Un mensaje desde el pasado

Los talleres literarios aconsejan que no hay que sentarse a escribir ni en medio de la exaltación ni en mitad de la desdicha. Recomiendan que antes de escribir en caliente pasen los días y se ordenen las ideas. Está claro que los talleres literarios no tienen una columna en la radio el lunes, ni un blog donde hay que hablar sobre la Final del Mundo.

A esta hora en mi casa de Sant Celoni es la madrugada del sábado al domingo; solamente queda el partido final. Hace un rato, después de que Holanda le metiera tres a Brasil, en mi cabeza saltó una alarma. ¿Qué pasa si Argentina pierde y tengo que escribir y grabar la columna de Vorterix y el texto del blog?

Estoy de acuerdo a medias con los talleres literarios. Yo creo que sí podría narrar en mitad de la exaltación; o por lo menos no me preocupa lo que salga de mi boca, de mis dedos, si Argentina ganara el Mundial. Cerraría los ojos y me dejaría llevar por la exageración, el chovinismo y la cursilería, más o menos en ese orden. No me daría vergüenza ser frívolo.

El problema es si, en lugar del milagro, en la final ocurre lo que dice la lógica. Yo me conozco bien, y sé que no voy a tener fuerza ni ánimo para redactar y corregir la última entrada sobre el Mundial. Hace mucho tiempo que no puedo caretear energía cuando no tengo.

Aunque me sienta orgulloso de esta Selección, aunque el segundo puesto será sin duda dignísimo, yo me conozco. Solamente voy a tener fuerza para cagar, dormir y estar triste. Ni los bomberos me van a despertar de la angustia, y menos para redactar mil palabras, grabarlas —¿con qué voz, con qué aire voy a grabarlas?—, mandarlas a la radio y, además, hacerle retoques para publicarla en el blog. ¡Ni en pedo!

En 2010, cuando Argentina fue goleada por esta misma gente en cuartos de final, estuve treinta y ocho horas sentado en el garage de casa, balancéandome de adelante para atrás, como los locos, y repitiendo la palabra Miroslav… Miroslav… Miroslav… Mi hija tenía seis años y me miraba desde la escalera, con miedo, creyendo que me había convertido en el primer zombie gordo del mundo.

Mi mujer me decía «levanta un poco el culo para que pase la fregona, que te has meado otra vez», y a mí me costaba incluso eso, levantarme del suelo para que me lavaran.

No pude escribir una frase entera hasta cuatro días después, no pude ser chistoso hasta el tres de agosto, no pude comer berlinesas con crema hasta muy entrado el 2011. Por eso acabo de tomar la decisión (y eso significa que en estos años maduré mucho) de que estas palabras serán mi crónica final sobre la Copa del Mundo, si Argentina pierde.

A esta hora del domingo, según las casas de apuestas, «cagar, dormir y estar triste» paga 2.20, mientras que «escribir mañana con exaltación y cursilería» paga 3.50. Es decir, hay más probabilidades de que yo esté deprimido en la cama el lunes, (y de que la radio emita estas palabras), que de ser feliz como un chancho.

Aprovecho entonces para decirles a mi hija y a mi mujer que cuento con ellas los próximos diez días; que aunque no me va a salir de la boca la frase «tengo sed», cada ocho o diez horas deberán darme algo líquido.

Aprovecho también para avisarles a todos los que me conocen, que no responderé correos, ni de consuelo ni de acreedores, hasta el lunes veintiuno.

Y aprovecho, sobre todo —porque todavía en mi cabeza es domingo temprano y el partido no se jugó—, para decir en voz alta que cuando se me pase la angustia, volveré a estar orgulloso, como hoy, de nuestros futbolistas.

Para siempre.

Hernán Casciari
Domingo 13 de julio, 2014

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135 comentarios Un mensaje desde el pasado

  1. tundra rio #84    25 julio, 2014 a las 3:16 pm

    Hernán, buen día. Simplemente deseaba mandarte un gran abrazo, decirte que te admiro y que me encantaría que leas un cuento que subí a mi blog, “En el nombre del Silencio”. Sería un gran honor para mi. Un abrazo fuerte.

  2. Marina #83    1 respuesta16 julio, 2014 a las 3:27 am

    Joven Gordito, te tengo noticias de tu Mercedes. Hoy, alrededor de la una de la tarde, llegó Lucas. Ya te conté que, esta vez, sentíamos más nuestra que nunca la Selección, porque jugaba de 6 “nuestro” Lucas. La gente lo estaba esperando apenas cruzando la rotonda. Un autobomba lo esperaba cerca de la estación de servicios de Bertone, por ahí por la calle 119 para pasearlo por toda la Avenida 1, por la 30 hasta la 29 y de ahí hasta la Municipalidad. Las calles estaban llenas de hombres mayores, mujeres, adolescentes de ambos sexos, los chicos de las escuelas con sus uniformes o guardapolvos, los niños, los bebés, camiones transportando adolescentes con bombos y banderas, motos, bicis de todos los modelos, coches ranas (3 cv) con el techo de lona corrido para que salieran por ahí niños y adolescentes…No había visto una movida así desde junio de 1982, cuando todo Mercedes se volcó sobre la 2 para recibir a los “Guerreros del 6”. Aquella vez, también venían vencidos…Pero los recibieron como los Héroes que eran. Esta vez, igual que aquella, nuestra gente lo recibió como un Héroe. Al ver pasar el autobomba delante de la Sala de mi Público Despacho, es decir por El Cabildo, lo ví al muchacho ahí arriba, saludando con la mano a esas dos mil y pico o tres mil almas que vestidos de celeste y blanco, lo esperaban con banderas argentinas flameando, con la albiceleste con el 6 en la espalda. Iba con su nena sentadita, allá arriba. Lo primero que pensé fue en que esa nena, la hijita de Lucas Biglia, jamás en la vida se va a olvidar de este día: el día que paseó con su papá en el autobomba de los bomberos de Mercedes, al lado del héroe de su papá. Y lo primero que se me ocurrió, Joven Gordito, es que alguna vez quiero verte pasar delante de la Sala de mi Público Despacho (es decir, El Cabildo) allá, arriba de ese camión enorme y rojo, con sirena y todo, con la Nina para que, viendo esa multitud de almas a tu alrededor, se grabe para siempre en sus retinas, que su papá es el genio, el capo que es.

  3. jose maria -txema- gonzalez learra #81    1 respuesta15 julio, 2014 a las 11:04 pm

    A la verdad se puede llegar por muchos caminos. La mentira suele salirnos al encuentro.
    Solo trato de aportar algo que pueda servir de ayuda. Algunas piezas van encajando.

    MESSI
    Por Ernesto Morales
    La única vez que vi a Lionel Messi en persona, delante de mí, dos cosas me llamaron poderosamente la atención. Primero: era mucho más frágil de lo que imaginaba. Exceptuando sus piernas, desde luego, todo en él me recordaba a un niño. Si su estatura es 8 centímetros más baja que la mía, su torso es la mitad de estrecho que el de un adulto promedio, como si se tratara de un adolescente cuyo tórax no se terminó de desarrollar.
    Segundo: Lionel Messi no disfrutaba aquel espectáculo de luces y flashes y autógrafos pedidos y cámaras de televisión con reporteros que, como yo, intentaban obtener una reveladora entrevista suya. Recuerdo haber pensado: este chico, solo quería jugar. Y lo han traído de la mano a esto.
    Era el año 2012, acababa de ganar su tercer Balón de Oro, y estaba en Miami como parte de esa gira esperpéntica llamada “Messi & Friends”, organizada por la fundación que lleva su nombre, donde se desarrollaban partidos entre dos equipos-frankenstein, armados a como diera lugar con jugadores estelares, para exhibición y recaudaciones benéficas.
    La lectura del marketing podría ser esta: “El mejor jugador del mundo dedica sus vacaciones a jugar fútbol para recaudar dinero con fines benéficos”. La lectura un poco más profunda sería otra: “Un chico que solo quería jugar al fútbol, debe cumplir también en sus vacaciones con obligaciones, sin descanso, porque la maquinaria de dinero, de publicidad, exige fundaciones como la suya, benéficas, para paliar los impuestos millonarios a sus ingresos”.
    De repente debía ganar más dinero para que le quitaran menos de su dinero. Y del dinero de su padre. Y del dinero que le generan Adidas, y Head & Shoulders y Doritos y la retahíla de transnacionales que pagan por su imagen. Y Leo Messi, cuando empezó todo esto, con cinco añitos, solo quería jugar al fútbol. Esa linda y sobrecogedora palabra: jugar.
    Cuando Lionel Messi me firmó el tennis que guardo en una vitrina de mi casa, apenas me miró, aquella tarde en los vestuarios del Sun Life Stadium. No miraba a nadie. No podía. Sus pupilas no tenían forma de fijarse en ningún punto concreto: tenía cien flashes encima, ocho cámaras de televisión, y un cordón de guardaespaldas liderado por su tío que no por ser su tío tenía la complexión del sobrino. Es bajo como él, pero es un pequeño Neandertal con brazos de orangután. Tengo el recuerdo grabado en la memoria con espantosa fijación: aquel chico, tres años menor que yo, literalmente no podía dar un paso con libertad. Su cara era una forma de la angustia sobrellevada.
    En los vestuarios del stadium de Miami conversaban y se cambiaban esa tarde, con total naturalidad, futbolistas de élite como Radamel Falcao, Didier Drogba, Fabio Cannavaro y Diego Forlán. Ellos podían, aunque fuera a trompicones, tener una vida normal. Se tomaban un par de fotos, hablaban entre ellos, socializaban incluso con nosotros los periodistas. Lionel Messi no. Adidas exigía, como parte de los acuerdos contractuales de esta gira benéfica, seguridad personalizada a toda hora y en todo sitio. Y a toda hora y en todo sitio incluía también las duchas. Messi no podía bañarse y cambiarse en el mismo vestuario que el resto.
    Y todo esto había empezado en un barriecito de Rosario, Argentina, veinte años atrás, con un chiquillo que solo quería jugar al fútbol.
    Messi no nació normal. Además de la deficiencia hormonal que le obligó a mudarse a Barcelona en su infancia para recibir tratamiento durante años, nació con una forma leve de autismo descubierta por el psiquiatra y pediatra austríaco Hans Asperger.
    Cuando en este 2014 Messi dijo que no sabía nada de sus cuentas bancarias y deudas con Hacienda, que todo eso lo llevaba su padre, difícilmente no estuviera diciendo la verdad. No solo porque su genio es para el fútbol, no para la economía y la mercadotecnia, sino porque él solo ponía las piernas. Su síndrome de Asperger da para una concentración extraordinaria en un asunto (en su caso el fútbol), y para nada más. Los cerebros que controlan los hilos de su nombre y su marca y su cotización, empiezan en su padre y terminan, quién sabe, en una red de abogados y firmas donde cada cual saca su apetitosa tajada.
    Messi, su padre le decía: “Tú juega al fútbol. Déjame el resto a mí”. El chico al que ni la escuela, ni otros deportes, ni la televisión ni los viajes le interesaban, el rosarino pequeñito de 10 años, al que solo le interesaba inyectarse los muslos para poder jugar al fútbol, de repente se descubrió debiéndole 35 millones de euros a Hacienda.
    Cuando Lionel ganó su primer Balón de Oro, en 2009, el escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que a Messi deslumbraba verlo porque no había dejado de jugar como un chiquilín de barrio. Era verdad. Así jugaba Lionel. Y así no juega ya. Por el camino, en esa línea que debía ser recta entre un deportista fascinantemente talentoso y el deporte que solo quiere practicar, han entrado a jugar otras demasiadas variables que en nada son poéticas ni ingenuas como la palabra jugar.
    De repente Messi se vió con un peso sobre sus hombros: ser el sustituto de Maradona. Él no lo pidió. El solo pidió jugar al fútbol. Pero su país y nosotros, los hinchas, le otorgamos esa empresa como quien envuelve el mapa del tesoro en la piel de un animal, y lo pone en manos de un héroe que debe partir.
    De repente se vio, además, como una industria de hacer euros. Lo mismo posando en calzoncillos, que vistiendo los carnavalescos trajes de Dolce & Gabbanna, que lavándose la cabeza con champú que de seguro ni usa. Pero eso le decían sus asesores, sus familiares, sus abogados, que debía hacer. Un rasgo distintivo de los síndromes de Asperger es su noble capacidad para obedecer. Messi terminó siendo como todos quisieron que fuera.
    Y después vinieron los Balones de Oro. No importaba que él solo balbuceara una y otra vez que solo quería jugar al fútbol. Nada de eso. Tenía que ser la estrella del circo. Tenía que exhibirse como el principal gladiador del coliseo romano. Uno tras otro los Balones de Oro que la FIFA le arrebató a una revista francesa, madre de la iniciativa. Toma. Ahí los tienes. Eres el mejor del mundo. No nos basta con tu juego hermoso, divertido, de fantasía. No es suficiente con que hagas más bello este deporte todavía. Tienes que ser nuestra cabeza de turco. Nuestro fantoche. Algo que vender, porque te van a comprar: eres demasiado bueno.
    ¿Porque él los quería? No, casi de seguro: porque nosotros los queríamos. Nosotros, los consumidores adictos al fútbol. Los que exigimos cada vez más torneos, aunque los futbolistas tengan cada vez menos piernas. Y nosotros pagamos por eso. Pagamos por camisetas, por membresías de clubes, entradas a stadiums, juegos de Playstation, posters. Nosotros pagamos, la industria pone luces, cámaras y acción; los futbolistas, llámense Messi, o Cristiano, que pongan sus muslos y sonrían.
    Y uno termina preguntándose si aquel chico se acordará, entre tanta vorágine y tanta podredumbre, de que él solo quería jugar al fútbol. Como otros queríamos ganarnos la vida escribiendo, otros bailando, y otros pintando cuadros. Divertirnos, solo eso.
    El primer gran enemigo de la FIFA, casualidad macabra, es el hombre cuya Historia ha atormentado al rosarino Messi, sin ninguno de los dos quererlo. Es un atorrante incontenible, un comunista vomitivo y futbolista sin comparación posible, llamado Diego Armando Maradona.
    Maradona se ganó la animosidad de la FIFA por hacer algo impensable, digamos: denunciar a los cuatro vientos que esa banda de rufianes que había organizado al fútbol alrededor de cuatro letras, se comportaba como una mafia sonriente con todo el poder del mundo, sin oposición o control posible.
    Muchos se preguntan, de no haber sido Maradona el enemigo declarado de la FIFA si su carrera habría sido truncada de forma tan escandalosa por aquel positivo a la endorfina, en 1994. No era el primero, no sería el último en dar alterado en un test de doping. Con Maradona, el bocón, el bastardo, no hubo atenuante posible. La FIFA sonreía.
    Hoy, rebelarse contra la FIFA es prácticamente imposible si quieres patear balones de manera profesional. El organismo tiene impunidad para, por ejemplo, no pagar impuestos y derogar leyes vigentes en los países donde celebra sus torneos si estas afectan sus intereses económicos. Y está dirigida por un señor mayor llamado Joseph Blatter desde hace 16 años. Blatter es solo 10 años más joven que Fidel Castro, y para mí, oriundo de un país donde las entronizaciones del poder han sido cosa de más de medio siglo, me aterra cualquier mandato demasiado extenso. Más, si el organismo dirigido se autodefine como sin fines de lucro y tiene fondos de reserva en bancos suizos (la casa natal de Blatter) por mil millones de dólares.
    Y esa es la organización que decide las vidas de chicos como Lionel, como James, como Suárez, como Cristiano. Jóvenes de entre 20 y 28 años que comenzaron viendo el fútbol no como un empleo, no como una forma de hacer dinero, no como mira un lobo de Wall Street los indicadores del Dow Jones: apenas niños que querían divertirse jugando al fútbol.
    Las lágrimas de Cristiano Ronaldo al recoger su segundo Balón de Oro, no tienen falla: eran lágrimas de presión. Lágrimas de tensión acumulada. De miedos impuestos por una industria donde todos, sus seguidores y detractores, le exigimos cada vez más, cada vez mejor, cada vez más espectacular. El colmo de lo grotesco: Cristiano Ronaldo debió jugar la final de la Champions League con una orden comercial en su cabeza: “Si marcas un gol, te quitas la camisa, vas hacia el corner, y gritas y sacas músculos, lo más fuertemente que puedas”. ¡Filmaban una película sobre él! ¡Había que lanzar más carne al hambre del espectáculo!
    Cristiano, como Messi, solo quería en un principio jugar al fútbol. Hoy, ambos, son los gladiadores que ganan millones despedazándose en medio del coliseo, mientras nosotros decidimos, en las gradas, si con un pulgar arriba o un pulgar abajo, se les perdonan o si se les salvan sus vidas. Nosotros los hemos puesto a pelear entre sí. Probablemente sin nosotros, sin la industria que nos satisface el morbo de la rivalidad malsana, ellos serían amigos o poco menos.
    Admitámoslo: esto es grotesco. Esto es una mierda.
    Alguien depositó en las neuronas de Lionel Messi una responsabilidad: tienes que ser el mejor de todos los tiempos. No basta con que juegues maravilloso. Tienes que ganar el Mundial, de lo contrario, no serás el mejor de todos los tiempos. Así llegó este chico a Brasil. No como quien viene a una fiesta, lo que debería ser. No como se va a competir con dedicación, pero con disfrute. No. A él se le exigía golear, correr, y ganar.
    Se lo exigía Adidas. Se lo exigía el contrato de mejor pagado del mundo que firmó con Barcelona. Se lo exigía su mercantil padre. Se lo exigía la separatista Catalunya. Se lo exigía una Argentina donde ni siquiera tuvieron a bien ponerle inyecciones de crecimiento cuando chico. Se lo exigía una legión de detractores que, crueles como somos los hinchas futboleros, emplea adjetivos mordaces y destructivos, adjetivos que vendrían bien a asesinos seriales o dictadores de pueblos, no a jóvenes que corren detrás de un balón. Se lo exigía yo. Sí: también se lo exigía yo mientras veía hoy el partido con mi hijo de seis meses sobre mis piernas.
    Messi ha fallado. Messi miraba al cielo en el momento de mandar ese tiro libre a las nubes. El mismo que otras veces se clavó en la red, hoy fue a parar al cielo de Río a donde doscientos mil argentinos ponían sus rezos para que el equipo no se fuera así, sin más. Y Messi era el culpable. Era culpable de no estar ya a su mejor y más rutilante nivel, y, oh pecado, era culpable de no ser ya el mejor de la Historia.
    De repente lo recordé caminando delante de mí, dos años atrás, firmándome aquel zapato con las pupilas dilatadas por tanto bullicio y luces alrededor de él. Recordé su cara de angustia, de quien quiere desaparecer y tumbarse en el sofá a ser un tipo simplemente normal: la misma cara con la que recogió, en el sopor de la máxima humillación, el último premio que todavía hoy le tenía la FIFA listo, contra toda lógica y toda comprensión.
    Yo vi a Messi esta tarde y de repente sentí lástima por él, y por la tragedia silenciosa que es toda esta profesionalización, esta industria de circo, descarnada, indoliente, donde tantos futbolistas se han suicidado y a otros tantos les ha explotado en la cancha el corazón; esta industria donde se coronan a héroes y se desguazan a derrotados; esta cultura despiadada donde miles de periodistas como yo escribirán hoy sus crónicas de la derrota y con un dedo señalarán, señalaremos, todos a Lionel Andrés, un muchachito de un metro sesenta y nueve centímetros, medio autista y medio genio, que no pidió ser el mejor de nada, que no soñaba con Balones de Oro ni cláusulas de 250 millones en Barcelona, y al que solo, en realidad, le interesaba poder divertirse un poco jugando al fútbol.

  4. Agustín Lamboglia #78    15 julio, 2014 a las 6:03 pm

    Sé que por pudor o vergüenza él no sería capaz de hacerlo. Por eso (y porque a mí me gustó mucho), comparto con ustedes un texto que escribió mi hermano.
    ——

    En el último mes tomé 14 aviones, estuve en el aire unas 27 horas, toqué suelo brasilero en 10 ciudades distintas, fui a 3 partidos mundialistas, vi 2 goles de Messi y 4 goles de Argentina.
    Hasta hace un mes, creí que eso de grabarse algo en las retinas de por vida era solo una expresión.

    Comparto con ustedes algunas líneas sobre Argentina subcampeón.

    Perdón. Yo firmé.

    Uno se va endulzando en el camino y lo que parecía un negocio redondo hace dos años hoy parece un robo a mano armada. Eso es lo lindo o lo tremendo del fútbol y del tiempo y su silencioso transcurrir: se encargan de modificar las estructuras, romper los pronósticos y quitarnos el aliento.
    Era una fría mañana de junio allá por 2012, a mitad de camino entre lo que pudo haber sido Sudáfrica 2010 y lo que podía ser Brasil 2014. Al despertar, sobre la mesa había un documento de unas 12 páginas con una oferta limitada.
    “Final con Alemania perdiendo por la mínima en el segundo suplementario” Creo que de los nervios y empujado por el temor a que se agote el ofrecimiento, dibujé un garabato aún más feo que el habitual .
    Después de estampar mi firma, repasé en detalle algunas cláusulas que completaban el acuerdo. Había una que decía que los alemanes clasificarían después de mandar a los locales a buscarla al arco siete veces. Incrédulo, releí ese inciso una y otra vez.
    La sonrisa se me dibujó en la cara avanzando en la lectura y descubriendo que “Brasíl será un pueblo acogedor y hospitalario para los miles de argentinos que vivirán la experiencia desde cerca, aunque en la cancha se transformarán y llegarán al límite de vestir 7 camisetas ajenas para “torcer” en contra de Argentina”. Nuestra gente, durante más de 30 días, llevaría únicamente la celeste y blanca.
    Estuve al borde de las lágrimas al ver escrito en el papel que la obstinada marea de argentinos preguntaría incansablemente a los verdeamarelos qué se siente tenernos en casa, a nosotros, los compatriotas de Diego y el Cani, artífices de la recordada victoria de Italia 90.

    Ayer, cuando Higuaín falló en el mano a mano, rompí mi copia del contrato y asunto terminado. O eso pensé.
    Nueve minutos después el mismo Pipita me hizo saltar, gritar y mirar al cielo, pero una bandera levantada, bastó para caer en la cuenta de que no alcanzaba con hacer desaparecer mi ejemplar.

    El de arriba, Blatter, Grondona, Dilma o quién sabe quien, tenía su copia del acuerdo y empezaba a jugar conmigo. Era obvio.

    No se lo dije a nadie, pero me pasé todo el entretiempo revisando la agenda, para ver si mágicamente tenía a “DIOS” o algo parecido como contacto. Después de todo, la magia no le falta a esta historia.
    Pero no había nada. Di tres vueltas completas a los nombres archivados y me empezaron a sudar las manos.
    Movieron del medio y me quedé quieto. Pasaban los minutos y empecé a repetir en voz baja “Quiero romper el contrato. Quiero romper el contrato”. Al fin y al cabo, si era el de arriba, no necesitaba pegarle un llamado y alcanzaba con invocarlo en silencio.
    Llegamos al alargue y seguía con la duda. ¿Tenía efecto todavía un estúpido papel firmado hace 2 años?
    Fue Rojo el que alzó la redonda desde la izquierda y Rodrigo el que la paró de pecho entrando al área. Ahí, justo ahí, sentí como me corría por las venas la tranquilidad de que esas 12 páginas eran historia. Pero no, al ex boca se le fue larga y sin terminar de dominarla quiso colgarsela al arquero. La Brazuca se fue junto a un palo.
    Ya no jugaban conmigo. Se estaban burlando. Sentía en el oído una carcajada incesante y sobre los hombros, la culpa de haber firmado un papel con el que me hubiese gustado no cruzarme nunca.
    Terminó el primer suplementario y ya no sabía que hacer ni decir. “Viene la lotería de los penales” pensé. Aturdido, seguí frente a la tele y vi otro centro desde la izquierda pero esta vez de los de casaca blanca y esta vez el pecho no la empujó tan lejos y esta vez la Brazuca terminó sepultada.
    Silencio.
    Qué me vienen con aleteos de mariposas ni que ocho cuartos, son las pelotas que se van al lado del palo las que cambian el destino. Son los balones que se encaprichan y le huyen al cobijo de las redes los que tuercen el trazado de la historia.
    En épocas de bonos y de canjes, admito que firmé. Canjee un segundo puesto por la tranquilidad de saberme en la final dos años antes. El orgullo de jugar los siete benditos partidos que se nos venían negando. La felicidad de meternos entre los cuatro mejores del mundo.
    Yo firmé. Y hoy pido perdón.

  5. Marcelo Farias #77    15 julio, 2014 a las 4:17 pm

    Lamentablemente de los “segundos”, nadie se acuerda. Y las batallas se ganan en el campo.
    Yo fui uno de los que pensaba, que este equipo no llegaba ni a la esquina. Pero el futbol, queridos amigo; es otra cosa. Es abrazarse con un tipo al que ni conoces, y festejar una jugada, o un golazo. Como el que nos dejó Lio en el ultimo minuto. Esa pasión no la entiende un Alemán, ni de pedo.
    Para nosotros, que somos de Mercedes, como Hernán; festejamos con la presencia de Lucas Biglia. Un hecho histórico y verdadera alegria de representatividad. Vamos Mercedes todavía!!!! Como decía el gran Lorusso.
    Un gran abrazo, y reaccioná. Aunque sea para mear…. Que en el 2018 vamos a estar ahi.

  6. Coyote #76    15 julio, 2014 a las 3:57 pm

    Hernán, soy de Mendoza (Argentina)…

    Me enojé… Miré al cielo y grité:

    “¿No eras argentino vos o atendías por acá cerquita?”

    Y de repente una voz grave, y algo quebrada, me respondió:

    “¿No viste la habilitación que le hice al Pipita para que quedara mano a mano? ¿No viste el cabezazo de ellos que atajé con el palo? ¿No viste el pasé al pecho que le puse a Rodrigo cuando quedó solo? ¿No viste la diagonal que le liberé a Lio? ¿No viste el partido entonces??? ¡Si hasta les dí un tiro libre en el último, últisimo, minuto del partido! ¿O pretendías que ese último tiro bajara y lo metiera con la mano!? ¡Nooo! Ya tuve muchos problemas por lo del ´86.

    Entonces me quedé en silencio, pero tranquilo…
    Ya más no se podía hacer, y si el de allá arriba quiso que así fuera, tendrá sus razones divinas. Será más valioso evitar más caos entre los brasileros, que los argentinos que viajaron a ver los partidos volvieran a sus casas y que los alemanes recibieran esta merecida copa por la que vienen trabajando tanto y gastando tanto dinero…
    ¿No sé?
    ¡Capaz, será la próxima!

    Reflexión: Los mundiales se ganan con equipo, trabajo, esfuerzo y planificación, a lo alemán; o con lujos y zamba, a lo brasilero; o con cautela y tosquedad, a lo italiano; o con rudeza y pierna dura, a lo uruguayo; o con un solo “crack” que quiera llevarse el mundo por delante, a lo argentino.

    Herzlichen Glückwunsch Deutschland.

  7. Daniel Bron #74    1 respuesta15 julio, 2014 a las 9:34 am

    En otros mundiales me sentí más destrozado que en éste.
    En este mundial siento que nos fuimos con la cabeza bien alta.
    Tengo compañeros de trabajo mayormente españoles (y catalanes) pero también italianos, holandeses, colombianos, un mexicano y un alemán. La mayoría daba por sentada una goleada de Alemania o, al menos, una lección de fútbol. Y ambas cosas casi se las damos nosotros. Y mis compañeros lo reconocieron.

    Este equipo demostró actitud. Y eso vale mucho.
    Y con respecto a Sabella, aunque no me gusta, tengo que reconocerle sus planteos tácticos.

    Hernán: la cabeza alta. Esta es la mejor derrota que viví de Argentina.

    Saludos a todos.

  8. Astom #70    15 julio, 2014 a las 12:26 am

    No me gusta el fútbol. En realidad, no me gusta que ese divino deporte nos separe a nivel Latinoamericano. Sólo basta ver las redes sociales para darse cuenta que los “más hinchas” son los que insultan más, promueven la xenofobia y se embetunan en un nacionalismo que no se ve ni en fiestas patrias.
    Aun así, antes y después del partido pensé en ti y en lo que escribirías; quería que ganara Argentina para que fueras feliz y pudieras hacernos felices a todos nosotros con una columna maravillosa. Fui un iluso, porque olvidé que siempre lo haces bien.

  9. Mariadeaqui #69    7 respuestas14 julio, 2014 a las 9:45 pm

    Bueno, Casciari, quédese ahí nomás donde le plazca hasta el 21 de agosto o más allá, en ese lugar donde el espacio no cuenta donde el tiempo se congela que le permite encontrar – como decía Borges – “el goce de estar triste”. La ventaja de estar triste es que uno conoce el objeto, en cambio, ayer a la noche durante 113’, uno estaba ansioso, hasta angustiado porque no conocía justamente lo que nos deparaba el final – la final.

    Casciari, decido escribirle hoy no porque usted me guste – es decir, más que usted me gusta su estilo cuando escribe, lo que en francés se llama “la lengua de un escritor”. Aunque tengo que admitir que me he encontrado en las ultimas semanas – como muchos de los que escriben estos post – buscando su ultimo post, para enseguida compartirlo con mis hermanos y hermanas – y el resto de la familia – en el whatsup familiar. Estas ultimas semanas nuestra comunicación diaria se volvió febril, como todo lo que toca la pasión por el futbol, y sus post, los suyos Casciari, necesarios. Si hoy rompo mi silencio de lector y tomo la palabra en este blog – lo que para mi es un verdadero acto pero del que no hablaré aquí – es por que tengo una urgencia. La urgencia de escribir(le).

    Una de mis hermanas preguntaba en el dialogo whatsupero, que ya es casi la única forma de comunicación entre nosotros, “Pero este Casciari estaba más seguro de que íbamos a perder, que lo re parió!”. No supe que decirle…Claro, ella había leído ya el post anterior al fin del mundo que tuvo lugar ayer, 14 de julio.

    Vivo en Paris desde hace mas de diez años pero estos días estoy en Normandía, con mi familia. Ayer escuchaba sin querer sin mirar sin entender los clásicos fuegos artificiales de estas fiestas patrias de aquí, porque yo soy argentina, y después de algunos años – de a ratos y según como se mire – también francesa.

    Mi hijo mayor que tiene casi 8 años y medio lloraba desconsolado. El segundo de 3 y medio ya había claudicado, dormido detrás de un sillón. Me había olvidado por completo de ellos durante el partido! El mayor lloraba tanto y tan compungido que me sorprendí haciendo a un lado mi propio dolor, tomándolo entre mis brazos, llevándolo a la cama – aquí ya era la medianoche bien entrada – arrullándolo con palabras: “Pero m’hijo, no siempre se puede ganar, eso no es lo importante en la vida… sino tener garra, no darse por vencido ni aun vencido – como decía Almafuerte”. Se durmió poco después con una sonrisa, la cara llena todavía de maquillaje celeste y blanco, donde las lagrimas habían dibujado una mueca desdibujando la bandera albiceleste. Yo sabía por mis hermanas que los primos del otro lado del atlántico, también lloraban desconsolados.

    Yo sentía ese peso en el pecho que se instala cada vez mas fuerte, comprobando el vacío del whatsup familiar, el vacío alrededor de este evento que nos tuvo en vilo, de menor a mayor, como la performance de la selección. La rutina imperturbable, imponiéndose, insolente, terca.

    Al otro día este hijo me dijo sin embargo “debería haberme ido a dormir antes, no ver ese final”. “Pero corazón mío, donde esta el coraje sino cuando uno sabe que no sabe lo que puede pasar y se queda igual?”. Porque ser valiente y ser temerario es diametralmente opuesto. El primero tiene conciencia del peligro, el segundo no.

    La urgencia de este post que hoy me impongo de escribir – esperando encuentre un destinatario como quien tira una botella al mar – viene de esta desazón, que antes fue alegría. Mis hermanos varones se llamaron a silencio o a lacónicos “si” de vez en cuando, pareciendo entrar en un estupor catatónico. Me acordé de usted, Casciari y les recomendé respirar regularmente e hidratarse. Les advertí que si las mujeres de la familia seguíamos escribiendo, no era porque no sabíamos vivir el futbol como ellos, porque éramos ajenas a ese dolor sino porque alguien tenia que quedarse entero, de pie, curando los heridos, enterrando a los muertos, alentando a los superstitos.

    Es cierto que a mí el futbol no me interesa en lo mas mínimo, excepto en época de mundiales. En Buenos Aires tuve un rato largo un novio futbolero, bostero para colmo, fanático como pocos. Ya conocí – por procuración – la exaltación del triunfo y el horror del vacío, cuando ese que uno quiere se queda – el tiempo que dure el duelo – sin sentido alguno que le de cuerpo.

    La urgencia de este post no es para repetir una vez mas que tenemos – los argentinos – de que estar orgullosos en lo que nos queda de este mundial. No es para saludar la dignidad de los jugadores que nos hermanaron en ese intento denonadado de los 460 minutos en los que dejaron todo en la cancha. (“No había más” decía un Mascherano en la conferencia de prensa). No es para decirles que ayer me alegraba saber que había gente allí para festejar en el obelisco “como si hubiéramos ganado”. Tampoco para contarles mi tristeza al otro día por esos pocos que arruinaron la fiesta con pillajes y destrozos. No escribo para rogarles que vayan a recibir a los jugadores al aeropuerto aunque abrigo la tímida esperanza de que sean muchos.

    No escribo este post para nada de eso sino para volcar una verdad sencilla, chiquita. Una pregunta. Qué es lo que nos alegraba antes del día D? Que es lo que nos hacía sentir orgullosos de ser argentinos? Orgullosos de cruzarme con mis vecinos argelinos, colombianos, chilenos, chinos, vascos, turcos, y hasta franceses….? Quiero acordarme de eso, quisiera volver atrás el tiempo y recuperar ese recuerdo, ese olor en la calle, esa fiesta en el alma…Como diría su hermosa hija, Casciari, pequeña filosofa de apenas 10 años que promete volar alto, quizá acaso más que usted, en un post pasado, acaso el más bello que nos ha hecho descubrir en esta columna mundialera. Como podría uno recuperar ese recuerdo a partir de algo concreto, material, palpable? Como volver a apoderarse de un sentimiento una emoción un afecto… que ya pertenece al pasado? Como no traicionarse en definitiva y quedarse cautivo de la espera de un título una copa un reconocimiento otro mundial, para volver a sentirse con orgullo legítimo argentinos de nuevo?

    Mariadeaquiodedondeleguste.

    P.S. Si alguno puede decirme por favor como colgar una segunda banderita…

    1. El toti    1 respuesta15 julio, 2014 a las 2:36 am

      en mis datos hay un apartado que dice Bandera…ahi pones la segunda bandera…
      la primera la saca de la dirección postal.

      saldos y retazos

    2. Hernan Casciari    15 julio, 2014 a las 3:38 am

      No tengo ni idea, María. No sé cómo se accede a la víspera perpetua. Ojalá exista ese “olor a mamadera” del que hablaba Nina, ese ‘algo’ que nos mantenga siempre en el estado emocional del domingo a la mañana. Un beso desde el garage.

    3. El toti    15 julio, 2014 a las 1:28 pm

      Que buenas palabras….que bueno haber compartido tantos posts en este mes que nos dio tantos motivos para hablarnos y tratar de estar juntos a la distancia, con una esperanza más que una certeza.Leo, releo, y recontraleo los posts y fueron una fiesta en ascenso hasta que llegó la cuenta, que es inevitable, que llega siempre, pero que los argentos esperamos caerle simpaticos al dueño y que nos perdone y nos diga que vayamos tranqui, que está todo pago, la casa invita.
      Como sea, alguien tiene que pasar uno por uno y juntar la plata.
      hasta la proxima fiesta y no perdamos lo disfrutado.

  10. jose maria -txema- gonzalez learra #68    14 julio, 2014 a las 9:18 pm

    CARITAS PINTADAS.
    Se nos acabó el Gran Circo. Guardaron la pasta, los payasos apagaron las luces y se llevaron las fieras.
    Volveremos a pintarnos las caras para próximas funciones. Primero secaremos nuestras lágrimas de pocas alegrías y enormes decepciones. No perdamos el valor.
    Riamos o lloremos en rebaño, que mañana volveremos a enfrentarnos juntos o por separado. Sin nosotros no hay circo y las fieras solo harían mal el payaso.
    Al rey león que vomitó, le llevaron cojeando y enfurruñado hacia su hospital privado, exclusivo para grandes invidentes acaudalados. Hasta hacía muy poco había sido el más genial de los trapecistas vivos. Ahora se balancea rueda y rebota como una triste foca desanimada, que anhela volver a convertirse en el sublime perro que nos encandiló. Apenas ladra y casi no puede marcar.
    Le trucaron la corona real por una bola dorada pegada a la punta de un palo; por eso se frunció más mientras daba pasitos de pobre ninguneado. Pero no devolvió el agravio. Abrazó a todo el mundo. También a sus domadores.
    Contemplamos una cruel mofa del payaso de “máscara” más grandiosa. No recibió ni un solo caramelo dorado por sus magistrales actuaciones como el noble sabio que sin duda es. No ascendió de simple jefecito, para no agraviar a los jefazos y evitar que se viniera abajo la mugrienta lona del apestoso circo.
    Llorar es tan humano al menos como forrarse a ganar dinero, fingiendo jugar ante los demás a un juego de cartas marcadas.
    Los de afuera apuestan y pagan todo, los de adentro manejan y cobran algo, y los grandes jefes y sus corbatas triponas recaudan y se lo entregan contado, pesado y medido al…
    Gran Jefe del Circo que saluda, entrega medallitas y abrazos, trinca y se reúne en banquetes, para seguir diseñando sucesivas funciones.
    A falta de pan, que no nos puteen más el circo. Tenemos nuestro orgullo. Nos gusta pintarnos la cara, pero otros son los payasos.

  11. Marisa Godo Godoy #65    14 julio, 2014 a las 5:50 pm

    Ay, Hernán. No me afloje ahora que la tristeza es colectiva y uno necesita refugio en los que tienen el don de la escritura. Son las palabras las que nos salvan en momentos duros. Las palabras y los abrazos.
    Quiere que le cuente lo que fue nuestro país anoche luego del partido: fue una muestra de maduración, vea. De correrse del exitismo y reconocer que esta Selección nos dio inmensas alegrías; dio brillo a la pelota. Nos volvimos a enamorar. Jugaron al fútbol de manera digna; y, además, construyeron un discurso que tiene sabor a trabajo colectivo, a ponerle el pecho a la crítica, de aprender de los errores y mejorarlos. De sus bocas salían las palabras: humildad, responsabilidad, trabajo en equipo. Eso es valioso en los tiempos que corren. ¡Tan valioso, mire!
    Qué días maravillosos nos dieron estos pibes!!! Y qué gusto fue entrar a su blog, cada vez y leerlo y conmoverme hasta los huesos. No me afloje ahora.
    Abrazo inmenso.

  12. Luis Firmat #61    14 julio, 2014 a las 12:19 pm

    Hernan querido,
    Necesito que vuelques una vez mas tus sensaciones post partido, no me alcanza con que le hayas cambiado el nombre a la entrada y poco me sale aceptar tu promesa.
    Te imagino mirando el vacio y babeando el piso cual loco malo, ante la triste mirada de tus mujeres. Pero sé, aunque solo te conozca por leerte, que tenes una jugada más para darnos, esa que nos piante el lagrimón que tenemos atragantado desde hace horas y que no se anima a salir porque el corazon nos rebalsa de orgullo y solo nos permite agradecer la ilusion y la alegria.
    Este no solo va a ser el primer Mundial en que veo a la Seleccion en la final ni el de las 7 pepas a Brasil. Tambien va a ser el primer Mundial que estuve lejos de casa y que tuve la dicha de que el g(enio)ordo Casciari me haya hecho sentir más cosas que cualquier publicidad sensacionalista en Mundiales anteriores.
    Te estoy eternamente agradecido por todo lo que nos diste y por eso te exijo un poco mas, porque se que solo vos me lo podes dar, porque necesito cerrar este sueño de la misma forma que lo vivi: lejos de casa y con un posteo tuyo.
    Un abrazo de gol anulado.
    Luis (desde la lejana y poco futbolera Nueva Zelanda).

    PD: hasta se me ocurrio que tenes la obligacion de darnos una mas, pero me parecio demasiado cargar asi a una ameba gigante que la mujer tiene que cargar al baño.

  13. Irene ARG #59    14 julio, 2014 a las 7:25 am

    Hernán, por si estás como en el 2010, quiero decirte que en estos días estaremos por acá, para que escuches “El ruido del garage” como en el 2004.

  14. acanaya #58    14 julio, 2014 a las 7:03 am

    Vine corriendo a leer el blog para encontrar refugio (los stones: gimme shelter), a cambio me encontré con ésto que me erizó la piel. Creo que es mejor.
    Si necesitas yerba… estoy por la vecina Barcelona.

  15. Ana Torres #57    14 julio, 2014 a las 4:33 am

    Cada vez que terminaba un partido importante mi hermano me decía: “Y? Que puso Casciari?” Nos acostumbraste a todos a esperar tus cuentos después de los partidos, muy buenos!

  16. Maxi en Asia #53    14 julio, 2014 a las 1:43 am

    Disfruté mucho viendo este mundial de fútbol, que me brindó varias alegrías. Ahora, la vIda sigue. Nada, eso. Nos vemos, nos leemos. Saludos a todos desde Manila, buena semana!