De mogólicos, gallegos y demás gentilicios

Señor autor, me desagrada que utilice en sus textos, y tan a la ligera, la palabra «boludo», pues se trata de una dolorosa enfermedad que no tiene nada que ver con lo que usted quiere representar. Mi marido tiene las bolas muy grandes pues padece de macroorquidismo, y sin embargo es un ser cariñoso, elegante y con un cociente intelectual elevado. Por supuesto, mi queja incluye también las voces «pelotudo», «hinchabolas», «bolastristes» y otros calificativos derivados de las afecciones andrológicas comunes.

Esta carta no existe, acabo de inventarla. Pero sí es real esta otra que, muy parecida a una docena que hay en mi casilla de correos, dejó hace un rato una lectora de Orsai:

(…) una crítica: tengo un hermano mogólico y te aseguro que la elegancia de su caminar es admirable, su cara de retrasado reconfortante y la expresion de amor en su mirada inigualable. Así que creo que existen varios calificativos mejores para ponerle a (tus personajes).

Es extraño: cuando califico a un personaje de ficción como «boludo» no recibo quejas de familiares o aludidos, en cambio cuando describo a un personaje como «mogólico», sí aparecen diez o doce cartas aclaratorias, muy sensibles, explicándome todas las cosas buenas que son capaces de hacer, sentir y pensar los discapacitados mentales. ¿Por qué?

Una razón posible es que, por cálculo demográfico, haya más familiares de mogólicos que de boludos entre los lectores de textos. O quizás sea que el síndrome de Down resulte una dolencia más prestigiosa que el síndrome de Klinefelter. Pero no. No me parece que las razones sean ni cuantitativas ni se refieran a la calidad del síntoma. Creo que es, más bien, un equívoco semántico que tiene muy fácil resolución.

Cuando, en el habla coloquial, decimos mogólico, no estamos hablando del chico down. Nos estamos refiriendo a su hermana, y, por extensión, a cualquier persona que sienta la necesidad torpe de aclarar lo que nunca ha estado oscuro.

Del mismo modo, cuando decimos la palabra «boludo», en nuestras cabezas no se aparece un señor con dos testículos desproporcionados, en una cama de hospital, gritando “por favor, Amanda, inyéctame un sedante en el escroto”. La palabra sólo nos remite a pensar en un tontón, en un pavote social que reincide en equívocos cotidianos como si las pelotas le pesaran. Sólo se trata de una pequeña metáfora oficializada y compartida.

Con la palabra «mogólico» pasa exactamente lo mismo: nos referimos a un pavote que reincide en equívocos como si le faltara un golpecito de horno. (En este caso hay metáfora sobre metáfora, porque «golpecito de horno» es también una comparación poética coloquial, al igual que «le faltan fósforos en la caja» y «está jugando con nueve».)

La diferencia entre «boludo» y «mogólico» es que el segundo vocablo —a pesar de ser compartido— no está aún del todo oficializado. Compartido significa, en este contexto, que todo el mundo entiende que no hay una referencia literal ni, por ende, peyorativa. Mientras que no oficializado representa que algunos no quieren que exista la metáfora. Se niegan a que se utilice, a que se propague y, sobre todo, a que quede por fin libre de malos entendidos.

Hace unos días un grupo de diputados del Bloque Nacionalista de Galicia (BNG) descubrió que, en el habla coloquial de Costa Rica, se le llama «gallego» a una persona un poco tonta; mientras que en ciertas zonas de El Salvador le dicen así a los tartamudos.

A los diputados, antes que nada, les molestó la noticia:

—¡Los gallegos no somos tontos ni tartamudos! —dijeron a coro.

En realidad, debieron decir “no somos necesariamente tontos ni tartamudos” puesto que sí hay gallegos que son una, la otra, y hasta ambas cosas a la vez.

Lo que hicieron estos funcionarios nacionalistas es interesantísimo y grafica muy bien de lo que vengo hablando: presentaron un proyecto en el Congreso (proyecto aprobado, además) para pedir a la Real Academia de las Letras que elimine esas dos acepciones del diccionario. Es decir, no les molesta que se continúe llamado «gallegos» a los tontos de Costa Rica: les molesta que la información se difunda y oficialice.

Los diputados nacionalistas gallegos (como ciertos familiares de personas enanas, o con down, o algunos calvos y un grupo de futbolistas millonarios negros) no están interesados en cambiar la percepción coloquial de su gentilicio o calificativo, no señor: sólo les importa que esta percepción no se vea reflejada en los archivos del habla.

Les importa un carajo que el objetivo de un diccionario sea reflejar lo que ocurre con la lengua, y nunca imponer o dictaminar qué debe ocurrir con ella. Ni siquiera es autoritario este proceder: es imbécil. Los diputados gallegos se merecen que la Asociación de Tartamudos de El Salvador (ATEL) le aconseje a la Real Academia que no se los llame «gallegos», porque los ofende.

Aquí en España hubo un pequeño debate (pequeño por infantil, no por conciso) sobre otros usos y abusos del vocablo «gallego» en América latina; llegué a escuchar por la televisión a un erudito (eso ponía el cartel) decir que “en la Argentina, por ignorancia, se le llama gallego a la totalidad de los españoles”. Y, por más extraño que parezca, después de decir semejante barbaridad el cartel seguía poniendo “erudito”.

Argentinos y uruguayos, sólo en el ámbito coloquial, nombramos «gallegos» a todos los españoles porque somos propensos a la sinécdoque, que es una metáfora muy bonita que tiende a nombrar el todo usando sólo una de sus partes. Y somos tan conscientes de ello como aquel que dice «el pan de cada día» refiriéndose a los alimentos en general, y no puntualmente la segunda baguette del supermercado. No es costumbre ni ignorancia, señor erudito de la lengua: es, si se me permite el romanticismo, poesía urbana rioplatense.

Muchas veces todos nosotros, todos y en cualquier región, recurrimos a la metáfora y a cierto tipo de comparación informal en el habla y el discurrir cotidianos. Y lo que decimos es sólo una representación libre de aquello que pretendemos señalar. Entre otras muchas cosas, de esta práctica nacen el poema, el piropo, la promesa política y, sobre todo, el apodo o sobrenombre (tan festivo en Latinoamérica como ofensivo en España).

Como es sabido, en la península no se le puede decir «negro» a un negro. No porque ese color sea un insulto en sí mismo, sino porque no hay costumbre acariciadora en el uso del mote. En España los compañeros de escuela no se llaman a sí mismos chino, negro, colorado, ruso, vasco, rubio o petiso. Y si alguno lo hace, el otro le rompe la crisma. Al no ser capaz la sociedad de ese cariño grupal no excluyente, cualquier descripción —de color, altura, extensión, religión o raza— es provocación o racismo.

En “Cartas de color”, una parodia de Les Luthiers escrita por Roberto Fontanarrosa, nos decía el presentador respecto de una comunidad africana:

Yogurtu Mnghe era el joven más apuesto y hermoso de la tribu; su piel era tan oscura que en la aldea le decían «el negro».

Este gran chiste será siempre muy festejado en el Cono Sur, pero mucho menos en culturas donde la palabra «negro» no haya sido nunca un apodo cotidiano que se usa también (y sobre todo) con los blancos tostados, y casi con cualquier representante de la raza aria que tenga el pelo castaño.

Es de suponer que no debe valorarse la intención desde la perspectiva de la minoría doliente, cuando hacemos una metáfora referencial. Podemos decir y escribir, mientras el contexto nos lo permita y el espectador lo comprenda, de la forma que se nos antoje. De lo contrario, deberíamos enmudecer. Imaginemos, si no, la segunda acepción para la palabra «mogólico» en el Diccionario de la Real Academia de Mongolia:

¡Eso sí que es peyorativo!

Yo creo que tiene mucho más derecho a queja un diputado nacionalista mogólico de Mongolia sobre la utilización de su gentilicio en Occidente, que no un diputado gallego sobre cómo tartamudea la gente tonta en América Central.

Hernán Casciari
Martes 10 de abril, 2007

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279 comentarios De mogólicos, gallegos y demás gentilicios

  1. keo nha cai worldcup #278    14 junio, 2018 a las 7:46 am

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  2. joel #272    19 abril, 2007 a las 12:19 am

    ese es uno de esos post que…estaria bueno leer uno todos los dias.
    desgraciadamente no hay un caso asi todos los dias…pero que cuando aparecen, mmm, una delicia.
    saludos!

  3. The British Model #271    18 abril, 2007 a las 11:09 pm

    Bueno, pibe Casciari, es hora de que te califique.
    Tus relatos son pretenciosos, mínimos, ligeramente provocativos e infantiles.
    Cada vez que puedes, haces una apología del faso, de una infancia y juventud en la que está bien ser un imbécil y tener familia en Argentina, y otras tantas veces te pones “teórico” como en este caso.

    Este blog apesta, pero no te pongas mal: mis calificaciones sirven para empezar a mejorar

    Tenés un 1.3 por el blog
    un 1.7 por la plantilla asquerosa, minimalista (alguna vez te vanagloriaste de ella, cuando cumpliste tres años) y pelotuda.

    Un 2.1 por este post (algunos otros calificarían con un 2.5)

    Y a tu persona despreciable, gorda, barbuda y adicta, un horrendo 0.9

  4. DudaDesnuda #270    18 abril, 2007 a las 10:51 pm

    ¿Te acordás como arrancó el discurso del Negro Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua???

    “¿Por qué son malas las malas palabras?
    ¿Son malas porque les pegan a las otras?
    ¿Son de mala calidad, y cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿Quién las define como malas palabras?
    Obiamente, no sé quién las define como malas palabras, tal vez sean como esos villanos de la televisión, que al principio eran buenos pero a los que la sociedad hizo malos. Tal vez nosotros al marginarlas, las hemos derivado en malas palabras, lo que yo pienso es que brindan otros matices muchas de ellas…”

    Besos y recuerdos

  5. JoNY CoLoMBiNi #269    18 abril, 2007 a las 4:39 pm

    Hola Hernán, es realmente muy bueno este texto. Seguí así, que hay tantos mogólicos, gallegos y boludos en el mundo que necesitamos que alguien los alarme de lo que son.
    Un abrazo argentino.
    JoN!

  6. araña #268    18 abril, 2007 a las 2:09 pm

    No sean todos mogólicos. Dejen de enviar comentarios. No ven que interrumpen el juego de Wii entre Hernán y Petit?
    Creo que las respuestas casi monosilábicas las escribe cuando va al baño.
    Dejenlos jugar en paz!

  7. seburu #267    18 abril, 2007 a las 1:17 pm

    Hola Sol,

    No sos solo vos. Seguramente a todos en Mexico les rechina que se refieran a los mejicanos, con jota. Del mismo modo que a los polacos que no les pongan polakos, o no se cómo (en realidad no se llama polonia, sino Polskia. Y Finlandia, Suomi). Es el uso y costumbre del que habla el texto, y creo que no es del todo incorrecto por estos lugares escribir “mejicano”. O quizás sea yo de los únicos que todavía no se percató su error.
    En la RAE existe la palabra.

    Un beso

  8. Cabeza #266    18 abril, 2007 a las 10:12 am

    De giles –tontos, lelos– (gilíes) estamos llenos, los hay por todas partes y son la hermandad más grande sobre el planeta. Hermandad que no es esotérica ya que uno mismo puede convertirse en gil en un instante y sin previa iniciación. Los giles en su gran mayoría no tienen sentido de pertenencia y están perfectamente disemindados: los hay en España, en Argentina y en todos los paises que uno pueda pensar. Los giles no se saben miembros, pero lo loco es que consideran que el resto de los humanos lo son. Los hay de diferentes credos, origenes, razas, edades y colores políticos; pero una de las cosa que los iguala es que son todos unos acomplejados.

    Pido perdón a los habitantes de San Andrés de Giles y a la familia del recordado Gila; no pretendo herir a nadie…

    Tortu, te agradezco por acercarme a este blog.

    Es un placer leerte Hernán. Saludos.

  9. SOL #265    18 abril, 2007 a las 5:57 am

    Seburu,

    Porqué tuviste que recurrir al tumba burros?

    La lógica me dice que si eres oriundo de, no sé, Argentina, por ejemplo, no te voy a llamar “arjentino” sólo porque el fonema “ge” tenga sonido de jota. Pero ésa soy yo, no todos lo tienen tan claro. Lástima.

    Xtian (#246),
    En mi tierra tenemos un dicho que reza: “El valiente vive hasta que el cobarde quiere.”
    Ten mucho cuidado, me divierto mucho leyendo “puto y aparte” y se me haría un verdadero desperdicio si no lo pudieras mantener por tener múltiples traumatismos que lo harían imposible.

    Saludos 1000,

    SOL

  10. SaCuL #260    17 abril, 2007 a las 8:24 pm

    Acá en Córdoba (Argentina) utilizamos la palabra culiado para referirnos de forma amistosa, sin embargo los porteños se ofenden si los llamás así.

    Saludos desde la docta.

  11. Ambi #256    17 abril, 2007 a las 2:30 pm

    Hay dos cosas que no me banco: la discriminación y el mogólico de acá a la vuelta.

    ¡Aguante el habla rioplatense que no se presta para más malos entendidos que los que la gente quiera inventarse!

    ¡Y aguante el castellano que se banca los sujetos tácitos!

  12. pal #255    17 abril, 2007 a las 8:56 am

    yo tenía un compañero de la uni, que era polvorita y toda, pero toda la facultad lo sabía… un día pasaron unos festejando no sé que fiesta pelotuda (la salida del 4to año, o el ingreso…) y andaban tirándose agua, de preferencia los hombre a las chicas y jiji, jaja etc que lata… en eso estaban y a uno se le ocurre tirarle agua a este tipo que estaba tirado en el pasto leyendo… hasta ahí los dejo, lo demás imagínenselo. Todavía discutimos, los de la uni, cuando nos vemos, sobre quién tuvo la culpa de la que se armó…
    Lo que propone Xtian es cambiar una dicotomía por otra.
    A esta alturas ‘tamos todos esperando otro post. me parece.

  13. Brioche #254    17 abril, 2007 a las 1:05 am

    Jaja me parece muy acertado este texto… algún día se tendría que hablar por aquí también de la innecesaria disputa que hay con lo del machismo del lenguaje… cosa que también tiene su miga y que también suscita bastantes comentarios enojosos a la academia de la lengua…
    un beso

  14. Paco Achaval #253    17 abril, 2007 a las 12:14 am

    Xtian:
    tiene mucha razón “fede o”, el instinto de conservar la vida, no te funciona correctamente; si hablas como escribes, tendrías que repensar tus impulsos!.
    Esta filosofía (preservar la vida), últimamente se ha vuelto muy necesaria!, los héroes se olvidan fácilmente y solo sirven para el negocio de otros “vivos”.

  15. Ni trono ni reina #252    17 abril, 2007 a las 12:09 am

    “yo seré gordo pero puedo adelgazar, en cambio vos sos un pelotudo!”

    Asi seguro que no te re cagan a palos!Despues de eso no te reconoce ni tu vieja!

    ElTeta, me hiciste cagar de risa!

  16. hormiga #251    16 abril, 2007 a las 11:44 pm

    Soy gallega, y he visto a mucha gente comentando el tema del vocablo ya dicho y sus significados. También he comprobado entre algunos gallegos una especie de resentimiento porque no se nos diferencie del resto de los españoles. Como si un gallego del montón pudiese situar donde está Neuquén o Comodoro, quieren exigir que otros conozcan todas nuestras comunidades. Y además he hablado con gente que se siente agraviada por la figura de Manolito, el de Mafalda, y su caracterización tan gallega y “ofensiva”. Pero esa gente tan sensible no piensa en los argentinos cuando hablan de Buenos Aires como la Quinta provincia gallega, jajaja, como si eso fuese un honor para los porteños. Se apropian la capital de buenos aires porque alli emigraron gallegos, ¿ y ahora? Pasará España a ser una provincia argentina? Hay gente que se aburre mucho y está todo el día tocandose el ombligo, por eso no salen de sus cuevas.