No innovar

Hoy se pone a la venta, durante cuarenta días, el segundo número de Orsai, que estará en la calle la primera semana de abril de 2011. Con Chiri nos pusimos un objetivo hace un rato: no vamos a innovar. Vamos a apostar a la rutina caótica de la experiencia piloto. No innovar es volver a cero, seguir buscando temas y autores que nos salgan de las tripas. No innovar es que ustedes vuelvan a participar, si quieren, de la misma dinámica de hace unos meses: packs de diez, mucha charla y estos backstages de los jueves.

Lo primero que pasó, ayer miércoles, es que empezamos a borrar con un trapo húmedo la grilla del número uno (anotaciones, temas, apellidos de autores, pequeñas poronguitas dibujadas, ideas escritas de puño y letra) y las doscientas ocho celdas empezaron a quedar vacías. Habíamos estado dos meses mirando esa pizarra, modificándole cosas, acostumbrándonos a ella, y ahora volvía a lucir como la novia de Antonio Prieto. Blanca y radiante.

Cuando pasás un tiempo escribiendo una novela y la terminás (con todo el sacrificio que eso implica) te queda una sensación de vacío, andás por la casa como bola sin manija, no sabés muy bien cómo seguir. Con Chiri descubrimos ayer que NO pasa lo mismo cuando borrás con un trapo húmedo tres meses de revista Orsai.

En el momento de limpiar la pizarra experimentamos lo contrario al vacío: nos dio la sensación de que nos metían una manguera en el culo y nos llenaban de aire a presión, de oxígeno puro y cristalino.

—Esperá —le dije a Chiri—, borremos despacio… ¿Vos sentís lo mismo que yo?

Chiri asintió:

—Aire a presión en el culo… Sí.

—¿De verdad sentís como una manguera que te impregna de oxígeno nuevo y transparente?

—Es la manguera de las segundas oportunidades, Jorgito —me dijo.

—¿Y son por el culo?

—Para las almas sensibles son por el culo —respondió Chiri, borrando la pizarra despacio y con los párpados entrecerrados—, pero callate, callate y disfrutá del borrado.

Creo que fue ahí cuando intuimos la adicción. Poner esa pizarra en blanco para empezar una nueva Orsai, descubrimos, es una droga que iríamos a buscar muchas veces.

—Pero entonces —quise saber—, ¿somos editores o somos putos?

—Shh, mirá —me dijo Chiri, y me mostró la pizarra, ya vacía por completo. Sin una línea de tinta indeleble, toda blanca con sus doscientas ocho celdas negras.

Al verla empezamos a segregar jugos gástricos, igual que si fuéramos dos cachorros de Pavlov escuchando el timbre. La pasamos tan bien la primera vez, llenando esas celdas de nombres y de temas, que empezar de nuevo nos pareció inaudito, demasiado bueno.

—Pongámosle un pliego más —le dije, excitado—. Que el número dos de Orsai tenga doscientas doce páginas.

Entonces Chiri abrió los ojos como el dos de oro y me dijo, muy serio:

—Ni se te ocurra —y me puso el dedo cerca de la nariz—, pero que ni se te pase por la cabeza, gordo hijo de puta.

—Qué cosa.

Me miró sin mover los párpados.

—Innovar.

Eso fue lo que dijo; y se quedó con los labios fruncidos unos segundos, y con el dedo en alto, congelado. Me miraba como un perro rabioso.

 

Para entender esa advertencia de Chiri, o ese temor, nos tenemos que remontar al verano de 1991. Chiri odia que yo cambie nuestras rutinas por algo muy feo que pasó entonces.

Yo estaba pasando ese verano en Mercedes porque mis padres estaban de vacaciones afuera. Chiri llegaba los viernes de Buenos Aires muy de madrugada, y pasaba por mi casa para ver si yo estaba despierto. Si veía luz en la habitación me tocaba timbre y nos emborrachábamos. Si no veía luz, entraba por la ventana de mi pieza a oscuras y me despertaba de maneras horribles. Era una rutina circense: a veces me tiraba agua en la cara, o me pegaba una patada en la panza. O metía gatos entre las cobijas. O se subía arriba de las mantas y empezaba a bombear como un amante desenfrenado. El objetivo era despertarme siempre de un modo creativo.

Pero cierto fin de semana ocurrió que, por la tarde, conocí a Gonzalo Garcés (que entonces era una promesa de escritor de 17 añitos) y lo invité a pasar un fin de semana a Mercedes. Gonzalo ya era entonces el cachorro de lo que es hoy: una persona fina, siempre muy bien bañado, de conversación serena. De hecho, se había convertido un año antes, a los 16, en el crítico literario más joven en la historia del diario La Nación.

Nos conocimos por casualidad porque integramos una breve antología de “jóvenes promesas literarias” de la que se había editado un libro en esas fechas. Yo leí su cuento y fue el único relato que me gustó, entonces lo llamé por teléfono y lo invité a mi casa para charlar. Estuvo en Mercedes ese fin de semana de 1991; lo llevé al corso de la ciudad, que es uno de los corsos más decadentes de la provincia. La pasamos realmente muy bien hasta el accidente nocturno. Gonzalo se quedó a dormir en casa y le ofrecí mi habitación. Yo me fui a dormir la borrachera a la cama de mis padres, sin recordar la rutina de Chiri de las madrugadas.

Esa noche Gonzalo Garcés, un chico hermoso y frágil, se acostó y apagó la luz en una ciudad desconocida del oeste bonaerense, y se quedó dormido, sin saber que en medio de la noche un borracho entraría a oscuras por la ventana y se subiría encima suyo para bombearlo.

Yo no escuché el grito, porque la habitación de mis padres quedaba lejos. No me enteré de nada.

A la mañana siguiente encontré a Gonzalo en la cocina desayunando, con los pelos alborotados. Me dijo:

—Ayer entró un tipo por la ventana y me quiso fornicar. Yo estaba adentro de las sábanas y cuando saqué la cabeza, asustado, el tipo me miró y dijo “vos no sos el gordo”. Se levantó de la cama, me pidió disculpas y se escapó por la ventana. Iba en una motito de mujer. No apareció más.

Miré la taza de café que tenía Gonzalo en la mano. La taza todavía temblaba. Quise tranquilizarlo:

—Estamos en carnaval —maticé—. En estas épocas vale todo.

 

Chiri no me perdonó aquello nunca, y desde entonces aborrece cualquier cambio no consultado en las rutinas del ocio. El susto de Garcés fue enorme, es verdad, pero el de Chiri fue traumático. Creer que te estás cogiendo en joda a un amigo gordo, y ver después que te estás cogiendo en joda a una promesa literaria menor de edad, es horrible. Esa imagen no se rasquetea fácil del subconsciente.

Pobre Chiri. Con el paso de los años fue todavía peor, porque Gonzalo empezó a crecer en el mundo literario, se convirtió en un escritor muy prestigioso, en un crítico implacable, y el trauma de Chiri creció siempre a la par de la consagración de Garcés.

Años después, cuando Gonzalo ganó el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, Chiri sintió mucha vergüenza por haber bombeado en la oscuridad a alguien que había conseguido el mismo galardón que Vargas Llosa.

—Ni se te ocurra innovar con la revista —me lo repitió otra vez ayer, lleno de pánico—. No sos un gurú. No te hagas el loquito. No quieras innovar con licitaciones ni con cambios argumentales sobre la marcha. Si en el número uno dormís en la cama de adelante, en el número dos no te vayas a otra cama… Porque es jodido. Dejá todo como está y hagamos el número dos igualito que hicimos el uno.

—Pero a ver, ¿y cómo hicimos el uno según vos?

—¡A ciegas! —me grita, y yo pegué un salto— Dando palos en la oscuridad. A tientas. A corriente del viento… Mirá el pizarrón: doscientas ocho páginas. Dieciséis textos largos intervenidos por nuestra conversación. Punto. Hagamos eso. No toques nada de la estructura, no cambiemos el esqueleto. Ni se te ocurra sospechar que podés tener una idea, Jorge, ni una variación. Que sea igualito.

—¿Pero cómo igualito, Christian Gustavo? —quise saber— ¿Le decimos a Seselovsky que vuelva a Barajas, a ver si esta vez por lo menos lo cagan a palos o algo?

—No tan igualito, pero algo así. Mandemos a otro amigo nuestro a alguna parte. Que el segundo número empiece así.

—¿A quién? ¿A dónde?

—Después vemos a quién —me dice Chiri—, lo importante es que sea un viaje caro, así Cristina se enoja. Esto tiene que empezar otra vez con tu mujer enojada por el costo de un pasaje de avión. ¿Dónde estaba sentado yo el primer día que empezamos a hacer esta revista, en este sillón o en el tuyo? ¿Vos te acordás? Creo que era al revés, ¡cambiemos de sillón! No, mejor no toquemos nada. Dejemos todo así.

Miré a Chiri preocupado. Le había vuelto el trauma.

Garcés —le dije.

Se quedó inmóvil. El corazón le latía muy fuerte.

—No sé de qué me estás hablando —me mintió.

Repetí más despacio:

—Gonzalo… Garcés.

Tragó saliva.

—Te está volviendo el Síndrome Garcés, querido amigo. Tu viejo miedo a los cambios bruscos.

Bajó la vista y empezó a hacer puchero.

—Chiri —le dije, palmeándole la espalda—. Aquella fue una mala noche y nada más. Yo sé que puede ser muy duro bombear a un crítico literario menor de edad, pero ya corrió mucha agua por abajo de ese puente… Ya somos grandes, pasaron un montón de años desde aquel carnaval de Mercedes, y…

—Veinte —me interrumpió—. A fines de este mes se cumplen veinte años exactos de aquella noche. 1991, 2011. Estamos en febrero.

Entonces pasó algo.

Chiri ya no hacía puchero; el número redondo había iluminado la habitación. Los dos nos quedamos mirando esa cifra en el aire: veinte años. Se nos transformó la cara y, de repente, sonreímos.

Cuando conocés a alguien desde la infancia hay un punto en que no hacen falta muchas palabras. Todo estaba clarísimo. Chiri destapó el rotulador negro y escribió las primeras dos letras de la nueva grilla: página 6 a 18, GG.

Mientras tanto, y sin decir palabras, me fui a la máquina y le escribí el siguiente mail a Gonzalo:

Querido GG,
Con Chiri estamos haciendo una revista de crónica narrativa, etcétera. Y te queríamos invitar al número 2. Nos gustaría que vayas al Mardi Gras, al carnaval de New Orleans, y nos hagas una crónica desde ahí, para festejar que hace veinte años nos conocimos los tres en el carnaval de Mercedes. Ojalá tengas ganas y tiempo, serían dos días, todo pago y esas cosas.

La respuesta llegó esta mañana:

Hernán!
Por supuesto, me encantaría hacerlo. ¿En serio pasaron veinte años?

Ahora Chiri se siente mucho mejor porque está decidido: no vamos a innovar. Volveremos a dormir en las camas donde dormimos siempre.

Hernán Casciari
Jueves 3 de febrero, 2011

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420 comentarios No innovar

  1. Hugo #418    10 febrero, 2011 a las 7:58 pm

    Es cómico, la revista se puede conseguir en Hungría pero no en Italia…
    Otro logro de Berlusconi??
    Vamos a probar si La Feltrinelli accede a comprar un pack…
    Abrazos

  2. Casting por la 1 #417    10 febrero, 2011 a las 4:34 pm

    Estimados, en completísimo uso de mi subjetividad, acepto propuestas a cambio de la 1 que me acaban de cancelar la reserva. No me pidan explicaciones, cada uno con su tema.
    castingorsai@gmail.com
    Plata, sexo, bienes, servicios. Pirámide invertida en su máxima expresión.
    Después les cuento que pasó, espero no pase desapercibido.

  3. Marcio #412    10 febrero, 2011 a las 4:04 pm

    Hernán, no si se le ocurrío a alguien más, así que si ya está pedido pido disculpas, me encantaría tener un buscador dentro de ORSAI, para encontar frases que recuerdo de tus posts o algún comentario inolvidable. Si es una boludes, o si ya esta y “el no lo vioooo”, hagan caso omiso y Cariños Cacho.!
    Vamos con la 2 carajo.
    Saludos desde la Docta.

  4. malakias #406    9 febrero, 2011 a las 8:22 pm

    Top Ten?
    No seas amargo, es un juego clásico entre los lectores de Orsai, cuantas veces hay que decirlo?
    Vamos a poner un ejemplo práctico: cuando vas a un lugar nuevo, pongamos trabajo, escuela, club, etc., no te adaptás a las costumbres del lugar? Bueno, acá jugamos al Pri!, y al que no le guste, que no lo juegue, pero por favor no rompan mas las pelotas, es una sana costumbre del lugar.
    ¿Tanto mal te hace?

  5. Yami #405    9 febrero, 2011 a las 5:22 pm

    Hoy finalemente pasé a buscar la nro 1, que le había reservado a Tonga hace rato, el año pasado, cuando era un año menor. Y como suponía, en un viaje de diez cuadras me pararon por la calle para preguntar en dónde le había conseguido. Yo sabía que iba a pasar!! Ahora vamos por la 2.