Confesiones de un astrólogo falso

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de abril de 1996, y forma parte de una serie de entrevistas a personajes raros que escribí para el semanario Protagonistas de Mercedes, hace más de diez años. Además de la de hoy, en Orsai he publicado ya otras dos: El hombre que sueña con todo lo malo y El ladrón que roba con la cabeza.

Entrevista a René L., astrólogo
Semanario Protagonistas, lunes 22 de abril de 1996

En Luján, capital sudamericana de la fe, un mercedino de ojos brillosos se gana la vida de astrólogo. Vive en una casa que se agenció con el sudor de sus predicciones falsas, al cien de una avenida que —por pedido suyo— no vamos a nombrar. Su verdadero nombre es René; eso sí lo podemos decir porque sólo se lo conoce por nombre artístico. Tiene cuarenta años y el pelo hasta la cintura. Cuando está trabajando habla con estudiado acento caribe, porque dice que sus clientas necesitan suponer que él ha venido de algún lugar lejano y caluroso.

—Aprendí este tonito mirando novelas venezolanas de canal trece —dice— y a las señoras les encanta.

Su tío materno vivió muchos años en Brasil (trabajaba de changarín en los cafetales del norte) y cuando volvió a la Argentina puso un consultorio de curanderismo y videncia, copiado de los falsos manosantas cariocas. Le fue muy bien, al tío, y cuando René cumplió los quince años se fue a trabajar con él. Como aprendiz, y desde temprano, conoció la técnica de descubrir lo que le pasa a una persona con sólo verla, y saber tantear el futuro.

Desde entonces René lee las cartas, hace predicciones astrales y da consejos para acceder a la felicidad, con el mismo desparpajo que un gestor impositivo llena la declaración jurada de un cliente. Claro que René gana un poco más de lo que cobra un gestor.

Al fondo de su casa —un chalet con techo a dos aguas que todavía no terminó de decorar— tiene el consultorio, acondicionado sin sobriedad, en donde hay un escritorio símil Luis XV, un gran sillón espamentoso en el que se sienta, cartas de tarot enormes, una biblioteca con libros de adivinación y cábala, lechuzas y caburés embalsamados y un gran cuadro de Jesucristo, como para autenticar el asunto.

Para el reportaje se vistió con normalidad (camisa celeste y vaqueros), pero cuando recibe a su clientela usa una bata de seda italiana con arabescos dorados y se pinta, imperceptible pero misteriosamente, los ojos con un delineador negro. Durante toda la charla René puso música hindú, y en el ambiente flotó el aroma de un sahumerio dulce.

—La primera pregunta es obvia: ¿alguna vez te descubrieron mintiendo?

—Es muy difícil que pase, con la técnica que uso. Yo siempre hablo del futuro, de lo que va a pasar, y hay pocas posibilidades de que el cliente sepa que miento. A no ser que venga a mi consultorio un adivino en serio, pero nunca pasó eso, por suerte. Yo trato de generalizar, viste, para que todo lo que digo pueda ser posible. La práctica me ayudó a mirar a las personas y enseguida saber quiénes son: en cinco segundos, más o menos, ya sé lo que les pasa.

—¿Y qué les pasa?

—Boludeces de minas… Al consultorio vienen mucho señoras. Después también vienen mucho adolescentes mujeres, en grupitos, y muy pocos hombres. Cada muerte de obispo un viejo. Nada de hombres jóvenes… Habré tenido cuatro o cinco hombres en todos estos años. Tampoco nadie vuelve, un año después, a decirme que no se cumplió una predicción. Sí me pasó, más de una vez, que llegara gente diciendo que acerté, que la pegué en algo. Eso me causa gracia. La verdad es que el oficio de adivinar el futuro puede llegar a aprenderse, con el tiempo.

—Recién hablabas de generalizar para mentir. ¿A qué te referías?

—A decir cosas más o menos obvias, a observar muy bien a las personas. Por ejemplo: si viene una chica de diecisiete años a verme, lo más probable es que tenga problemas con un chico… O un pibe no le da bola, o está teniendo una mala relación con un pibe del colegio, o no sabe si decirle que sí o no a otro pibe del barrio. No va a venir nunca una adolescente feliz con pareja estable, porque ésas están culiando lo más tranquilas en la casa del novio, ¿entendés?

—Perfectamente.

—Entonces les digo, a las chicas que llegan, que hay un hombre en sus vidas que les puede hacer mal si no actúan con decisión… Les hablo de decisión porque es eso lo que vienen a buscar acá: un dato sobre el futuro para no correr riesgos. Eso es una generalización, ¿ves? Los que vienen acá están a punto de decidir algo, y no se animan, y entonces creen que el futuro, el conocimiento sobre el futuro, puede llegar a hacerles más fácil la tarea. Yo los ayudo a eso, mirándolo desde un lado positivo.

—Y desde un lado negativo lo que hacés es engañar a la gente para sacarle treinta dólares por hora, ¿o estoy siendo prejuicioso?

—Bueno, se puede decir de muchas maneras, pero te lo acepto porque andás con ganas de pelear: se ve que hace mucho que no cogés. (Se ríe.) Pero no engaño más que un mal psicólogo, o que un libro de autoayuda… Ésta es una discusión muy vieja, Hernán: yo creo que mientras la gente que viene buscando ayuda se vaya contenta, lo mío es un servicio como cualquiera. No te diría lo mismo si yo hiciera esto para sacar provechos personales.

—Me perdí, no entiendo.

—Conozco “colegas”, esto ponelo entre comillas, que se aprovechan de la ignorancia de los clientes, o de la visión endiosada que algunos tienen de nosotros. Un tío mío, el que me enseñó este laburo, era muy hijo de puta, muy mal bicho, en ese sentido. Se aprovechaba de las señoras que iban a verlo, les mostraba un futuro negro para después consolarlas… (Se ríe.) Vos me entendés. Mi tío estuvo viviendo de eso durante una punta de años, y terminó creyéndose todo, todo lo que decía. Antes de morirse nadie podía hacerle entender que él no era un vidente, que era un chanta. Se enojaba mucho cuando le decíamos que se había pasado la vida engrupiendo señoras, y decía que nosotros le teníamos envidia.

—Me imagino que después de años de engañar existe el riesgo de creerse lo que uno dice, de acabar siendo el último estafado… ¿No le tenés miedo a eso?

—No. (Piensa un momento.) No, en serio. No. Porque yo siempre hice esto, y lo seguiré haciendo, pensando únicamente en la guita. Jamás, ni durante un segundo, me creí nada de lo que dije, ni siquiera cuando la pegué.

—¿En qué casos acertaste una predicción?

—Fueron pavadas, nunca es nada relevante. Una vez llegó una mujer mayor y me di cuenta, por la ropa negra y el anillo doble, que era una viuda reciente. Lo primero que le dije era que una enfermedad se había llevado al esposo, y me miró como espantada, como si estuviera viendo realmente a un santo. Desde ese momento me creyó cada palabra. Yo nomás le dije que el esposo, desde el cielo, deseaba que ella tuviera una vida nueva, con otro hombre. Y que ese otro hombre iba a aparecer en agosto de ese año. Y que debía entregarse a ese nuevo amor sin culpas, sin mirar el pasado.

—¿Por qué en agosto?

¡Qué se yo! Las viudas siempre se ponen mimosas en invierno. Pero eso no importa. Lo que te digo es que no doy malos consejos, trato de darle a la gente buenos consejos pero se los envuelvo en papel de regalo. A esa mina, que estaba hecha bolsa y seguro iba a pudrirse sola, porque su educación no le permitía engañar a su esposo ni muerto, yo le hice una gauchada, ¿me seguís? Vino uno o dos años después, a traer a una hija, y me comentó que todo lo que le había predicho se le había cumplido. Estaba juntada con un señor muy bueno, y lo había conocido en agosto. Y yo no hice nada, en realidad, más que soltarla. Si no le decía aquello, se hubiera encontrado con muchos hombres que le iban a hacer proposiciones en agosto, pero no habría aceptado ninguna.

—¿Estaba buena?

—Bien mantenida, sí… Y ella me creía, ella confiaba en mí y en mi poder, por eso digo que a veces le hago bien a la gente, porque es como que le doy algo de donde agarrarse para que no tengan tanto miedo de vivir, o de actuar. A veces cuesta animarse…

—No siempre fuiste un experto en esto. Alguna vez tuviste que haber sido un novato. ¿Podés contar tu primer día?

—No empecé solo, empecé como ayudante de mi tío. Él era un gran deductivo, un tipo que tranquilamente pudo haber sido detective o policía, porque conocía a la gente de entrada, por rasgos, modos de vestirse, forma de hablar, de no mirar a los ojos… Él sabía siempre si estaba delante de una viuda, de una mujer engañada, de una persona enferma, de alguien que tenía un pariente terminal, etcétera. Y les hacía creer que les estaba adivinado toda la vida. Después le resultaba muy fácil decir cualquier boludez sobre el futuro y todos se iban más o menos contentos. Yo mamé eso desde los quince o dieciséis años, y aprendí, no sé si bien o mal, cada yeite, cada truco. Que son, además, los mismos trucos que usamos todos los que trabajamos de esto.

—Con esto me querés decir que no hay videntes verdaderos.

—Verdaderos somos todos. Tocáme, acá estoy. Existo. Lo que hay son buenos y malos videntes, y eso no pasa porque sean verdaderos o falsos. Todos son falsos. Los malos son los que hacen mal su trabajo deductivo. Admiro mucho a los buenos profesionales, a mi tío por ejemplo, aunque después haya utilizado todo para acostarse con las señoras. O para sacarles más plata de lo que vale un turno.

—¿Vos siempre cobraste treinta dólares la hora? Perdonáme la pregunta, pero me parece excesivo.

—No. Antes era mucho más económico. Porque trabajaba en barrios muy bajos de Mercedes y de Luján. Por alguna razón yo suponía que la condición social tenía algo que ver a la hora de engañar a la gente. Yo trabajé siempre por poca plata, turnos de cinco y diez pesos, y hasta a veces gente muy humilde que venía con gallinas, para hacer trueque. Hasta que una vez el tío, que era muy amigo de un personaje de Mercedes que ahora se puede nombrar porque está muerto, nos dijo que él en Buenos Aires era curandero de viejas bienudas…

—¿Hablás del pai Toti?

—¡Del gran Toti Pote, claro! Que durante los últimos años de su profesión descubrió algo maravilloso, que nos legó al tío y a mí. Un día llegó a la casilla donde vivíamos, siempre haciendo ese espamento que hacía cuando llegaba a un lugar, ¿viste?, y nos dijo: “¿Qué hacen ahí, trabajando para los pobres? Las viejas de doble apellido, además de pagar el doble, son el doble de boludas”. Me acuerdo patente. Eso me causó mucha gracia, pero terminó siendo lo que me hizo levantar cabeza. Un año después de ese descubrimiento, me fui de Mercedes y alquilé una casita en Luján; puse un aviso en El Civismo diciendo que era un astrólogo que recién llegaba de la Capital. Ahí empecé directamente a cobrar treinta dólares la hora, y hay mucha gente que pide doble turno: uno para carta astral, y otro para que le tire el tarot.

—¿Esta casa la alquilás?

—No. Eso fue en el ochenta y nueve. Después, por suerte, pude comprar este terreno y de a poco me fui haciendo el chalet. Todavía le faltan cosas, pero ya tengo algo mío.

—¿Nunca tuviste problemas con astrólogos en serio, con personas que estudiaron? ¿Nadie te acusó de práctica ilegítima, por ejemplo?

—Yo siempre digo: el que esté libre de macaneo, que tire el primer diploma certificado. Nadie puede decir “yo soy un astrólogo recibido en la UBA, los demás son truchos”, porque estas cosas no son ciencias verificables. Entonces quién te va a joder, ¿no? En otros países, como Brasil, por ejemplo, hay carreras de astrología muy buenas, pero todos los brasileros que vienen a la Argentina se asientan en la Capital, no en los pueblos.

—¿Por qué?

—Porque la mayoría son negros. En los pueblos de provincia los negros no están bien vistos. Por eso acá en Luján, o en Mercedes, todos estamos verseando. Pero te repito: los truchos son los que se aprovechan de la situación, los que ni siquiera saben mentir bien, o los que hacen daño con las predicciones. Las personas como yo, que únicamente damos buenos consejos disfrazados de adivinaciones, no le hacemos mal a nadie. Y creo, incluso, que ayudamos mucho más que esos profesionales que sí se reciben en grandes universidades y que después solamente tratan de zafar para poder comer.

—Pero hace un rato me decías que todo lo que hacés es por plata, únicamente. ¿No te estás contradiciendo, ahora?

—No, pero esto es más difícil explicarlo: yo en serio estoy comprometido con mi profesión. Me gusta cuando me entero que he dado un buen consejo. Y eso me llena mucho más que lo económico. Pero resulta que con esas alegrías no puedo ir a comprar la carne al mercado, porque la carne hay que pagarla con moneda, no con alegrías profesionales.

—La última, René, ¿qué ves en mi futuro?

—Si llegás a poner mi nombre artístico en el reportaje, veo a un tipo que entra a tu casa y te parte la cara. (Se ríe.)

Hernán Casciari
Jueves 19 de octubre, 2006

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309 comentarios Confesiones de un astrólogo falso

  1. Crim #308    2 noviembre, 2006 a las 3:22 am

    Bueno: creo que va llegando el momento de cantar “último”, para que HC se inspire y vuelva a postear (si ni por el Petit ha pasado estos últimos días…).
    Me juego:
    ¡¡¡ÚLTIMA!!!

  2. Laucha #301    31 octubre, 2006 a las 12:08 pm

    Grisel: Que bueno que lo notaste! Esas dos semanas de entrenamiento intensivo están dando sus frutos… Ya no me van a decir laucha nunca mas!!

    Con respecto a mis ojos, son marrones, comunachos nomás, pero como dijo algun amor… Los mas sinceros del mundo… Ahhhhhhhh!