a fumigar y repeler. Daba un poco de risa, porque a las alimañas del río las llamaban alimentos emergentes. Fue el mes más duro de todos, en el pueblo, pero una mañana bajaron las aguas y volvimos a habitar la casa.

Durante el temporal que precedió a la bajante habíamos perdido al Jesús y a uno de los huérfanos adoptados. Los cuerpos de las dos criaturas fueron encontrados en la cúpula de la parroquia. Después se supo que el Jesús, con sus seis años cumplidos, se había lanzado a la corriente para socorrer a su hermanastro. Nos lo dijo Venancio, que lo vio todo. Jesús pudo alcanzar al huérfano cerca del campanario y los dos quedaron trabados en las agujas del reloj, que se habían parado en las siete y diez. Entonces el agua subió todavía más y se ahogaron sin poder salir a la superficie. Cuando el río bajó, encontramos los dos cuerpos colgando de las agujas: mi hermano marcaba la hora y el huérfano los minutos. Como no había mucha madera seca, los enterramos a los dos juntos.

Cuando pudimos secarnos el agua y enterramos otra vez a nuestros muertos, en la casa ya sólo fuimos cinco, ahora sí con un catre para cada quién por primera vez en la vida. Pero la Eugenia y yo éramos dos imanes por las noches y seguíamos durmiendo juntos, conteniendo la respiración, calientes como dos caranchos y con el remordimiento en la piel.

Por eso, porque no se nos enfriaba la sangre, una semana después visité la parroquia. Ya había pasado el peligro en el pueblo y me habitaban otra vez los malos pensamientos con mi hermana. Fui directo a hablar con el padre Suárez. Pensé que confesarme de todos mis actos impuros, aunque Dios no me los pudiera perdonar, sería suficiente para no caer la noche siguiente en la tentación de la carne.

Cuando llegué al templo supe que la inundación había sido buena sólo con algunas familias. Muchísima gente lo había perdido todo, incluida la casa, y un puñado no tenía dónde caerse muerto. Las personas con mejor fortuna estaban en una campaña para darle a los sin techo parte de lo que el agua y la peste les había quitado.

Vi a muchas mujeres como mi madre, y a muchos hijos como mi hermanito el Jesús, llorar abrazados y mirar el cielo, con miedo de que Dios les mandara otra vez la muerte o la crecida. Y entonces supe que mis penas eran nada al lado de las suyas, y en lugar de buscar al padre Suárez para limpiar mi espíritu, volví a la casa, cargué con mi colchón al hombro y se lo di a la parroquia. Si yo iba a seguir metiéndome de noche entre las cobijas de la Eugenia, que por lo menos mi pecado mortal le sirviese de bueno a alguno.

Desde entonces ya no nos importaba tocarnos cerca de mamá. Para ella los golpes habían sido muchos. La pobrecita había quedado viuda y con cinco hijos menos, aunque la muerte del Jesús fue lo que le provocó el desvarío más fuerte. Igual que el reloj de la iglesia, ella se detuvo en un tiempo fijo y sus días dejaron de pasar. De pronto empezó a andar por la casa con el pelo desbandado y nos obligaba a cocinar y a poner la mesa para nueve, como en los tiempos en que todos estábamos vivos.

La siguiente cosecha fue la mejor en veinte años. Pero en el fondo del corazón seguíamos tristes. En esa época cumplí los dieciséis y el trabajo en la tierra, que me demandaba el esfuerzo de tres hombres, había moldeado mi cuerpo y parecía mayor. Pero seguía con un pie más corto que el otro, y eso muchas veces no me dejaba en paz.

Dejé la escuela para poder sembrar y cosechar papalla jornada completa, pero Eugenia me enseñaba lo fundamental de los libros cuando podía. Sin toda la carga de mis compañeros y sus burlas, aprendí más rápido que ellos y supe que no me faltaba el entendimiento. De noche mi hermana y yo dormíamos juntos como un matrimonio, amparados en el delirio de mi madre y en la inocencia de los más pequeños.

Eugenia nunca sintió culpa por lo que hacíamos, y yo debí cargar con los remordimientos de los dos. Ella también había crecido de golpe. Si antes su mejor rasgo eran los ojos, ahora en el pueblo nadie se los miraba. Ni yo tampoco. Con un año menos que yo, se había convertido en una mujer alta como mi padre, y bien formada como mamá en sus tiempos. Ya no usaba trenzas: una tarde llegó del río y se había cortado el pelo hasta los hombros. A mí aquello me gustó poco.

Fue una época feliz, pero corta. Tres meses antes del desastre final mamá dejó los desvaríos. Una tarde que llegué del campo, cansado como cualquier día, me encontré con que ella y la Eugenia estaban conversando cerca del yuco seco; me esperaban.

Mi hermana corrió hasta mí y me dijo que mamá había vuelto, que ya no decía cosas huecas, y que el milagro había sido gracias al Jesús, nuestro hermanito ahogado, que se le había aparecido en cuerpo y alma. Todo el pueblo conoció la noticia en pocas horas: el niño de seis años que se había sacrificado durante la inundación para salvar a otro, se había corporizado frente a los ojos de su madre enferma, devolviéndole la salud.

Mamá se cansó de contar la historia, y las mujeres llegaron a casa para rezar un rosario por el Jesús que duró toda esa noche. Al día siguiente hubo otro acontecimiento que terminó por convertir a mi hermano en santo: a alguien se le ocurrió trasladar su cuerpo a la parroquia, y cuando forzaron el cajón donde estaban sus restos juntos a los del otro niño ahogado, todos notamos que el Jesús estaba treinta veces mejor conservado que su hermanastro.

Tenían ya seis meses de muertos, y mientras que el más pequeño había sido invadido por gusanos y sólo quedaban sus huesos, la osamenta del Jesús parecía no tener más que dos horas de enterrada. A mí, que lo pude ver con estos ojos, me llamó la atención que solamente hubiera larvas en el costado del cajón donde descansaba el crío adoptado, como si el bichambre hubiese temido arrastrarse cerca del otro cuerpo. La luz del día nos trajo el aire fétido de la otra carne, pero nosotros estábamos viendo el milagro y nos arrodillamos frente a la grandeza de Dios.

Entonces hubo nuevas cartas al obispo de la mascarilla para que los italianos convirtieran en santo a mi hermanito de seis años, y hasta un viaje personal del padre Suárez a la capital, pero nunca nadie nos trajo noticias. Igual, la voz se corrió y empezó a llegar al pueblo gente de todas partes para tocar los restos.

Al principio vinieron grupos a pie, desde los pueblos vecinos, y después también aparecieron camiones con fieles mejor vestidos y más elegantes. Vimos por primera vez gente huicha, con la piel tan pálida como la del cerdo, con zapatos caros y máquinas para sacar fotografías. Ellos tomaban fotos del reloj, que seguía detenido en las siete y diez; del cajoncito con el Jesús adentro, que habíamos puesto en el sagrario de la parroquia; y también fotos de mi madre, de la Eugenia y de mí, porque éramos los parientes del santo.

Entre tantos coches y buses, todas esas fotos y aquella gente extraña, nos empezamos a olvidar del Jesús como hermano nuestro que era, y les vendíamos a los turistas las ropas que quedaban de él en la casa por billetes recién salidos del banco. Cuando se acabaron los trapos del Jesús, vendimos también los del Ulises y los de los otros huerfanitos, incluso del que murió.

Para entonces, mamá vivía en la parroquia, rezando, y no se enteraba de nada durante el día. La Eugenia y yo, desde la casa, comenzábamos a respirar el olor de los billetes. Una mañana le vendí a un matrimonio huicha, por mil sanmartines, la única fotografía que teníamos del Jesús.

Desde que vimos el cuerpo de nuestro hermano intacto, Eugenia ya no quiso dormir conmigo y mi culpa se fue apagando. Una de sus razones era que mamá ya tenía otra vez los sentidos despiertos y la hubiéramos matado si nos descubría. Y el otro motivo era su temor a que el Jesús, desde el cielo, ya hubiera visto lo que hacíamos por la noche y no nos quisiera a su lado cuando nos llegara la hora.

Yo pensaba igual que ella, y compartía sus miedos, pero después de una semana de dormir en catres distintos supe que era tan grande el sosiego que Eugenia me había dado cada noche, desde hacía más de un año, que no tenerla me provocaba dolores del cuerpo y ganas de llorar. Pasaba las noches en vela, y me iba cerca del yuco seco a calmarme solo, pero no era lo mismo. Las noches eran frías sin la Eugenia, por eso de día le rogaba que volviera conmigo, y ella me decía que tampoco era fácil para su cuerpo, pero que debíamos ser fuertes y pedirle a Dios la voluntad.

Ella había dejado de momento la escuela para ayudarme a atender a los turistas huicha, que ya empezaban a ser diez veces más rentables que la papalla, y los dos pasábamos las tardes juntos, en la casa, vendiendo las cosas del Jesús con gotero, a cien sanmartines la gota.

Volvía el calor; mi hermana se había convertido en una mujer de las que quitan el alma y a mí se me iba la mitad del tiempo mirándola con deseo, y la otra mitad viendo que los huicha, con sus zapatos blancos y sus ademanes, no se le pusieran muy cerca ni le quisieran tentar la sangre.

Mamá se internaba durante el día en la parroquia, rezando junto a los fieles que llegaban para ver al Jesús, y sólo volvía a la casa para dormir. Ya no le quedaban rastros de la demencia que había soportado hasta hacía un mes, pero de a poco comenzó a redoblar sus oraciones, al punto de no hacer otra cosa más que rezar. No respondía preguntas ni las hacía. No entablaba charla con nadie. Tanto estuviera sentada o caminando, llevaba en las manos un rosario para no perder el orden de sus plegarias.

Una noche se quedó dormida cerca del sagrario de su hijo, a la mitad de un Ave María, y cuando se despertó en la mañana siguió rezándolo justo por donde lo había suspendido. Desde entonces ya no volvió a la casa. El padre Suárez vino a darnos la noticia, pero nosotros no hicimos nada para convencerla. Mi hermana prefería que mamá se quedara en la parroquia para vender las cosas del Jesús sin que nos viera, y yo supuse que sin ella en la casa Eugenia no tendría temor de volver conmigo de noche.

Cuando el último grupo de fieles se retiraba, volvíamos a la casa y cenábamos sin privarnos de nada. Después hacíamos dormir a los hermanos pequeños y entonces contábamos los billetes del día. Una vez acabada la tarea, Eugenia ponía el fajo enrollado y las monedas junto a los demás billetes, y contábamos el total.

En la casa había cada noche más dinero, pero también menos cosas. Después de vender la ropa de todos los críos, comenzamos a despachar platos y utensilios, diciéndoles a los turistas que cada cosa la había tocado el Jesús alguna vez. La mayor parte de las vasijas las habíamos comprado después de la muerte del santo, porque las que él usó en vida se las llevó la inundación, pero a nadie le importaba.

Como no teníamos tiempo de ir al pueblo más que para traer los alimentos, la casa se fue desmantelando de objetos. Una tarde a la Eugenia se le ocurrió vender, de a pedacitos, el colchón donde dormía Jesús, y cuando nos quisimos acordar habíamos despedazado tres catres con todo y el relleno de pluma. Pero cuando otra vez estuvimos escasos de camas, ella prefirió dormir con alguno de los pequeños antes que caer de nuevo en pecado mortal conmigo.

Una noche, cuando acabábamos de contar los sanmartines, y desparramamos sobre la mesa todos los billetes de un mes de trabajo, Eugenia me miró a los ojos: ya no somos pobres, Gracián, me dijo sonriendo, y se levantó y me besó en la boca, como hacía más de un mes que no pasaba.

Durante la madrugada de esa noche me levanté de la cama y fui hasta el yuco seco. No podía dejar de pensar en ella, y me costaba dormir sabiendo que la Eugenia estaba echada a cinco pasos de mí. Sin darme cuenta, como cada vez, comencé a desahogar mis deseos, de espaldas a la casa, con una mano apoyada sobre la queracina. Mi hermana llegó sin ruido y se quedó detrás de mí, con mucha pena. No dijo una palabra, nada más recostó su cara contra mi espalda y lloró conmigo.

Después me rodeó con sus brazos, apretándose fuerte de mí, y con una de sus manos apartó la mía de donde estaba. Me tomó con cuidado, sintiendo cada vena hinchada de sangre, y comenzó a darme sosiego como si fuese mi mano, y no otra, la que estuviese trabajando; como si fuésemos una persona y no dos.

Ella sabía cuándo ir despacio y dónde aumentar el ritmo. Cuándo detenerse y en qué parte presionar. No me soltó hasta exprimirme por completo, y luego me dijo al oído: esto es menos pecado que acurrucarse, y se encerró otra vez en la casa.

Al otro día fue cuando vendí en mil sanmartines la única foto que le habíamos sacado al Jesús cuando vivía. Y yo no sé si fue por esto o por aquello, pero el santo nos crucificó.

El día de la desgracia cayó un domingo, y hubo que levantarse temprano porque llegaban al pueblo más fieles que en día corriente. Desde que el Jesús era un santo, el padre Suárez llegaba a nuestra casa enseguida que cantaba el gallo y hacía sonar la bocina del Ford. Nos traía el cajoncito de vidrio y madera con el cuerpo conservado de mi hermano, para que los turistas huicha lo vieran al aire libre. El padre decía que en la parroquia no había suficiente sitio en domingo, pero nosotros sabíamos que estaba un poco celoso de nuestro Jesús, y que en el fondo prefería seguir adorando al suyo.

Esta vez, junto al cuerpo, llegó también mamá, que se bajó del coche rezando y ni tuvo tiempo para saludar. Hicimos un altar pobre frente a la casa, y le prendimos velas. Pusimos una silla al lado, para que mamá rezara sin cansarse. Un rato después de las ocho vimos por el monte la polvareda del primer contingente, y antes de las diez ya había otros seis.

Cada uno de los autobuses traía más de cuarenta cristianos de distintas partes del mapa. Por suerte nos quedaba bastante colchón, y un mantel entero para repartir en cincuenta pedazos, a cien sanmartines cada pieza. También había cordones de zapatos, dos ajenfos sucios y un dibujo genuino del Jesús que la Eugenia había encontrado por casualidad, y que pensábamos cotizar tanto como la foto.

Todo el comercio lo hacíamos en los propios ojos de mamá, pero eso ya no nos importaba, porque la vimos tan retraída en sus rezos que era difícil pensar que pudiera volver al mundo real y reprendernos. El Ulises y su hermanito adoptivo estaban tan contentos de ver otra vez a su madre que se le pegaron a la güiraina y no se movieron de su lado. El día era claro y ventoso, porque el verano estaba a punto de llegar y el río nos avisaba.

Frente a la casa se llenó de huichas muy perfumados y blancos. Como cada domingo, pero aún más. Se formaba una larga fila de fieles detrás del altar del Jesús. Uno a uno, esperaban su turno para tocarlo, para pedirle cosas o para presentar ante él sus enfermedades. A la vez, otros grupos le sacaban fotos a la casa y a nosotros, y dejaban que la Eugenia o yo les ofreciéramos las pertenencias del santo.

Los que ya habían visto lo que había para ver, hacían su día de campo alrededor de la casa o caminaban por el monte sin alejarse mucho de los buses. Casi todas las caras que veíamos eran nuevas, menos las de los guías y los choferes. Uno de ellos, que conducía un bus de larga distancia, al ver a la Eugenia la saludó de lejos como dos conocidos del pueblo, y le hizo una seña.

Yo dejé de hacer una venta y me detuve a espiarlos. Ella se acercó y le habló sin vergüenza. El chofer, que era un zambuco rubio y muy blanco, asintió y se metió en el coche. Estuve a punto de salir corriendo para detenerla, pero ella lo esperó fuera. Cuando el hombre salió, le entregó un paquete envuelto en papel madera y le dijo algo que a mi hermana debió agradarle, porque ella se puso en puntas de pie y lo besó en la mejilla. No pasó más que eso, pero yo no podía respirar de todo el asco que tenía dentro.

Esperé el momento, y cuando la tuve sola a la Eugenia la aparté hasta la casa con mucho enfado. Cuando le pregunté sobre el paquete ella no pareció sorprendida, sino más bien triste. Me dijo que era un regalo para mí, y me trajo aquello que había recibido del rubio. Lo abrí a los tirones, y entre envoltorios de periódico encontré los zapatos. Entonces le pedí que me disculpara.

Mientras ella seguía vigilando a los fieles yo me quedé dentro inspeccionando mi obsequio. Desde pequeño, ni bien me enteré que existían, los había querido. Pero solamente los vendían en la capital, y eran tan caros como hacer el viaje hasta allí. Nunca tuvimos con qué comprarlos, y lo más parecido que yo tuve fue un engendro que una vez me hizo mi padre, con un pedazo de cedro en la suela de las alpargatas. Pero me resultaba incómodo, y también me hacía renquear.

Estos, en cambio, eran de una ortopedia, y sacaban brillo. Tenían cordones negros, y eran de cuero, como los zapatos de los huichas que venían los domingos. El izquierdo era normal, y el otro llevaba el tacón más alto y de hierro. Pero lo bueno era que los dos pesaban lo mismo, y de lejos parecían iguales.

Tuve miedo de ponérmelos con los pies tan sucios, y entonces antes me lavé en el yuco. Después me calcé ahí mismo, sentado al borde de la queracina, y me até los cordones con dos vueltas. Cuando regresé a la casa lo hice un poco llorando, porque ahora yo caminaba igual que todo el mundo y nadie iba a decirme el Rengo nunca más.

Al mediodía era la hora en que el santo descansaba y los turistas tomaban su almuerzo alrededor de la casa. A mamá y a los pequeños les llevamos lonchas de cabú y ellos, entre padrenuestros, se las iban comiendo. La Eugenia y yo nos pasamos la hora libre jugando carreras desde la casa hasta el yuco.

Ella me seguía ganando, pero ahora por poco. Yo pensaba que me faltaba acostumbrarme al peso del calzado, y que cuando lo lograra ya nadie me ganaría a hacer carreras. Los dos estábamos contentos con mi nueva forma de caminar, y a mí me habría gustado que mi papá no se hubiera muerto, y que mi mamá estuviera sana, así me hubieran podido ver.

Tan alegre estaba que cuando la Eugenia desapareció de mi vista a media tarde yo no me di cuenta. Supe que me faltaba cuando empecé a buscar al huicha rubio y tampoco lo encontré. Había llegado la hora de mostrar el dibujo genuino del Jesús, y en eso estaba cuando descubrí que mi hermana y el rubio habían desaparecido. Cuatro turistas me lo querían comprar, y todos ofrecían cada vez más plata. Yo no les hacía caso y miraba entre los grupos de gente, para ver si la veía a la Eugenia.

Los turistas me ponían los billetes delante de los ojos, y entonces me aturdí. Despedacé el dibujo del Jesús y les pringué a todos la madre. Después tiré los papeles al suelo y corrí para el lado del monte. Los fieles no se preocuparon por mí, y se lanzaron al pasto para disputarse la pertenencia del santo. Los cuatro que iban a comprarlo empezaron la riña, pero también participaban los que no tenían más dinero, porque creyeron que si hacían fuerza se podrían llevar una parte del dibujo gratis.

Los zapatos ya no me pesaban cuando corté campo hacia el monte. Me adentré porque la Eugenia y el rubio no podían estar más que allí. Los otros alrededores de la casa no eran más que llano hasta el río, y el pueblo quedaba lejos.

Entré al monte jadeando, y cuando dejé de jadear los jadeos seguían. Me desesperé y cerré los ojos para escuchar mejor de dónde venía el sofoco. Me guié como cuando crío, que entraba al monte de noche y me sorprendía conocerlo tan bien en lo oscuro. Sin la vista pude acercarme mejor, y cuando abrí los ojos los tenía a los dos muy cerca, como a un tiro de piedra de mí.

El rubio le estaba haciendo a la Eugenia lo que ella ya no quería que le hiciera yo. Me temblaron las manos y me abracé a un tronco de maura. Los podía ver muy bien; ella estaba boca al cielo y tenía los ojos cerrados. Las piernas y los brazos los había abierto de par en par, y con los dedos de las manos arrancaba el pasto de la tierra floja.

El rubio estaba montado encima, y llevaba los pantalones hasta las rodillas. No se tocaban ni se besaban. El rubio parecía que estaba haciendo flexión, y eso me enfureció más que todo. Me acerqué pinchado por la rabia hasta que estuve tan cerca que podía patearle la cabeza. Entonces elegí el zapato derecho, porque me lo había traido él de la capital y era pesado y de hierro. Levanté la rodilla y le hundí el talón en el cráneo. La fuerza de la patada me hizo caer contra el pasto.

El rubio no hizo ningún ruido, solamente se desplomó sobre la Eugenia. Ella abrió los ojos y me vio a mí a su lado, que lloraba y la insultaba. No dijo nada, pero después, cuando le vio la sangre al rubio, me dijo que era un cabro bruto.

La ayudé a levantarse pero no la quise mirar cuando se acomodaba el vestido. Me preguntó que hacíamos con el cuerpo y yo le hice un gesto. No me importaba. Ella se quitó el pasto de la espalda y entre los dos lo arrastramos hasta el corazón del monte. Después veríamos qué hacer. Ahora lo que importaba era volver a la casa, porque sabíamos que no había sido bueno dejar a los turistas solos con el Jesús.

Antes de salir del monte los gritos de los fieles nos enteraron de que las cosas no estaban bien. La tarde caía, y después de la loma pudimos ver la silueta de la casa recortada sobre el fondo del cielo. Nos quedamos quietos ante el cuadro. Había gente dentro de la casa y también arriba. Todos estaban fuera de sí, y se peleaban por la mesa, por la ropa de los pequeños y por el cajoncito del santo.

Habían encendido antorchas, y algunos camiones y buses ya estaban en marcha. Otros se habían ido. Todavía quedaban muchos hombres sobre la casa, despedazando las vigas y llevándose de recuerdo pedazos de madera. Trabajaban con rapidez y a los gritos. Cuando uno conseguía algo, después tenía que defenderlo de los demás. De lejos, parecían la langosta.

Mi hermana y yo no nos movimos hasta que se fue el último cristiano. Cuando ya no escuchamos motores ni gritos empezamos a correr. Más nos acercábamos y mejor veíamos el detalle de la ruina. La casa se había convertido en un esqueleto de machimbre, y adentro no quedaba nada. Se habían llevado hasta la silla que le pusimos a mamá para que rezara en paz. Ella estaba en el suelo, con la ropa hecha jirones, y se aferraba al rosario. No se había dado cuenta de nada.

A los pequeños les habían quitado la ropa, y estaban desnudos y rasguñados, abrazados a las piernas de mamá. Eugenia gritaba que los billetes había desaparecido, y solamente eso le preocupaba. Yo buscaba por todas partes, con la esperanza de encontrar el cuerpo conservado de mi hermanito el Jesús. Pero no nos habían dejado ni eso.

La noche se nos cayó encima de golpe. Lo primero que hice cuando supe que lo habíamos perdido todo, fue lavar en el yuco la sangre del rubio que tenía pegoteada en el zapato. Eugenia se había quedado en la casa y había prendido un fuego triste para que mi mamá y los hijos no pasaran frío. Desde la queracina me los quedé mirando a los cuatro, alrededor de la luz amarilla, como animales asustados.

También me quedé viendo, de fondo, las vigas de madera que alguna vez había puesto mi padre para empezar a construir la casa, y que ahora parecían una osamenta. Aquella casa había estado allí antes de que yo naciera, antes de los oficios del quita y pon, de la peste del barco y de la crecida que nos mató al Jesús. De eso había pasado mucho tiempo, y ahora la vida estaba otra vez como al principio.

Disculpas. Este cuento es, de lejos, la historia más larga que he publicado en Orsai. Durante mucho tiempo me resistí a incluirla, porque un ladrillo tan pesado en Internet, más que un riesgo, es un acto de pedantería. Sin embargo, un par de textos recientes en donde menciono a este cuento (Don Marcos y Los dos rulfos) generaron la curiosidad de algunos lectores por conocer la trama completa. Al resto, a los muchos que se aburrieron redondamente y lo dejaron por la mitad, mis disculpas.

Hernán Casciari
martes 6 de mayo, 2008


Podés ver a Hernán Casciari en el teatro


26/07/2012 a las 06:21
Lo leí sin respirar desde la primera letra, hasta el punto final y logra su cometido, che. Atrapa el alma en una botella, en la que se derrama este mundo tuyo, sin prisa, sin pausa, sin principio y sin final. El tema del incesto, medianamente recurrente en la literatura de sudamérica, pero presente en la literatura universal ( con esto quiero decir que en todos los idiomas se ha tocado el tema ) es fuerte, contundente y subyacentemente doloroso. Loco...! Te pasasteeeee!!! Me encantó, espero leer mas relatos asi, aunque sean largos publicalos igual... se disfrutan 100%.
21/07/2016 a las 09:31
Tienes razón Clarisa, engancha al leerlo
yaquisita
13/05/2008 a las 03:44
#169 Carlos Fredes: no frieges, hazte un favor , lee :
#103 Hernán Casciari:
#137 Gerardo
#176 El angel gris
he dicho, .....DE NADA.
13/05/2008 a las 01:14
El cuento es largo, pero vale la pena leerlo.
Excelente!!!
:)
Marcio
12/05/2008 a las 21:47
Muy Bueno, a lo Quiroga de tragico!!!!
tumismo
12/05/2008 a las 19:52
Para "el verdugo en el umbral"... primero lee bien.. soy ..TUMISMO. no turismo... jjsjsjsjs, y ya que sos gay, no te gustara que se utilice tu condicion sexual para insultar . a eso me referia yo cuando dije , lo que dije... y ya que me corregis los errores. ¿donde estan tus signos de pregunta?.. sacame de dudas, ¿cuando te referis a a todos los enfermos de este mundo que no sean extrajeros , hablas de enfermos de este mundo o de Marte o de Pluton?.... jjsjsjsj ahhhhhhh para tu informacion, no pongo acentos porque mi teclado , no los tiene....y tambien te aconsejo que leas bien lo que escribis.. porque en el primer comentario hay varios errores de expresion.. asi que ya sabes.. a leer..... todo esto sin ACRITUD.... jjsjsjsjjs y que te llueva finito... jjsss
el_clavadista_solitario
12/05/2008 a las 13:40
Joder, pudor me da meterme donde no me mandán ni me toca (Casciari es más cool y no va hacerlo) pero... ¿han oido hablar de un libro de Woody Allen titulado "Como acabar de una vez por todas con la cultura". En él, Allen va desascralizando, a través del sarcasmo, una serie de totems culturales fuera de cuestión para la intelligentzia del momento. Lo que hace Casciari con su cuento -lo cual era casi una obligación pare él cuando lo escribió, dada su edad de entonces y su talento de siempre- es simple y llanamente irnonizar y desmitificar el -llamado- "realismo mágico".

Algo a lo que modestamente he intentado contribuir de una manera bastante menos estilizada y más tosca, más pulp fiction, con mi anterior comentario a este post. En el que aún estuve a punto de meter al final al mismísimo Lalo Maradona, pero me corté y no lo hice. Y creo que hice bien. Ya habrá otros momentos para el Lalo.

Gracias a todos. Y disculpas... Hernán.
manque switzer
12/05/2008 a las 10:01
Hernan, me encanto el cuento.
Hace mucho tiempo que no leo algo tan bueno!
Espero que sigas enviando esas hermosas perlas cada semana.

PD: Angel Gris... gracias por abrirnos los ojitos
Kazu
12/05/2008 a las 03:22
A mí, francamente, no me gustó. Como dicen aca arriba, es realismo mágico, pero no lo digo como halago, sino ese realismo mágico comercial terrible, de ese que te topas en los best sellers; el cuento, en sí, no es malo, pero me parece forzado, tiene como esa necesidad de parecer fatalista. Arggh... no sé, tiene algo no orgánico que tira al melodrama que no reconozco en tí (aunque, bueno, tu faceta humorística es la que más me gusta y eso puede influir). En fin....

Por cierto, la extensión, en lo personal, no molesta. Para un lector nuevo de orsai, tal vez, pero no para alguien que viene aquí de ordinario.

Nos vemos
El Angel Gris
12/05/2008 a las 03:21
Otro boludo y van...
manque switzer
12/05/2008 a las 00:15
Alguien sabe qué es realismo màgico?
Me parece que me voy a preguntar a otra parte...
manque switzer
12/05/2008 a las 00:03
Es la primera vez que me meto en un blog...
Cuanta gente linda!
Que manera de leer boludeses!
Ah! el cuento... tenes otro?
kirk534
11/05/2008 a las 17:40
Un episodio digno del antiguo testamento pehuenche, de no ser porque estos no cosechaban la papaya sinó los piñones. Los chilotas los asolaban durante el otoño y el invierno hasta que decidieron hacerse huarpes. Más tarde, ya hartos de no encontrar la paz ni en el yuco, mandaron todo al a la reconcha pachamama y se araucanizaron. Luego, ya sabemos de las guerras huincas y ni llorando al cielo los pudo salvar Namuncurá.
Los gringos llegaron y se los comieron a todos. Que los parió.
El Verdugo en el Umbral
11/05/2008 a las 15:44
Ángel gris: vos te jactás de escribir boludeces (eso dice tu "blog") pero a mí no me sobra el tiempo para leer estupideces irrespetuosas de nene de mamá que papi le paga la banda ancha parque no salga a la calle que es peligrosa. Autofiltrate vos y dedicate a lo jueguitos de SEGA que no critican.

Turismo: como si fuera poco anónimo el sistema de blogs vos no ponés otra info que Turismo. Muy valiente lo tuyo. Me conmovió tu humanismo con los oligofrénicos, lo que se contradice con tu insulto hacia mí "él (la tilde la agregué yo) cerebro cortito". Yo no tengo familiares oligofrénicos pero sí cortos de mente. Así que te pido que te retractes.
Ah? yo soy maricón así que no jodo con eso. Yo sé insultar pero cuando hablé de oligofrénicos no lo hice como insulto. Creí que se trataba de enfermos reales.

PD cuando te referís a "este país" a cuál hacés referencia concretamente. Porque que yo sepa esto se lee en todo el mundo. O será que te solidarizas con todos lo enfermos del mundo que no sean extranjeros?
Osky
11/05/2008 a las 14:33
Impecable! Realmente me acabo de enterar del blog por La Nacion, y ya me hice adicto.
Felicitaciones capo!
Mariana
11/05/2008 a las 11:00
Hernán, ya lo sabrás, pero por las dudas te aviso que saliste en La Nación de hoy.

Perdón por el off topic pero lo acabo de leer y me tentó mucho venir a avisarte :-)

No comento sobre el cuento porque todavía no lo leí :-D

De cualquier forma Heeee! Feli Feli Feli citaciones!
Carlos Fredes
11/05/2008 a las 05:39
Hernán:

Sos un ladri. No puedo creer toda esa gente que se emociona y te dice lo genial que es el cuento; se nota que no leyeron a ningún escritor latinoamericano berreta y que además son unos chupamedias.

Hay dos posibilidades:

1) Que de pibe fueras malísimo y fanático de Gabo.

Es posible, y en ese caso te felicito primero porque vos mismo exponés el cuento sin pudor habiendo dicho que te parece una porquería, cosa que comparto.

2) Que este cuento no existe, y es todo parte del juego.

Me parece una opción viable. Hace rato venís hablando de este cuento; le venís tomando el pelo a este cuento. Después de confabular tanto con él, decidiste escribir algo bien ridículo que cumpla las premisas que fuiste comentando.

En ese caso te felicito más, porque nos tomás el pelo a todos nosotros, pero además teniendo la valentía de adjudicarte algo que escribiste ridículo a propósito.

----

En todos los casos te digo que el cuento es una poronga como historia, aunque desde el punto de vista narrativo no está tan mal escrito. Pero insisto, como historia, es una vergüenza.

Suerte, Casciari, seguí escribiendo cosas buenas y alejate de la selva y el incesto.
Nacho Conese
11/05/2008 a las 02:19
Este es el famoso cuento por el cual te entrevistron y tu abuelo te cago a sartenasos!!!!
Con razon!! temita jodido que elegiste para arrancar tu carrera. No me parecio para nada largo, y si me gusto, aunque debe confesar que me gusta mas lo que escribis actualmente.
Dejanos mas cuentos que hayas escrito antes, a los que te seguimos seguro nos van a gustar, y sino nos gustan, a quien le importa!!
Gracias.
Nacho.
jan.huxel
10/05/2008 a las 21:13
De puta madre, cada dia mejor.
Un saludo y mucha suerte.
nosomosnaides
10/05/2008 a las 17:54
creo que poner los datos mal implica que no me publiqueis, de todas maneras no he leido (ni ganas) el relato (lo siento) y no se como he llegado aqui, todo por culpa de nacho... suerte y no molesto mas.

efectivamente hay que poner un imeil... no necesariamente el propio, pero almenos uno. si no lo pones te dice:" El nombre y la dirección de correo-e son obligatorios.
Estimado lector, su intento de enviar un mensaje ha sido fallido. Revise todos los campos (nombre, email, mensaje) antes de enviarlo nuevamente. Si no le parece justo este sistema, lo mejor es contactar con el autor. Si, por el contrario, ya no quiere dejar un mensaje (porque se siente ofendido o algo) puede volver a la entrada original. "
tanto lo de conectar con el autor como lo de volver a la entrada original viene de otro color, osea que supongo que sean links, enlaces, y que pinchando la pagina cambie... esto explica un poco porque tantos años despues sigo sin acabar la carrera, no??
suerte.
nemo
Dulce
10/05/2008 a las 16:35
Que gusto que hayas encontrado tu estilo.
El cuento no me aburrio, pero tampoco me encanto, me recuerda al cliche de los autores latinoaméricanos que relatan las desgracias que suceden en esta parte del mundo y las describen con humor negro.
Agradezco igual "el regalo" de habernoslo dado a conocer.
Claudia Sánchez
10/05/2008 a las 15:02
Hernán, recién llego a tu sitio, recetado magistralmente por mi amiga Adriana Lara, para leer cosas buenas. Leí el cuento, en lo que me llevó desayunar. Me gustó. Realismo mágico. Buen final.

Luego leí los 163 comentarios.

Claro, no conozco tus otros escritos -que leeré luego, por supuesto- pero me sorprendieron algunas críticas que me llevaron a pensar: salvo sus creadores, nadie más podrá escribir con realismo mágico, sin ser automáticamente comparado con ellos y menospreciado o alabado por lo mismo? como si ello no formara parte de la literatura latinoamericana, le guste a quien le guste y le pese a quien le pese?

Rescato el comentario 78 de "el clavadista solitario": Si eso produce tu escritura, ganas de seguirla, de completarla, de hacerla propia... tan mala no puede ser, en mi opinión.
Luego me voy a leer al Hernán de hoy, y después te cuento.

Igualmente, ya te agregué a mis favoritos.
Saludos,
 Oscar Zarate
10/05/2008 a las 05:41
No hubiera estado mal utilizar el cuerpo del rubio, debidamente recauchutado, para reemplazar el del Jesús y mantener funcionando la empresa familiar luego de un obligado cierre por reformas...
Juanpablob
10/05/2008 a las 04:33
Excelente, me encanto.

Pregunto Hernan; el chiri vive en lujan? porque el algunos textos dice que venias a visitarlo a el o algo por el estilo...
Yo quiero conocer al chiri de tantas aventuras que lei!
PD: soy de lujan
hp
10/05/2008 a las 00:05
Parece mi biografía, me dieron ganas de llorar.
Zebas
09/05/2008 a las 23:13
Te pasaste de delicado, la disculpa en mi opinion innecesaria, creo que para los que disfrutan de una buena lectura la extension es lo de menos, es como ciertas cosas, que cuanto mas se extiende el placer uno entra en un trance casi total.
Suficiente tenemos algunos con la eyaculacion prematura ocasional.
La Filistea
09/05/2008 a las 20:55
Para haber sido escrito hace "sapotocientos años" a mí me gustó, mas esa imagen de ver al adoptivo y Jesús clavados en la aguja del reloj.

Y entrándole al corifeo.... Muy bueno Hernán, para mí, si estuvo largo que tengo que repartir el tiempo entre la pc, y los quehaceres pero valió le pena, sigue escribiendo largo o corto yo te leo.

chichita
09/05/2008 a las 19:30
a Maru del comentario 153: te han dicho la verdad. Tuve que venir a Mercedes hace 40 años para hacer famoso al apellido Casciari.....y por supuesto puse la semillita en el gordo que ese si hizo famoso al apellido. (pero me quedo con la intriga de quien te dijo que soy famosa. Esa si que cuenta anecdotas mejoradas...jaja) . Un besote corazon.
Aureliano
09/05/2008 a las 19:10
Gabo te pegó duro cuando eras niño. Qué bueno que ya te lo quitaste de encima, y tienes tu propia voz.
Hitos
09/05/2008 a las 18:08
A mi me encantó. Y lo que más me gusta es que Hernan tuviera el detallazo de publicarlo para todos nosotros a sabiendas de que hay mucho crítico literario suelto.
Pablo
09/05/2008 a las 13:36
Hernán ¿no tenés miedo de estar haciendo, con tus escritos antiguos, lo que hacían estos chicos con las reliquias de su hermano santo?
la bonaerense
09/05/2008 a las 13:31
No puedo parar de recomendar este cuento. Y todos dicen lo mismo, les da fiaca leerlo porque no te conocen. Cuando finalmente lo leen les parece increíble.

Para mí es lo mejor, o lo que más me ha gustado.



Maru
09/05/2008 a las 04:43
Cansa leerlo en la pc. Está bueno.

Comentario aparte: hace un tiempito, estuvimos con mi novio junto con una gente que era de Mercedes y a él se le ocurrió preguntar a una de las mujeres si te conocía. A lo que esta respondió: "Ahhh, el hijo de Chichita? Anda viajando bastante ultimamente Chichita."
Al parecer, en el mundo internetiano le sacás ventaja, pero la que manda en Mercedes, la famosa, es Chichita.

Saludos.
09/05/2008 a las 02:44
Soberbio... Tan ladrillo que tuve que imprimirlo y leermelo en casa, pudo mas el interés obviamente, porque aburrido no es.

Me encantó. El final es muy bueno. Gracias por decidirse a ponerlo.

Ana
Daniel
09/05/2008 a las 02:04
Es una pena comenzar a leer los comentarios ya por el numero 40, porque los primeros 39 se fueron en PRI, SEC.

La idea de dejar el apartado de los comentarios, es para enriquecer lo que de entrada es muy bueno leer.

No dejen mal a Hernan, para futuros lectores, que muy entuciasmados entran a comentar.
rosa emilia
09/05/2008 a las 00:10
Verga!! Qué cuento tan cruel, pero excelente, como todo lo que escribes. Cuando yo sea grande quiero ser como tú y poder escribir con la magia con que lo haces, pero mis cuentos aún están en la pubertad torpe, aunque por lo pronto te digo: EXCELENTE HERNÁN!! Te mando un beso grande desde Caracas.
P.D.: no estaba tan largo...
cecilia
08/05/2008 a las 23:12
Me gustó mucho el cuento. Pero no es realismo mágico porque todo es muy real, quizás al final... sin embargo me hizo acordar a Cien años de Soledad, no sé por el ritmo a lo mejor. Realismo mágico es cuando se introducen elementos extraños en una realidad cotidiana, que crean un clima irreal, pese a lo creíble del relato, cuando es difícil de discernir que es real y qué fantasía.
Y no es largo el cuento, terminen ya de decir que es largo! El que dice que es largo es que no está acostumbrado a leer nada entonces. Tampoco es aburrido! Es un señor cuento. y está muy bien, muy bien. Ahora que lo leo por segunda vez me gusta mas.
Gracias Hernán por ponerlo. pienso que si lo pusiste es porque le tenés algo de cariño después de todo. Ya ves que a la gente le gusta. deberías escribir cuentos más seguido, no porque te lo pida la gente... nunca hay que hacer caso de lo que piensa la gente, uno tiene que hacer lo que cree que tiene que hacer y ya está, y la gente que se vaya a leer revistas del corazón que es lo que le gusta.
te mando un besote.
Rodrigo Granados-Rodro
08/05/2008 a las 17:55

Hernán, esta vez felicitaciones!

El de la semana pasada no me gustó y comenté eso, ahora te felicito y te agradezco. Me sacaste de la oficina por una hora, lo fui leyendo despacito y tratando de ocnvencerme de que realmunte existen palabras como "Yuco" o "Sanmartines". Sos un fenómeno, de apoco se va destilando tu estilo, como dijo alguno por ahi. Esta implícito aqui un cuento que vos contaste que era uno de tus favoritos, donde se cuenta la historia de unos hermanos que salen al campo a la noche a ver la luz mala, y se masturban. Por un momento logra el mismo sentido de excitación que aquél. Lo del realismo mágico sí, es verdad, creo que nos hizo acordar mucho a todos a García Márquez, a Rulfo seguramente, aunque nunca leí todavía cosas suyas. En Buena hora Hernán!
Es una lástima que no hubieran parado un día para llevar la plata al banco a una ciudad cercana y también como dijo otro por ahí: " Ese rubio de mierda!"

Genio! a ver cuando publicás cuentos en papel en Argentina! Exitos!
tumismo
08/05/2008 a las 17:54
Felicidadews Hernan, como siempre maravilloso... relato tremendamente genial y el que no lo entienda peor para él.. y ahora en mi linea... PARA ..."EL VERDUGO EN EL UMBRAL"...es que ese se piensa, que llamar oligofenicos a 4 personas que escriben lo que les da la gana , le guste o no,es un insulto, cuando en su familia haya alguien con esa enfermedad, ya lo insultaré yo de alguna manera, pero parece que si , que el tiene el cerebro cortito y no sabe insultar como dios manda sin referirse a cuestiones medicas...ya quisiera "ese señor" ser tan maravilloso como muchos oligofrenicos... me parece que este sector de enfermos ya tiene bastante como para que siempre se utilice su enfermedad para insultar.... porfavor .. una disculpa...parece que en este pais decir maricon y oligofrenico son los unicos insultos posibles, que descerebrados estan todos...
Maestruli
08/05/2008 a las 17:17
¡Yo coincidiendo con Ángel nuevamente! ¡Somos almas gemelas!

Respecto a Gerardo 137#, en base a críticas constructivas y señalando errores se puede mejorar en esta vida. Si tu maestra nunca te hubiera puesto una mala nota, quizás ahora pensarías que dos más dos es 3,4. Mientras una crítica se haga en forma respetuosa, es válida y por demás útil. Creo que ese es uno de los objetivos de quien publica algo en un blog, nutrirse de los comentarios.

Volviendo a tu comparación, si uno pudiera decir a quien te regala algo "mirá, esas medias Tom marrones que me regalás siempre no me gustan para nada", por lo menos podemos lograr que el año que viene nos regalen algo mejor.
gustavo
08/05/2008 a las 16:46
refrito magico!
Maggie
08/05/2008 a las 15:08
Lo lei y me acorde de vos

http://www.infobae.com/contenidos/379061-101096-0-La-desgarradora-historia-la-familia-que-vive-como-mono

Beso
El Angel Gris
08/05/2008 a las 13:30
¿No hay forma de filtrar a los infelices que se quejan de los que ponen PRI!!!?
El Verdugo en el Umbral
08/05/2008 a las 12:56
Repito:
Muy lindo cuento.
¿No hay manera de suprimir los comentarios de los oligofrénicos que compiten por ver quién comenta primero?
Definitivamente hay gente a la que le sobra tiempo. Ellos en qué año habran nacido. ¿En el año en que a España le sobra plata (que saca de sus neocolonias) para mantener vagos y parásitos?

El Verdugo en el Umbral
08/05/2008 a las 12:52
Muy lindo cuento.
¿No hay manera de suprimir los comentarios de los oligofrénicos que compiten por ver quién comenta primero?
Definitivamente hay gente a la que le sobra tiempo. Ellos en qué año habran nacido. ¿En el año en que a España le sobra plata (que saca de sus neocolonias) para mantener vagos y parásitos?
Langas
08/05/2008 a las 12:38
Me gustó. Y me sorprendió descubrir a este Casciari jove, buscando aún su estilo, tan alejado del actual. De todas formas, el que vale, vale, y esta aproximación al realismo mágico, por mucho que reniegues de ella, te salió muy conseguida. Eso sí, desprende ese tufillo de las obras escritas expresamente para ganar un premio.

Ayer lo imprimí, lo fui leyendo en el autobús camino a casa, y cuando acabé lo dejé en el asiento vacío. Espero que la próxima persona que se tropiece con él sea curiosa y le dé una oportunidad, ya sea un viajero, el conductor del bus al cerrar... Si no, acabará siendo un papel más en la basura.

Un saludo.
Bart
08/05/2008 a las 12:37
Yo diría, Eduardo/Angélica, que las dos veces que se menciona la venta de la foto del Jesús se refieren al mismo momento.

Aunque podría ser que el Rengo Galíndez, ese genio de las finanzas, tuviera 1000 copias de "la única foto que le habían sacado al Jesús cuando vivía". Creo que es práctica habitual entre los vendedores de reliquias.

También es posible que el autor utilice aquí una repitonomasia o una otraveztopeya.
sofia_topo
08/05/2008 a las 05:59
rubio de mierda.
Gerardo
08/05/2008 a las 05:46
De chiquito mis papás me enseñaron que, cuando uno recibe un regalo, si le gusta se le nota así que no hace falta medir reacciones y si no le gusta (aquí viene la parte complicada) hacer que quien esta haciendo ese regalo se de cuenta lo menos posible y mucho menos, ni por asomo, ser lapidario con el obsequio en cuestión.
Con mayor o menor frecuencia, el autor de éste blog nos REGALA
lo que en realidad debería vendernos, su obra, el resultado de su laburo y algunas personas se permiten caer en la desagradable y la descortesía de ser lapidario con un regalo.
Por si algún mentecato piensa que estoy comparando el culo con el mes de marzo, les aclaro que no es así. Son simples y absurdos ejemplos destinados a ridiculizar los post de aquellos mamarrachos que se atreven a despreciar un regalo.

* Pero Señor Carlos Bianchi, no le parece que sus equipos multicampeones no "juegan lindo".

* Señor García Marquez, su obra es inentendible y su estilo es una porquería.

* Adrián Caetano, no le parecen demasiado marginales los personajes de sus filmes.

* Pero Miguel Angel, ¿a quién se le ocurre pintar un señor en pelotas y con el dedito estirado? .

* Escucheme Diego Maradona, ¿como le van a atajar un penal?

Un mamarracho, si no le gusta chifle bajito, camine derecho y vuelva la semana que viene que el autor es tan boludo que le va a regalar mas de su talento.
Angélica
08/05/2008 a las 05:41
Muy bueno Hernán.
Me hiciste acordar de las clases de literatura latinoamericana del profesorado. tantas horas leyendo a Rulfo, Marquez, Allende... El realismo mágico... Coincido con que no es tu mejor obra, y suena como a "Taller Literario" como dijeron, pero demuestra que sos un escritor con todas las letras,jugas con el idioma, jugas con las palabras, jugas con nosotros...( coincido con Alex #96 y con #119 La voz de tu conciencia ) igual me quedo con el Hernan de ahora, me gusta más cuando jugas al periodista-escritor. Me haces reir y emocionar, y no sé cuando creerte y cuando no. Eso es lo que seduce de tu estilo, la delgada línea entre realidad y ficción, y que todo escrito pareciera ser autobiográfico. Espero la aclaración a #134 Eduardo qué paso ahí...
Felicitaciones.
la bonaerense
08/05/2008 a las 05:32
No se me hizo largo, al contrario. Te agradezco por tus escritos. Son geniales. Empecé con "Canelones" y nunca más pude parar.

Y el video de Nina cantando la marcha peronista...
Eduardo
08/05/2008 a las 04:50
La verdad que me atrapo todo el relato... lo que me llamo la atencion fue que vendieron dos veces la misma unica foto de Jesus, una antes de que la madre se encerrara completamente en sus resos y otra después. Quizas sera que lo entendi mal?
Yimmi
08/05/2008 a las 01:07
...uhm
¡133! Yuupiiii

En cuanto al cuento... supongo que yo no hubiese escrito algo así, por lo que para mi es bueno.
Por supuesto la presencia de Realismo Mágico es tan obvia que insulta, pero al pensar que escribiste un cuento para ganar un premio europeo, y que lo lograste, no puedo sino felicitarte.
Tal como te lo dije en un comentario anterior, es chévere burlarse de la inteligencia de los que se creen más inteligentes que uno...
El cuento es entretenido, pero definitivamente me quedo con tus textos más recientes, son más Hernán y menos Gabo.
spider
07/05/2008 a las 23:13
Me pareció muy entretenido. Realmente divertido.(Que mala pata el rengo).
Karen
07/05/2008 a las 23:11
Me recuerdo de la entrevistadora que te preguntaba si era real o no la historia, y tu muy serio: Si, es todo tan triste.

De plano les cuesta entender el chiste del realismo mágico...
Maestruli
07/05/2008 a las 21:30
Coincido con el autor y otros comentaristas (sobre todo Pal). No sé si malo, pero el cuento es estándar. La genialidad está en que te propusiste escribir un cuento para ganar un premio, y lo lograste. Y eso habla de tu inteligencia y de la estrechez de mentes de muchos jurados extranjeros, prejuiciosos de lo latinoamericano. Ellos sabían que había palabras inventadas? No se dieron cuenta que era una gran broma el texto?

Me causó mucha gracia la seguidilla de calamidades de la primera mitad del cuento. Y me aburrió también. Luego cuando aparece el niño santo, al menos se vuelve más llevadera la lectura.

Veo que tuviste una época "académica" en que quisiste escribir como otros. Y sin duda tu estilo "verdadero" ahora está en muchos de los escritos de Orsai. Ojalá algún día escribas algo largo (¿una novela quizás?) con el estilo que ya supiste encontrar.

Pido perdón si el comentario suena pretencioso, no es mi intención, una simple opinión sincera.

Marcelo
07/05/2008 a las 21:21
Excelente como siempre...
La verdad es que no me enteré que es de los más largos. Me atrapó !!

Saludos
tucacu
07/05/2008 a las 19:52
Recordaba los comentarios de otros escritos y me iba riendo sobre la marcha. Me encanta el detalle de las palabras inventadas y el ambiente centroamericano. Me imagino que los franchutes habran flipado en colores al leer esto. XD
saludos!
Julián Rodriguez Orihuela
07/05/2008 a las 19:32
Muy triste historia. Muy chanta el escritor. Pero igualmente estuvo bien, de alguna retorcida manera.
Diego
07/05/2008 a las 19:28
Ahora lo imprimo y lo leo, sino me quedo ciego.
elmorodematanza
07/05/2008 a las 18:46
Juro por Dios que al principio pensé que nos contabas tu vida, Hernán!! Luego ya vi que los nombres y lugares no coincidían, jeje.

Largo? Pesado? Extenso? Así eran mis libros de historia y filosofia del instituto... todo lo que leemos aqui no tiene nada que ver. Cuanto más largo, mejor! A mi tus relatos siempre se me hacen cortos. Sigue asi, no nos falles nunca. Siempre fiel a tu cita.

Saludos desde Asturias!

PD: Muy buenos los informes sobre humanidad!!
oscar
07/05/2008 a las 18:14
No se si tendre un problema pero me he partido de risa mientras lo leia, esa serie de desgracias encadenadas a cada cual mas bestia.. Por dios! , humor negro al 100%.

¿Es cierto que creyeron que el relato era veridico? Me parece increible!
Fernando
07/05/2008 a las 17:28
No me gustó, como ya dijeron otros, suena a literatura "de los andes al pacífico", y me imagino todo lleno de moscas y olores nauseabundos, prefiero tu fasceta citadina, argentina.
Sorry, pero prefiero no ser pelota. Igual sigo creyendo que después de Fontanarrosa nadie me había provocado la risa como vos.
pau
07/05/2008 a las 17:25
he intentado leerlo varias veces y nunca consigo acabarlo.si por este relato te dieron plata estoy pensando seriamente en hacerme escritor. Por otra parte casi todo el resto de orsai me chifla.Las buenas esencias vienen en frascos pequeños,dicen. Ya se que te disculpaste nada mas empezar.aceptadas.
marcelo del buceo
07/05/2008 a las 16:36
... habías terminado de leer 100 Años de Soledad una semana antes... jeje. Bien robado ese premio.
  mafaldita
07/05/2008 a las 16:29
al comentario de la voz de tu conciencia:ja! adrian?? en fin... tal vez uno q cre q no existís...

A mi me emocionó la descripcion de la muerte de Jesus y el huerfanito...
y busqué en la edicion de ayer del Diario Publico a ver si habias salido y nos habias currado uno.... pero no vi nada...
 Galois
07/05/2008 a las 16:15
Deja de robar Adrian... Y la tecnica de autocriticarte culposamente para bajar expectativas y sin embargo postear lo mismo (que forma triste de llamar la atención, si fueras consecuente no habrias echo toda la paranpilfarria que hiciste sobre este cuento y otros posteos igual de amlos) ya cansa y peca, aparte de evidente y reiterativa, de poco original.

Igual algunas cosas que escribis estan muy bien logradas.
Felipe
07/05/2008 a las 16:15
El texto me parecio Excelente, como esta manejado el tiempo, los climas, las tensiones. Me da lastima por los que ponen comentarios al cuete sin darse el tiempo de disfrutar una buena lectura.
Gracias por esta obra tan bella,
Felipe
pal
07/05/2008 a las 16:13
Una cosa es la historia, que tu sabrás como tiene que ser. La otra es el como la cuentas... y aquí me parece que la cuentas como si te diera flojera contarla... el lenguaje es raro, pero no por el vocabulario, sino porque es como si fueras y escribieras rapidito, sin reflexionar, vomitando todo, como medio lateado de tener que escribir. Solucionando rápido.
No sé si es bueno o malo este cuento. Yo creo que es igual a muchos otros que he leído, eso si... contigo me pasa que yo sé que no podría escribir como tú, que sé que no voy a encontrar a otro Casciari, que sé que escribes lo que te sale de los quetejedi... pero NO en este cuento.
Lo siento Gin, pero a mi si me recuerda a García Márquez, pero entiendo eso que dices de que no parece argentino sino peruano, porque se parece a como escribe la Allende- sorry, de aquí a Punta Arenas y de vuelta- no se sabe de dónde viene pero produce una especie de insatisfacción por lo mismo y no la sensación de universalidad. Cayuteña que es una!
No sé si la historia se salva o no, pero no me gustó que contaras las cosas como si fueras cualquiera de nosotros el que estuviera escribiendo para el taller literario, y como si hubieramos nacido en el trópico y tuvieramos que comer papalla para sobrevivir.
Igual al final la culpa es tuya por andar diciendo que este cuento no te gusta, y nosotros que te lo creemos todo nos sentimos incómodos.
hueso
07/05/2008 a las 14:18
Ta confuso, no? No me gusto tanto como lo actual, aunque reconozco que es un buen cuento. Mi hizo acordar a aquel cuento de dos hermanos, una rubia de pelo largo y un botija con un reloj de oro sin malla. Ella se corta el pelo para comprarle la malla, y el vende el reloj para comprarle una tiara.
Salu2
Bepo
07/05/2008 a las 11:12
Otra vez gracias, Hernán!

No entiendo a los que se atreven a lapidar lo que ofreces de forma generosa y gratuita. Si no les gusta, con decir "no me gusta", es suficiente. A mi me encantó.

Tampoco entiendo a los "pri!" i "podio!"... Y qué? A que jugamos?

Ah! Y gracias por regalarnos estos momentos mas a menudo!

Salut!

Andrés G.
07/05/2008 a las 11:02
A mí no me ha parecido ni aburrido (ni de lejos) ni malo, Hernán. No sé qué entiendes tú por un buen cuento, pero por mi experiencia de cuentista, de asistente a talleres, de lector, después de romperme la cabeza con varios de mis textos para conseguir transmitir naturalidad, fluidez, y contagiar entusiasmo en el lector, que tú consigues con aparente facilidad, yo diría que es un cuento estupendo y me atrevería a aconsejarte que siguieras por ese camino. Los cuentos cortos de Orsai son entretenidos, aunque efectistas. Este cuento es otra cosa, estoy seguro que un cuento de 17 páginas 11 años después ya sería la hostia.
Saludos!
Alberto José
07/05/2008 a las 10:16
Este cuento debe tener muchos años.
Me gusta mucho más el Casciari de ahora.
Un abrazo.
Barbarita
07/05/2008 a las 08:41
Hernán: el cuento para ti es aburrido porque ya sabes lo que va a pasar!!!

Y ahora un dato para los incrédulos: el cuento existía de verdad, pues yo lo leí a finales de 2006. Hernán un día armó un librito en el que incluyó varios cuentos suyos de cuando era un escritor preocupado, y luego me lo regaló. Y ahí estaba Ropa sucia.
 Naramba
07/05/2008 a las 06:37
Muy bueno, me llamó la atención la verosimilitud de los detalles del pueblo, la casa y alrededores. En la descripción se vivía el clima de ese lugar con bastante exactitud, logra un verdadero sentimiento de empatía con el narrador. Desde el año pasado que vengo siguiendo tus escritos, es la primera vez que leo un cuento tuyo y fue una satisfacción. Tu lectura (y escuchar musica uruguaya) siempre me inspiran, me voy a escribir. Un gran abrazo...

Lucas...
Freddy Campos
07/05/2008 a las 05:56
Estimado Hernán Casciari: Llevo varios años leyendo su blog, soy venezolano.

Es la primera vez que me desagrada radicalmente una historia suya publicada en este espacio. Considero que lo que hizo es un ejercicio práctico de desmantelamiento o autopsia de la mala literatura latinoamericana y todo el daño que han hecho al desarrollo bibliográfico de la región fenómenos pop como el realismo mágico y el telurismo más allá de unas pocas excepciones auténticas.

Este cuento, sinceramente, me parece una terrible bofetada en la cara de toda la tradición literaria desde los 60, con el chiste cruel añadido del supuesto concurso francés. Me voy dolido sintiendo como si en parte hubiera sido conmigo esa bofetada. Este cuento representa todo lo que está mal en la idiosincracia de los latinoamericanos.
carajo
07/05/2008 a las 05:48
gracias, fue una belleza. me entristecí de veras con lo del rubio (del rubio y eugenia, no lo que le pasó al rubio nada más). dicen (digo) que la vida siempre es vida

gracias again
german s.
07/05/2008 a las 04:16
Es rara la ruta que sigue en esta ocasión mi lectura de tu entrada: primero fue tu captatio benevolentiae; luego algunos comentarios al azar... Después escribo estas palabras y recién más tarde leeré el cuento en cuestión.

Pero me llaman la atención dos cosas. La primera, la que señala el comentario #21: Tanto has jugado con los límites de la verdad y la verosimilitud que por más que jures y perjures ha de quedar instalada la duda de si no habrás inventado este cuento a partir de los relatos donde has hecho referencia a él. Sos preso de tus propias invenciones.

La segunda es que pidas disculpas a tus lectores. Eso sí que parece escrito por un Hernán Casciari al que no conocíamos.

No a lugar, por cierto. Quien quiera leer que lea, y el que no...

Ahora sí, me dispongo a leer el relato.
Ezequiel
07/05/2008 a las 03:24
Lo que tenes que agradecer no son los comentarios, sino que raramente no salto ningùn rengo diciendo que los tratas de incestuosos y pajeros.
Pd: Me gustò el cuento.
Mala Q Alam
07/05/2008 a las 03:11
Muy bueno. Felicitaciones.
mingo-Campana
07/05/2008 a las 02:39
Para nada es largo, lo aburrido se hace largo, solo un sudamericano puede escribir este tipo de cuento,gracias
07/05/2008 a las 01:46
Los franchutes no se equivocaron al darte el premio.
Se que no es tu cuento favorito, pero reflejaste a la perfección la ignorancia, imbecilidad y aves de rapiña que somos en muchas de nuestras facetas los latinoamericanos, sobre todo los creyentes (de cualquier Dios).
Bravo.
 olo mosquera
07/05/2008 a las 01:29
Agradezco a Zoe (#102) y a todos los que intentan corregir papalla. Pero no es un error: lo que plantan en el pueblo es un tubérculo y no un fruto, y va con ll. Como otras sesenta palabras de Ropa sucia, ésta también es inventada.

También agradezco los muchos comentarios. Pensé que éste iba a ser un texto que se quedaría en las dos cifras, y sin embargo ya pasó los cien mensajes. No hubo, por suerte, silencio ensordecedor (yo me lo temía). Igual las críticas son demasiado amables: para mí es un cuento aburrido visto con mis ojos de ahora, que tienen once años más que cuando lo escribí.

Y ya que estoy, un mensaje para Alex (#96): tanto lo que narro en 'Don Marcos', como en 'Los dos rulfos', es real. Y este cuento también lo es. No hay nada admirable, en serio. Es un cuento malo y nada más. Igual te agradezco las ganas de mejorarlo y de agregarle niveles.
Zoe
07/05/2008 a las 00:54
Y aunque no comulgo mucho con la RAE, te paso lo que dice de la palabra papaya.
De vuelta, gracias.
Zoe
07/05/2008 a las 00:51
Es un relato escrito con mucho oficio. Y coincido que papaya va con "y" y no con "ll". A no ser que sea una licencia y tendrá su explicación.
Lo leí con un poco de perturbación por la situación de pobreza que describe.
Como siempre, gracias, Hernán.
Andrés G.
07/05/2008 a las 00:37
He leído la mitad y, con dolor de córneas, me reservo el resto para leerlo en papel mañana. Quería decir que hasta ahora me parece muy divertido. Por todo, pero cada vez que aparecía un americanismo inventado ya es que me partía.
Mario
07/05/2008 a las 00:28
Ufs... te confieso que me costó acabarlo. Se agradece que hayas encontrado tu estilo y que ya no escribas más para ganar premios literarios.
Gravity
07/05/2008 a las 00:23
Vamos, que muy bueno el cuento, sí. Pero García Márquez, digo, ¿no?
 alberto baru
07/05/2008 a las 00:05
#91 sol:

En San Luis, comarca del Alberto, del Adolfo o del fumado que sea, todavía están en tiempos del quita y pon. Al costado de la ruta ves personas formando ordenados y equidistantes montoncitos de piedras. No sé de dónde corno salen tantas piedras. Pero eso si, en San Luis todos tienen trabajo.
[06 Mayo, 21:39]

Sol: si no sabés de que se trata eso, preguntale a Keynes.
Alex
06/05/2008 a las 23:04
Es claro para el que sigue este blog que el cuento Ropa Sucia es/era una tomadura de pelo y no creo que haya existido antes ... y que lo acabas de escribir .... lleno de cliches y realismo magico como si fuera Corin Tellado ... pero despues de releerlo ... no estoy muy seguro del sentido que le quisiste dar Casciari .... te sigues burlando o lo escribiste en serio? los americanismos que usas ... de donde los sacaste? que tal imaginacion para inventarte palabras .... ahora que escribir papalla en vez de papaya .... eso si te muestra como argentino ... como burla ... como ejercicio literario .... este relato es admirable en tantos niveles ....
El Bobero
06/05/2008 a las 22:40
No importa, mientras sea interesante...
erick
06/05/2008 a las 22:12
Grande carajo!!!
Valio la pena tanta espera.(Mira que lo he buscado)
Yo te doy los dos Rulfos.
Rodriguinho
06/05/2008 a las 21:51
Malísimo, Casciari... Pero malo en serio. Casi lamentable, parece malo a propósito.

Entiendo perfectamente por qué siempre te negaste a publicarlo y renegás de esa etapa de tus trabajos.

Cuanto daño le ha hecho García Marquez a la literatura latinoamericana, especialmente a los escritores jóvenes e influenciables.

Que suerte que encontraste tu estilo y te convertiste en un escritor menos pretencioso pero decididamente muchísimo mejor.
María y Estibalitz
06/05/2008 a las 21:41
JOJOJOJO!!!!

La verdad que el cuento me parece que está muy bien escrito, nos enganchamos leyendo con mi compañera de trabajo... pero nos causa muchísima gracia. Nos parece una sátira de algún escritor latinoamericano, ¿Estabas de cachondeo no?

Nos hiciste pasar un buen rato.
sol
06/05/2008 a las 21:39
En San Luis, comarca del Alberto, del Adolfo o del fumado que sea, todavía están en tiempos del quita y pon. Al costado de la ruta ves personas formando ordenados y equidistantes montoncitos de piedras. No sé de dónde corno salen tantas piedras. Pero eso si, en San Luis todos tienen trabajo.
 Psicomollejita
06/05/2008 a las 21:37
Creo, humildemente desde mi ignorancia, que el cortometraje simplificaría la fuerza gráfica del texto.

Gracias por la confianza Hernán.

Y te lo merecías

tanto el premio como el sartenazo

...después de todo dos caras de una misma moneda
Clavijo
06/05/2008 a las 20:57
Yo fui de los lectores que siempre quise leer este cuento.....
Y
Con razon Hernan gano un premio con este texto.. esta exquisito y aunque tambien este largo vale sacarle un tiempito para leer esta maravilla...........
Saludos
Ale
06/05/2008 a las 20:51
Se agradece el realismo mágico bien desarrollado, un realismo que no copia al del Gabo, un realismo que es tuyo y lo has sabido impregnar en tu cuento.
Falta literatura mágica, muchisima!!
Seguí, nos has demostrado a todos a traves de este cuento, que tienes una gran capacidad y te merecias el premio.
A mi me quedo la duda, papalla ¿la fruta? (papaya).
No te tiro más flores..me dejo algunas para el próximo martes.

Salutes a Nina

Neuquina
06/05/2008 a las 20:27
Jajajaja! Sabes Hernan, te admiro por saber despertar tantas sensaciones. A mi en particular me pasa que me matan las dudas. Desde "Los dos Rulfos" que pienso que esto del cuento es uno mas de tus embustes. Sin embargo leo los comentarios y me mato de risa, todos opinan del cuento, y yo no puedo opinar porque: primero me estoy matando de risa y segundo pienso en una escritura forzada, tratando de respetar los pocos detalles que habias dado en los post anteriores... en definitiva.
Disfrute de la lectura, me diverti, y me quede con las dudas. Jajajaja.
RusaRoja
06/05/2008 a las 20:24
solo veo el coito entre hermanos nada mas tal vez estoy muy enferma de alguna peste inexplicable porque hoy por primera vez no puedo entregarme a tu escrito y no podes saber como lo siento
. Mariano
06/05/2008 a las 20:07
Muy lindo cuento, es verdad, pero me dejo una sensacion de tristeza muy fea.

Pone un disclaimer la proxima avisandonos :P
 Romi Huaina
06/05/2008 a las 19:42
Uffff!!! Gracias Casciari!!!
Tremendo!
silvina
06/05/2008 a las 19:25
Yo creo que el premio si lo ganó, lo que no creo que haya sucedido es la llamada de la periodísta francesa. Me parece que eso es parte de su anécdota mejorada.

Voto, también, porque la gente comente recién luego de leer los textos y se ahorren, los pri que tan poco sentido tienen. Salvo que Hernán esté otorgando un premio a quienes más pri acumulan en un año.
06/05/2008 a las 19:12
Me encantó..por que seguirá esa maldita costumbre de gastar energia buscando comparaciones de estilos y formas....cuando es tan simple y bello disfrutar de estas maravillosas letras sin juicios, sin pensar mas....solo disfrutar, y cuanto es eso.
Lucho
06/05/2008 a las 19:10
No se porque me late que Casciari nunca ganó ningún premio (aunque se los merece todos) y nos esta engañando hace tiempo. Hay una contradicción, la francesa que lo entrevista por teléfono en "Los dos rulfos" le habla de un hermano resucitado y aquí no vemos ninguna resurrección. De todas formas eres grande maestro!!!
gustavo
06/05/2008 a las 19:02
la verdad no me gustó, pero eso hernan, creo, ya lo habias advertido en "los dos rulfos", y lo de los pri, sec, etc, es nefasto. Porque entre los amantes de la litertura, hay tantos, tantos boludos/as? A veces el publico tiene que ser publico y cerrar el orto, si no tienen nada interesante que decir..
fede o
06/05/2008 a las 19:02
coincido con la tía ginger, lindo cuento, no lo veo estilo garcía márquez. ni muy realismo, ni muy mágico tampoco.

está bueno leerte con más desarrollo que el habitual.

y la columna del diario de esta vez? (siempre queremos más!)
el_clavadista_solitario
06/05/2008 a las 19:00
Yo también estaba allí la tarde del incendio y la mudé bien corta cuando el juariche aquél nos alertó a los de mi aldea que lo había visto al chófer del colectivo perderse pendiente arriba del chiso de la mano de la zuima del Jesús. Al toque, atisbé la presencia de las llaves del contacto que parpadeaban entre el pasto quinquero y le dije a mi güera que no más nos montábamos en el auto. Rebatió que yo no sabía manejar. La tranquilicé manifestándole que nos moveríamos a ciegas y el ánima parva del niñito santo nos guiaría a ambos juntos hasta el paraíso. Ella me sonrió seria, pedroemparamada. Nos encaramamos los dos al colectivo y, tras presignarme al vique, comencé a manejar despacio, tinibleando, entre todos aquellos bucheros, devotos de la criatura, que bien empezaban a afiolarse el pai a modo los unos a los otros a base de trojos y cunchazos. Fuimos oyendo a nuestro paso: voces de aviso, alaridos de dolor; oimos a varios gritar: "¡la concha de tu madre!" pero bien bien fuerte. Ella, conmovida por el prodigio, alargó su mano zurda y tocó el claxón. Bien bien fuerte. Jodiendo. Era la primera vez que la sonsita hacía sonar una bocina.

Casi sin darme cuenta -el vocerío diluyéndose a nuestra zaga- fui pisándole poco a poco a la goma del taco casi sin instigarme, sin requerirlo en veras el avío, y antes de llegar a saber donde, noté a mi frente impactar brutal en el paravientos. Abri los ojos. Me había empotrado de lleno contra la yuca. Aturdido, repasé con la mirada mis alrededores. ¡Justo!, mi güera había desaparecido. El espíritu del niñito -igual- me había abandonado. Me apeé tastabilleando del maquinonte y asomé mi rostro temeroso al boquero áspero de la yuca. Mis peores sospechas me aseveraron. Allí estaba ella, su cuerpo, al extremo más hondo del hoyo mismo del jalaque fundido en un solo cuerpo macabro con la ciénaga y el ardor. Regresé al auto y, en su memoria, comencé a pitearlo al volante sin descanso hasta finiquitar las baterias.
PELUCHE
06/05/2008 a las 19:00
No acostumbro ser chupamedias, pero de tener los recursos le haría un cortometraje a este cuento.
A diferencia de algunos expertos en Crítica Literaria que comentaron anteriormente; a mi me pareció un texto de Realismo Mágico Dark. Excelente escrito, donde hoy muestras versatilidad, evolución y valentía.

Saludos desde Caracas!!!
 Guillermo
06/05/2008 a las 18:53
Primero tengo que decir que el cuento me gustó. Otra gol de HC, no doubts... Ahora, viendo los comentarios, tengo que coincidir que hay algo de García Marquez o, si se quiere, del Vargas Llosa de la Guerra del Fin del Mundo. Y es entendible. Si es así como le contó alguna vez, que este cuento lo escribió en "sus albores" como escritor, tiene sentido que haya una fuerte influencia de otros tipos que el seguramente ha leído y, quizás, admirado en el pasado... So what?

No vamos a decir ahora que Casciari "copia" a García Marquez! Get the f... outta here!

Saludos desde Ontario, Canadá
Diego®
06/05/2008 a las 18:32
#24, a mi me hizo acordar a lo mismo.....
Gracias Hernán, muy bueno, en serio
Ginger
06/05/2008 a las 18:11
Indudablemente soy una ignorante, porque si a alguien NO me hizo acordar este cuento es a García Marquez.
Caramba, ahora me siento frustrada.
06/05/2008 a las 17:50
Está bueno... pero es una lástima tener que meter tantas "garciamarqueces" para ganar un premio.

Me gusta más el Hernán liberado de hoy en día.
(hoy lo hubieses escrito mucho mas corto, y sin tanto Macondo)

abrazo!
 Magali Villarruel
06/05/2008 a las 17:49
hernan muy bueno de verdad... si es verdad q es medio gabo pero eso en mi opinion es un gran halago...
ademas...da igual lo largo que sea..por fin conocemos ropa suciaaa!!!!!
saludos...
y a los expertos literarios que comentaron: un poquito de cultura no les vendria mal!!!
El Angel Gris
06/05/2008 a las 17:23
El costo de ganar un premio en Francia, es que alguien (#43) te diga que sos tan bueno como Felipe Pigna.

Caro me parece.
Vigia
06/05/2008 a las 17:20
Gracias Hernan por compartir esta historia con nosotros, era muy necesario conocerla para todos los que te leemos habitualmente. Brindo por el realismo magico, el surrealismo y todo aquello que nos envuelva de fantasía palpable, asi como maldigo a quienes con mentes cortas, se quejan de las historias largas. Saludos!
lulirosarina
06/05/2008 a las 17:18
muy a lo García Marquez...pense que se iban a terminar muriendo todos jaja
Houston
06/05/2008 a las 16:53
coincido con Oscar Martin, que de pelotudos que hay leyendo tu blog por no hablar de los salames que piden "PRI" para estar como primero de la fila. Es increible que gente grande haga semejantes huevadas.

El cuento excelente, ni largo ni corto, su medida justa.
Lauri
06/05/2008 a las 16:04
Me encantó, e inmediatamente reviví el placer de la lectura de Cien años de soledad.
Saludos
Cronopio
06/05/2008 a las 15:12
Por fin "Ropa sucia" !!, esta muy bueno, se mereció el premio seguro.. no es largo. Salu2
JMM
06/05/2008 a las 14:57
no hay escrito lo bastante largo cuando es lo bastante bueno y este texto la verdad que me gusto mucho. aunque no entiendo a que se refieren con eso de los "americanismos"
Pablo K.
06/05/2008 a las 13:41
Hernán, pensé que nunca iba a tener la posibilidad de leer este cuento, así que se agradece... mucho!
Que pena la cantidad de lectores que no entienden mucho de que se trata esto, no sólo el argumento del texto, si no lo que significa que lo hayas mostrado...!
Gracias! again...
Ginger
06/05/2008 a las 13:17
¿Porqué usaste ese lenguaje?. Papalla, huicha, me suenan a escritor peruano más que argentino.
Shulila desde el Medio Oriente
06/05/2008 a las 13:02
EXCELENTE, BRAVO!!!
mentilicia
06/05/2008 a las 12:00
no me asombra que haya ganado el premio. Es muy bueno. Lo que si me impactó es el pensar que también fue escrito por H.C. - Leo este blog desde hace casi un año ya y aunque no conozca personalmente al escritor, por lo menos uno cree que... La forma con la que acostumbras a escribir, Hernán, te hacer real, palpable, cotidiano, humano, amigo... Sin embargo al leerte en ropa sucia, me ha parecido leer a un lejano Gabo, brillante, pero inalcanzable.
Anna
06/05/2008 a las 11:43
Totalmente de acuerdo con roberpf.
A mi me ha gustado mucho, lo he leido muy a gusto
No hay mas que decir, para mi eso es lo mejor que ha de tener cualquier historia, que la gente disfrute al leerla

Salu2
roberpf
06/05/2008 a las 11:32
¡¡Nunca aprenderé!!
Media hora escribiendo el comentario para que, al darle al botoncito de "Enviar comentario" me salga un error y se me vaya todo al carajo.
En fin... mas o menos quería decir esto.
1.- Gracias por editarlo. Lo estaba esperando desde que lo nombraste por primera vez.
2.- Como españolito de a pié, no distingo entre los americanismos inventados y los reales, así que a esas palabras las doy el significado que mas me cuadra con el contexto y punto.
3.- A los que dicen que es un bodrio les diría que ¿quien se creen que son para poner esa calificación a algo que no han hecho ellos? ¿Unos iluminados? ¿Están en posesión de la verdad absoluta? ¡¡Pues qué suerte tienen!! Yo lo mas que puedo decir es si me gustó o no, pero claro... yo no tengo tanta clarividencia como ellos....
06/05/2008 a las 11:01
Es difícil empezar a leer algo tuyo sin terminarlo. :)
Tatiana
06/05/2008 a las 10:43
Vale, disculpas aceptadas.
Marcelo
06/05/2008 a las 09:44
Hernan, no se parece mucho a lo que escribis actualmente, pero igual me gustó, tiene influencias de Garcia Marquez y de Vargas Llosa, según mi humilde experiencia como lector.
Lo bueno es que se te nota un gran manejo de diferentes estilos, y eso es bueno para los lectores. No dejas de sorprender.
Un abrazo,
Oscar Martin
06/05/2008 a las 08:58
Lo peor de este sitio, lejos, muy lejos, es la caterva de comentaristas. Desde los que se erigen en críticos literarios con una experiencia de Billiken (eso sí, las partes cortas nomás) hasta los gilastros que creen llegar primero y avisan que no leyeron nada. Horrible. De ahora en más sólo leeré los textos publicados por el autor.
Franco
06/05/2008 a las 08:56
Muy bien, me ha gustado mucho, me lo he leido con ganas y de un tirón, ha valido la pena, gracias por compartir.
Dicson
06/05/2008 a las 08:50
No digo ganaste un premio... Gracias por compartir aquí esta obra.
PabloColombia
06/05/2008 a las 07:53
La verdad Hernan, éste es uno de esos escritos que me motivan aún más a escribir los mios... Es muy buena la utilización de algunos recursos, y no es malo que sea largo, lo que si sucede es que a veces abusas de esos mismos recursos que anteriormente menciono...

Me sorprenden muchos comentarios diciendo casi que es un Bodrio, pero en general no parece... La verdad, a mi no me parece...

SALUDOS!!! Y SIGUE ASI!!... Y GRACIAS POR PUBLICARLO!!
zay
06/05/2008 a las 07:52
Tiene un sabor a literatura latinoamericana impresionante, me recuerda a lo que me hacían leer en el colegio.
Me gusta, pero prefiero lo de ahora.

Saludos :)
Chau.
Silvina
06/05/2008 a las 07:35
A ver, luego de leer el cuento y cada uno de los mensajes, habría varias cosas por decir, pero es tarde y voy a trater de ir a lo esencial, al menos para mi.

El texto es bueno, me parece que tiene la extensión necesaria para poder describir, de manera que sea entendible para el lector, los diversos cuadros de situación. Disfruté mucho del humor negro que en algunos pasajes se puede apreciar, aunque debo hacer una crítica, y es que a mi parecer hay un exceso en el uso de americanismos "inventados" y de los no inventados por vos, también. Entiendo cuál fue tu intención al utilizarlos, pero en algunos momentos ya se vuelve tedioso, o mejor dicho, rompe pelotas. Sin embargo, el contenido del relato y ese humor, a veces irónico y otras tantas negro, lo salvan.

Confieso que me gusta más tu estilo actual, sin embargo este cuento supera algunos escritos clásicos de Orsai.

Hormiga
06/05/2008 a las 07:26
Ahora solo falta "Subir de espaldas la vida" y puedo morir en paz.
Miguel Ruiz
06/05/2008 a las 07:21
ammm de verdad, esta muy largo; mejor mañana con mas tiempo lo leo.

Slds..!!
lununa
06/05/2008 a las 07:15
Que hayas publicado este cuento es una prueba de la confianza que tenés en tus lectores... por eso dicen que la confianza da asco.
sirako
06/05/2008 a las 07:11
caray, me ha encantado, no sé si más o menos que otros, distinto pues, bien lindo, reroceder, a veces me gustaría estar como al principio, pero sin tanto lío.
Campana
06/05/2008 a las 07:04
Perdón, pero no lo puedo juzgar.

Cuando vi el título "Ropa Sucia" ya se me iluminó la cara.

Ah, y uno de estos días viene la 3º parte del
"Volver al futuro Casciaresco", ¿no?
Silvia
06/05/2008 a las 06:28
Aclaro que mi mensaje anterior iba para PIER #40
Javier Tooshort
06/05/2008 a las 06:24
Después de leer a Felipe Pigna y la historia Argentina, nadie me logró sentar el culo a leer textos extensos, pero esta atracción-morbo hacia tus escritos creo que es aplaudible.
Realmente, el relato es 10 puntos, y se lee tan real, que duele en ciertos momentos.

Saludos Hernán.

Aioz.-
Silvia
06/05/2008 a las 06:23
Pier: Te acerco MI respuesta como portador-perpetrador individual de blog:

El parripollo, la cancha, y el remis son cosas que se consumen para satisfacer una necesidad material.

El blog es algo que SE HACE para satisfacer una necesidad espiritual, o mental, o social.

El CONSUMIR Blogs es algo que se hace porque se comparte esa necesidad.

Y el hacer preguntas tan malintencionadas como la tuya, al parecer, es la versión cibernética de la taradez y la mala leche.



Flor Anderson
06/05/2008 a las 06:21
Guau....flaco (bueno....eso de "flaco" es una forma de decir)....ESPECTACULAR.
Ahora entiendo el sartenazo que te dió tu abuelo....(el temita es jodido).
Muy bueno....me pareció increible.
Me atrapó desde el principio....y a medida que lo leia, iba imaginando todo....el lugar, la peste, las muertes, la locura, el hambre, el pecado....todo.
Hernán....que te puedo decir?...me encantó...te felicito.
Un beso enorme,
Flor.

Pier
06/05/2008 a las 06:12
Pregunto a todos los que tienen blog.
Los blog ... ¿son la versión cibernética del parripollo, la cancha de padle, el remis y alguna otra actividad masificada que no recuerdo?.
Gerardo
06/05/2008 a las 05:57
Cuando empezaste hace unos cuantos post a hablar de Ropa Sucia traté de conseguirlo en la Web y nada, no estaba por ningún lado. Y como todo lo bueno se aparece sin avisar ni pedir permiso, entré como todos los martes y me encontré con la sorpresa. El cuento es genial, coincido con dos comentarios, el primero es que el premio no te lo regalaron y el segundo "una historia de pobrezas indignas y de palabras sonoras". La única pregunta que me hago quienes padecen de la pobreza mas indigna ¿Gracián y su familia o los miles de peregrinos que vienen en busca del muertito milagroso?.
Daniel Lara F.
06/05/2008 a las 05:55
No entendi la disculpa inicial...mientras mas largo mejor, si es de estas características. Saludos
Silvia
06/05/2008 a las 05:49
Mi querido Hernán:

No sólo no lo encontré demasiado largo, sino que este cuento me ha dejado chiliguatica y apenochada por demás.

Te diría que lo veo más bien Surrealismo Mágico, u sea que es mismito como si el André Breton y el García Márquez te hubieran dado un jeringazo de zumameque de papalla pisado con LSD y leche de magnesia.

Sigue así, niño Casciari, regalándonos los frutos de tu verba florida, veraz, esacta y llena de jubilosa regustraina.

Y gracias.


HevuZ
06/05/2008 a las 05:37
Es la clase de texto que se envia a un concurso literario jeje

Una historia de pobrezas indignas y palabras sonoras; genial.
Es mejor narrar una mentira apasionándose con ella
maresont
06/05/2008 a las 05:31
Pues a mì si me gustò, si bien es cierto no se parece a lo que escribes actualmente se agradece que lo hayas compartido
 Leonardo Oyola
06/05/2008 a las 05:22
La vida que se regenera a cómo de lugar.
Muy buen cuento de extensión necesaria.

Por lo visto has adelantado el horario.
Gracias.

Invito a todos a mi blog.
oktubre
06/05/2008 a las 05:19
Largo, pero vale la pena!
monic
06/05/2008 a las 05:04
como lectora asidua también tenía curiosidad, así que valió la pena leerlo (y no se me hizo largo); pero francamente, me alegra que hayas dejado las mentiras literarias ;)
Erg
06/05/2008 a las 04:53
Pero qué basura es esta!! De lo peor que te he leído, ni parece tuyo. En efecto está lleno de los lugares comunes, de los ambientes, de las imágenes que los europeos quisieran encontrar en latinoamérica... Ya entendí por qué ganaste el premio ese. Como sea, lo que haces ahora es mejor, me parece más auténtico y no esto que es como realismo mágico light.
max
06/05/2008 a las 04:49
Hola Hernán, muy bueno sobre todo como llega hasta esa delgada linea previa antes de irse a la caraja.
Gravity
06/05/2008 a las 04:48
Yo no seré ningún crítico de literatura, pero el texto está bueno, al menos a mí me gustó.
También es de notar la diferencia con tus escritos actuales, con un manejo cien veces mejor de los tiempos. Y con los toques de humor mejor colocados. Lo que es seguro, es que el premio no te lo regalaron.
AnaMagda
06/05/2008 a las 04:42
Impecable. Largo, pero atrapante. No se me hizo pesado para nada. Para variar, me gusto mucho.
AnaMagda
06/05/2008 a las 04:36
Impecable. Largo, pero atrapante. No se me hizo pesado para nada. Para variar, me gusto mucho.
Nico
06/05/2008 a las 04:36
Un ladrillo importante...

juancho
06/05/2008 a las 04:27
muy muy bueno el cuento... hubiese preferido leerlo en un papel y no en el monitor, pero muy bueno.. segui asi
Mayolo!
06/05/2008 a las 04:23
Me gustó mucho.

Eso es Realismo Magico.

Me acorde mucho de Cien Años de Soledad.

En ningun momento se me paso por la cabeza abandonar la lectura por la mitad. Estaba buenisimo, y no se me hizo largo.

Mal por los que postean antes de leer

Saludos
silvia
06/05/2008 a las 04:23
cuando vi que era medio larguito me dio miedo empezar a leer, por no saber si lo terminaria, pero vio una esta acostumbrada a leer cosas suyas, que ya es como una "adiccion", y la verdad que la lectura una vez empesada, imposible de dejarla, muy buenas las imagenes que a travez de su relato se me armo como una "peculita" vio, como dice "mija". Nos encontraremos cuando al abrir el correo vea una nueva entrega de su parte . Muchas Gracias
Gravity
06/05/2008 a las 04:23
Todavía no lo terminé, pero solo por curiosidad, ¿lo del diablo que se mete en el cuerpo lo sacaste de "Mi planta de naranja lima"?
En serio es pura curiosidad, porque no recuerdo haberlo leído en otra parte.
Angel
06/05/2008 a las 04:03
Me queda la duda de si no te lo habrás inventado a raiz de los relatos donde hacías referencia a él, especialmente porque según comentabas, era el último cuento que habías escrito sin pasión, pero sea como sea, mil gracias por haberlo publicado. Creo que éramos varios los lectores que sentíamos curiosidad por conocer este cuento. Magistral el detalle de los americanismos "inventados", aunque se pierden conforme avanza el relato.
George
06/05/2008 a las 04:01
habrá sido un texto extenso, pero lo he difrutado mucho...
George
06/05/2008 a las 03:59
habrá sido un texto extenso, pero muy bueno.
George
06/05/2008 a las 03:59
habrá sido un texto extenso, pero muy bueno.
javier sánchez
06/05/2008 a las 03:59
Hola Hernán. Leí tu escrito y no me gustó para nada. De todo lo que he leído de vos, este me pareció el peor de todos. Largo, pesado y sin sentido. Por favor volvé a lo de antes.
Inmortal
06/05/2008 a las 03:51
lo estoy imprimiendo y vemos...
Lauris
06/05/2008 a las 03:48
Ecccelente!!!
de lo mejor q he leído.
muchas gracias
Javier
06/05/2008 a las 03:48
Muy buen cuento Hernan, no es largo para nada cuando se hace tan facil leerlo.

Lo que no puedo creer es que te hayan llamado desde Francia para consultarte si esto realmente te paso, jaaaa, estos franchutes...

Abrazo..
Mariano
06/05/2008 a las 03:37
Undecimo!!!!!!!!!!!
Peeeeeeeeeeeeeeloooooooooootudo.....
MARIA JOSE
06/05/2008 a las 03:37
Genial. Realismo magico del bueno!!!!!!
 Tannnk
06/05/2008 a las 03:36
Hernán, en serio el cuento es bueno... Debo reconocer que cuando lo nombrabas pensé que no existía y recién cuando ví el mail que decía "Ropa Sucia" me asaltó la duda de si era o no el nombre del famoso cuento...
No creo que haya nadie que deje el relato a la mitad, los que te seguimos lo vamos a leer todo.
Si tenés más de los largos, estaría bueno que sigas poniendo... Si no querés ponerlos en Orsai, podés armar otro blog... me imagino que en eso también tenés experiencia ;D
Otra vez estoy agradecido de haberte leído. Fué otra grata sorpresa.
Mauro
06/05/2008 a las 03:34
Excelente como siempre.

Todavia no lo lei pero es lo que siempre opino. Voy a leerlo y vuelvo.

:D
Kakalake
06/05/2008 a las 03:33
Suculento.

Y me trajo a la memoria un Cuento Peregrino.

Seguí escribiendo largo y tendido!

Saludos.
asdfghjklñ´ç
06/05/2008 a las 03:19
papalla?

hace tiempo no leía realismo mágico.
KitKatMarie
06/05/2008 a las 03:17
Excelente cuento... me gustó mucho el ritmo y las descripciones, que al menos a mi imaginación le resultaron bastante efectivas.

No estaba tan largo, digo yo.

Saludos!

Eugenia
06/05/2008 a las 03:16
No entendí los comentarios anteriores. Es verdad el cuento es largo, pero vale la pena. Me recuerda un cuento de Onetti.
Crysty
06/05/2008 a las 03:02
top five!!!! ahora a leer!
felipe
06/05/2008 a las 03:00
claro, pero las circunstancias fueron distintas a las esperadas.
no lo pude evitar
06/05/2008 a las 02:57
podio
Ariel
06/05/2008 a las 02:56
casi
teresiña
06/05/2008 a las 02:56
No lo leí todavía, pero debo decirte que me acabo de cagar de risa con un video narrado por Jorge Golondrina