Encuentro con un caradeforme

No es bueno escribir enojado. Lo mejor es ducharse con agua tibia o pegarle patadas a un almohadón; sólo entonces, escribir. El problema es que acabo de hacer todo eso y sigo enojado. ¡Mierda! Ahora son las cuatro de la mañana del lunes. Hace unas horas, cuando todavía era domingo, tuve la mala suerte de encontrarme, en plena Barcelona, con un caradeforme. No es la primera vez que veo uno, pero sí la primera que no logro esconderme a tiempo. ¡Mierda, mierda! Estoy caliente como una pipa. (Ustedes perdonen.)

Debería existir una ley que impida a las personas reencontrarse después de excesivos años. Yo ahora tengo treinta y seis: hay mucha gente que dejé de ver a los doce, cuando terminé el primario; y a otros tantos los perdí de vista a los diecisiete, cuando acabé el colegio. Los rostros de todos permanecen en mi memoria como eran: impúberes y castos. Entonces pasa el tiempo y ocurre la desgracia de que, un domingo cualquiera, vas tranquilo por la calle y te encontrás con un niño de hace veinte años.

Ya es hora de decirlo claro. ¡Las caras adultas de las personas que dejamos de ver en la infancia no crecen con normalidad, por el amor de dios! Son rostros que se agigantaron de un modo perverso, que se deformaron, que se expandieron hasta el infinito. Todos los compañeros de la infancia que vemos de sopetón en la madurez, ¡todos!, se parecen al hombre elefante. Son monstruos peligrosos que regresan malheridos desde el patio del recreo; son señores con botulismo.

Los caradeforme me asustan muchísimo, pero no es el problema facial lo que me indigna. No señor. La cara no es lo peor de un caradeforme. Lo peor es cuando te reconocen y se acercan, cuando se empecinan en palmearte la espalda. ¡Mierda! Lo peor es cuando mendigan conversación. ¿De qué puedo hablar con esta gente? ¿Qué debo decir después de tantos años, cómo esperan ellos que actúe?

Prefiero lo paulatino y reconocible, la seguridad que da el amigo viejo, la tenacidad de su rutina. Quiero la amistad silenciosa del que va creciendo a mi lado, no el abrazo de un tipo que ya creció del todo y sin mí. Ver a un niño convertido en un hombre es aterrador, es miserable y debiera ser ilegal. ¿Por qué razón una persona decente puede querer ver a otra después de muchos años? ¿Qué los une?

Es verdad, es verdad… Que fuimos camaradas en un tiempo lejano y la mar en coche. Que nos sentamos doce años consecutivos bajo el mismo techo por las mañanas, que compartimos el patio, los sánguches y los maestros, que aprendimos juntos a leer y escribir, sí; todo es cierto. ¿Pero qué tienen que ver aquellos niños con este abrazo automático?

Si nuestras almas hubieran sido compatibles, caradeforme, después del tiempo escolar habríamos mantenido el contacto. ¿A qué viene ahora tu felicidad espontánea? ¿Por qué abrís grandes los brazos? ¿Quién te dio permiso para decirme gordo querido? ¿No te das cuenta que tu cara infantil, la que yo tenía archivada, es ahora flexible como un pedazo de plástico derretido y me aterra?

Los caradeformes sensatos (me he topado con varios) fingen que no te han visto y siguen su camino. Ésas son personas amables, ex amigos fieles que no quieren para sí —ni para nadie— la humillación de un encuentro no deseado. ¡Brindo por ellos! Los caradeformes que huyen son seres nobles, educados y sabios, que después comentan con la esposa:

—Esta tarde me lo crucé al Gordo Casciari, un amigo de la escuela.

—¿Y qué tal?

—Nos hicimos los boludos.

¡Sí señor: ahí está la gente que vale la pena, ésos son los hombres que están salvando a la humanidad! Y lo digo en serio, sin exageración. No existe idiota más grande, en estos tiempos de demandas y de pleitos, que el que no sabe hacerse el idiota y seguir caminando. Hay demasiada gente en el mundo que no puede callarse, que no practica el sano ejercicio de confundirse en la multitud y dejar al prójimo en paz.

Sin ir más lejos, el caradeforme de anoche:

—¡Gordo viejo y peludo! —me dijo a los gritos— ¿Qué es de tu vida?

Ahora me da risa; estoy caliente pero me río. Me causa gracia la ingenuidad de preguntar sobre la vida de la gente. ¿Qué biografía puede improvisar alguien en dos minutos, sin estímulo ni placer? ¿Qué esperan que se les narre, qué están dispuestos a saber?

—Mirá, desde los 17 años, que dejamos de vernos, empecé a drogarme. Después hay un fragmento difuso y un día aparecí en España con mujer y una hija. Alguna gente dice que soy un blogger.

No. Imposible decir esto: airear la verdad en su mínima expresión me da vergüenza. Entonces hay que optar por la frase hecha, que es una hipocresía portátil muy fácil de usar:

—Bien, acá andamos: tirando. A vos se te ve bárbaro.

Esta opción es suicida, porque perdés el turno y el caradeforme toma la palabra y te cuenta cosas que preferirías no saber ni haber escuchado nunca. El caradeforme de anoche, después de contarme su vida, me hizo una lista de todos los caradeformes a los que sigue frecuentando:

—Carlitos Sastre se casó y tiene gemelos… Trabaja en el Corralón Municipal. Y Berta, ¿te acordás de Berta?, ahora es locutora de FM Mercedes. No se casó, pero tiene una nenita preciosa. Y al pobre Marullo le tuvieron que cortar una gamba, ¿sabías?

Hasta ese minuto Carlos Sastre, Berta Aulicino y Juan José Marullo eran —en mi recuerdo— tres rostros infantiles hermosos. Ahora los busco en mi memoria y uno conduce una camioneta, la otra dice marcas de productos por micrófono, y el tercero llora porque le falta una pierna y le duele. ¿Era necesaria esa información? ¿Qué hago yo ahora con esa yapa de espanto?

El caradeforme del que hablo, el que me abrazó y me contó su vida y otras vidas, el único culpable de estas líneas mal redactadas, se llama Agustín Eduardo Felli. Quiero escribir su nombre completo ya mismo, antes de que se me pase el incordio, porque sereno jamás lo haría.

Agustín Eduardo Felli, alias “el Corcho”, mercedino de 36 años. Antes de verlo anoche yo recordaba algunas cosas sobre él. Su segundo nombre, por ejemplo (siempre recordamos el segundo nombre de las personas del colegio). También sabía el día de su nacimiento, en cuál evento se partió un diente, y en qué posición jugaba al fútbol en nuestro equipo. Estos datos, a través de los años, fueron suficientes para mí.

¡Rápido, rápido! Debo escribir esto antes de que se me pase el enojo. Agustín Eduardo Felli, sos un reverendo hijo de puta. Dejáme decirte ahora dos cosas que anoche no me animé. Primero: andáte a la renegrida concha de tu hermana. Segundo: no tenías derecho a mostrarme tu calvicie prematura, ni a decir en voz alta que engañás a tu mujer y con quién, ni a explicar lo dolorosa y lenta que fue la muerte de tu padre. ¡Mierda, mierda! Me gustaría volver atrás el tiempo y no tener esta información. Me hubiera gustado decirte:

—Mirá, Corcho, preferiría que te callaras la boca, que no me dijeras nada. Sigamos caminando cada cual por su lado y olvidémonos de esto. Va a ser mejor para los dos.

Y después salir corriendo.

Pero no le dije nada y ahora es tarde. Siempre acabo mordiéndome la lengua y escondiendo mi temperamento: en esta época, la gente se ofende fácil y sospecha que todo es personal. Yo no odio a Agustín Eduardo Felli, pero tampoco lo amo, ni lo quiero, ni lo estimo. Ni siquiera lo aprecio, que es el escalón más bajo del careteo. Los caradeformes parecen necesitados de afecto o de atención. Quieren hablar, quieren recuperar con trampa el tiempo perdido.

Ayer, Agustín Eduardo Felli estaba desesperado: detrás de su sonrisa había una horrible soledad de hijo único, una frustración existencial marca cañón. Tuvo que hacer malabarismos en su monólogo para poder decir, como al pasar, la marca alemana de su coche. Al hombre mediocre le gusta abrazar, y palmear, y decir gordito querido, y tener siempre la boca muy abierta; sobre todo cuando cree que ha triunfado.

Pero eso tampoco es lo peor. No fue sólo su frivolidad, ni su botulismo, lo que me tuvo echando fuego por la boca. (Parece mentira: voy acabando la diatriba y ya comienzo a serenarme.) Lo peor de toparnos con un caradeforme es que nos obliga a ver, en el reflejo de sus ojos, nuestra propia y acelerada deformidad. Por primera vez.

Yo también era un niño en tu memoria, Agustín. Yo también tenía la vida por delante y buscaba tu sonrisa, de una punta a la otra del salón de música. Yo recuerdo tu teléfono cuando tenía cuatro cifras, y la voz de tu papá, que estaba vivo y no agonizaba con dolor, del otro lado de la línea. ¿Por qué no haber dejado las cosas así, compañero? Ahora, que se me ha pasado la rabia del todo, lamento en lo más profundo de mi corazón que, desde anoche y para siempre, nos hayamos convertido en dos hombres repugnantes.

Hernán Casciari
Martes 20 de febrero, 2007

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162 comentarios Encuentro con un caradeforme

  1. Martín Estévez #162    9 junio, 2016 a las 5:43 am

    Uno de los textos dónde más sobrevoló la pregunta: “¿Cuánto de cierto y cuánto de mentira hay acá?”.

    Yo, claro, me lo sigo preguntando.

  2. agustin felli #161    26 febrero, 2007 a las 11:53 pm

    cuando te cruce de vuelta te mato, mi mujer vistia orsai periodicamente… ¿qué necesidad tenias de decir lo de mi amante? no vas a recibir un abrazo la proxima, te lo juro por tu deformidad que vas a quedar mas deforme…

  3. Vigia #160    26 febrero, 2007 a las 10:48 pm

    Mira que sos hijo de puta gordo eh!!!, no sabes como te respeto, pero ayer lei tu nota, que me pareció de veras precisa y certera, sin saber que aquella situación sería el peor de los guíños que podría haber tenido el inicio de mi semana. Hoy por la mañana, mientras tomaba el colectivo tradicional que me lleva a mi modesta rutina diaria, tuve la desgracia de virar mi cara hacia la derecha, con tanta mala suerte de encontrarme con ella, la chica linda de mi escuela primaria, hoy convertida en una Caradeforme, y bastante repulsiva por cierto. Obviamente evite por todos los medios confrontarla, pero ella vino hacia a mi, y de esa manera no solo no pude dormir a la mañana en el viaje, cosa que por si misma me enfada, sino que tuve que enterarme como fue que su divina cinturita de avispa se convirtió en un zamba despues de tener a su segundo hijo con el tipo que actualmente se encuentra profugo, al parecer con toda la razón del mundo. Yo se que de vez en cuando arrancar con un guíño desfavorable es algo que puede superarse, pero esto, querido y estimado gordo, fue un palazo en el medio del ojo.
    Desde ya sigo fascinado con las maravillas que se escriben en este espacio, y mando mis mayores afectos y efectos 3 dedos para todos los bloggers amigos.

    Vigia

  4. lolin #159    26 febrero, 2007 a las 10:25 pm

    Excelente como siempre, y que pasa cuando te encuentras a la caradeforme que se acostaba con todos en la licenciatura en una fiesta, hecha un esperpento de tantas cirugias plasticas y ya con sus tragos te dice ” la vida te ha dado mas de lo que te mereces”.

    Y además te comenta que sabe que haz tenido muchas aventuras despues de que te divorciaste.
    Debo odiarla, ser sarcastica con ella, o simplemente darme la media vuelta cuando la vuelva a ver sin dirigirle la palabra.

  5. seburu #158    26 febrero, 2007 a las 10:04 pm

    llegadito de mis vacaciones y sin leer comentario alguno, te opino: podrías haber aprovechado la calma que sobrevino a la catarsis del final del relato para borrar lo del engaño a la mujer de felli. hay códigos que no se rompen: a osama, por ejemplo, lo torturo despacito, pero no le voy a ir a decir a la mujer de el que este la engaña. porque eso te hace menos hombre a vos. aunque no lo quieras, estas rompiendo un código.

    además, si bien yo soy de los sensatos a los que les deprime la idea de cruzarse a conversar con un careforme, tampoco me da para odiarlos. mucho pataleo solo por mirarte al espejo.

  6. Pingmewot #155    26 febrero, 2007 a las 11:33 am

    Los que dicen que estuvo de más el buchoneo, ¿leyeron hasta el final?

    …lamento en lo más profundo de mi corazón que, desde anoche y para siempre, nos hayamos convertido en dos hombres repugnantes.

    Casciari también se mete dentro de la bolsa de la repugnancia. No hace falta hacérselo saber.

  7. el larry #153    26 febrero, 2007 a las 12:44 am

    Excelente

    Si inventamos los espejos, no es para ver el paso del tiempo y la sombra de la muerte en nuestras caras, sino justamenente para acostumbrarnos a ella hasta el punto de no notarla.
    Un caradeforme produce en uno el mismo efecto que produciria el estar 15 años sin mirarse, y recibir el impacto de un solo golpe, al mismo tiempo que reemplaza la foto del curso llena de niños sonrientes, por la de 4 licenciados y dos contadores arrastrando a sus crias por las playas de San Clemente.

    Por otro lado, moral extraña la que hace que el haga cornuda a la esposa y vos seas el hijo de puta…
    Parece que hay que aprender a fingir cordialidad en la calle, tolerancia hacia los estupidos, y amor hacia la mujer para ser un argentino modelo, y no un frio español o yanqui del orto.