Los ríos son caminos que andan y se cruzan

Sobre las calles de tierra de la Pampa Chica los veranos son más calurosos que en cualquier otra parte de Mercedes. El polvo entra a las casas por las puertas de chapa, y los dos hijos mayores de la familia Galíndez salen con baldes, después del mediodía, y echan agua para que el viento no levante mugre. Se llaman Marcos y el Negro; en el barrio les dicen los de Galíndez.

Tienen las caras aindiadas, el pelo enmarañado y sucio, y no son de hablar mucho con nadie. Los viernes se emborrachan en el club Apolo y después van al Freddy Fiesta Bailable. Los de Galíndez todavía son menores, pero no les queda mucho. Tienen solamente un año más para seguir levantando zanelitas. Se las venden a un tipo que viene dos veces por mes, en un Peugeot 504 celeste. No saben el apellido del tipo: le dicen El Rengo. El Rengo se lleva los motores y a veces, si la moto es nueva, también algunos repuestos. Nunca paga arriba de doscientos pesos la pieza.

Marcos, el más grande, es muy difícil que lo veas reírse. Desde hace un tiempo anda más callado que de costumbre: tiene una novia, una chica de catorce, que necesita plata para sacarse un chico. Ya vieron a la enfermera: les pide quinientos pesos; Marcos le reza a la Virgen para que venga pronto el rengo del Peugeot a llevarse algunos motores.

El otro, el Negrito, le tomó la mano a la merca y le perdió el respeto a una sevillana que era de su padre. Ya le sacó la cartera a un par de viejas el domingo, bien temprano. Descubrió que no era difícil. De noche fantasea: sueña con comprarse una 38. Se duerme con la sensación segura y fría de la culata en el cinturón. Mientras tanto sabe que mañana será domingo, y que otras carteras y otras viejas vendrían bien para comprarse el caño, o hasta incluso para prestarle algo al hermano, si no llega para el aborto.

Fabi López tiene, en el cuarto que comparte con otras tres hermanas, dos posters de Bisbal y un rosario colgado sobre la pared de la cama. No le ha dicho a nadie, absolutamente a nadie exceptuando a su novio, que está embarazada. Fabi es casi una nena; su cuerpo todavía se está formando y anda muy nerviosa porque acaba de llegar a la casa de la enfermera.

Están cerca de la Liga de Padres; la casa tiene un jardincito en el frente. Atrás hay perros, muchos perros, y un gallinero. Se ve la trompa de una Studebaker destrozada. Fabi entra temblando a una habitación empapelada de blanco y muy húmeda. Marcos Galíndez, el novio, le suelta por fin la mano y la espera en la cocina. La enfermera les quiso cobrar por adelantado y Marcos le dio trescientos pesos. La mujer no quiso saber nada pero el llanto de Fabi la ablandó. Los dos chicos juraron que en la semana pasaban con el resto. Ella los amenazó con contarle todo a los padres de Fabiana si no cumplían el plazo. Después de eso, palmeó a la chica y le dijo “es una cosita de nada, poco tiempo y después sí, bastante reposo”.

La enfermera es gorda y tiene cara de madre antigua; sus manos son rechonchas, con dedos cortos que se mueven mucho cuando habla. En la cocina, donde Marcos se ha quedado solo, hay una foto de Eva Duarte con los brazos alzados al cielo. Se entiende que abajo, más allá del marco, está el pueblo que grita.

El marido de la enfermera ha entrado a la casa y saluda a Marcos Galíndez sin preguntarle ni quién es ni qué hace allí. Pone el agua para unos mates y se va al baño. Es un hombre petiso, moreno, que parece buena persona. Antes era ferroviario, pero en noviembre del año pasado le llegó el telegrama. Ahora es casero en una casaquinta del barrio del Parque. Después de los mates irá a su trabajo en bicicleta: le pagan poco, pero al menos hace algo y nadie puede decir que su mujer lo mantiene. La pava está casi a punto cuando del otro lado de la pared se escucha el grito de la chica. Es un grito como el de un chancho, un grito desgarrado. El marido de la enfermera no se inmuta. Apaga el fuego y ve crecer la espuma del mate en silencio.

La casaquinta es preciosa, no queda lejos del Río Lujan. El casero tarda bastante en llegar: vive en la otra punta de la ciudad. Los dueños de la casaquinta son un matrimonio con tres hijos adolescentes. El casero tiene una cabaña al fondo, luego del parque, con un catre y los elementos de jardinería.

Llega en la bicicleta, dispuesto a cortar un poco el pasto. Ve, cerca de la casa, el Fiat de los chicos. Le resulta extraño que haya gente a esa hora, pero no le da importancia. Piensa que los hijos del matrimonio están con amigos. El casero va tranquilamente hasta su cabaña a buscar la máquina de cortar césped y presiente que adentro hay alguien. Entra de golpe, sin llamar.

La hija de los patrones, una chica muy rubia, jovencita, está en el catre con un muchacho encima: ambos se sobresaltan cuando ven al casero y se cubren con una manta. La cama está desordenada; hay ropa en el piso.

La chica le pide al hombre que no le cuente nada a sus padres; está pálida y a punto de llorar. Tiene vergüenza en los ojos. El casero no habla. El muchacho, un completo desconocido para el hombre, antes de irse deja un billete de cincuenta pesos sobre la mesa. Le dice al hombre: “No le diga nada a los padres de Mariana, no hace falta”. Cuando se van, el casero se mete la plata en el bolsillo.

El muchacho sale de la cabaña con la chica y se visten dentro del auto. Después se van al centro y toman una cerveza en La Recoba. A la media hora ella se va en el auto y le deja un beso en la boca.

El muchacho se llama Sebastián, tiene veinte años y estudia abogacía en El Salvador. No le interesa demasiado la política, lo que le gustan son los autos. Los sábados corre algunas picadas. Sus padres están separados y él vive con su madre. Es el único protagonista de esta historia al que conozco personalmente.

Sebastián llega a su casa a la hora de cenar. Hoy está contento porque ha logrado, por fin, acostarse con Mariana. Ya ha olvidado el incidente con el casero. Su madre lo nota diferente y le pregunta qué le pasa. Él no responde nada en particular: sabe que su madre está viendo una película en el cable y que la pregunta es un puro compromiso.

La madre de Sebastián, Beba, es psicóloga y todavía no ha superado su fracaso matrimonial. De noche tiene insomnio; ahora está saboreando un té de tilo Cachamay pero, antes de acostarse, se tomará un par de lexotaniles.

La mujer tiene una nueva pareja, pero su hijo todavía no lo sabe. El hombre es dentista y está casado. Se ven esporádicamente. Eligen para encontrarse el hotel que pusieron en la ruta. El dentista ahora ha tocado el timbre intempestivamente. Es casi la una de la madrugada y Sebastián ha vuelto a salir. La mujer baja y atiende. El dentista le pregunta si puede pasar. Le dice que no soporta verla así, a escondidas, como si fueran delincuentes, y que ha decidido divorciarse. La madre de Sebastián, Beba, sonríe desde la puerta.

La esposa del dentista se llama Ana y supone que su marido está en una reunión del centro médico. Sabe que ya son demasiadas reuniones nocturnas, pero prefiere hacerse la idiota. En realidad vive bien, no le falta nada. Todos los amigos suponen que forman una pareja perfecta.

Llega un momento en el que no importa la realidad: sólo la apariencia tiene algún sentido. La mujer del dentista, Ana, ha comprendido con los años que la hipocresía es casi un arte. El ser humano es lo que quisiera ser, no lo que acaba siendo. Ahí está la verdad de la milanesa. Además no han tenido hijos, y eso, bien mirado, siempre es una suerte.

Pero Ana no cree demasiado en esa tranquilidad fabricada. No en noches como esa. Por eso ahora, que está en su casa dentro de un silencio demoledor, marca un número en el teléfono y escucha, del otro lado de la línea, con cierto alivio, la voz de su madre.

Hablan de nada, de cosas intrascendentes, pero la madre de Ana entiende —porque es madre— que su hija está al borde de una crisis. Le dice que debería tener un hijo. Ana dice que su marido no quiere. La madre, vieja zorra, le asegura: “Con que lo quieras vos basta y sobra; no siempre hay que hacerle caso a los hombres”. Ana sonríe.

Los padres de Ana hace treinta años que están casados y todavía se respetan. Él le ceba mates por las mañanas; ella comenta en voz alta las noticias del Nuevo Cronista. Claro que han pasado por crisis, por supuesto que han tenido discusiones y problemas, pero jamás han dejado de respetarse.

La mujer ahora es una vieja sagaz que todavía lee novelas de Eduardo Mallea por las noches. Él juega a las bochas en el Porvenir y luego, de noche, ven juntos algún programa en la tele. Les hubiera encantado tener nietos: todavía sueñan con esa yapa tierna de la vejez.

Los domingos salen. Siempre. A donde sea. A veces van al Puente Cañón a mirar el río. O al arroyito Frías. Él no puede dejar de recordar unas palabras de Pascal: “Los ríos son caminos que andan y se cruzan”. Ella se entretiene cortando violetas. Saben que están viejos y que, un día, a uno de los dos le faltará el otro.

Esta noche de sábado no hay ningún programa interesante en la televisión. La pareja de ancianos ya se ha metido en la cama. Ella le dice que Ana ha llamado y que está triste. “Pobre hija mía”, dice él. Ninguno de los dos comprende cómo una pareja puede dejar de respetarse.

No hace mucho, una noche, los padres de Ana subieron a la terraza del edificio en que viven. Una vez arriba, a diez pisos de la ciudad, se quedaron mirando el paisaje. El clima era hermoso y había luna. Él dijo: “¿Te das cuenta? Este pueblo está en un pozo”. Ella lo miró porque sabía que el hombre estaba haciendo un juego de palabras. Se abrazaron y ella señaló las luces de las casas del centro, algunos autos, otras luces en ventanas encendidas. Dijo: ” La cantidad de historias que ha de haber en cada ventana. Incluso en este pueblo, que parece muerto”. Él no dijo nada.

Ahora es domingo por la mañana y ella ha bajado a comprar el pan. Él todavía duerme. La madre de Ana camina muy despacio: va pensando que por la tarde visitará a su hija. Sabe que podrá aconsejarla bien.

Cruza una calle. No ve, detrás suyo, al menor de los Galíndez, al Negrito, que corre con sigilo. Es un chico de quince, diesciséis años. Hay un movimiento brusco. Ella, la mujer, se aferra a su cartera. En la calle todavía no hay nadie. El chico se asusta, no está en sus cabales. En la mano derecha tiene una sevillana que fue de su padre. Solamente quiere cortar la cuerda de la cartera para salir corriendo. Equivoca el tajo y del pecho de la mujer sale un borbotón caliente. Hay otro forcejeo, la cartera por fin cede y el chico corre con el botín. La mujer no sabe por qué se tambalea y, cuando descubre sus manos llenas sangre cae a la vereda con un ruido seco. Tiene los ojos abiertos, en cualquier momento dejará de moverse.

El domingo avanza en Mercedes y ya muchos se están levantando para ir a misa. Alguien la encontrará pronto.

Hernán Casciari
Martes 26 de julio, 2005

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95 comentarios Los ríos son caminos que andan y se cruzan

  1. Martín Estévez #94    7 abril, 2016 a las 10:24 pm

    La injusticia no se construye individualmente, sino en sociedad. Si los de Galíndez son inocentes, el resto también. Y si los de Galíndez son culpables, el resto también.

    Dos correcciones en el anteúltimo párrafo: “diesciséis” y “llenas sangre”.

  2. Juan Pablo Aguirre #92    12 junio, 2013 a las 7:51 pm

    La historia del aborto me recordó por qué el 23 de junio NO hay que ir a votar. En Uruguay se aprobó una ley de aborto seguro, gratuito y garantizado por el estado, en el que la sola voluntad de la mujer bastará para hacérselo, y luego la informarán sobre todos los métodos anticponceptivos que existen. La iglesia y varias agrupaciones “de derecha” juntaron firmas para que se derogue esa ley. El domingo, si estás en contra, tenés que ir a votar (a pesar de que hay diputados como Pablo Abdala que te dicen que tenés que ir igual). Este cuento, que disruté muchísimo, me remarcó por qué no hay que ir. Hay muchas Fabi entre nosotros.

  3. Adrian Ramiro #88    19 agosto, 2005 a las 3:21 am

    Creo que la necesidad del menor de ayudar a su hermano a costear el aborto es lo que cierra el circulo, sino, por mas hermanos que sean y compartan “profesion” eran historias separadas que solo tenian personajes en comun.

    Hernan, hace muy poco que te leo y la verdad que gracias a tus cuentos cortos, anecdotas contadas de esta manera y demas me estoy haciendo aficionado a la literatura, ligera por ahora al menos.

    Saludos desde la cordial.

  4. RaW #87    8 agosto, 2005 a las 4:39 am

    hernan solo te he leido 2 veces y una de ellas me hicieste reir a carcajadas y en esta ultima me dejataste pensado…

    Realmente estubo muy bueno tu cuento… Felicidades

    “Los ríos son caminos que andan y se cruzan” cuanto me falta para desenvocar en la mar y cuantas nuevas aguas se cruzaran en este camino…

  5. El Angel Gris #82    29 julio, 2005 a las 2:12 pm

    Anotándome desde la ignorancia en esta última parte de la charla digo, no es casual la frase “es al único que conozco personalmente”, ni tampoco es casual que el relato comience y termine con los Galindez.

    Parciera que todos los otros son en realidad parte del círculo, actores de reparto, que empieza y termina en los Galindez o por lo menos en el menor.

    A mi humilde criterio, la intención de centralizar la atención del lector en un personaje luego de paserarlo por varios, se logra en el momento en que es al único que se lo vuelve a mentar. Todos aparecen y se van del texto menos el menor, quizá por eso se centralizó el debate en ese personaje.

  6. KiLLBiLL #81    29 julio, 2005 a las 5:59 am

    “Pienso que es bueno que en un relato haya un leve aire de amenaza…Debe haber tensión, una sensación de que algo es inminente.” Dijo R. Carver y tiene razón.
    Perdonene que insista pero es que ceo que estan “missing the point”. Podemos hablar horas sobre si te gusta o no te gusta como un escritor resuelve una historia para un lado o para el otro, personalmente no creo relevante la aclaración de que a “Es el único protagonista de esta historia al que conozco personalmente.” pero es cosa de quien escribe querer compartir ese dato, lo puedo interpretar como que por ahí viene toda la información, ya que se traza una pequeña radiografía sobre las características personales de cada uno, ó como que con esto me dice “esto pasó de verdad loco” lo cual no resta ni suma nada porque si esto habitara la cabeza de Hernán, su imaginario, no deja de ser bello. Contar una historia sobre vidas aisladas que magicamente quedan unidas en un segundo haciendo que el tiempo se detenga es un ejercicio hermoso, la idea nunca es bajr linea solo ser testigos y estar ahí.
    Salute Hernán

  7. Matu #80    28 julio, 2005 a las 8:26 pm

    Brillante el relato, Hernán. Vas llevándo al lector a un clima de tensión, hasta que el final se precipita. La única duda que me queda es por qué nos abandonaste. ¡Dos meses de vacaciones en la ciénaga!.

  8. Hernán #79    28 julio, 2005 a las 8:12 pm

    Estoy de acuerdo con ElTeta. El sentido fue exactamente ése y quiere dar un quiebre voluntario al texto.

    Pero sigo conmocionado: ¡estamos hablando de técnicas literarias! Voy a llorar…

  9. ElTeta #77    28 julio, 2005 a las 7:42 pm

    Yo creo que lo de que “Es el único protagonista de esta historia al que conozco personalmente”. es lo que convierte al cuento en una historia contada en primera persona.
    Hace que uno se comprometa más con el relato y termine opinando sobre la vida de los Galíndez y no sobre técnica literaria.

  10. DudaDesnuda #76    28 julio, 2005 a las 6:53 pm

    Te parió… cuando sea grande quiero escribir como vos. Hay otras vidas, ¿qué me miran?

    Yo estoy de acuerdo con Ada en varias cosas pero lo de las sentencias es algo que no me molestan, pero ya sé que los que saben siempre corrigen eso.. En realidad tal vez tus sentencias no me molesten, yo si algo no soy es objetiva. No hace falta que lo aclare.
    La sentencia de hoy: “Llega un momento en el que no importa la realidad: sólo la apariencia tiene algún sentido.”
    Juro que la imprimo y se la regalo a mi cuñada.

    Besos fanáticos.

  11. Bart #74    28 julio, 2005 a las 9:20 am

    ¿Seguro que tu casa está en la 35 y la 32? (56). Mira que tú dando direcciones eres muy malo. ¡Que el Barbarela no está en Travesera esquina Trujillo! Que ese es otro que ni se llama Barbarela ni tiene bidé ni nada. Que me tuve que volver para casa con la obras completas de José Maria Pemán sin estrenar.

  12. Laura #70    27 julio, 2005 a las 8:14 pm

    Chichita me sacó el pensamiento y lo puso en un comment. También pienso, y no sé si a usted no le parece, que algunos comentarios se exceden en largura y eso los convierte casi en un post. Síntesis, amigos, síntesis.

  13. Chichita #69    27 julio, 2005 a las 7:00 pm

    Hernan: el post de hoy me gusto mucho. Una joyita.
    Pero hay algo que me gusto mucho mas y yo le pondria de titulo :” los comentaristas son caminos que andan y se cruzan” Que bueno esta leerlos y ver como algunos se van para el lado de los tomates.Jajaja.
    Sigo pensando que lo9s comentarios son muy divertidos y son a veces la frutilla del postre.

  14. Neoliberal #68    27 julio, 2005 a las 6:39 pm

    Un porcentaje ínfimo de personas tiene valores los suficientemente sólidos que le impidan dejarse arrastrar por las circunstancias.

    La mayoría de nosotros simplemente pensamos que nuestras acciones podrían ser castigadas y evitamos actuar visceralmente, pero en un ambiente de plena impunidad muchos actuaríamos como nos diera la gana, ya sea robando o asesinando.

    En los campos de concentración Nazi se pudo ver lo mejor y lo peor que habitaba en las almas de los propios prisioneros. Hubo miles de historias de robos, traición y cobardía y hubo unas pocas historias de valentía y honor. Todos fueron víctimas pero aquellos que se mantuvieron aferrados a sus valores fueron los héroes.

    También hay héroes que lavan coches en invierno y esos también son la excepción. No podemos justificar la existencia de campos de concentración y esperar que de ellos aflore lo mejor de los seres humanos. Tampoco podemos tolerar la existencia de la miseria y el hambre y esperar que todos ellos se comporten como héroes.

  15. don Setor Candope #67    27 julio, 2005 a las 5:39 pm

    ¿Por qué tanto análisis?.
    Es una historia, nomás: cosas que pasan.
    Desde el principio mismo de la humanidad.
    Si Galíndez tuviera guita estaría robándole mas guita a los jubilados, si Cabayo fuera pobre estaría robándole la cartera a dóña Ana…
    Hay buenos y malos tipos, basta de ideologizarlo todo… váyansen a cagar!

  16. Ada #66    27 julio, 2005 a las 4:34 pm

    Porque me encantó el texto y suele gustarme cómo escribís voy a correr el riesgo de que me digas que qué corno me meto.

    Me parece que te quedaste a mitad de camino con el narrador. Hace ruido una historia circular con uno que, por un lado, es omnisciente y, por otro lado, aclara: “Es el único protagonista de esta historia al que conozco personalmente”.

    También me hacen ruido sentencias del tipo: “Llega un momento en el que no importa la realidad: sólo la apariencia tiene algún sentido.”

    “Ella lo miró porque sabía que el hombre estaba haciendo un juego de palabras”, parece más que nada una coordenada para el lector. Queda feo subestimarlo.

    Sin embargo, siempre hay una joyita: “… una foto de Eva Duarte con los brazos alzados al cielo. Se entiende que abajo, más allá del marco, está el pueblo que grita”.

    Me encantan este tipo de historias, a mí me hizo acordar a la peli Amores perros.

    Con la mejor.

  17. ElTeta #62    27 julio, 2005 a las 3:43 pm

    Uno de los grandes problemas es la soberbia.
    Al sentirnos progres, sin decirlo nos creemos superiores.
    ¿Eso no es medio nazi, sentir que un ser humano es superior a otro, en este caso, por una condición socioeconómica?

    Una de las frases finales de Dogville, lo que hace que uno no se arrepienta de haberse embolado durante dos horas, dice quwe la arrogancia es soportar en los demás actitudes que no se perdonarían en uno mismo.
    Estoy 100% de acuerdo en que una sociedad injusta genera violencia, pero o cambiamos la sociedad o metemos presos a los violentos.

    Lo segundo es mas fácil.

  18. Interior #61    27 julio, 2005 a las 3:20 pm

    Lo que yo me doy cuenta que son 2 los Galíndez, que posiblemente uno puede ser ayudado y rescatado.
    Es muy fácil, hay Galíndez que no tienen ni para elegir drogarse o no drogarse, no tienen ni siquiera la oportunidad de elegir ser malos o no, lamentablemente cuando les llega la posibilidad de elección, las probabilidades que elijan salir a matar abuelas es mucho mayor, a esos Galíndez yo los quiero ayudar, y la culpa de que estén tan en la mishiadura si la tienen todos y cada uno de los que tuvieron, tienen y trataron de tener el poder en este bendito país.

  19. El Angel Gris #60    27 julio, 2005 a las 3:04 pm

    Bernardo: Quise decir que hasta en la situación mas espantosa de exclusión, hambre, desesperación, injusticia, etc etc. Hubo quienes mantuvieron sus valores. ¿O acaso todos los prisioneros de los campos de concentración, se transformaron en Galidez?.

    La prisioneros de Auschwitz, tuvieron una vida bastante peor que la de los Galindez y no por eso se transformaron en delincuentes.

    No vea fantasmas. Ni en joda, y hablo en serio, jamás me tomé a la ligera estos temas. Puede ser que escriba como el toor, Ok. Todos y cada uno de los que estuvieron en los campos eran inocentes, pensé que no hacía falta aclararlo y que se sobreentendía que no me refería a su culpabilidad sino a su padecer cuando menté Auschwitz.

    Con el argumento de echarle la culpa a algún ismo, resulta que pareciera, que uno tiene que apiadarse de un hijo de puta que mata a una abuela.

    No va a faltar el boludo que justifique a un genocida porque tuvo una infancia jodida. ¿Cual es la diferencia?

    Torombolo: Juan Carlos, el cuidacoches de la calle de mi oficina, es un Galindez, no?. Y lejos de robar carteras lava autos con temperaturas bajo cero y manda a sus siete hijos a la escuela. Vos lo conocés.

    Los que te cagaron a palos a la vuelta de tu casa y te dejaron inconciente en la vereda para robarte, son los Galindez del post.

    Mierda, carajo, tan dificil es darse cuenta que clavarle un chuchillo a una abuela está como el orto????

  20. Torombolo #59    27 julio, 2005 a las 2:46 pm

    Angelito estoy de acuerdo con Bernardo 48 “Sres. la exclusión ayuda, pero hasta en Auschwitz hubo gente que no delinquió” sonò muy nazi. Agradecè que te conocemos.

  21. Bob Row #56    27 julio, 2005 a las 5:07 am

    Angel: Si mal no recuerdo en “La vida es bella” hay un personaje en cuya amistad previa pone el protagonista su esperanza y es decepcionado por su concentración en su problema trivial (una adivinanza) sin poder ver la desesperación del otro.

    Y eso que la película es una fantasía sobre lo que un padre “hubiera querido hacer” por su hijo. No sobre lo que nunca ocurrió en la realidad; porque en un sistema organizado para el crimen no es posible participar inocentemente.

    Del mismo modo, la ofensiva neoliberal iniciada con el “rodrigazo” del ’75 fue una estrategia para resolver la puja distributiva a costa de transferir la valoración del capital industrial al financiero. La precarización del trabajo permite convertir el conflicto clase en uno social (planes limosna) y policial. En algunas regiones alemanas ya hay 20% de desocupados por el traslado de las fábricas al exterior. Vos qué creés ¿habrán aumentado las estadísticas de alcoholismo y criminalidad?