Los cuatro albañiles

Durante mi primera suplencia periodística me hicieron trabajar en verano, pero no me podía concentrar. Frente al diario estaban construyendo un edificio, y desde temprano había cuatro albañiles subidos a algo, martillando o agujereando cosas. Como el ruido me molestaba y la redacción estaba sin jefes, yo miraba mucho a los albañiles. Había uno gordo, uno joven, uno flaco y uno viejo. Los observaba sobre todo cuando pasaban por allí las mujeres, que es siempre un momento cumbre en la vida del albañil.

Al divisar la presencia de una mujer por la vereda, los albañiles detenían el estruendo del cortafrío, o de la agujereadora, y se quedaban quietos. Si estaban almorzando, o descansaban del yugo, dejaban de masticar y de conversar y de reír. La mujer pasaba, entonces, y ellos se levantaban un poco el casco. En medio del silencio que ellos mismos habían provocado, miraban con desparpajo a la mujer y enseguida ocurría algo sorprendente.

Cuando la mujer estaba exactamente en el centro de sus miradas, entre el venir y el irse, justo entonces, uno de ellos la llamaba con un silbido largo. Se trataba de un sonido agudo, inútil y potente, como si alertaran a un perro sordo sobre la inminencia de una camioneta.

A veces también decían alguna cosa que comenzaba siempre con el verbo «venir» en la segunda forma del imperativo. Vení mamita, por ejemplo. O vení que te voy a hacer tal cosa y tal otra. Pero esto sólo ocurría muy temprano, cuando no estaban agotados de cincelar y de martillar. Los días nublados utilizaban también la palabra baba, y diferentes combinaciones del verbo chupar. Pero a última hora de las tardes calurosas, cuando el sol les había pegado de lleno y ya tenían la garganta seca, sólo utilizan el silbido, que era —creía yo— una abreviatura de todo lo que querían decir y no podían.

Lo que quedaba claro, por lo menos a mí que los había observado días enteros durante la suplencia mortífera, es que el silbido era una invitación para que la mujer ingresara por la puerta de rejas verdes y pasara un rato junto a ellos, en la obra en construcción. El silbido era, sin dudas, una convocatoria.

El último viernes de mi labor en el diario se cortó la luz y nos quedamos sin aire acondicionado y con poco trabajo que hacer. Me animé entonces a cruzar la calle y, con la típica desfachatez del estudiante de periodismo, le pregunté a uno de los trabajadores, al más flaco de los cuatro, qué haría él si por casualidad la mujer silbada, cualquier mujer entre las tantas que pasaban, en lugar de seguir su camino, indiferente al llamado, se diera la vuelta y, efectivamente, entrase a la obra.

No precisó meditarlo mucho el obrero, ni darle vueltas a la cuestión. Tenía la respuesta en la punta de la lengua:

—Le damos entre todos —dijo el albañil flaco.

—¿Le dan qué? —quise saber.

—¡Qué va a ser! —exclamó el albañil más joven, y complementó la idea con el gesto de fornicar el aire con las manos.

Rieron.

—¿Los cuatro, le dan? —me sorprendí.

—Claro —certificó el albañil más gordo, uniéndose— ¡si entra, le damos! ¿O si no para qué entra?

Sospeché por un momento que me estaban tomando el pelo.

—A ver si entiendo —dije—. Ustedes llaman a una mujer que no conocen de nada, a una mujer que está pasando por aquí de casualidad. La llaman, además, por medio de un silbido.

—Correcto, señor.

—La mujer acude al llamado —continué—, traspasa aquella valla de protección, esquiva la mezcladora, se acerca sin temor para conocer el motivo de la llamada y entonces ustedes…

—Le damos —dijo el más gordo.

Éste no hizo el gesto de fornicar el aire, como el joven, sino que cerró el puño y lo movió varias veces, como si se estuviera clavando una escarpia en el pecho, o zamarreando de los pelos a una criatura invisible.

—¿La violan, quieren decir?

—Entre los cuatro, señor —puntualizó el más joven, que sí repitió el gesto corporal y provocó otra vez las risas.

—Violar, violar… Dicho así queda feo —matizó el albañil más viejo, que hasta entonces había permanecido al margen—. Usted en realidad les está haciendo a los muchachos una pregunta tramposa.

Me interesé. El albañil viejo se dio cuenta que había logrado seducirme con su respuesta serena, más moderada que las del resto, y me puso una mano sobre el hombro. Habló con la misma cadencia que usan los hombres de campo cuando están a punto de decir algo sobre pájaros:

—La hembra no responde al chiflido, compañero —dijo—. Nunca.

Los otros tres asintieron en silencio.

—Yo empecé como aprendiz de obra en el año cincuenta y dos —continuó el viejo—, y desde esa época las chiflo a todas. No me importa que sean vistosas o bagres, ni que sean gordas, ni que sean viejas. Mire usted: yo debo de haber chiflado… —hizo una larga suma en el aire, entrecerrando los ojos—, debo de haber chiflado a un millón doscientas mil mujeres, por abajo de las patas. Y no es solamente que nunca vino ni una: ni siquiera dan vuelta la cabeza para ver quién llama. ¡Nada! Y no es indiferencia, ojo; es que no perciben el chiflido humano. ¿Vio que el perro oye un silbato especial que el cristiano no oye? Con las mujeres pasa lo mismo. Pero a la inversa.

—¿Y para qué les silban, entonces? —insistí— Yo trabajo ahí enfrente, en el primer piso, en aquella ventana. Y los veo a ustedes silbar siempre que pasa una mujer. ¿Para qué las silban, si no vienen?

—Para que vengan, así le damos —repitió de nuevo el más joven, con puesta en escena incluida, y todos rieron otra vez.

En ese momento (y esto fue muy impresionante) dejaron de reírse todos a un tiempo y miraron hacia la esquina vacía. Los cuatro, al unísono, se pusieron en posición de alerta y de perfil, como en una coreografía ensayada la noche anterior. Si hubieran tenido agua hasta el cuello habría creído que eran nadadoras sincronizadas.

Uno de ellos, el gordo, presagió muy concentrado:

—Rubia. Unos treinta años.

Otro, el flaco, aguzó el oído y dio más detalles:

—Buenas tetas, complexión mediana.

Yo no escuchaba nada más que las bocinas de los coches. El viejo cerró los ojos para concentrarse mejor, apretó los labios y negó:

—Tetas sí, pero no rubia: morocha teñida.

Entonces, sólo entonces, yo también comencé a escuchar el sonido levísimo de un taconeo, desde la izquierda, y diez segundos más tarde, efectivamente, dobló hacia nosotros una mujer rubia, bien proporcionada, de unos treinta o treinta y cinco años de edad.

Los cuatro albañiles actuaron como era su costumbre: usaron el silbido llamador y los verbos venir y chupar en diferentes variaciones, siempre en la segunda del imperativo. Hicieron lo de siempre, con la diferencia de que, esta vez, yo no los observaba desde la abstracción de mi oficina sino que estaba con ellos, era uno más, y quizás por eso sus silbidos y propuestas me turbaron. La posibilidad de que la mujer creyera que yo también participaba del petitorio, del llamado, me hizo sonrojar y bajar la mirada al suelo.

Después de silbarla y llamarla en vano, los cuatro obreros se quedaron mirando el culo de la mujer hasta que desapareció detrás de una marquesina. Sólo entonces recordaron que yo estaba allí, y volvieron a prestarme atención.

—Qué va a ser… Así es la cosa —dijo el albañil gordo, con el mismo tono de aceptación resignada de un pescador al que se le ha escapado otro pez imposible.

—Ésta tampoco quiso entrar —acoté yo, con un poco de maldad, para ocultar mi vergüenza, que no era vergüenza ajena y por eso me dolía.

—Pero si entraba le dábamos —dijo el albañil flaco, aunque esta vez nadie hizo gestos de fornicación ni tampoco hubo risas.

Pasó una ambulancia y comenzó a caer la tarde. Nos quedamos los cinco en silencio, y yo pensé que quizá no decían toda la verdad, que quizás mentían. No adrede, sino con la intención, involuntaria, de salvarse de un destino lejano que no les correspondía.

Pensé que, tal vez, el más joven de los albañiles silbaba a las mujeres porque, al llegar a la obra el primer día, los otros ya tenían esa misma costumbre. Y pensé que quizás el viejo silbaba a las mujeres porque en el año cincuenta y dos, cuando era tan sólo un aprendiz, los oficiales de obra ya también silbaban a las mujeres. Me dio por pensar que ninguno de los cuatro sabría qué hacer si, un día, una mujer respondía el llamado milenario.

—Lo de ustedes es un acto reflejo —dije, como si pensara en voz alta—, es un gesto sin esperanza… Un mecanismo que no tiene sentido.

Se quedaron callados los cuatro.

El viejo bajó la vista. El más joven dejó de sonreír. El flaco dio media vuelta y se quedó de espaldas a mí, mirando una montaña de ceresita. Tan pronto como acabé de decir aquello, me arrepentí de haber hablado de ese modo, y también me arrepentí de haber salido de mi oficina y de haber cruzado la calle para hacer preguntas. ¿Qué me importaba a mí la vida de esa gente?

—Mire señor —me dijo entonces el albañil gordo, y yo levanté la vista y lo miré a los ojos—: cuando el trabajador de la construcción le chifla a una mujer, siempre hay esperanza. Siempre esperamos que la mujer se dé la vuelta y venga un rato, o que por lo menos se dé la vuelta y nos mire. Hace siglos que las estamos llamando, no es de ahora. ¿Ellas qué saben si es para darles, como dice Pedro, o si es porque se les cayó la bufanda al suelo y se la queremos devolver? ¿Ellas qué saben? Un trabajador que chifla siempre espera que la mujer se dé la vuelta y lo mire a los ojos… Siempre espera… Porque, mire —y señaló la silueta de la ciudad, abarrotada de cemento—, mire todo esto, señor, mire esta ciudad: si no tuviéramos esperanza, si todo fuera porque sí, ¿usted cree que habría tantos edificios terminados?

Hernán Casciari
Jueves 9 de agosto, 2007

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178 comentarios Los cuatro albañiles

  1. Martín Estévez #178    20 junio, 2016 a las 6:47 am

    Me parece que hay muchas lecturas posibles.

    Una, la superficial, puede tomarse como una justificación a los chiflidos. Esa lectura sacaría mi feminismo afuera para remarcar que las groserías de cualquier hombre a cualquier mujer (ni hablar cuando una chica de 15 años pasa caminando y cinco hombres de 40 le gritan que chupe algo) son una forma innegable de violencia de género.

    Otra lectura, un poquito más analítica, permite pensar el texto como una oda a la esperanza, generada incluso desde un lugar incómodo y polémico.

    La opción que más me gusta (y la que más deseo que Hernán haya intentado) es que el texto sea una poética denuncia a la sociedad: si existe la violencia de género, la grosería, la falta de respeto, es porque antes de ese hecho ocurre otro, en donde existe una violencia de clase, una grosería y una falta de respeto contra tipos que tienen que laburar 10 horas por día para levantar edificios que serán de otros y que, pese a ese trabajo tan maravilloso, por la forma en la que está configurada la sociedad, no pueden aspirar a una rubia tetona de 1,75 que camine con tacos.

    Sé que la tercera opción es muy pretenciosa y que el gordo no suele explicar sus textos, pero prefiero irme a dormir pensando que nos quiso decir algo parecido a eso. Especialmente, porque esos obreros tienen la esperanza de que un día una mujer se frene. Especialmente, porque esos obreros tienen la esperanza de que un día, toda la situación, toda la estructura del sistema, cambie.

  2. FRan #177    17 agosto, 2007 a las 5:22 pm

    Maravilloso, Hernán!
    Siempre la proporción justa entre la risa y la reflexión…
    Te admiro mucho!!

    A pesar de todo… concuerdo con el cuidador del zoo, y por tanto, con Nietzsche… maldita esperanza

    Y acompaño a mafaldita en el sentimiento. Por favor, “B”

    Saludos

  3. sheexynini #175    17 agosto, 2007 a las 10:13 am

    Mio congratulazioni,
    voi ottenuto particolare luogo xD
    Ci era un alberino e un autore volonta ottenuto faccia corsi .
    Tante teorico orientamento corsi di formazione gratuiti le per pittura dall project lomba
    rdia giovani corsi di formazione gratuiti.
    Hm.. Noi desideri fermo fresco luoghi di corsi computer.
    Congettura, ricerca alcuni :-/

  4. Pablo #174    17 agosto, 2007 a las 1:31 am

    Jajaja nunca lo había visto así, esa duda también me agobio alguna vez pero esta respuesta, me hace entender no solo a esa pregunta. Gracias otra vez, por ser el asesino de mi tiempo libre. Cuidate!

  5. El Cuidador del Zoo #172    16 agosto, 2007 a las 11:22 pm

    Y pensar que la culpa de todo la tiene la caja de pandora, que al mismo tiempo es lo que los obsesiona, no?.
    Maldita esperanza, nietzche tenia razón.-

  6. omshiva #171    16 agosto, 2007 a las 10:48 pm

    cuando era pendeja, hace tropecientos años, era muy flaca y cada vez que pasaba por alguna obra ellos me gritaban: “Mamita, vení que regalamos un ancla antes de que te vueles”. Me daba mucha vergüenza pero cuando llegaba a la esquina, me cagaba de risa. Desde que llevo mas de 20 años en España ya no se escuchan piropos como aquellos, no para mi que aunque tengo casi 45 estoy de buen ver sino que tampoco se los dedican a las chavalas. Cosas de la vida. Bienvenido Hernán, se te echaba de menos

  7. Helena #170    16 agosto, 2007 a las 7:42 pm

    Iba a comentar sobre las particularidades de los piropos de los paleta barceloneses pero me inhibió un poco la propuesta de la comentarista anterior 😉
    En realidad la particularidad es que te piropean en árabe pakistaní… esa es original, no?

  8. M~ #169    16 agosto, 2007 a las 6:11 pm

    A mi me han dicho muchas cosas; desde “Con ese bote, cadena perpetua ssssss” hasta “Mamacita, me gustaría ser ese pantaloncito “. Pero bueno, gracias a ellos no vivimos bajo los arboles.

    Hernán, sería un gustazo poder conocer a un tipazo como tú. Enserio, eres mi escritor favorito desplazando a grandes como Wilde.

    Nina se parece mucho a tí.

    Saludos 🙂

  9. Juan #168    16 agosto, 2007 a las 8:08 am

    Se lo extrañaba, que bueno que ha vuelto.
    En un escritor tan autoconciente, es deliberado el cambio de estilo? O me pareció a mí. El nivel es excelente, pero parece escrito por otro.

    Saludos

  10. Kirk534 #162    15 agosto, 2007 a las 6:32 pm

    Que pasará en el futuro con los silbadores de minas? Le podés preguntar a tu tataranieto Wuong? Por cierto, hace mucho que no sabemos de él. Seguro que está filmando con el tataranieto de Wong Kar Wai.
    Grande como siempre maestro!

  11. Gabs #161    15 agosto, 2007 a las 12:58 am

    Hola Hernan, ahora vivo en CA, donde si te dicen algo por la calle los podes denunciar…Eso yo no lo sabia cuando llegue y como no me decian nada pense que estaba hecha un bagarto…En mi primera visita a la Argentina pase por una obra en construccion junto a mi marido. Los obreros empezaron “che, callense que viene mi mujer”…y “larga al barbeta y venite con nosotros”…Creo que antes hubiera seguido caminando, ignorandolos por completo. Pero en ese momento, me di vuelta y les sonrei. Me falto poco para no darles las gracias…

  12. YOPOLSASTRE #160    15 agosto, 2007 a las 12:15 am

    Chalero solitario:
    – despues de decirles a todos q no contesten, te gastas en contestarme.
    – postee solamente para q pelotudos como vos salten la bronca y no vean realmente las cosas.
    – y con ese “apodo” de chalero no creo que tengas cabeza para mucho mas que para decir las boludeces q decis ni mucho menos para ver lo que digo.
    – obvio q no leiste nada de Dotoievsky ni de Shakespeare… solo venis a flog pelotudos como este.

    Comentario Nº 149
    Dice El Chalero Solitario:
    Teo (109), Mariana (141), y todos los demás: No se molesten en contestarle al idiota de Yopoldesastre (81). Se trata de esa gente que escribe porque todavía no se inventó el Impuesto al Pelotudo. Si Shakespeare tuviese un blog, seguro que le escribiría diciendo que la vida la da y la quita dios únicamente, por lo cual sería conveniente que Romeo y Julieta no se suiciden nada. Que Romeo comience terapia y que Julieta se vuelva alcohólica y gorda. También acusaría a Dostoievski de apología del delito, así que el argumento corregido sería que un estudiante pobre pide un préstamo a una vieja y que ésta se lo da. Y ahí termina la novela. Que alguno le avise que no estamos en ninguna sesión legislativa, que solamente estamos hablando de literatura. Que es todo mentira. Que en el teatro luego los muertos se levantan y se van a tomar una birra, que nadie mata a nadie. A ver si todavía este energúmeno saca una 45 y comienza a hacer justicia por mano propia. Un abrazo enorme Hernán; inmejorable, como siempre.

  13. mafaldita #159    14 agosto, 2007 a las 10:41 pm

    ruego, pido, per favore…sil”B”ar…con “b” larga… me arrugo toda cada vez que alguien lo escribe con “v”…..
    pero sigan comentando…son casi tan entretenidos como “orsai” mismo

  14. mary #158    14 agosto, 2007 a las 9:16 pm

    Son iguales en todas partes Hernán, en mi clase de derecho definieron actividad riesgosa entre otras: la explotación de minas, canteras, yacimientos de petróleo y cruzar una calle adaptada artesanalmente por unos obreros para jugar “el picadito” de futbol al medio dia.
    Delicioso verte a las letras nuevamente!!!

  15. Octavio #157    14 agosto, 2007 a las 7:13 pm

    Sos una rara mezcla de Alejandro Dolina + unamigo de la infancia.
    Excelente. Aprovecho para recomendarte un libro: “La mujer justa” de Sandor Marai. Obligación que lo leas. Lo vas a disfrutar como pocos.

  16. mariaM #155    14 agosto, 2007 a las 1:24 pm

    Muy bueno Hernan,recuerdo que cuando vivia en Argentina, si un dia no me decian un piropo,pensaba,”hoy estoy fea’,ahora vivo en California y jamas,pero jamas,nadie te dice un piropo, y eso se extrana;Para el comentario #62, el que me mas me gusta de Hernan es,Mi mas sentido zaping,genial, y para el# 81, Mudate a otro blog

  17. milhouse #153    14 agosto, 2007 a las 4:48 am

    Muy bueno.
    Pero lo de “complexión mediana” se te fue de registro. A menos que sea cana dado de baja en alguna purga, cuesta imaginar a un afiliado a la UOCRA usando ese descriptor.

  18. chikarkas #152    14 agosto, 2007 a las 1:36 am

    Creo que esto de andar de esperanzados no es exclusivo de los albañiles, todos andamos esperando cosas que nunca llegan, lo decribió García Márquez en “El coronel no tiene quién le escriba” y un italiano, no recuerdo quién, en un libro sobre un batallón en el desierto que está permanentemente preparándose para el ataque enemigo que no se produce.

    John Lennon decía: “La vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes”… o esperando que la chica voltee.

  19. Mariana #151    13 agosto, 2007 a las 11:13 pm

    Chalero!!! (157) Muy buen anàlisis de lo que podrìan haber sido Romeo y Julieta o Crimen y Castigo con pelotudo mediante!! Me causò gracia!!
    Ahora, pidiendo que no se le responda, vos tambièn respondiste che!!
    Besos