Orsai » Revista

Número 01, Crónica introspectiva

Espejito, espejito

▣ Escribe Carolina Aguirre
▣ Ilustra Alberto Montt

Buscamos a nuestra cronista más robusta, Caro Aguirre, y la mandamos a hacerse una reducción de estómago. ¡Zácate! Si esto no es periodismo kamikaze que venga alguien y lo diga.

Estoy sentada en el consultorio de uno de los nueve cirujanos que me atienden todas las semanas. Hoy me tocó el más joven de todos, Juan Manuel. Me acaba de pesar y otra vez bajé solo medio kilo, así que estoy entre inestable y amargada. Él no está mejor. Lo veo sudar frente a la computadora, buscándome una fecha de cirugía y sé que está a punto de decirme que no hay, y que lo mejor es postergar la operación hasta diciembre y hacer todo más tranquilos. Lo sé porque vengo al consultorio hace tres meses, a razón de dos veces por semana, y ya nos conocemos todas las mañas y los signos. Vamos a discutir, es inminente.

Sé, también, que apenas me lo diga voy a llorar. No voy a evitarlo. Quiero llorar para ponerlo incómodo, para que se sienta raro, para que la pase tan mal como yo la estoy pasando mientras espero.

—No sé qué decirte —se sincera, y niega con la cabeza.

Me limpio con el puño del buzo las primeras lágrimas y lo veo tensarse como un cable. Los cirujanos pueden lidiar con sangre negra y putrefacta pero odian que llores o te desbordes. Yo ya lo sé, y en general, cuando veo que ya están muy incómodos, trato de serenarme. Pero esta vez es distinto: pienso llorar hasta que me opere.

—Además, todavía tenés que bajar tres kilos para estar lista para el quirófano. No te da el peso…

Lo dice bajito, temiendo que yo me exalte, pero no digo nada. Hace dos meses y medio que solo consumo líquidos, salgo a caminar cinco veces por semana, tomo una batería de pastillas, vitaminas y proteínas que me dan asco y me caen mal, y me doy unas inyecciones terribles. Ya no me acuerdo cómo era masticar y tuve que hacer malabares para cumplir con las notas de gastronomía que escribo en las revistas. Además, no me dejan tomar medicamentos, así que aguanto los dolores de cabeza y de ovarios haciéndome un ovillo en la cama y esperando que se me pasen, a veces durante días enteros. No veo la hora de terminar con esta dieta perversa y con diez años de tratamientos. Si me postergan la operación, no sé si voy a poder atravesar todo esto de nuevo.

Me sorprende que tarde veinte minutos más en darse cuenta de que no voy a parar de llorar. Recién entonces sale. No me dice nada, solo agarra sus cosas y sale. A lo lejos, lo escucho discutir; trato de entender lo que dicen pero solo me llega un murmullo crispado entre varios hombres.

Diez minutos después, cuando vuelve, está agobiado, con la boca desencajada, más incómodo que antes. Se sienta, se acomoda la corbata (los cirujanos no soportan las lágrimas y además te atienden de traje) y me pregunta, expectante:

—¿Te diste la antitetánica? ¿El anticoagulante?

—Sí.

—Ok. Te vamos a operar la semana que viene.

—¿En serio?

Paro de llorar por primera vez en setenta y cinco minutos. Los ojos me arden. Hace cinco meses, desde que me decidí, que espero este momento.

—Si bajás tres kilos.

—Pero bajé tres kilos y medio en todo el mes pasado—le respondo—¿Cómo se supone que baje tres en siete… seis días?

Me río de nervios. Me siento estúpida por haberme alegrado antes.

—Carolina, no puedo hacer más nada.

Trato de convencerlo de bajar un poco menos, quizás un kilo y medio, le repito todos los problemas que tengo para bajar, pero cuando me mira a los ojos sé que llegué al final de la soga, que no queda resto para negociar.

—Si no los bajás, no puedo operarte.

Cuando me voy del consultorio, angustiada, descubro el mecanismo. Fue, expuso mi caso, y discutió con su jefe, que finalmente accedió a operarme porque vio mi ficha y supo que no podía bajar ese peso en tan poco tiempo. Mi cuerpo es incapaz, no lo hace, y ellos lo saben. Lo que no saben —ni él, ni su jefe, ni el resto de los cirujanos— es que voy a bajar esos kilos como sea porque no hay nada que me interese más en la vida que ser flaca. Si tuviera que elegir entre ser la mejor escritora del mundo y ser flaca, elegiría ser flaca. Millonaria y gorda, o pobre y flaca, flaca de nuevo. Entre ser una persona equilibrada y de sabiduría excepcional y ser una flaca atormentada que toma pastillas para dormir, también flaca. Y si no hubiera ningún testigo, y me ofrecieran pesar cincuenta kilos para siempre o descubrir la cura contra el cáncer, erradicar el hambre mundial y garantizar la paz en Medio Oriente, no tardaría ni un segundo en decidir. Flaca, flaca, flaca. Que se mueran todos. Yo quiero comprar talle small y dejar de contar calorías.

El día de la operación me pesan tres veces para estar seguros de que no hice trampa. No entienden cómo bajé tanto de peso y yo con mi silencio, engroso la duda hasta el infinito. Como mi descenso los tomó por sorpresa, me van a operar en un horario que consiguieron a último momento: antes de que abra el quirófano, a la madrugada, casi de noche, en el único día de franco que tienen. Así de mucho odian que llore, o así de mucho quieren a sus pacientes, no lo sé.

Mientras me acomoda en la camilla, Pablo, un cirujano cordobés y bonachón que siempre me pregunta qué estoy escribiendo, me explica todo lo que me va a hacer mientras yo tiemblo de miedo y de frío. Me van a atar a la camilla, me van a vendar de la cintura para abajo, me van a dormir, me van a abrir cinco agujeros, me van a meter una cámara, me van a cortar el estómago, me van a sacar un metro de intestino, y me van a coser de nuevo.

De eso se trata el bypass: de tener un estómago pequeño y un intestino que absorba solo la mitad de lo que ingiero. Según dice, me voy a despertar ya en la habitación y no me voy a acordar de nada, pero no le creo. Tiene las pupilas dilatadas como mi gata cuando caza un pajarito. En el quirófano no es el mismo que en el consultorio: es amenazante, serio, un poco asesino.

Mientras esperamos al otro cirujano, Pablo me mira fijo y aprovecha las bondades de la anestesia para volver a preguntarme una vez más si hice bien la dieta. Para asustarme, me vuelve a explicar que cuando los pacientes no cumplen la dieta líquida a rajatabla quedan con una película de grasa en los órganos y no pueden operarse. Si fuera mi caso, tendrían que cerrarme y pasaría por todo el dolor del postoperatorio, pero gorda de nuevo. Pienso en decirle la verdad. Que hace seis días que no como nada, que estoy famélica, que tuve que hacerlo porque de otra forma no iba a bajar de peso. Pero me callo. “La hice perfecta”, le miento. Lo único que me falta es que paren todo ahora, cuando ya estoy desnuda y atada en ese quirófano frío y repugnante.

Hace horas que pienso en todas las veces que engordé y adelgacé pero me cuesta mucho porque ya no me acuerdo. Sé que la primera vez tenía cinco o seis años y que mi familia dice que solo estuve flaca porque estaba celosa de mi hermano y quería llamar la atención dejando de comer. Yo, en cambio, creo que mi destino siempre fue ser flaca hasta que me lo arruinó una tarada en la escuela.

En esa época, Susana, una maestra petisa y robusta como un cilindro de carne, me retaba durante la hora del almuerzo porque dejaba toda la comida en el plato. En realidad, me iba retando mientras se mandaba mis sobras con la mano ¿Podrá ser (bocado) que nunca (bocado) comas (bocado, bocado) nada de lo (bocado) que se te sirve? (bocado, bocado, bocado) ¿Sabés (bocado) que hay chicos (bocado, bocado) que se mueren (bocado) de hambre? Soporté durante meses sus retos hasta que un día, harta de verla hablar con la boca llena de cascotes de pascualina, le dije “gorda elefanta”. Una compañera me escuchó, y me fulminó con los ojos vidriosos, llenos de lágrimas:

—Mi mamá también es gorda y re buena como Susana. No son elefantes. Ojalá vos fueras gorda y buena como ellas.

Un año después ya había subido seis kilos. Con el tema de ser buena, por suerte, nunca pasó nada.

Mi marido me espera afuera del quirófano, con expresión alerta y semblante amarillento. No le dije nada a nadie, salvo a él y a un par de amigos. Mis padres tienen una obsesión malsana con mi sobrepeso y no quiero que opinen, ni que pregunten, ni que hablen con mis médicos. Menos mi suegra, que cuando me conoció dijo que “yo era linda por dentro”. Me gustaba más cuando todos evitaban el tema, cuando yo tenía ocho años y no sabía que estaba gorda porque nadie se animaba a decírmelo. En esa época, todos los días le pedía a mi mamá que me mandara al colegio un alfajor blanco marca Bagley (porque me encantaba y porque era el alfajor de moda) pero cuando abría la vianda siempre encontraba una mandarina. Yo vivía estos episodios con un poco de confusión, y por las dudas le repetía el pedido, cada vez más precisa y descriptiva: “mamá, quiero el alfajor Bagley, el blanco que tiene maní encima, el de la propaganda que dice Blanco Blanco Negro Negro Blanco”, pero jamás en la vida me puso el alfajor.

Supongo que un día se cansó y me dijo que era porque estaba gorda. O llegué a la conclusión yo sola, no me acuerdo. La cosa es que cuando lo descubrí, mi mamá y mi papá pudieron dejar de disimular y me impusieron una serie de reglas para bajar de peso. No podía gastar dinero de ninguna procedencia en golosinas, ni comer pan con las comidas, ni repetir los platos, ni comprar alimentos en el colegio. Tampoco cocinar, ni hacer la tarea, ni ver televisión en la cocina. Al parecer, para ellos la gordura estaba relacionada con alguna cuestión inmobiliaria o de circulación en la propiedad. Si en vez de ir a la cocina me confundía e iba al patio, me hubiera hecho deportista.

En esa misma línea de pensamiento (la de la gordura como fenómeno geográfico) me inscribieron en el club para que hiciera hockey, porque dijeron que “el aire libre me podía hacer bien”. Para desencanto de mi papá (que era árbitro de rugby y soñaba con que yo fuera capitana del seleccionado de hockey), además de gorda yo era rara y no entendía la gracia de correr con un palo doblado en la mano. Además, a esa hora me gustaba tomar el té y mirar una novela en la que Eduardo Palomo hacía de pirata. Fui a dos o tres entrenamientos, pero ni bien me di cuenta de que me había perdido el capítulo en el que Palomo besaba a la hermana de la protagonista, revoleé el palo de hockey en el terreno baldío que estaba al lado de casa, dije que lo había perdido, y abandoné. Lo que no pude dejar fue el club (en donde ellos esperaban que corriera y bajara de peso sin darme cuenta), que me arruinó todos los fines de semana de mi adolescencia.

Ahora que enumero estas técnicas torpes y dispersas, entiendo que para mis padres (y ahora para mí) ser gordo era lo peor que podía pasar en la vida. Un poco porque un hijo gordo ponía en evidencia los genes rollizos y orondos de italianos culones que ellos se mataban por ocultar debajo de años y años de dieta. Pero también porque estar gordo es vivir en la incomodidad y en la conformidad —fatal, imparable, veloz— de que no tenés control sobre tu vida. Es saber que cada día que pasa sos una versión peor del día anterior; una versión doscientos gramos más pesada, veinte segundos más lenta, cien centímetros cúbicos más extensa. Solo te salva de esa conciencia trágica haber sido gordo toda la vida, porque si alguna vez fuiste flaco —dos días, un año, lo que sea— solo podés pensar en volver a estar flaco de nuevo. Nada, ni un crimen, ni una traición, ocupa tantas horas como rumiar sobre la gordura. Hay una voz en la cabeza que te pregunta todo el día cuándo empezás la dieta, que te avisa que está llegando el verano, que te recuerda que hace dos años pesabas quince kilos menos, que te persigue con que no deberías comer lo que estás a punto de morder. Una voz que no te deja olvidarte de que estás gordo nunca, ni cuando estás durmiendo.

Cuando el otro cirujano por fin llega, el anestesista (un tipo con cara de científico loco que habla sobre drogas con las enfermeras) por fin abre la válvula del tubo que tengo enterrado en la mano y me pone una mascarilla para que respire. Una enfermera que antes estaba tratando de seducir al cirujano me ve temblar y me habla para que me tranquilice. Me dice que no me va a doler, que antes de que me dé cuenta voy a estar flaca, que una amiga de ella se hizo la misma cirugía y ahora parece una modelo. Cuando dice “modelo” quiero reírme, pero no puedo porque la mandíbula está muerta. Antes de dormirme veo a Pablo, el cirujano, afilando dos cuchillos de carnicero con una chaira. Aunque sé que es imposible, es el recuerdo más nítido que tengo.

Hubiese querido que la operación fuese como un fundido a negro, pero tengo la sensación de estar dormida durante la hora y media, como si estuviera sentada en un banco esperando algo, pero drogadísima. Como puedo, hago un recuento de todas las cosas que hice para estar flaca, para justificar mi operación. Si me muero en esa mesa, quiero sentir que era mi única opción, que hice hasta lo imposible para ser flaca de otra manera.

Por culpa de la anestesia, revivo una escena de la primaria, cuando iba a danzas, una materia opcional que daba la hija de la directora del colegio, que incluso a mí, con once años, me resultaba de una marginalidad espantosa. En líneas generales, la clase era en el comedor y consistía en hacer una coreografía pueblerina y bananera de un tema de Roxette vestidas con calzas, una malla de natación encima y unas medias futboleras a modo de polainas, mientras la profesora paraba el grabador y gritaba como Bob Fosse que quería más “intensidad”. Como a mí bailar no me interesaba, en vez de hacer el esfuerzo de abrir las piernas, prefería esperar que todas estuvieran bajando para tirarme al piso como una bolsa de papas, un recurso muy práctico con el que la profesora no estuvo de acuerdo. “Tenés que entrenar más” me dijo. “Así el cuadro queda muy desparejo”. Me acuerdo clarísimo, porque le dije que total no lo iba a ver nadie, y ella, enojada, me la devolvió diciendo que además de entrenar tenía que hacer dieta. En la realidad, yo me pasé a origami y no fui nunca más. Pero en mi sueño, volvía a la clase y estaba más flaca que ella.

También recuerdo la primera vez que pensé en ser flaca. Yo tenía veintiún años, había dejado de escribir y perdía mi tiempo trabajando en la empresa familiar mientras atravesaba la crisis más grande de mi vida. Recuerdo pensar que si ya no iba a ser ni culta ni interesante, no podía darme el lujo de ser gorda. Es decir, si iba a ser común, si mis días iban a ser una sucesión de planillas de Excel y facturas abrochadas, al menos tenía que ser flaca. La gordura era una licencia imposible para una oficinista.

Dos días más tarde, en absoluto secreto, fui a un grupo de descenso de peso por primera vez. Lo encontré en la web y me gustó porque en la foto los gordos se estaban riendo junto a un plato de frutas. Cuando entré, sin embargo, me atropelló una realidad distinta: un remisero lloraba porque se había comido una caja de ravioles crudos mientras hacía el reparto de una casa de pastas y otros gordos lo retaban porque, al parecer, no era la primera vez. Nunca me voy a olvidar porque lo único que me mantuvo adentro del aula fue que un gordo enorme como una montaña de carne había obturado la puerta de salida. Si hubiera visto un ventilete, una claraboya o incluso un hueco de aire acondicionado, me hubiera trepado para poder salir corriendo.

Por suerte, me quedé y al año estuve flaca por segunda vez en la vida. Podría decir que lo sufrí y golpearme el pecho. Contaría mi lucha contra el sobrepeso como esos biopics de Hallmark Channel en los que una patinadora se queda paralítica y desafía a la medicina para volver a entrenar. Lo haría tan bien que ustedes podrían escuchar “Castillos de hielo” en sus cabezas. Pero estaría mintiendo. No sufrí nada, todo lo contrario. Estar a dieta me encanta como me encantan pocas cosas en la vida. Mientras me enfrento cuerpo a cuerpo con un pedazo de torta quizás lo sufro un poco, pero quince minutos después, si no lo comí, me siento estupenda. Es un placer masoquista; hacer dieta me gusta como le gusta a algunas minas que las faje un encapuchado con ropa de cuero.

En aquel momento, estaba tan contenta que me juré que nunca más iba a volver a ser gorda aunque tuviera que contagiarme lombriz solitaria o encerrarme en un altillo con un bidón de agua y dos kilos de mandarinas. Ahora me gustaría pensar lo mismo, pero la vida no es tan simple. Aquella vez el impasse me duró alrededor de seis años, y empecé a engordar de nuevo.

Por error, me despierto en el quirófano apenas terminan de operarme, antes de que me pongan la morfina. Siento que me atropelló un auto y quiero gritar, pero no me sale la voz. Los cirujanos están terminando de acomodar cosas y nadie me presta atención, así que agarro al anestesista del ambo y tiro. Quiero que alguien sepa que me duele. Un médico que no conozco me ve, y me dice que ya me pusieron toda la anestesia, que si me ponen de nuevo me voy a morir, mientras me muestra un envase de suero vacío. No sé quién es, pero lo voy a odiar mientras viva.

Dos enfermeros me llevan a la habitación y me ponen sobre la cama, doblada y gris como un trapo de piso. Parece que estoy muy mal, porque apenas me ve llegar, mi marido se descompensa. Quiero tranquilizarlo, pero no puedo hablar, así que agarro mi celular y le escribo un mensaje de texto. Cuando lo lee se calma un poco, aunque seguirá agarrándose la cara y repitiendo “ay dios mío” mientras me conectan la morfina.

Minutos después llega Pablo, mi cirujano. Quiero preguntar si me operó, si voy a ser flaca, si tengo una fístula, si me voy a morir, y por qué duele tanto, pero no puedo. Estoy dormida o no tengo fuerzas para abrir los ojos, no lo sé. Por suerte, dice que mis órganos estaban muy bien preparados, que todo salió perfecto y le indica a mi marido que en dos horas me lleve a caminar por los pasillos. Mi marido le contesta con bronca que ya sabe que estaban perfectos, porque él me vio hacer la dieta todo este tiempo.

La bronca de mi marido me da ternura porque estoy drogada, sino estaría furiosa como él. Estoy harta de que me avisen que hice las cosas bien con expresión de sorpresa. Yo ya lo sé. En estos últimos tres años y medio, antes de los nueve cirujanos, pasé por dos gurúes dietólogos, un acupunturista, dos nutricionistas taradísimas, un endocrinólogo, dos psicoinmunoneuroendocrinólogos, un personal trainer, tres gimnasios, un deportólogo, y un montón de análisis que nunca llegaron a ninguna conclusión que sirviera para bajar de peso. Empecé diecinueve dietas distintas con siete dosis de medicación y escuché todos los argumentos imaginables sobre mi aumento de peso. Que la tiroides no funciona, que tenés bocio, que quizás es más deporte, que ya no sos tan joven y tenés que comer menos, que es hereditario, que cada cuerpo es especial. A veces me echaban la culpa a mí, a veces a mis glándulas holgazanas y a veces a un misterio de la ciencia. Una imbécil hasta me sugirió que quizás yo comía estando dormida.

Por las dudas, yo nunca me quedé quieta. Apenas empecé a subir de peso volví a mi grupo de descenso, pero había pasado mucho tiempo y la coordinación había recaído en una vieja burra llamada Beba, cuya única sabiduría eran un montón de frases hechas que se había robado de la revista Vivir mejor. Yo le preguntaba por qué no bajaba de peso tres semanas seguidas y ella me lanzaba unos diagnósticos afiladísimos desde la cabecera de la mesa: “ya vas a bajar, sos tan linda y jovencita”, “el cuerpo es un misterio” o la peor: “hay que tener paciencia, gordita”.

Después, y al borde de una desesperación rayana con la locura, gasté veinticuatro mil pesos en un tratamiento marcial que me exigía ir todos los días a un grupo y a un control a las ocho de la mañana. El sistema era bastante simple: te mataban de hambre y para soportarlo, te obligaban a participar en reuniones de apoyo comandadas por un gurú con aspecto de ciruja que gritaba barbaridades desde arriba de una tarima. Los pacientes más aplicados compartían lo que habían logrado a partir del descenso (hablaban de una misteriosa paz interior, yo sospecho que habían callado la voz) mientras él filosofaba sobre la adicción a la comida. A este infierno hay que sumarle que los domingos se fue instalando la costumbre de que los gordos se subieran al escenario a contar su experiencia. Al principio no era nada grave, pero con el tiempo algunos sumaron chistes, otros fueron trayendo fotos del “antes y después”, y cuando me quise dar cuenta, ya se habían llevado un órgano Yamaha, dos micrófonos de pie, y estaban cantando temas de Diego Torres.

En ese circo bajé bastante de peso. Me duele decirlo, pero es verdad. Las cosas que gritaba el tipo eran tan feas y los gordos lloraban tanto, que cuando salías lo último que querías era comer. El problema fue que con el tiempo empecé a bajar cada vez menos y apenas me cambié a una dieta normal empecé a subir de nuevo. A los dos meses, ellos mismos me mandaron a otro médico para ver qué le pasaba a mi cuerpo. Todavía —ni ellos ni yo— tenemos idea por qué.

Es el día de la madre, y el hospital, aunque privado y lujoso, es el peor escenario para estar convaleciente. Se escuchan llantos y gritos, se ven hijos que llegan con bandejas de masas a ver a sus madres muriéndose en una habitación, nietas que no quieren entrar a ver a su abuela transformada en ese cuerpito blanco y ausente. En los bancos hay ramos de flores que esperan, marchitos, que alguien traiga los floreros desde la cocina. Muchos no vinieron en toda la semana, se huele la culpa en el aire. Todavía me obligan a caminar arrastrando el porta suero “para prevenir una trombosis”, pero me siento mucho mejor. Voy a ser flaca, me digo, para soportar los llantos y a las enfermeras malhumoradas que trabajan un domingo.

Al mediodía, José, otro de los cirujanos, viene a ver cómo estoy. Me revisa las heridas, me controla el catéter y me empieza a dar agua para ver cómo funciona mi nuevo sistema digestivo. Las próximas horas, además de dolorosas, van a revelar si todo salió bien o tengo que quedarme internada por un mes, como pasa con algunos pacientes. Quiero ser flaca más que nada en la vida, pero la idea de pasar otros veintisiete días ahí adentro me desespera. Por suerte, me tomo un té de a sorbitos sin problemas y un vaso de agua entero, que me cae pesado como una bolsa de cemento. Llamo a José al celular para ver si me autoriza el alta, aunque ya estoy cambiada, con el bolso hecho, esperando que me vengan a sacar las agujas y me dejen salir de ese infierno.

Ya en casa, todo es raro. No siento hambre, ni siquiera pienso en comer. Es como si me hubieran extirpado una función del cuerpo, como si en vez de operarme el estómago me hubieran cortado esa parte del cerebro. Estoy tan débil que muchas veces no puedo levantarme de la cama y la balanza tampoco registra un gran descenso, pero no me importa porque en unos días se me afina la cara y se me empiezan a caer los pantalones. No existe sensación más maravillosa que ponerte ropa grande. A los que me hablan de traer un hijo al mundo o de correr una maratón, les digo: ustedes porque nunca probaron la gloria de que se les caiga un pantalón que antes les quedaba chico.

Voy a reuniones recién operada con el catéter metido en un bolsillo como si fuera un celular. Aunque cansada, estoy tranquila. La misma sensación que tenía antes, la de la gordura como avalancha, ahora es exactamente opuesta. ¿Será posible? Dicen que voy a bajar de peso aunque mi cuerpo no quiera, que es irreversible, pero no me lo termino de creer. Sé, también, que no va a ser fácil porque nunca es fácil para mí. Que por mis problemas hormonales voy a tener que soportar que los demás bajen veinticinco kilos mientras yo bajo seis, que muchas semanas quizás la aguja de la balanza no se mueva. Probablemente llore cada tanto, no sé.

A la semana, voy a cirugía para que me saquen el catéter. Además de las heridas tengo un tubo de un metro metido adentro del cuerpo. Si todo está bien, me lo sacan ese mismo día. Me atiende de nuevo Juan Manuel, que me avisa que el proceso es doloroso y me pide que respire profundo. Cuando me lo saca, siento que me muero y veo estrellitas como en los dibujos animados. Para consolarme me vuelve a repetir lo mismo que ya me dijeron todos en el hospital:

—No tenés idea de todo lo que tuve que hacer para que te operes, Carolina, no sabés.

Por curiosidad profesional, me vuelve a preguntar qué hice distinto en la semana previa a la operación, cómo bajé tanto de peso. Le digo que salí a caminar tres veces por día, pero omito la parte de la dieta otra vez. Supongo que yo nunca voy a saber lo que hizo para operarme y él nunca lo que hice para que me operen. Lo prefiero así, total no me creen.

Mientras me escribe algunas recetas (más inyecciones, más suplementos proteicos, más vitaminas, gimnasia siete veces por semana) me cuenta todo lo que voy a cambiar cuando este flaca de nuevo. Me habla de deportes, de cambios de talle, de expectativa de vida, de colesterol y de otras cosas que no me interesan.

Sonrío por compromiso. Sé que durante este tiempo le dije mil veces cuánto me molestaba ser gorda y cuánto esperaba esta promisoria y futura delgadez. Sé, también, que realmente se esforzó para operarme y darme esa vida que ahora está describiendo. Lo que no entiende o no sabe (¿por qué habría de saberlo?) es que a mí esa delgadez de la que habla no me interesa. No me operé para comprar ropa nueva, ni para conocer muchos hombres, ni para sentirme bien con mi cuerpo. Ni siquiera me interesa estar mejor de salud.

Cuando esté flaca posiblemente use un jogging de cuando estaba gorda y las mismas zapatillas de siempre. Yo no quiero ser flaca para ser linda. Yo quiero ser flaca para tener un poco de paz interior. Para que se calle la voz y me deje escribir en silencio.

▣ Publicado el viernes 31 de diciembre, 2010

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  • 118 comentarios
     Rambel
    31/07/2017 a las 22:07
    Hermosa e incisiva crónica. Hace mucho que no leía a Carolina. Me parece que muchos de los que opinaron respecto a cierta vanalidad o superficialidad del escrito, no entendieron la trama. Lean por favor atentamente el final, que está muy lejos del mero deseo de "ser flaca".La voz que carcome la existencia, y su objetivo de callarla por miles de medios sufrientes, no obedece a la lógica de cierta vanalidad del cuerpo, ni tiene una impronta frívola, al contrario, es la expresión de un dramatismo inestinguible por otros medios medios tortusoso, ya que dicha voz encarna esa máxime de tortura. Lejos de reivindicaciones de cualquier tipo, lejos de proponerse a levantar autoestima, lejos de querer ser flaca para ser feliz, muy lejos de todo esto, es lo que plantea, desde mi opinión, esta perspicaz autora.
    31/07/2017 a las 19:25
    A mí me gustó mucho.
    19/12/2014 a las 17:26
    Hay que dejar claro también que una operación de reducción de peso no se hace por cuestiones estéticas, sino por salud. Al igual que algunas dietas (no todas), realmente su mayor beneficio es a largo plazo adoptando rutinas sanas de alimentación. Más allá de conseguir o no bajar unos kilos.
     Ayo
    07/05/2013 a las 10:38
    'GRAN' escrito.!
     lú
    29/08/2012 a las 19:40
    tremendo artículo...
     Karina Zarzuela
    21/08/2012 a las 12:49
    Buenísimo! Me encanta el estilo de Carolina.
     Sil
    27/07/2012 a las 21:00
    Carolina, sos una genia.
     Sil
    27/07/2012 a las 21:00
    Carolina, sos una genia.
    14/04/2011 a las 17:05
    Este texto fue uno de los que más me hizo reir... Lo leí en la playa, y cada dos por tres interrumpía la conversación de mi familia para leerles algún fragmento. Es uno de esos textos que vale la pena desde la primera hasta la última palabra.
    Evelin
    10/04/2011 a las 06:41
    Genial Carolina como siempre... La Peleadora, Bestiaria... me encanta tu forma de contarnos las cosas. Es un merecido honor que participes en Orsai... espero leerte otra vez. http://instrucciones-para-seguir.blogspot.com/
     Manuel Ruiz
    23/03/2011 a las 00:50
    Carolina, te conoci en La Peleadora, que fue por un tiempo mi lectura recomendada a muchos. Te vuelvo a encontrar acá, para confirmar que sos, francamente adictiva mujer. Creo que tenes la capacidad de escribir sobre cualquier cosa, desde lo que sea hasta lo que sea, y no va a dejar de ser nunca aractivo. Atrapante. Te debo Bestiaria, junto guita y me lo compro. Gracias.
    Enrique
    09/03/2011 a las 01:00
    El artículo genial, te hace reir, reflexionar y conmueve, especialmente a quienes antes no teníamos problemas de sobrepeso y ahora si y comprendimos mas, además, convivimos y amamos a una persona gorda y sus luchas por la salud. Sin querer entrar en consideraciones políticas, cuando alguien comenta sobre L. Carrió, antepone a su crítica sobre ella y sus comentarios su situación de peso, entonces, muchos argentinos no podemos decir que no discriminamos y que valoramos mas la capacidad o lo que sea antes que el aspecto físico. Es triste, pero es así, un hecho.
    Agus
    15/02/2011 a las 20:37
    Casi que me quedo sin lugar para hacer un breve comentario sobre el texto de Carolina (siempre quiero que sea breve. A veces lo logro). Siempre -cuando arranqué a estudiar periodismo- escuché hablar de Carolina y de su blog Bestiaria y de lo "Copada" que era esta mina escribiendo. De hecho tengo una amiga que me ceba todo el tiempo con autores, blogs, revistas, películas, la Web 2.0. En ocasiones, sobre algunas cosas le termino haciendo caso y me llevo una buena experiencia (no me aburro). No le hice caso cuando me recomendó a C. Aguirre. No se bien por qué, supongo que pasaron los días y me olvidé. Sin embargo, la escuché bien fuerte ??al día siguiente estaba leyendo la revista- cuando me nombró la palabra Orsai (que por cierto, me causó gracia en su momento y más tarde me enterneció al leer el por qué de su uso) y cuando, sobresaltada, en el balcón de su dpto, una noche me explicó TODO lo que interpretaba ella sobre la revista: mucha literatura muy copada en un par de páginas, autores jugados; el poder de la Web 2.0; gente con mucha convicción, exiliados por la crisis en España (tengo mucho apego con el tema), antiguas costumbres sepultadas, distribuidores caseros y del renacimiento del librero. En fin, todo eso (Orsai) me llevó a leer hoy, por primera vez, a Carolina Aguirre, y a sentir, que al leer esta nota, leía con la misma intensidad, concentración, y rapidez que uno pone cuando está leyendo los subtítulos de una película extranjera que le gusta, y que de otro modo no podría entender. Me sentí yo, la sentí a ella, y sentí a todas las mujeres que padecen esa "voz interior" de la que Aguirre hace tan real descargo. Este es mi primer comentario en el blog. Acabo de agregar Bestiaria a mis feeds. Saludos, y sigan cebando a la gente así.
    Flor
    14/02/2011 a las 20:16
    Siempre me llegan los textos de Carolina (la sigo es bestiaria), y la verdad que esta nota es excelente, se nota que escribe desde adentro!! simplemente: BUENISIMO
    Irene
    08/02/2011 a las 06:29
    Creeme... sufrir el ser gorda no es frivolo ...
    Marcelo
    08/02/2011 a las 01:32
    Me gusta mucho como escribe Carolina, me gusta mucho la nota es en verdad muy fresca y profunda al vez.
    Carlos
    03/02/2011 a las 09:14
    ¡VIVA FRANCO PASTURA! No podía poner viva Franco a secas, para un español es un poco fuerte.
    Lectora nueva
    02/02/2011 a las 23:53
    Mientras leía, sobre todo al principio, me hizo valorar muchísimo el hecho de ser flaca. Es más fácil ser flaco, no sólo en la ropa, en las relaciones humanas... aaah qué feo es que se llegue a extremos. Hace mucho que la leo y no sabía que Carolina había pasado por esa opeción, me alegro que todo haya salido bien. Y el lugar de los 24mil $, por favor, qué chantas! qué negocio que hay en torno a todo esto!
    Archivero
    02/02/2011 a las 23:32
    En algunos casos va más allá de lo estético, es un tema de salud, de calidad de vida. Ahora, un par de rollines no se nos pueden permitir?
     Tatiana Kurlat
    02/02/2011 a las 19:43
    Cada uno agarra el relato para dónde quiere, porque por eso es literatura, no? Para mí Carolina en su relato nos muestra la gravedad de un problema que puede pasar por "arriba" como "estético" o "social", pero al fin de cuentas es mucho más que eso. Minimizar un problema por ser estético, o por ser algo "impuesto por nuestra sociedad" me parece terrible. Creo que ella dice, "es menos problema por tener esos órigenes?". NO. Ella dice otra cosa. Ese conflicto trae muchos más, que se solucionarían fácilmente, eliminando su origen. Con respecto al tono, no me sorprendió porque la leo desde hace un tiempo, escribe así. Y yo elijo leerla, podría no leerla si me molestara. El otro día comentó en Twitter: "Escuchar cumbia con el celular en altavoz es un tipo de discapacidad." Si les molestó lo de cárcer imagínense el lío que se armó. He dicho.
     patanpatan
    31/01/2011 a las 16:13
    A mí me pasa algo que no ví en los comentarios. Durante masomenos 27 años fuí flaco. Muy. Nunca hice deportes ni nada. Mis hermanas bardeaban porque mis brazos eran de mina, pero nunca le dí importancia. Estos últimos años engordé, obviamente engordé de una forma graciosa. El clásico nudo en un piolín. Panza cervecera perfectamente esférica. Pero tampoco me molesta. Y toda mi familia diciéndome que adelgace, que haga dieta, que haga deportes, pero no encuentro ninguna razón que me haga cambiar nada de mi vida por estar flaco de nuevo. Qué se yo, quizá en un tiempo vuelva a leer esto y me sienta identificado, pero por ahora no me molestan mis kilos de más (que por cierto no sé cuántos son porque no sé cuánto pesaba antes ni cuánto peso ahora).
     patanpatan
    31/01/2011 a las 16:05
    Mi vieja, con cancer y quimio terapia, con el pañuelo en la cabeza. Mi hija dice: "La abuela es pirata! arrrrr!". Dicho desde la inocencia es humor, puro, pero contextualizado es humor negro. No te puedo explicar lo que nos reímos de eso.
     Jole
    29/01/2011 a las 05:08
    como siempre me leí los comentarios.. me da hasta cagazo decir algo y q lo interpreten mal... Confieso q cuando supe q Carolina Aguirre estaba en la revista, quise q llegara más rápido. No pq la conozca, sino pq había oído hablar de ella. Nunca leí nada, pq un dia me dió un palazo tan bien puesto q dije... mejor me voy... Pero quería saber qué tenía para contarnos en Orsai... La verdad: Me gustó... solo eso. =)
    Andrea
    27/01/2011 a las 16:33
    Muy bien escrita la nota, como todo lo q escribe Carolina. Pero es complicado el tema. Por qué uno quiere ser flaco? Por estética, por salud o por presiones sociales? Ser flaco es la única opción? Por qué flaco y no tener el peso correcto para el cuerpo de uno? Creo que flaco es el opuesto de gordo y en el medio está lo normal. No sé, me deja pensando muchas cosas este artículo.
     Walter Peifer
    26/01/2011 a las 13:50
    Entiendo que se quiera ser flaco. La sociedad te presiona para que sea asi. Yo subi y baje varias veces de peso, y cuando estas flaco se nota: Las cosas son mas faciles. No hablo desde ya de la gente que uno quiere y que nos quiere, pero en nuestro trajinar diario debemos enfrentar al resto de la sociedad. Y la verdad es que la sociedad discrimina. Te discrimina si sos gordo, puto, feo, discapacitado, negro, judio, musulman, o fan de Cristian Castro. Podemos decir que no nos importa, pero en el fondo sabemos que no es asi. El ser humano es un ser social, y como tal busca ser aceptado. A mi no me gusta ser gordo, pero estoy seguro que no me molestaria tanto si el mundo no conspirara para hacermelo notar. A Carolina la leo hace rato y no siempre estoy de acuerdo con todo lo que escribe, pero muchas veces si (Su blog La peleadora es un espejo en el que me veo reflejado a la perfeccion). No puedo menos que admirar a alguien que se anima a bajar de peso, mientras trabaja criticando restaurantes. Yo creo que desistiria y no me salvaria ni Claribel Medina.
    Kofla
    25/01/2011 a las 16:16
    Me gustó este relato. La forma de enfrentar su complejo es muy cómica. ¿Quién se quiere 100%?
    ElTeta
    24/01/2011 a las 15:01
    Me encantaron las ilustraciones.
    mentecato
    24/01/2011 a las 00:01
    Dicen que a falta de pan buenas son las tortas. Me diverti mucho y voy a comprar uno de sus libros para ver que onda. Buenismo el final. Que vuelva Hernan!
    23/01/2011 a las 04:40
    Hola Barbaruska. Ya respondí a tu misma "incredulidad" en los comentarios de Estela.
    23/01/2011 a las 04:30
    Hola Estela. Toda mi vida tuve tendencia al sobrepeso. En la primaria y en el barrio era "el gordo". Por ajustarme a los cánones sociales que menciona Marcela #36, algunas veces hice dieta. Hace cinco años conocí a la persona que hoy es mi pareja. Me dijo que prefería que fuese un poco más gordo. Dos años después fuimos entrevistados para Página 12, y el periodista (que me conocía de cuando era menos gordo y sabía del pedido) en su crónica sostiene que mi panza es mi declaración de amor. Hoy, somos dos gordos felices.
    23/01/2011 a las 04:22
    El comentario anterior era para Carolina. Coincido con Barbarita.
    23/01/2011 a las 04:20
    ok... No comento para que "me crean". Doy mi punto de vista. A veces estamos tan formateados que, cuando alguien se sale del molde, no resulta verosímil su vida misma. Existe la diversidad.
    23/01/2011 a las 04:12
    ;)
    23/01/2011 a las 04:12
    No creas que es menos complicado. Aunque sea Oso. La sociedad nos discrimina dos veces: por gordos y por putos. Yo me llevo bien con ambas cosas. Mi identidad no la negocio con los preconceptos de la sociedad. Y tampoco es sencillo encontrar ropa. Aunque sí existen negocios específicos donde pagás mucho más caro que en cualquier otro. Hasta me pasó pedir un jean de vidriera y cuando me traen mi talle, el precio es otro, más caro, claro.
    23/01/2011 a las 02:54
    Este texto de Carolina sirvió para tomar una decisión crucial: NI EN PEDO UNA LIPO.
    23/01/2011 a las 02:54
    Jejejeeee
    22/01/2011 a las 19:13
    El relato es muy bueno. Pero no me gustan este tipo de historias. Es un dilema de alguien que puede pagarse semejante operación. Un dilema que parece más estético que de salud. Es más, me animo a decir que el dolor que Carolina sentía (o siente) por ser gorda le daba pluma y ahora no sé que hará...lo digo porque el dolor, la incomodidad, la insatisfacción, el malestar, la angustia. Todos son motores para la reflexión y quitarselos de un saque, en un quirófano o querés extirparlos para no saber de ellos nunca más, me parece triste...
     inmortal
    21/01/2011 a las 23:39
    Soy flaco. Soy varón. Me encantó.
    Ine
    20/01/2011 a las 23:25
    A mi la nota de Carolina Aguirre me gustó mucho. Ahora si, es evidente que un par de los comentaristas habituales de Wasabi (su blog)no perdieron la oportunidad de darse una vuelta por acá. El tono de quien escribió bajo el nombre "Para Victoria" es muy agresivo, casi violento. En Wasabi, ellos lo denominan "la dinámica del blog". Me parece perfecto, pero esa no es la "dinámica" de Orsai, un blog que leo desde hace años y donde los comentarios belicosos escasean. En Orsai, por lo general, las respuestas de los lectores son respetuosas, se discute con humor y fundamentos que no rozan lo vulgar. Es por eso que elijo comentar acá, y al otro blog me limito a leerlo. La crítica no es para la autora. Repito, su nota me gustó mucho, me cagué de risa y hasta me sentí identificada en varios puntos, a pesar de no tener sobrepeso. Saludos!.
    Barbarita
    20/01/2011 a las 20:53
    Mi comentario de arriba iba para Barbaruska, pero esta cosa nunca pone lo que escribo donde debe :)
    Barbarita
    20/01/2011 a las 20:48
    "Es la discriminación de los que se juntan contra los que discriminan!" No. Es una forma hiperbólica de comentar, a tono con el texto de Carolina. Ojalá consigas ser flaca para que, como tú misma dices, tu marido tenga una razón más para sentirse orgulloso de ti y también para que no te abrumen los pensamientos raros a la hora del sexo. No me quiero imaginar qué pesadillas tendrías si además de rellenita fueras jorobada y nada pudiera impedir esto último. (Léase la frase inmediatamente anterior en tono de broma). Por otra parte, tengo que decir que mí me encanta que esté este artículo en Orsai porque venir a leer los comentarios que genera es muy divertido.
    Barbaruska
    20/01/2011 a las 18:22
    Leer los comentarios me hicieron reaccionar de distintas maneras. Mientras leía el artículo nunca dejé de pensar en el valor q tenés q tener para contar algo así, siendo conocido y no un anónimo o cualquiera usando un pseudónimo. Yo no podría. yo tengo sobrepeso o principio de obesidad.. y nunca lo asumí, siempre lo tomé como un desbarajuste temporal (en el q siempre seguí aumentando, claro) y yo QUIERO SER FLACA, obvio. Los comentarios de Franco me chocaron mucho pq no le creo. no le creo que elige ser gordo., es gordo y se acepta y no quiere bajar. está buenísimo eso, pero es distinto a ser flaco y querer ser gordo y hacer dieta para engordar 40 kg. eso no existe. si mañana viene un hada madrina y te concede el deseo de ser flaco, yo creo q lo aceptarías, como TODO el mundo q es gordo.. seguramente hay distintos niveles de gordura y a algunas personas les guste ser rellenito, pero tener mas de 20kg de mas NADIE lo elige. El final del relato me gustó y absolutamente me siento identificada, yo cuando pese 20kg menos no me voy a vestir con tacos de 30cm ni me voy a poner shorts para q se me vea el pliege del culo, me voy a seguir vistiendo igual pero sin preocuparme de q se me marque la cola, la panza, o se me vea la celulitis del brazo. Yo quiero ser flaca para que mi marido tenga otra razón para estar orgulloso de la mujer q tiene, y para liberarme la cabeza de pensamientos como q le doy asco cuando tenemos sexo. es un mambo mío! Aparte si cada cual elige ser como quiere, pq hay q operse del cerebro por elegir pasar por cualquier cosa por ser flaca? Es la discriminación de los que se juntan contra los que discriminan! JA! En todos los demás aspectos de mi vida cumplí mis metas, me recibí, trabajo de lo q me gusta, hace 10 años estoy con el hombre q amo, ya está.. ahora no tengo excusa, quiero adelgazar! bueno, quedo enredado, pero por todo lo anterior es q me encantó el artículo y me sentí tan identificada.
    María
    20/01/2011 a las 16:29
    ¿Quién es Cascieri? Las mayúsculas me lo hicieron explotar en los ojos ...
    Mauro
    20/01/2011 a las 15:00
    UN GRAN PORCENTAJE DE LOS LECTORES DE ORSAI SON GORDOS!: SUPONGO, CASCIERI, QUE TU DEPARTAMENTO DE MERCADEO YA TOMÓ NOTA AL RESPECTO.
    V.
    19/01/2011 a las 22:31
    Ay, la famosa voz interior que no se calla. No es para estar más guapa, no. Es para que la sonrisa sea más segura y menos máscara.
    19/01/2011 a las 17:38
    con respcto a lo que se dicutió en estos comentarios, tengo que decir que no sólo los gordos deben escuchar la voz interior; la que más pesa es la voz exterior, esa que se dice todo el tiempo, por lo menos en Argentina, " gordo pelotudo" "gorda pelotuda o de mierda" porque un gordo nunca será catalogado a priori como vivo ni inteligente , deberá demostrarlo. Me quedo con el concepto de la voz , esa que por todos los medios se intenta acallar, y que pesa mucho más que los kilos. Difícil es ponerse en el lugar de otro. Nuevamente, Caro a mí me encantó el texto!
    María
    19/01/2011 a las 00:58
    Yo hace ya varios años que leo lo que escribe Carolina Aguirre. Spoiler alert: obviamente me gusta. Uno de mis textos preferidos de ella es "Un Mono para Navidad" http://bestiaria.blogspot.com/2008/07/un-mono-para-navidad.html, y ahí dice textualmente que cuando empezó a escribir: "Por primera vez hablaba explícitamente de mi anormalidad, de mis monos, de mis rarezas, y en vez de esconderlo lo exageraba, lo magnificaba hasta el infinito." Y lo que ella escribe es así. Hiperbólico. Muy gracioso, a mi juicio, si te salís del lugar donde te pega a vos. En cuanto uno se pone a sentirse insultado por lo que ella dice, por alguna descripción que te cabe (siempre hay alguna que te cabe), perdiste. ¿Qué quieren que les diga? Me encanta que una escritora pueda ser arriesgada y que no tenga miedo de lo que puedan pensar de ella. Rompe muchísimos estereotipos. No le preocupa ser políticamente correcta por eso nunca cae en ser falsa ni en la autocensura. Todo el mundo tiene derecho a una opinión (¡qué obviedad!) pero decir que es falso lo que dice Aguirre en este artículo o que quiere decir otra cosa de lo que está escrito me pareció francamente injusto. Te puede parecer una ......(llenar con opinión)el artículo pero ¿falso? Cualquiera que tiene tantos comentarios en sus blogs es porque escribe cosas que resuenan con muchos lectores por lo francas, y resuenan con gente de diferentes edades por lo que he visto. Alguien comentó que Carolina escribe parecido a Casciari. Muy acertado. Pero en versión bien femenina. Hay veces que se pasa de rosca, sin duda, pero tiene unos ovarios de oro. No se me ocurre juzgarla por la operación, no se me ocurre. Qué soberbia. Lo que no puedo dejar de decir es que tiene un coraje impresionante. Yo jamás relataría al mundo tanto de mi intimidad como una operación de este tipo, me sentiría extremadamente expuesta. Y eso tiene Carolina, esa rara mezcla de una fortaleza de mina que se lleva el mundo por delante sumada a una sensibilidad para escribir que la deja vulnerable frente a los ojos de todos porque no esconde nada. Ojalá siga escribiendo muchas cosas más. No sobran escritoras argentinas talentosas.
    estela
    18/01/2011 a las 21:41
    Carolina, a mi me encanto..y repito, que no le creo a alguien que dice "elijo ser gordo", me hace ruido esa frase...
    estela
    18/01/2011 a las 21:37
    sabes que no te creo... me haces acordar a Esopo en la zorra y las uvas..
    18/01/2011 a las 21:10
    Mirá, yo también lucho desde siempre con los quilos y no me sonó a provocación, pero quizá funcione así para algunos lectores... Y si bien no tuve cáncer, sí pasé por situaciones muyyyy complicadas de salud y -en mi humilde opinión- el humor negro y a destajo es la mejor forma de transitarlas. Pero entiendo tu punto de vista. ¡Saludos!
    Barbarita
    18/01/2011 a las 20:29
    No es verdad que los hombres gordos encuentran "casi siempre talle". Mi marido pesa 120 kilos y no encuentra ropa a su medida ni a palos. Cada vez que conocemos una tienda donde hay ropa que le ajusta, hacemos una fiesta. Pero para nada está traumatizado con su peso, ni se sometería a una operación para adelgazar a no ser que el sobrepeso lo pusiera en peligro de muerte como le pasa a esa gente con obesidad mórbida. Es decir, estoy completamente de acuerdo con Franco. No hay nada de malo en ser gordo. Otra cosa es que la gente crea que siendo flaco se es más guapo y más feliz. A mí, para ser honesta, me parece que la gente que se opera de estética y pone su vida en peligro, pues una operación SIEMPRE es un peligro (da igual si se sacan medio estómago o se rebanan la nariz) lo que necesitan urgente es una operación de cerebro. Así que no es cuestión de que los hombres lo tengan más fácil. Es cuestión de que hay gente a quien no le parece que ser gordo esté mal.
    Carolina
    18/01/2011 a las 19:36
    Qué bueno que puedas vivir feliz con eso. Yo, como la Carolina que escribe, no puedo. No había visto tu blog. Yo creo que para los hombres es menos complicado vivir con sobrepeso (no usan ropa ajustada, encuentran casi siempre talle) y aún más siendo oso! jaja. Saludos
    violeta
    18/01/2011 a las 16:02
    Carolina, Adelagazaste al final?
    Victoria
    18/01/2011 a las 14:46
    Otro que entendió todo. Ví tu perfil blogger. Podrías ser cualquiera de mis amigos :)
    18/01/2011 a las 10:02
    Me encantó el texto. No sé si alguien que no conoce la angustia de no entrar en los cánones sociales de qué es el peso adecuado pueda comprenderlo. Me pareció un texto duro, dificil, sensible y sentido. Ojalá la voz se haya acallado para Carolina.
     Irene ARG
    18/01/2011 a las 06:11
    Me encanta volver a ser espectadora de las disputas por la Sofi. Añoro ese tiempo compartido con los Bertotti y los vecinos comentaristas. Era realmente un lindo barrio.
    17/01/2011 a las 18:19
    Hola Gabriela De acuerdo. Si la formulación hubiese sido: "Ma?? sí, que se mueran todos, yo quiero ser flaca." Dicho en el contexto en que vos lo ponés, no sonaría a lo que suena todo el texto de Carolina. Me imagino alguien con cáncer leyendo el texto. Un texto, para mí, puede tener humor negro, pero no destilar esa dosis de egocentrismo que tanto daño nos hizo y nos hace a todos. Humor negro, provocación, es Casciari tirando la hostia al tacho de basura. Descalificar a otros que no quieren ser como vos (gordos por ejemplo) es otra cosa. El gordo que se como crudo los ravioles, que tanta gracia le causó a tontas, a mí me causó otra cosa. Yo elijo ser gordo, pero no me escapa que la mayoría quiere no serlo. Ese hombre que en el texto causa gracia, debe sufrir como un perro, porque algo ??que no termina de aclarar en su cabeza- lo lleva a querer ser flaco y otras cosas ??que tienen que ver con su historia- lo llevan a calmar su angustia en la comida. Entonces no me resulta gracioso el sufrimiento de los otros. Me da impotencia. Me hace cuestionar los motivos por los cuales la mayoría quiere ser flaco. Vos misma mencionás un deber ser absurdo. Y ahí está el engaño. Que me quieran hacer aceptar ese deber ser me enoja. Que se idealice un modelo estético y que no se midan consecuencias. Que el fin justifique los medios. No leí otros textos de Carolina. Pero este no me gusta.
    17/01/2011 a las 12:38
    Hola Franco: te cuento que en mi percepción, a veces la realidad de ciertas situaciones (y sobre todo para la "mente retorcida" de una mina, el humor negro puede ser real (o viceversa). Vuelvo a decir que Carolina capta una sensación, que estira hasta lo absurdo, de la obsesión por sentirse "como se debe", en este caso, flaca (pero podría ser tantas otras cosas...) Y lo mejor: para seguir usando la misma ropa. Y te aseguro que si funciona la dieta (los millooooones de dietas que una hace, como el gordo que se come los ravioles crudos) no se llegaría a algo arriesgado (la cirugía, las pastillas, las dietas "milagro"...) Y hay momentos en que el "que se mueran todos" es lo más agradable que sentís!!
    17/01/2011 a las 01:59
    ¿Porque no estamos de acuerdo con el esquema de pensamiento que hay detrás de un texto no sabemos leer? ¡Guau! El comentario de Gabriela #33 da una pista: hay una presión social que empuja a querer ser flaco. No estoy en desacuerdo con querer ser flaco. Cada uno se elige, en la medida que puede. Lo que me resulta llamativo es que una persona elija sufrir lo que se sufre en ese tipo de cirugía, sin ninguna certeza de que pueda funcionar. Y que en el medio del relato proclame que lo más importante de su vida es ser flaca, que todo el mundo se joda: "Que se mueran todos. Yo quiero comprar talle small" (pág. 94) ¿Es humor negro? ¿O la expresión retorcida de una mente perturbada? Conocí varias personas que se hicieron ese tipo de cirugía y hoy no están. Claro, los 9 médicos no le van a dar la estadística de los que sobreviven o no al tratamiento.
    17/01/2011 a las 01:44
    No. Soy gordo. Mido 1.70 y peso 111 kilos. Y estoy muy bien conmigo mismo. Me gusto como soy. Y exijo mi derecho a ser como soy sin que nadie diga que ser gordo es malo o feo o un castigo de la naturaleza o nada que se le parezca. Y no es que me haya derrotado la falta de constancia en una dieta, o la falta de voluntad para hacer ejercicio, o la falta de convicción para alimentarme de manera que mi peso esté como la tiranía de la moda exige. Elijo ser gordo. Porque me gusta. Porque sí.
    Beatriz
    16/01/2011 a las 12:08
    Simplemente excelente ¿Simplemente? ¿Le sale de taquito o lo mastica mucho? Lo mejor: el final.
     Interior
    16/01/2011 a las 00:30
    Juas Juas, al decir del filósofo Rosarino ¡De Acá!!
    15/01/2011 a las 22:16
    Lamentable algunos comentarios, excelente lo que escribió Carolina. Creo que mas allá de cualquier juicio de valor que hagan sobre una persona, que no deja de ser eso, un juicio de valor, estamos ante un documento impresionante, estamos frente a un cuento/artículo/ensayo (o como se diga), que nos muestra claramente lo que sienten millones de personas y otros tantos millones no pueden entender, y otros millones no se animan a hacer. Lo que nos cuenta Carolina es, sin filtro y con sus coherencias y contradicciones (porque una persona es todo eso y mas), lo que le pasa a una persona gorda en este mundo, tan simple como eso, si no pueden entenderlo, pasen de largo a lo que sigue, otra revista, Orsai no es para Uds. O si, pero la tienen que aprender a leer. Carajo.
    Carolina
    15/01/2011 a las 20:58
    Vos sos flaco, no?
    15/01/2011 a las 20:27
    Creí que me moría de risa con la parte del remisero que se comía los ravioles crudos. Pura carcajada (yo también estuve ahí, por ejemplo en los grupos de ALCO). Honestamente, me parece un texto muyyy femenino y argentino, y creo que por eso muchos lectores no entienden la "obsesión" por ser flacas que impera al menos en Buenos Aires. Quienes somos mujeres con algunos kilos de más y venimos de esa ciudad, entendemos profundamente qué es lo que cuenta Carolina. Y no pasa por condenar a los gordos, ni decir que está mal, sino por una fuerte presión que se sufre ahí, siendo mujer y que Carolina convierte en un texto con un humor (negro muchas veces) que realmente me entusiasmó leer. ¡Saludos!
    violeta
    15/01/2011 a las 19:03
    "Si me dan a elegir entre ser flaca o encontrar la cura para el cancer (...) que se mueran todos" ahhhhhhhhhhh jajaj 100% Carolina Aguirre. Me acuerdo de esto y me rio sola, y ya hace tres días que lo leí, y la Aguirre no es una autora que me enganche, pero a veces su bestialidad me sobrepasa.
    15/01/2011 a las 19:00
    No me gustó. Y no tengo que explicarlo, porque el gusto no se explica. El relato suena falso todo el tiempo. Dice una cosa, pero es evidente que quiere decir otra cosa, hasta que se le escapa y lo dice. No me gusta cómo piensa. Pero además creo que su manera de pensar es lamentable. Piensa feo. Lo que se lee todo el tiempo es: quiero ser flaca para ser feliz y nunca le interesa ser libre. Hay que ser flaco porque es lo que manda la dictadura de la moda. ¿Para que te miren por la calle? (como dice uno de los comentarios). ¿Ser flaco te hace ser mejor persona? ¿Entendés mejor el mundo? Todo el texto parece decir ??de modo intolerante- ser gordo está mal. ¿Para quién? Leí el texto como parte de la revista y aunque algún comentario diga que es "Orsai", para mí, el placer de la lectura que venía sintiendo cayó en un pozo oscuro. Por suerte las ilustraciones hicieron que valiera la pena pasar por esa parte de la revista.
    violeta
    15/01/2011 a las 18:59
    jajaja
    El Angel Gris
    15/01/2011 a las 14:24
    Carolina no me defraudó. Y también tiene "Espíritu Orsai".
    El Angel Gris
    15/01/2011 a las 14:20
    Pero la Sofi sigue mia.
    15/01/2011 a las 03:00
    El relato me pareció muy interesante, y, a pesar de no haber tenido exceso de peso durante toda mi vida, sí sufrí una etapa de obsesión por el peso, a los 12 años aprox. Supongo que debe ser el natural susto púber que nos da cuando el cuerpo comienza a cambiarnos. Hubo varias cosas que me dieron qué pensar: el relato acerca de cómo se sobrelleva la gordura, relatados por una gorda (o ex gorda), se me planteó como la única opción aceptada. Si a todas esas cosas las hubiera narrado cualquier otra persona que no tuviera sobrepeso, la etiqueta "discriminación" se habría puesto sobre este autor. Sin embargo, esto me hace pensar en lo tabú del tema, en donde aún los únicos que hablan con plena libertad de la gordura son los que la padecen, y el resto no puede decir "ni mú", sin ser etiquetado de discriminador. Pero, en mi opinión, y honestamente, aún guardo un rechazo por aumentar de peso. No me atormenta día a día, ni cuento calorías, pero sí tengo la plena seguridad de que no me gustaría tener sobrepeso. El sobrepeso es una carga bastante pesada (valga la redundancia) para nuestra sociedad, y leyendo esta nota descubrí que yo también entro dentro de esa bolsa. Me importa mi imágen, me importa ser delgada, y por más jamás maltrataría o trataría diferente a una persona gorda, sé que guardo prejuicios respecto de la gordura. Lo veo como una complicación, como algo que tiene que ser modificado. Mis mejores deseos para Carolina, ojalá que todo siga su curso favorablemente.
    Gabriela
    14/01/2011 a las 20:50
    Lo que quiero decir es que lo veo frivolo y poco interesante, en ese sentido desentona con el resto de la revista.
    Gabriela
    14/01/2011 a las 20:49
    No tiene nada de malo querer ser linda etc, todo lo que decís, sólo que para leerlo en Orsai me hubiese gustado verlo mejor escrito. Es como dicen otros acá mismo, no me gusta como escribe, al menos no como escribió esto (leí otras cosas de ella que me gustaron mucho, esto no, es tan difícil de entender?). Y en cuanto a por qué uno lo lee si no le gusta, o por qué vuelve luego a ver las respuestas a su comentario, es muy fácil: porque quiero, porque tengo derecho, y creo que soy muy humilde y respetuosa al expresarlo, no sé por qué hay que responder con planteos raros que invitan a reprimir lectura, comentario, étc. (Esto es para quien firmó "Para Victoria", no me deja responder luego de su comentario). Respondo acá porque en
    Santiago.uy
    13/01/2011 a las 23:37
    Me gustan la cabeza y la pluma de Carolina. Me encanta cómo mira el mundo y su fauna, todos nosotros, ella incluída. En mi imaginario comparte con Hernán que puede desnudarse en público como el sencillo ser humano falible que es, lo que la pone tan cerca como a uno de nuestros mejores amigos. Y el texto me encantó, porque es, además de una crónica, sobre todo un mensaje de esperanza para todos los que pelean años con una parte de sí mismos que no quieren. Aunque no todas las peleas terminen bien, es bueno tener claro por qué se está peleando. Es tarde para corregirlo, pero en la página 94 el texto destacado no coincide con el texto del artículo. Dice: "¿Gorda o millonaria? Flaca de nuevo", pero debería decir "¿Gorda Y millonaria?". Un detalle. Salud!
     Joanna
    13/01/2011 a las 22:46
    Muy bueno, este es de los artículos que más me gustó! La descripción es excelente, y esa frase "entre millonaria y flaca (...)flaca, flaca" jjjajaj! La sensación de ser "gorda" es tremebunda! Como la de ser "flaco", "bajo", etc Si esta decisión te hace feliz, me parece lo más acertada... estamos por acá un ratito, porqué pasarlo mal?? si lo podemos solucionar manos a la obra!!
     Joanna
    13/01/2011 a las 22:38
    Ja! manga de mentirosos, nadie les cree que por la calle miran a las feas, y a las de culo caído! Cada uno es feliz como puede, y algunos privilegiados como quieren. Si operarte de hace feliz esta muy bien!.. Algunos necesitan ir a la iglesia, otros a la peluquería, y a otros les alcanza con mirarse el ombligo.. pero todos buscan eso que para mi son sólo instantes "SER FELIZ"..
    Rafa B.
    13/01/2011 a las 20:04
    Un mundo con mujeres mas guapas es mejor que un mundo con mujeres menos guapas, o eso me parece a mi.
    federiquito
    13/01/2011 a las 08:33
    chupamedia y patética, nice combo. Que raro que no dijiste nada de tu mamele.
    loreto
    13/01/2011 a las 02:41
    y como va la baja de peso?? me sentí demasiado identificada...pucha que cuesta vivir con esa vocecita interna de la gordura...y pucha que es rico cuando el pantalón que te quedaba chico comienzas a utilizarlo con cinturón. Gracias Carolina!!
     ASTRID
    12/01/2011 a las 23:10
    Acabo de terminar de leer el texto y me lo devoré! No sé si es bueno o malo, en términos literarios "convencionales" o "académicos", pero tampoco me importa. Lo que me importa es que lo disfruté, lo "visualicé", y lo terminé de leer sin casi darme cuenta. Y las ilustraciones de Montt, impecables!
    12/01/2011 a las 20:18
    qué buen relato Carolina!! durísimo pero con ese humor tan necesario para sobrellevar una vida de comentarios desubicados , los estigmas familiares, los paradigmas sociales, en fin... me en . can . tó!! lap clap clap te sigo ahora en Wasabi pero ya te leía anteriormente. Una vez más, Caro lo hizo!
    Florencio
    12/01/2011 a las 17:18
    Seeeeee espectacular...."Te comiste media revista" en medio de esa nota genial me hizo reir bastante....
    Victoria
    12/01/2011 a las 16:17
    Barbarita entendió todo :)
    Marcio
    12/01/2011 a las 15:16
    Me encanto, lo del gordo que se comio una caja de ravioles crudos, ademas de cómico, nos muestra los duro que es también este tipo de adicción.
    pablo
    12/01/2011 a las 09:03
    Pues a mi el artículo no me ha gustado nada. Ojo, no digo que sea malo, digo que a mi no me ha gustado. No sé si es importante ser gordo o flaco para comprender lo que la autora quiere decir, pero el texto me ha parecido superficial, banal y lleno de lugares comunes. Y el final ("no lo hago por ser linda...) me parece forzado y muy poco sincero. Respecto a algunos comentarios a este artículo, creo que una de las cosas más lindas de todo este invento es que la gente comenta de forma muy civilizada, y mientras sea así creo que hay que respetar la opinión de todo el mundo.
    gaitán
    12/01/2011 a las 03:27
    Yo creía que tradiciones familiares eran bautizar a los hijos (o circuncidarlos) y no llevar un sello de personalidad en la cara
    Barbarita
    12/01/2011 a las 00:28
    Juas! Bueno, a lo mejor Victoria entra a leer lo que la gente le contesta porque le divierten comentarios como el tuyo.
    Para Victoria
    11/01/2011 a las 23:37
    Victoria: En realidad, la fanática sos vos, que te ponés a leer un texto de una autora que no te gusta, buscás el foro en el que hablan de su artículo, dejás un comentario feo, volvés días después al mismo foro y entrás de nuevo al artículo que no te gusta para ver si dijeron algo de tu maldad (¿qué clase de persona vuelve? ¿estás desempleada? ¿deprimida? ¿cómo es que estás así de obsesionada con este tema?) y volvés a dejar otro comentario. Eso es fanatismo. Lo de los demás, que comentan que les gustó y siguen con su vida es puro placer. Saludable, armonioso, divino placer. La gente que no gusta de un autor simplemente lo pasa por alto. Lo tuyo es otra cosa. Sos tan pero tan fanática y obsesa que incluso vas a responder este comentario, porque está claro que entrás a diario a ver qué más dicen de algo que... ¡NO TE GUSTÓ Y LEÍSTE IGUAL! Beso, fanática. ¡Ojalá te cures y sigas adelante con tu vida!
     El gordo
    11/01/2011 a las 22:31
    Carolina es otro gran ejemplo del "ojalá que lo entiendan todos"... genial como siempre, me deboré este texto valga la ironía.
    Elina
    11/01/2011 a las 22:26
    Si aquí hubiese botón de "Me gusta", se lo pondría a este comentario. El problema con Carolina Aguirre es que estas mismas cosas ya se las leí hace como 20 años a Cristina Wargon.
    natalia
    11/01/2011 a las 21:41
    JAJAJA
    Daniela
    11/01/2011 a las 17:50
    ¿Por qué para otra revista? En todo caso será para la revista que hubieras editado vos. Hernán escribió hace meses que esta revista iba a tener cosas que le gustaran a Chiri y a él, cosas que los identificaran. Y en "Ojalá lo entiendan todos" explica por qué le pidió a Carolina que escriba de este tema.
    Barbarita
    11/01/2011 a las 14:58
    "Si! a los 21 le di un portazo a la tradicion familiar de tener un nariz horrible, y fui mucho mas feliz y atractiva que antes." Uy, parece el guión de un anuncio matutino de Corporación Dermoestética.
     Interior
    11/01/2011 a las 14:00
    Confieso que me gustó la crónica del deportado y después venia leyendo como con fiaca, hay algunos artículos que me costaron un esfuerzo leerlos, hasta que me tope con espejito, espejito.. Me gustó mucho y entendí a algunos/nas, yo que soy un flaco desde bebe, un palo digamos. Pero aluciné cuando leí en la sobremesa del Chiri el comentario sobre un comentario mio en el post de varoneras. Leer un comentario mio en papel impreso es medio loco, quien pensaría que ese chascarrillo puesto con teclado en la net se imprimiría? .... Ahora entendí por que acá en el Chaco la revista cuesta 75 pesos....
    Victoria
    11/01/2011 a las 12:03
    No sé que te hace pensar que los que decimos estas cosas somos feos...
    Victoria
    11/01/2011 a las 12:00
    Supongo que no le gusta como escribe, no? A mí tampoco me gusta ni como escribe ni como piensa. Tenemos derecho a que no nos guste y a decirlo en voz alta, no? Ay...fanáticos! Cuanto mal le hacen al mundo!
    ileana
    11/01/2011 a las 02:18
    Pero que "no te gusto"? Que tiene querer ser mejor, mas linda, mas flaca? Por que tiene mas honor la fealdad, el disgusto fisico, el conformismo? todo lo que hacemos (pero TODO, eh?) lo hacemos para mejorar... inclusive lo fisico. Por alguna razon muchos creen que lo fisico es "menos", es "superficial" y "no importante". Despiertense, es tan imporante como el resto. O mas.
    ileana
    11/01/2011 a las 02:10
    Lo lei de un tiron. Me ENCANTO la historia. Carolina describio todos los pasos de mi cirugia de nariz. Si! a los 21 le di un portazo a la tradicion familiar de tener un nariz horrible, y fui mucho mas feliz y atractiva que antes. Yo se que Carolina va a ser mas linda flaca que gorda, como yo fui mas feliz con buena nariz que con una horrible. Ser linda la va a hacer mas feliz, le van a gritar cosas por la calle y la van a mirar mas. Algunos le dicen superficilidad a eso. Alla ellos, yo le llamo FELICIDAD. Vamos a vestirnos mejor, a adelgazar, a aprender a maquillarnos, a tener cola parada y tetas perfectas. Yo quiero eso para sumar a mi Master y al doctorado que pienso hacer. Quiero ESO que describe Carolina para mostrarlo junto a mis titulos y a mis logros profesionales. Joder, ustedes, pacatos y feos que nos acusan de superficiales mientras nos miramos en las vidrieras cuando caminamos por la calle. Ustedes, jueces de nadie, ya no nos importan.
    Gabriela
    10/01/2011 a las 16:50
    No me gustó. Me parece un texto para otra revista, para Cosmo o Seventeen. Humildemente, me parece eso. Los dibujos son geniales, eso sí.
     Esteban
    10/01/2011 a las 16:12
    Uy, hay una parte que se parece mucho a esto: [¿Vos sabés (zácate) cuánto gana (zácate) tu padre (zácate)? —así te pega Chichita, y va repitiendo el ritmo: sujeto, chancletazo; predicado, sopapo; objeto directo, chancletazo.] Del pibe que arruinaba las fotos...
    Kariu
    10/01/2011 a las 15:03
    Recién termino de leer esta nota y es increíble la identificación que siento. Nunca tuve mucho sobrepeso pero pasé toda mi vida más que buscando ser flaca, tratando de no ser gorda. Evitando comer cosas ricas y milcalóricas que después me llenan de culpa. Y aún escucho esa voz interior que menciona Carolina y pienso que nunca se va a callar, que nunca va a dejar de preocuparme mi imagen frente al espejo: aquello que DEBO ser luchando contra el paso del tiempo y las leyes de la naturaleza y la gravedad. Voy casi por la mitad de la revista y la estoy disfrutando mucho!! (más que un mocha blanco de SB)
     Lupita
    10/01/2011 a las 11:56
    Increible como se puede hacer, de un hecho tan duro, una crónica con tanto humor!!!
    nata_ctes
    08/01/2011 a las 02:40
    ojo, dije risa, no sonrisa. Me leyó el artículo en voz alta y se quedo sin aire
    nata_ctes
    08/01/2011 a las 02:39
    Carolina, el primer artículo que buscamos en la revista fué el tuyo! Mi hermana Gisela que te conocía poco, y es una flaca de 50 kg toda su vida se mató de risa, la frase "comía dormida" después de 6 hs de haber leído aún le saca una risa
     josefifi
    07/01/2011 a las 21:10
    Es el primer texto que lei. Con Carolina Aguirre tengo una relación ( unilateral por supuesto) de amor-odio. Leo casi todo lo que escribe, me atrapa, me gusta pero también me irrita. En muchos de sus textos se nota la visión que tiene de la gente, del mundo, la cual no comparto pero que te hace pensar y reflexionar sobre muchas cosas. Bien por inluir este texto! ahora sigo devorando la revista
     Somnius
    07/01/2011 a las 15:42
    Escribís igualito a Hernán. Nunca sé si es realidad o ficción. Y es apasionante. Hasta una crónica de quirófano puede ser fascinante. Como siempre, te aplaudo. Y también aplaudo a Lucas Worcel que en la pág. 100 me hizo reir con su pie de página.
     Somnius
    07/01/2011 a las 15:40
    jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
    may
    06/01/2011 a las 15:05
    Me encantó. Sólo los que subimos y bajamos de peso todo el tiempo (bueno, todo el tiempo subimos, en realidad) podemos masticar el texto como propio. excelente! gracias!
    ?Cala
    06/01/2011 a las 02:46
    Top 10!!!
    Florencia Iglesias
    05/01/2011 a las 21:03
    Uy, Orsai tiene dos textos diferentes de Carolina Aguirre, porque el que yo leí no me miente ni me provoca esa rabia. Te digo más: si me miente pero me hace reír, se lo perdono y la siento amiga.
    Daniela
    05/01/2011 a las 14:54
    El día que ella deje de mentir cerramos todo y nos vamos. Es FABULOSA delirando y exagerando y mezclando ficción con realidad. Carolina, me encantó. Y aquello de "Lo haría tan bien que ustedes podrían escuchar "Castillos de Hielo" en sus cabezas" me hace sonreír incluso después de cinco horas infernales de oficina. Gracias.
    Damian.
    05/01/2011 a las 12:39
    Me encanta esta mina porque si bien no deja de ser una mina para escribir, se caga en los estereotipos tan mentados de "Cosmo" y otras pelotudeces similares. Y sí, ser gordo es poco menos que una maldición.
    Victoria
    05/01/2011 a las 12:10
    Estaría bueno que dejes de mentirte a vos y de mentirle a la gente. La voz interior te importa un huevo. Lo que te jode es no poder comprarte ropa talle small. Sos tan original como cualquier otra gorda.
    Nati Alabel
    05/01/2011 a las 00:49
    Me sirvió para entender mejor a una persona muy importante para mí. Gracias de verdad.
    04/01/2011 a las 23:03
    Carolina, me parece que este texto lo ví antes, creo que lo escribío Úrsula V. en un semanario del subte (línea A). Salud!
    Paula
    04/01/2011 a las 09:17
    Ojalá a Carolina le sirve el periplo para encontrar paz interior. Me dejó el sabor amargo igual, es como operarse la nariz porque desde siempre la viste fea, y en lugar de explorar mas allá de eso, de ese simbolismo, y cuestionarse los porqués, se opta por la vía mas rápida (que no siempre lo es) y eliviar un síntoma, en lugar de buscar la raíz. O será que yo soy mucho mas cobarde y ni en repedo piso un quirófano, que prefiero buscar una vuelta que me conforme por comodidad, no lo sé. Me dejó pensando eso.
    03/01/2011 a las 22:51
    El artículo es fantástico. Me he sentido muy identificada y, aunque no soy gorda, me parece que he vivido siempre pensando que lo era y escuchando esa voz interior, hasta que me quedé demasiado flaca y comencé a tener problemas de salud. Ahí me cambió el chip y empecé a querer mi cuerpo e intentar que se voz no me torturara y aprovechar la mente en menesteres más saludables para el espíritu. Espero que funcione todo bien para Carolina. Me quedé con muchas ganas de saber cómo irán las cosas...
    Esaú
    31/12/2010 a las 14:30
    PRI de un gordo,justicia divina
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    Estas páginas pertenecen a la sección «Crónica introspectiva» de este blog y aparecieron por primera vez en la versión papel de la Revista Orsai Número 01.

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    Sobre los autores

    Escribe Carolina Aguirre

    (Buenos Aires, 1978) Obtuvo premios internacionales como guionista de cine. Su blog Bestiaria fue finalista de Weblog Awards en Estados Unidos. Es la escritora digital más leída de la Argentina. Publicó los libros Bestiaria, Ciega a citas (del que también se hizo una serie de TV) y El efecto Noemí. Está preparando otro para 2013.

    Carolina Aguirre en Orsai

    Ilustra Alberto Montt

    (Quito, 1972) Pero chileno desde el principio, ya que fue inscripto en la embajada de Chile. Ilustrador profesional desde edad muy temprana, se convierte en humorista gráfico desde Internet, con su blog Dosisdiarias.com, donde dibuja una viñeta al día que es festejada por una enorme comunidad de lectores de muchas partes del mundo.

    Alberto Montt en Orsai

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