El interruptor de Marcelino

A los nueve años Marcelino se metió el dedo en el ombligo y descubrió, bien al fondo, un botón parecido a los que se usan para apagar la luz. Ni su mamá, ni su pediatra, ni él mismo lo habían visto nunca porque no podía verse: este interruptor estaba muy al fondo, solamente podía tocarse con la yema de los dedos. Ese día Marcelino estaba en la escuela y se preguntó qué pasaría si apretaba el interruptor. Fue un momento importantísimo de su vida. La maestra explicaba algo sobre las fracciones, y Marcelino hizo ¡clic! en el botón. Primero sintió un zumbido en la cabeza y después muchas ganas de vomitar. Tuvo que cerrar los ojos.

—Ay, qué mareo —dijo Marcelino.

Respiró profundo y escuchó algo nuevo: el silencio absoluto. Le dio tanto miedo la ausencia de ruido que abrió los ojos rápido, y lo que vio fue increíble. ¡Nadie se movía en todo el salón! La maestra, los chicos, todos, estaban congelados igual que un video en pausa. A la señorita Inés le había quedado la boca abierta y miraba al frente, los árboles de la ventana tenían las ramas quietas, el polvillo de las tizas flotaba sin moverse y sus amigos parecían estatuas.

Tocó con la mano a Leandro, su compañero de adelante, y le pareció que su espalda era de mármol. Lo quiso empujar un poco y fue imposible: todos parecían clavados al suelo. Marcelino se asustó.

—Señorita Inés, ¿qué está pasando? —preguntó, y su propia voz rebotó por las paredes del colegio.

Miró para todas partes sin saber qué hacer y de golpe se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas. Era una mezcla de miedo y culpa, porque pensaba que había roto algo y que todos estaban muertos.

Con la mano temblorosa de sus nueve años se levantó la camisa, metió otra vez el dedo en su ombligo, buscó el interruptor y lo apretó. ¡Clac! Fue instantáneo: la maestra volvió a hablar y a moverse, los ruidos de la calle entraron por la ventana, las hojas de los árboles se pusieron a bailar y los chicos siguieron escribiendo en sus cuadernos como si no hubiera pasado nada.

Marcelino respiró aliviado: por lo visto nadie se había dado cuenta del desastre. Sin embargo el corazón le latía muy fuerte y le dolía bastante la panza. «¿Qué tengo en el ombligo?», se preguntó asustado. «¿Qué me está pasando?».

A la salida de la escuela sus amigos lo invitaron a jugar a la pelota, como todos los viernes, pero Marcelino no se sentía bien.
—Hoy no juego, estoy un poco descompuesto —les dijo.

—Jugá de arquero —le propuso Leandro—, así no corrés.

Marcelino era espantoso en el arco, pero aceptó porque no tenía ganas de volver temprano a su casa. Se quedó quieto debajo de los tres palos, toqueteándose el ombligo y sin prestarle atención a ninguna jugada.

En el primer avance un rival astuto pateó desde lejos, porque vio a Marcelino en la luna, y la pelota voló por el aire. Se iba a meter en el ángulo y Marcelino no iba a llegar ni de casualidad, porque estaba otra vez investigando su ombligo. Quería probar de nuevo, a ver si pasaba lo mismo, así que pulsó otra vez el interruptor… y ¡clic! Todo se detuvo.

La diferencia fue que ahora, al aire libre, Marcelino no tuvo miedo: sabía que la pausa se podía deshacer. Entonces empezó a caminar tranquilo alrededor de los jugadores congelados. El delantero contrario tenía la pierna derecha levantada del patadón que había dado, los otros miraban la trayectoria de la pelota, había un avión clavado en una nube, una nena se había quedado en la mitad de un tobogán de la placita, y él era el único que podía moverse alrededor de las cosas quietas.

El silencio era de verdad impresionante, como si el mundo estuviera adentro de un frasco y todos los gorriones se hubieran quedado mudos. Le volvía a doler un poco la panza, pero miró el cielo y respiró feliz, porque ya no sentía miedo. Vio que la pelota estaba en el aire, casi a punto de caer bombeada al ángulo. Iba a ser un golazo, por culpa de su distracción.

—¡Nada de golazo! —gritó de repente—. Ahora me puedo poner donde quiera.

Y caminó tranquilamente hasta el arco.

Esa fue la primera vez que Marcelino haría trampas con el interruptor de su ombligo. La primera de muchas trampas. Se acercó a la pelota con el puño izquierdo en alto para poder despejarla, y con la mano derecha apretó otra vez el interruptor.

Un solo ¡clac! y todo volvió a moverse: los jugadores, la nena del tobogán, el avión del cielo y también la pelota, claro, que pegó contra su puño izquierdo y salió al córner.

Leandro y los demás jugadores no lo podían creer:

—¡Voló de palo a palo! —dijo uno.

—¡Qué atajada, Marcelino! —gritó otro.

—¡Llegaste tan rápido que ni te vi! —le dijo Leandro.

Esa tarde el equipo de Marcelino ganó 9 a 0. Él atajó seis penales en el primer tiempo y metió nueve goles en el segundo, todos de cabeza. O todos de ombligo, según de qué lado se mire.

Con el tiempo Marcelino dominó su nuevo talento y le encontró muchísimas ventajas. Cuando su mamá lo llamaba muy temprano para levantarse, por ejemplo, él se apretaba el ombligo y seguía durmiendo horas y horas. Después quitaba la pausa y salía de la cama despejado y con hambre.

—¡Me emociona que te despiertes tan rápido sin quejarte! —le empezó a decir su madre, encantada del cambio de actitud.
Jamás estudiaba para los exámenes de la escuela. Solamente ponía pausa en su ombligo antes de empezar, miraba las respuestas en la hoja de la maestra, y se sacaba todos diez, uno atrás del otro.

—Marcelino —le dijo un día el director—, desde mañana serás el abanderado. ¡Nunca habíamos tenido un alumno tan perfecto!

En pocos meses fue el mejor en cualquier deporte, el más admirado por las chicas del colegio, un alumno intachable y un hijo ideal. En realidad, se había convertido en un vago y en un tramposo experto.

Por eso cuando se hizo mayor llegó a ser primero diputado, después senador y más tarde presidente de la República. Un día, ya viejo y eternizado en el poder, se tocó el ombligo y dejó a su país en pausa durante varios años. Cuando los habitantes despertaron, Marcelino había desaparecido para siempre.

Hernán Casciari
Martes 15 de marzo, 2016

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125 comentarios El interruptor de Marcelino

  1. Rorrus #68    8 noviembre, 2016 a las 4:56 am

    Casciari querido! Te descubrí hace unos meses por casualidad en una entrevista mirando Youtube, y desde entonces me hice adicto a tu mundo. No solo eso, me diste ganas de escribir. Mi fuerte artístico siempre había sido el dibujo y la historieta, pero desde que conocí tu existencia sentí que tal vez también podría hacer de la escritura otra fuente de placer y expresión. Gracias. Te dejo mi blog para vos y para todos los que estén interesados en leer a un humilde narrador: http://habemusrorrus.blogspot.com.ar/

  2. La Maga #66    19 mayo, 2016 a las 5:49 pm

    Que boluda que no leí este cuento antes. No se porqué, pero no me gustaba el Nombre “Marcelino”. Después de leerlo entendí el porqué, además de corroborar que la intuición muy pocas veces falla.
    Sos mucho Hernan! se agradece.

  3. Alejandro Lococo #63    10 abril, 2016 a las 3:06 pm

    Muy bueno Hernán. Me hizo pensar en varias cosas. En realidad se detiene el tiempo si se sigue mortal?. Cuál es la relación entre el tiempo existencial y el biológico?

  4. ale b #62    1 respuesta3 abril, 2016 a las 11:16 pm

    Somos viejos? Me gusta esa imagen última con tu prima en el bar. Cuando se emparejan las edades. Cuando hay buenas historias en el pasado y ganas de seguir haciendo cosas.
    Dejar de ser joven no está tan mal, sólo tiene mala prensa.

  5. mauro garcia #61    28 marzo, 2016 a las 3:46 am

    Interruptor
    Magia
    Tarde mucho tiempo en conectarme con este blog.
    Todavia tengo el dedo en el lugar del cordon umbilical.

    Es la manera mas magica que tengo de ser feliz.

    Saber que hernan ensambla ideas,desechos y virtudes de ese momento inmortal y brillante.
    Detener y ver el mejor almuerzo.
    Mauro rey

  6. Viky Montoro #60    22 marzo, 2016 a las 5:54 am

    Hola, me gustaría dar las gracias al dueño de este blog porque gracias a estos sitios en internet, y a que cada uno aporta con una historia; ya sea cuento popular como familiar; la lectura no se pierde tanto en los niños como en los adultos.

    1. Martin Albertus    21 marzo, 2016 a las 1:26 pm

      Sin otro fundamento más que la presunción, creo que en ese “Marcelino había desaparecido para siempre” va de la mano la muerte tácita del personaje, y con ello también el poder del interruptor.

      1. Martín Chemez    1 respuesta19 marzo, 2016 a las 6:37 am

        Chichita querida:
        Estoy tratando de comunicarme con Hernan hace un tiempo laaargo porque con un amigo estamos cumpliendo el sueño de gestionar un Centro Cultural en Paraná, Entre Ríos. Y somos muy admiradores de él por lo que nos encantaría poder traerlo a que de un recital de cuentos.
        Le escribí por todos los medios que conozco pero no tengo respuesta. Te pido encarecidamente que me ayudes a contactarlo.
        Por si queres buscar el lugar en facebook se llama Tierra Bomba.
        Desde ya muchisimas gracias!

          1. Martín Chemez    22 marzo, 2016 a las 7:12 pm

            Uh se me había pasado ese medio jaja.
            Buenisimo Hernán, muchas gracias, ahora te escribo desde el mail de Tierra Bomba.
            Un abrazo

  7. elgomes #56    18 marzo, 2016 a las 10:06 am

    Tal vez todos fuésemos tiranos de poder serlo, o tal vez no.

    Si la ética fuese el intento hipocrita de lavar la propia imagen, el mundo sería un poco más feo.

    Para sustituir al interruptor existen (porque existen), los “minutos de gloria” (que son solo uno para cada persona, aunque los ponga en plural).
    En ese minuto todo esta en movimiento, pero girando a nuestro favor, no es mucho y depende de uno el aprovecharlo, pero al menos es real.

    Y como no se me ocurre una conclusión mejor, un saludo!

  8. Marcos Pesquero #55    1 respuesta18 marzo, 2016 a las 5:22 am

    Tambien existe un capitulo de la vieja Dimensión Desconocida, la que era blanco y negro, donde una mujer detenía el tiempo con un artefacto para hacer boludeses. Al final, lo detiene justo antes de que caiga un misil nuclear en su barrio que viene a destruir todo, incluidos los seres queridos. Me encantaría volver a verlo.

  9. Esteban Gonzalez #54    1 respuesta17 marzo, 2016 a las 6:35 am

    Gracias Hernan…
    Ayer fui a ver una obra en construcción, sinceramente GENIAL, no podía parar de reír, lo lindo es que al comenzar el cuento, se ve a todos asentando con la cabeza y riéndose de ante mano, y cuando lo narra hernan las carcajadas son instantáneas.
    La obra es muy fresca (siempre me pareció ridículo la frase es muy fresca, pero te da como a entender que sabe de lo que habla), lo que digo es que no es guionada o robotica, sino que se va armando sobre la marcha y es muy real…
    Al finalizar Hernan un genio total, firmó todos los libros que le traían y tolero sacarse fotos con todos e inclusive conmigo.
    Para finalizar nos queda una anécdota con mi hermano, primero pasa mi hermano a hacer firmar su libro por Hernan y después sigo yo, Hernan nos dice son hermanos no?? (los dos tenemos el mismo rostro con anteojos, pero él es bajo y yo alto), y le digo si, pero a el lo hicieron sin ganas, Hernan se ríe me firma el libro me sacó una foto y cuando me voy leo la dedicatoria y decía “Para Esteban mucho mas grande que su otro hermano”.. hasta ahora me estoy riendo.
    Impresionante la rapidez mental de Hernan un grande entre los grandes.

    1. Esteban Gonzalez    1 respuesta17 marzo, 2016 a las 6:39 am

      Recomendación para chichita:
      No escatime su fuerza al pegarle a Hernan cuando se lo merece..
      Chichita ya está para una novela, que actriz por favor…

        1. Esteban Gonzalez    18 marzo, 2016 a las 7:58 am

          No gracias a ustedes Chichita por engendrar al genio de Hernan y por la maravillosa obra que crearon, y lo mas importante es que la crearon en familia y eso traspasó el escenario…
          Saludos

    1. El toti    1 respuesta18 marzo, 2016 a las 12:42 am

      Edu, vos y yo fuimos los únicos que nos acordamos del cumpleaños del gordo, o fuimos los únicos que no fuimos invitados a la fiestita?