Juan y el dolor de muelas

Hace dos mil años los hombres caminaban por la calle descalzos y se llamaban por el nombre de pila; eran tiempos en que no hacían falta ni apellidos ni zapatos. La vida ya existía en toda su amplitud y maravilla pero, igual que ahora, nadie le daba importancia. Las cuestiones fundamentales, hace dos mil años, ocurrían en el continente asiático. Ahí se cocinaba la historia. Ahí los hombres ya eran víctimas de su esencia, ya destrozaban sus sueños, ya mentían y engañaban, y provocaban intrigas, y se perseguían para confirmarse dueños de sí mismos y de todo aquello que los rodeaba.

En esos tiempos salía el sol, después calentaba un rato y a la tardecita se ocultaba; las tres cosas ocurrían desde tiempos inmemoriales. Toda la tierra giraba alrededor de esa luz amarilla desde un siempre incomprensible, pero los hombres crecían y actuaban como si fueran los protagonistas del universo, como si el leve paso de comedia de sus vidas pudiera dejar alguna huella en el instante que les había tocado en suerte. Cada cual soñaba con ser más poderoso que el otro, y si el otro soñaba lo mismo para sí, o pensaba en otros mecanismos de la felicidad, había que deshacerse de él.

Hace dos mil años, en medio de aquella calentura de la vida, hubo, ajeno a su propio destino de leyenda, un pastor de cuarenta y seis años llamado Juan, hijo de Galindo. Juan era uno de los pocos habitantes de aquel lugar que creía absolutamente las palabras que decía otro, al que casi todos tomaban por demente, por falaz y por peligroso. El otro tenía trece años menos que Juan, era el hijo de un carpintero de Belén y se llamaba Jesús. Lo que Jesús decía lo supo más tarde el mundo.

Juan, hijo de Galindo, empezó a fijarse en Jesús dos años antes, y lo vio varias veces hacer cosas imposibles: milagros y suertes que ningún otro hombre era capaz de realizar. Jesús era muy flaco y algo más alto que las personas que lo seguían. Tenía la barba enmarañada y negra, el pelo por encima de los hombros y un gesto de permanente solemnidad que sin embargo no provocaba distancia. Vestía más pobremente que el más miserable, pero entre la caterva humana se lo podía distinguir enseguida, y a Juan esa distinción le maravillaba cien veces más que todas las cosas imposibles, que todas las magias que hacía Jesús. Era la distinción el milagro más grande de ese hombre, pensaba Juan.

La devoción que al pastor le provocaba el otro fue paulatina. Primero el porte, después los pocos milagros que vio o le contaron y finalmente quedó extasiado cuando lo escuchó hablar. Eso ocurrió en un descanso del camino que unía Tiberíades con Naim, seis meses antes de la muerte de Jesús, y a Juan le impresionó tanto el argumento como el tono de sus palabras. O el acento. Él nunca había oído a nadie decir lo que aquél decía, y tampoco había escuchado nunca explicar las cosas de aquella forma.

Jesús no necesitaba hablar alto para que todos pudiesen oírlo, ni usaba esas palabras extrañas que gustaban exponer los llamados hombres sabios. Jesús decía que había que perdonar muchas veces al que nos ofendía, y decía que había que amar al otro más que a uno propio, y decía que él estaba allí para salvar al hombre. Juan supo enseguida que estaba frente a la verdad más natural y compleja, y se postró ante esa verdad sin medias tintas.

Cuando se corrió la voz de que iban a apresar a Jesús, Juan supo desde las tripas que lo matarían sin darle vueltas al asunto, y también supo que le había tocado presenciar el acontecimiento más trascendente de la historia. Lo comprendió en un segundo, cuando estaba solo en su casa y ya era la noche, y desde entonces no pudo pensar más que en eso. Las siguientes madrugadas Juan no logró descansar: su mente divagaba entre el fervor y la desazón aquel destino injusto.

Descubrió que él, entre las infinitas almas que habían habitado el mundo desde el principio de los tiempos, y entre los innumerables hombres que habrían de poblarlo hasta el final de los días, él, junto a otros pocos, estaba precisamente allí, en el momento indicado. Porque el Destino, pensaba Juan, no solamente había querido ubicarlo en aquel tiempo (un tiempo único y breve en medio de la marea eterna), sino que además lo había puesto allí, en Caná, y no por ejemplo del otro lado de los mares. Juan iba a estar a diez metros de la cruz; él sería una de las personas elegidas para presenciar la imbecilidad más enorme de los hombres contra el hombre. Y además creía con fervor en el que iba a morir.

El Destino también había urdido esto: que él fuera uno de los justos en aquella historia de crueldad y de malos entendidos. Porque Juan no sería el verdugo, ni sería el monarca temible, ni estaría entre las hordas de soldados impiadosos, ni sería uno de los incrédulos, ni ocuparía un lugar en el fárrago de los que irían a burlarse de Jesús. Juan tampoco nunca había adulado a aquél, jamás había recibido de él un beneficio o un milagro, ni tenía por qué creerle. Y sin embargo lo amaba. Juan era un de los justos, de los prudentes, de los castos. Juan era el hombre bueno y anónimo que entendía la verdad con sólo verla, sin necesidad ni presiones. Su dolor sería el más grande, el más sincero, el más absoluto y total de todos los sufrimientos imaginados. Y por alguna razón todo ese dolor, el protagonismo de ese dolor, le provocaba una secreta vanidad.

Cuando Jesús quebrara el cuello y expirase, Juan padecería el dolor absoluto del Hombre. En su corazón, la angustia perfecta, y en sus pupilas, la imagen más salvaje que las turbas hayan podido planear contra su propia sombra. Todo aquello Juan lo sabía, y se revolvía en su catre ansiando que por fin llegase el momento de la muerte. Sin saberlo, esperaba ese instante final con tantas ganas como el verdugo y como las mismas ansias que el soldado impiadoso.

Pero entonces ocurrió la cotidianeidad de la vida.

El día señalado, mientras clavaban a Jesús bajo el sol del mediodía, Juan padeció un vulgar e insoportable dolor de muelas. Unas puntadas terrenales, en el fondo de la boca, que no le permitieron sentir rabia por la crucifixión ni por la muerte del Maestro. Tanto le punzaba la encía superior que no pudo dolerse más que por ella. Tanto sufría por él mismo que no tuvo tiempo para odiar al verdugo, ni para compadecerse de quienes se burlaban, ni mucho menos para tener piedad por la muerte del hijo de Dios.

Juan estaba parado en el sitio que llamaban Monte del Cráneo, a diez metros exactos del hecho más notable de la historia, y no podía dejar de pensar en las puntadas de su propia boca.

Al día siguiente, cuando en toda Galilea sólo se hablaba de la crucifixión del Rey de los Judíos, y se narraban los detalles del espectáculo, Juan no recordaba un solo gesto de Aquél, ni sabía si María había llorado mucho o poco, ni había logrado oír lo que le dijo Jesús al ladrón que tenía a su diestra. El día siguiente a la tragedia Juan no tenía nada: se había quedado con las manos vacías, no tenía una historia para contar a sus nietos, no tenía el corazón destrozado, ni todo aquello que había soñado sentir cada una de aquellas noches.

El día siguiente a la muerte de Jesús, a Juan ni siquiera le dolía la muela.

Hernán Casciari
Viernes 27 de enero, 2006

Dejá tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

113 comentarios Juan y el dolor de muelas

  1. Martín Estévez #113    5 mayo, 2016 a las 1:20 am

    Lo que me vengo preguntando desde hace años es si este texto lo escribiste poco después de un horrible dolor de muela, o mientras te dolía. Si es el último caso… ¡qué coraje, Jorgito!

  2. Alex #112    9 marzo, 2006 a las 8:17 pm

    Es primera vez que escribo y tengo poco tiempo leyendo.

    En esta ocasión me animo a escribir debido a los comentarios de este post, que me parecen un poco irónicos.

    Mientras Hernán nos cuenta como por algo tan mundano como un dolor de muelas una persona pierde noción de lo que está presenciando, se nota que muchos lectores pierden la noción y el placer de esta lectura al darle más importancia a si mismos, queriendo convertirse de improviso en críticos literarios poseedores de la verdad absoluta, anticipando con ansía llegar al final y estructurando a cada momento el comentario que piensan plasmar. Me parece banal y un desperdicio, pero cada cabeza es un mundo. Yo he optado por tomar los posts uno a la vez, no comparar, no prejuzgar el camino que va tomando, sino dejarme llevar por la prosa, tan bien escrita, y disfrutar como alguien plasma su pensamiento de manera brillante.

    Saludos a todos y creánme que no tengo ánimo de ofender a nadie.

  3. nataloide #108    9 febrero, 2006 a las 5:11 pm

    Ya que vamos a contar cuantos comments a que hora y demás, los de este maestruli son ya demasiados (sé que entro tarde pero estuve de vacaciones y lo veo hoy)
    Hernán, como siempre: impecable, para vos mi devoción, afecto, felicitaciones,etc.

  4. Javi! #107    5 febrero, 2006 a las 7:01 am

    Hasta los menos egoistas son egoistas. Pasamos al lado de cosas importantes, dolores mas grandes que el nuestro, por culpa de nuestros propios dolores. Que nos guste o no, que lo queramos o no, siempre seremos egoistas.

  5. Gustavo alberto García Czujko #106    4 febrero, 2006 a las 2:09 am

    04/02/1998 MADRID

    Los trámites habrían de funcionar y las cadenas, desbloqueadas en su cerco letárgico romperse.
    Sé de forma más sublime, nítida y tímida lo que sea-de-ser.
    Las flores se marchitan, quebrantan su antigua belleza para abordar el femenino rubor pútrido del ocaso.
    Los malditos funcionarios no cesan su trabajo y creen útil el esfuerzo de mantener las travesías, sin otorgarles la menor importancia.
    Hay cuatro cuerdas que suenan desde hace más de sesenta años, las oigo y se estremecen los hilos que manejan el rumbo de la improvisada marcha que alcanzará la fúnebre victoria.
    El automatismo hoy, mañana un bocadillo de garganta. Saliva y sangre coagulada en el canal. Sombra de algún raquítico sentimiento abotargado por la soporífera compañía de la ausencia prolongada.
    Dos veces llamé a la puerta. Su puerta, que permaneció cerrada dos segundos antes del aviso, dejó de estarlo. Se asomó un cuadro de atajos descontrolados. No supe reaccionar y bajé las escaleras mientras el aliento del concejal pedía que no abandonase así la escena. Era demasiado tarde para retomar el intento y lo arrojé todo en un lapo verde de esperanza que aún hoy me repugna por su asfixiante optimismo.
    Perder la vista de oído. Perder de oído la vista. Oír el perder la vista.
    Que estúpido absurdo estar tan lejos para nada. Haber escapado. Todavía no sé qué se suponía que podía encontrar. Quizá la llave para no volver nunca más.
    Me parece del todo estúpido. Del todo me parece estúpido. Estúpido parece el todo.
    ¿Sabés lo que es un mamarracho? Me extraña. Lo que ha de encontrarse detrás de cada significado es tan relativo y personal, subjetivo (podría decir), que no merece la pena compartirlo.
    Es posible que se avecine la inmensa soledad que permite, por fin, olvidar tu existencia. La puta otredad desvanecida. Eso debe ser encontrar algo válido. Desaparecer. Volar en mil pedazos. Quiero rodearme de cadáveres.
    Algunos difuntos merecen la pena. De entre los vivos no me quedo con nadie. Que se esfumen.
    ¿Filosofía? Vaya estúpida conclusión para una vida.
    ¿Sonatas? ¡no! Suites.
    Caen los párpados. Se derrama hasta el infinito la absurda marea negra de mis palabras. Se derrama y sube de forma inexorable e inútil. Da igual, por lo menos desaparecen huecos incómodos. Ojalá desaparezca el tedio: el obligado transcurso lento de las cosas.
    Te besé la mano después de haberte visto y de sentirte dichosa con él. Aún te amo. Cómo echo de menos tu vagina, el movimiento de tu pelvis. El sabor de tu coño. El exceso de flujo justo antes de correrte, meterte el dedo en el culo mientras chupabas mis pelotas. Tu forma de chupármela. Aún te amo.
    Conservo tus fotos y me masturbo con ellas. Lo confieso. Voy a poseerte toda la vida. Puta, bella musa, inolvidable de negros pezones. Que basura. Cuanto te he amado.
    También a vos, rubia de ojos extraterrestres, quiero dedicarte un recuerdo.

    de yonqui.blogspot.com

  6. El Observador #105    2 febrero, 2006 a las 8:02 pm

    Observo Hernán que te equivocas con lo del ranking.
    Recuerda al malogrado Juan Dámaso. El ranking fue, para su página, el principio del fin… La vanidad es muy mala.

  7. IO #104    2 febrero, 2006 a las 4:01 am

    Hernán, no me llegó el mail con la actualización del blog, entré por que ya me parecía raro que no hallas escrito nada desde la ultima vez.
    Honestamente, y es la primera vez, no me gustó mucho este post.

  8. fermar #103    1 febrero, 2006 a las 10:54 pm

    estoy con pecadora #108/#109, un ranking ya! de los 25 que menos comentamos, y de los 25 que comentamos más aburrido, y de los 25 que más saltea la gente al leer los cometarios, y de los 25 que hernán más considera para ser vaneados, y de los 25 que más usamos palabras geek como “vaneado” y como “geek”

    salud
    f

  9. pecadora #102    1 febrero, 2006 a las 10:40 pm

    ¿Y los que leemos en silencio? ¿ Y los que no escribimos porque nos estamos riendo o llorando a moco tendido? ¿ Y los que no escribimos porque no teníamos teclado? eh? eh?…qué floja la estadística, que maaaal…..