Problemas en la relación padre-hija

Desde hace días la Nina quiere interactuar conmigo. Todavía es prematuro decir que intenta tener una relación estable, pero ya empiezo a oír los engranajes de su cabeza que se acomodan, se aceitan y crujen. Nexos coordinantes que aparecen de la nada, sustantivos nuevos, adjetivos precisos. Sus ojos, de repente, prestan atención a las palabras y a las formas. No hay prodigio: está en la edad. Ella parece preparada para dar el siguiente paso en su relación padre-hija. El que está cagado en las patas soy yo.

El cerebro de la Nina, a punto de cumplir tres años, es una alfombra hambrienta que lo absorbe todo. Cada cosa es un elemento nuevo que puede servir para algo: no importa que sea una canción, un escarabajo muerto en la arena, un ruido seco, el número ocho, el perfil de Julio Iglesias, la pelusa del ombligo, un pedacito de cinta scotch, mierda de perro en la vereda o un billete de cien euros. Todo tiene la misma importancia potencial. Todo brilla y es, para ella, alucinante y comestible.

Al no haber experiencia previa, la Nina no sabe qué descartar de lo que ve, ni qué olvidar, ni qué pasar por alto; no conoce lo intrascendente, tampoco lo falso, y mucho menos lo inútil. Entonces, por las dudas, lo almacena todo. Su cabeza es una pyme flamante y vacía, y ella se comporta como un pequeño entrepreneur con ganas de arrasar en el mercado de las cosas.

En su cabeza hay dos enormes almacenes. Uno está en la planta baja y no es peligroso porque tiene ventilación; el otro está en el subsuelo y hay que andarse con muchísimo cuidado. Hasta hace ochenta años nadie sabía de la existencia del almacén de abajo y los padres no se preocupaban por nada. Hermosa época. Pero entonces llegó Freud y dijo:

—Ojo con lo que guardan las chicas en el almacén de abajo, porque lo que ahí entra ahí se queda, y la culpa siempre es del padre.

No hablaré aquí de los complejos de Edipo y de Electra, porque ustedes son lo suficientemente cultos como para creer que ya lo saben todo sobre el tema, pero sí diré que cada vez que una mujer me resultó interesante, al escarbar un poco más descubrí que estaba loca, y al seguir escarbando supe que la culpa era de su padre. De hecho, los hombres que han tenido en la infancia problemas con su madre, se encajetan con mujeres que han tenido traumas con su padre. En esas parejas todo suele ir muy bien hasta que los consuegros se conocen en Navidad. Pero volvamos al tema.

Si Cristina y yo hubiésemos tenido un hijo varón, este problema gravísimo que tengo sería jurisprudencia de la madre, y yo podría descansar tranquilo y hacer mis cosas de siempre: eructar, fumar cuete, hacer zapping y decir mentiras a cada rato. Pero lo que tenemos es una hija, y entonces toda la carga moral de su desarrollo me corresponde. Cualquier barbaridad que yo haga, por más leve, por más superficial, puede quedar almacenada en el subsuelo freudiano de la Nina. Y eso sería una futura catástrofe en la vida de ella.

Yo nunca había entendido del todo aquella teoría de la mariposa que aletea en el Amazonas y provoca un terremoto en Shangai. Ahora lo tengo clarísimo, porque la ecuación es simple. Si yo me tiro un pedo con ruido en presencia de mi hija y después me vanaglorio de ello (como siempre he hecho), puede que la Nina almacene ese instante fatuo en el lugar equivocado, y quince años más tarde ella desee participar en una orgía con cuatro jugadores de hockey senegaleses.

Ésa, y no otra, es la triste verdad que nos ha dejado la psicología en los últimos años. Y yo por eso tengo el miedo metido en el cuerpo.

Y es que ahora, que la Nina está empecinada en interactuar conmigo, mi vida cotidiana se ha convertido en una sucesión peligrosa de momentos. La criatura se acerca, me pregunta cosas, quiere relacionarse o quiere que yo le haga lo que ella misma denomina “mimitos”. Yo entonces me escabullo, pongo peros, me excuso, y sobre todo intento que la pobrecita no se percate del pánico que me causa su sola presencia. ¿Qué hago, qué hago? Me está hablando, me está tocando, me está mirando los pies. ¿Debería cortarme las uñas para que en el futuro ella no intente irse a vivir a un país musulmán?

A veces estamos almorzando y olvido cerrar la boca mientras mastico la milanesa: ¿será ése el detonante de su lesbianismo? En ocasiones destapo la cerveza con los dientes: ¿vagará mi hija en el futuro por las calles, buscando alimentos en la basura? Algunas tardes, sin saber que ella me está mirando, me quito la carne de entre los dientes con la antenita del teléfono móvil: ¿será mi hija de las que intercambian favores sexuales por drogas duras?

Los intentos que he hecho de esconderme cuando ella aparece por la puerta han resultado inútiles por tres motivos: primero, la Nina piensa que se trata de un juego en el que debe descubrirme; segundo, mi casa no tiene buenos recovecos; y tercero (quizás principal) soy gordo.

Hace unos días volvió del jardín y yo me fingí cadáver para no tener que interactuar con ella de modo alguno. La Nina me hablaba y yo no respondía. Me tocaba y yo me dejaba caer al suelo con un peso muerto. Me abría un ojo, me pellizcaba, me mordía; yo intentaba no respirar. Al final la pobre santa, decepcionada o aburrida, se fue a llorar a su habitación. Más tarde, a solas, pensé que aquel juego (la muerte del padre en directo) también podía constituirse en un recuerdo negativo para ella. Quién lo sabe.

Su madre, en cambio, vive su vida con total despreocupación de Nina y sus futuros trastornos. No se reprime la comodidad de ir semidesnuda por la casa, conversa con su hija sin esquivar los subsuelos freudianos, le habla en catalán sin preocuparse por sus futuros desdoblamientos de identidad y hasta han llegado a la aberración de bañarse juntas. La criatura no parece mutar ni enloquecer ante estos acontecimientos horrorosos, como si la cosa no fuera con la madre, sino conmigo. Sólo conmigo.

De repente pienso en mi propia infancia. Una infancia feliz, sin sobresaltos, sin subsuelos aterradores… ¿Qué hicieron mis padres, hace tres décadas, para educarme de un modo tan natural y maravilloso? ¿Cómo lograron tener ellos, sin la ayuda vital de Internet ni demasiado conocimiento freudiano, un hijo como yo?

Creí encontrar aquí una luz en el fondo del túnel y entonces llamé por teléfono a Argentina. Atendió Chichita.

—Mamá —le dije sin saludar—, ¿qué hicieron ustedes conmigo entre 1973 y 1974?

—Nada.

—¿Me leían libros, me enseñaban a vocalizar, me contaban cuentos a la noches, me ponían música clásica?

—¿Música clásica? —se sobresaltó— ¿Vos estás drogado?

—Por el contrario —arremetí—, ¿hubo algo horrible que haya pasado en casa en esas fechas?

—No. Nada.

—¿Alguna vez me descubrieron mirando cuando ustedes estaban en la cama haciendo chanchadas?

—Que yo me acuerde, no —dudó Chichita—. A ver, esperá que le pregunto a tu padre.

Escuché en el auricular una breve conversación incomprensible entre Chichita y Roberto. Unos segundos después mi madre de nuevo:

—Dice que lo único que se acuerda de 1973 es el equipo completo de Huracán. Menotti, Roganti, Carrascosa, Chabay. ¿Querés que te pase con él?

—No, no. Está bien. Solamente quería saber cómo me educaron ustedes, en esa época.

—¡Ah! ¿Eso? Te dejábamos en la casa de los Varela, ¿no te acordás?

—No.

—Nosotros trabajábamos y vos estabas todo el día con los vecinos de al lado. Cuando nosotros llegábamos vos ya estabas cenado y dormido.

De repente, en medio de la conversación con mi madre, dentro de mí pareció abrirse la puerta de un sótano oscuro, y de allí emergieron un montón de recuerdos agazapados: la casa de al lado, la “tía” Otilia, sus tres hijas. Tenían una librería, había olor a cuaderno nuevo, había mapas. Ellas me enseñaron a calcar, a dibujar. Había libros, había una máquina de escribir de la afamada marca Remington.

—Listo mamá —dije—. Era eso nomás.

—Bueno, abrigáte que en Barcelona parece que hace fr…

Corté.

Por lo visto, mis padres tampoco pueden ayudarme porque me dieron en adopción justo en esa época. ¿Qué debo hacer entonces con la Nina? Me siento un poco solo y agobiado en esta relación padre-hija. Somos únicamente ella y yo; nadie parece tener la receta de la felicidad. Por las madrugadas me meto en el google y busco tutoriales que me indiquen de qué forma debe comportarse con su hija un padre atípico que no va al trabajo, que está siempre en casa escribiendo cosas ridículas y comiendo cosas ridículas. ¿De qué modo horrible puede afectar mi comportamiento zascandil en el desarrollo intelectual de la Nina?

Es posible que una de las maneras de solucionar este entuerto sea convertirme en un hipócrita. Es decir: usar la camisa dentro del pantalón en presencia de ella, ver únicamente documentales en la tele, narrarle historias de hadas y princesas, almorzar a las doce treinta, cenar a las veintiuna, pernoctar a las veintitrés, cagar en silencio sin hacer alharaca ante un sorete con forma divertida o alegórica, no conversar con objetos, no echar llamaradas usando el culo y un encendedor para hacerla reír, etcétera.

En suma: caretear paternidad. ¿Pero todo eso —en caso de que yo pudiese lograrlo— daría por resultado una futura hija sin traumas, o una futura hija de derechas?

El riesgo es tan alto que prefiero seguir paralizado de terror.

Hernán Casciari
Martes 2 de enero, 2007

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171 comentarios Problemas en la relación padre-hija

  1. CAPRICHOYPLACER #171    27 diciembre, 2016 a las 11:34 am

    Muchas veces no nos damos cuenta de que los niños necesitan dedicación nuestra a diario para ayudarles en todo.
    Los padres creen que con trabajar y llevar dinero a casa ya han cumplido.

  2. Andres García #170    23 abril, 2016 a las 12:46 pm

    Con las horas d etrabajo y las preocupaciones d elos adultos, en ocasiones se nos olvida dedicar el tiempo necesario y adecuado para educar a nuetsros hijos, una pena que la sociedad este así estipulada.

  3. Juliet #168    15 enero, 2007 a las 5:07 am

    Hernán!!
    Primero que nada quería comentarte que hace dos días saliste en la tv. Haciendo zapping terminé en un canal que no recuerdo cuál era, pero sí recuerdo q estaban dando una nota sobre los libros, la compra de libros por medio de la net, y la influencia de la misma en los libros y blablabla. Y en eso el periodista agarró un libro que terminó siendo el libro del diario de Mirta Bertotti. Y en su nota se puso a hablar de vos, y de lo famoso que terminaste siendo por estos pagos de las blogonovelas. Eso por un lado..
    Por el otro quería comentarte en cuanto a este post, que no te dejes paralizar por el miedo!!!
    Cuando yo tenía la edad de Nina, empecé a vivir con mi sra. madre y con mi hno mayor, por divorcio de mis padres. La cuestión es que mi viejo conmigo.. el tiempo que estaba, por no saber cómo llevarse con una nena de mi edad sin hacer nada muy puerco (frente a mi hno podía tirarse pedos sin problemajaja), decidía jugar a los videos juegos (obviamente que siendo nena, todos esos jueguitos de autos o deportes que tenía mi hermano me importaban un pito!). Y tb se hacía el “padre muerto” o boludeces por el estilo..
    En fin… hay cosas que por ser hombre no vas a poder evitar.. siempre van a estar los pedos ruidosos por los q t vas a sentir orgulloso… pero no los dejes fluir tan seguido ! Y siempre habla con Nina desde chiquita! Que ser un padre comprensivo, y con el que se pueda hablar compensa toda puercada que te puedas mandar y que pueda generarle un trauma a la pobresita Nina!
    NO hagas como mi viejo.. que recién ahora q tengo 18 me sentó a tomar café y a explicarme de dónde vienen los bebés… y de que tengo que valorarme como mujer y siempre cuidarme… y en lo posible no llevar un novio de river o punk a su casa… porque eso puede darle un paro.
    En fin… adelante con la paternidad!!! jajaj
    Muchos saludos!

    Julieta!

  4. Khabiria #166    13 enero, 2007 a las 5:36 pm

    La Nina te eligió a vos como su padre, asi que ya viene preparada para lo que se encontró…vos disfrútala, que igual ella tendrá sus traumas…simplemente regalale flores muchas veces y repítele a diario que es la niña mas hermosa dle universo, es asi de fácil!
    Un abrazo inmenso Hernán
    🙂

  5. hormiga #165    13 enero, 2007 a las 2:31 pm

    Tienes que ser como siempre. Y si al final tu hija te sale de derechas o pendona será porque ella lo haya decidido. Lo único importante es que es su cabeza no le queden reproches amontonados contra su viejo porque no le dejó hacer esto o lo otro o porque la traumatizó obligandola a hacer aquello que nunca quiso y tuvo que hacer porque su viejo le hacía chataje emocional. Y sobre todo dale la libertad para mentirte cuando ella lo considere oportuno. Nada más horrible que un padre que lo sabe todo.

  6. Ari #164    12 enero, 2007 a las 3:45 pm

    Capo, hace poco tiempo descubri tu blog, soy otro argentino perdido en el mundo, a mi me toco Malta, lindo lugar, pero muy distinto de argentina. El tener la oportunidad de leer tus historias, cuentos, entrevistas, o como quiera que se llamen, me da ese aire que nos hace falta a los argentinos que estamos lejos de casa. En esta me siento re-identificado, porque tengo una nena de 4 anios, y otra de 7 meses, o sea que la odisea jamas terminara, es verdad, da cagazo, pero no podemos hacer mucho mas que enfrentar la situacion, y buscar algun tio/a copado que se haga cargo de ellas por un tiempo. Saludos

  7. fearandir #163    12 enero, 2007 a las 3:09 pm

    Qué placer, Hernán, este de volver a leerte asiduamente. Yo tengo casi 22 años y una vida demasiado joven y estúpida como para imaginarme en algún momento en tu situación, con un hijo que criar (o quizás no sea tan estúpido como otros jóvenes). Pero más de una vez, como una costumbre perversa que tengo conmigo mismo, lo he pensado por largas horas… y llegué a la misma conclusión que vos, mejor seguir como se está. Aunque la idea de tus viejos no fue mala, jejeje.
    Saludos y un feliz 2007 que por mi parte esperaré que venga con muchos buenos textos de los tuyos 😉

  8. VeRa #161    12 enero, 2007 a las 1:34 am

    Hola Hernán, hola todos los que bajan con la barra de scrolling hasta aquí.

    Hernán, en algún punto decís de los comentarios: “Después del 200 finjo que leo, y después del 300 tengo una doméstica que me subraya lo más importante.” Ja!
    Bueno…yo quizás tenga suerte aún…

    Sobre la interacción con tu nena: hacés bien en sentir miedo. Los que no tienen miedo son indiferentes como padres, o mienten.
    De todos modos, le vaticino un buen final. Por lo que se lee, la Nina es una típica pendejita activa y determinada, curiosa y muy siglo XXi: no nos queda otra que rendirnos.

    Pero no todas las hijas amamos a los padres, no todos los padres han sentido ese vértigo ante la mirada inquisidora de su “vástaga” de 3 años (o menos..o más…)

    Mi padre me puso el nombre de Vera Marina.
    Poético: la orilla del mar.
    Confuso: todos preguntan “Vera? y de nombre cómo?”
    Intenso: significa, también Verdad.

    En nada más se ocupó de mí ke me diera gusto. El resto fue una larga cadena de desencuentros y arideces.

    Ya ves, Hernán: te juzgarán duramente.
    Salut!

  9. Manuel #159    11 enero, 2007 a las 11:22 pm

    Hernán, he leído varios de sus textos y me parecen muy agradables, tal vez porque están impregnados de ese sentido del humor con el que, por fortuna, nos dotaron a los caballeros de amplio abdomen, je, je, je. Un afectuoso saludo desde Bogotá.

  10. Raul #157    11 enero, 2007 a las 3:10 pm

    De padre a padre: Quien se conoce bien a sí mismo puede conocer muy pronto a su hijo. No vale la pena perderse las pequeñas alegrias esperando la gran felicidad, ellos son una inversión a largo plazo pero no se debe pensar que es nuestro patrimonio…

  11. Laura #156    11 enero, 2007 a las 1:47 pm

    Mi hermana que vive en Montreal-Quebec me manda links de tus post, tenes club de fans loco, bien ahi.
    Lo mas cercano a un niño es mi sobrino de 3 meses que nacio en Canada y todavia no lo conozco. A mi me encantan los niños…. ajenos.
    Muy bueno tu sentido del humor, lastima que no todos lo capten.
    Un saludo, y deja de tirarte pedos adelante de tu hija bo!

  12. Germán #155    11 enero, 2007 a las 11:47 am

    Hernán,

    yo estoy en tu misma situación: mi hija cumple 3 años a fin de Enero, y además vivo en Barcelona.
    Para colmo, es acuariana igual que yo, así que ya sé que algunos de mis traumas se le van a pegar solo por eso.

    Yo, lo único que hago para que no se “tuerza” es hacerle escuchar de vez en cuando a los Beatles.

    Uy ! me acabo de dar cuenta que si escucha “Lucy in the Sky with Diamonds” puede ser que de grande se dedique al LSD !!!!

    En fin, lo mejor creo va a ser que haga lo que quiera, pero que sepa que yo la quiero de todas formas 🙂

    Saludos.

  13. El tipo del Sofa #154    11 enero, 2007 a las 8:57 am

    perdon por las faltas ortograficas y errores de tipeo del cometario anterior pero estoy escribiendo acostado en mi cama… bue chau beso en el pupo.

  14. El tipo del Sofa #153    11 enero, 2007 a las 8:55 am

    que tal hernan? ya habiendo opinado este articulo espero conn ansias el proximo que bastante se esta haciendo desear…. mientras espeamos me gustaria invitarte a participar de un juegito que te va a exprimir todo tu talento… un abrazo.

  15. Lina Marcela gallego #152    11 enero, 2007 a las 7:25 am

    es la primera vez que entro a tu blog y leer esto me causa gracia, no tengo hijos, así que no te puedo dar soluciones pero a mis 20 años si te puedo decir, que tu hija es muy afortunada, pues tiene un padre que nola maltrata, que le enseña valores (muy a tu estilo, claro está) y sobretodo que la ama, suficente para ser crecer feliz y sin complejos.

    Desde Colombia, Marcela

  16. Gloriamundi #151    10 enero, 2007 a las 9:38 pm

    Perdón, Pal; se me chispoteó Seburu cuando quería mencionarte a vos.
    Es que cada vez que me cruzo con la soberbia de uno de estos hijos de Bunge, me obnubilo. Mi esposa era una de sus “creyentes” cuando nos casamos. Tras varios años de discusiones esporádicas tuvimos oportunidad de escucharlo en una conferencia. Salió pálida por el evidente dogmatismo inquisitorial de ese monje disfrazado de epistemólogo.