Historias de entrecasa

Ustedes recordarán que la primera Orsai estaba numerada y llevaba escondida un concurso. El premio era una pizza entregada en mano por Comequechu, y en caso de que el lector no viviera cerca de Sant Celoni, la letra pequeña aseguraba que la revista se encargaría de los gastos del viaje y la estadía para el ganador y un acompañante. ¡Ah, maldita letra pequeña! La tarde que hicimos el sorteo cruzábamos los dedos para que ganara alguien que viviera cerca. Pero no. Ganó una lectora de Jujuy.

Para quienes no comprendan de geografía, hay que explicar que la provincia argentina de Jujuy es el punto más alejado que existe de Sant Celoni, donde está la pizzería de Comequechu. Jujuy y Sant Celoni son antípodas. Son más o menos seis millones de kilómetros, y cada kilómetro es carísimo. Para unir ambos puntos hay que tomar dos aviones, cuatro trenes y dos taxis.

Cuando mi hija y la hija de Chiri sacaron el número ganador, el 02087, y supimos que la beneficiada se llamaba Patricia Mamaní y vivía tan lejos, nos bajó la presión. De hecho, castigamos a nuestras hijas una semana sin salir a la calle, para que aprendieran a ahorrar, o por lo menos a hacer trampa.

Pero como hicimos el sorteo en riguroso directo, solamente nos quedó aguantarnos y rezar para que la ganadora no se enterase nunca, que nadie le dijera nada, que la pizza se enfriara y todo quedara en el olvido.

Tampoco hubo suerte con la estrategia del disimulo: Patricia Mamaní me escribió al día siguiente, contentísima, diciéndome que nunca había visitado Europa y que viajaría con su hermano Gabriel, gran lector de Orsai desde las primeras épocas, y con su hermana Karina. “Los tres hermanos juntos, qué ilusión”, me escribía.

Le pregunté si no había alguna posibilidad de que ellos llegaran por su cuenta hasta las Islas Canarias, y nosotros nos hacíamos cargo desde allí, pero Patricia me contestó que no. “Soy maestra”, me dijo, que en idioma argentino significa “no puedo”.

A los dos días vi una luz de esperanza. Patricia me escribió otra vez, pero ahora muy compungida, diciéndome que era imposible que llegara a Europa el día estipulado (mi cumpleaños, el 16 de marzo) porque había algunos problemas con la tramitación de los pasaportes.

“Ah”, pensé enseguida, “qué buena oportunidad para decirle que todo queda en la nada, que si no se puede ese día no se puede nunca, que haber tenido pasaporte antes, que mala suerte, que otra vez será, que gracias por participar, etcétera”. Pero su correo fue tan cariñoso, su pedido de aplazamiento tan sincero, y sus ganas de viajar tan grandes, que al final le dijimos que viniera cuando pudiera, con los hermanos que hicieran falta.

Mientras tanto, ocurrió que alquilamos la casa de al lado de la pizzería para empezar a armar la redacción, y empezamos a diagramar mentalmente los contenidos del número tres… y entonces, un día de este mes de mayo, sonó el timbre de la redacción flamante y eran ellos. Patricia, la ganadora del concurso, y sus dos hermanos menores. Primero pasearon por Barcelona, por París y por Roma, y dejaron la mejor ciudad para el final: Sant Celoni.

En una larga sobremesa nocturna nos contaron que sacaron ocho millones de fotos, que se subieron a doce buses turísticos y que ya extrañaban otra vez Jujuy. Llegaron a la redacción de Orsai cansados pero contentos. Y además, nos trajeron regalos del norte argentino a todos.

Resultaron ser tan buena gente que, cuando Comequechu les entregó el premio (una pizza de muzzarella caliente, de ocho porciones) quisieron compartirla con nosotros.

Realización y musicalización: Andrés Locatelli. Música: Josh Woodward

La hermosa velada con los jujeños, compilada en este video, me da pie para soltar el primer contenido del próximo número. Es un contenido egoísta, que solamente nos importa a Chiri y a mí, pero estamos contentísimos con el resultado: ayer recibimos el texto y es hermoso.

Pero empiezo por el principio. Todo tiene que ver con las dos casonas que alquilamos en Sant Celoni, y que usamos como pizzería y como redacción. Esas mismas que ustedes pudieron ver, de fondo, en el video de arriba. Son dos viejas casas contiguas, en los números 32 y 36 de la calle Sant Martí.

Esas casas tienen un mismo dueño.

Yo no estuve presente cuando se alquiló la primera de las casas. Pero cuando alquilamos la segunda, que ahora usamos como redacción, tuve que firmar unos papeles y conocí al dueño.

Fue extraño, porque hasta entonces, cada vez que había alquilado vivienda (muchísimas en Buenos Aires, desde que tengo memoria) el dueño siempre fue alguien mayor que yo. Uno siempre piensa que los locadores son más viejos que uno. Pasa lo mismo con los técnicos de fútbol: siempre son mayores.

Pero llega un día en que, sin darte cuenta, cumplís cuarenta años y los árbitros, algunos entrenadores, y los dueños de las casas alquiladas, tienen tu misma edad o incluso menos.

El dueño de las casas se llama Alexis Racionero y resultó ser de nuestra generación. El día que vino a firmar los papeles, el locador me regaló un libro. Eso es todavía más extraño que lo otro. Y para peor, el libro estaba escrito por él y era buenísimo.

Con Chiri, asustadísimos de que el mundo se estuviera volviendo un buen lugar, investigamos un poco más y descubrimos que Alexis es historiador y cineasta. Hizo tesis sobre el cine en Estados Unidos y dirigió un documental que se llama Rubber soul, siguiendo los pasos de los hippies que se van a la India. Descubrimos que anda mucho por San Francisco, rastreando los inicios de la contracultura, y un montón más de cosas que, a Chiri y a mí, nos hicieron sentir orgullosos de tener la redacción en esa casa y con ese dueño.

Al principio la cuestión no pasó de allí. Estábamos contentos de saber que nuestro locador era contemporáneo y buena gente, pero nada más. Entonces, hace poco, vimos una miniserie inglesa alucinante, que se llama Marchlands y habla de los diferentes moradores de una casa, en épocas distintas.

Ya habituados a la redacción y a sus recovecos, se nos ocurrió saber, imbuidos en la mística de la miniserie inglesa, qué había antes en esas casas que alquilábamos. Qué otra gente vivió en la habitación donde ahora jugamos al poker, en la cocina donde comemos pizza o en la redacción donde escribimos y diseñamos. Quisimos conocer eso que siempre resulta imposible fuera de la literatura: qué fantasmas habitaron nuestras paredes antes que nosotros.

Este lugar, desde donde ahora escribo, fue habitado por gente el siglo pasado, y el anterior. ¿Quiénes fueron? ¿Quiénes ocuparon nuestros lugares en la silla?

Una noche tomamos coraje y llamamos al dueño de las casas. ¿Por qué no? Si por primera vez en nuestra perra vida de inquilinos, este locador no era un viejo cascarrabias, ni una señora sorda, ni dos polacos borrachos, sino por fin alguien con quien se podía conversar de asuntos comunes. Lo llamamos por eso: porque quizá nos entendiera el capricho.

Ahora, ¿la escena no es digna de un mundo paralelo, mucho mejor que el universo inmobiliario actual? Un par de inquilinos trasnochados llaman una noche a su locador, y no es para quejarse de la humedad, ni para pedirle que retrase los cobros, ni para avisarle que explotó el calefón. Lo llaman por teléfono para convidarlo a escribir un texto de cuatro mil palabras sobre las casas que alquilan.

Y esto es todavía más raro: el locador se ríe al teléfono y dice que sí, y pregunta para cuándo, si preferimos crónica narrativa o un registro más literario, y otra vez se ríe. Y se pone a trabajar contento, y dos semanas después (o sea ayer) nos devuelve un texto hermoso, muy superior al de nuestras expectativas, en donde el autor, el locador, utiliza la excusa de las casas y sus habitantes para contarnos la historia de Cataluña, de la guerra civil, de una larga estirpe familiar, como si en el relato mismo de lo intrascendente confluyera la historia de los hombres.

El de Alexis, ya lo verán ustedes, es un texto intenso, lleno de guiños. Nos cuenta la historia de las casas como si fuesen un tren en el tiempo, y nos dice, sin decirlo, que ahora nos toca viajar en ellas, haciendo pizzas y revistas y recibiendo jujeños, hasta que lleguen los próximos pasajeros.

Hernán Casciari
Jueves 19 de mayo, 2011

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227 comentarios Historias de entrecasa

  1. Fabricio #226    26 mayo, 2011 a las 7:24 pm

    Hay un historiador catalán llamado Luis Racionero que también anduvo con hippies en USA pero en los ’70 ¿es algo de este Alexis? o todos los catalanes historiadores que coquetean con los hippis en EEUU tienden a ser de apellido Racionero? Saludos.

  2. Moni de Tenerife #225    26 mayo, 2011 a las 2:13 am

    Sabes q a mi me pasa lo mismo con las casas en las q viví..siempre me pregunto, aca antes quien habrá estado antes q yo? En 2009 me mudé a donde estoy ahora, es un pueblo del sur de Tenerife se llama La Camella, pertenece al Ayto. de Arona. Me estaba yendo del piso viejo y llega el dueño, y le pregunté, mi marido, la nena y yo vivimos ahí casi 3 años, normal, sin problemas, sino q nso qeudaba chico y encontré otro más grande. Le pregunto y me dice..q había vivido un aleman q se murió ahi mismo, sii casi me muero yo ahí mismito..se había muerto en el living y estuvo como 3 diás ahi muerto el pobre, hasta q la vecina empezó a ver q no había movimiento, q no lo veía y bueno, no tenía familia aquí ni nada. Menos mal..q me enteré el último día, q imrpesión. Cariños a todos..!!!!!!!!

  3. Juan David Escobar #224    24 mayo, 2011 a las 5:47 am

    hermoso el acto de la “pequeña letra”. Hermoso.

    Me habia olvidado en los dias de Orsai, y vuelvo, y recibo cosas que me dan más fuerza. Como siempre muchachos, qué grandes!!

    Y se ocurrió, hernán, que si haces una crónica de unos dias en Finlandia, ah? Seria buenisima!

    Un abrazo

  4. PATRICIA MAMANI #223    24 mayo, 2011 a las 5:09 am

    Esq piza estaba buenísima, ni las que probamos en Roma se parecían a esa. Valió la pena ir de tan lejos para comer la piza y compartirla con estos genios de ORSAI

  5. PATRICIA MAMANI #222    24 mayo, 2011 a las 5:08 am

    Si, recorrimos muchos kilómetros y pudimos encontrarnos desde lugares tan remotos del mundo, es que así es ORSAI, un espacio donde nos encontramos gente de todos lados, diferentes pero con una sola pasión ORSAI

  6. Laura #221    24 mayo, 2011 a las 12:01 am

    No me lo puedo creer! Alexis Racionero? jajajajaja
    me dió clase de crítica cinematográfica en la escuela de cine!
    Últimamente hemos hasta compartido editor (Tomás, que monta mis cortos, monta sus documentales). El padre también es escritor, famoso, además…
    qué divertido, ahora mismo me leo todos los comentarios por si hay alguien más de la escac infiltrado por aquí.
    ¿De cuándo es el artículo? llevo 5 días en plaza Cataluña desconectada, entré esperando encontrar algo…

  7. mono relojero #214    23 mayo, 2011 a las 5:05 pm

    No cea maricón Don Conan !!!!
    Cántece un pri grande como una caza en el próccimo post y déjece de autoimponerse leyes jamás escribidas.
    Por mi parte, tengo que ir al colejio.

  8. Paul #212    23 mayo, 2011 a las 4:04 pm

    Que lindo gordo lo que hiciste para los ganadores del concurso. Me imagino si lo hubiera ganado yo, lo lindo que lo hubieramos pasado. Y si todos aportaramos con gestos como el tuyo el mundo seria un poquito mejor.

    Saludos.

  9. Pancho #204    21 mayo, 2011 a las 5:47 pm

    Qué lindo, che! Un backstage con sabor a texto de Orsai. Vamos todavía!

    Ya quiero la tercer revista. Buen inicio para el goteo de contenidos. Gracias.

  10. Tom Finn #201    21 mayo, 2011 a las 5:39 am

    Estimado Sr. Gordo:
    Por la presente me dirijo a Ud. a fines de solicitarle, tenga a bien en primer lugar: disculparme por solicitarle esto en un lugar que nada tiene que ver con lo que voy a pedir, pero habiendo comentado ya el post y además sabiendo que es Ud. asiduo lector de sus comentaristas no voy a dejar de hacerlo. En segundo y último lugar le preguntaré( ya habiendo pedido disculpas por ello): ¿será posible encontrar en algún lado, preferentemente en papel o .pdf su novela “subir de espaldas a la vida?
    Sin otro particular y esperando una pronta, satisfactoria, reconfortante y esclarecedora respuesta; me despido de Ud saludándolo con la mano, como corresponde.