La envidia del dibujo

Mi memoria ubica la conversación en 1981, en los bancos de piedra del Club Mercedes. Según Chiri ocurrió meses después, en un recreo escolar. No importa dónde. Lo que importa es que ambos recordamos de qué modo, serio y trascendente, nos sentamos a decidir si seríamos escritores o si seríamos dibujantes. Hasta entonces, nos pasábamos el día practicando los dos oficios, pero sabíamos que tendríamos que decantarnos. Después de un debate largo, y sobre todo tortuoso, elegimos ser escritores. Grave, gravísimo error por mi parte.

Desde entonces, y durante treinta años, el dibujo se convirtió en mi profesión dormida. Hay un nene maniatado dentro de mí, que me odia por haber elegido el otro camino. Yo no admiro a los dibujantes que me gustan: los envidio. No prefiero a aquellos que dibujan mejor, sino a los que tienen un trazo que se parece —de algún modo secreto— al que yo hubiera tenido.

Durante mis bloqueos literarios, cuando no tengo nada para decir o cuando no encuentro cómo decirlo, me compro hojas gruesas número tres, rotrings, carbonillas, y distribuyo todo sobre una mesa enorme. No hay nada mejor para un bloqueo creativo que otro bloqueo mayor. Gasto —una vez cada dos años— un montón de plata y de ilusiones en herramientas de dibujo y después en casa me quedo así, con la hoja en blanco y los lápices desparramados, sin dibujar más que perfiles torpes; sufro como un chancho.

Tener una historia completa en la cabeza duele de un modo físico. Genera la necesidad de extirparla con urgencia. Escribir es sacarse de encima esa molestia, por eso causa placer. Pero a veces, en lugar de historias o mentiras, yo tengo dibujos en la cabeza, viñetas o historietas, con los colores exactos, con el trazo perfecto. Pero cuando intento extirpar esas ideas gráficas me salen unos monigotes infames que me avergüenzan.

Nos equivocamos hace treinta años con Chiri: no tendríamos que haber elegido el mismo oficio los dos. Éramos inexpertos y todavía no sabíamos que el arte en colaboración (trabajar a cuatro manos) sería lo que más iba a gustarnos hacer en la vida. Uno de nosotros tendría que haber elegido dibujar, y el otro escribir. Habríamos sido buenos cirujanos de los quistes del otro.

Ahora tenemos cuarenta años y somos envidiosos del dibujo. Observamos con desesperación cómo otra gente se extirpa ideas maravillosas a todo color, con globos de diálogo que dicen lo que hubiéramos querido decir, con las sombras donde nos encantaría haberlas puesto. No tenemos reparos en decir:

—¡Qué hijo de puta, mirá cómo dibuja este tipo!

—¡Hay que matarlo!

Lo que quiero decir con esto es que mentimos un poco en el punto cinco del dodecálogo para una revista imposible. Y es hora de confesar. Donde juramos que “escribirán y dibujarán personas que admiremos mucho” debe leerse:

5. En la revista Orsai escribirán personas que admiremos mucho y dibujará un puñado de hijos de puta a los que envidiamos con toda el alma.

El dibujante chileno Alberto Montt estará, y no podría ser de otro modo, en el número uno de la revista Orsai. Es tan enorme el odio que siento por ese hombre, tan fuerte la envidia oscura, que cada vez que me llega uno de sus libros a casa me cuesta abrirlo.

Alberto nació por casualidad en Ecuador en 1972, pero su papá lo inscribió en la embajada chilena de Quito. Es el autor de Dosis Diarias, un sitio que tiene cientos de miles de adeptos en Internet. Si algún lector de Orsai no lee cada mañana sus dosis, no tiene perdón de dios (o del diablo). Montt estudió Artes Plásticas y Diseño Gráfico en Quito. Es miembro fundador del Colectivo Siete Rayas, una agrupación muy noble que promociona la ilustración para niños en Chile. No lo conozco personalmente, pero lo odio muchísimo.

Esta viñeta, junto a otras igual de buenas o mejores, apareció hace algunas semanas en su blog:

También me hago muchísima mala sangre cada vez que veo un dibujo de Arístides Esteban Hernández Guerrero (al que llamaré Ares, para acortar texto y tomar aire). Tenerlo en el número presentación de Orsai es un lujo sibarita. Ares nació en La Habana, en 1963, y es el caricaturista cubano más importante del mundo. Ha ilustrado más de cincuenta libros y fue nominado por la revista Witty World en la lista de los mejores caricaturistas del planeta. Los libros de Ares están escondidos en casa, no los pongo a la vista porque me hacen mal.

Le pedimos que ilustre la larguísima crónica de Seselovsky (de la que hablé la semana pasada). Pedirle al mejor dibujante cubano retratar un asunto de cárceles en aeropuertos nos pareció, de algún modo, un chiste interno. El primer dibujo que nos mandó fue este:

¿No habría que matar a Ares? No puede dibujar así.

Otro elemento muy peligroso de la ilustración universal es Omar Turcios. Colombiano, nacido en 1968, es posiblemente el ser humano unido a un lápiz más galardonado en certámenes internacionales de caricatura. Turcios inventó (y por eso lo odio) un estilo de retrato en el que sublima los detalles de los personajes públicos y escoge de ellos solo una parte. Una especie de metonimia de la caricatura. Sus trabajos son bestiales siempre, no tiene altibajos. Un par de ejemplos de su universo gráfico aquí abajo. García Márquez y Ronaldinho, en los ojos del autor:

Otro al que odio y envidio, con idéntica pasión, es Alfons López (Catalunya, 1950). A él sí lo conozco personalmente: en 2004 solía pasar por casa y hacía sus dibujos en la mesa de mi comedor, con soltura, y yo quería pegarle con un palo de amasar para que escarmentara. Su curriculum no se acaba nunca: dibujó para absolutamente todas las revistas españolas buenas, desde 1970 hasta que murieron. Para mal de males, es un tipo comprometido con Latinoamérica: se pasa la vida en Bolivia, en Ecuador, en Perú, impulsando acciones solidarias desde el dibujo. Es un gran dolor de cabeza personal tener su trazo en el número uno.

Bueno, basta.

La idea es explicar los contenidos de la revista con cuentagotas, una vez por semana y hasta que ustedes la tengan en las manos, y quizá este jueves me estoy excediendo un poco. Vamos a dejarlo así.

Me gustaría contar, sin embargo, que intentamos buscar un equilibrio entre los autores consagrados y los que todavía están escondidos. Tanto en la ilustración como en la narrativa. Mezclados con estos monstruos del papel hay, en el número uno, gente que ayer dibujaba en las calles, trabajadores del lápiz que no tienen todavía un nombre ni grandes curriculum, para apostar a que un día lo tengan.

Esos chicos también eligieron un oficio cuando tenían diez años, el mismo oficio que Chiri y yo desechamos para centrarnos en otro. Aquella tarde, cuando decidimos ser escritores, volvimos a casa convencidos de haber escogido el camino correcto. Pero entonces ocurrió algo.

Entramos a casa y mi papá había comprado la revista Humor. La hojeamos y llegamos a un tipo de dibujo que no habíamos visto nunca. La historieta que descubrimos no era como las que leíamos nosotros en el Billiken o el Anteojito. Ni siquiera era parecida a las que leíamos en El Tony o en Intervalo. Era otra cosa: había mujeres desnudas y guiones de verdad.

Era la historia de un hombre gris, de apellido López, con una esposa gorda y fea y una vida rutinaria, que se encerraba en el baño a tener fantasías. Cada vez que pasaba por la puerta del baño, se abría un mundo ante él. Nos quedamos azorados. Era el mismo lápiz que dibujaba a Pampita en la tira El loco Chávez de Clarín, pero en una versión mucho más adulta.

A toda nuestra generación, en Argentina, le ocurrió lo mismo. Los que hoy tenemos cuarenta años sabemos con quién iniciamos nuestra pasión onanista de los doce. Y la otra pasión: la del dibujo.

Chiri y yo creímos que podíamos elegir entre ser narradores o dibujantes. No sabíamos que existía una tercera opción.

Entonces, un día, apareció Horacio Altuna.

Hace cuatro días estuve en la casa de Horacio, en su estudio de Sitges, donde vive desde 1984. No fui a pedirle su colaboración para la revista porque soy consciente de lo que cobra (trabaja en las doce ediciones de Playboy en el mundo, y sus contratos están blindados); fui a pedirle consejo. Quería que me dijera quién era, a su entender, el historietista joven con mayor proyección. El próximo Altuna, digamos.

Me sorprendió su estudio. Trabaja y vive en una casa amplia, blanca, a cincuenta metros del Mediterráneo, justo frente a una playa nudista. Mira por la ventana de su estudio y ve tetas, siluetas, culos. Baja los ojos a su mesa de trabajo y todas las mujeres dibujadas son más hermosas que las de verdad.

Hablamos de Gio Moreno: ambos somos hinchas de Racing y, hasta que lo vendan a Europa, estamos emocionados con que el colombiano vista la albiceleste.

Después nos fuimos a almorzar. Allí le conté el proyecto de la revista y, sin querer, con enorme humildad, decidió sumarse. Me dio un mareo. Es casi como armar un partido de fútbol con los amigos del barrio y que, de repente, se presente Maradona y quiera jugar de siete. Ni siquiera de diez: de siete.

Antes del café, cuando ya todo lo mejor había pasado, le pregunté finalmente a Horacio aquello que había ido a preguntarle.

—¿Quién es —le dije— el historietista joven con mayor proyección?

Contestó rápido:

—De todos los que conozco, hay uno solo que no tiene techo, que crece sin parar —me contestó—. Se llama Jorge González. Vive en Cádiz.

Sonreí. Yo sabía dónde vivía Jorge, porque un mes antes lo habíamos invitado a participar (también a él) del primer ejemplar de la revista. Un día había caído un libro suyo a casa, Fueye, y estuve una semana sin poder dejar de odiarlo. Minuciosamente. Tuve la necesidad de llamarlo para que adaptara un cuento mío, y me había dicho que sí, y ya había empezado a trabajar.

Volví de Sitges en tren, cuando atardecía. En la puerta de la estación de Sant Celoni me esperaba Chiri, ansioso por saber si Horacio nos había aconsejado a algún buen elemento.

—No dijo nada que no supiéramos —le dije.

—¿Y entonces de qué te reís?

Lo miré fijo.

— Tenemos doce páginas inéditas de Altuna en el primer número de la revista —le dije sin énfasis.

No dijimos nada más durante el camino a casa.

Todavía hoy, y ya pasaron cuatro días, seguimos haciendo silencio sobre el asunto.

Por las dudas de que no sea verdad.

Hernán Casciari
Jueves 18 de noviembre, 2010

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373 comentarios La envidia del dibujo

  1. Gambit #372    4 febrero, 2011 a las 4:33 pm

    Que lo parió… Para mí la “sobremesa” del Chiri y vos, Hernán, duró hasta ahora. Soy un colgado, si no era por Espoiler (TV ¿?) seguía sin saber que arrancó de nuevo Orsai (¡encima hasta sacaron una revista y todo el show hdp!).

    En todo caso, un placer leerte de nuevo gordo puto (por no avisarme telepáticamente que volviste turro).

  2. Myrna Beard #370    23 diciembre, 2010 a las 11:21 pm

    Cada jueves sufro de piel de gallina, espasmos nerviosos, pequeños brotes sobre las sienes, me pellizco solita, salta mi almita loca, feliz y contenta, esto de la ecografia de la revis me tiene mal.. demasiada ansiedad lleva este cuenta gotas, me importan un carajo la navida y el año nuevo, he jurado permanecer con una activa sobriedad para poder leer sin ojos nublados tanta belleza, tanto arte, tanto amor, tanta espera.. y eso es mucho decir, a la sobriedad me refiero. Besos, abrazos como siempre!!

  3. MAE #368    7 diciembre, 2010 a las 2:32 pm

    Cada jueves sufro de piel de gallina, espasmos nerviosos, pequeños brotes sobre las sienes, me pellizco solita, salta mi almita loca, feliz y contenta, esto de la ecografia de la revis me tiene mal..
    demasiada ansiedad lleva este cuenta gotas, me importan un carajo la navida y el año nuevo, he jurado permanecer con una activa sobriedad para poder leer sin ojos nublados tanta belleza, tanto arte, tanto amor, tanta espera..
    y eso es mucho decir, a la sobriedad me refiero.
    Besos, abrazos como siempre!!

  4. Beatriz #367    5 diciembre, 2010 a las 11:47 pm

    Un saludo desde Santo Tomé, no la de Corrientes, la que todos conocen por los carnavales, la otra Santo Tomé, la aburrida, la de Santa Fe, la que está al otro lado del Salado chupada o meada por la capital, vaya uno a saber. Por suerte acá también estamos haciendo cola para cuando llegue ORSAI a El Arca del Sur que sigue coleccionando (por suerte) bichos raros que escriben, dibujan, hacen cine o música en esta llanura interminable.

  5. Monica #358    24 noviembre, 2010 a las 10:15 pm

    Yo les compré el libro de “El abrazo de Otto” a mis hijos porque entre otras cosa me encantaron las ilustraciones!! Uno tiene la impresion de poder tocar a los personajes del libro.

    Y ya que me animé a comentar … Hernán, muy bueno lo tuyo!!!

  6. Julián Chappa #355    24 noviembre, 2010 a las 7:51 pm

    Hernán:
    Sin conocerte personalmente (todavía), para mí -como creo que para muchísima gente más- sos un fenómeno. Una fábrica de sensaciones, de pilas, de energía positiva. Un tipo que nos hace soñar, pero nos hace soñar desde la más lúcida (y lúdica) de las vigilias.
    Vos decís que «Orsai» es más que una revista, es un proyecto. Yo creo que es mucho más que eso. Es el principio de un proyecto personal que se hizo colectivo espontáneamente. Un reguero de sinapsis mentales, «mind-mails» entre miles y miles de personas con ganas de que la realidad cambie. Pero cambie desde las microdecisiones de tipos como vos, inteligentes y decididos, no desde las grandes decisiones del Poder, al que no le interesamos más que como «consumidores».
    Gracias por el fuego, gordo. Todo mi apoyo, admiración y felicitaciones desde Baires.

  7. Esteban #354    24 noviembre, 2010 a las 5:16 pm

    La emigracion deberia verse como una expansion del pais tambien. No todo es negativo, porque cada persona que vive afuera de su pais es sin dudas un autentico embajador de su cultura. Y sin quererlo la difunde a todo su entorno, para bien o para mal, obvio.

  8. Federico Palacios #351    24 noviembre, 2010 a las 2:07 pm

    Vamós Claudita, como dijo hernan en la nota “Las pizas del Comequechu” Fracasar puede ser hermoso. Yo te apuesto una fichas, Vamós, no tenés nada que perder y a lo sumo, te podés llevar el Humi primera edición.