El milagro de los pueblos

Cuando nació la Nina no tuve ganas de escribir sobre otra cosa que no fuera el descubrimiento de la paternidad. Yo mismo notaba, en los ojos de todos, el cansancio de mi discurso baboso. En Orsai intenté controlarme, y prometí que sólo escribiría sobre el tema los días veinte de cada mes, y así lo hice durante el primer año. Después conseguí calmar el borbotón, al menos de puertas para afuera. La semana pasada Nina cumplió cuatro años, y hoy casi somos día veinte... Es un buen momento para volver sobre el asunto.

No es que ahora, de repente, tenga algo nuevo para decir. Todo sigue su curso con gran naturalidad. Se acabó la época de los pañales y del chupete, como le pasa a todo el mundo. Descubrimos, con alegría, que la nena no es un prodigio del ajedrez ni tiene otras virtudes tempranas. De hecho, lo que más le gusta es dormir. Tampoco voy a narrar pequeñas anécdotas habituales que sólo maravillan a los que están cerca, y que dejan al resto con una sonrisa falsa en la boca.

La miramos, y sospechamos que es feliz. Posiblemente sea lo único que nos importa en la vida.

Cuando estuvo a punto de cumplir tres años, es decir, cuando iba a empezar la escuela, decidimos irnos de Barcelona, que es una ciudad preciosa pero inmensa, para buscar un pueblo chiquito. Una casa con pasto, un lugar con animales cerca.

Yo siempre creí que una buena parte de mi felicidad infantil tuvo que ver con haber crecido en Mercedes, y probablemente con que mi abuelo Salvador haya vivido en una quinta. Y más tarde, en la juventud, con haber ido a un colegio con los mismos compañeros desde el principio.

Le tengo un respeto irracional a la amistad temprana, a conocer a mis amigos desde la primera infancia. Con el Chiri tenemos recuerdos lúcidos, limpios, que tienen más de veinticinco años. Y a Guillermo, que viene a mi casa todos los sábados a jugar, le recuerdo la cara desde hace más de treinta.

Con ellos no hay, no existe, la posibilidad del aburrimiento. Sólo claridad y placer. Llega un punto en que la serenidad es tan enorme, y la conversación tan fluida, que es complicado, más tarde, no confundir una charla común con un pensamiento en solitario.

Cuando cumplí dieciocho y me fui a Buenos Aires (una ciudad preciosa, pero inmensa) entendí que la amistad de las grandes capitales era menos antigua y más frágil. Quizás, porque los amigos infantiles se perdían en la maraña, y los amigos nuevos se habían conocido de grandes. Los chicos de las ciudades numerosas hacen el jardín en un barrio, la primaria en otro, el secundario más allá… Se pierden el rastro, cambian mucho de colectivo. El tango Tres amigos da fe de esta desgracia:

¿Dónde andarás, Pancho Alsina?
¿Dónde andarás, Balmaceda?
Yo los espero en la esquina
De Suárez y Necochea.

Hoy ninguno acude a mi cita.
Ya mi vida toma el desvío.
La guardia vieja me grita
¿Quién ha dispersado aquel trío?

Pobre cantor de Buenos Aires: sus amigos también habían cambiado de colegio… Pero no les pasa a todos, claro. Algunos tienen la suerte de la perseverancia, o del anhelo, o de la casualidad, y entonces hay reencuentros felices. Pero son los menos. En general, el medio ambiente de las capitales no ayuda a la germinación de la amistad temprana y para siempre.

Y después está el asunto del pasto. Y el asunto del río. Y el asunto de los aromas. Crecer en los pueblos tiene algunas desventajas (la antena de Mercedes no sintonizaba Tevedós, por ejemplo) pero también produce un provecho lento que se descubre con los años. El olor de las lombrices cuando levantás la baldosa, los barriletes de caña, juntar huevos calientes mientras te mira la gallina madre, pisar hormigueros y sentirse un dios malvado. Sentirse sucio, sentirse lejos de casa, del otro lado de un río.

O la multitud de madres y padres. Eso también. La cercanía de las casas de los amigos te convierte, también, en hijo de otra gente. Y te ayuda a querer a otros padres (que son otros mundos), a conocerlos en la intimidad y en la sobremesa. Alfredo y Mary son hoy, para mí, lo que Chichita y Roberto son para el Chiri. También Hugo y Gloria, los padres de Guillermo. Otros ojos que nos vieron crecer, y siguen allí siempre. Y otras habitaciones, y otros estofados.

Entonces, hace casi un año, nos mudamos a Sant Celoni, un pueblito de quince mil habitantes en la montaña. Nuestra casa está justo al final del pueblo, en el punto exacto donde el asfalto se convierte en bosque. La Nina vuelve sucia del jardín. Su abuelo la lleva a buscar hongos. Sus amigos del cole tienen padres que son de acá, de toda la vida. Cuando llueve hay barro, cuando nieva hay silencio. Y también perejil en la ventana de la cocina.

Claro que la ecuación no tiene por qué funcionar como una magia. Vivir en un pueblo no es la receta de ninguna felicidad, ni tampoco las ciudades escupen moldes de chicos tristes. Pero hay algo, en mis propios recuerdos de la infancia, que me lleva a repetir el idéntico camino de una esperanza. Es como plantar una semilla en tierras propicias. Hay egoísmo en todo esto, porque solamente puedo relacionarme profundamente con personas que han tenido una infancia feliz. Y eso no tiene nada que ver con la geografía. Solamente es suerte. Pero yo quiero ser amigo de la Nina, cuando seamos grandes.

Supongo que los padres que han sido felices con la riqueza pretenden hijos que aprendan pronto a sumar y multiplicar. Y los que han sido felices con la música hacen lo posible por darles a los suyos un entorno lleno de pianolas. El amor funciona de ese modo. También la voluntad y el deseo. A mí me tocó ser feliz gracias a que conversé toda la vida con la misma gente. Todo lo bueno que me pasó y me pasa tiene que ver con ese destino no buscado.

Por eso, cuando la Nina vuelve del cole todos los días a las cinco, la veo entrar a casa y le pregunto si jugó con los chicos, le pregunto cómo se llaman sus más mejores amigos, quiero saber si se divirtió como un chancho en el patio.

La pregunta es otra, por supuesto. La pregunta verdadera es:

—¿Sembraste muchos chiris esta mañana, Nina? ¿Le pusiste agua a todos tus guillermitos?

Ella me dice que sí, por suerte. Siempre me dice que sí. Y yo cruzo los dedos para que sea verdad y entonces, un día, a ella también le ocurra el milagro.

Hernán Casciari
Martes 22 de abril, 2008

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176 comentarios El milagro de los pueblos

  1. Tatiana #175    17 junio, 2014 a las 7:52 pm

    Leo “Vivir en un pueblo no es la receta de ninguna felicidad, ni tampoco las ciudades escupen moldes de chicos tristes” y yo, una oficinista que almuerza en el escritorio sólo para seguir leyendo el blog, lloro como una María Magdalena (diría mi abuela) con esa oración magistral.

  2. nicobonder #174    10 enero, 2013 a las 8:34 pm

    Es tan cierto gordo, aunque vea una vez por año a mis amigos del pueblo, siempre los voy a sentir más cercanos que a muchos que puedo ver a diario en la gran ciudad.
    Y cuanto más viejo se pone uno más difícil cosechar una amistad.

  3. MrFloppy en Islandia #173    29 abril, 2008 a las 12:28 pm

    Ah, por cierto, la vida en los pueblos no es aceptada de igual manera si uno tiene una familia que si está soltero, no pocas veces las ciudades pequeñas acaban siendo como cárceles.

  4. Mister Floppy #172    29 abril, 2008 a las 12:19 pm

    Barcelona no es una ciudad inmensa, una ciudad inmensa es Buenos Aires, también lo son México, NY o Tokio.
    Barcelona tiene un tamaño que no está mal.

  5. Gabi #171    29 abril, 2008 a las 2:42 am

    La vida de los pueblos es irreemplazable, te felicito por pensar así y darle a tu hija la oportunidad de crecer más sanamente colocando su bienestar en primer lugar. Te lo dice una lujanense que conoce sobre lo que estás hablando. Saludos!!!

  6. Nacho Conese #170    28 abril, 2008 a las 10:27 pm

    Hernan!!!! que hijo de mil puta que sos! es la primera vez que escribo un comentario, pero te vengo siguiendo desde hace ya un rato. El video de tu pequeña Nina es para pasarlo todo el dia! Sobre lo de vivir en los pueblos opino exactamente igual que vos. A mi me paso de criarme en un pueblito de las sierras de Córdoba, La Falda para ser exacto (donde todavia viven mis viejos) y aunque ya hace 5 años que soy habitante de ciudades mas grandes (Mendoza, Neuquen, Córdoba) la magia de los pueblos, de una infancia de travesuras y escapadas y de amigos de mas de 20 años (eso que tengo 23) no me las quita nadie!
    Fuera de eso te quiero comunicar que estas en mi lista de los tipos mas grossos vivos o muertos que hubo en Argentina
    – Mi viejo (grosso total) – El Che (mucho huevo) – Sabato (inmenso) – Adolfo Castelo (dandy crepuscular) – y el ultimo incorporado Hernán “el gordo” Casciari (me haces cagar de risa, me haces llorar y me haces pensar, ¿que mas se te puede pedir viejo?)

    Segui emocionandonos a todos los que te seguimos.
    Un abrazo Grande,
    Nacho.

  7. Hernán Casciari #169    28 abril, 2008 a las 5:07 pm

    Exacto, #165: más o menos el truco viene siendo hablarle. Y por supuesto, reventarla de un sopapo contra el aparador cuando se le escapa un acento foráneo. La mejor pedagogía es el terror, seguido de cerca por la palabra amable y el soborno.

  8. José Vicente de Pescueza #168    28 abril, 2008 a las 5:02 pm

    Soy de un pueblo de 180 habitantes. Soy Feliz de realizar mi proyecto de vida en este pueblo Pescueza (Cáceres). La vida (sus sentimientos, afectos, emociones, amistades, cercanías…)se mastica y se palpa con la punta de los dedos cuando tiene la suerte de vivir en un pueblo pequeñito de esta impresionante tierra Extremeña. Saludos y Gracias

  9. Oyom #166    28 abril, 2008 a las 3:39 pm

    Creo que es verdad que un pueblo es ideal para vivir la infancia. Pero no sé si lo es para toda la vida. El anonimato y la experiencia de las ciudades también son esenciales para ciertos momentos de la adolescencia y sobre todo la juventud. Y hasta ahí llego… cuando me considere un adulto carente de juventud, opinaré del resto.

    En Oyom uno de sus integrantes justo escribió un relato sobre una chica que es perseguida sin que lo sepa… ella lo ignora… no hubiese sido posible más que en una ciudad repleta de desconocidos.

    Saludos
    Oyom

    PD: y tus reflexiones sobre la amistad… sin palabras, realmente un lujo.

  10. Cris #165    28 abril, 2008 a las 11:39 am

    Yo naci en una ciudad pequeña del norte de España (Santander) donde he seguido veraneando toda mi vida. Por el trabajo de mi padre, pase mi infancia y adolescencia viajando por la península, pero me quedan amigos de la infancia inolvidables (de hecho, me quedan dispersos por España) y algunas de las mejores amigas, han terminado en Madrid por diversas circunstancias, y tenerlas es lo mejor, lo mejor, del mundo.

  11. virgynqn #164    28 abril, 2008 a las 8:01 am

    Yo desgraciadamente no tuve tu suerte, nos mudamos a una ciudad mas grande cuando tenia 9 años, y hasta hace poco estuve triste porque practicamente me quede sin amigas, pero descubri que no era la unica a la que le pasaba y decidimos con las pocas que quedabamos volver a juntarnos, y desde entonces ya no vi mi cara triste en las fotografias, inclusive me convence a sacar fotos, me volvio hasta el amor propio, los amigos son parte de uno mismo. Siempre pienso que cuando tenga hijos van a ir siempre al mismo colegio, con la esperanza de que ellos tengan mas suerte que yo.

    Saludos!!

    Pd: Brillante la actuacion de la Nina, me encantan sus cachetes.

  12. eugenia #163    28 abril, 2008 a las 5:31 am

    Es posible que no tenga nada que ver.
    Ayer hubo un entierro. El muerto era el ultimo de 7 hermanos. Se había mudado a la ciudad con 20 años, tenía 73 años. Un compañero de clase, que hacía 53 años que no lo veía, no pudo contener las lágrimas:
    – Eramos muy amigos, dijo, y hablaba en presente.

  13. Camila #162    28 abril, 2008 a las 4:33 am

    “y hoy casi somos día veinte…”
    esta expresión me dio risa.

    El video es muy dulce.

    Tengo 27 años, he vivido toda mi vida en una ciudad mediana (un casi pueblo) y ya no aguanto mas, jajaja. No reniego, me encanta mi ciudad, solo que ya no aguanto mas. Algún día me iré y ahi veré si extraño…

    saludos

  14. germán s. #161    28 abril, 2008 a las 4:21 am

    Gordo pelotudo. Me hiciste lagrimear.

    Te felicito. Por la Nina. Por el video. Y sí, también por lo que escribiste, pero en esta ocasión es en este orden.

    Hay amistades raras también, ¿sabías? Esa de la gente que no se conoce, pero que de algún modo parece que sí, distancias, letras e imágenes mediante. Bueno, vos algo de eso sabrás, supongo.

    Un abrazo.

  15. Stella #160    27 abril, 2008 a las 10:15 pm

    Hernan, tu historia me transporto a mi querido pueblo, Berrotaran, provincia de Cordoba… a los olores de mi infancia, a las calles del pueblo, a mis amigos de siempre, a mis padres postizos…. muchas gracias! un abrazo grande (desde Manchester, Inglaterra, nueva fan!)

  16. pal #159    27 abril, 2008 a las 10:14 pm

    me falta ver el video, pero yo la vida de barrio en la gran ciudad no la cambio por la vida de pueblo… nononono… por eso me sacrifiqué y aunque la ciudad no es grande, por lo menos vivo en un barrio… lo que vale Hernández es eso de los amigos de toda la vida, de tooooodaaaa la vida. Mi primer post fue para mi amiga Nina, que es como mi Chiri… si se da eso Hernán, le hiciste un gran regalo, más grande que los laZos del vestido que lleva. Y ya es mucho decir.
    Besote.

  17. Maravilloso Desgarro #158    27 abril, 2008 a las 9:39 pm

    Estaba leyendo y una linea me recordó este post. Volví para ponértela Hernán y salí ganando yo – como siempre – porque pude ver el vídeo.

    Yo le doy una Palma de Oro.

    Lo que sentí no fue normal, ¡Qué belleza!

    Ah! La Frase!

    “Quizá porque la verdadera patria de un hombre es su niñez,…”
    Capitán Alatriste, de Artuto Pérez-Reverte

  18. yanina #157    27 abril, 2008 a las 7:38 pm

    por favor hernan decinos cual es el secreto para q un hijo hable en Argentino?.
    es increible como habla nina,parece toda una Argentina,felicitaciones. Espero q el mio sea igual q no se le pege la tonada gallega ja,j,aja.
    tenes una hija hermosa y re dulce,muchas felicidades.

  19. Drusila #156    27 abril, 2008 a las 6:32 pm

    No existe un manual para ser padres, y la experiencia ajena me causa tanta incertidumbre como cualquier otra tècnica a emplear. Pero sin dudas que repetir lo que me hizo felìz y prestar especial atenciòn a lo que creo que fallò en mì, son las premisas que utilizo para llevar a cabo tan ardua labor.

  20. el_clavadista_solitario #155    27 abril, 2008 a las 2:54 pm

    Puro “nouvelle vague” con la Nina largándose por ahí, a vivir su vida, lejos de toda tiranía (¡ja, ja, ja!) paterna.

    Por fin ya sabemos, los que tenemos el gusto de leerte, que es lo que nos espera “Al final de la escapada”, un parque con arena, toboganes y columpios. Un lugar para pasarlo bien.

    Una vez más, gracias; Hernán.

  21. clavijo #152    26 abril, 2008 a las 6:49 pm

    Que gran verdad Hernan los amigos de la infancia son los unicos que valen la pena… Respecto a Nina creo que con 4 años aun no es grande, para Sudafrica 2010 tendra 6 entonces ya sera grande

  22. ismael #151    26 abril, 2008 a las 5:27 pm

    no sabes cómo me jode que los fotologs tengan más posts que su blog. la foto fashion invita a la reflexión más que la prosa? o es que uno no se atreve a añadir nada cuando el autor ya todo lo escribió