El muerto que crece

Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.

Si hoy Pablo viviera posiblemente estaría casado. Era muy hermoso, tenía pestañas largas, los ojos verdes y cuando sonreía daba la impresión de que pidiera disculpas. Sin duda estaría casado… Y posiblemente sería feliz, o al menos creería ser feliz. Yo en cambio no estoy casado, nunca estuve con una mujer; esa diferencia ya habría agotado cualquier posible sobremesa, separado nuestras vidas para siempre.

Otra cosa es cierta, no seamos dramáticos: si Pablo estuviera vivo tampoco yo le dedicaría esta historia, no pensaría en él cada noche, no me angustiaría ver la foto que nos sacó el cura del campamento la noche anterior a su muerte.

Pablo murió la segunda noche del campamento. La Acción Católica nos mandaba cada tres meses a O’Higgins, un pueblo pequeño, cerca de Chacabuco, para que tuviéramos contacto con la naturaleza.

Durante el día hacíamos largas y aburridas caminatas; por la noche, largos y aburridos fogones. El cura contaba historias de terror y todos gritábamos como ardillas. A mí me gustaba ir a ese campamento únicamente para conversar con Pablo, dentro de la carpa, alumbrados con linternas, durante toda la madrugada. Sin decirlo nunca en voz alta, yo pensaba: estoy durmiendo con Pablo.

Eran pocas las veces en que podía conversar con mi amigo largamente, sin el asedio de las chicas. En la escuela él prefería dejarse halagar por la histeria femenina, o dejarse seducir por los deportes. En O’Higgins, el campamento de las mujeres estaba del otro lado del camping, y las monjas vigilaban que ellas no pasaran a nuestro sector. Las monjas eran guardaespaldas de Pablo: lo dejaban descansar de sus admiradoras secretas; lo dejaban todo para mí.

Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito personal. Yo entonces no lo sabía, pero ahora sé que hay mitos grupales y mitos personales. Gardel, por ejemplo, es un mito colectivo que la muerte erige y alimenta cada día; el Che Guevara, Rimbaud: vidas tempranas que la muerte congela para siempre y hace únicas, como si no fueran también únicas las vidas de los que quedamos, como si la multiplicación de la especie no favoreciera el milagro, el cotidiano, de estar aquí, de padecer.

Gardel, Guevara, Rimbaud: mitos colectivos, mitos de grupo. Nadie pensaría en ellos si hubiesen muerto ancianos. Se piensa en ellos porque han muerto en la plenitud arrolladora, en medio del fervor, de la batalla, del amor. Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito secreto, mi ídolo personal. Yo no pensaría en él si estuviese vivo, pero murió tan joven, tan cerca de mí, tan mío, que la lejanía del tiempo lo agiganta y lo convierte en mi dolor.

Y es que la muerte de las vidas jóvenes, más cuando la joven vida ha sonreído mucho y ha sido bondadosa, se convierte en una muerte frágil, más indeseada que la muerte lógica, menos asimilable. En las guerras mueren, principalmente, los jóvenes, también en los terremotos y en los bombardeos que ocurren en los colegios, pero por alguna razón las muertes colectivas tienen una jerarquía baja, son de segundo orden en la conciencia mítica.

Cuando muere más de un joven sólo importa el principal, los otros son olvidados. No solamente murió Gardel en aquel avión, también murió el pobrecito Lepera, el mejor letrista de tangos. El mismo día, a la misma hora, del mismo fuego. Pero se lo recuerda sólo a Gardel.

Un mito debe morir joven, sin merecerlo, y debe en vida haber sonreído mucho, y haber hecho poco daño a otros. Pero también es necesario que el mito muera solo. Y si no muere solo, la historia borra los datos de sus compañeros, desdibuja a los guitarristas, se deshace de los que no han sido hermosos.

Pablo y sus quince años cumplían con toda aquella parafernalia del mito, y por eso desde entonces es mi leyenda privada, mi dolor placentero particular. El muerto que me crece adentro.

Si en aquella época fue mi mejor amigo, ya no importa que hoy yo tenga otros amigos, algunos muy buenos, algunos mejores; Pablo tendrá que ser siempre mi mejor amigo por dos razones tan ciertas como su risa: que él murió cuando era mi mejor amigo, y que antes de que muriera yo fui malo con él.

No tan malo como acabé siendo más tarde, no tan dañino como soy ahora, pero lo suficientemente malo y dañino para no poder decir que lo que ocurrió esa noche en O’Higgins fue del todo irracional, todo destino. Si la muerte de Pablo hubiera sido absolutamente accidental, al cien por cien una desgracia, no existiría este monólogo, ni mis otras muertes, ni la foto de Pablo en mi escritorio, ni mis pesadillas. Nada existiría.

Si todo esto ha existido y existe, si alguna de estas patologías existirán, además, durante los muchos años que me dure la deuda, el duelo, es porque no ha sido del todo accidental, es porque de algún modo quise, durante un segundo por lo menos, verlo caer. Verlo volar. Verlo pedir y rogar, y suplicar. Lo demás, lo que pasó después, sí fue el destino, o el castigo que recibí por querer ser malo.

Yo era un niño ofendido cuando le solté las manos en el puente. Digo bien: un niño. Mi rostro era el rostro de un niño. Yo era un niño que había recibido una bofetada después de un beso. Pero yo dejaba de ser un niño cuando se me soltó de las manos; y puedo jurar que cuando Pablo cayó al suelo, diez segundo después, o cinco, un siglo después, luego de volar como yo quería ingenuamente que volara, yo ya no era un niño, ni tampoco era un niño Pablo.

Ya no éramos dos niños que jugaban en el puente de O’Higgins, ni la vida y la muerte eran dos ideas. Cuando cayó, Pablo ya era un muerto, mi primer muerto. Y yo, arriba, desde la baranda, con los ojos serenos, con las manos crispadas, sin dejar de mirar el cuerpo pequeñito allí abajo, sin gritar ni hacer nada, sin pensar en lo que diría primero el cura, después mis padres, más tarde los padres de Pablo, yo, en ese momento, ya era un hombre.

Yo dejé de ser un niño mientras Pablo volaba del puente a la tierra, y de mis manos al vacío. Dejé de ser un niño para siempre, quizás para acompañar a Pablo en su descenso y durante sus últimos segundos de niño, porque él también dejaba de ser un niño en el viaje.

Pablo, mi mejor amigo de la infancia, el mito de ahora, el de la foto en mi escritorio, el de mis sueños, fue también mi primera maldad, la primera de una lista que después fue inmensa. Mi primer amor.

Cuando Pablo empezó a ser el chico muerto, yo empecé a ser el chico que había matado a Pablo. El cambio de colegio y el cambio de ciudad no alcanzaron para limpiarme. En el nuevo colegio de la nueva ciudad también fui el chico que había matado. Ya no a Pablo, sino a alguien, que era todavía más misterioso y peor.

Las siguientes crueldades eran esperables y esperadas por todos, menos por mí. Yo no esperaba nada, porque mi única gran crueldad, mi primera y mejor muerte, fue la muerte de Pablo, porque era mi mejor amigo y yo lo quería, y porque yo era un niño y porque los dos éramos buenos, y porque yo lo había besado y él no quiso recibir mi boca, mi beso de fan.

Después ya no. Después él fue un muerto más, el primero de mis muchos muertos. Porque, al revés de lo que suponemos, matar sin intención no nos convierte en más precavidos o mejores, sino que nos quita la opción de elegir. La diferencia es que ahora, con más experiencia, beso a los niños con más fuerza, los ato, los amo, los disfruto, antes de dejarlos caer por otros puentes.

Hernán Casciari
Viernes 17 de octubre, 2008

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266 comentarios El muerto que crece

  1. Lea Castelar #264    19 febrero, 2015 a las 9:19 pm

    No se donde estuve metido todo este tiempo que no conocía este blog. Acabo de descubrirlo y cuento con la especial suerte de tener decenas de textos por descubrir.

    Muy bueno este cuento.
    Gracias
    Lea de Castelar

  2. Soyo #257    31 octubre, 2008 a las 3:13 am

    Al final Lucas(#241) tiene razón. Un poco violento, pero tiene razón. Se la damos al contestarle como lo hicimos.
    Porque hasta su crítica, la mayoría venía escribiendo infamias (#35 queda escluida, lo suyo era aburrido nomás) y ahora salen a recordar tiempos memorables…
    Es verdad, hace un tiempo eran cuatro gatos locos. Eran cuatro gatos los que comentaban, porque yo leo a Casciari muy desde el principio y comenté prácticamente nada. Soy un lector histórico de orsai y así debe haber muchos. Incluso, este tal Lucas podría ser otro histórico, y entiendo su enojo.
    Señor(#241): Soyo le da la diestra. Disculpe que le contesté!!
    Señor Casciari: Escriba algo por favor, que esto es un puterío.

  3. seburu #256    31 octubre, 2008 a las 12:41 am

    yo estoy de acuerdo con todos
    y sepan que siempre, siempre, los llevo adentro mío
    y no importa si este cuento está bueno o no, porque tiene la barriga llena de cuentos que nos gustarán, asíque apurate grovichker, que 2 semanas es mucho tiempo……se ve que se te cagó el laburito de todos los martes, algo habrás dicho

  4. El puma gualeyo #254    30 octubre, 2008 a las 11:28 pm

    Esto va camino a transformarse en un foro. ¿Me equivoco?.
    Hernán estamos esperando el próximo post, con los motores calientes para largar: “semáforo rojo… que pasa a verde… tiembla el pavimento de orsaiiiiiiii”…. ( ¿alguien lo entendió?)

  5. CaroL #253    30 octubre, 2008 a las 5:00 pm

    De todas formas, Cristina resume lo que significa (o significó en un tiempo) comentar en Orsai…
    Qué días aquellos, aunque soy de la segunda camada, con Pal, Seburu y otros, me encariñé con los separatistas VIP y etc etc. . .
    Sólo hubiera querido viajar a Argentina el día de la presentación del libro para conocerlos…

    LLegué tarde a Orsai, pero me leí cada post y sus comentarios, y todo lo que quedaba en pie da la mujer gorda… y te encariñas con esto.

    Bueno, quiza la fama de Hernán debía ser (por supuesto merecida) y eso trae consigo un montón de gente que no se da el trabajo de leer y compenetrarse de lo que aquí sucede, y de por qué en un tiempo Hernán escribió que este era Su cuaderno y que no lo cerraría jamás…

    Y yo que nunca alcanzo a un Pri…

    Al principio tenía otra idea para entergar, pero me venció la nostalgia y se me olvidó…

    Cuidate mucho Hernán, y a tu preciosa hija Nina y a Cris, también a la distancia a Chichita que es toda una mujeraza, fuerte, y que todos los de Orsai queremos muchísimo…
    Un abrazo…

    CaroL

  6. Sonia (la Diablita) #252    30 octubre, 2008 a las 4:57 pm

    Coincido plenamente con MAXI (#252):

    hay que leer, comentar y luego suicidarse porque según LUCAS (#231), este blog se está llenando de críticos-pelotudos-maleducados.

    Hernán, por qué el LUCAS del #241 asegura que pudo “postear” tres veces en ORSAI? No sabía que se podía hacer eso! Yo nunca pude más que dejar un comentario pedorro. Nunca pude “postear” en tu blog! y quiero conocer el motivo.

    (El LUCAS del #241 es el mismo LUCAS del #231?)

    Y estoy de acuerdo con la Daae (#246) a partir del punto en que se pone melancólica, de ahí pa abajo. Pero la corrijo: no éramos cuatro gatos locos; éramos cuatro gatos y un par de gatas, entre las cuales, estaba yo.

    Y me voy porque está por pasar el #395 que me deja en Castelar y si lo pierdo, el siguiente no pasa hasta dentro de una hora.