El amor de los metalampos

Hace muchísimo tiempo, en un planeta que no era éste pero se le parecía un poco en el contorno de la circunferencia, hubo una raza superior a todas las que habitaron el Universo en cualquier época y en cualquier rincón. Eran bellos, inteligentes, generosos, compasivos, valientes y suaves al tacto. En su apogeo como civilización, lograron construir una sociedad perfecta: en su mundo no existía el hambre, ni el trabajo aburrido, ni los abogados, ni la enfermedad, ni la democracia. Se llamaban los metalampos.

Tal era la sabiduría natural de estos seres, que cualquiera de las grandes mentes conocidas de nuestra civilización (pongamos un Einstein, un Da Vinci, un Sócrates) en el mundo metalampo hubiera tenido que ganarse la vida como empleada doméstica o guionista de televisión.

Pero comencemos por ubicarlos en el tiempo.

El planeta Metalampo no fue contemporáneo a nuestro planeta Tierra, sino muy anterior. Cuando ellos vivieron su maravillosa época dorada, nosotros no éramos siquiera un boceto mal dibujado en la servilleta del cosmos. Para que podamos comprenderlo con una metáfora, diremos que si la historia humana en todo su conjunto se resumiera en el día de hoy, la vida metalampa se habría desarrollado el jueves 12 de agosto de 1933, entre las cuatro y las cinco de la tarde.

En este planeta remoto la vida transcurría en paz. Pero ésta era una paz verdadera, no una breve tregua entre dos horrores, que es lo que nosotros podemos entender como la paz. Los metalampos nunca tuvieron guerras, ni conflictos armados. Tampoco conocieron revoluciones ni epopeyas. Esta ausencia de confrontaciones les resultó muy ventajosa para la práctica del ocio (que dominaban como nadie), pero también les acarreaba algunas desventajas de orden práctico, pues al carecer de momentos históricos, de héroes, de generales y batallas, nunca lograron ponerle nombre a sus calles y el servicio de correo postal fue siempre muy ineficaz.

De hecho, es sabido que los metalampos escribieron millones de cartas a lo largo de su historia, pero sólo ocho de ellos pudieron leer alguna.

Y es que, al contrario que otras civilizaciones menos humildes, los metalampos no se desvivían por las telecomunicaciones, ni por el perfeccionamiento técnico. Si había que inventar algo se inventaba, pero sólo si era necesario o urgente. Cuando se topaban con una enfermedad, descubrían la cura; cuando encontraban un precipicio, inventaban el puente. Pero no alardeaban. No avanzaban por avanzar. Hay un ejemplo muy claro de esta actitud: como nunca hallaron problemático esperar media hora y volverse a llamar, jamás desarrollaron la telefonía móvil, a la que consideraban una tecnología histérica.

En realidad, los metalampos no fomentaban el progreso porque no padecían ansiedad por llegar pronto a ninguna parte, dado que se hallaban muy a gusto donde estaban. Y quizás por ese motivo consideraban que el progreso, antes que mejorar la calidad de vida, sólo tendía a afearles el cuerpo. “El mando a distancia no te hace más moderno”, rezaba un refrán metalampo, “lo que te hace es el culo más gordo”.

El único problema de los metalampos era el amor. Cuando dos metalampos se enamoraban de verdad y sin remedio, morían instantáneamente. A veces primero uno, a veces los dos al mismo tiempo. Esto, al principio, provocó que los metalampos tendiesen a la promiscuidad, pero como eran seres de un corazón enorme, una gran inteligencia y una belleza alarmante, no podían dejar de enamorarse tarde o temprano. Y de morir inexorablemente en lo mejor de su edad.

Quizás para equilibrar su paso fugaz, una de las características más obsesivas de los metalampos fue lograr la máxima sencillez en el lenguaje. Para ello hacían uso de un sistema encadenado de caracteres, en donde el mínimo cambio de estructura confería distintos significados. Era tal la capacidad de síntesis del lenguaje metalampo que un dibujante era capaz de realizar un identikit perfecto escuchando del testigo únicamente la palabra “estuqi”.

La composición molecular de su lenguaje propiciaba que cualquier cadena de caracteres significase algo. Un metalampo ciego aporreando un teclado generaba palabras reales. También un bebé metalampo gateando por arriba de un cuaderno. Todos, al pasar por encima de un teclado o garabatear signos en un papel, emitían una idea y hasta a veces un soneto con rima consonante.

Algunos narradores metalampos de vanguardia solían escribir largas novelas tirando seis o siete bolsas con fichas del escrabel desde distancias considerables. De este modo cualquiera podía escribir, con independencia de su capacidad de comprender lo escrito. (En el mundo humano, lo más parecido a esta práctica se denomina blog).

Otra capacidad extraordinaria de esta raza es que sólo eran capaces de adquirir conocimientos en la oscuridad. De día o con luz artificial, únicamente estaban capacitados para disfrutar, reventarse granos, cantar, reproducirse y cocinar. Pero si lo que deseaban era aprender un arte, un oficio o una ciencia no recurrían al esfuerzo sino a la falta de luz.

Para aprender el oficio de repostero, por ejemplo, un metalampo sólo necesitaba entrar en una panadería y permanecer a oscuras un par de horas. Para conocer los secretos de la mecánica automotriz, debía meter la cabeza dentro de un capó y esperar un rato. Para conseguir una licenciatura en psiquiatría, únicamente había que entrar de noche en un manicomio.

Además, la educación era involuntaria. Tras el Gran Apagón del año 878, que duró seis días y provocó terror y suicidios, más de dos millones de metalampos se convirtieron, sin darse cuenta, en campeones mundiales de ajedrez.

Los adolescentes metalampos aprendían todo lo concerniente a la educación básica y media en sólo cuatro noches, encerrados en una biblioteca sin luz eléctrica. Sólo un número insignificante de adolescentes (en general albinos) reprobaban alguna materia y tenían que volver durante el fin de semana. “Me llevé matemáticas a sábado”, le decían a sus padres.

La sabiduría era —de este modo— un bien tan fácil de adquirir que todos poseían conocimientos amplios, minuciosos y extravagantes sobre cualquier cosa. En el mundo metalampo no existían los conceptos de escuela, universidad, taller literario, libro de autoayuda, o televisión estatal matutina. Al no ser la educación un valor agregado, tampoco existía la noción de pedantería intelectual. En el mundo metalampo la erudición no constituía un privilegio sino un síntoma de haber comprado una casa mal iluminada.

Tal era el poder del conocimiento en la oscuridad, que a lo largo de sus vidas los metalampos eran capaces de practicar más de sesenta profesiones diferentes y mantener en activo dos docenas de hobbies. El saber, por tanto, no tenía edad. De hecho, todos los metalampos nacían ginecólogos.

Mucho más complejo y peligroso les resultaba, en cambio, el arduo camino de la conservación de la especie. Al tenerlo todo, era previsible que la naturaleza debiera equilibrar tantos dones sembrando —en la aparente felicidad metalampa— un escollo difícil de soslayar.

El exterminio provocado por el amor mutuo que se profesaban, que nunca pudieron solucionar porque no era de hecho un problema sino una conformación genética, los estaba matando lentamente.

En su apogeo, los metalampos eran alrededor de 180 millones, y su tasa de natalidad menguaba un 6% cada año, dado que el sexo por recreación era peligrosísimo, pues la diferencia entre clímax y amor los confundía bastante. Las familias, casi siempre, estaban constituidas por una pareja que no se amaba en absoluto, pero que se escudaba en la monogamia por temor a una aventura extramatrimonial que pudiese dejar huérfanos a los niños.

Comenzó entonces, poco a poco, a gestarse el fin de la raza más valiente y hermosa de todas las que habitaron nuestro Universo. Una decadencia tan cruel, injusta y romántica, que generó una de las leyendas más perdurables que se conocen: la orgía del fin del mundo.

Con el paso de los años, entendieron que el miedo a la felicidad podía costarles algo más que la extinción: les costaría la permanencia inútil en una vida sin deseos ni profundidad. Y entonces, con la sabiduría que los caracterizó también en las buenas rachas, decidieron organizar una bacanal de duración indeterminada, con el objeto de que cada metalampo pudiese morir de amor y no de miedo, hasta que no quedase nadie.

Esta fiesta, que fue la más grande de todas las que se han llevado a cabo en el Universo, duró catorce años y comenzó con siete millones de invitados. El vino, la gaseosa y la cerveza se convirtieron en alimentos gratuitos de primera necesidad, y se colocó iluminación accesoria en todos los espacios, para que nadie aprendiese nunca nada nuevo en lo oscuro, durante la orgía monumental.

Los metalampos salieron entonces a las calles a buscar a su media naranja y morir en sus brazos. Después de siglos de monogamia, matrimonio vacío y sedentarismo ocioso, ahora todos conversaron y rieron con todos. Todos se besaron en la boca para saber qué pasaba. Algunos, los más enamoradizos, morían pronto, pero los primeros entierros eran excusas llenas de música para que otros solitarios conociesen gente nueva.

Fueron años de jolgorio, tumulto en las esquinas, sexo casual, mordiscos leves y música improvisada. Como no había vecinos con ganas de dormir (puesto que todos estaban en la fiesta), ni existía la policía, ni las sociedades de derechos de autor (puesto que era un planeta sensato) tampoco había motivos para que la bacanal llegase a su fin ni para que nadie cobrase cánones y multas. Al séptimo año se habían celebrado más de seis millones de muertes por amor, y la música no cesaba. Ni tampoco el amor.

Al comienzo del último año de la fiesta (y de la especie) solamente quedaban 724 metalampos en la superficie del planeta. Desde el aire, parecían una pequeña manifestación enloquecida gritando y bebiendo y cantando. No había dolor ni remordimiento. Cada vez que uno de ellos moría, los que estaban cerca lo cubrían de flores y el grupo seguía el viaje hacia la eternidad elegida.

Por las noches dormían a la intemperie, bajo unas enormes mantas cuadriculadas por donde se metían mano sin saber quién era quién, y se besaban en la oscuridad diciéndose sus nombres para reconocerse. Ni siquiera en los inviernos más gélidos de esos catorce años sintieron frío. Ni siquiera cuando en vez de setecientos fueron noventa. Y tampoco cuando sólo quedaron ocho.

Y después fueron seis; y más tarde tres.

Los últimos dos metalampos amanecieron con algo de resaca, el último día de la especie. Cubrieron de flores al antepenúltimo de sus muertos y se fueron a limpiar un poco el desastre de la noche (botellas rotas, manteles a la miseria, ropa interior por el suelo) antes de fumarse un cigarro juntos y contarse sus vidas. Sabían, por haber llegado juntos al final de la fiesta, que eran los anfitriones y que aquélla era ahora su casa.

Los dos estaban un poco sensibles y borrachos, después de tanta fiesta. Eran jóvenes y hermosos. La mañana parecía de primavera y tenían claro que no tardarían mucho más en enamorarse.

Hernán Casciari
Jueves 25 de enero, 2007

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199 comentarios El amor de los metalampos

  1. Pedro Mourelle #198    5 septiembre, 2014 a las 5:31 am

    Después de leer la Bonsai con mi hija (y sacarme la basurita del ojo, por tu culpa HDRMP) descubro que el final difiere, y es -bastante- mejor el de la Bonsai.
    Ahora paso a la pregunta: hay versión final? Y tiene link?
    Un gran abrazo Hernán.
    Pedro

  2. maria clara #195    4 febrero, 2007 a las 11:22 pm

    el comentario 19 es el mejor… nada mas eso.
    ahh y el 33 me hizo llorar por que era lo que yo iba a decir…
    en este momento me caeria bien ser metalampo… estaria mejor con flores encima que en esta incertidumbre…
    el amor…

  3. fede o #194    4 febrero, 2007 a las 5:15 pm

    totalmente, ruso.

    y si cuando quedaban dos pasaba lo mismo, que se enamoraba uno y el otro no se lo correspondía, se moría solamente ese y el otro quedaba condenado a la paja eterna, por los siglos de los siglos.

    quizás fue así como pasó realmente. y milenios después, este metalampo viejo, solo y pajero, dándole formita a un poco de barro, le insufló aire. y empezó otra historia.

    mejor no preguntarse con qué habrá humedecido la tierrita.

  4. Choronta #192    4 febrero, 2007 a las 2:58 am

    LOs metalampos eran todos putos y por eso no se multiplicaban? vos nos querés transmitir que los putos estan más cerca de la perfección?
    La verdad que quería ver si habían inventado algo para evitar la resaca y las emorroides pero veo que no, igual la sufrían…
    abrazo hernán y gracias por todo

  5. Mecacho #190    3 febrero, 2007 a las 1:53 pm

    Yo me pregunto si los estúpidos que se apuran para poner “primero!”, “segundo!”, se dan cuenta de la falta de respeto que eso representa hacia dueño de este blog, a su creatividad, al resto de los lectores, al reino animal en general y a la condición humana en particular.
    Hernan felilcitaciones por el don de tu creatividad y gracias por compartirla con quienes te leen.

  6. Alberto #186    2 febrero, 2007 a las 10:03 pm

    Me viene a la cabeza esa expresión utilizada por los franceses para nombrar al orgasmo y a la sensación de abandono que sobreviene luego del climax sexual: “Petite Morte” -pequeña muerte-. Quiza sea el mejor paralelismo para el dilema metalampo.

    Ahora que lo pienso, de alguna manera es probable que el concepto del amor traiga apareado consigo una carga de vida, y una carga de muerte tambien. Para muchos no se puede vivir sin amor. O no se le puede encontrar sentido a la vida sin la persona correcta junto a uno. De hecho casi se podria decir que la vida gira alrededor de eso: de los constantes saltos que vamos dando -como pelotitas de pinball- hasta que aparece en nuestra vida la persona indicada. Hasta que encontramos alguien a quien amar, y que a su vez nos ama ciegamente. Hasta que entramos en equilibrio.

    Para otros encontrar el amor es tan peligroso como nunca haberlo tenido. Porque es entonces que uno se descubre vulnerable, y es conciente por primera vez de que se puede ser muy fragil al entregarse a otro. Porque el miedo a perder el amor puede ser tan grande como el miedo a no encontrarlo, porque si el otro sufre, uno sufre tambien, y porque si el otro muere, uno quiere morir.

    Gracias Hernán por invitarnos a reflexionar con tus palabras.
    abrazo.

    Alberto..

  7. dajoropo #185    2 febrero, 2007 a las 9:15 pm

    Me encantó la decisión que tomaron los metalampos para hacer esa gran bacanal que acabara con su especie, pero a la vez con su miedo.

    Muy buen escrito.

    Saludos!

  8. seburu #184    2 febrero, 2007 a las 5:34 pm

    los metalampos se pierden a tuco inspirado diciendo la ya famosa frase, con el pecho inflado, la cabeza como mirando un partido de tenis y haciendo círculos con las manos, mientras a 2 metros la romu caga fuego.

  9. La Romu #183    2 febrero, 2007 a las 5:09 pm

    “La literatura tiene el deber de abordar y penetrar en zonas insondables para las otras artes, de inmiscuirse en las heridas invisibles para hacerlas supurar y dar alivio.”

    ¡Cagamos fuego!

    Un beso igual.

  10. tuco #181    2 febrero, 2007 a las 2:56 pm

    ¿Alguien piensa que la literatura es creatividad? La creatividad hay que dejarla para los guionistas de Hollywood, para el número 10 de River, para los publicistas, para un chiquito pintando dibujitos o para Victor Hugo Morales poetizando sobre un golazo, pero la valoración de la “creatividad” en la literatura es nada importante. La literatura tiene el deber de abordar y penetrar en zonas insondables para las otras artes, de inmiscuirse en las heridas invisibles para hacerlas supurar y dar alivio.
    Lo demás es cuento.

  11. Carola #180    2 febrero, 2007 a las 2:21 pm

    El texto me gusto muchisimo. Te felicito por tu creatividad, virtud que como no tengo, me impide hacer mayor crítica más que un “me gusto”.
    Lo que si tengo es curiosidad y por eso pensaba en que sería interesante que los comentarios de los post, tengan un orden aleatorio.
    Se evitarían los “cante priii”, los “piedra libre para todos mis cooooompañeros” y se generarían respuestas más interesantes en las discusiones.
    Besos muchos.

  12. Paco Achaval #177    1 febrero, 2007 a las 9:37 pm

    Cuantos cuestionamientos para Hernán!, es para generar polémica?, o sos su amigo NELSON encontró Orsai?, ya muy caliente por eso de el nuevo paraiso de los tontos. En fin!, también envidio a Hernan, Dolina, Fontanarrosa por su genialidad literaria, pero envidia de la buena, la que te ayuda a superarte; las otras, mejor no confesarlas, verdad?. Parece que abundan los Salieri en busca de nuevos Mozart!.

  13. tuco #176    1 febrero, 2007 a las 2:01 pm

    Hernancito, ¿qué pasa por tu delicada maquinaria pensante que estás escribiendo cosas olvidables? ¿Tanto afecta el exilio?
    Te comparo con Calamaro (Andrés por supuesto) Talento le sobra, pero a veces siento que sería bueno que se tome un tiempo (tamiz irreprochable) para que de las doscientas canciones por minuto que hace decante en las dos o tres que valen la pena.
    Además, tus lectores son muy obsecuentes. Después de todo, probablemente vas a llenarte de guita como Bucay o Cohelo si continuás en esta línea, y eso no es para nada deleznable.

  14. teimagino #175    1 febrero, 2007 a las 10:47 am

    Gracias por esta estupenda referencia. Me ha parecido un tema muy interesante.
    Sigo tu blog habitualmente, me encanta lo que estas haciendo y te animo a seguir por este camino..
    Mi blog recoge temas muy similares y hay muchas referencias culturales, tecnológicas, politicas…
    Te invito a visitarlo. De verdad que tengo material MUY bien seleccionado.
    Recibe mi apoyo y un saludo afectuoso

  15. Haffner #172    31 enero, 2007 a las 10:30 pm

    y el servicio de correo postal fue siempre muy ineficaz.

    De hecho, es sabido que los metalampos escribieron millones de cartas a lo largo de su historia, pero sólo ocho de ellos pudieron leer alguna
    ======================
    Seguro que los tataranietos de Yabran y Ramon Baldassini emigraron a Metalampa,sino no se explica tanto descalabro en EMCOTEL-Empresa Metalampa de Correos y Telecomunicaciones-

  16. mir #170    31 enero, 2007 a las 1:57 pm

    Felicitaciones como siempre!
    Me encantó leer esta historia y “casi todos” los comentarios…
    Como dijo Ana #134, a mi también me dieron ganas de escribir.
    Estoy leyendo “Diario de una mujer gorda”, pero parezco una loca… me río sola… y a carcajadas… Gracias por todo lo que hacés y compartís.
    Besos desde Mercedes!!! (tu ciudad!)

  17. Paco #169    31 enero, 2007 a las 6:02 am

    Acabo de leer algunos comentarios para darme cuenta de que lo que yo intuía era un descubrimiento plagado de originalismo, había sido descubierto por varios otros lectores varios comentarios arriba.
    Veo que a varios nos pareció que acá hay algo de Dolina.
    Espero poder aportar cosas más originales en entradas futuras.
    Saludos.

  18. Paco #168    31 enero, 2007 a las 5:56 am

    Che, que lindo todo esto. Si la acción ocurriese en Flores, y en vez de metalampos fueran Hombres Sensibles, tranquilamente podría ser este un cuento del negro Dolina… aunque si lo hubiese escrito el, ahora que lo pienso, hubiese concluido en el momento en que nadie se enamoraba por miedo, no?

    Un gusto leerlo, como siempre.

  19. Ginger #167    31 enero, 2007 a las 12:34 am

    1- Duda, estàs nominada.
    2- La finalidad de este comentario es conocer mi nuevo ip.
    3- Feliz cumpleaños Pal
    4- Ya sè que del texto no dije nada. Borralo tranquilo.

  20. Andrés #166    30 enero, 2007 a las 11:03 pm

    Hay dos autores que me producen 100% satisfacción: Dolina y Casciari. Todo lo demás me gusta, pero no puedo leer, por ejemplo una hora seguida. Pero con éstos dos es una especie de vicio, como dice Nicolás en el comentario anterior.

    Algún día voy a escribir en mi blog algo al respecto de esta paradoja.

  21. Caro #159    30 enero, 2007 a las 5:30 pm

    Me gustó lo del conocimiento en la oscuridad, ya que estamos acostumbrados a relacionarlo con la luz (iluminismo, el siglo de las luces, etc.) y sin embargo muchos genios trabajan mejor de noche.

  22. Caro y Cruptora #158    30 enero, 2007 a las 5:23 pm

    Ok, a esta altura de los comentarios y luego de de haber leido tantas argumentaciones en torno a las controversias originadas por el texto ¿por qué no armamos un club de fanáticos de hernan casciari?
    Vamos chicos, no era para tanto…

  23. Ariel #157    30 enero, 2007 a las 5:17 pm

    Buenisimo, como todo lo que he leido hasta ahora. Aunque este tiene un toque especial, como dijeron por ahi, se nota que vas creciendo como escritor, yo diria que ya estas bien maduro.

    Me quede pensando en a quien se pareceria “estuqui” si lo dibujaramos

  24. Santiago Osores #156    30 enero, 2007 a las 3:34 pm

    De todos los relatos que leí tuyos es el que más me gusto. Me parece un metafora del mundo perfecto: en el que para aprender algo no hace falta haer un gran esfuerzo sino deseos, donde el amor sea puro y no por conveniencias economicas, donde se cumpla el gran sueño del hombre de saber sobre infinidad de temas.

  25. PAT #154    30 enero, 2007 a las 11:41 am

    Casciari:
    Me olvidé de comentarlo aquí. Lo he hecho muchas veces cuando me preguntan “qué hiciste?” “cómo lo lograste?”
    Y siempre siempre les suena a pelotudez, pero me llena de orgullo.
    Me refiero al tabaco, sabés que leyendo aquel mail post vacançes me dije: Puta, este tipo tien razón, habrá que sacrificar alguna que otra cosa, pero le demos padre para rato a la catalanita, también tengo una en casa, así que decidí dejar de fumar.
    Tuve que revisar guantera, armarito del laburo, cajoncito del garaje, etc. y tirar todos los paquetitos que andaban encanutados por toda la casa. Al día siguiente ya era un smokeless, feliz y en duro proceso de readaptación social.
    Las cosas parecían ser más difíciles, un día un médico me dijo: “Solo necesitás pensar, cada vez que tenés ganas, ese deseo fuerte dura exactamente un minuto ni más ni menos y nada actúa tan rápido como el tabaco, ni el chicle ni el caramelo ni el parche. Solo tu cabeza”. Es así, lo he podido comprobar, hace casi 5 meses que no fumo y aunque hasta hay veces que llego a soñar que fumo, estoy contento, abrazo a mi hija sin olerme las manos, la beso sin chicle y me siento tan bien. Gracias Hernán por encender la mecha.
    Dejá, no seas boludo, un minuto nada más acordate.
    Un abrazo

  26. rodrigo (strikter) #151    30 enero, 2007 a las 2:49 am

    No sé si un escritor de oficio tiene el suficiente tiempo de leer esta infinidad de comentarios dejados por fans, groupies y mujeres excitadas, pero tengo algo que confesarle a usted.

    Lo amo señor, en la connotación más heterosexual posible, lo amo, lo amo porque todo lo que quiero en esta vida es llegar a ser es una octava parte de lo bueno que es usted en esto de las palabras.

    Pero también tengo que confesarle otra horrible verdad. Lo odio, lo odio tanto porque me da pena, mucha pena escribir en el mismo ‘internete’ en el que usted lo hace.

    Es como el Everest (usté) contra una montañita de arena de playa que se deslava con la marea (usté no, yo sí).

    A últimas todo se resume en una traumática infancia que me dejó siendo tan inseguro como la estabilidad económica de mi país. Pero no ando en busca de psicologo, ya tengo muchos, nada más sentí la necesidad de externarle esto que tenía guardado desde hace ya bastante tiempo.