Perder el colectivo

En España no se le dice 'comunidad' a un grupo de personas reunidas bajo una idéntica lucha: se le llama 'colectivo'. Está el Colectivo de Mujeres Golpeadas, el Colectivo de Víctimas del Terrorismo, el Colectivo de Gays y Lesbianas, etcétera. Yo pertenezco al Colectivo de Gente que pierde el colectivo, porque para mí colectivo sigue siendo otra cosa.

Me molesta perder mis propias palabras. En cualquier momento empezaré a perder el pelo, y no me preocupa en lo más mínimo. Ayer me descubrí canas en la barba (no una: varias) y tampoco pasó nada. Esas pérdidas, las del tiempo, me traen sin cuidado. Pero hay otras, las del espacio, que sí me dan miedo. Hace un año empecé a perder el acento, y paulatinamente voy perdiendo formas verbales y palabras. Eso, más que cualquiero otra cosa, es argentinamente desolador.

La primera vez que me pasó fue hace dos años, hablando por teléfono con un amigo de Mercedes. En vez de decirle ‘la ruta’ le dije ‘la carretera’. Del otro lado de la línea la carcajada fue ominosa. (Lo peor es pensar que el otro piensa que uno lo hace a drede.) Qué pelotudo se siente uno, cuando pierde sus palabras y utiliza otras que no le pertenecen. Personalmente me siento un ladrón tonto, un ladrón que roba lo que no le hace falta.

Hace un año, en un taxi, en vez de decir ‘Guiyermo’ dije nítidamente ‘Guiliermo’. Me salió del alma: eso es lo peor. Uno sabe cuándo lo hace a drede y cuándo no. Si estás hablando con un nativo, lo mejor es limar los yeísmos, más que nada para que te entiendan. Pero cuando estás hablando con alguien que sabe quién sos, no hace falta esa diplomacia, esa tilinguería. Y ahí es donde duele descubrirnos en un renuncie.

No hace mucho, necesité explicar en medio de una conversación que un libro estaba editado con pequeños detalles de calidad. Estaba conversando con argentinos recién llegados, y solamente me salieron dos adjetivos españoles: ‘este libro es una cucada‘, o ‘este libro tiene muchas virguerías‘. Obviamente no me entendieron, y me desesperé. Busqué con la mirada a un amigo que había llegado a este país casi conmigo y le pregunté:

—¿Cómo se dice cucada o virguería en argentino?

Nada. Nuestros adjetivos habían volado. Llegamos a recordar un par (pituco y petitero) pero sabíamos que estaban pasados de moda. Y entonces además de idiotas, nos sentimos viejos.

Hay algo todavía peor. Mi hija, cuando aparezca en este mundo, no me dirá papá. Es una de las cosas que más me desesperan. Me dirá papa. En Catalunya, por alguna razón secreta y detestable, a los padres se les llama así, papa, es decir: tubérculo. Mi hija me dirá tubérculo, y tendré que cargar con eso de por vida. Es muy feo ser un integrante del Colectivo de gente que pierde el colectivo. ¡Ostia puta, tío!

Hernán Casciari
Jueves 18 de marzo, 2004

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39 comentarios Perder el colectivo

  1. María Paula Ferrero #37    8 octubre, 2015 a las 5:42 pm

    Adrede va junto “(Lo peor es pensar que el otro piensa que uno lo hace a drede.) ” / “Uno sabe cuándo lo hace a drede y cuándo no.”
    Tiene sentido corregir a ésta altura de la historia?

  2. María Paula Ferrero #36    8 octubre, 2015 a las 5:38 pm

    Encontré una pequeña “o” que sobra. Última oración del segundo párrafo.
    “Eso, más que cualquiero otra cosa, es argentinamente desolador.”

  3. Tilinga de cuarta #34    21 mayo, 2013 a las 9:09 am

    Hace un par de días descubrí este otro mundo que proponés, Hernán. 9 años tarde.
    Había escuchado de “mas respeto que soy tu madre” pero nunca lo había leído.
    Y nada más. Autista como soy de casi todo, me estaba perdiendo esto.
    Las razones son muchas, pero malas. Así que no las voy a poner acá.
    Entonces empecé a leer compulsivamente saltando de una cosa a otra. y era un caos.
    Ahora decidí empezar a leer “prolijamente” el blog desde el principio.
    ¿Sería prolijamente la palabra que estabas buscando en este post? Creo que no.
    Cuando busco una palabra, acá en España para explicar que hice algo “prolijito”, no la encuentro. Y ni cucada ni virguería me suenan.

    Ha sido una especie de alivio terapéutico encontrar escrita la angustia de la pérdida de palabras propias, especialmente cuando me salen palabras ajenas que no sabría reemplazar.
    y te pregunto ¿Habrá alguna forma de seguir queriendo a los amigos de allá que nos encontramos acá y que despues de decirte siempre: “vos”, “que embole!” o “la concha de la lora” cuando algo no salía bien, un día…de repente, te tratan de “tu” y terminan las frases con un “sábes lo que te digo?” que me confunden todos los decodificadores del lenguaje verbal y no verbal y me cortocircuitan mi deteriorado sistema de respuesta.

    No sé si me explico bien…¿sábes lo que te digo?

  4. eze ortiz #33    23 agosto, 2012 a las 9:47 pm

    El escritor argentino y la tradición-

    Versión taquigráfica de una clase dictada en el Colegio Libre de Estudios Superiores y reproducida
    en el libro Discusión, J.L. Borges (Madrid, Alianza, 1997)

    Quiero formular y justificar algunas proposiciones escépticas sobre el problema del escritor
    argentino y la tradición. Mi escepticismo no se refiere a la dificultad o imposibilidad de resolverlo,
    sino a la existencia misma del problema. Creo que nos enfrenta un tema retórico, apto para
    desarrollos patéticos; más que de una verdadera dificultad mental entiendo que se trata de una
    apariencia, de un simulacro, de un seudoproblema.
    Antes de examinarlo, quiero considerar los planteos y soluciones más corrientes. Empezaré por
    una solución que se ha hecho casi instintiva, que se presenta sin colaboración de razonamientos;
    la que afirma que la tradición literaria argentina ya existe en la poesía gauchesca. Según ella, el
    léxico, los procedimientos, los temas de la poesía gauchesca deben ilustrar al escritor
    contemporáneo, y son un punto de partida y quizá un arquetipo. Es la solución más común y por
    eso pienso demorarme en su examen.
    Ha sido propuesta por Lugones en El payador; ahí se lee que los argentinos poseemos un poema
    clásico, el Martín Fierro, y que ese poema debe ser para nosotros lo que los poemas homéricos
    fueron para los griegos. Parece difícil contradecir esta opinión, sin menoscabo del Martín Fierro.
    Creo que el Martín Fierro es la obra más perdurable que hemos escrito los argentinos; y creo con
    la misma intensidad que no podemos suponer que el Martín Fierro es, como algunas veces se ha
    dicho, nuestra Biblia, nuestro libro canónico.
    Ricardo Rojas, que también ha recomendado la canonización del Martín Fierro, tiene una página,
    en su Historia de la literatura argentina, que parece casi un lugar común y que es una astucia.
    Rojas estudia la poesía de los gauchescos, es decir, la poesía de Hidalgo, Ascasubi, Estanislao del
    Campo y José Hernández, y la deriva de la poesía de los payadores, de la espontánea poesía de
    los gauchos. Hace notar que el metro de la poesía popular es el octosílabo y que los autores de la
    poesía gauchesca manejan ese metro, y acaba por considerar la poesía de los gauchescos como
    una continuación o magnificación de la poesía de los payadores.
    Sospecho que hay un grave error en esta afirmación; podríamos decir un hábil error, porque se ve
    que Rojas, para dar raíz popular a la poseía de los gauchescos, que empieza en Hidalgo y culmina
    en Hernández, la presenta como una continuación o derivación de la de los gauchos, y así,
    Bartolomé Hidalgo es, no el Homero de esta poesía, como dijo Mitre, sino un eslabón.
    Ricardo Rojas hace de Hidalgo un payador; sin embargo, según la misma Historia de la literatura
    argentina, este supuesto payador empezó componiendo versos endecasílabos, metro naturalmente
    vedado a los payadores, que no percibían su armonía, como no percibieron la armonía del
    endecasílabo los lectores españoles cuando Garcilaso lo importó de Italia.
    Entiendo que hay una diferencia fundamental entre la poesía de los gauchos y la poesía
    gauchesca. Basta comparar cualquier colección de poesías populares con el Martín Fierro, con el
    Paulino Lucero, con el Fausto, para advertir esa diferencia, que está no menos en el léxico que en
    el propósito de los poetas. Los poetas populares del campo y del suburbio versifican temas
    generales: las penas del amor y de la ausencia, el dolor del amor, y lo hacen en un léxico muy
    general también; en cambio, los poetas gauchescos cultivan un lenguaje deliberadamente popular,
    que los poetas populares no ensayan. No quiero decir que el idioma de los poetas populares sea
    un español correcto, quiero decir que si hay incorrecciones son obra de la ignorancia. En cambio,
    en los poetas gauchescos hay una busca de las palabras nativas, una profusión del color local. La
    prueba es ésta: un colombiano, un mejicano o un español pueden comprender inmediatamente las
    poesías de los payadores, de los gauchos, y en cambio necesitan un glosario para comprender,
    siquiera aproximadamente, a Estanislao del Campo o Ascasubi.
    Todo esto puede resumirse así: la poesía gauchesca, que ha producido –me apresuro a repetirloobras
    admirables, es un género literario tan artificial como cualquier otro. En las primeras
    composiciones gauchescas, en las trovas de Bartolomé Hidalgo, ya hay un propósito de
    presentarlas en función del gaucho, como dichas por gauchos, para que el lector las lea con una
    entonación gauchesca. Nada más lejos de la poesía popular. El pueblo –y esto yo lo he observado
    no sólo en los payadores de la campaña, sino en los de las orillas de Buenos Aires-, cuando
    versifica, tiene la convicción de ejecutar algo importante, y rehuye instintivamente las voces
    populares y busca voces y giros altisonantes. Es probable que ahora la poesía gauchesca haya
    influido en los payadores y éstos abunden también en criollismos, pero en el principio no ocurrió
    así, y tenemos una prueba (que nadie ha señalado) en el Martín Fierro.
    El Martín Fierro está redactado en un español de entonación gauchesca y no nos deja olvidar
    durante mucho tiempo que es un gaucho el que canta; abunda en comparaciones tomadas de la
    vida pastoril; sin embargo, hay un pasaje famoso en que el autor olvida esta preocupación de color
    local y escribe en un español general, y no habla de temas vernáculos, sino de grandes temas
    abstractos, del tiempo, del espacio, del mar, de la noche. Me refiero a la payada entre Martín Fierro
    y el Moreno, que ocupa el fin de la segunda parte. Es como si el mismo Hernández hubiera querido
    indicar la diferencia entre su poesía gauchesca y la genuina poesía de los gauchos. Cuando esos
    dos gauchos, Fierro y el Moreno, se ponen a cantar, olvidan toda afectación gauchesca y abordan
    temas filosóficos. He podido comprobar lo mismo oyendo a payadores de las orillas; éstos rehuyen
    el versificar en orillero o lunfardo y tratan de expresarse con corrección. Desde luego fracasan,
    pero su propósito es hacer de la poesía algo alto; algo distinguido, podríamos decir con una
    sonrisa.
    La idea de que la poesía argentina debe abundar en rasgos diferenciales argentino y en color local
    argentino me parece una equivocación. Si nos preguntan qué libro es más argentino, el Martín
    Fierro o los sonetos de La urna de Enrique Banchs, no hay ninguna razón para decir que es más
    argentino el primero. Se dirá que en La urna de Banchs no están el paisaje argentino, la topografía
    argentina, la botánica argentina, la zoología argentina; sin embargo, hay otras condiciones
    argentinas en La urna.
    Recuerdo ahora unos versos de La urna que parecen escritos para que no pueda decirse que es
    un libro argentino; son los que dicen: “…El sol en los tejados / y en las ventanas brilla. Ruiseñores /
    quieren decir que están enamorados”.
    Aquí parece inevitable condenar: “El sol en los tejados y en las ventanas brilla”. Enrique Banchs
    escribió estos versos en un suburbio de Buenos Aires, y en los suburbios de Buenos Aires no hay
    tejados, sino azoteas; “ruiseñores quieren decir que están enamorados”; el ruiseñor es menos un
    pájaro de la realidad que de la literatura, de la tradición griega y germánica. Sin embargo, yo diría
    que en el manejo de estas imágenes convencionales, en esos tejados y en esos ruiseñores
    anómalos, no estarán desde luego la arquitectura ni la ornitología argentinas, pero están el pudor
    argentino, la reticencia argentina; la circunstancia de que Blanchs, al hablar de ese gran dolor que
    lo abrumaba, al hablar de esa mujer que lo había dejado y había dejado vacío el mundo para él,
    recurra a imágenes extranjeras y convencionales como los tejados y los ruiseñores, es significativa:
    significativa del pudor, de la desconfianza, de las reticencias argentinas; de la dificultad que
    tenemos para las confidencias, para la intimidad.
    Además, no sé si es necesario decir que la idea de que una literatura debe definirse por los rasgos
    diferenciales del país que la produce es una idea relativamente nueva; también es nueva y
    arbitraria la idea de que los escritores deben buscar temas de sus países. Sin ir más lejos, creo
    que Racine ni siquiera hubiera entendido a una persona que le hubiera negado su derecho al título
    de poeta francés por haber buscado temas griegos y latinos. Creo que Shakespeare se habría
    asombrado si hubieran pretendido limitarlo a temas ingleses, y si le hubiesen dicho que, como
    inglés, no tenía derecho a escribir Hamlet, de tema escandinavo, o Macbeth, de tema escocés. El
    culto argentino del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar
    por foráneo.
    He encontrado días pasados una curiosa confirmación de que lo verdaderamente nativo suele y
    puede prescindir del color local; encontré esta confirmación en la Historia de la declinación y caída
    del Imperio Romano de Gibbon. Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el
    Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán
    bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe. Fue escrito por Mahoma, y Mahoma,
    como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran para él
    parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un turista, un
    nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en
    cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo: sabía que podía ser árabe sin camellos.
    Creo que los argentinos podemos parecernos a Mahoma, podemos creer en la posibilidad de ser
    argentinos sin abundar en color local.
    Séame permitida aquí una confidencia, una mínima confidencia. Durante muchos años, en libros
    ahora felizmente olvidados, traté de redactar el sabor, la esencia de los barrios extremos de
    Buenos Aires; naturalmente abundé en palabras locales, no prescindí de palabras como
    cuchilleros, milongas, tapia, y otras, y escribí así aquellos olvidables y olvidados libros; luego, hará
    un año, escribí una historia que se llama “La muerte y la brújula” que es una suerte de pesadilla,
    una pesadilla en que figuran elementos de Buenos Aires deformados por el horror de la pesadilla;
    pienso allí en el Paseo Colón y lo llamo Rue de Toulon, pienso en las quintas de Adrogué y las
    llamo Triste-le-Roy; publicada esa historia, mis amigos me dijeron que al fin habían encontrado en
    lo que yo escribía el sabor de las afueras de Buenos Aires. Precisamente porque no me había
    propuesto encontrar ese sabor, porque me había abandonado al sueño, pude lograr, al cabo de
    tantos años, lo que antes busqué en vano.
    Ahora quiero hablar de una obra justamente ilustre que suelen invocar los nacionalistas. Me refiero
    a Don Segundo Sombra de Gûiraldes. Los nacionalistas nos dicen que Don Segundo Sombra es el
    tipo de libro nacional; pero si comparamos Don Segundo Sombra con las obras de la tradición
    gauchesca, lo primero que notamos son diferencias. Don Segundo Sombra abunda en metáforas
    de un tipo que nada tiene que ver con el habla de la campaña y sí con las metáforas de los
    cenáculos contemporáneos de Montmartre. En cuanto a la fábula, a la historia, es fácil comprobar
    en ella el influjo del Kim de Kipling, cuya acción está en la India y que fue escrito, a su vez, bajo el
    influjo de Huckleberry Finn de Mark Twain, epopeya del Misisipi. Al hacer esta observación no
    quiero rebajar el valor de Don Segundo Sombra; al contrario, quiero hacer resaltar que para que
    nosotros tuviéramos ese libro fue necesario que Gûiraldes recordara la técnica poética de los
    cenáculos franceses de su tiempo, y la obra de Kipling que había leído hacía muchos años; es
    decir, Kipling, y Mark Twain, y las metáforas de los poetas franceses fueron necesarios para este
    libro argentino, para este libro que no es menos argentino, lo repito, por haber aceptado esas
    influencias.
    Quiero señalar otra contradicción: los nacionalistas simulan venerar las capacidades de la mente
    argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres temas locales,
    como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo.
    Pasemos a otra solución. Se dice que hay una tradición a la que debemos acogernos los escritores
    argentinos, y que esa tradición es la literatura española. Este segundo consejo es desde luego un
    poco menos estrecho que el primero, pero también tiende a encerrarnos; muchas objeciones
    podrían hacérsele, pero basta con dos. La primera es ésta: la historia argentina puede definirse sin
    equivocación como un querer apartarse de España, como un voluntario distanciamiento de
    España. La segunda objeción es ésta: entre nosotros el placer de la literatura española, un placer
    que yo personalmente comparto, suele ser un gusto adquirido; yo muchas veces he prestado, a
    personas sin versación literaria especial, obras francesas e inglesas, y estos libros han sido
    gustados inmediatamente, sin esfuerzo. En cambio, cuando he propuesto a mis amigos la lectura
    de libros españoles, he comprobado que estos libros les eran difícilmente gustables sin un
    aprendizaje especial; por eso creo que el hecho de que algunos ilustres escritores argentinos
    escriban como españoles es menos el testimonio de una capacidad heredada que una prueba de
    la versatilidad argentina.
    Llego a una tercera opinión que he leído hace poco sobre los escritores argentinos y la tradición, y
    que me ha asombrado mucho. Viene a decir que nosotros, los argentinos, estamos desvinculados
    del pasado; que ha habido como una solución de continuidad entre nosotros y Europa. Según este
    singular parecer, los argentinos estamos como en los primeros días de la creación; el hecho de
    buscar temas y procedimientos europeos es una ilusión, un error; debemos comprender que
    estamos esencialmente solos, y no podemos jugar a ser europeos.
    Esta opinión me parece infundada. Comprendo que muchos la acepten, porque esta declaración
    de nuestra soledad, de nuestra perdición, de nuestro carácter primitivo tiene, como el
    existencialismo, los encantos de lo patético. Muchas personas pueden aceptar esta opinión porque
    una vez aceptada se sentirán solas, desconsoladas y, de algún modo, interesantes. Sin embargo,
    he observado que en nuestro país, precisamente por ser un país nuevo, hay un gran sentido del
    tiempo. Todo lo que ha ocurrido en Europa, los dramáticos acontecimientos de los últimos años de
    Europa, han resonado profundamente aquí. El hecho de que una persona fuera partidaria de los
    franquistas o de los republicanos durante la guerra civil española, o fuera partidaria de los nazis o
    de los aliados, ha determinado en muchos casos peleas y distanciamientos graves. Esto no
    ocurriría si estuviéramos desvinculados de Europa. En lo que se refiere a la historia argentina, creo
    que todos nosotros la sentimos profundamente; y es natural que la sintamos, porque está, por la
    cronología y por la sangre, muy cerca de nosotros; los nombres, las batallas de las guerras civiles,
    la guerra de la independencia, todo está, en el tiempo y en la tradición familiar, muy cerca de
    nosotros.
    ¿Cuál es la tradición argentina? Creo que podemos contestar fácilmente y que no hay problema en
    esta pregunta. Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que
    tenemos derecho a esa tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra
    nación occidental. Recuerdo aquí un ensayo de Thorstein Veblen, sociólogo norteamericano, sobre
    la preeminencia de los judíos en la cultura occidental. Se pregunta si esta preeminencia permite
    conjeturar una superioridad innata de los judíos, y contesta que no; dice que sobresalen en la
    cultura occidental, porque actúan dentro de esa cultura y al mismo tiempo no se sienten atados a
    ella por una devoción especial; “por eso –dice- a un judío siempre le será más fácil que a un
    occidental no judío innovar en la cultura occidental”; y lo mismo podemos decir de los irlandeses en
    la cultura de Inglaterra. Tratándose de los irlandeses, no tenemos por qué suponer que la profusión
    de nombres irlandeses en la literatura y la filosofía británicas se deba a una preeminencia racial,
    porque muchos de esos irlandeses ilustres (Shaw, Berkeley, Swift) fueron descendientes de
    ingleses, fueron personas que no tenían sangre celta; sin embargo, les bastó el hecho de sentirse
    irlandeses, distintos, para innovar en la cultura inglesa. Creo que los argentinos, los sudamericanos
    en general, estamos en una situación análoga; podemos manejar todos los temas europeos,
    manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias
    afortunadas.
    Esto no quiere decir que todos los experimentos argentinos sean igualmente felices; creo que este
    problema de la tradición y de lo argentino es simplemente una forma contemporánea, y fugaz del
    eterno problema del determinismo. Si yo voy a tocar la mesa con una de mis manos, y me
    pregunto: ¿la tocaré con la mano izquierda o con la mano derecha?; y luego la toco con la mano
    derecha, los deterministas dirán que yo no podía obrar de otro modo y que toda la historia anterior
    del universo me obligaba a tocarla con la mano derecha, y que tocarla con la mano izquierda
    hubiera sido un milagro. Sin embargo, si la hubiera tocado con la mano izquierda me habrían dicho
    lo mismo: que había estado obligado a tocarla con esa mano. Lo mismo ocurre con los temas y
    procedimientos literarios. Todo lo que hagamos con felicidad los escritores argentinos pertenecerá
    a la tradición argentina, de igual modo que el hecho de tratar temas italianos pertenece a la
    tradición de Inglaterra por obra de Chaucer y de Shakespeare.
    Creo, además, que todas estas discusiones previas sobre propósitos de ejecución literaria están
    basadas en el error de suponer que las intenciones y los proyectos importan mucho. Tomemos el
    caso de Kipling: Kipling dedicó su vida a escribir en función de determinados ideales políticos,
    quiso hacer de su obra un instrumento de propaganda y, sin embargo, al fin de su vida hubo de
    confesar que la verdadera esencia de la obra de un escritor suele ser ignorada por éste; y recordó
    el caso de Swift que al escribir Los viajes de Gulliver quiso levantar un testimonio contra la
    humanidad y dejó, sin embargo, un libro para niños. Platón dijo que los poetas son amanuenses de
    un dios, que los anima contra su voluntad, contra sus propósitos, como el imán anima a una serie
    de anillos de hierro.
    Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el
    universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos:
    porque o ser argentino es una fatalidad, y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser
    argentino es una mera afectación, una máscara.
    Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística, seremos
    argentinos y seremos también, buenos o tolerables escritores.

    En Discusión (1932)

  5. Fle #31    19 marzo, 2004 a las 5:52 pm

    Donçs jo soc catalana i als meus pares els hi dic papá i mamá i no penso, en la vida, dir-is vells.

    (Pues yo soy catalana y a mis padres les llamo papá y mamá y no pienso, en la vida, llamarles viejos.).

    Que a ver si se van a creer que es facil entender algunas palabras argentinas, eh! Que no veas lo que me cuesta a veces buscar una traducción amoldada, que si no fuera por la frecuencia en la que leo a la comunidad del colectivo y por que gracias a dios existen los contextos, andaría más perdida que todas las cosas.
    Y no me creo que cuando a alguien le dices que ande ligero no comprenda que le estás pidiendo que espabile, carayo!!!

    Besitos, me gustó el post (aunq hay cierto tono que me irrita) pero el siguiente, el de L & A es la releche!!!

    Ande aprendiste a escribir? Estoy por volver a la escuela, oye…
    Yo también quieroooo!!

    Fle, mongetes amb butifarra i barretina catalana!

  6. La Minimi #30    19 marzo, 2004 a las 12:21 pm

    Cuantas personas nos sentimos identificados con esto!!!
    En mi caso, ya mis amigos dicen que son bilingues, hablan el español y el venezolano.
    Se imaginan un español diciendo, esa vaina* esta guay???
    *vaina: palabra utilizada para cualquier cosa.

  7. La_oruga_Gritona #29    19 marzo, 2004 a las 4:36 am

    A pesar de que Saris, su madre y el niño de la cabeza amarilla me adoctrinan en el uso del buen argentino, la verdad es que siento bastante raro llamar “facturas” al pan de dulce (siento que estoy por comerme una nota comercial) y se me hace cuesta arriba pensar que “tarado” es una mala palabra (en México ni a los bebés espanta)…
    No lo veo como una pérdida, sino como todo lo contrario, como cuando los catalanes, pese a mi pinta de mexicano, me saludaban en catalán, y de algún modo me hacían uno de los suyos.
    A donde vamos, la lengua es el regalo de bienvenida.

  8. virginia romani #23    18 marzo, 2004 a las 9:01 pm

    Hernan, primero tenes el mismo nombre de mi hermano, y eso te hace un preferido, segundo, hace tres dias que empece con esto de los blogs, y estoy como piba con bicicleta nueva, ahora vivo en estados unidos, pero hace tres años viva en lujan y estoy sintiendo un poco la distancia, por eso me mate de la risa con lo del colectivo, algo que hace tres años no veo ni uso, pero que no deja de ser de mi adorado pais.
    Suerte y gracis, che si tenes ideas para my blog, son bienvenidas!

  9. Truta Vermelha #22    18 marzo, 2004 a las 8:32 pm

    Qué maravilla de texto! No desesperes! Tu niña será un incentivo para que no olvides el argentino, ya que tendrás que enseñarselo, no?!

    En compensación, aprendi muchisimo “argentino” leyendo Mirta! Eso para mi és un tesoro! No puedes imaginar como me ayudaste!

    (El diccionario ese de que habla Pecadora tambien lo tengo!)

    Besitos,
    Truta Vermelha

    (Perdona mi Castellano-Portugués! Qué mescla hago!…)

  10. lununa #21    18 marzo, 2004 a las 7:46 pm

    A ver… virguería, en el contexto en que yo lo escuché, viene a ser un equivalente a “chiche”, en argentino (tuve que pensarlo todo el día)
    Yo hacía en Cataluña instalación y ventas de muebles de cocina, y cuando vendíamos un mueble caro, de esos que vienen con acomodadores de platos en los cajones, estantes con luz y esquineros giratorios, la gente decía “este mueble está lleno de virguerías”. O sea, “este mueble tiene todos los chiches”
    Lo que no sé, es que se dice en España para que te hagan todos los chiches… en otro contexto, por supuesto

  11. Anika #20    18 marzo, 2004 a las 7:39 pm

    Pecadora, estoy leyendo el diccionario que has recomendado de este señor… pero la verdad es que anda un poco confundido. Yo no soy entendida en nada, pero ya sólo en la “a” dice algunas cosas que no son ciertas, porque aquí una alcancía también es una hucha, de toda la vida, se puede decir de las dos formas, y también se dice archivo y no sólo fichero. Y un balde aquí también es un cubo, y no se quién le ha dicho que aquí se le llama claxon a la bocina del coche; sí que se le llama claxon, pero también se le llama bocina. Y lo mismo con el encendedor, aquí también se le llama encendedor al mechero, lo puedes llamar como quieras. Vamos que si aterrizo yo ahora mismo en Mercedes (por poner un ejemplo, jeje) y alguien me pregunta si tengo un encendedor, ¿no voy a saber lo que es? Parece como si este buen hombre tuviera un conocimiento bastante limitado de la forma en que se usan las palabras en España.

    Está bien que haga un diccionario porque hay palabras muy diferentes de un pais a otro y algunas es verdad que no tienen nada que ver, pero que profundice un poco más digo yo, no se…

  12. Susy #19    18 marzo, 2004 a las 7:00 pm

    Cuando iba leyendo los comentarios pensaba en mi amigo Ely y el invento de los latinos que viven en estados unidos, pero flor me ganó de mano. Asi que agrego una frase que me acuerdo
    “El rufo liquea” por el techo gotea

  13. Flor #17    18 marzo, 2004 a las 5:56 pm

    Si estamos hablando de ser parte del colectivo de las personas que pierden el colectivo, se podria decir que los puertorriqueños (o pueltoliqueños)son los choferes.
    Una cosa es ir perdiendo, de a poco, ciertos modismos de nuestro lenguaje…otra cosa es asesinar el español.
    A continuacion, algunos ejemplos:
    Parkear: Estacionar el auto (Estacionamiento en ingles: Parking).
    Vacunar: Pasar la aspiradora (Aspiradora en ingles: Vacuum).
    Te llamo pa’tra: Te devuelvo la llamada (traducido literalmente del ingles: I call you back)
    Está reineando: Está lloviendo (Lluvia en ingles: Rain).
    Y asi puedo seguir horas…
    El papa no es solo de Catalunya. Ellos tambien usa el papa y tambien mama.
    Por lo que no os preocupeis, no es taaaaan malo como parece (de todos modos, calculo que debe dar un poco de bronca).
    Por lo pronto, como remedio inmediato, el consejo de la tia Walquiria es valido.
    Antes de ser mamá, yo juraba y perjuraba que JAMAS iba a decirle “Papá” a mi marido.
    No hace falta aclarar que asi lo llamo ahora….

    Un saludo a todos,
    Flor
    NINA CUANDO PIENSA SALIR????? (soy un poco ansiosa, lo siento).

  14. QuiQue #16    18 marzo, 2004 a las 5:37 pm

    Macho, la verdad, una catástrofe la tuya !!!
    Ahora te das cuenta de que, desde que piantaste a las Europas, te cambió el chamuyo.
    Por eso, lo mejor que podemos hacer, es parlarte en argentino, para rescatarte de tanta mala yunta.
    Así que eso trataré de hacer. Escribirte en “argentino” !!!!
    Como si estuvieramos de “shopping”, charlando en un “fast food”, para conversar acerca de que hicimos anoche en el “after hours”, festejando “Saint Patrick”, como la mayoría de los “teens” (y no tanto….).
    Me cago en la globalización !!! Ahora no solo festejamos “Saint Valentin” y “Hallowen” !!!

    Caramba ….. alguien me dice, cómo es hablar en argentino !!!!????

  15. Diablita #15    18 marzo, 2004 a las 5:23 pm

    Hernan, antes que nada quisiera consolarte diciéndote que es mucho mejor que Nina te llame “Papa” y no que te llame “Nabo”.

    Yo viví en Italia. Traje de allá algunas palabras que se me van colando todavía y que no puedo reemplazarlas con las correspondientes al español.
    Cuando estaba allá, no quise perder el acento argentino que tanto parece agradar al oído, es más, hice campaña para inculcar palabras o frases (por supuesto insultos, qué otra cosa?) muy nuestras a mis amigos italianos, es así como muchos adoptaron los: “Andá a cagar!” (lo dicen así; Andá a cacar!)
    “No rompas las pelotas” (” No rompas la polotas”)
    y el típico silbido de cuando pasa una chica linda ya que ellos, no saben piropear.
    Pero cómo te entiendo!
    Mi madre, que vino a Argentina a los 18 años y regresó para quedarse en Italia hace 5, no habla ni Italiano, ni Español: tiene una mezcla confusa entre ambos y tanto unos como otros deben hacer a veces esfuerzos para entenderla.

  16. chori #14    18 marzo, 2004 a las 5:05 pm

    Ahora, que un argentino se le pegue el acento español, el que los argentinos usamos para hacer los clásicos chistes sobre gallegos, vaya y pase, pero que a un MERCEDINO le pase semejante cosa es intolerable.

  17. walquiria #12    18 marzo, 2004 a las 4:02 pm

    Querido Hernán:
    Te paso una receta infalible: Apenas nazca Nina tenés que decirle a Cristina que ella te llame papá a vos, así con el acento bien marcado en la á. Y vos a Cristina decile mamá, de esa manera Nina los va a llamar así, y vos no te vas a sentir un tubérculo.- Cuando nació Diego, tu primo, Marcos me decía Ingrid y yo le decia Marcos, como era obvio, como nos llamabamos normalmente. Cuando Diego empezó a hablar en vez de mamá y papá nos llamaba por nuestros nombres!! Gran decepción, así que empezamos con eso de llamarnos mamá y papá entre nosotros, para que el nos llamara mamá y papá.. después te dicen viejo y vieja, pero ese es otro tema.-
    Te mando un beso
    Walquiria

  18. cobranegra #11    18 marzo, 2004 a las 4:02 pm

    soy argentina, porteña, lujanense de alma y corazón y nací en el 77…alguien me puede hacer entender el significado de “virguería”, palabra que nunca escuché decir a mis parientes españoles…?
    desde ya muchas gracias…

  19. shered #10    18 marzo, 2004 a las 3:39 pm

    Yo no puedo mexicanizarme a pesar de…
    En cambio Oscar dice: trucho, pelotudo, concheta, guacho y demás argentinidades que Saris le enseña como toda una académica.
    Eso sí, no me quito la costumbre de escribir de tu en los comentarios en que respondo a los que escriben asi.
    Y coincido con lununa en lo de las puteadas, en eso no nos podemos traicionar.
    Aunque, no me atrevo a decir de este agua no he de beber…

  20. Anika #9    18 marzo, 2004 a las 2:47 pm

    Jajaja, Hernán que risa hoy con el post. Bueno, te diré que esto también pasa un poco a la inversa. Yo que hablo más por internet o por teléfono que de cualquier otra manera y me comunico con gente de todas partes, al final se me acaban pegando palabras que nadie dice. Es terrible porque luego con los amigos, en el momentos que menos me lo espero, me salen y me miran raro. Desde que leí a la Mirta a diario durante 5 meses, en esta casa no se ha vuelto a echar un polvete, ahora se juntan los pelos 😛

    Por cierto que yo jamás uso la palabra “cucada” (tampoco “monada”). Será porque soy del Carmel y en este barrio somos muy brutos, pero eso suena pijo pijo pijo 🙂

    De todas formas, hay que decir que depende del lugar de España que seas, le das unos significados a las palabras u otros, porque respecto a lo que dices de “ligero”, por ejemplo, mi abuela es andaluza y siempre ha utilizado esa palabra como sinónimo de rápido. “¿Nena, quieres ir más ligero?” -me decía de pequeña tirándome de la mano para que andara más deprisa, así que yo también entiendo “ligero” como rápido, a parte de liviano. Y como esa, muchas palabras más.

    Un saludo y buen dia para todos!

  21. JEGC #8    18 marzo, 2004 a las 2:35 pm

    Yo creo que tras varios años viviendo en otra sociedad, es natural que se produzca el fenómeno que describes.
    Lo que sí me parece absurdo es la gente que se va quince días a España, o a Argentina, y regresa hablando como nativo de esas tierras; eso si es una soberana cojudez*.

    *Tontería, en peruano.

  22. Hernán #7    18 marzo, 2004 a las 1:46 pm

    Es terriblemente cierto lo de las puteadas, Lununa. Y ahora mismo me da pena no haber hablado sobre eso en el artículo. Pero coincido plenamente.

    Y siguiendo con los adjetivos que cambian o desaparecen, añado a tu angosto otro que aquí no entienden: prolijo. Y ni te cuento cuando le decís a tu mujer andá más ligero: en vez de apurar el paso empieza a soltar las bolsas del Coto (porque ligero, para esta gente, es liviano).

    En este contexto, para mí, tomar mate a la mañana es izar la bandera y cantar el himno.

  23. La Romu #6    18 marzo, 2004 a las 1:43 pm

    Yo pienso que uno termina hablando como desea escucharse. Y es tanta la necesidad de integración en un lugar nuevo – sobre todo si queda en Europa – que uno se tira a la pileta y empieza a sonarse español, que es como una forma más o menos provinciana de venirse europeo. Igual las resistencias íntimas, sorprenden. Mirá, te cuento una aneda, como diría nuestro tonto pero querido Carlitos Balá para ilustrarte. Hace un poco más de diez años viví en Madrid. Paré al principio en casa de un amigo que tenía en ese entonces dos nenas en edad escolar, que se habían venido muy chiquitas de Argentina, y hablaban con un acento madrileño inconfundible y perfecto. La cosa es que este amigo se fue a pasar las fiestas con sus padres en Argentina, y cuando volvió, las nenas hablaban en un norteño que no te puedo explicar, y que la memoria no alcanzaba a sugerirles. Y quedó así: cuando estaban en casa eran argentinas del norte, cuando iban a la escuela, madrileñas del sur. Cosas de la identidad, que no se permite a sí misma cutrerías.

    la Romu.

  24. lununa #5    18 marzo, 2004 a las 1:33 pm

    La primera vez que escuché la palabra virguerías, casi me descostillo de la risa. Y ni hablar cuando me dijeron que una tía era pija. Y odiaba que las cosas se me cayeran al piso y no me entendieran, porque el piso es un departamento y el que está bajo los pies es el suelo. Y no podía entender como angosto no se entendía y estrecho sí, ¡si es lo mismo, jolín!
    Igual, hay cosas irremplazables. Para decir “trucho”, necesitas por lo menos tres palabras en España. Un pelotudo es un pelotudo, nunca será un gilipollas. Lo peor de los chicos no es el acento en las palabras ni que te diga tubérculo, es el tonito que tienen, como un cantito, parece que estuvieran siempre quejándose. Julia al mes ya lo había agarrado, y me daba un fastidio que no veas (esa frase todavía no se me fue)
    Por ahoran está todo bien, Hernán. Pero el día que de verdad pierdas el bondi y en vez de decir “la concha de su madre” digas “la mare que l’ha parit”, ahí si, preocupate.
    Porque como uno cuando se enoja saca su verdadero monstruo de adentro, no hay nada que nos de mas identidad que las puteadas

  25. Rax #4    18 marzo, 2004 a las 1:27 pm

    Ay, Hernán… y fíjate que aún hay cosas peores… aquí en México, el mexicano se diluye en el castellano de los seudocultos por culpa de Editorial Anagrama… conozco a uno que quiere hablar como Bukowski -porque es su escritor favorito- y piensa que hacerlo es decir “¡coño! me cago en la hostia” en vez de “me lleva la chingada”, porque así viene traducido en los librines de Anagrama. Cada vez son más los mexicanos que prefieren el polvo a echar pata, por ejemplo, y todo sin visitar nunca la península… (y jamás hay traducciones locales).
    Acá también estamos perdiendo el colectivo, pero en este caso, se llama pesero.

  26. marci #3    18 marzo, 2004 a las 1:02 pm

    Deberias escuchar alguna charla gente Argentina que vive aca mucho tiempo:

    -Hola, ma nishma?

    -be seder y ustedes?

    -todo bien, los chicos se fueron de tiul y yo me voy al shuk.

    -y tu marido sigue en el laburo o esta muftal?

    -no, baruj a shem no lo despidieron.

    -bueno, me tengo que ir al kupat jolim, besos a los tuyos.

    -leitraooooot”

    Hernán: Caramba… Y yo quejándome de lo que me toca. Gracias Marci, ahora me siento mejor.

  27. ada #1    18 marzo, 2004 a las 10:00 am

    Muy bueno! Pero tranquilo, escribir supongo que es uno de los mejores amuletos contra la pérdida de las palabras propias. Pienso en Cortázar, en Saer, que viviendo mucho más tiempo afuera que acá nunca dejaron de ser totalmente argentinos.