Las pizzas de Comequechu

Empecé a notar a Chiri decaído. El proyecto ya iba mejor de lo esperado, las pruebas de diseño eran hermosas, empezaban a llegar las primeras respuestas afirmativas de autores queridos, pero algo en su mirada no andaba bien. ¿Qué te ocurre, Christian Gustavo?, le pregunté los primeros días de octubre. (Lo llamo por sus dos nombres únicamente cuando intuyo problemas.) Nada, bolucedes mías —me dijo—, olvidáte. Armé un cuete y lo compartimos; esperé veinte minutos. Entonces, desbocado e inquieto, confesó.

—Mira, Tom —me dijo Chiri con acento castizo—. Así como están las cosas, todo me parece servido en bandeja, a la vida buena la tengo al alcance de la mano, y me resulta la mar de fastidioso no tener que preocuparme por nada. Además debo usar esos estúpidos zapatos, e ir a la iglesia los domingos, y la viuda no me deja silbar, ni fumar mi pipa en paz, y para maldecir a gusto tengo que esconderme en el establo… Hagamos una cosa, Tom; quédate tú con todo, y me das unos duros cada vez que sople el viento. Que no vale nada, Tom, lo que no nos cueste un poco conseguir.

Qué bien le pega el porro a este muchacho, pensé primero. Pero después me quedé suspendido en las misteriosas palabras de Chiri. Me estaba recitando uno de los últimos monólogos de Huckelberry Finn, el más bello del primer libro de Twain. En ese capítulo, Tom y Huck se encuentran con un baúl lleno de monedas de oro y dejan atrás las penurias. Se reparten el dinero y Huck, un chico de la calle, empieza a vivir bien y a pasarla mal. Odia su nueva vida, y empieza a extrañar la antigua sin triunfos, pero también sin ataduras.

—No entiendo —mentí. En realidad no quería entender.

—Nadie nos dice que no —enumeró Chiri—, nos vamos a Londres la semana que viene a hacer la tapa de la revista, la gente la quiere comprar sin saber qué carajo estamos haciendo, miro la grilla y no puedo creer que tengamos a esos autores, a esos ilustradores, no tenemos que pensar en quién nos va a comprar la contratapa para poder subsistir…

—¿Y eso es malo?

—No sé —me dijo—. Pero me puse a pensar en el último proyecto que hicimos juntos, en Mercedes. En la redacción de la calle Veintisiete, ¿te acordás? No teníamos nada, pero la pasábamos bien.

Chiri hablaba de El Domingo, un semanario que dirigí en los ’90 en donde él era, como ahora, jefe de redacción. El medio en sí mismo era hermoso, muy cuidado, pero teníamos gravísimos problemas de costos, por culpa de la publicidad que las empresas pautaban y después no pagaban. Todo nos costaba un esfuerzo tremendo. Nos quedábamos solos, muchas noches, haciendo corrección y escaneando fotos, componiendo, rearmando. Pedíamos comida a domicilio. Fumábamos como sapos. Al final, no pudimos pagar ni los sueldos del último mes (y lo peor era que los dibujantes, periodistas y fotógrafos eran amigos nuestros de toda la vida). Por supuesto, nos fundimos al año y medio.

Le dije, con un poco de desparpajo:

—Teníamos 25 años, Christian Gustavo. A esa edad el fracaso es maravilloso, es necesario, es útil. Si no fracasás a los 25, te crece una corbata a los 33 y a los 40 sos un tarado que usa arito en la oreja. Pero yo te aseguro que no hay nada, absolutamente nada en el ambiente de aquella redacción, en su mística, que no podamos repetir acá, ahora mismo.

—Estás en un punto peligroso —me dijo Chiri—. Estás empezando a creer demasiado en la billetera.

—Decime algo, cualquier cosa, que disfrutáramos en las noches de cierre de El Domingo que no podamos tener ahora. Te apuesto lo que quieras que no se te ocurre nada.

Me miró fijo, como si estuviéramos en un duelo con pistolas, en el farwest de los recuerdos mercedinos:

—Las pizzas de Comequechu —dijo.

Y me cagó.

Hablé varias veces de nuestro amigo Comequechu en este blog. Los lectores de siempre recordarán el último relato donde aparece, Los Dos Rulfos, en donde Chiri y yo descubrimos que teníamos que empezar a narrar del modo en que Comequechu contaba sus anécdotas.

Comequechu es —para nosotros, desde siempre— la persona que mejor cuenta mentiras en una sobremesa, pero ésa no es su magia principal: sobre todo, es el ser humano no nacido en Italia que cocina las mejores pizzas que comimos en la vida. Desde finales de los ’80 lo volvimos loco para que pusiera una pizzería y se llenara de plata. Lo convencimos en el 95.

En la misma época en que Chiri y yo escribíamos y diseñábamos El Domingo en Mercedes, Comequechu puso Pizzeria Exprés a seis cuadras de nuestra redacción. Al año, nosotros habíamos fundido el semanario, y Comequechu ya tenía sucursales de la pizzería en cuatro o cinco ciudades del Oeste. A los tres años, había llegado con sus pizzas a la meca turísitica argentina: Mar del Plata, donde todavía hoy funcionan varios locales, regenteados por su hermano y por su madre.

En la época de El Domingo, justo a la hora del cierre semanal de los sábados, teníamos como ritual pedir seis o siete pizzas a la piedra, de champiñones caramelizados, y dos packs de cerveza en lata. Cuando Comequechu cerraba su negocio las traía él mismo a la redacción y se quedaba con nosotros hasta que amanecía: leía los originales, armaba cuete, nos hacía reír en medio de las deudas y de la debacle del periódico.

Por eso la respuesta de Chiri fue devastadora. No me estaba pidiendo que consigamos a Umberto Eco para que escriba en el número uno de la revista. No me pedía un gramaje mayor para las páginas centrales. Ni que viajáramos a Kioto a hacer una crónica sobre prostitutas japonesas, ni que techáramos el patio con vidrio polarizado ahora que se vino el frío.

Me pedía una época imposible. Me pedía regresar a un tiempo y a un espacio en los que el aroma de la muzzarella, mezclado con el olor del tóner, nos trae —todavía hoy— un recuerdo de felicidad y de redacción y de contra reloj. Chiri pedía revivir los tiempos en que todo nos consumía un sacrificio espantoso, tiempos en los que no había doble corrección, ni viáticos para viajes, ni un estudio de diseño haciendo mil pruebas por minuto; una época en la que no había casi nada más que unas pizzas increíbles, calientes, esponjosas, al final de una mala noche.

—¿Eso te falta? —le pregunté a Chiri a principios de octubre— ¿Por eso estás con esa cara de orto desde ayer? ¿Por unas pizzas?

—No, boludo —me dijo—. Las pizzas son el símbolo. Me falta esa sensación extraña, ese estilo argentino de hacer las cosas: que todo salga mal y que no importe. El sufrimiento de hacer un medio y que nada funcione nunca, y que te chupe un huevo porque a la noche viene Comequechu y trae unas pizzas chorreando queso. Y se queda con nosotros y después nos vamos juntos a la imprenta, caminando, cagados de frío por la Veintinueve.

—¿Pero qué me querés decir con todo eso? —le pregunté al final de esa noche— ¿Que no querés hacer la revista?

—¡No, pajerto! Te quiero decir que no todas las cosas que nos hacen felices en un proyecto son, necesariamente, que salga bien el proyecto. Hay olores, hay sabores, hay gente sobre todo, que ya no pueden volver. Lo que te quiero explicar, Tom, es que no todo lo podés resolver con plata.

Me quedé pensando en eso.

A la mañana siguiente dos autores más nos dijeron que sí. Uno de ellos, incluso, se negó a cobrar su cuento exclusivo para la revista. Chiri llamó y dijo que llegaría tarde al patio, porque hacía mucho frío por la mañana.

(Un poco de razón tenía: a principios de septiembre, cuando armamos la redacción de la revista en el patio de casa y le juramos amor eterno a las palmeras y al jazmín, no éramos conscientes de que se venía el invierno. Acá hay unas fotos con buen tiempo. Cuando empezó octubre tuvimos una mañana de seis grados y vimos peligrar el proyecto entero. Yo estaba hablando con un autor por teléfono y se me agarrotaron los dedos; Chiri ya no podía prender la pipa por culpa del viento. Además, empezaba a llover seguido y se nos chamuscaban los originales.)

La mañana del 3 de octubre aproveché que Chiri no estaba y llamé por teléfono a Comequechu. Le pregunté si —de casualidad— no tenía ganas de poner una pizzería en Sant Celoni, preferiblemente a seis cuadras de casa. Le dije que yo le financiaba el asunto: alquiler de una casa, comprar un horno pizzero de 18 moldes, habilitaciones, una moto y una furgoneta para el delivery, sueldos de los empleados, etcétera.

—¿Por qué, Cayota, qué anda pasando? —me preguntó.

De toda la vida me dice Cayota, no sé por qué.

—Porque Chiri extraña la de champiñón caramelizada y el estilo argentino de las cosas.

—¿Están haciendo un diario, otra vez?

—Revista.

—¿Y cuándo habría que ir? —dijo entonces Comequechu.

Tres días después lo teníamos en casa, en un vuelo con escalas Buenos Aires-Madrid-Barcelona. Seis días después estaba haciendo la instalación eléctrica de la pizzería. Buscando muzzarella buena, que acá es difícil, probando harinas y pintando el frente.

El horno está viajando desde Mar del Plata mientras escribo esto, por avión, porque en España no hay hornos industriales de la marca Vicente; por eso acá las pizzas salen como salen. La casa que elegimos para la pizzería es amplia, antigua, hermosa, y tiene dos plantas.

Comequechu, en un guiño cómplice con Chiri, bautizó la pizzería con un nombre que nos recuerda que fracasar puede ser hermoso: Estilo Argentino, le puso. Cartel fileteado en la puerta, colores virando al bordó. Acá unas fotos.

Abajo está la cocina, inmensa, un recibidor y un patio grandote. Arriba estamos poniendo la redacción de la revista, para pasar el invierno. En el patio enorme de la planta baja, que tiene enredadera y muchas plantas, nos trasladaremos en verano con las máquinas.

No me queda claro si estamos haciendo una revista arriba de una pizzería, o si estamos haciendo una pizzería abajo de una revista. No importa, porque Comequechu ya está acá y se queda a la noche charlando con nosotros hasta que se nos hace de día. Ayer miércoles, a la noche, probamos sus pizzas otra vez después de muchos años, y les sacamos fotos para volantear folletos en el pueblo. Cristina, mi mujer, que es catalana y por eso nunca comió nada bueno, casi se pone a llorar cuando probó la cuatro quesos.

Chiri ya no está decaído. Incluso se habilitó una cuenta de twitter, que para él, que es del campo, es un paso enorme hacia el progreso. Uno de sus primeros mensajes al mundo fue éste, hace una semana:

@chiri_basilis: Además de Orsai Revista estamos haciendo una pizzería. No es joda. Es la pura verdad.

Ayer le pregunté, como al pasar, si le faltaba algo más para que estuviéramos cómodos.

—No Tom, todo en orden —me dijo, y prendió su pipa.

Hernán Casciari
Jueves 21 de octubre, 2010

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408 comentarios Las pizzas de Comequechu

  1. Lucas Laden #404    3 marzo, 2011 a las 8:23 pm

    Juaz, sigo riendo sin parar como lo debe estar haciendo el gordo sentado en el retrete. Repito: gaitas, ¡no entienden nada! no se tomen en serio nada porque si leen “España, alpiste” lo van a deportar a Casciari por subversivo. Lean, lean y lean y no tomen de pie juntillas todo lo que leen. ¿Gordo, las tortillas catalanas son de la hostia?

  2. Lucas Laden #403    3 marzo, 2011 a las 8:19 pm

    Jajajajaj leo algunos comentarios y no paro de reírme. Gallegos! no sean tan obvios, disimulen un poco. ¿Creerse las historias del gordo Casciari? ¿Y encima refunfunear porque “os ha engañado”? ¡Por favor! Es como creer que Aureliano Buendía era mi abuelo. Disfruten de la prosa maravillosa de un argentino brillante que ha cumplido con su cometido: que unos gilipollas se crean realmente lo que él escribe. Esa es la esencia del relato. Saludos fraternales desde esta inóspita argentina,