Justificar los márgenes

No hace mucho tiempo cayó en mis manos el original de mi primer cuento. Esos papeles mecanografiados solían estar, doblados en cuatro partes, en unos cuadernos Rivadavia tapa dura donde mi mamá guardaba moldes viejos del Para Ti, fotos de mi hermana cuando era chica y tickets de supermercados que ya no existen. Eran tiempos de inseguridad literaria, y yo quemaba mis papeles cada dos o tres meses. Si todavía queda alguno vivo, es porque Chichita me los robaba del cajón y los resguardaba de mis fantasmas pirómanos.

Cuando aquel relato llegó a mis manos otra vez (esto fue hace poco más de un año, y tal como vino lo reproduje en Orsai sin decir que era prehistórico) habían pasado casi veinte años desde su primera redacción. Me quedé mirándolo como quien ve a un hermano mellizo después de que cada uno ha vivido en distintos orfanatos. Ese cuento era yo, pero no era yo.

Eran tres carillas apretadas, escritas con la primera Lexicon, en hojas oficio muy largas a espacio simple. Lo miré un rato largo, tratando de recordar la cocina donde fue escrito, el patio del colegio donde ojos ajenos lo leyeron por primera vez, el jardín de la casa quinta donde lo corregí a lápiz. Y entonces hubo algo en esas páginas que me dejó boquiabierto. No, no era el argumento… Era más bien algo en la construcción artesanal del texto lo que me hizo pensar en mis primeras obsesiones.

Recordé, maravillado, un ejercicio increíble que por alguna razón ya estaba fuera de mi memoria: en mi juventud yo no podía permitirme que el margen derecho de la hoja quedara serruchado. Al principio me pareció la obsesión de un imbécil joven (yo era casi tan estúpido como hoy, hace veinte años; pero no me sentía tan orgulloso como ahora), pero mientras hojeaba el cuento descubrí que no, que aquella enfermedad no era tan inútil.

Mis reglas de entonces, al escribir a máquina, eran pocas pero inquebrantables: con espacios incluidos, cada línea debía tener cincuenta y ocho caracteres, tres la sangría de comienzo de párrafo, y treinta y cinco líneas cada carilla. Sin que el argumento variase demasiado, yo debía encontrar palabras que cayeran con exactitud en la prisión de los cincuenta y ocho espacios. Para eso, a la mitad de un renglón ya debía saber cómo seguir, y encontrar sinónimos si el asunto se ponía imposible.

No se podía utilizar la trampa del doble espacio, ni el truco de los tres puntos suspensivos donde la trama no los pedía. En cambio sí estaba permitido cortar la última palabra con el guión normal, y también con el guión bajo subrayando la última letra (eso se conseguía pulsando la tecla “6” en mayúscula). Tampoco estaba permitido tachar. Si había un error de tipeo, había que empezar de vuelta.

Para poner un ejemplo, yo le tenía fobia a esto:

Y, con mucha práctica, había logrado escribir de esta otra manera, sin perjudicar demasiado al texto:

Creo que la primera de mis obsesiones literarias fue aquella, la de justificar el texto a la derecha desde el primer borrador. Ese berretín debió servirme, sin saberlo, para pensar mejor cada palabra antes de ponerla en el papel, y para abrir a cada rato el diccionario de sinónimos.

Con el tiempo logré tanta eficacia en este ritual que lo había automatizado por completo. Es decir: llegó un momento en que ya no tuve que pensar en eso: la cabeza trabajaba sola en el problema de las sílabas y los espacios, sin quitarme energía para la imaginación o el deseo de narrar. Llegó un momento, casi a principio de los años noventa, en el que yo era capaz de escribir, a una velocidad increíble, textos con el margen derecho impoluto, sin darme casi cuenta.

Aquellos fueron tiempos en que las computadoras personales eran un rumor de progreso que no se podía confirmar, y tenían más que ver con ser millonario que con el año dos mil. Y seguramente yo hubiera seguido así toda la vida, esquivando el serrucho de la derecha, si no fuese porque entonces aparecieron las máquinas electrónicas, después las eléctricas (que ya justificaban el texto a piacere) y por fin las primeras computadoras a precios razonables, llamadas con cariño “dos-ocho-seis”.

La del serrucho fue la primera de una interminable seguidilla de rituales que todavía me persiguen cuando escribo, y que muchas veces son solamente excusas para disfrazar la escasez de voluntad o la falta de inspiración. De joven tenía más de la segunda; ahora casi únicamente de la primera.

La única obsesión que conservo desde las primeras épocas es el pantalón de escribir. Esta prenda —que no ha tenido más de cuatro o cinco versiones a lo largo de mi vida— es con lo único que puedo sentarme a la máquina, desde 1985 hasta la fecha. Debe ser un joggin azul, o un piyama azul de invierno, recortado a tijera a la altura de la rodilla. Debe tener el elástico roto, algunos agujeros de cenizas caídas y, esencialmente, más de cinco años de antigüedad para que me resulte cómodo y, sobre todo, amistoso.

Con la llegada de la tecnología las cosas no mejoraron mucho en mi cabeza, sólo cambiaron algunas taras. Ahora necesito que el teclado de la máquina no sea demasiado celoso, por ejemplo, y que sea blanco, no esos teclados negros modernos, ni mucho menos ergonómicos o partidos en dos: asco. Que la tipografía del procesador tenga serif, en lo posible garamond o georgia, jamás helvética ni arial ni mucho menos courier. La mesa muy limpia para empezar a trabajar, pero no sólo la mesa del escritorio, sino también la mesa en donde hemos cenado, la que está a mi espalda. No escribir despeinado. Permanecer descalzo o con un almohadón bajo los pies si es invierno. Todos los diccionarios a la derecha. Tener más cigarros de los que necesitaría un náufrago feliz. No escribir ni borracho ni drogado. Que sea noche cerrada, que las chicas duerman en paz.

Debo saber siempre la hora que es en Argentina. Y dejar de escribir cuando sale el sol en España. Sonreír y prender un cigarro para releer lo escrito, cuando supera las tres o cuatro pantallas. Salir a caminar de noche para pensar y ser objetivo. Dar vueltas alrededor de la mesa con las manos en los bolsillos. Sólo oír música instrumental, sólo el mismo disco, en volumen bajo y en repeat. Tener infinidad de lápices y lapiceras de colores en una taza, con todas las puntas hacia arriba. Y más que nada, tener siempre un poco de frío, como si estuviese a la intemperie y hubiese un río no muy lejos.

Me resulta necesario, desde que vivo en un país que no es mío, sentir en algún momento de la noche una especie de excitación infantil que solamente me producía el ir a pescar solo cuando tenía diez años. Es difícil que hoy pueda recordar algo mejor que un río bonaerense, que un puñado de lombrices vivas en una lata de duraznos y un paquete de cigarros en el bolsillo secreto de la campera. Sin aún escribir, empecé a sentir la necesidad de los rituales en esa época.

Las ciudades más hermosas tenían río: Areco, San Pedro, Flandria, Gualeguaychú, Concepción, Baradero. Los domingos todos dormían hasta tarde. Yo salía de la canadiense ya vestido, con el primer rayo del sol. La noche anterior ya había preparado todo para no perder el tiempo: las dos cañas (anzuelo de mojarra y anzuelo de bagre), la línea para los pescados grandes, el termo con agua caliente, las lombrices en tierra mojada, un poco de corazón (no del verbo ímpetu, sino del verbo pollo muerto) y las botas amarillas para meter las patas en el agua. También el librito de Agatha Christie, o de Conan Doyle, o de Twain. Y el paquete miedoso de Galaxy suaves.

Siempre hacía un poco de fresco y quedaba algo de rocío nocturno, que mojaba el pasto de camino al río. Mientras más me alejaba de los autos, y de las otras carpas, y de las casas rodantes, menos se oían los ronquidos de todo el mundo. Entonces subía el canto de los pájaros y los árboles se hacían más grandes.

Antes de aparecer, el río podía intuirse por el olor.

Medio minuto después yo estaba con los pies en el agua. Más abajo, los peces de las seis de la mañana eran todos para mí. Sin chicos alrededor, ni bañistas, ni matrimonios felices. Yo estaba conmigo y sin nadie. Entonces me sentaba, encarnaba y miraba la boya como un autista, durante muchos minutos. Y en ese momento, siempre, porque no falló nunca, ocurría aquello que había ido a buscar: un lento bienestar en forma de corriente fría empezaba a subirme por los pies y me recorría los huesos hasta llegar a la cabeza. Era una magia irrepetible.

Cuando dejé de ir a pescar y de ser un chico, esa sensación desapareció para siempre. Pero no los rituales que convocaban al frío ni aquella obsesión que me contagiaba el placer de la soledad. Ahora, que ya no importa si las palabras están serruchadas a la derecha, ahora que han pasado tantos años y que estoy tan lejos de esas personas que duermen en la canadiense, solamente escribo para sentir ese hormigueo de la infancia, y para justificar los márgenes de los textos y de los ríos por los que anduve.

Hernán Casciari
Jueves 2 de noviembre, 2006

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180 comentarios Justificar los márgenes

  1. fede o #180    10 noviembre, 2006 a las 2:09 pm

    mi opinión ya fue dada en #133.

    esto es sólo para agregar que noto que el que hernán ponga orden tiene como efecto secundario que los que pidieron ese orden ahora sientan “yo tenía razón, viste”.

    pero no, no tenían razón. porque no es lo mismo. no es su jurisdicción. su incumbencia.

    si mi hijo se manda una cagada yo lo reto. si en una situación similar un cualquiera le dice lo mismo, es un desubicado. porque no es su hijo. y además es un boludo, porque al no estar planteada entre ellos una relación de autoridad como entre padre e hijo está perdiendo el tiempo, y no se da cuenta de esto por no poder frenar su impulso de ejercer autoridad.

  2. Christian Libonatti #179    10 noviembre, 2006 a las 1:13 pm

    Hoy Lalo volvio a leer el texto del mate en Radio Mitre. Lo hizo por el día de la tradición. Lo leyo completo, me parece que directo de la pagina, porque dijo varias cosas que no leyo la otra vez.

  3. ella #177    10 noviembre, 2006 a las 6:21 am

    hernán: me parece perfecto que hagas lo que decidas mejor para limpiar tu casa de tanta basura. es lo que hacemos todos en nuestras propias casas, no? cuando echás una miradita y ves mucha mugre, a limpiar. no importa si con un escobillón o con un cepillito de dientes. lo unico que hay que hacer es sacar la basura.

    ahora, cuando uno se pregunta de donde viene tanta suciedad, la respuesta es: por abandono del dueño de casa.
    hernán: te borraste durante mucho tiempo. y ya sabemos que cuando el gato se va, los ratones se divierten. de mas está decir que estos ratones son de cuarta.

  4. Horacio #175    10 noviembre, 2006 a las 5:39 am

    “El spam se combate con filtros y mecanismos informáticos.”

    Ejem, suena simple y muy lindo.

    sofisma.
    (Del lat. sophisma, y este del gr. σόφισμα).
    1. m. Razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso.

  5. pal #173    9 noviembre, 2006 a las 11:41 pm

    perdón pero, que es ser conservador de derecha en Argentulandia??? (esto no es pinpon, esto es algo que realmente no entiendo y seguro que Barbarita tampoco… por siaca)

  6. El Angel Gris #172    9 noviembre, 2006 a las 11:35 pm

    El spam se combate con filtros y mecanismos informáticos.

    A los trolls se les da batalla fundamentalmente con la ignorancia o un baneo de ser posible.

    A los boludos no se como se los pelea. Yo los leo poniendo cara de entomólogo.

    El general decía, “No hay nada peor que un tonto con iniciativa”

    En este caso no sólo tienen inciativa, sino que además se creen chistosos, astutos y cultos. Esta clase de bichos se retroalimenta felicitandose entre ellos.

    Hemos pasado del “Hernán sos un capo” al “NN sos un plato” (Completar NN con el nick de algún comentarista tonto y con iniciativa)

    Para finalizar, Hernán, te digo que como conservador de derecha, me encanta ver a un progre teniendo que hacer lo que hay que hacer.

  7. El Bruche #169    9 noviembre, 2006 a las 4:16 pm

    No sé qué está pasando realmente con los comentarios, es casi como una revolución a nivel general, por lo menos en la mayoría de los blogs que frecuento se están dando discusiones muy parecidas.
    El tema, creo, es que este es un medio nuevo, donde los márgenes entre autor y lector comienzan a diluirse, logrando amalgamar las dos posiciones, y en muchos casos generar cruces la mar de creativos. Ignorar la fuerza renovadora del feedback en este nuevo canal es ignorar la verdadera fuerza del mismo frente a los otros medios tradicionales.
    Pero concuerdo con Gus, últimamente se están haciendo bastante aburridos y uno los va salteando mucho más seguido que antes.
    A todo esto, ya es jueves, acá estamos, tratando de olvidar esta ventana, a la espera de inaugurar la siguiente.

  8. INIMPUTABLE #168    9 noviembre, 2006 a las 3:58 pm

    Me ha emocionado mucho ver que no soy el único para quien el río (Paraná, en mi caso), forma parte indisoluble de la vida. Lo comprobé en enero cuando volví después de casi 3 años a Argentina, agarré el auto y me fui a acostarme adelante del río en Coronda, en la misma curva en que cuando tenía 10 años, llegaba a las 6 de la mañana con mis cañas, líneas, carnadas y todo el silencio que podía prestarme la naturaleza.

    Gracias, Hernán. Yo no escribo pero leyendo tu post me entró ese mismo frío que sentía cuando me iba del mundo mirando el punto exacto en el que la línea entraba en el agua…

    Por favor no nos abandones!!!!! Estábamos muy mal acostumbrados a que casi todos los días nos traías una sorpresita, como mínimo en el Petit, y tenerte con cuentagotas produce un poco de angustia.

    Un abrazo muy fuerte, y gracias de nuevo.

  9. La Romu #167    9 noviembre, 2006 a las 3:00 pm

    Ahora, si hay que hablar del artículo, lo más logrado – me parece a mí – es cómo encontraste la vuelta para juntar una cosa de la que venís hablando y otra recontra traída de los pelos, y terminar justificando la frase del final.

    Es como si en una sobremesa muy verde y brumosa, hubieras hecho una apuesta tipo: “A qué soy capaz de meter márgenes de hoja y márgenes de río en un sólo texto y que parezca lo más normal y no un chiste estirado”

    Bueno, que te salió pipí cucú.

    Un beso grande.

  10. sonia #166    9 noviembre, 2006 a las 2:04 pm

    No sé bien qué pasó ni cuando comenzó todo esto, pero debo decir que, desde hace tiempo, leo cada nuevo post en este blog y no siempre siento ganas de comentar. No porque no tenga nada que decir sinó porque siento que el espacio de los comentarios estaba “tomado” por algunos que se dedicaban a competir a ver quién resultaba más bobo en sus opiniones que en general, nada tenían que ver con el post convocante.
    Pienso que en parte, la culpa es de Hernán, que rara vez aparece y si lo hace, es para agradecer una corrección como la de #Spike Spiegel: , que encima, está mal hecha (como bien aclaró luego Pal), y nunca para ir encarrilando la cosa, cuando se está desbordando. En estos casos, es necesario intervenir y si no se está dispuesto a #”jugar al pimpón”, como bien dijo La Romu, está la antipática opción de la moderación de comentarios.

    Es una lástima que la cosa haya tenido que llegar a este punto pero me temía que en algún momento iba a suceder.

    (Yo quiero la remera que me gané en el concurso de comentarios!!!)

  11. ElTeta #165    9 noviembre, 2006 a las 1:29 pm

    Para que no se entienda que estas comparando una situación con la dictadura lo que tenés que hacer es buscar otro ejemplo.

    Y el problema no es cuánto se va a perder cuando no haya comentarios desubicados, bobos y fuera de lugar. El tema es que ya se perdió mucho por ese mismo tema. Hay mucha gente que no comenta mas.

  12. Dominus Tecum #163    9 noviembre, 2006 a las 7:09 am

    Recién cuando este espacio sea un sin sabor en un pedacito de viento , recién ahí podría llegar a confesar, supongo, que arribé a esta casa profana, buscando un dato en linea acerca de Elvira Romei.

  13. Horacio #162    9 noviembre, 2006 a las 5:59 am

    Antes de seguir opinando recomiendo ir de verdad a los comentarios 213, 214 y 215 del texto “Diario de amor durante una catástrofe” que menciona como ejemplo H.

    213, 214 y 215

  14. Gus #161    9 noviembre, 2006 a las 1:06 am

    Tenés razón…

    Pero no menos cierto es que a veces es peor el remedio que la enfermedad. Es que los comentarios de este post me resultaron los más aburridos de todos, y con un recurrente dejo de hipocresía con chateos que chatean sobre lo malo que es chatear…, otra vez el loop ?

    Sólo quería trasmitir eso, que me resultaron aburridos los comentarios…
    Tampoco está clara la restricción que luego invita a debatir lo restringido.

    A veces no es fácil…, recuerdo que hasta en la dictadura militar, los militares justificaban la tortura y la represión con ponerle limites al libertinaje.
    OJO, nada más lejos de mi está establecer ni un matiz con la dictadura ni cerca, el ejemplo vale para decir que a veces es preferible la enfermedad “al remedio”…

    En este caso, el “remedio” (peor mal que lo que se quiere evitar, o “la dictadura” en el caso de la analogía) sería que los comentarios se tornen aburridos, o sin la espontaneidad necesaria, o hasta quizás una elite de críticos literarios y “amigos” y “fans” de H.

    A veces me divertian algunos comentarios o discusiones ocurrentes que realmente aportaban, o me hacian reir, no se bien si tenian que ver con el texto o no…
    Otras veces, otras, me parecian fuera de lugar, y varias veces me sentí con la libertad de decirlo, pero argumentando… jamás pedi censura para nadie, ni creo haberle faltado el respeto a nadie. ( ni siquiera para la miss intelijente !! que no se bien si está en el grupo de spam o de autobombo).

    Pero también creo que para evitar algunos comentarios…, es más lo que se pierde que lo que se gana…, pero el remedio…
    O peor la restricción que bancar un poco de libertinaje en aras de la libertad.

    Creo que por último, a quien le aburre leer 200 comentarios y sólo le interesa comentar el post, puede comentar el post, sin leer los 200 comentarios…, no es necesario pedir restricciones, cortar puentes ni ser elitistas ni clasistas con el grupo de comentaristas, y esto obviamente no lo digo por HC.

    Gracias por publicarlo.
    De lo contrario, tal vez, el último mío haya sido “el último mío”.

    Repito que comprendo, y espero que ningún boludo/a entienda mal el parelelismo con la dictadura militar, que ya lo expliqué.

    Sólo quería decir eso…, sinceramente sentí dos cosas con los comentarios: aburrimiento y un toque de hipocresía, y lo temí por Orsai, porque los posts me parecen excelentes…

  15. Florencia #160    9 noviembre, 2006 a las 12:48 am

    #159
    Duda, Einstein dijo algo divertido (creo que fue el), que es algo así: “Hay dos osas que no quieren sílfides: Sara Facio y la senegalés rumana. Y no doy ni un duro por la bollera”.

    (acuesto a un nipón?)

  16. Dr Pinulo #159    8 noviembre, 2006 a las 10:36 pm

    Estimado Hernan
    Hace poco llegue a tu blog, y lo leo despacio para que no se me acabe, pero es imposible, tal cual rascarse los hongos en medio de los dedos del pie, que uno sabe que después va a arder, pero no puede parar de seguir rascando y arrancando esa putrefacta piel cosa que recordaremos los días siguientes, tal es mi fascinación que en un par de días llegue hasta los chistes fácil (entenderás por mi apellido) y mas tarde llegue a m´hijo el dotor, (debo aclarar que soy abogado recién recibido) y realmente me sentí ofendido, podría responderte como ya hicieron diciendo que generalizas o que sos obtuso, pero después del placer de leerte todos sabemos que sos un provocador, por lo cual para responder a tal post haré lo siguiente, en este momento estoy defendiendo a un tipo que vendía remeras lacoste truchas, que producía (producir = bordar cocodrilos en el fondo de casa) cosa totalmente ilegal y mala, pero para defender esto que ante el derecho es indefendible, voy a citar un texto tuyo, me tomare toda esta noche para meditar correctamente cual, sabiendo que le sacare una sonrisa al juez que lo lea y que el imputado se vera beneficiado por tu prosa. Y vos será participe necesario de la defensa de un culpable.
    Con todo el cariño que tiene alguien que no podrá ser tu amigo pero te sigue leyendo,
    y te comento al terminar que los únicos escritos que tienen que si o ser estar justificados sus márgenes, son los escritos judiciales.

    Todos tenemos algo de locos, putas, abogados y escritores.

    Atte el Dr Carlos Pinulo
    Sera Justicia

  17. Haffner #158    8 noviembre, 2006 a las 10:22 pm

    Dice Juan Carlos
    Desde el día 6 de noviembre, estoy intentando acotar esta práctica (que por suerte sólo ejercen pocos) para que el resto pueda sentirse cómodo de participar. Es posible que algunos entiendan este ordenamiento de ideas como “censura”, dado que el pinpon genera un espejismo de libertad y protagonismo
    ====================
    ta,estimado Juan Carlos.No es censura,es simplemente que aplicas el derecho de admision.Abrazos.H.

  18. La Romu #157    8 noviembre, 2006 a las 10:09 pm

    En otras épocas este tema me hubiera animado a la discusión. Pero ya se sabe: estoy hecha una burra vieja y me aburro con la solemnidad.

    Sí me da pena que Hernán aparezca casi solamente para dar explicaciones sobre motivos técnicos de la página, y no para jugar al pimpón, como lo hacía en otras épocas de Orsai. Esto sólo marca le tono que han ido adquiriendo la cosa.

    Sumále a esto que ha desaparecido Xtian, que es uno de los pocos que entiende lo tremendamente serio que es divertirse en una discusión. Y sola, casi que no tiene sentido.

    Y ahora te dejo porque tengo así una pila de ropa para planchar.

    Un beso grande.

  19. seburu #156    8 noviembre, 2006 a las 10:02 pm

    Duda, Einstein dijo algo parecido (creo que fue el), que es algo así: “hay dos cosas que no tienen límite: el espacio y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera”.

    (esto es pinpon?)

  20. Gloriamundi #155    8 noviembre, 2006 a las 9:47 pm

    Hernán: Como sabés soy lector tuyo desde hace tiempo. Disfruto de tus textos y admiro tu creatividad y desparpajo.
    Son esas cualidades, precisamente, las que, al dar el tono de tu blog, dan la pauta para el tono que tienen buena parte de los comentaristas. Y es por muchos de esos comentaristas que me tomo el tiempo de leerlos extensivamente. Para mí son una parte importante del interés que tiene visitar tu blog entre uno y otro posteo.
    Es cierto que en la cantidad aparecen también los desafinados (como los comentarios que señalaste) y los trolls (que los hubo, y muy agresivos). Es casi inevitable cuando la red se vuelve muy amplia.
    Pero, si me permitís, me parece preferible esperar que trolls y desafinados se decanten solos por falta de eco, que intentar una regimentación de pautas restrictivas que arriesgarían hacer perder buena parte del encanto y la gracia que vuelcan aquí muchos lectores inteligentes.
    Espero que esa frescura no se pierda.
    Saludos.

  21. DudaDesnuda #154    8 noviembre, 2006 a las 9:46 pm

    El dueño de este Blog puede escribir como si fuera nuestro amigo de toda la vida pero hay algo que no logro comprender en algunos comentaristas y es no saber diferenciar la ficción de la realidad. Y recuerdo algo que alguien alguna vez me dijo o me debió decir: “La diferencia entre la genialidad y la estupidez es que la genialidad tiene límites.”
    Siento por Hernán mucho cariño porque gracias a él pude conocer a personas maravillosas pero usar su espacio como foro me parece una falta de respeto. Así que bienvenidos sean los límites.

    Besos en el margen.

  22. pal #153    8 noviembre, 2006 a las 7:42 pm

    “dan ganas de pagarte para que seas un amigo imaginario de tiempo completo”.
    Que razón tienes, que buena descripción de lo que puede llegar a creer el lector de este blog… si es la ilusión que a veces se crea…

  23. seburu #152    8 noviembre, 2006 a las 7:34 pm

    Hernán, te agradezco la respuesta.
    Siguiendo la línea de “yo”, obviamente existe un espectro amplio de lectores, pero creo que dentro de esta paleta la mayoría son personas que gustan mucho de tu trabajo. Tus textos deben producir la sensación de que se te conoce desde hace mucho, como un viejo amigo, o un referente a nivel de sensibilidad. Por suerte tengo un que admiro desde la infancia. Un genio que exorciza la vida de taquito, cagándose de risa. Gracioso hasta las lágrimas en forma constante. Me haces acordar a el. Por suerte ahora se vino de Montevideo y se está quedando en mi casa en BsAs mientras duran los premios estos de la publicidad en sud o Latinoamérica.

    Para mí (que no conzco nada de nada) escribís como Carver (que me gusta mucho), en la forma, pero le das un millon de vueltas en el contenido. Este espacio que nos abrís es especial. Por la generosidad en lo que escribís ¿Como no caer en la tentación del protagonismo, si dan ganas de pagarte para que seas un amigo imaginario de tiempo completo? Veo a mucha gente que te tira cariño y ní te conoce. Te agradecen! y esperan con impaciencia el próximo post para seguir teniendote en gotitas.

    A aguantar el pichí con el pinpon!