Orsai » Revista

Número 01, Folletín

La media vuelta (1)

▣ Escribe Víctor Correal y Adrià Cuatrecases

Durante 2011 Orsai acompañó al joven catalán Albert Casals, a su novia y a su silla de ruedas por medio mundo. El objetivo, las antípodas. Este es el primero de cuatro episodios.

Albert Casals casi tiene veinte años y va en silla de ruedas. Perdió su capacidad de andar a los ocho, por culpa de una leucemia grave. Pasó la mitad de su infancia tumbado en una cama de hospital, viendo cómo se iban desvaneciendo sus opciones de saltar en ella. Álex, su padre, relegó su trabajo para tener tiempo de ir de librería en librería comprando volúmenes escritos por físicos, filósofos, sociólogos o matemáticos. Con ese cargamento, Álex ejerció a la vez de padre, de profesor y de compañero de pupitre del hijo postrado. Leyeron juntos, compartieron dudas y aprendieron a la par. Se hicieron cómplices. Tejieron un vínculo muy especial, único, del que uno se percata nada más escucharlos hablar.

Cuando Albert descubrió que su pasión era viajar, simplemente inició el camino. Se despreocupó de dónde dormiría, de qué se alimentaría o cuál ruta sería la más conveniente. Al cumplir los catorce años el chico no pidió a sus padres una (otra) videoconsola, sino permiso para cruzar Europa sin un solo euro en la cartera ni nadie a su lado. Él con su silla. Y así empieza la historia real que más nos gusta de las que por ahora conocemos.

Apetito por lo verídico

Conocimos la historia de Albert hace algunos años, cuando todavía no sospechábamos que las mejores historias no eran las de ficción. Aunque mi socio Víctor Correal y yo somos periodistas,

a la hora de la verdad elegimos la ficción. Desde que empezamos a trabajar juntos nos dedicamos a inventar historias para radio y televisión. Hasta que nos entraron remordimientos. El temor a que, cada vez que nos inventábamos una historia, nos estuviéramos perdiendo otra que hubiera ocurrido de verdad.

Así que reunimos a nuestras familias respectivas, nos pusimos serios y, de pie frente a ellos, les anunciamos que nos marchábamos un año entero. A explorar. A buscar historias auténticas para saciar este repentino apetito por lo verídico.

Recuerdo que mi madre lloró. La vida real es peligrosa y por eso los padres educan a sus retoños en lo fantástico: les dicen que existen ratoncitos Pérez, reyes magos, o amores eternos. Y de repente, cuando menos lo esperan, el hijo mayor se planta en casa con la decisión tomada. Marchar de excursión hacia lo auténtico.

El camino de las historias reales resultó fructífero. Nos topamos con un pianista narcoléptico que se dormía en mitad de los conciertos. Con una mujer que, sin saberlo, compartía cama con un asesino. Con un ex oficial nazi, orgulloso de serlo, que se escondía en nuestro país. O con un hombre enamorado de la doctora que cuidaba a su esposa en coma. También conocimos a un exitoso publicista afincado en Nueva York que se hartó de tenerlo todo. Vendió su casa, sus coches y el resto de sus pertenencias en un mercado. Se libró de todo amarre y se propuso cruzar el océano Atlántico a remo. Así, por capricho. Armó un bote de menos de dos metros y se echó al mar. Sin preparación alguna. Le preguntamos:

—¿Y no piensas entrenarte antes?

—¿Para qué? —nos respondió, irrefutable— Si tengo todo el océano Atlántico por delante para aprender.

Nuestra larguísima excursión había resultado edificante y no habíamos sufrido daños. Estábamos algo sucios y sin afeitar, pero enteros. De vuelta en Barcelona, paramos a tomar un café caliente (el mío con leche templada y una madalena, el de Víctor solo con sacarina). Víctor reconoció una voz de entre las que balbuceaban al fondo del bar. Se levantó sin justificarse, con la mala educación que únicamente se profesan los hermanos, y fue en busca de la voz familiar. Se quedó plantado delante de un desconocido, con

la misma cara que pondría el capitán Hook al encontrar un tesoro milenario.

—Usted es taxista y una vez yo fui su pasajero —le dijo Víctor—. Y en ese viaje usted me explicó la mejor historia de amor que he oído nunca. ¿Es usted, verdad?

Desde mi asiento vi al hombre sonreír y asentir. Se llamaba Alejandro Tovar y una noche había recogido en su taxi a una mujer que le pidió que la llevara a un puente desde el que se quería suicidar. Al oír semejante destino, Alejandro subió con disimulo la bandera y comenzó a dar vueltas por Barcelona, alargando el recorrido durante horas, hasta convencerla de que no lo hiciera.

Aquel día, en ese bar, Alejandro Tovar estaba sentado junto a aquella mujer. Se cogían de la mano, con sus respectivas alianzas.

Víctor recuperó una historia increíble que había dejado pasar años antes y yo sacié mi capricho de madalena. Esponjosa. Empapada. Deliciosa.

Regresamos a casa y mi madre volvió a llorar. Le dio lástima verme con el pelo largo, supongo. Víctor y yo guardamos nuestra colección de historias extraordinarias en pequeñas cajas fuertes en forma de piezas radiofónicas. Y agotados por el largo recorrido pusimos los pies en remojo, nos sentamos en las butacas de un despacho nuevo, y descansamos. Recaímos otra vez en la comodidad del inventar, convencidos de no habernos dejado ninguna historia sensacional por el camino. Nos equivocábamos, por supuesto. Porque aún no conocíamos la historia de Albert Casals.

«Tienes razón, haz lo que quieras»

Albert es un chico de Esparreguera, un pueblo de la provincia de Barcelona, y lleva el pelo pintado del mismo color azul de sus ojos. Tiene unos brazos largos y delgados, y una sonrisa epidémica. Pero, sobre todo, Albert es un muchacho riguroso. Alguien que se ciñe con escrúpulos a la premisa que se ha impuesto: hacer solamente aquello que le hace feliz. Única y exclusivamente lo que le hace feliz. Y hacerlo de un modo impulsivo, sin planificar nada. Sin ahorros.

Sin miedos.

Una tarde, a los trece o catorce años, le dijo a su padre que deseaba explorar el mundo, tan pronto pudiera salir de la cama. Su espíritu de aventuras era mucho más grande que su discapacidad creciente.

—Estuvo tan cerca de la muerte —nos contó Álex, su padre— que no le podía regatear lo único que ambicionaba de la vida. ¿Cómo iba a prohibírselo?

La única condición de Álex fue compartir con el pequeño Albert un primer viaje de entrenamiento. Padre e hijo fueron hasta Bruselas como lección práctica. Hasta entonces, Albert no había salido de Catalunya. Por eso estuvo atento a la experiencia, aprendiendo el funcionamiento de una estación de tren, descubriendo la permisividad de algunas iglesias para dormir sin pagar, o anotando mentalmente medidas de prudencia básicas para evitar maleantes y atracadores.

A esas alturas Albert ya era un virtuoso sobre la silla de ruedas. Para un aventurero, cada barrera arquitectónica es un reto a superar. Cada obstáculo, una misión. Es como un ciclista escalador al que subir o bajar escaleras con pendiente no le provoca vértigo sino una excitación estúpida. No solo eso: Albert repta por el suelo cuando no hay forma de avanzar sobre la silla, trepa a los árboles con sus brazos alámbricos, y se precipita escalones abajo como un kamikaze japonés dejando manos sobre las cabezas a su paso. Su exhibición —ante la mirada atónita de quien le observa manejar su silla— suele terminar en lección práctica: se baja de su trono, te invita a ocupar su asiento, y te da instrucciones concisas para que pruebes sus cabriolas.

—¡Sin miedo! –te exige.

Y lo dice porque sabe que esa es la clave. No solo para lograr hacer piruetas sobre la silla de ruedas, sino para cualquiera que sea tu propósito.

Albert domó a su silla con la misma facilidad que absorbe las lecturas o aprende los idiomas. Hablar con él es desconcertante. Su bagaje cultural es vasto para alguien de su edad, pero sobre todo es un conocimiento distinto al saber habitual de su generación. A esos años en cama, leyendo y discutiendo con su padre Álex sobre física cuántica o la caverna de Platón, va añadiendo todo aquello que aprende en ruta. Se empapa de las culturas a las que visita y exprime de cada nueva amistad que hace por el camino.

En cierto modo desespera discutir con Albert. Desespera a sus padres, desespera a su sufridora abuela, a su hermana pequeña, a sus amigos, y a su novia Anna. Porque Albert siempre se sale con la suya. Utiliza su retórica como un espadachín, aprovechando que su modo de vivir es tan distinto que te tiene desarmado. Él sabe de su capacidad de convicción aunque la disimule. Quizá no sepa que los demás le adivinamos las intenciones, pero da lo mismo porque, aun sabiendo que te está llevando a su terreno para que le des la razón, se la terminas dando. “Tienes razón, Albert, haz lo que quieras.” Si convenció a un padre y a una madre para que le dejaran salir de viaje con quince años, sin dinero, sin compañía y sin piernas hábiles, ¿qué otra cosa se le puede resistir ahora, que casi tiene veinte?

Los primeros viajes

Albert recorrió el discutible Viejo Continente pasando por Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Grecia, Gran Bretaña, Italia, Bosnia, Serbia, Croacia, Hungría, Rumanía y Grecia. Durmió en un parque público de Roma, en la playa de una minúscula isla desierta perdida en el Mediterráneo, o en un barco al que se había colado con descaro.

No sé si debería contar su sistema para embarcar como polizón, porque los trucos de los magos jamás se revelan. Pero puedo hacer la excepción si lo cuento aquí, en una revista imposible a la que el mundo editorial le augura un escaso número de lectores. Que quede entre nosotros, entonces. Albert se pone, con mucha estrategia, en la cola de los pasajeros. Y avanza hasta que solo tiene dos o tres personas delante suyo. En ese punto, cuando ya tiene muy cerca al encargado de revisar los billetes (que él no lleva), Albert se inclina hacia un lado. Carga todo su poco peso a derecha o izquierda y se deja caer. Logra siempre una caída con estruendo. Un muchacho frágil en una silla de ruedas accidentada provoca una alarma inmediata en la cola. Los otros pasajeros reaccionan instintivamente recolocando la silla y el revisor de los billetes acude a su auxilio. Entre unos y otros lo levantan, mientras él finge que la caída ha sido tremebunda. Lo colocan de nuevo sobre la silla, le preguntan “¿estás bien?” reiteradamente, y le ayudan a subir al barco para evitar que se produzca ningún vuelco más. Nadie osa pedirle a un minusválido recién accidentado su billete. Sería casi de tan mal gusto como que ese minusválido estuviera aprovechando su circunstancia para colarse en el barco sin pagar.

El que viaja sin dinero viaja, a su vez, sin prisas. Quien se mueve sin equipaje se mueve, a su vez, sin posesiones (puesto que habría que cargarlas). El que vive sin miedos vive, a su vez, sin límites. Y Albert volvió a casa tras su periplo europeo habiéndose inoculado la sensación de libertad e independencia de quien no tiene planes ni obligaciones. Adquirió, en ese breve lapso de tres meses, el vicio de no tener rumbo ni destino. Y por supuesto, como suele ocurrir con estas intuiciones de hacer lo que a uno se le antoja, Albert contrajo el deseo vírico de repetir.

Le recibieron en casa como a un pequeño héroe. Verle regresar con vida fue un alivio mayúsculo para su familia. Pero verle regresar feliz fue, quizá, lo que hizo felices a todos. En Esparreguera las sobremesas se alargaron con todas las anécdotas que Albert les fue contando de su viaje. Y a medida que le escuchaban narrar lo vivido, sus padres y sus amigos descubrieron lo inevitable: que esa excursión veraniega era solo el principio.

Contuvo su instinto viajero durante todo un curso escolar. Albert aguardó pacientemente hasta el verano siguiente, el de 2007, para proponer (del modo imperativo en que él pide las cosas) que se volvía a marchar. De nuevo solo. De nuevo sin dinero. Aunque esta vez algo más lejos.

Welcome to Thailand

En su mochila tenía el billete de avión más barato que encontró para aterrizar en Asia. El más asequible era el pasaje de una compañía de los Emiratos Árabes que pudo comprar con el dinero ganado con el sudor de sus dedos, en una competición del videojuego Dragon Ball Z Budokai Tenkaichi 2. Tenía dieciséis años, ¿qué esperaban? ¿Que hubiera ganado el dinero invirtiendo en bolsa?

A pesar de partir con el visado en regla, su llegada a Tailandia provocó el shock de las autoridades del aeropuerto de Bangkok. Al verlo, le preguntaron dónde estaban sus padres. Albert dibujó su rostro más inocente y les contestó que posiblemente en el salón de casa, viendo la tele. A diez mil kilómetros de allí.

—¿Un menor entrando solo en Tailandia? Ni hablar —fue la respuesta inmediata en el aeropuerto de Bangkok.

Legalmente no había problema, pero no había precedentes. Durante una hora y veinte minutos Albert presenció llamadas, consultas y discusiones en una lengua extraña. Durante ese largo rato de retención, alguien que no teme dormir en plena calle de una ciudad desconocida, temió que le facturaran de vuelta. El agente, aún sin comprender cómo era posible, le comunicó el veredicto: Welcome to Thailand.

Así los habitantes de Tailandia, Malasia y Singapur vieron pasearse entre ellos a un chico blanco de pelo azul y en silla de ruedas. Albert ejerció de pinche de cocina a cambio de un almuerzo, asistió como invitado a una boda autóctona, se resguardó de los monzones en cuevas, y huyó —en una barca con overbooking— de un huracán que se llevó volando todo el equipaje de quienes llevaban equipaje. Es decir, la típica ruta turística.

Lo cierto es que hoy en día el viajero solitario tiene apoyos tecnológicos que le dan cierta tranquilidad. Suele llevar un simple teléfono móvil al que recurrir si en algún momento es necesario pedir auxilio de algún tipo. Pero Albert rehuye las facilidades. Así que cuando viaja no lleva celular. Y así tampoco hay riesgo de que ningún huracán se lo averíe.

Durante los meses en que Albert debía contener su sed viajera releía su diario de bitácora, las notas que escribía en las noches al raso contando lo ocurrido durante el día. Luego convirtió ese dietario en un libro (El món sobre rodes, Edicions 62), con la intención de evangelizar a quien lo leyera con su filosofía del “felicismo” pero, sobre todo, para sacarse un dinero suficiente para comprar un billete a Japón (la tierra de sus cómics preferidos) y otro para cruzar el Atlántico.

El caluroso verano de 2008 coincidió con la finalización de sus estudios obligatorios y el inicio de un nuevo modus vivendi para Albert. El muchacho ponía fin a sus viajecitos de uno o dos meses. Iba a dedicar el próximo medio año a recorrer Sudamérica. Su familia no se sorprendió a estas alturas. Y le dio nuevamente su apoyo con una mezcla de orgullo y resignación.

Sudamérica, África y el amor

Recorrió México, Ecuador, Chile, Brasil, Paraguay y Argentina.

—Hice nuevos amigos ejecutando trucos de magia a los que se me acercaban —nos contará a su regreso—. Gané algunas propinas apostando al tres en raya. Subí sobre la carga de un camión de sandías, viajando como una sandía más. Y me desplacé por el Amazonas en una embarcación de narcotraficantes.

—¿Narcotraficantes? –interrumpe Víctor, horrorizado.

—¿Trajiste souvenirs? –añado.

Albert prosigue contándonos aventuras que a nosotros nos provocan pánico y envidia a partes iguales. Mitad y mitad. Y nos confiesa su nuevo propósito. Pues cuando esos seis meses latinos se extinguían, él ya tenía en mente pasar otros seis en África.

Hizo “sillastop” desde Esparreguera hasta Andalucía. Recurrió a la táctica de la caída tonta en la cola de un barco para cruzar hasta Marruecos. Y de ahí hacia el sur. Con las dificultades añadidas (o retos añadidos) de pasar por zonas en conflicto y los impedimentos burocráticos de las fronteras. Puede que el mundo no esté diseñado para vivir como vive Albert. Pero tampoco para sospechar de alguien como él.

A su paso por Mauritania conoció a una ONG española en ruta por la zona. Hicieron buenas migas y se ofrecieron a llevarlo hasta la frontera con Senegal.

—Pero no podemos cruzar la frontera contigo —le advirtieron—, porque no tienes visado y en la aduana nos exigen la documentación.

Albert comprendió la situación, pero no estaba dispuesto a desaprovecharla.

Se bajó de la furgoneta de la ONG unos kilómetros antes de llegar a la frontera. Se despidió de ellos con sincero agradecimiento por la ayuda prestada y un hasta pronto. La furgoneta siguió su camino, cruzó la frontera abonando los papeles y las monedas necesarias, y desapareció en el

desierto. Era el momento de la acción para Albert: se acercó a una comisaría de policía mauritana lloroso, explicando que sus compatriotas de la ONG se habían olvidado de él por descuido. Los agentes quedaron estupefactos ante ese panorama y reaccionaron subiéndolo a un coche oficial de la policía, encendiendo la sirena, y arrancando a todo gas. Llegaron a la frontera, discutieron con los agentes senegaleses en una lengua que Albert desconocía, y comprobaron que hacía un rato había pasado por allí la furgoneta que el chico blanco había descrito.

Subieron la barrera, apartaron las metralletas y el coche de policía del país vecino entró en Senegal. Acelerando otra vez hasta atrapar al contingente de la ONG.

El conductor español de la furgoneta solidaria se detuvo al ser advertido con luces largas por un vehículo policial. Sospechó casi cualquier cosa, excepto que de ese coche saldría Albert, sonriendo y al grito de:

—¡Cómo os he echado de menos!

La aventura africana terminó antes de lo previsto. No porque se le rompiera la silla de ruedas, ni porque pasara hambre en algunas travesías, ni porque enfermara por alguna picadura tropical. Albert no concretó los seis meses de viaje por una razón de peso: a medio camino descubrió

que se había enamorado sin querer.

Durante el periplo africano se dio cuenta de que echaba en falta a una chica que había conocido meses antes, en Barcelona. Así que dio media vuelta, desanduvo lo andado, y cruzó el continente hasta la casa de Anna, para decírselo. Para decirle que por primera vez en su vida había algo que deseaba más que seguir viajando solo. Que la quería a su lado. Que la quería, a secas.

El señor que vive abajo

Un aventurero enamorado sigue siendo un aventurero. Del mismo modo que un periodista que escribe ficción sigue siendo un periodista. Albert no iba a dejar de viajar, y ni Víctor ni yo podíamos dejar de contar esta historia. Una historia que no termina aquí, sino que empieza.

—¿Y ahora qué? —le preguntamos a su regreso de África.

—¿Ahora? Ahora me marcho con ella —respondió Albert.

Su nueva aventura es la mayor de todas cuantas se ha planteado, y la contaremos, en tiempo real, durante los primeros cuatro números de esta revista. Es una historia que ningún padre del sobreprotector siglo veintiuno permitiría. La que ningún inventor de historias osaría imaginar.

Un día de 2010, hace pocos meses, Albert quiso pasearse por el Google Earth para descubrir qué había, exactamente, en las antípodas terrestres de su casa de Esparreguera. Unió coordenadas, longitudes y latitudes. Hizo cálculos precisos. Y el resultado fue una granja, humilde, en Nueva Zelanda. Ese sitio exacto es el lugar más lejano del mundo y, también, el lugar donde vive el señor de abajo de la casa de Albert. Abajo es abajo.

Lo más abajo que existe.

Este granjero neozelandés, con huso horario contrario al de Albert, no sospecha que una peculiar parejita catalana y una silla de ruedas se están dirigiendo allí, a su granja, cruzando medio mundo. No sabe, este pobre granjero, que a finales de 2011 puede tener visitas. Y él con la sala sin barrer.

Albert quiere saber si el señor de abajo de su casa es buena gente. Si este granjero desconocido le dará albergue cuando llegue con su novia. Si le hará algo de comer y le dará conversación. Y a nosotros ésta nos parece, de lejos, la mejor historia del mundo. No solamente porque es real, sino y sobre todo porque está ocurriendo ahora, mientras estás leyendo esta revista.

Les dimos una cámara, a él y a su novia Anna, para que nos cuenten la aventura en directo. Para que nosotros la podamos narrar en la versión de papel con palabras, y en la versión digital con imágenes.

El viaje es alucinante: cruzarán Europa, visitarán el delicado Oriente Medio, pasarán de puntillas por Irán y Paquistán (si les dejan), recorrerán la India, circularán —haciendo piruetas— por la Muralla China, saltarán de islita en islita hasta Australia, y llegarán, como polizones, a Nueva Zelanda. A ese punto preciso de Nueva Zelanda en donde un desconocido de longitud y latitud inversa les dirá si al otro lado del mundo nos espera alguien con la comida caliente.

▣ Publicado el viernes 31 de diciembre, 2010

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  • 42 comentarios
    Ximena
    31/08/2011 a las 00:30
    ahora que el vídeo está bloqueado, ¿alguien sabe dónde encontrarlo? gracias de antemano.
    ?lex
    03/06/2011 a las 10:43
    ... no te imaginas hasta qué punto (y lo sé porque soy su padre)
    Felisa
    25/05/2011 a las 22:29
    Albert, si alguna vez lees esto, que sepas que ese es tu camino. Que la grandeza la alcanzan los que son, no los que tienen. Es tu camino, porque en el nos demuestras que no somos cuerpo sino espíritu, Que creer es llegar. Soñar es saber. Y el equipaje lo llevas en ti mismo. Gracias por hacernos viajar contigo, hacia dentro, al corazón. Y ver lo que tu ves que no es china ni Perú ni Sri lanka. Sino a uno mismo. Gracias!
    Grecia
    18/03/2011 a las 22:27
    Super!!!! Albert se ha vuelto mi héroe... me hizo llorar en la parte donde da media vuelta para decir un "te quiero". Tengo tantas ganas de saber cómo le va en el viaje...
    Mmmm
    02/03/2011 a las 16:12
    Hipiie drogado
    02/03/2011 a las 15:21
    Casciari, Chiri, Albert, la puta que los parió. Son tan grosos que a uno no le queda mas que sentirse una pobre mierda. Cosa que solo se enmienda a medias, recomendando vuestro trabajo. Los amo casi tanto como los odio.
    03/02/2011 a las 20:40
    Me encanta el empuje que tiene este pibito. Si nada te detuvo hasta ahora, nada debería detenerte nunca.
    MarthaX
    03/02/2011 a las 08:47
    Súper inspirador. Un abrazo a Albert, a su familia y a su novia, que también debe estar un poco loca para dejar todos sus miedos y seguirlo. :)
     Mae Lopez Aranda
    02/02/2011 a las 04:54
    Por personas como Albert la vida tiene sentido. Y me han dado unas ganas de vivir viviendo. ¡Bien! por esos padres maravillosos.
    Elena Izquierdo
    30/01/2011 a las 15:18
    HOLA a todos descubri esta revista porq una profsora nos puso un video de Albert para que reflexionasemos y la verdad q le estoy muy agradecida porq este xaval es genial!!!para mi ha sido un soplo de aire fresco. En silla de ruedas y el jodido no para de"andar" por el mundo!! jajja.... simplemente GENIAL Y AUTÉNTICO. no hay palabras suficientes para describir a una persona asi... muxus desd Bilbo ;)
    nuriape
    28/01/2011 a las 15:23
    Standing ovation a los padres de este chico. Por favor, charlar con ellos y publicarlo en el proximo numero. Me interesaria muchisimo releer esta historia desde su punto de vista.
    patty
    27/01/2011 a las 00:23
    Me encantó Albert, sus padres, me hizo sentir una pelotuda por quejarme de la vida que tengo, suerte en el viaje y si el granjero no los ayuda... que le caiga un rayo... lo parta al medio...y se le queme la granja!!
    Barbarita
    23/01/2011 a las 16:04
    Kablete, ¿a qué va a tener miedo alguien que ya estuvo a punto de morir sin haberse expuesto ni a un mínimo peligro, sólo porque le tocó?
     diego
    23/01/2011 a las 13:54
    Supongo que debe estar pixelada por que es una imagen sacada del video,con la consiguiente perdida de resolución. A lo sumo deberan llevar una cámara d efotos a los artícuylos basado en los videos.
    23/01/2011 a las 03:26
    Las fotos, en la revista, están pixeladas... Pero lo que vale es el contenido. Ja. Además, estoy seguro de que Hernán y todo su equipo ya deben haber tomado nota de las quejas de los lectores (no es la primera que detecto) y seguro que para la próxima revista mejoran. ;)
     Kablete
    23/01/2011 a las 01:52
    Pues a mí toda esta historia me chirría un poco. Sobre todo, el momento en el que está de viaje (creo que por África) y de repente, se da cuenta de que echa de menos a su novia y se da la vuelta. Me parece un poco inhumano. Albert no tiene miedo, es como un robot, está por encima de la moralidad humana, su silla de ruedas le hace trascender. No reflexiona, no se pregunta, solo disfruta, hace lo que le dá gusto, hedonismo al límite. Como alguien dijo, no es valiente el que no tiene miedo, sino el que se enfrenta a sus temores.
    V.
    19/01/2011 a las 22:45
    Los padres no le han dado exactamente lo "mejor" (cómo podemos saber eso), sino lo que él quiere. Lo cual les hace unos padres mucho más valientes. La realización del deseo personal, no importa qué magnitud tenga éste. No todos necesitamos irnos a la otra punta del mundo para disfrutar las aventuras del camino, pero ¿cuántos de nosotros nos atrevemos a realizar nuestros pequeños sueños, por miedo temprano al qué dirán o a los obstáculos o a las musarañas verdes? Albert ha llegado muy lejos. Muchas otras personas tienen todavía que conquistarse a sí mismas para empezar a ser felices.
    Julio
    18/01/2011 a las 17:33
    Albert me voló la cabeza con su alma y el texto tiene una personalidad increible. Felicito a Adriá, que no sé si comenta en el foro, y aprovecho para preguntarle si publicó algo de ficción.
    Norma desde Argentina
    18/01/2011 a las 15:14
    Albert, me ha llegado tu historia a travez de uno de mis hijos que vive en Barcelona. Te felicito por el empeño que pones en tu vida y pienso seguirte derante todo tu viaje . Mucha suerte!!!! sé que lograrás todo aquello que te propongas pues la vida es de aquellos que se arriezgan y buscan hacer realidad sus anhelos.
    El Angel Gris
    15/01/2011 a las 22:18
    El Comequechu ve la paternidad igual que yo.
    15/01/2011 a las 21:00
    Y lo de darse la vuelta para buscar a su futura parienta es EPIC EPIC EPIC WIN. Hablando en serio: Brutal. Cuando vi el video por primera vez -aparte de llorar un poco- me sentí un poco capullo viendo las cosas de las que es capaz la gente con solo proponérselo :D. Esperemos que llegue, será buena señal. Si el granjero no le deja dormir en su granja, vamos a lincharlo entre todos. PD: Mención aparte merece su padre y su familia, todo un ejemplo de paciencia y de querer lo mejor para su hijo, cueste lo que cueste.
    15/01/2011 a las 20:44
    Maravilloso. En primer lugar, felicitar a Adrià por el hermoso texto, por lo logrado de la narración. (Mucha envidia de que tenga un compañero de andanzas como Víctor. Sana envidia, claro. Y que lo incorpore al relato con ternura fraterna.) Increíbles los padres (el padre que posterga su trabajo para estar con el hijo en especial). Por la manera en que se ocuparon de su educación y la libertad que le dieron y dan. Otros padres -súper protectores- frente a un hijo con las características de Albert, no lo hubieran dejado salir ni a la vereda. Leyendo este texto me vino de inmediato a la mente el de Carolina (Espejito, espejito). Y se me ocurría que los dos ??también, como los de Alejandro Seselovsky y Juan Villoro- podría leerse en espejo. Lo que se me ocurría es que los dos protagonistas, frente a una condición física, reaccionan de formas bien diferentes. Los dos quieren ser felices. Lo que parece flotar en el relato de los viajes de Albert es que, a pesar de su búsqueda de la felicidad, él nunca deja de ser libre. En el otro texto no encontré eso. Y es esta libertad que hace tan maravilloso el relato. La búsqueda de la felicidad sin nunca olvidar la defensa de la libertad.
    Rafa B.
    13/01/2011 a las 20:09
    Yo tambien felicito a sus padres, hay que tener mucho valor y mucho amor para estar dispuestos a pasar tanto miedo.
     Marina
    13/01/2011 a las 18:48
    yo también noté que se repite Grecia....capaz que fué dos veces, ja!
     familiapulga
    13/01/2011 a las 12:31
    qué emocionante, qué bonito. Con el vídeo se me cayeron la lágrimas y eso que ya había leído el artículo... es verdad que hay que oirlo hablar! Siempre pienso en cómo ayudar a que mis hijos sean felices y al final es tan fácil como dejarlos que elijan su vida, acompañándolos, apoyándolos, valorándolos, guiándolos sin sobreprotegerlos (qué difícil). Sinceramente felicito a este chico tan valiente y a sus padres porque seguramente aprendió tanta valentía de ellos! Atreverse a ser feliz es muy importante.
    loreto
    13/01/2011 a las 02:43
    wow!!! quisiera que mis hijos logren ser felices como Albert!!! y quisiera ser la mitad de buena madre que los padres de él!!!!!!!! me encantó, me transmitieron la alegría de estar vivo de Albert!
     El gordo
    11/01/2011 a las 22:16
    Excelente la historia de este chico, desde una oficina del microcentro da mucha envidia y esperanza leerlo. No importa si la foto está pixelada, es muy bueno el efecto que causa esa foto en las dos páginas, parece que la silla avanza hacia el horizonte. Me pareció muy adecuado.
    Rodrigo
    11/01/2011 a las 01:53
    Genial esta nota. Desde mi punto de vista, la mejor de la revista. Me emociono muchisimo este chico y su historia de vida. En Marzo me estoy yendo un año para nueva zelanda, asi que espero poder cruzarlo y conocerlo en persona; y tambien conseguir el 2º numero de Orsai!! "Disfruto, para eso estamos aqui"...asi de sencillo.
    Rafa B.
    10/01/2011 a las 03:05
    A mitad de viaje se da cuenta de que esta enamorado y vuelve sobre sus pasos, que envidia.
    07/01/2011 a las 22:15
    no estoy de acuerdo, creo que la foto está bien así... pixelada y todo
    07/01/2011 a las 22:14
    y la de Senegal es otro EPIC WIN
    07/01/2011 a las 22:13
    como rockea este pendejo!!!!!!!
     la oveja
    07/01/2011 a las 20:45
    fue el primer articulo que lei, dp de Alex y Lucas, obvio y se le caian las lagrimas (la gente en el tren me miraba) y me reia entre la emocion de tener ya la revista y de estar leyendo esta historia increible me muero de ganas de sar en donde estará ahora Albert y uqe estará haciendo
     Somnius
    07/01/2011 a las 15:36
    En la página 121, bajo "Los primeros viajes" se repite Grecia como destino de Albert. Me pareció genial el pie de la pág. 120 "Exige tu propia aventura". Un felicitado para Lucas Worcel. La historia del taxista es maravillosa. Y la de Albert, más aún. Hermosa crónica, Adriá. Ansioso por seguir leyendo su viaje.
    Sendoa
    06/01/2011 a las 10:29
    Me he quedado con las ganas de saber más sobre el resto de las historias alucinantes que se mencionan en el libro. Me alucina este chaval. En cierto modo le envidio.
    Sendoa
    06/01/2011 a las 10:27
    Es cierto, está por debajo del nivel de calidad del resto.
    Nati Alabel
    05/01/2011 a las 01:24
    El truco para subir a los barcos es un EPIC WIN
    04/01/2011 a las 16:48
    No quiero ser rompebolas, pero la foto de la silla de ruedas en el campo (la misma que aparece aca arriba) en la revista está pixelada... Saludos
    02/01/2011 a las 21:08
    Fantástico el artículo y las decisiones de Albert. Después de leerlo, me uno al "felicismo". Felicitaciones a los autores y a Albert. Bon viatge!
    Esaú
    01/01/2011 a las 13:57
    No ha contado nada nuevo que no haya publicado Hernan en el blog
    31/12/2010 a las 22:05
    Basta Max, no vale!!!
    31/12/2010 a las 19:58
    Pri y el primer saludo para Albert que nos lee por internet mientras viaja por el mundo.
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    Estas páginas pertenecen a la sección «Folletín» de este blog y aparecieron por primera vez en la versión papel de la Revista Orsai Número 01.

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    Sobre el autor

    Escribe Víctor Correal y Adrià Cuatrecases

    (Barcelona, 1980 y 1981) Fundadores y productores ejecutivos de Umbilical, una productora de televisión de la que surgieron algunos éxitos de la televisión catalana, como el aclamado Alguna pregunta més. Actualmente trabajan en la producción del documental La media vuelta, sobre un viaje de Albert Casals alrededor del mundo.

    Víctor Correal y Adrià Cuatrecases en Orsai

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