Los cinco críticos feroces

Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, tres. En las historias de la vida real quizás tres años suenen a poco, pero para una anécdota virtual tres años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino. Lo que voy a contar ocurrió en ese tiempo, en ese mundo.

A mediados de 2005 yo había terminado de escribir mi primera historia de ficción en un blog, y había comenzado la segunda. Sin buscarlo, las cosas estaban saliendo bien. En casa empezaba a sonar el teléfono: un par de editoriales europeas ofrecían dinero por mi novelita, algunas productoras de televisión me tanteaban para escribir guiones, etcétera. Impulsos suficientes para dejar de madrugar en la redacción de un diario por un sueldo fijo.

Con cautela, y sintiendo en la nuca los ojos asustados de Cristina, dije adiós al mundo real y me acomodé en el otro mundo, uno que se transita en pijama y sin apuros.

Fue entonces que empecé a tener demasiado tiempo libre. El tiempo libre y el trabajo online son una mezcla peligrosa: no sólo te deforman la columna vertebral y el culo, sino también la perspectiva de la realidad. De repente, los asuntos virtuales comienzan a parecerte importantes.

A mí me ocurrió la desdicha de darle trascendencia a cuestiones insignificantes el día que un grupo de cinco críticos, desde sus blogs, comenzaron a burlarse de mi obra, o de mí, con argumentos crueles y estrafalarios. Más tarde entendería que la exposición (aparecer en la prensa, publicar algún libro, tener lectores) es directamente proporcional al número de intelectuales que te desprecia, pero aquélla fue la primera vez que me pasaba y me costó mucho asimilarlo.

Ahora tengo más detractores que entonces —porque mi exposición es mayor—, pero esos primeros cinco consiguieron, más de una vez, empañarme el ánimo y lograron que me hiciera la peor de las preguntas: ¿No tendrán ellos razón?

Ninguno de los cinco críticos portaba un curriculum que los avalara, ni una obra (buena o mala) desde la que posicionarse para agredirme, pero contaban con algo más importante, algo que me dolía. Tenían una edad parecida a la mía, unos gustos semejantes a los míos y una idéntica nacionalidad. Por esas tristes razones me fijé en ellos y leí cada una de las cosas horribles que decían sobre el lugar espantoso que ocupaba yo en sus corazones.

Me odiaban, tuve que asumirlo de entrada. Lo que yo escribía les parecía basura, algo todavía más horrible que literatura menor: les parecía puro marketing disfrazado de palabritas.

Llegaron a elaborar una teoría increíble sobre lo que ellos llamaban mi éxito: según sus estudios yo no tenía muchos lectores, sino un sistema informático con el que engañaba a los medidores de audiencia de Internet. Luego esos medidores engañaban a la prensa, y la prensa me hacía entrevistas creyendo que alguien me leía. Los comentarios, todos o la gran mayoría, los hacía yo mismo adoptando diferentes apodos.

Lo que les preocupaba era ver muchos comentarios en mis textos. Más que mi prosa, les producía resquemor que alguien me leyera. En sus cuadernos virtuales debatían sobre mis miserias y estrategias. Decían que preferían mil veces que nadie los leyera, a que los leyera la clase de gente que me leía a mí. Odiaban a mis lectores, la simpleza, la poca exigencia literaria de mis lectores. Una de las frases más recurrentes que usaban para despreciar mi escritura era ésta: escribe lo que sus lectores esperan leer.

Estaban obsesionados conmigo y, esto es lo peor, yo también con ellos, en silencio.

Un par de veces les escribí cartas privadas, explicándoles la confusión: les dije que yo era uno más, que me gustaba la misma música que a ellos, que leía los mismos libros; les aconsejé que intentaran generar una obra en línea, una obra literaria o por lo menos creativa, en lugar de hablar mal de otras personas; les señalé que se les iba toda la energía en eso.

(No les confesé que también se iba la mía, mi energía, leyéndolos, porque quizá ese dato los habría alentado a seguir.)

Hice lo posible para calmarles la rabia, pero no hubo caso; ellos eran felices de ese modo, poniéndose en una vereda distinta y haciendo puntería conmigo. Uno de los cinco publicó partes de mi correo privado, hizo alarde de remitente, se burló en público de mi fragilidad. Entendí que me había equivocado al escribirles, supe que hay una clase de gente que cree que ha triunfado cuando el objeto de su odio le habla con serenidad.

En esa época la desgracia quiso que una cadena alemana de televisión eligiera mi blog como el mejor del mundo. ¡Para qué! Se pusieron como locos y me odiaron muchísimo más que antes, escribieron con doble filo, se ensañaron con más ahínco y elucubraron nuevas teorías sobre mis estrategias de marketing, unas teorías increíbles en las que yo le succionaba la poronga a gente de Berlín a cambio de favores y medallas.

A esas alturas yo ya creía vislumbrar que el odio que me profesaban los cinco críticos no tenía nada que ver con mi obra, sino con otra cosa. Algo más salvaje, más incontrolable. Uno de ellos llegó a escribir, públicamente, que tenía muchas ganas de cagarme a trompadas, y que solamente me salvaba de sus puños el hecho de que viviera lejos. Los otros le rieron la gracia.

Una persona normal se habría desentendido más rápido. Yo mismo, ahora, puedo hacerlo, no me cuesta nada. Pero entonces era la primera vez que me ocurría y no había manera de pasarlos por alto. Por la mañana abría el Clarín, leía lo que pasaba en Argentina, y después, como un autómata, revisaba los blogs de mis cinco críticos, a ver qué nueva barbaridad habían dicho sobre mí.

Entonces, una tarde, pasó algo increíble. Algo que me salvó para siempre de las críticas ajenas, un hecho involuntario y azaroso que me sirvió para quitarme de encima la obsesión, y que me servirá siempre, siempre, como recordatorio.

Lo que pasó es que una tarde, una tarde rocambolesca de hace ahora tres años, en el blog de uno de ellos apareció un texto mío que se llama La verdadera edad de los países.

El dueño del blog, uno de mis cinco feroces detractores, había recibido un mail en cadena con un cuentito de autor anónimo. Un cuentito que lo maravilló y que, con grandes alabanzas, publicó completo.

Los otros cuatro amigos leyeron la entrada y también dejaron sus comentarios sobre el texto anónimo. Impresionante, escribió uno de ellos. Los demás lo secundaron con adjetivos similares. Estaban encantados con el descubrimiento, con el arte “popular y espontáneo” que se genera en internet, con “la fina ironía que trasunta el texto” y con la reputísima madre que los parió.

Dejé pasar unas horas, para ver si se daban cuenta solos del resbalón, pero como sus blogs no tenían más lectores que ellos mismos, nadie les avisó.

Siguieron los cinco conversando sobre el tema, congratulados y felices del hallazgo. Por la noche dejé mi primer y único comentario en uno de sus cuadernos. Les puse: “Cuando descubran al autor se van a querer matar”. No firmé el mensaje.

Imagino que habrán buscado en Google la primera frase del texto, y que habrán dado enseguida con su autor. Imagino la vergüenza callada de mis cinco críticos feroces, que se habían convertido sin querer en cinco lectores más, en cinco lectores corrientes que gustan de leer cuentitos simples.

Después de aquello no hablaron más de mí. Meses más tarde sus blogs empezaron, de a poco, a mejorar.

Hernán Casciari
Martes 16 de septiembre, 2008

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312 comentarios Los cinco críticos feroces

  1. santiago caneda #312    25 septiembre, 2008 a las 4:56 pm

    la verdad que muy bueno tu blog, lo conocí hace poco, y ya soy como un fan más, soy como colón, que se siente importante por descubrir algo que ya estaba descubierto hace rato. (lo saqué de los simpson si)

    y bueno a parte de felicitarte, yo también vivo en españa, y si se siente esa falta de productos argentinos, vos te diste cuenta que la sprite no sabe igual ? sabe a gaseosa berreta del chino.

    saludos

  2. Gallega pero Limpita #311    25 septiembre, 2008 a las 4:44 am

    Hernan, yo hice lo que no hicieron esos 5 pelotudos. Me llegó lo de la edad de los paises sin autor. Automáticamente copié el primer párrafo en el buscador de Google y te encontré. De ahí en mas no pude parar nunca de leerte. Estuve una semana a “adoctrinando” a todos mis amigos respecto de tu blog, y me sentí feliz de haber encontrado el relato de La Tarántula, ya que nos hizo reir durante varios días a todos (me resultaba bastante difícil encontrar gente de nuestra edad que se acordara de ese álbum, salvo por mis compañeros del colegio). Yo me engancho con todo lo que escribís y aunque ésto de los 5 pelotudos no fuera cierto, me sigue pareciendo espectacular, y me alegra que hayas seguido adelante. SOS UN MAESTRO. Un beso enorme.

  3. URUGUAYA #309    25 septiembre, 2008 a las 2:30 am

    Sr. Casciari pido permiso a usted para dirigirme al señor 171.
    Estimado 171: con el mayor de los respetos me dirijo a ud. porque me gustaría saber donde se forma usted como escritor para no concurrir a dicha escuela, ya que no le enseñaron las reglas básicas de la ortografía.
    En cuanto al resto de su comentario: coincido con usted en que los comentarios del tipo”pri” no aportan mucho y solamente ocupan lugar al pedo, pero un escritor no debe, ni puede, REVER a sus lectores (frase que no se entiende muy bien, pero que seguramente usted va a saber interpretar).
    En mi tierra los escritores no reven, escriben para todo el pueblo, aunque algunos solo les dejen comentarios con la palabra(?) “pri”, la cual a ambos nos desagrada.
    Un saludo para todos desde la tierra socialista de Mario Benedetti.

  4. Utopía #307    24 septiembre, 2008 a las 10:08 am

    Te leo intermitentemente, este es el primer comentario que dejo. Te descubrí gracias al Principito, un hombre mágico y terrenal del que vivo enamorada.

    Hoy me decido a dejar un comentario porque justamente hace poco recibí una burla (que no crítica) de mi blog y me dolió muchísimo. Ya después me sentí bastante tonta por haber permitido que me afectara tanto.

    Al final, creo que uno escribe más por la necesidad de escribir que por la necesidad de ser leído.

    Conservaré siempre en la memoria esta maravillosa anécdota.

    Gracias por seguir escribiendo.

  5. eugenia #306    24 septiembre, 2008 a las 6:26 am

    Estimado 175 o #293 Claudio Carraud:
    El 175 lo puse como ejemplo, para nada quise ofenderlo! Bueno, ahora fui a ver el 175 y estuve media hora buscando el comentario original – el que habría recibido buena respuesta – pero no lo encontré.
    Este blog es una jungla.

  6. simonbak #304    24 septiembre, 2008 a las 2:07 am

    Hola de vuelta,disculpame que rompa las bolas una vez mas,soy tu futuro socio de el mail anterior,me olvide de mencionar algo vital para que aceptes mi propuesta integral.Soy De Racing papa!!!!!

  7. simonbak #302    24 septiembre, 2008 a las 1:46 am

    Hola Hernan espero leas los comentarios por que odio escribir al pedo.
    Bueno este es mi segundo comentario en tu blog,y lo hago por un interes economico o lease un curro que se me ocurrio leyendo comentarios de tu ultimo cuento.
    Me refiero especificamente al comentario 303 de Olga que anexa un articulo que los españoles en un 57% (bocha de gaitas) desearian hablar con tonada argenta.Si tenes aunque sea un minimo espacio fisico en tu piso(lavadero,balcon,dependencia)necesitaria alojamiento hasta que funcione el negocio….
    Damos un curso intensivo de tonada,le sumamos algo de lunfardo,y quizas clases de tango.Tambien en un futuro no muy lejano agregariamos supervivencia economica aunque no les haga falta nadie sabe que depara el futuro por lo que tener un minimo entrenamiento no vendria mal para epocas de vacas flacas.
    Que opinas Hernan? Sera viable? Te ofrezco una sociedad,pensatelo sabes?
    Te quiero como a un amigo (aunque te conozco de aca y hace poco)
    Un abrazo desde Argentina!!!!!!!!Mandame un mail.

  8. Olga #301    23 septiembre, 2008 a las 7:24 pm

    h.
    parece que se confirma…

    Furor por la tonada argentina
    lunes 22 de septiembre, 9:26 PM
    Por Silivia Pisani
    Corresponsal en España
    MADRID.- Parece que, en el fondo, el español lleva un argentino adentro. Así se deduce de una encuesta conocida hoy según la cual al 57 por ciento de los españoles le gustaría hablar “con acento argentino”.

    La encuesta fue realizada por la empresa Spinvox, especializada en la conversión de mensajes de voz a texto. Y, en los hechos, parece confirmar impresiones que se advierten en la península, donde es frecuente escuchar a los españoles frases como “me encanta cómo habláis los argentinos”.

    La encuesta sondeó la opinión de 1602 españoles sobre sus preferencias con los acentos. Y allí se supo que, si bien la mayoría de los consultados dijo estar “feliz” con su acento, en el caso de cambiar, más de la mitad afirmó que se inclinaría por el deje de nuestro país.

    El 16 por ciento, en cambio, dijo que pediría un acento mexicano. Luego siguen los dejes de Venezuela y de Colombia, con un 10 y un 8 por ciento, respectivamente.

    El sondeo es, también, una muestra del afecto que aquí se le tiene a la Argentina, y que se palpa a diario; con una corriente de simpatía que está muy por encima de los ruidos que, en los últimos meses, se viene produciendo en el campo político y en el empresarial.
    http://ar.news.yahoo.com/s/22092008/59/n-world-1052514-furor-tonada-argentina.html