Los problemas de mezclar ganado

Soy de la idea de que no hay que mezclar ganado. En las fiestas, por ejemplo, no es bueno fusionar a tus amigos del trabajo con tus amigos de la infancia. Tampoco hay que dejar que tus exnovias se conozcan. Hay que impedir que tu mujer y tu amante traben amistad. Tu sicólogo no debe conocer a tu dentista. Pero sobre todo, no hay que mezclar a tu mujer con tu madre. ¿Por qué? Porque se juntan, hablan mal de vos, intercambian argumentos y descubren que sos un mentiroso.

Hasta hace veinte días, por circunstancias que tenían que ver con el precio de los pasajes intercontinentales, mis padres no conocían ni a mi mujer ni a mi hija. Esto, que para muchos es una desventaja, a mí me parecía lo más bien. Pero alguna vez las cosas buenas se acaban, y es cuando uno pasa tres semanas con el culo a cuatro manos.

Ayer por la mañana mis padres abandonaron Barcelona. ¡Qué alivio más grande, por el amor de dios! Fueron veinte días de tensa calma, de caminar tanteando trampas y minas personales, tres semanas larguísimas en las que intenté impedir que mi mujer y mi madre se encerraran a conversar entre ellas cosas de mujeres.

Para explicar el por qué de mi espanto, debo hacer antes dos confesiones al lector.

Yo soy, como ustedes ya saben o imaginan, un vago de mierda. Una de esas personas que pueden caerte más o menos bien durante un rato, pero que con el roce y la cotidianeidad se convierten en miserables. Todo lo pintoresco o extravagante que puedo ser durante una cena, se transforma en monstruoso más o menos promediando los postres. Lo que sí tengo a favor es la labia, que me permite echarle la culpa de mis defectos a los demás. Y de eso vivo.

A Cristina, cuando descubrió mi faceta macabra, le dije —como corresponde— que la culpa de que yo fuese así era de mi mamá. Tener a tu madre a doce mil kilómetros sirve para muchas cosas, pero lo más importante es poder echarle la culpa de tus miserias.

—¿Por qué coño no ayudas en casa? —preguntaba Cristina.

—No tengo costumbre —aducía yo—, cuando era chico mi mamá hacía todo. Yo le decía que quería ayudar con las tareas hogareñas, pero ella siempre retrucaba que la casa no es cosa de hombres.

—¡Qué espanto de mujer, mira en lo que te ha convertido! —decía Cristina.

—Ojito —me enojaba yo—, con mi vieja no te metas.

Cada vez que yo volvía a la Argentina y mis padres me veían cada vez más gordo y más inútil, le echaba la culpa de todo a Cristina (lo mejor de tener a tu mujer a doce mil kilómetros es que podés usarla de excusa).

—Estás hecho un chancho —me decía mi madre al verme en el aeropuerto.

—Es que Cristina me mal acostumbra —argumentaba yo—. Le suplico que no compre tanto embutido, que quiero comer sano, pero ella siempre me dice que no hay nada mejor que la dieta mediterránea. Me obliga a comer.

—¡Qué espanto de mujer, mirá en lo que te convirtió! —decía mi madre.

—Epa epa —defendía yo a mi esposa—, que también tiene su lado bueno la gallega.

A sí pasaron cinco años en los que todo el mundo decía, al ver cómo mi vida se iba a la mierda:

—Pobre muchacho, si no fuera por su madre y por su mujer sería un hombre flaco y de provecho.

Todo podía haber seguido así de por vida, todas mis mezquindades podrían haberse mantenido haciendo malabares en el fino equilibrio de la distancia, pero entonces ocurrió una tragedia que no estaba en mis planes: la compañía Air Europa sacó una oferta Buenos Aires – Barcelona a 350 dólares, y el mundo se me vino abajo.

Durante veinte días (desde el 10 de abril y hasta ayer) el destino quiso que se mezclara el ganado de mis dos familias. La excusa fue el primer cumpleaños de mi hija, pero en realidad vinieron para desenmascararme. Esta vez el motivo de que no haya escrito nada en Orsai fue ése: si me sentaba a escribir existía la posibilidad de dejar a mi mujer y a mi madre a solas. Y hubiera sido fatal.

Estas tres semanas mi vida se pareció a esos bodeviles de enredos en donde alguien está siempre a punto de ser descubierto. Tuve que estar atento a todas las conversaciones, cambiar de tema en medio de las sobremesas, no ponerle peros a las ideas católicas de mi madre, y toser cuando alguna frase encaraba para el lado de los tomates.

Se dice pronto, pero veinte días enteros con los radares prendidos, veinte días de vigilancia y sigilo, de escuchar detrás de las puertas, de no bañarse por miedo a que alguien diga cosas inconvenientes mientras estás bajo la ducha, de dormir con un ojo abierto, pueden volverte loco. Y casi lo consiguen. Gracias a dios soy un muchacho robusto y tengo reservas de energía; pero yo creo que un tipo normal no superaba semejante presión.

Ayer, por primera vez en tres semanas salí a la calle en piyama a despedir a mis padres. Se fueron en taxi al aeropuerto. Los saludé con la manito. Mientras veía cómo se alejaba el coche, yo pensaba que por fin podría dormir toda la tarde, mirar la tele sin preocuparme de nada, meterme horas en el baño a leer, navegar por internet, comprar seis kilos de jamón crudo y comérmelo yo solo.

Ahora que hay Papa nuevo, la iglesia debería replantearse el asunto de la gula y la pereza. Cuestan demasiado esfuerzo para que sigan siendo pecado.

Hernán Casciari
Sábado 30 de abril, 2005

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61 comentarios Los problemas de mezclar ganado

  1. rebecca milans #59    12 mayo, 2005 a las 9:54 pm

    yo tengo la misma aversion por los encuentros entre mis familiares y mis parejas. ni se me cruza que mis padres conozcan a mi novio, aunque viva con el hace dos o tres años conmigo. ahora pienso un poco el tema de las mentiras, pero no es mi motivacion principal, sino el sentirme espiada por duplicado y en stereo