Deje un mensaje después de la señal

Colecciono imbéciles más o menos desde 1993. Los cazo, los catalogo, los estudio, los rotulo y los guardo con mucho cuidado. Hay quien colecciona mariposas, o estampillas, o primeras ediciones. A mí me gustan los imbéciles porque son más baratos que las estampillas, y más fáciles de conseguir que una mariposa. Para cazar un imbécil solamente hay que comprar una máquina que se llama "contestador automático". Después hay que conectarla al teléfono, poner un cassette chiquitito y sentarse a esperar que pique alguno. En un día habil, soy capaz de cazar seis o siete.

En mi colección de imbéciles hay casi dos mil trescientos archivos de audio con gente tratando de dejarme un mensaje infructuoso, desde el año noventitrés hasta la fecha. Miles de voces, de acentos, de fechas, de frases entrecortadas, de tartamudeos, de errores… Cientos de personas haciendo el ridículo adentro de mis cassettes. Y aunque a primera vista los mensajes parecen muchos y variados, toda la enorme caterva de pavotes parlanchines pueden dividirse en sólo diez grupos, diez únicos tópicos, que pasaré a detallar ahora mismo.

 

El Chasqueador Anónimo

El más habitual se llama «El Chasqueador Anónimo»; es una raza que no deja mensaje, pero se esfuerza para que sepamos que no está de acuerdo con nuestra ausencia. En lugar de colgar cuando aparece el contestador, esta especie espera a que suene el pitido, y entonces resopla, espera un segundo, hace un chasquido con la lengua, y corta. ¿Por qué no cuelga antes? ¿Por qué, si cuelga después, no dice al menos su nombre? Porque quiere que nosotros sepamos que ha resoplado, pero no quiere que sepamos quién es. Se da mucho entre señores de la tercera edad, con jubilación mínima e ideologías de centro derecha.

 

El Dictador Prudente

En mi colección privada, la segunda categoría corresponde a «El Dictador Prudente». Tengo más de doscientos mensajes de esta clase de idiota que, en lugar de dejar un mensaje, lo dicta. Como si creyera que estamos anotando todo en una libretita. Es una clase de estúpido que desconoce la opción del rebobinado. Sus mensajes, según la cantidad de información, pueden durar horas. Se da mucho entre gente que usa la camisa adentro y sweters color amarillo patito. Y por alguna extraña razón, también es una práctica habitual entre centroamericanos jóvenes.

 

El Conversador Imaginario

«El Conversador Imaginario» —tercera raza— tiene la particularidad de que no efectúa un monólogo, como habría de esperarse, sino una charla con el interlocutor ausente. Hace preguntas, espera, imagina que nosotros preguntamos, responde, se ríe de chistes que cree que le estamos haciendo, etcétera. Estos mensajes se dan mucho entre interlocutores con muchas ganas de conversar, o con algún desorden síquico, o entre gente normal un domingo a la tardecita.

 

El Paranoico Incrédulo

Una de las razas más extendidas y deplorables es la que denomino «El Paranoico Incrédulo». Esta cuarta especie jamás cree que estamos fuera de casa, y utiliza todo el largo su mensaje, en general tedioso, en pronunciar nuestro nombre para que levantemos el auricular. Al principio lo hace con una fingida serenidad, pero conforme no cumplimos su deseo (¡porque no estamos en casa!) va creciendo en él la paranoia. Se da mucho entre amigos íntimos, madres que viven lejos y personas que no dan crédito a la posibilidad de que uno, a veces, salga de casa.

 

El Depresivo Automático

Existe también una extraña raza que sospecha que está prohibido expresar emociones delante de una máquina. Llamo a este género «El Depresivo Automático», porque se deprimen en el preciso momento que comienzan a hablar, aunque nos estén dando una noticia excelente. Esta práctica se da mucho entre hombres y mujeres que desarrollan actividades relacionadas con la arquitectura, la abogacía o la administración pública. Son los quintos en mi catálogo.

 

El Drogadicto Aburrido

En el otro extremo encontramos a «El Drogadicto Aburrido». Es una raza de edad mediana que se fuma un porro y se le ocurre que tiene que llamarnos urgentemente para charlar. Al no encontrarnos disponibles, le suelta a la máquina una cantidad de incoherencias que luego, cuando les mostramos la grabación, no reconoce como propias. En general son buena gente, pero con un problema grave que consiste en la mezcla del cannabis con un auricular.

 

El Exhibicionista Olvidadizo

«El Exhibicionista Olvidadizo» es una raza absurda que llama por teléfono y, después del pitido, sigue haciendo sus cosas sin colgar. Se olvida de nosotros; no le importamos. Los mensajes de está séptima especie suelen durar lo que aguante la cinta. Nos hace partícipes de su cotidianeidad, de sus charlas lejanas, de su música, y por supuesto nos bloquea la línea durante horas. Esta práctica se da mucho entre gente que no tiene nada que hacer en la vida, y me pone los pelos de punta.

 

El Pajero Llama Dos Veces

A la octava clase de imbécil la llamo con cariño «El Pajero Llama Dos Veces». Es una raza que cree poder dejarnos un mensaje a la primera, pero se caga en las patas después de la señal. Entonces cuelga, busca un papel, escribe lo que quiere decir, llama de nuevo, y lo lee. En mi colección, sus mensajes siempre vienen de a dos, como las cucarachas.

 

El Repetidor Inseguro

Algo parecido (pero opuesto) le ocurre a la raza llamada «El Repetidor Inseguro». Es una clase de tonto con mucho tiempo libre que llama miles de veces en un mismo día, sin decir nunca para qué. Desde el segundo mensaje, sólo nos recuerda que ya ha llamado antes. ¡Cómo si no lo supiéramos! Esta clase de imbécil suele requerirnos justo cuando estamos de vacaciones, o en fines de semana largos como por ejemplo la pasada Semana Santa. Se da mucho entre compañeros de paddle y novias con fantasía de cuernos.

 

El Fiestero Egoísta

El último grupo de mi colección se llama «El Fiestero Egoísta». Es una raza que únicamente nos deja mensajes cuando la está pasando muy bien. Suele usar la excusa de que nos llama para invitarnos a una tertulia, o reunión de amigos, pero no lo hace uno o dos días antes, sino cuando el ágape ya comenzó y está en su apogeo. Por supuesto, hay tanto ruido y felicidad a su alrededor que olvida decirnos a dónde es la fiesta.

 

Y hasta aquí he llegado hoy. Mi colección privada de imbéciles seguirá creciendo mientras las personas sigan sin saber que el contestador automático es el único invento que el hombre no ha sabido domesticar. Por suerte, la gente en general no tiene la menor idea. Casi todo el mundo cree que es posible parecer inteligente hablándole a ese aparato; la mayoría está convencida que nunca caerá en la trampa de sonar como un pelotudo y quedar grabado para siempre en una máquina ajena.

El ser humano ha aprendido a cocinar con microondas, a conducir un camión con acoplado por la ruta oscura, a cambiar los canales de la tele sin mirar el control remoto, y algunos hasta pueden configurar la videocasetera. Hemos llegado a la luna, hemos inventado el termómetro, hemos descubierto los duraznos en almíbar, pero extrañamente nos resulta imposible actuar con normalidad cuando sabemos que nos están grabando. Y así nos va.

Hernán Casciari
Lunes 17 de abril, 2006

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