Léxicon 80

Hace poco rescaté de la basura una Léxicon 80 flamante y pesada. Había cuatro, esperando que pasara el camión de la basura, pero sólo me traje una para que Cristina no me tomara por loco. Si hubiera vivido solo me las traía a todas, porque la máquina de escribir es, de las cosas que no respiran, lo que más quiero en este mundo.

Pero sobre todo me fascina ésta, la Léxicon de Olivetti, porque reproduce los anhelos de mi infancia. Mil veces me levanté descalzo de una siesta y perseguí el ta-ca-tác que llegaba desde el comedor de Mercedes. Cuando tenía cuatro años no había maravilla más grande que mi papá sentado frente a su Léxicon, escribiéndole cartas a la Dirección General Impositiva.

Yo arrastraba una silla blanca y me trepaba para verlo. La fila de hormigas elegantes que aparecía en la hoja se detenía únicamente cuando él se mordía un labio; el de abajo. Y cuando levantaba las cejas volvía el sonido de la marcha: ta-ca-tác, ta-ca-tác… Lo que más me gustaba era que llegara al final de una línea, porque el mejor de todos los ruidos era el timbre del salto de carro: había que mover el rodillo o las hormigas se podían caer, desde la hoja hasta el suelo, y podía ser fatal.

En aquellos tiempos lo único que yo quería de mi vida era aprender ese arte; sentía que el artefacto —macizo, gris, y más que nada poderoso— era el mejor juguete que existía sobre la tierra. Y que saber usarlo por diversión sería, por lógica, el mejor de los juegos humanos.

Cristina esta semana —no sé por qué telepatía— puso la Léxicon huérfana que rescaté de la basura en un sitio privilegiado de la casa, así que ahora la miro todos los días. Y cada vez que lo hago, mi cabeza vuelve a Mercedes, a la época en que oía el traqueteo en el comedor, y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia por aprender a escribir.

Cuando yo tenía cuatro años me fascinaba que las personas grandes se quedaran en silencio frente a las hojas incómodas de La Nación, y que movieran los ojos para leer.

Una vez, solo en el baño, quise repetir el gesto adulto y entonces no me entretuve con los dibujos de Trudy ni los de Quintín García, sino con las letras indescifrables de los titulares. Las miré fijo, como si el proceso de leer no llegara desde la comprensión, sino de una postura determinada de los ojos —como los estereogramas que estuvieron de moda en los noventa—, pero no ocurrió ningún milagro.

Me concentré en una letra (entonces no sabía que se llamaba la jota) y pensé algo demasiado enfermizo: pensé que los mayores tampoco veían nada en aquellos garabatos, y que en realidad se burlaban de mí todo el tiempo para después, a solas, divertirse a costa de mi ingenuidad.

También supuse que crecer significaba que a determinada edad me dejarían ingresar al grupo de los chistosos, y que entonces yo estaría obligado a gastarle esa broma a mis propios hijos. Y que en eso consistía todo. Todo era, digamos, la vida y sus quehaceres.

Debo haberle roto mucho las bolas a Roberto para que me enseñara el truco; se lo debí haber implorado hasta con espanto, porque esa misma tarde apareció en casa un libro que se llamaba Upa, y al día siguiente, dos años antes de que empezara mi escuela primaria, mi papá usó la Léxicon 80 para enseñarme todo lo que sé.

Yo no sé si Roberto sabe que aquel año —1975— me divertí como un chancho. No sé si sabe que cuando yo tenía cuatro años buscaba un gesto en sus ojos, y que la curiosidad que yo tenía por aprender quedaba en desventaja frente a las ganas de que él hiciera el gesto de triunfo, que era el de levantar las cejas y decir “muy bien, negrito”, y después buscar en mi mamá, en los ojos de ella, la otra mitad de la gloria.

Yo aprendí a leer y escribir en el comedor de casa, mientras se freían las milanesas en la cocina. Roberto volvía de trabajar a las ocho. Y yo lo esperaba con el libro Upa en la mano, sentado frente a la Olivetti, para que me explicara más. Ninguna noche llegó tan cansado como para decir hoy no. Cuando él abría la puerta y dejaba el portafolios en el sillón, se encontraban dos grandes obsesiones: la mía por entender, y la suya por que entendiera.

Hace un rato acabo de responderle un mail, explicándole cómo hacer para encontrar un icono perdido del escaner, y cómo —usando el botón derecho— colocar el acceso directo en el escritorio. Y cada vez que le escribo estos trucos pelotudos de windows, siento que le estoy devolviendo un poco de lo que me dio en 1975. Pero no voy a equilibrar nunca, ni con mil tutoriales. Porque él, sin saberlo, me enseñó las dos cosas que todavía hago con más tenacidad: leer y escribir.

Ahora, que en el comedor de mi casa hay una Léxicon y también hay una hija, tengo delante de mis narices la única tarea fundamental de la paternidad: trasmitir pasión.

Y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia, esa alegría desbordada, como si otra vez tuviese cuatro años y las letras de la Olivetti fuesen garabatos por conquistar.

Hernán Casciari
Miércoles 7 de julio, 2004

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65 comentarios Léxicon 80

  1. Juan Pedro Mc Loughlin #64    5 agosto, 2012 a las 8:17 pm

    Leo esto en el 2012. Y me emociono.
    Porque una Olivetti me acompañó hasta que una hija adolescente se empeñó en que debía probar los beneficios de un procesar de textos. Está buenísimo,pero las hormigas no son las mismas, y falta la campanita que me envíe al renglón siguiente.
    Y eso de que los padres tenemos como tarea fundamental trasmitir pasión me llenó de alegría. Porque pensaba que poco le di a mis hijos en cuanto a posibilidades materiales, pero al leerte me sentí aliviado porque los veo hombres y mujeres jóvenes que tienen pasión por lo que han elegido. Mirá lo que puede hacer un artículo leìdo ocho años despuès. No se si leeràs este comentario. Pero, gracias Hernán.

  2. claudio #63    15 julio, 2004 a las 12:36 am

    Mi primera máquina de escribir / estaba llena de palabras pronunciadas/ pura dactilografía: / muy señor mío / de mi mayor consideración / sin otro
    particular / lo saluda atentamente / Cuando los hombres envejecen / no saben ni quién va ni quién se queda / bueno / ella se queda. Mi segunda
    máquina de escribir / era terrible / se enamoraba / por su cuenta / escribía cartas de
    amor / que yo no quería escribir / llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo / compartíamos el mismo domicilio / la misma bañera / por las
    dudas / la agregué a mi documento nacional de identidad / junto al grupo sanguíneo / en caso de accidente / había que avisarle a ella / antes que a nadie.

    El verano en que conocí a mi primera máquina de escribir / fue el gran siglo de mi vida / echesé ahí / le decía / paresé / cacha cacha / cuando me
    veía aparecer escribía muchas eñes seguidas / ññññññññññññññññ / yo no sé si ustedes vieron La pandilla salvaje / si yo hubiera sido William Holden / ella hubiera sido Ernest Borgnine / oh por supuesto que me hablaba / lo que no puedo saber es qué me decía: / k9fjum K&& l*mc RR12 z-Z .

    Señoras y señores / la máquina de escribir / es el gran deber del poeta / señoras y señores / el objetivo de su vida.

    ¿Una, dos, tres, cuántas máquinas forman parte de la vida de una persona? / con los lápices en cambio / no sucede lo mismo / se quiebran /
    desaparecen / Yo sin ir más lejos / el año pasado compré un par de zapatillas / una licuadora / un reloj despertador / máquina no / máquina tengo / como mujer / hija / cejas oscuras. Si sos incapaz de entrar al depósito de cadáveres / e identificarla / nada más que por el tacto / te has equivocado de oficio / lo siento / tenés que empezar de nuevo.

    Y ahora / querida / para despedirse / escríbale algo lindo / a Hernan: / k9fjumK&&l*mcRR12 z-Z.

  3. ULTRAMAN #62    11 julio, 2004 a las 3:27 am

    Me parecen que sus comenterios ticolas on un poco agos ya que yo nunca me he tiado ni chupado a uno de uds. Y si lo haria no fuera a los argentinos es que considero que es tan jodidos como para terminarlos de chigar con una chupadita que creo me caeria tan mal que aca en el futuro los analgicos estomacales son un poco cariñosos por lo demas todo esta bien.

  4. Hernán #60    10 julio, 2004 a las 12:50 am

    Yo tambie´n soy medio obsesivo con la respuesta de los instrumentos que usamos para escribir. Incluso a algunos les adjudico un porcentaje del éxito o fracaso de mis escritos.

    Por ejemplo: nunca me podrá salir bien un soneto con bolígrafo de punta fina (bic de carcasa amarilla, para los argentinos). Pero es posible que me salga muy bien con la Bic de carcasa azul.

    Y jamás podría escribir un buen cuento con un teclado demasiado celoso, o en extremo retobado.

    Hace un tiempo tengo una portátil cien veces mejor que esta PC en la que escribo Orsai, pero sigo siendo incapaz de redactar en ella, por esa falta de ductilidad del teclado.

  5. Caribé #59    10 julio, 2004 a las 12:37 am

    Tengo deformación profesional, Hernán: Me acosan intraducibles como usability, traceability, and so on.

    Pero no fue por eso que use responsividad, sino porque es la palabra que se ajusta exactamente a la sensación de aquel teclado: Más que una interacción mecánica parecía comunicación.

    No, Hernán, mi máquina de escribir no era de blanda condición ni condescendiente: Era adivina, cedía con un levísimo estallido sonoro en el momento exacto, ni antes ni después.

    No puedo explicar la sensación, pero con decirte que me costó acostumbrarme a los teclados de las PC’s.

    Mamá y yo peleamos por mi máquina poco tiempo, porque a ella alguien que se había cambiado a una AT le vendió su vieja XT. No pasamos a pelearnos por la PC: Yo seguí prefiriendo por un tiempo mi máquina, no me acostumbraba al teclado de la PC.

    Por supuesto, las comodidades de edición e impresión hacían una diferencia tan enorme que era imposible no cambiarse a la PC finalmente.

    Pero no sin un último lamento por cierta belleza que se va perdiendo. La casi infinita reproductibilidad de los nuevos “objetos” culturales, la obsolescencia de los nuevos objetos tecnológicos, y la creciente preeminencia en la industria del criterio tipo business sobre el amor al producto (por no decir amor al arte) nos están privando de algo que, para cuando nos vayamos a dar cuenta, ya será tarde.

  6. Hernán #58    9 julio, 2004 a las 8:31 am

    Caribé: la palabra “responsividad” me gusta, pero creo que hay algo en castellano para definir a los teclados con los que nos llevamos bien al tacto. Yo uso “sensibilidad”, pero tampoco es correcto. Sospecho que se dice “ductilidad”, siendo que la quinta acepción de “dúctil” es: “acomodadizo, de blanda condición, condescendiente.” ¿Qué te parece? A mí eso de blanda condición me parece que le cae como anillo al dedo.

  7. Caribé #57    8 julio, 2004 a las 10:09 pm

    Romu,
    que la nostalgia no es por el vinil,
    ni de va….

    La nostalgia es porque los discos que mi madre tenía en LP no se consiguen en CD.
    Los CD son mucho más mercenarios.

    Pero seguro que no ha de ser por el material.

    O tal vez sí.
    Tal vez el extremo a que la computación ha llevado la reproductibilidad de los objetos culturales seguro que influye en la calidad de lo que se reproduce.

    Eso amerita estudio.

  8. Caribé #56    8 julio, 2004 a las 10:02 pm

    Romu:
    Tienes toda la razón en cuanto a la mayor comodidad de la computadora y todo eso,
    y que corriges lo que quieres, y luego imprimes cuando ya todo está bien, etc…

    Pero nunca he vuelto a encontrar una letra (tipo, o como se dice en la PC, fuente)tan hermosa como la que tenía la máquina de escribir que me regalara mi padre cuando cumplí catorce años, tras descubrir que me gustaba escribir.

    Era eléctrica, pero con un diseño precioso, y muy ergonómica. La justa responsividad (si es un neologismo, lo siento) del teclado es algo que aún no he visto superado en ninguna computadora, junto con la elegancia del tipo.

    Además, tenía detalles como que algunas teclas repetían solas si las dejabas apretada, y que te permitía semiavances y semiretrocesos tanto de letra como de línea (de rodillo). Era realmente una preciosidad.

    Es. Aún está guardada en lo alto de un armario de Caracas, aunque ya hace mucho que nadie la usa (PC’s mediante). Consideraríamos un sacrilegio botarla.

    ¡Deespués de las veces que mamá y yo nos peleamos por esa máquina, por antojarnos de necesitarla en el mismo momento, … la boto a ella si se le ocurre botarla!

    Y también aprendí a leer con el periódico. Me sentaba en el regazo de mi padre cuando él leía y, quieras que no, tenía que enseñarme. Lo de “quieras que no” es meramente retórico, pues adoraba enseñarme todo lo que sabía, incluyendo algunas locuras. Antes de cumplir los cinco años ya leía casi de corrido, pero atascándome en las efes, porque no podía pronunciarlas.

    Eso sí, en cuanto aprendí a leer comprendiendo lo que leía -porque a los cuatro años se trataba más que todo de convertir signos en sonido-, papá me prohibió el periódico, en su afán de protegerme del mundo exterior.

    Como si se pudiera. Pero cuando lo pienso ahora me da todo un calorcito por dentro.
    Y una sonrisa.

  9. pecadora #55    8 julio, 2004 a las 8:17 pm

    Hernán:
    Tu texto, en especial algunos párrafos, rozan el parricidio. Supongo que les habrás avisado antes a tus viejos, por que sino los vas a matar de la emoción!

    Cristina, una genia. Eso de ponerle la Léxicon a Hernán, junto a la cama para que se tropiece con ella cuando se levanta, estuvo muy bien.
    Además, andar en pijamas por la calle y juntar cosas de la basura para traerlas a casa, puede encuadrar perfectamente en injurias graves como causal de divorcio.Asesorate Cris, mirá cuántos testigos tenés!

    Hablando en serio: me encantó eso de transmitir pasión a los hijos, menuda tarea!
    Á mí me gustaría acompañar a mi hija en ese camino de descubrimiento de su pasión!

    Cariños

  10. La Romu #54    8 julio, 2004 a las 7:55 pm

    Escuchame, Gustavo: yo también tengo música en mi historia. Uno de los primeros discos de rock que hubo en mi casa, fue Noticias del mundo, también de Queen.

    Hace unos años me lo compré en CD. Suena infinitamente mejor. Mi nene encima me carga, porque dice que me lo podría haber bajado junto a dieciocho discos más en mp3.

    O sea: la música forma parte de mi historia. Los dispositivos aparatosos, insuficientes, que fueron mejorados, no me dicen más que lo que fueron en sí. No he dejado nada mío adjunto en esas cosas viejas.

    Un beso grande.

  11. Diablita #53    8 julio, 2004 a las 3:18 pm

    Uy!! Los discos de vinilo!!!
    Me hicieron acordar al olor tan particular que tenían cuando se los despojaba del celofán aquellos importados, cuando por estas latitudes no se los conseguía tan fácilmente y se debía recurrir a los “piratas” que los entraban de sotamanga por la aduana corrupta.

    Romu:
    a los discos, para evitarles la fritura, yo les pasaba BLEM y una franela y, si no tenía ese producto a mano, los rociaba con perfume, esperaba a que se evaporara el alcohol y los frotaba con un paño.

    Éramos tan pobres!

  12. marinuchi #52    8 julio, 2004 a las 8:21 am

    Me hiciste lagrimear, mi papa tenia en su estudio las dos mejores cosas del pueblo/universo: una lexicon 80 y una ventana que daba a la plaza. Cuando salia de la escuela cruzaba la plaza y rogaba que mi papa estuviera todavia con clientes para que me dejara escribir en la maquina mientras lo esperaba. Que lindo.

  13. gustavo #51    8 julio, 2004 a las 7:43 am

    Romu (#13
    , #49
    , #53

    Por supuesto, nadie quiere volver a los discos de vinilo. Y en cuanto a la Olivetti, ¿vos pensás que Hernán está planeando escribir el proximo Orsai en la máquina, sacar 15.000 fotoduplicaciones, conseguir las direcciones de los lectores y enviarles el nuevo artículo por correo?

    No, nadie piensa que el Peugeot 404 es superior al Honda Element, ni que la batidora a mano es mejor que la multiprocesadora, ni que la maquina de escribir es mejor que la compu, ni que un disco de vinilo es mejor que un CD. Lo que pasa es que somos nostálgicos.

    La nostalgia no es muy racional (no conoce de los cálculos de costo / beneficio a los que hacés referencia) pero igual tiene razón. La nostalgia nos dice que la emoción que sentí en 1978 al comprar, digamos, el disco The Game (Queen), tapa plateada, sobre interno con minas en pelotas andando en bici, info de la banda, sacarlo del sobre con emoción, sentirle el olor al vinilo y al plastico, ver las fotos, sentir la púa abríéndose paso físicamente en el surco del disco… llamar por teléfono a un amigo para que venga a escucharlo conmigo… eso es incomparable (otro tanto con The Wall).

    Todos esos sabores, ruiditos, olores, de los discos, de las máquinas de escribir, íntimamente vinculados con momentos irrepetibles de la vida, nuestro pasado mismo perdido y disolviéndose, eso añoramos. Lo que fuimos, lo que perdimos, lo que murió.

    Ahora, si voy al club del trueque y quieren que entregue mi Pentium 4 (1 giga de ram) a cambio de una Olivetti, por más nostálgico que esté, obvio que minga.

    Yo por ejemplo tengo nostalgia del siglo V antes de cristo en Atenas. Solón, el nacimiento de la tragedia, Sócrates, todo eso. Ahora, si me ofrecen un pasaje en la máquina del tiempo, lo pienso varias veces. Mirá si caigo en el medio de una batalla con los espartanos? Mirá si me hacen esclavo? Mirá si sin quere profano el altar de un dios y me hacen puré? El siglo XXI es más práctico, cómodo y seguro. Pero la nostalgia es otra cosa.

    toy verborrágico hoy, toy