Mic

La televisión te engorda cinco kilos, entonces cuando me invitan a la televisión primero bajo cinco kilos. Uso un método que se llama la cura del sirope. Hay que estar diez días sin comer, tomando agua mezclada con sirope y limón. No funciona como dieta sino como limpieza del cuerpo, pero deshincha bastante. A mí no me importa ni limpiarme ni adelgazar. Lo único que me importa es no verme en la televisión con papada. Por eso llegué al canal muerto de hambre.

En el taxi que me llevó desde Luján a la Capital me quedé dormido y soñé con milanesas napolitanas, con sanguchitos de miga y con tartas de queso. Cuando sos gordo y estás diez días sin probar sólidos, podés escuchar a tu propia grasa desintegrarse, porque el cuerpo, alarmado, empieza a comerse a sí mismo. En ese viaje de setenta kilómetros oí con claridad cómo me iba desapareciendo la grasa del cuello: es un sonido inquietante.

Llegué a la televisión muy justo de tiempo y me mandaron a maquillar. En general me da muchísima vergüenza este proceso, pero esta vez lo aproveché para mirarme en el espejo del camarín y comprobar que el esfuerzo del sirope no había sido vano: si estiraba el cogote lo suficiente, como quien huele el perfume de una mujer que ya pasó, el óvalo de mi cara dejaba ver algo de hueso.

Mientras me ponían el micrófono —otro suplicio de la televisión, porque te meten la mano por abajo de la camisa— me sentí liviano y seguro. Para mayor suerte, el periodista que me haría la entrevista también era gordo; esa ilusión óptica también ayuda. Podía haber espectadores que, al vernos, dijeran: ah, estos dos señores no son gordos, es mi televisor que ensancha. Durante un rato pensé que todo saldría bien, que por una vez mi paso por la pantalla no me daría vergüenza al día siguiente.

Entonces dijeron ‘aire’ y todo se fue al carajo.

Yo no lo noté enseguida, porque la pantalla gigante estaba a mis espaldas. Tardé un par de minutos en ver la imagen. La producción había elegido poner una foto mía de fondo. Una foto horrible de un yo anterior, un yo sin sirope, un yo pálido y afeitado, con una papada descomunal que aparecía en primer plano cada vez que me enfocaban.

Era como si la papada gigantesca me susurrara al oído: este eres tú, el verdadero, esta es tu imagen de cada mañana, la que ven tu esposa y tu hija al despertar, no importa cuántos sacrificios hagas ni cuánto líquido absorbas, recuerda, Jorge: todos tus esfuerzos por caretear mentón han sido y serán inútiles.

Momento exacto en que veo la papada en el monitor. —Video completo, acá

Estuve toda la charla mirando de reojo mi gigantografía fofa. Por suerte la conversación empezó a tomar un camino interesante de libros queridos, de infancia y de educación literaria; entonces, cuando promediaba la entrevista, dejé de pensar en la imagen que me apuñalaba por la espalda. En cierto modo fue peor. Porque mi cerebro, ya liberado del problema estético, de repente se acordó otra vez del hambre acumulado.

Hablábamos de Twain con admiración y yo pensaba en el huevo batido y crocante de un pastel de papas. Nombrábamos con cariño a Chesterton y yo fantaseaba con una porción de pascualina. Destacábamos la intensidad de Allan Poe y en mi cabeza solo había lugar para el arroz con pollo.

Tuve sin embargo un momento de enorme felicidad al final de la charla. Fue cuando el periodista, en forma de agasajo inesperado, me entregó una tarjeta. Un auspiciante del programa, un restaurante muy exclusivo de la Recoleta, me invitaba a almorzar o a cenar gratis.

“Me imagino que te gusta comer rico”, me dijo el entrevistador sin conocer mi drama interno, y yo pensé, mirándolo a los ojos, que solamente un gordo conoce las necesidades de otro gordo. Y me sentí hermanado y en deuda con él, como el león doliente cuando la pantera rosa le extirpa la tachuela del pie.

Ni bien se apagaron las cámaras no saludé a nadie y me fui. Ni siquiera me dejé desmaquillar en el camarín. Me calcé el morral y salí a la calle con paso firme. Llamé a un taxi. Me subí con la garganta seca, le mostré al conductor la tarjeta y le señalé la dirección del restaurante como lo hubiera hecho un sordomudo apurado.

Durante los veinte minutos en taxi, desde la calle Fitz Roy hasta Libertador al 1100, mi estómago se preparó para un combate desigual contra todo lo masticable de este mundo. Un gordo alimentado a líquidos durante días, con una tarjeta de comida gratis en la mano y toda la tarde por delante, se convierte en una máquina perfecta de segregar bilis y jugos gástricos.

Al llegar al restaurante, ya desde la vereda, supe que las cosas no estaban bien. Las sillas estaban patas arriba sobre las mesas, y dos camareros me miraron entrar negando con la cabeza. “Cerramos a las cuatro y media”, me dijo uno. Pregunté cuándo abrían de nuevo. “A las ocho”. Yo estaba en ese intermedio ridículo del mundo occidental, las cinco en punto de la tarde. Ese tiempo en donde la gente toma té o café o coge o trabaja o duerme la siesta o muere; pero nadie mastica.

Caminé por Ayacucho, buscando con los ojos un bar abierto, o un almacén, o una rotisería. Vi un local extraño sobre la esquina de Posadas y entré. En este punto tengo que hacer un paréntesis, porque lo que vi al meterme en ese sitio puso a mi hambre monumental en un segundo plano.

Había una barra al fondo, sí, y eso le daba categoría de bar. Pero al frente tenía una tabaquería, muy del estilo de lo que acá, en España, se llama un estanco. En el medio de la escena había silloncitos, un par de sofás, y mesas ratonas. Lo que me sorprendió no fue eso, sino un señor canoso, opulento, sentado en un sillón y fumando un puro.

Hace cuatro años ya que no se puede fumar en España bajo el techo de los bares. Dos años en Argentina. Yo ya empezaba a olvidarme de esa sensación maravillosa de los cafés antiguos, llenos de humo, donde se podía conversar, beber y fumar al mismo tiempo.

Me olvidé del hambre. Ahora solamente quería fumar sentado en uno de esos sillones, abrir mi portátil, leer mails, pedir algo con burbujas y volver a fumar. Elegí un silloncito de pana, no lejos del único parroquiano que me acompañaba con su puro inmenso. La camarera me trajo una tónica con hielo y limón. Saqué mi tabaco mirando para todos lados, con miedo a una represalia, y armé despacio. Encendí el cigarrillo. Nadie me dijo nada.

Durante media hora me sentí feliz. Leí mails, respondí consultas, bebí, fumé como un escuerzo, y entonces el hombre canoso, que estaba a mi derecha, empezó a hablar por su celular. No lo hacía en voz muy alta. Pero enseguida dijo una frase que me hizo parar la oreja. Dijo: “Duhalde ya está adentro”.

Para que el lector extranjero entienda, en Argentina hay dos Duhaldes. Uno es bueno, el otro es malo. Como el bueno se murió hace poco, el hombre del puro hablaba del otro, del expresidente del país. Y cuando un cincuentón de traje, con un puro en la boca, sentado en el sofá de un Cuban Club de Recoleta dice por teléfono la frase “Duhalde ya está adentro”, uno empieza a extrañar España.

Todo pudo haber terminado ahí, pero no terminó. Diez minutos más tarde se abrió la puerta y desde la calle Posadas entró el Adolfo. Bronceado, de impecable traje sport. Saludó al del puro, que se levantó de su silla y lo palmeó. El Adolfo dijo: “¿Seguro está adentro?”. El del puro asintió en silencio.

Para que el lector extranjero entienda, en Argentina solo a dos personajes se los reconoce con el nombre de Adolfo, a secas. Uno es bueno, el otro es malo. Como el bueno se murió hace un tiempo, el hombre que acababa de llegar era Rodríguez Saá, expresidente del país durante los siete días más largos del año 2001.

El Adolfo se sentó tan cerca de mí que tuve que mover la mesita ratona y reacomodar la portátil. Mantuvimos un brevísimo diálogo, muy amable. Yo le dije: “¿Te molesta la mesa?”. Él me dijo: “Si a vos no te molesta, a mí tampoco”. Y desde ese momento nuestros codos se tocaron durante una hora. Y mi oreja estuvo a treinta centímetros de su boca todo el tiempo.

Escuché, haciéndome el boludo, una conversación en clave de la que no entendí nada. “El que te dije”, “ahora no que hay sudestada”, “hay que mantenerlo aparte”, ese tipo de frases que solamente se entienden dentro de un contexto, y que únicamente dejan claro que son turbias. Esas frases que, dichas por ciertas bocas, hacen que el perro de pavlov que todos llevamos dentro empiece a temblar de nuevo.

Y allí fue, en ese momento, mientras el puzzle más rancio de la política argentina intentaba rearmar su estrategia, que descubrí el micrófono.

Primero me palpé el bolsillo y creí que era mi celular. Pero cuando lo saqué de su sitio noté que era más cuadrado y pesado, y que tenía una luz roja palpitante, y que tenía un visor con una frecuencia encendida, y que tenía un cable interno que seguía por debajo de mi camisa, un cable que terminaba en un corbatero abrochado en mi segundo ojal desde hacía horas. Justo un poco más abajo de mi papada.

De repente todo me pareció irreal. ¿Qué hacía yo, en un salón de puros de la Recoleta, codo a codo con un expresidente bronceado, tomando tónica y habilitando por mail a distribuidores holandeses de una revista, con un micrófono de C5N encendido a treinta centímetros de una conversación que había empezado con la frase “Duhalde está adentro” y que sabe Dios cómo terminará? ¿Qué hacía yo ahí, y no en mi casa fumando un cuete? ¿Por qué bebí sirope de arce con límón durante diez días? ¿Por qué, a los cuarenta y un años de mi edad, me sigue importando tener papada?

Pagué lo más rápido que pude mi tónica con limón y me subí a un taxi. Tenía que devolver ese micrófono urgente. Horas más tarde mi mujer me diría que había sonado mi teléfono mil veces en Luján, que la gente del canal estaba desesperada y que me odiaron mucho, porque después de mi entrevista venía otra y tuvieron que salir a buscar corbateros a otro piso.

Pero yo entonces no sabía todo eso. Yo viajaba en taxi por Buenos Aires, de camino otra vez a la calle Fitz Roy, y pensaba, con sorpresa, que no me había sorprendido en absoluto la conversación engañosa entre esos dos hombres en el salón del Cuban Club. Me habría sorprendido, pensé, si uno de los dos hubiera dicho “tenemos que hacer algo por este país de una vez por todas” o alguna frase por el estilo. Me hubiera sorprendido eso.

Dejé el micrófono en la recepción del canal, avergonzado y sin pedir disculpas. Y con el mismo taxi me hice llevar al bar Orsai de San Telmo, que ya estaba empezando a abrir las puertas.

En el bar me esperaba Comequechu con sus pizzas. Pero, no sé por qué, se me había cerrado el estómago.

Hernán Casciari
Lunes 26 de noviembre, 2012

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183 comentarios Mic

  1. Siropedearce #138    7 marzo, 2016 a las 6:51 pm

    Si la dieta del sirope de arce es muy conocida aunque realmente no es un dieta, es un periodo de detox para limpiar toxinas del organismo pero es verdad que se pierde peso ya que son 10 días tomando un preparado con sirope de arce.

  2. Fred Fonz Llonso #137    1 julio, 2015 a las 12:16 pm

    Da miedo de sólo leerlo, los dinosaurios siempre presentes lamentablemente. Una pequeña corrección, en el párrafo 7 dice: …la que ven tu esposa y tu hija al “desperar”… Saludos Hernán

  3. siriho redelico #134    12 agosto, 2013 a las 12:01 am

    QUE ODISEA””, SUERTE QUE TE ENCONTRABAS EN LA ZONA BIENUDA”, MIRA SI TE DABAS UNA VUELTA POR EL CONURBANO BONAERENSE!!! IMAGINATE EL FASO””.ABRAZO””

  4. francisco cicciari #132    11 abril, 2013 a las 9:04 am

    Muy bueno! nunca vi esa entrevista, cuando la vea si es que la veo algun dia. se me va hacer dificil olvidarme de tu cuento, un abrazo saludos

  5. andrés enz #131    4 abril, 2013 a las 7:21 am

    por suerte no te quedaste a escuchar la parte de “ya llega el aníbal” – también tuvimos uno bueno y tenemos uno malo. y en esa conversación sólo entraba uno

    1. taximetrista    1 respuesta3 enero, 2013 a las 1:49 am

      Jaja. El sirope es como una miel, es un líquido espeso y dulce, puede tener cualquier sabor. ¿Viste las “salsas dulces” que hay en las heladerías para echarle arriba al helado? Normalmente de frutilla, chocolate, dulce de leche… esos son siropes.

  6. Martín Guevara #127    25 diciembre, 2012 a las 2:15 pm

    Hernán, como describir lo que leo. Entré en contacto con la revista y con tus escritos y con tu vídeo de presentación recién hoy, de casualidad, escribi un pequeño post en mi blog sobre una tremenda diarrea en Navidad http://martinguevara.over-blog.es/article-bife-de-lomo-y-aceite-ingles-113771016.html y un amigo me recriminó que dijese que en España al menos había bidet! y me mandó tu escrito de Cagar leyendo, un placer rioplatense. A partir de ahora se convertirá en una costumbre placentera leer estos blogs. Ojalá tenga tiempo para la revista también, eso signicaría que publiqué mis libros y me pude tomar un respiro! abrazo. Mirá vos , yo vivo en León, España, y hace un par de semanas estuve en Baires mi ciudad, y en san Telmo mi barrio fui a comer pizza a pirillo, a tomar algo al nacional, a casas de amigos, peor no sabía nada del Orsai, bueno la próxima vez será.

  7. Kariu #126    22 diciembre, 2012 a las 12:18 am

    Fue lo primero en lo que pensé cuando escuché acerca de los saqueos, me da escalofríos saber sólo una partecita de las historias que se entretejen a nuestras espaldas. Lo peor es que hace varios años todos lo acusan, hasta hay libros que hablan de sus negocios sucios, y él sigue su vida tan tranquilo.

  8. chicruz #122    15 diciembre, 2012 a las 4:51 am

    La verdad,estuve el bar. Como explico que no tengo exactamente menos de 50 pirulos. Pero debo de tener unos 25 en digital(Internet). LO cual me lleva que no puedo conversar acerca de que pertenezco a grupos de Literatura, tengo un blogg y acceso a toda la información del mundo que siempre se nos vendió.Entonces dije, ya te había leído había disfrutado, y conocía bastante.Mi CDC(compañera de casa, pasa por el mismo problema, cuando con amigos de nuestra edad comentamos de Internet, grupos, etc. Empiezan a mirarte “raro2 con cara de que sos o te hacés. Por lo tanto inteligentemente pensamos, vamos a “Orsai”, nos imaginamos notebook por todos lados y gente como nuestros hijos.Ahí vamos a estar como “chanchos”, fuimos no había mucha gente ya entramos y nos sentimos como en “casa”,se respiraba otro ambiente, vamos a ala “barra”vos sos “comequechu”, meta abrazos y comenzamos a saludar pibes, de todas partes, al fin en familia.Foto al final con “comequechu”y comentarle, sabes lo que me pasa con Hernán, cuando estoy medio depre en internet, de repente se pone denso, voy y me leo algo de Casciari y me levanta el animo, nos reímos, si me dijo es su especialidad no sé como lo hace…Bueno hoy también…..

  9. Flavia Gonzalez #119    13 diciembre, 2012 a las 2:46 pm

    yo me hubiese quedado a terminar de escuchar la conversacion como si nada total el microfono ya lo tenias ahi, lo podias devolñver despues u,u personajes nefastos si los hay…

  10. Isismery #116    1 respuesta10 diciembre, 2012 a las 1:16 pm

    Excelente! la imagen en la cual te ves en el monitor me causó mucha gracia! luego vi el video completo y me reía por tu semblante, como queriendo decir: “¡que hdp! ¡justo esa foto van a poner!”
    En cuanto al Adolfo malo…este país da para esto y mucho más…eso me da más miedo.
    El Adolfo bueno: ¿será ABC?
    Contenido de reportaje C5N: “miedo en el cuerpo, el papel causa miedo” Sí, eso es Poe, exactamente. Muy bueno! Saludos!

      1. Isismery    1 respuesta12 diciembre, 2012 a las 5:19 pm

        Como amante de la literatura y de Borges, lo primero que se me vino a la cabeza fue Adolfo Bioy Casares. Quizá dependerá de la interpretación de cada lector! Eso lo hace más entretenido…

  11. Viri #111    4 diciembre, 2012 a las 10:12 am

    Acabo de ver tu entrevista en Youtube, yo no te veo desconcentrado, como se dijo más arriba, todo lo contrario. Como madre, que no leyó a Mark Twain, sino a Corazón o Papaito piernas largas, jejeje, te agradezco tus comentarios y consejos, me parecieron piolas.
    Una pregunta Hernán, cuál es el primer escritor que nombran en la entrevista?

  12. Paulilla #110    1 respuesta3 diciembre, 2012 a las 3:08 am

    El otro día, extrañamente estaba levantada a las 8 de la mañana, desayunando en un bar en pleno centro porteño, cuando entró, saludando a diferentes señores, con su característica voz, D’Elía (En Argentina hay por lo menos 3 D’Elías famosos, dos son los buenos, no se murieron, son padre e hijo y excelentes actores, el otro es el malo, se llama Luis y con googlearlo es suficiente). Las conversaciones que mantuvo (cambió de señores un par de veces), fueron de, exactamente, la misma índole.

    1. Un Tal Lucas    7 diciembre, 2012 a las 5:53 am

      es imposible ser político y ser impoluto. aún cuando seas el tipo más comprometido del universo, si realmente lo sos entonces los que se encargan de construir la realidad se van a molestar por su existencia. no se si será el caso de Luis D´elía, pero partamos de la base de que no lo conocemos sin la mediación de otros. Quién te dice si los Délía actores no son unos forros?

  13. Pepe #108    1 respuesta30 noviembre, 2012 a las 2:24 pm

    Hernan,
    me gustó la entrevista, sobretodo para mi que siempre ando pensando como incentivar en mi hija la lectura. Solo queria preguntarte su opinión acerca de los libros de Harry Potter ¿recomendarías su lectura?
    saludos

    1. Kariu    1 respuesta1 diciembre, 2012 a las 5:35 am

      Permiso! En Orsai 3 (que se puede descargar acá) hay un artículo sobre Harry Potter muy interesante de Ana Prieto. Recomiendo su lectura, y recomiendo leer a Harry Potter a cualquier edad…

  14. Usuario #106    1 respuesta29 noviembre, 2012 a las 10:08 pm

    Hace ya muchos años cuando de niño ayudaba de mala gana a mi madre a servir las cervezas a los clientes extraños. Uno de niño siente más esas cosas sobre las personas grandes. Los extraños hablaban de todo y se reían. Casi siempre usaban palabras que no entendía. Un día pronunciaron una oración magnífica que anoté con rapidez para buscar luego su significado pero luego lo olvidé. Esto no trascendió hasta un par de años después cuando volví a encontrar la frase escrita en la última página de una revista de crucigramas ya vieja y oliendo a olvido que había sobrevivido debajo del tocadiscos de mi padre. Leí al frase nuevamente y me di cuenta que era un insulto. Entonces no me sorprendí que fuera pronunciada por aquellos autores alejados en el tiempo. Ellos eran unos concejales de mi pueblo natal y en medio de la euforia de la cerveza con todo el calor de la costa atlántica colombiana, uno de ellos le había dicho a su mejor amigo Lo he recordado todo con esta entrada del blog de Orsai. Y me he animado a escribir la historia completa. Cuando la acabe se las comparto a todos. Saludos desde Colombia.

    1. Usuario    29 noviembre, 2012 a las 10:12 pm

      la frase fue “Que me vas a reprochar a mi, tú que eres el prototipo de la gente baja”. (lo siento escribí la frase entre signos de mayor y menor y se ocultó)

    1. Juan Pablo Rebuffi    9 diciembre, 2012 a las 3:16 am

      Leyendo a todos ustedes, amigos, en este bello sitio, me veo obligado a elevar el tiro esos milimetros e impedir en esta instancia que el tiro que tenia planificado para el entrecejo de alguien en otro momento, sirva solo para asustarlo y me sirva para darme cuenta que es mejor asi.
      Salud.

  15. Titania #102    29 noviembre, 2012 a las 1:42 pm

    Que genial! la verdad q haces q cada lector imagine la situación de un modo tan pintoresco! Y el hecho de escuchar tus llamadas en Vorterix le agrega al relato tu voz en mi cabeza! Exquisito! Cariños!

  16. elpenta #101    28 noviembre, 2012 a las 7:58 pm

    excelente texto Hernan…..me pregunto si esta gente conocerá una de las frases que hizo grande a la Argentina…”anda a hombrear bolsas al puerto”…que no es Madero, obvio!