Clic

A una hora de la tarde, indeterminada, nos aislamos con el Chiri y nos sentamos a mirar la pizarra blanca en la que, desde hace dos meses, armamos el esqueleto de la revista. Ahora esa pizarra está completa. Los autores entregaron sus textos y los ilustradores sus dibujos. Hoy estamos en la semana número diez desde que iniciamos el proyecto; ya sospechamos, al ver la grilla, qué revista nos crece en la panza. Miramos la estructura con la misma sorpresa que dos padres primerizos a los que les muestran una ecografía.

Son semanas de cierre. Los textos vuelan de una correctora a la otra, y de allí a maquetación. Sabemos que, en varias partes del mundo, hay ilustradores que apuran el cuarto dibujo. Estamos contentos, enloquecidos, histéricos, apurados y, por una extraña razón, relajadísimos durante casi todo el día (Chiri se tensa un poco a la tarde). No sabemos cómo saldrá todo este asunto, pero la revista empieza a tener una cara, una forma de ser, y nos pega patadas amistosas. Tenemos solamente dos certezas: que es nuestra, y que está sanita.

En medio de toda esta vorágine del parto, nos tomamos siempre un rato para espiar en internet lo que está pasando alrededor de Orsai. Nos conmueve el crecimiento de las ventas, la emoción de los autores cuando entregan sus textos, el mimo de cada ilustrador al enviar sus originales, el teléfono que suena sin parar desde radios y prensa, el movimiento espontaneo de los lectores y de los libreros.

—Hay uno, que se llama Gastón Maine —le digo a Chiri, mientras reviso el listado de distribuidores top— que compra un pack de diez revistas cada treinta horas. Es un relojito. Ya lleva comprados ciento diez ejemplares. ¿Será un librero?

—No —me dice Chiri—, es Tonga. El comentarista Tonga. El que firma con mayúsculas.

—¡No!

—Sí. Es un pibe normal, de Buenos Aires, que un día se levantó con ganas de ser distribuidor, y ya tiene ciento cincuenta pedidos en la zona de Villa Crespo. Lo gestiona todo desde su blog, e incluso está regalando camisetas de Orsai.

Chiri me muestra el blog y enseguida me encariño con Tonga. Hay un texto llamado Confianza, con fecha del nueve de noviembre, que me resulta graciosísimo:

Me suena el teléfono cerca de las 10 de la mañana —explica Tonga en su blog—. Un amigo me dice: ‘El tipo ese, el de las revistas que hablás siempre, está en la Metro’. Pongo la radio y ahí está Casciari, tratando de explicar lo inexplicable. Lo mismo que nosotros tratamos de explicar todos los días a mucha gente.

Termina la entrevista, pasan no más de diez minutos y me caen, uno atrás de otro, nueve correos de gente que no conozco pidiendo una revista Orsai. Un par de horas más tarde, cuatro de estos desconocidos ya me depositaron el valor de la revista en mi cuenta bancaria, y seis horas después, otros tres pasan por casa. Sin mediar recibo, factura, ni nada por el estilo, me dejan cincuenta pesos y se van. Nadie se va sin antes agradecerme por ocuparme de su revista; aunque no sepan cuándo llega, ni qué tiene adentro.

Mientras los espero, el encargado del edificio, sorprendido, me pregunta qué está pasando. Trato de explicarle en cinco minutos qué es Orsai, y por qué estos desconocidos absolutos me dejan guita y no se llevan nada a cambio. Después me quedo callado, esperando que me diga que están todos locos y que seguro que Casciari nos va a cagar y se va a ir la mierda con toda la guita. Pero en cambio, el encargado del edificio me dice: ‘Mi mujer fue a ver «Más respeto que soy tu madre» y se meó de la risa, ¿me comprás una para mí?’.

Más tarde, nos llega el mail de un profesor de Estudios Hispánicos en el Department of Modern Languages & Literatures, de la Universidad de Western Ontario, Canadá:

Hola Hernán: hemos llenado la lista de 10 lectores para el primer paquete y falta uno para el segundo, así es que vamos a pedir un segundo paquete de 10. Desde luego, algo raro está pasando porque, si hago un cálculo rápido, en la lista de correo a la que lo mandé (estudiantes graduados y profesores de Estudios Hispánicos aquí) no hay más de 50 nombres; es decir, más del 50% está interesado. Bueno, ¡enhorabuena!

Tiene razón el profesor: algo raro está pasando.

Leemos esta clase de comentarios por todas partes, desde muchos países. La cuestión tiene más que ver con la confianza —y con la integración analógica— que con la revista en sí misma o con internet. Gente en todas partes que se sorprende de entregar dinero a desconocidos. Personas que descubren, por azar, que hay otros en su zona (quizá a doscientos metros) que tienen los mismos gustos. Pibes que se juntan a cenar, que programan reuniones para enero, cuando los ejemplares lleguen a destino; que en breve serán amigos.

A Chiri le nace el vértigo, casi siempre, de siete a ocho de la tarde:

—Lo más loco —me dice— es que si yo estuviera viendo esto desde afuera, si no tuviera nada que ver con nosotros, ya me habría comprado un pack.

—Yo también —le digo—: estaríamos hablando de esto, fumando cuete y siguiendo el quilombo por internet.

—Claro.

—¿Entonces por qué te ponés nerviosito?

—No me pone nervioso la movida, pajerto —me dice—, sino que la movida nos esté enfocando. Yo tengo muchas más ganas de comprar un pack que de estar acá. No entiendo que la gente diga “encontramos a un chiri en Venezuela”, o “¿dónde están los chiris de Costa Rica?”. No tiene sentido. ¿Vos estás cómodo acá adentro?

—Como un chancho.

—Lo que pasa es que sos un gordo enfermo.

—Pero no soy canoso; tengo el pelo azabache de toda la vida.

Nos saca de la discusión el llamado telefónico de un chiri madrileño, bastante asustado. Lo atiendo y, después de los saludos, me dice:

—Hace dos semanas empezó a llegar gente con una carta, para que compráramos su revista —me encanta cuando me dicen de usted—, y entonces compramos dos packs. Pero está visto que desde ese día aparecemos en un listado, en su blog, y nos empezaron a llegar mails, y suena mucho el teléfono… Ahora tenemos 280 pedidos, pero todavía no los compramos porque es muchísimo dinero…

—Entiendo —le digo, y pongo el altavoz para que Chiri escuche.

—Lo que quiero saber —me dice el chiri madrileño, con mucha timidez— es que… si esa gente que nos reservó, por ejemplo, no viene a buscar la revista en enero… Si nosotros, no sé, podríamos devolver las revistas que sobren.

—¡Claro! —le contesto— Si a mediados de enero vos tenés revistas, voy yo mismo en el auto a buscarlas, y además te beso el orto. Pero pensá que vas a ser el único que tenga revistas en todo Madrid. No creo que me las quieras devolver.

—¿Cómo el único?

Le cuento al librero que no hay reimpresión, y entonces ya no me habla de devoluciones: empieza a hablar de tener más revistas en stock, por las dudas. Me gusta muchísimo cuando los libreros aparecen con cuestionamientos sigloveinte, con la palabra consignación, por ejemplo, o devolución. Me encanta cuando la cabeza les hace clic, y cambian de siglo de un segundo para el otro.

Lo mismo ocurre con aquellos que le tienen miedo a la piratería (ese fantasma pasado de moda que —además— es un tipo de la industria editorial haciendo buuu con una sábana en la cabeza). Un periodista me pregunta si no tengo miedo de que, en enero, Taringa.net o Vagos.es escanéen la revista y la cuelguen en Rapidshare.

—No —le digo—, lo vamos a hacer nosotros antes que ellos. Habrá un .pdf con la revista completa, salida de master. En alta resolución.

—Pero…

—Si el 10 de diciembre ya no habrá ventas, ¿de qué piratería estamos hablando? ¿Qué carajo es la piratería?

Clic. Siglo veintiuno. Siguiente pregunta.

En el momento que escribo este texto hay 5.180 revistas vendidas, y un setenta por ciento son de particulares: amigos que se pusieron de acuerdo, desconocidos que se juntaron, profesores de colegio o universidad que se unieron con sus alumnos, etcétera. La mayoría de los libreros siguen evaluando y recibiendo pedidos, sin atreverse a comprar. Como saben que el 20% de descuento seguirá firme hasta el último día, tienen pensado hacer la compra antes de la campana final, el 10 de diciembre. Hay una especie de imán en el sigloveinte que les impide saltar con serenidad el precipicio; no saben si caerán parados del otro lado. No saben que del otro lado está el único mercado que los salvará de la quiebra.

Los lectores, en cambio, con esa especie de confianza ciega que desarrollaron en estas semanas, viajan a una velocidad superior; ya hicieron clic. ¿Por qué el lector llamado Tonga, en Villa Crespo, lleva vendidas más de cien revistas (con su correspondiente margen de ganancia) mientras que las dos o tres librerías de ese barrio de Buenos Aires no compraron ninguna? La respuesta es simple: porque Tonga es muchísimo más librero que los que trabajan en esas librerías. Esas librerías de Villa Crespo tienen, me imagino, unos dueños que no leen suplementos culturales, que no se enteraron por ningún medio del asunto. Libreros a los que no les gusta leer.

Hasta en esas pequeñeces, hay justicia poética.

Pero existen otros libreros —chiris absolutos— que entendieron el guiño desde el primer día, que apostaron fuerte y a ciegas, y para ellos es la última parte del texto de esta semana. Para decirles que compren tranquilos y que mantengan ejemplares en stock (además de los reservados). A esta altura ya no deberían hacerlo por una cuestión de confianza, ni de fe. Ya podemos adelantar contenidos, y lo estamos haciendo, gota a gota, cada jueves.

Que los libreros de México estén tranquilos: tenemos uno de los mejores textos de Juan Villoro que leí en años, y lo escribió para nosotros. Villoro es el mejor escritor mexicano vivo (premio Herralde de novela 2004, premio Internacional de Periodismo Rey de España, 2010, entre otros muchos). En el número uno de Orsai nos hablará de su padre, un hombre que hoy tiene 88 años, que va en moto, y que es consejero del Subcomandante Marcos en la jungla de Chiapas. Cuando tuve en las manos ese texto, larguísimo, de seis mil palabras, casi me hago pis encima. Es una historia increíble, personal, en la que Juan se ayuda de la memoria emotiva para narrar los últimos doscientos años de México.

Que los libreros de España también se despreocupen: está con nosotros Agustín Fernández-Mallo (uno de los miembros más destacados de la Generación Nocilla) narrando en clave literaria la vida de Henry Darger, un pintor y escritor que murió solo, sin que nadie conociera la bestialidad de su obra. También estará en las páginas de Orsai José A. Pérez, posiblemente el mejor humorista joven de España, hablándonos muy en serio sobre el conflicto vasco y sobre ETA, pero explicado para latinoamericanos. Y también tenemos al cronista y fotógrafo Enrique Meneses (Madrid, 1929), el hombre que lo vio todo, que pasó por todos los sistemas de publicación que existen, que nos recordará, con su memoria prodigiosa, qué es el periodismo y qué era; qué tiene que volver a ser.

Y que los libreros de Argentina duerman sin frazada, porque le pedimos a Sergio Olguín (novelista, fundador de El Amante, director de Lamujerdemivida, cinéfilo empedernido) que no hable de cine esta vez, sino de la mejor serie de televisión de todos los tiempos. Y también tenemos al escritor nacional que a Chiri y a mí más nos gusta en el mundo, Pedro Mairal, con una confesión tremenda, un manifiesto generacional que para mí ya es histórico, porque lo leí, y porque lloré cuando lo leí. Un texto bestial de cuatro mil palabras en el que, creo yo, cierra una puerta literaria y abre otra.

Y punto. Ya están las 1.800 palabras de cada jueves.

—¿Así vas a terminar este texto? —me pregunta Chiri.

—Sí. Tranquilizando a los libreros, para que no compren a ciegas. Y mostrando algunas cartas, como siempre.

—Pero solamente estás tranquilizando a los de Argentina, a los de México, a los de España… ¿Y a los otros?

Me lo quedo mirando.

—¿No vas a decirles nada a los libreros del mundo? Si decís ahora ese nombre y ese apellido, se mueren.

—No. Que se jodan.

—Dale, boludo, soltalo. Con lo que costó conseguirlo…

—No. La semana que viene —le digo a Chiri—. El plato fuerte, al final.

—Qué nervioso me ponés, hijo de puta.

Clic.

Hernán Casciari
Jueves 25 de noviembre, 2010

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612 comentarios Clic

  1. ana caro #610    2 diciembre, 2010 a las 4:28 pm

    Bien ahí con la literatura para personas jóvenes, lectores de alto nivel. Acá en Buenos Aires cierran el postítulo docente en literatura infantil y juvenil y abren una sucursal de la policía metropolitana en ese edificio.

  2. chichita (mama) #605    2 diciembre, 2010 a las 10:59 am

    Martin: que dia sale el Grafico, que ya lo estoy comprando.Arriesgo un mumero ;Se van a editar entre 10000 y 11000 revistas Y ojito que soy bruja recibida con las mejores notas

  3. Julián Chappa #603    2 diciembre, 2010 a las 12:15 am

    El escritor misterioso es Empédocles, ¡sheguuuro! Las escritoras misteriosas pueden ser Stella Artois o Safo, pero me parece que es muy zafada la poetisa de Lesbos.

  4. Eugenio Piraino #602    1 diciembre, 2010 a las 10:56 pm

    Woung con mayusculas: sos de tiempos muy modernos para entender la picardia, la chanza, el folcklore, y la sana puja que hay entre los 2 equipos mas grandes de la Argentina. No es escoria lo de woung con minusculas, es simplemente lo que hace que el futbol sea el deporte mas lindo de todos los tiempos: la pasion. Si te suena a cargada malintencionada, es porq en tus tiempos ya se perdio esa pasion… una verdadera lastima. Me compadezco de vos Woung con mayusculas!

  5. erosan #601    1 diciembre, 2010 a las 10:40 pm

    Oye Claudia, que Hernan ya confirmo en el comentario 258 que no solo hay mujeres escribiendo en Orsai, sino que tambien hay ilustradora. Asi que tranquila.

    Si no las menciono, tal vez sea porque lo mejor va al ultimo y es sorpresa.

    Saludos!