Son tristes las penas de amor

Segunda semana de clases en el Jardín de Infantes Nº 1 de Mercedes. Lucas y Alex se reencuentran después de tres meses de vacaciones de verano. Como siempre, están solos en el arenero, alejados de los otros chicos de cinco años. Cuando la conversación se inicia, sopla una brisa suave desde el río Luján.

LUCAS.- Tengo un secreto atragantado acá…

ALEX.- ¿Es un secreto de romper algo y esconderlo, y después poner cara de pelotudo toda la tarde?

LUCAS.- No.

ALEX.- ¿Es un secreto de sacar plata sin querer del monedero de tu abuela y comprarte sin querer medio kilo de chicles Jirafa?

LUCAS.- No, tampoco.

ALEX.- ¡Ya sé! Es un secreto de tocarse la poronguita por abajo de la manta… No queda otro.

LUCAS.- No, Alex. No es eso.

ALEX.- Entonces no se llama “un secreto”. Si tu vieja no se angustia cuando lo sepa, se llama distinto.

LUCAS.- Sí es un secreto, porque me da vergüenza que salga para afuera. Es un secreto volador no identificado. ¿Si te lo cuento no te vas a burlar?

ALEX.- Estás enamorado de la chica nueva que entró la semana pasada, Lucía, la de las trenzas…

LUCAS.- ¿Qué? ¡No, boludo, nada que ver! (Baja la vista; hace una pausa.) ¿Cómo sabías?

ALEX.- Porque te ponés colorado cuando la ves pasar… Es como si te acercaran un termotanque a la cara. Igual que ahora, mirá cómo te ponés.

LUCAS.- No me pongo nada, solamente tengo calor.

ALEX.- A nuestra edad, los cachetes no son órganos del cuerpo que hacen caso, como los brazos o los dedos. Los cachetes no son de confianza, hacen lo que quieren… A mí también me dejan mal parado.

LUCAS.- ¿En serio me puse colorado?

ALEX.- Del mismo color que el año pasado, cuando la señorita Adriana venía con el pelo suelto. Te ponías así, un poco cian magenta.

LUCAS.- ¿Sí?

ALEX.- Lo comentábamos mucho con los otros pibes…

LUCAS.- Con la señorita Adriana fue distinto, eso era un amor imposible.

ALEX.- Lucas, por favor, no pongás la voz con mermelada. O hablás normal o me voy… (Pausa.) ¿Por qué era distinto?

LUCAS.- La vez que faltó por gripe, yo fantaseaba que iba a su casa a ponerle una inyección en la cola… Después pensaba que ella me subía a upa para agradecerme, y sin querer yo le rozaba una teta por arriba del delantal…

ALEX.- Pará, boludo, que es primavera y me emputezco enseguida. ¿De dónde sacás esa imaginación?

LUCAS.- …pero yo sabía que nuestra relación no podía ser. Nos llevamos veintiocho años, Alex, y este es un pueblo chico… Pero con esta nena, Lucía, tenemos la misma edad…

ALEX.- ¿Y eso qué cambia?

LUCAS.- Que a Lucía yo puedo ir y mostrarle el pito, por decirte algo. Así, pumba, sin decir agua va. Y le puedo dejar un trauma para toda la vida… A las nenas de cinco les mostrás el pito y de grandes tienen que ir al sicólogo dos veces por semana.

ALEX.- ¿Y la señorita Adriana no?

LUCAS.- ¡Mil veces le mostré el pito a la señorita Adriana! No se le movía un pelo. Y después la ingrata se lo contaba a mi mamá… Pero no se lo contaba como algo de amor. Se lo contaba como una travesura mía…

ALEX.- A esta edad, mostrarle el pito a una mujer es lo mismo que tirarle serpentina. Lo ven como una gracia…

LUCAS.- ¡Qué putas que son las maestras jardineras cuando son lindas, Alex!

ALEX.- Son lo peor que hay…

LUCAS.- Mucho peor que el flagelo de las caries.

ALEX.- Se acercan para corregirte un dibujo, te dejan que les huelas el perfume, que les mires las pecas de cerca… No tienen perdón de Dios.

LUCAS.- Y los viernes a la salida te dan besos y te dejan todo el fin de semana al palo… Cuando el lunes volvés y les mostrás el pito…, nada. Te miran con una sonrisa, no te lo chupan ni te lo agarran, no te lo acarician, se piensan que es un impulso de la juventud… ¡Mi pito no es un chiste, señorita Adriana!

ALEX.- Bajá la voz, Lucas, que te está mirando el portero.

LUCAS.- Es que la señorita Adriana me destrozó la vida. Estuve las vacaciones de verano hecho una piltrafa. Por suerte apareció esta nena nueva…

ALEX.- ¿Pero qué le ves a la chica esta de las trenzas? No tiene tetas, no sabe mirar fijo, no tiene la llave de la sala de los juguetes…

LUCAS.- No sé si serán sus ojos, que se parecen a los ojos del gato de angora de mi nona Tita… No sé si serán sus trenzas duras, ¿viste que cuando salta al elástico las trenzas no se le doblan? ¿No te resulta adorable eso?

ALEX.- ¿”Adorable”? ¡No me hablés con mermelada en la boca! Es la última vez que te lo digo. Explicáme las cosas como un hombre.

LUCAS.- (De repente, decidido.) Me quiero casar con ella, Alex. Quiero dejar todo: los estudios de plastilina, mi casa, mi antigua vida burguesa…

ALEX.- ¿Y a dónde vas a ir a vivir con esa nena? ¡Si todavía vos no sabés ni escribir, ni la tabla del dos, ni volver solo del centro!

LUCAS.- A dos cuadras de mi casa hay una gente que tampoco sabe leer ni escribir, y tienen una casa buenísima de chapa, cartón y alambre… Hasta tienen un caballo viviendo con ellos. Mi mamá, cuando pasamos por ahí, me dice que no mire…

ALEX.- ¿Por qué?

LUCAS.- Porque no quiere que aprenda el truco para ser como ellos. Viven en patas, toman agua del río, viene un cura y les trae fideos, son hermosos… Yo quiero vivir así con Lucía, en una casa hecha por mí mismo, con una oveja que de noche nos da lana y de día nos da miel.

ALEX.- Antes de tirarte de cabeza en ese modo de vida, consultá con un veterinario, Lucas. Me parece que las ovejas no funcionan así.

LUCAS.- ¿Vos también te interponés en este amor entre Lucía y yo?

ALEX.- ¿Quién más se interpuso hasta ahora?

LUCAS.- Ayer Lucía, y hoy vos.

ALEX.- ¡Entonces ya hablaste con ella! ¿Ya le dijiste que estás enamorado…?

LUCAS.- Voy de a poco, con elegancia. Ayer me acerqué y le ofrecí mi sánguche de jamón crudo. Pero me lo rechazó. Eso quiere decir que no me ama.

ALEX.- ¿Jamón crudo, en serio? Sos clase media alta.

LUCAS.- Mi vieja me arma los sánguches con jamón crudo solamente los martes, porque es carísimo. Por eso elegí el martes para acercarme a Lucía.

ALEX.- Para fingirle poder adquisitivo.

LUCAS.- Claro.

ALEX.- Le ofreciste el sánguche, ¿y entonces…?

LUCAS.- ¡No! Le ofrecí un pedazo. Puse los dedogordos en el sánguche, haciendo de frontera, para que no le pegue un tarascón muy grande.

ALEX.- ¿Y ella qué hizo?

LUCAS.- Pegó media vuelta y se fue… Pero el sánguche me quedó intacto. Una de cal, una de arena.

ALEX.- Parecés muchísimo más enamorado del jamón crudo que de esta chica, Lucas.

LUCAS.- ¿Vos decís? No sé… (Pausa.) ¿Pero entonces qué es esto tan fuerte que siento en la boca, en el corazón y en la panza?

ALEX.- Yo creo que es angustia oral, Lucas. ¿Querés que vayamos a comer barro?

LUCAS.- Dale, vamos. Necesito olvidarme a las mujeres para siempre.

(Telón)

Hernán Casciari
Jueves 27 de marzo, 2014

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