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Número 01, Crónica introspectiva

Mi padre, el cartaginés

▣ Escribe Juan Villoro
▣ Ilustra Richard Zela

En un ensayo imperdible, el escritor mexicano Juan Villoro habla por primera vez del filósofo mexicano que aconseja al Subcomandante Marcos: Luis Villoro, su padre.

A principios de 2006 mi padre asombró a todo mundo preguntando por precios de motocicletas. A los dieciocho años yo le había pedido un préstamo para comprar la más modesta de las motos. Aunque mi fantasía aconsejaba una Harley Davidson ??digna de la película Easy Rider y sus melenas al viento??, me conformé con codiciar una Islo, de fabricación local.

Jamás hubiera convencido a mi padre de adquirir un poderoso talismán norteamericano. En cambio, confiaba en su apoyo a la industria vernácula. La moto Islo debía su nombre al empresario mexicano Isidro López.

La Revolución y la Independencia, gestas que cumplen cien y doscientos años, marcaban la agenda familiar. Mi padre había escrito Los grandes momentos del indigenismo en México y La revolución de independencia, versión doméstica del Antiguo y del Nuevo Testamento: lo que hacíamos derivaba de ese intangible sistema de creencias.

Miembro del grupo Hiperión, mi padre pertenecía a una corriente que combinó los suéteres de cuello de tortuga del existencialismo con las artesanías de barro de la antropología nacionalista. Siguiendo a Samuel Ramos, precursor de la filosofía del mexicano, los hiperiones hablaron de las esencias nacionales. Su empeño fue paralelo al de Octavio Paz en el ensayo literario (El laberinto de la soledad), Rodolfo Usigli en el teatro (El gesticulador), Santiago Ramírez en el psicoanálisis (El mexicano: psicología de sus motivaciones) y Carlos Fuentes en la novela (La región más transparente). Todas las expresiones artísticas, del muralismo a la fotografía, pasando por la música, la danza y la pintura de caballete, participaron de ese fervor nacionalista.

La identidad fue precisada por los nuevos filósofos: Jorge Portilla se ocupó de la ??fenomenología del relajo?, Emilio Uranga de la ontología del ser local y mi padre de la mentalidad prehispánica y las ideas de independencia. Un atávico complejo de aislamiento se rompía al fin para aceptar nuestra diferencia, encarar a los otros sin remilgos y ser, como pedía Paz en la última línea de El laberinto de la soledad, ??contemporáneos de todos los hombres?.

Cuando tu padre se compromete tan en serio con las esencias nacionales no puedes pedirle una Harley Davidson. Mi moto sería mexicana o no sería.

Pero él no apoyó la iniciativa. En los años setenta del siglo pasado, las motocicletas le parecían aparatos para hippies con demasiada prisa para llegar a la sobredosis.

Treinta años después mostraba una rara curiosidad por ese tema. La causa solo podía ser política y de preferencia indígena. En efecto: el subcomandante Marcos había decidido salir de la selva chiapaneca para recorrer el país en un itinerario que llamaba ??la otra campaña? y pretendía demostrar que ninguno de los candidatos a la presidencia valían la pena. Su repudio a los políticos conservadores se daba por sentado. Más compleja era su oposición a Andrés Manuel López Obrador, candidato de la izquierda con francas posibilidades de ganar. Antes de subir a una moto de aspecto sub-Isidro López, es decir, de repartidor de pizzas, declaró al periódico La Jornada: ??López Obrador nos va a partir la madre?.

Ignoro si mi padre participó en la compra del vehículo. Lo cierto es que recibió la puntual visita de un mensajero del EZLN con nombre de personaje de García Márquez (Arcadio Babilonia, digamos), donó fondos para la ??otra campaña?, hizo su enésimo viaje a Chiapas y sumió a sus hijos en las repartidas cuotas de admiración y desvelo que nos despiertan sus causas sociales.

Interesado en la democracia participativa que se fragua en los Caracoles (formas de gobierno indígena), que considera superior a la democracia representativa y corruptible del resto del país, mi padre desaparece de tanto en tanto rumbo a Chiapas, vestido como para participar en una mesa redonda. Una semana transcurre sin que podamos localizarlo. Regresa con fiebre y se recupera con una terapia que ha perfeccionado a sus ochenta y ocho años: se acuesta durante tres días y mastica aspirinas.

Marcos consideraba que su recorrido por el país lo emparentaría con el Che de Diarios de motocicleta. Los símbolos han sido la parte más resistente de su lucha. Se levantó en armas el 1 de enero de 1994, cuando el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá entraba en vigor. El país se acostó con un sueño de primer mundo, pero los zapatistas pusieron un despertador que mezcló los tiempos: nuestro auténtico presente quedaba en el pasado. Diez millones de indígenas vivían en condiciones cercanas al neolítico.

Desde entonces, la guerrilla del EZLN ha dependido de las palabras, no de las armas. Las pláticas para llegar a los Acuerdos de San Andrés se celebraron en una cancha de básquetbol, versión contemporánea del juego de pelota prehispánico. En ese espacio cargado de simbolismo, el gobierno de Ernesto Zedillo aceptó la propuesta de crear una nueva legislación para garantizar las autonomías indígenas, pero los acuerdos nunca se transformaron en ley.

En 2001 los zapatistas salieron de su encierro en las montañas chiapanecas y viajaron a la capital para pedir que el Congreso promulgara la nueva legislación. El país celebró la caravana multicolor que proponía un nuevo contrato social. Locke y Rousseau regresaban con pasamontañas. Los comandantes Moisés y Zebedeo alternaron con Marcos en las tribunas del ??zapa-tour? y fue la comandante Ramona quien habló ante el Congreso para pedir la inclusión del mundo indígena en la ??casa de la palabra?.

Como en tantas ocasiones de la vida mexicana, los gestos fueron más importantes que los hechos. La peregrinación zapatista produjo numerosas emociones, pero no llevó a nuevas leyes. Los peregrinos que venían de Chiapas llenaron de esperanzas la Plaza de la Constitución. Luego, volvieron a las montañas y las cañadas donde legislan los mosquitos.

En 2006, Marcos no buscaba asociarse con el Che de línea dura, sino con Ernesto el Romántico, el médico asmático y apuesto, aficionado a la literatura, que recorrió Sudamérica para explorar la injusticia, el prócer sin errores, solo responsable de sus sueños, no de sus consecuencias.

La gira zapatista de 2001 tuvo una escala singular en Nurio, Michoacán. Ahí se celebró el Congreso Nacional Indígena. Asistí con mi padre porque quería verlo en acción ante las sesenta y dos etnias que presentaban proyectos muy diversos. Entre otros asuntos, se discutió la necesidad de extender el mundo indígena a la realidad virtual con programas operativos en maya, náhuatl y otras lenguas, y la lucha feminista al interior de las comunidades.

Durante décadas, mi padre ha sido saludado por ex alumnos cuyos nombres no ha podido retener. A todos les responde con una sonrisa y los ojos abrillantados por una abstracción feliz. Su cara encarna el concepto de ??reconocimiento? en forma tan lograda que sería decepcionante que lo vulgarizara volviéndolo concreto y recordando un apellido.

Esta actitud se repitió mil veces en el Congreso Nacional Indígena. Para las sesenta y dos comunidades era ??el profesor?, ??el filósofo?, ??don Luis?, ??el anciano venerable?. Iba con el aire levemente distraído de quien enfrenta personas que son signos. El estudioso de fray Bartolomé de Las Casas, Vasco de Quiroga y Francisco Xavier Clavijero encontraba en los hechos un mundo que durante décadas solo había formado parte de sus libros.

Los indios lo rodearon. Tenían los pies abiertos y endurecidos por el trabajo en los barbechos. Se produjo un momento de condensación. Recordé el primer contacto de mi padre con el mundo campesino, la historia que tantas veces nos había repetido, él, que detesta las historias.

Cartago no ha caído

Cuando el crítico Christopher Domínguez Michael reclamó a Octavio Paz que hubiera dedicado más atención a las proclamas del subcomandante Marcos que a todos los escritores jóvenes de México, el poeta contestó con ironía: ??¡Es que ustedes no se han levantado en armas!?.

La retórica de Marcos combina el realismo mágico, la teología de la liberación, las leyendas del Popol-Vuh, la vulgata sociológica y la ironía desmitificadora. ??Su triunfo es un triunfo del lenguaje?, escribió Paz, que en política se situaba en sus antípodas. Además de un discurso novedoso, mi padre encontró ahí una ??puesta en vida? de sus preocupaciones.

En su ensayo ¿Qué es lo contemporáneo?, Giorgio Agamben repara en la paradoja que define a los mejores testigos de una época: inmersos en su realidad, le descubren un error, una fisura; adquieren distancia para entender lo actual ??en una desconexión y en un desfase?.

En 1874 Nietzsche, que provenía de la filología, publicó sus Consideraciones intempestivas. En español, lo ??intempestivo? alude a lo repentino, lo imprevisto. La palabra alemana sitúa este impulso en un contexto temporal: Unzeitgemäss. Se es repentino respecto a la época. En palabras de Nietzsche, el pensamiento intempestivo ??intenta entender como un mal, un inconveniente y un defecto algo de lo cual la época, con justicia, se siente orgullosa, esto es, su cultura histórica?. Lo contemporáneo solo se entiende de manera genuina si escapa a la norma, la costumbre, la moda, la opinión generalizada. Alguien es ??de su tiempo? cuando se aparta lo suficiente para advertir el pliegue oculto de la época, su línea de sombra. Agamben: ??Es en verdad contemporáneo aquel que no coincide a la perfección con su tiempo ni se adecua a sus pretensiones y es, por ende, en este sentido, inactual; pero justamente por eso, a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es más capaz que los otros de percibir y aprehender su tiempo?.

Esta distancia no es la del nostálgico que se evade en un pasado de su elección ni la del visionario que considera el entorno como un borrador del porvenir. El contemporáneo se aleja solo en la medida en que descarta el discurso común de la época.

Un anacronismo, un desfase, permitió a mi padre situarse ??fuera de época?, ver el presente a partir de pasados sucesivos. Los zapatistas quebraron para él los cántaros del tiempo, del mismo modo en que los bacabs ??jinetes celestiales mayas?? quebraban los cántaros del agua.

Mi padre nació en Barcelona en 1922 y a los nueve años se quedó sin su país. No fue un exiliado político sino accidental. Su madre era mexicana. La repentina muerte del padre (un aragonés de la Franja) desmembró a la familia. Mi abuela decidió volver a su país y envió a sus tres hijos a internados de jesuitas en Bélgica. Mi padre creció ahí hasta que la Segunda Guerra Mundial lo obligó a partir.

Su hermano Miguel, que sería abogado y sacerdote jesuita, detestaba el internado de Saint Paul, en Godinne sur Meusse. ??Nos faltaron afectos?, decía. La Compañía de Jesús no sustituyó a la familia, pero le brindó un lugar de pertenencia. Mi padre actuó de otra manera. Se inventó un país. Lo que más le gustaba del internado eran las competencias académicas. El salón se dividía en romanos y cartagineses. En esos pupitres, Cartago no había caído. El país de Aníbal, Asdrúbal y sus desmesurados elefantes aún tenía una oportunidad. Mi padre creció como cartaginés, resistiendo contra el imperio, posponiendo el holocausto de la ciudad sitiada. Estudiar, saber latín, significaba vencer a Roma. Aprendería a no tener familia, ciudad, país concreto. Su guerra púnica sería abstracta, intensa, sostenida.

Muchos años después conocería a Marcos, otro discípulo de los jesuitas. Ante la consigna del EZLN, ??Zapata vive: la lucha sigue?, él podía recuperar otros fantasmas, sentir, asombrosamente, que Cartago existe.

Cuando se embarcó a México porque comenzaba la Segunda Guerra, sabía muy poco de su patria de adopción.

Es casi imposible hablar con él de las claves que han orientado su biografía. Detesta la vida privada con una entereza que me llevó a pensar, desde muy niño, que un mundo tan rigurosamente prohibido solo podía ser fascinante.

Mi padre es incapaz no solo de contar un chisme, sino de darse cuenta de que está en posibilidad de contarlo. Los nombres propios le interesan si respaldan una cita bibliográfica. A pesar de esto, no ha dejado de relatar el día atroz en que fue a la hacienda de su familia materna, en la remota aldea de Cerro Prieto, zona desértica de San Luis Potosí. La economía familiar había dependido de la fabricación de mezcal. Mi padre fue recibido por peones formados en una respetuosa hilera. Personas con el rostro acuchillado por el sol y suficiente edad para ser sus abuelos besaron la mano del recién llegado. Ahí entendió por qué Humboldt se había referido a México como ??el país de la desigualdad?. Se avergonzó de pertenecer a la parte agraviante del ultraje, los dueños de las tierras. Pensó en huir, pero España se había sumido en la Guerra Civil y en el resto de Europa comenzaba otra contienda.

Curiosamente, su vida mexicana se volvió llevadera gracias a los republicanos españoles. El camino a México dependió del trasvase cultural que ofrecía la España peregrina.

Se apartó de su familia y de la comunidad leal al Caudillo, y conoció a los radicales de la Casa de España, que fumaban los lentos puros del exilio, hablaban de la Tercera República, recitaban a Machado, ejercían una resistencia que con los años se volvía fantasmagórica.

En la Facultad de Filosofía y Letras, encontró a un maestro absoluto, el único que tendría: José Gaos. Gaos había traducido a Heidegger, impulsaba a conocer la tradición con nuevos ojos y se refería a la España franquista como ??la última provincia de sí misma?.

El dilatado exilio español en México significó la construcción imaginaria de un tercer país, sin ubicación precisa. Su talismán tutelar podría ser el pegaso, símbolo olvidado de la Nueva España. Ni caballo ni ave, bestia híbrida, el pegaso era la ilocalizable criatura que mezclaba dos realidades. Los libros de Carlos de Sigüenza y Góngora y sor Juana Inés de la Cruz solían tener un pegaso en la portada para anunciar su procedencia. Este talismán del virreinato podría ser la mascota del exilio español. La residencia en tierra extraña duró demasiado para significar una etapa en tránsito. Ricardo Cayuela Gally, bisniento de Lluis Companys, lo ha dicho perfectamente: ??Con el tiempo, ser exiliado español en México no sería una forma de ser español sino de ser mexicano?. El país de los republicanos españoles: los movedizos campos de pegaso.

Lo cortés no quita lo Cuauhtémoc

México llegó al bicentenario de su independencia sin una reconciliación esencial. Hernán Cortés ocupa una tumba sin nombre en el Hospital de Jesús de la ciudad de México. Aunque fue una empresa del despojo y de la sangre, la Conquista se ha simplificado para evadir el presente. Entenderla como mero acto de dominio sirve para endosar a España las costosas facturas del México actual. Los maestros de escuela primaria repiten sin cesar un guion de simplicidad maoísta: México es corrupto, atrasado y desigual porque España se llevó nuestro oro. No se repara en el hecho, en apariencia baladí, de que hemos desaprovechado doscientos años para remediar las cosas.

Lo azteca goza entre nosotros de prestigio pop. Se trata no solo de la parte derrotada, sino de la parte original. La pérdida de contacto con esa cultura permite atribuirle méritos que acaso no existieron. La selección nacional asume con orgullo el mote de ??equipo azteca?, las fondas ofrecen budín azteca y las empresas se bautizan con corporativo integrismo como Banco Azteca o televisión Azteca. Un ??Canal Mestizo? tendría muy poco rating.

Los méritos aztecas suelen ser herméticos. No aluden a los sacrificios humanos, el castigo de mutilación por faltas menores ni a la tiranía que exterminó a otros pueblos, sino a algo venturosamente indemostrable.

El escudo nacional depende de esta apropiación mítica del pasado. El pueblo de Aztlán, predecesor de los aztecas, llegó al valle donde ahora se alza la ciudad de México en busca de una imagen anunciada por la profecía: un águila devorando una serpiente. La escena fue avistada en un islote del lago de Texcoco. Cierta o falsa, la imagen fundacional adquirió rango de anunciación. En plan políticamente correcto se puede pensar que representa una mezcla de culturas (un animal del cielo encuentra a uno terrestre). También representa un acto de depredación. Seguramente, nuestro escudo es el único que entiende la identidad como un pleito a muerte.

Esto recuerda lo que William S. Burroughs le contestó a Jack Kerouac cuando le preguntó si México era un país violento: ??No te preocupes, los mexicanos solo matan a sus amigos?. El asesinato naturaliza. Aunque el escritor beat exageraba, en cada una de nuestras monedas un animal trata de matar a otro.

En el Museo Nacional de Antropología, el poeta Jaime Torres Bodet inscribió una consigna para reconciliar los orígenes que recuerdo de este modo: ??Aquí se libró una lucha en la que no hubo vencidos ni vencedores sino el doloroso nacimiento de una nación: los mexicanos?. Y sin embargo, aún no se pacifica el recelo por la parte dominadora de la Conquista. ??Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc?, dice el dicho. La paradoja de alguien que pertenece a la tradición de mi padre es que, en forma inadvertida, se preparó para entender a los indígenas de Chiapas leyendo a los misioneros erasmistas y a los republicanos españoles.

La biografía de todo mexicano incluye un momento en que se comporta como azteca ejemplar. En el museo donde Torres Bodet escribió su frase ecuménica, ocurrió una escena que me apresuro a consignar. Mis primos por vía materna nacieron en León, España. Fueron de visita a México y los llevé a conocer el pasado prehispánico. A los veintidós años me sentía con conocimientos suficientes para guiarlos a los dominios del dios Huitzilopochtli. Ante una maqueta que representaba la batalla de Otumba, exclamé: ??¡Aquí estuvimos a punto de vencer a los españoles, pero los conquistadores mataron al portador del estandarte, que tenía un mandato mágico; nuestras tropas se retiraron por superstición!?. Mis primos se ofendieron. No ponían en duda los datos, pero les molestó que yo actuara como azteca. Después de todo, mi nombre no era Ilhuicamina ni me expresaba en náhuatl. Había recitado el guión oficial de la historia de México: éramos aztecas y luego nos invadieron; cuando nos independizamos, volvimos a ser aztecas.

De haber sufrido este adoctrinamiento mi padre difícilmente habría llegado al mundo prehispánico. Gracias a sus incursiones filosóficas, lo indígena se presentó como desfase estimulante, una oportunidad para comprender en forma crítica el entorno. Si pudo ser cartaginés en el internado de Bélgica, se disponía en sus lecturas a ser algo más raro: mexicano.

Identidades líquidas

El escritor catalán Pere Calders pasó largos años de exilio en México sin renunciar a su lengua, registrando con fascinada perplejidad el malentendido que significa asumir identidades.

El protagonista de su novela L??ombra de l??atzavara (La sombra del maguey) es un catalán que se casa por interés económico con una mexicana rústica, propietaria de una buena cantidad de cocoteros. En su absurdo país de adopción, lucha por preservar su catalanidad. Le pone a su hijo Jordi y descubre con horror que los mexicanos no pueden pronunciarlo. Le dicen ??Chordi?. Para colmo, con su incontenible gusto por los apodos, acaban por decirle ??El Chor?.

Cuando el protagonista decide presentar a su hijo ante la selecta comunidad del Orfeo Català en México, Jordi llega vestido como el Cabo Rosty, personaje de la serie de televisión Rintintín. A su esposa esto le parece normal: a fin de cuentas, el ideal secreto de los mexicanos es ser gringos. El ideal manifiesto del protagonista es volver a su país para olvidarse de la tierra salvaje que le brindó asilo. Una noche tiene un sueño de esplendor: ha regresado a Barcelona y vive en un señorial piso de la Diagonal. Es un catalán próspero y feliz. La luz mediterránea se filtra por un vitral ambarino. Todo está en su sitio. De pronto oye un ruido excesivo, seguido de carcajadas. Un olor condimentado llega a su habitación. ¿Qué pasa en la avenida? El personaje se asoma a la Diagonal y descubre que está llena de mexicanos con sombreros. El olor de los tamales revela que se han apoderado del lugar. El sueño se ha transformado en pesadilla: el catalán exportó mexicanos a su paraíso.

Primo Levi estudió uno de los dramas del superviviente: la culpa de no haber corrido la misma suerte de los otros. El tema lo desveló al punto de suicidarse muchos años después de haber sobrevivido al campo de concentración. En otros casos, la amnesia llega como un recurso para borrar el horror. Hay, en verdad, desplazados que no recuerdan nada. En L??ombra de l??atzavara, Calders pone en juego la condición abrupta del recuerdo y su capacidad de filtrarse en el inconsciente. El protagonista se encuentra simultáneamente en dos lugares. Ambos le resultan incómodos. Barcelona no deja de ser un inalcanzable espacio del deseo y México es una realidad inasumible. La identidad parece disolverse en esa mezcla exasperante. La paradoja es que de esos incómodos contrastes surge la autodefinición: se es de un sitio en relación con otro. El sueño presenta identidades en estado líquido, capaces de fundirse. Aunque se trata de una pesadilla, sirve de borrador para entender el mundo sólido que se recuperará en la vigilia.

L??ombra de l??atzavara no ha tenido la lectura que merece. Calders comentó que lamentaba haber ofendido a ciertos amigos mexicanos. En forma paralela, algunos catalanes se molestaron por ser representados como personas que solo se ocupaban de los demás en los entierros o en las fiestas del Orfeo. Obra paródica, la novela confronta identidades que se juzgan intachables. El cruce es, en el sentido de Nietzsche, intempestivo: la época registrada desde un desacuerdo.

El exilio supone una pérdida esencial. Por terrible que sea el sitio que se ha dejado, forma parte de la memoria. Al mismo tiempo, el lugar de llegada no siempre es perfecto. Calders decidió protegerse de la avasallante otredad de lo mexicano conservando su lengua como un tenaz acto de resistencia y arrojando una mirada oblicua y reveladora a su misterioso país de adopción. Su no estar del todo fue su ejemplar manera de ser contemporáneo. Mi padre recurrió a otra operación intelectual: el repudio del presente lo llevó a la búsqueda de una arcadia anterior. México le pareció tan oprobioso que solo pudo soportarlo volviéndose nacionalista. Lentamente construyó una representación del pasado: lo que pudo ser, la extraviada civilización prehispánica. Esta tardía captación de sentido lo llevó a una curiosa asimilación. Inviable como realidad, México fascinaba como posibilidad.

Cuando recibe las visitas del hombre que he decidido llamar Arcadio Babiliona y que suele traerle algún dibujo del Subcomandante, un disco con canciones que no oye pero imagina con satisfacción o una carta para una reunión en las Juntas de Buen Gobierno de la zona zapatista, cumple la última fase de un itinerario que comenzó con lejanas lecturas.

Su camino es menos dramático pero no muy distinto al de fray Diego de Landa, obispo de Maní, que quemó los códices mayas durante la Colonia. Ese auto de fe obedeció a sus creencias y, seguramente, al rechazo inicial que le produjo una cultura extraña. Posteriormente lamentó la bárbara destrucción de un patrimonio y pasó el resto de sus días tratando de restituir la escritura maya. Ese doble gesto ??repudio y reparación?? delimitó un antes y un después, un rito de paso. Conquistar una civilización que desconocía la pólvora no era empresa demasiado difícil. Entenderla, era un inacabable desafío.

Poco a poco, el obispo de Maní se educó en lo que había aniquilado; entendió, dolorosamente, que se trataba de un orden sofisticado, inextricable, tal vez superior. Marcos, formado en el guevarismo y en la sociología gramsciana, fue a las cañadas de Chiapas a hacer el mismo aprendizaje. Las siglas del EZLN aluden a una guerrilla al uso de la izquierda armada de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Sin embargo, luego del levantamiento inicial, ocurrió una conversión simbólica: la guerrilla no buscaba tomar el poder sino hacer un gesto contra la injusticia (??ayúdennos a desaparecer?, ??ayúdennos a no ser posibles?). La asonada fue la invitación a un teatro político que no ha dejado de ocurrir. Como observó Gabriel Zaid, no es una guerrilla que combate sino que se representa a sí misma a través de signos y proclamas.

La identidad de Diego de Landa se disolvió en el auto de fe. Lo que él era ante el fuego no pudo ser conservado en las cenizas. Toda conquista ofrece una posibilidad intelectual de contraconquista.

Algo similar se puede decir del impulso neozapatista: el levantamiento armado y las consignas guevaristas de la primera hora se desvanecieron a favor de un discurso que venía de más lejos, de la Biblia, Tomás Moro y Macondo.

Sin poder preverlo, mi padre aguardó el momento de llegar a una educación definitiva, en la más castigada de las realidades. La escena inicial de Cabeza de Vaca, película de Nicolás Echeverría con guión de Guillermo Sheridan, muestra a unos conquistadores que naufragan en una desconocida lengua de arena. Un sacerdote los acompaña, alzando un crucifijo como escudo. Cuando se saben a salvo en la playa desierta, uno de ellos dice: ??Esto es España?. El origen, a veces, queda demasiado lejos.

La integración intelectual a un entorno ajeno tiene algo de naufragio. Al aceptarlo, ¿se recusa todo lo anterior? No necesariamente. Fray Diego de Landa vivió con desvelo la aproximación minuciosa a una meta inalcanzable, rumbo a una lengua pictográfica sin clave de acceso. Ante esa otredad, entender significaba intuir. Enemigo de las supercherías, el obispo buscó un entendimiento que en cierta forma era un acto adivinatorio.

Discípulo de Las Casas y José Gaos, mi padre fue a Chiapas guiado por el afán de pertenencia que solo puede tener quien viene de sitios apartados. En su búsqueda de identidades no es exagerado hablar de conversión.

Una anécdota ilustra ese empeño. Al promediar la década de los noventa, España ofreció una nacionalización exprés para nietos e hijos de españoles. Mis hermanos viven fuera del D. F. y me llamaron para pedir que hablara con mi padre. De inmediato supe que obtener su acta de nacimiento iba a ser más difícil que conseguir una moto Islo. Lo revelador no fue eso, sino la explicación que me dio al respecto.

Hablé con él en tono precavido, pero en los asuntos que le interesan se enciende con rapidez: ??¿No te da vergüenza??, me dijo: ??¿Para qué quieres ser español??. ??No se trata de ser español, sino de tener otra nacionalidad, además de la mexicana?, maticé. ??¿Para qué? ¿Qué cosas no te ha dado México??, preguntó con ojos encendidos. Me limité a decir que las ventajas de tener otro pasaporte eran burocráticas, algo nada desdeñable en un mundo de trámites y oficinas. ??¡¿Qué oficinas son esas?! ¿A qué oficina quieres ir??, exclamó. El diálogo aumentó rumbo al absurdo hasta que él dijo, en forma inolvidable: ??¿Te das cuenta del trabajo que nos ha costado ser mexicanos? ¿Vas a tirar todo eso por la borda??. Entendí al fin: él llegó a un país que repudió en el acto, pero se quedó ahí para interpretarlo y quererlo con esfuerzo. A mí no me había costado nada ser mexicano; no podía ser otra cosa; para él, se trataba de una conquista espiritual. Decidí que su acta de nacimiento se mantuviera como un patrimonio intangible. Por mera curiosidad le pregunté dónde la guardaba. ??En el Instituto de Investigaciones Filosóficas?, fue su elocuente respuesta.

Una tumba frente al mar

El pasado tiene muchas formas de volver. Giordano Bruno aconsejaba organizar la memoria como un escenario. Si a cada recuerdo se le asigna una recámara, pensar en ese ??lugar? significa ir a ese pasado.

Pero el teatro de la memoria también admite efectos de distanciamiento. El proceso es opuesto al déjà vu, que implica un retorno integral, vivir algo por segunda vez. En Pirámides de tiempo, Remo Bodei comenta que el déjà vu es un sueño al revés: ??Mientras que al soñar se confunde una alucinación con la realidad, en este último caso [el del déjà vu] se confunde la realidad con una alucinación?. En rigor, este tipo de recuerdo no está en el pasado porque la repetición sucede, trae su propio presente.

El Verfremdungseffekt (efecto de distanciamiento) de Brecht propone la crítica de la ilusión teatral: ver una obra sin perder conciencia de que se trata de una representación. En este caso, el actor debe mostrar que está mostrando. De manera equivalente, en el teatro de la memoria es posible recordar que se recuerda.

Elijo un efecto de distanciamiento para la historia familiar, una foto de grupo presidida, nada más y nada menos, que por el propio Bertolt Brecht. El poeta y dramaturgo está al centro de varios parientes que posan con apropiada rigidez. Hubo épocas en que fue elegante estar tieso.

En la foto en cuestión mi padre aparece, como siempre, al margen del grupo. Un cartaginés entre romanos. Mira hacia fuera de la cámara, quiere irse. Está demasiado flaco, demasiado nervioso. Un asocial en traje de etiqueta. Al centro, Brecht preside al grupo. Su cara redonda, sus ojos negros, perspicaces, su nariz levemente femenina, sus mofletes redondeados sin llegar a la gordura, su palidez insana, sus manos entrelazadas con rigor, expresan, como todo en él, un temperamento superior. El semblante transmite la seguridad de quien sabe que los demás son sus personajes (modificable dramaturgia). La ropa remata esta actitud. Brecht es el único que no está de etiqueta. Lleva un bastón gastado, los hombros protegidos por una manta raída, unas babuchas toscas, proletarias. Pero no hay duda de que está al mando. Su vestimenta confirma que no tiene que vestirse para la ocasión. Los disfraces son para los otros. ¿Qué hace Bert Brecht en mi familia? Sobre sus labios finos se alza el leve bigote del descuido; la boca se tuerce apenas en una sonrisa. Ese Bertolt Brecht es mi abuela. María Luisa Toranzo viuda de Villoro se le parecía mucho.

No era atractiva, pero lo fue para dos hombres armados. Hija natural, creció en un entorno enrarecido: estudiaba idiomas y tocaba el arpa en un desierto donde los demás se divertían matando coyotes. Sabía de la existencia de su madre y la vio en algunas ocasiones. No convivió con ella porque se trataba de una descastada, alguien pobre, soslayable. Mi bisabuelo ha perdurado en la memoria familiar como un solterón más o menos chiflado. Afecto a la pintura, combinaba el dispendio del coleccionista con la austeridad monacal en los muebles y las ropas.

En la adolescencia, María Luisa se mudó con él a la ciudad de México. Se instalaron en una casa frente a la Alameda. Dos hechos criminales marcaron esa estancia en la capital.

A principios del siglo veinte, el ochenta por ciento de los mexicanos vivía en el campo. La delincuencia carecía de signos específicamente urbanos. Todo cambió en 1915, con la llegada de la ??Banda del Automóvil Gris?. Aquellos asaltantes que parecían venir de Chicago encandilaron la imaginación de la ciudad. Fueron detenidos y fusilados. Su caída se volvió leyenda: México ya estaba listo para gángsters. No es casual que el gran éxito cinematográfico en tiempos de la Revolución fuera, precisamente, La Banda del Automóvil Gris (filmado por Enrique Rosas en 1919). La cinta reproduce las escenas en el sitio donde ocurrieron e incluye una filmación del fusilamiento real de los asaltantes. En una escena aparece la Casa Toranzo. Mi abuela es representada como una chica coqueta, nada indiferente a los avances de un apuesto ladrón.

El asalto fue una desgracia que aportó el placer compensatorio del miedo que se supera al volverse anécdota. El segundo episodio fue más grave. Durante diez años la Revolución mexicana transformó el país en un campo de emboscadas. Como otras familias, la de mi abuela se refugió en la capital, esperando que la desgracia fuera contenida en la sede del poder. Cien años después, los capitalinos tenemos la misma percepción ante la amenaza del narcotráfico. La metrópoli que en tiempos normales es el sitio más inseguro, se convierte en último refugio en la tragedia.

La Revolución llegó a la casa de la Alameda en la persona de un general que planteó, sin muchos rodeos, su deseo de quedarse con mi abuela.

La salvación vino con un nombre fabuloso: Celestino Bustindui, vasco de legendaria corpulencia y amigo de la familia. ?l arregló la huida de mi abuela a San Sebastián. Fue ahí donde conoció a Miguel Villoro Villoro, joven médico afincado en Barcelona.

Conservadora, elocuente proselitista de ideas comunes, mi abuela escribió libros de autoayuda que fueron best-sellers en escuelas católicas: Azahares, espinas y rosas, Pláticas con mi hija, Átomos tontos y otros más. El dato es significativo para entender la importancia de la rebeldía de su hijo Luis.

María Luisa Toranzo fue una educadora impositiva, confió a sus hijos a los jesuitas, se desentendió de ellos y luego envejeció con arrepentimiento, se vistió mal, pero dominó al clan con minuciosa dramaturgia: la madre ausente representaba ahora a una ocurrente abuela benévola, y se parecía cada vez más a Brecht para que entendiéramos su efecto de distanciamiento.

Mi padre tenía nueve años cuando el doctor Villoro Villoro fue operado de emergencia. No resistió el esfuerzo al que fue sometido en el quirófano. Efectos de distanciamiento en la memoria, recordar que se recuerda: el médico español que murió en manos de sus colegas se convirtió en el gran ausente, la causa de todo lo demás.

Escoger una patria es una forma de buscar un padre. El mío optó por Aníbal y las huestes de Cartago hasta que en 1994 encontró en el zapatismo a su tribu demorada.

Solo lo he visto llorar en una ocasión. En 1969 me llevó por primera vez a España. Una mañana fuimos al cementerio de Montjuic, a visitar la tumba de mi abuelo. Terminaba el verano y la brisa agitaba los cipreses. Las criptas estaban dispuestas de manera vertical, como los cajones de una estantería, de cara al mar. El sitio era hermoso, hasta donde puede serlo un cementerio. Junto a la tumba de mi abuelo estaba la de mi tía abuela Isabel, que murió soltera y loca, o quizá solo haya sido una solitaria ejemplar.

Mi padre no es gente de ritos ni supersticiones, pero un día llevó a su hijo a la tumba de su padre y lloró, en forma rara, con una torpeza esencial. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, como si el llanto lo obligara a actuar al revés. Yo no sabía que los papás lloraban. No dijo nada. Supe que nunca hablaríamos de eso. Diríamos ??Montjuic?, diríamos ??el abuelo?. No hablaríamos del llanto.

En Tirant lo Blanc, un hijo es abofeteado repentinamente por su padre. No hay causa aparente para ello. El hijo pregunta por qué ha sido golpeado. ??Para que no olvides este momento?, responde, pedagógico, el agresor. Las heridas fijan la memoria. Mi padre no recurrió a un método violento. No tuvo que hacerlo. Sus reacciones emocionales son tan escasas que no puedo olvidar su único llanto.

En 1997 volvimos a encontrarnos en Barcelona. Por causalidad, también mi primo Ernesto Cabrera estaba en la ciudad. Cada familia tiene un custodio de noticias que los demás dejan pasar y de pronto se vuelven necesarias. Ernesto es nuestro archivo. Fuimos a comer al Agut d??Avignon. En la sobremesa, recordé la visita de 1969 al cementerio de Montjuic y propuse que fuéramos de nuevo. Mi padre se entusiasmó con la idea, pero mi primo explicó que eso era ya imposible. Durante años dejamos de pagar por nuestros muertos. Miguel Villoro Villoro y su hermana Isabel habían sido enviados a la fosa común. Algún aviso se había publicado en La Vanguardia pero en México leíamos La Jornada. ??¡Mejor así!?, exclamó mi padre: ??¡La fosa común es la democracia de los muertos, el comunismo primitivo! ¡Es más divertido estar con los demás!?. Después de esta expansión eufórica guardó silencio, vio las migajas y las manchas de vino en el mantel, y sin solución de continuidad dijo: ??Quisiera volver a vivir en Barcelona?. La fantasía del regreso que había suprimido celosamente se expresó de golpe. ¿A qué deseaba regresar? Supongo que no a lo que había perdido sino a lo que nunca tuvo.

Su iniciativa nos pareció estupenda, pero entonces él argumentó que estaba demasiado viejo. Se dio así un curioso desplazamiento: yo me iría a Barcelona para que él regresara de visita. Kierkegaard habla de la reanudación como de un ??recuerdo hacia delante?. Lo mismo puede decirse de la filiación. Lo que ahí se transmite es un pasado con deseo de ser futuro, un recuerdo que recuerda.

Escribir significa desorganizar sistemáticamente una serie, el alfabeto. Del mismo modo, evocar significa desorganizar sistemáticamente el tiempo. ¿Hasta dónde debemos hacerlo? Vivir en estado de retentiva absoluta, como el Funes de Borges, es un idiotismo de la conciencia. El olvido sana y reconforta. Sobrellevamos el peso del mundo porque podemos borrar las moscas, los escupitajos, las vergüenzas. La difuminación selectiva descarga la mente. Pero algunas cosas desaparecen al margen de la voluntad.

En el epílogo a Kriegsfibel, libro de Bertolt Brecht sobre la guerra, Ruth Berlau comenta: ??No escapa al pasado quien lo olvida?. La frase tiene una carga poderosa: el pasado existe por sí mismo. Tarde o temprano tendrá su hora.

La sentencia de Berlau no apela a un rigor neurológico sino moral: hay pasados que no deben olvidarse.

¿Hasta dónde podemos recuperar una memoria ajena? ¿Es posible entender lo que un padre ha sido sin nosotros? Ser hijo significa descender, alterar el tiempo, crear un desarreglo, un desajuste que exige pedagogía, autoridad, transmisión de conocimientos. ¿Podemos entendernos como contemporáneos de nuestros padres, ser intempestivos a su lado?

Cuando me encuentro con el mío hay un momento en que la conversación se inclina a un tema inevitable: ??Chiapas?, dice él y comienza a hablar de lo que en verdad le interesa. El resto, el territorio de lo anecdótico, la molesta realidad complementaria, se derrumba en escombros. He buscado la historia que lleva a ese nombre, ??Chiapas?, entre otras cosas porque a él no le interesa que las ideas tengan historia, vida privada, un padre perdido y enviado a una fosa común, el paso por un internado de jesuitas, el exilio, una patria conquistada con esfuerzo, un pasado que pudo ser, un presente que actualiza ese pasado.

Para el hijo de un profesor, entender es una forma de amar. Cuando mi padre se despide a sus ochenta y ocho años para ir a la selva a asesorar al movimiento indígena rebelde, sabemos a dónde se dirige.

Contemporáneo, intempestivo, mi padre encuentra en Chiapas su Cartago.

▣ Publicado el viernes 31 de diciembre, 2010

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  • 74 comentarios
    Susana
    29/04/2011 a las 14:44
    Este texto de Juan Villoro tiene su origen en una conferencia que él dicto en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona en noviembre de 2010. Se puede ver la conferencia siguiendo este link: http://www.cccb.org/ca/curs_o_conferencia-croniques_d_ultramar-35445
    Mauricio Duque Arrubla
    28/04/2011 a las 19:51
    Cuando surgió la idea de que Orsai fuera compartida ofrecí hacerlo mediante la lectura en voz alta en mi blog/podcast. Ya está, con este texto hermoso de Villoro. Encuentran la grabación en http://www.lecturasdetabaqueria.com/ Invitados que se pasen por allá
    edu_ardo alonso castillón
    03/04/2011 a las 12:25
    desde barcelona desde el poble sec_al otro lado de la montaña de montjuich con familiares de la franja con amigos de este planeta que tienen recorridos similares de ida y vuelta constantes. gracias por textos así, llenos de conocimiento y humanidad, esa joya escasa y gracias a sebas por decirme anoche que existe orsai_que valor editar una pieza de estas caracteristicas en estos tiempos_fuerza para todos los que nos sentimos orsai de este mundo contemporaneo_salut_respira
     Patricia Graciela Mamaní
    28/02/2011 a las 02:36
    No conocía el talante de estos escritores, por fin llefan a mis textos que valen al pena. La idea de identidad, de pertenencia al origen, la raiz ayuda a afianzar la nuestra, de los que todavia tenemos la suerte o no de estar en esta Argentina que es nuestra y sentirnos hermanos en una sola madre, América. Gracias
    25/02/2011 a las 10:51
    Pero ¡qué grande que sos Villoro! Me estoy acabando El testigo y ¡no quiero! y mirá que al principio me costó entrar. Ahora comprendí por qué Amílcar es cartaginés.... GRACIAS, Villoro, por dejarnos entrar así de a poco en tu literatura, eso es de grandes.
    Leo
    16/02/2011 a las 01:09
    Me encantó este texto. Aun no leí todo, pero es el que más me gusta de momento. Me fascina el personaje de D. Luis, la lección de humanidad que transmite. Me encantan las citas, porque no conozco casi ninguna, y esto es fascinante. Esta síntesis de patriotismo y universalismo, este modo de reflexionar sobre las identidades es una clase magistral. Enhorabuena Villoro.
    Clara
    07/02/2011 a las 10:13
    Para mí, el mejor texto de la revista, genial en todos los niveles. No conocía a Villoro y después de leerlo aquí he buscado y encontrado muchísimos artículos (gracias Martín por el enlace de arriba), vídeos en youtube y me he vuelto una seguidora incondicional de él. Creo que eso es lo mejor de descubrir autores: se descubren jardines y mundos nuevos que nos hacen entender mejor el universo en que vivimos. Gracias Juan por escribir tan maravillosamente bien, con tanta sensibilidad y tanto conocimiento; gracias Hernán por traerlo a Orsai y gracias a los lectores que nos dejan caminos para seguir disfrutando y aprendiendo.
    Pablo
    04/02/2011 a las 01:40
    La verdad, un texto precioso! Claro y fino...exquisito! Hacia tiempo que no leia algo asi...Gracias!
    Rosina
    03/02/2011 a las 17:20
    Maravilloso! me emocionó
    Alejandro Mamberti
    02/02/2011 a las 12:46
    No se preocupe, Madrugadasconmate, no es usted: no hay texto que no tenga el mismo problema, puesto que así funcionan nuestras mentes. Saludos a todos!
    manuela da silveira
    31/01/2011 a las 01:21
    Me hizo llorar, más de una vez. Se lo alcancé a mi padre y me emocioné otra vez, mientras él lo leía. Brillante Villoro, padre e hijo.
    Demian_Paradox
    31/01/2011 a las 01:00
    Hermoso. Difícil de leer y mucho más de escribir, enlazando filosofía, sentimientos, recuerdos, política, identidad. Buen resultado, imposible encontrar algo así en otro sitio. Enhorabuena al autor y a quien lo publica.
     Pepe
    27/01/2011 a las 16:32
    me gustó mucho este texto, muy buena la forma en que combina la historia de su padre y la suya propia con la historia de Mexico, la cual podría ser, con muy pocas diferencias, la historia de casi toda latinoamérica.
    Andrea
    27/01/2011 a las 16:05
    Un texto complicado, por momentos me costó seguirlo. Pero me encanto la historia del padre y el paralelo con la historia de México.
     Inimpus
    24/01/2011 a las 20:01
    Me quedé un rato largo pensando en el texto. Mientras lo leía me daba cuenta de que estaba con la boca abierta por el asombro. Los que tenemos o tuvimos algún vínculo con la migración sabemos que siempre se necesita tener algo que funcione como talismán, que te haga un link con la tierra en la que habitás. Es un texto maravilloso. Gracias, Villoro.
    23/01/2011 a las 03:01
    No opino igual que la mayoría de los lectores del texto de Villoro. Pero mejor lo vuelvo a leer antes de decir nada.
    21/01/2011 a las 18:17
    Por cierto, otro ensayo genial de Villoro que trata el mismo tema, "Iguanas y dinosaurios. América Latina como utopía del atraso": http://bib.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/p328/04703956466806984532268/p0000001.htm#I_0_ Y de acuerdo con Violeta en que las ilustraciones de Richard Zela son maravillosas. Sutiles, elegantes, capaces de dialogar con el texto y de enriquecerlo (para eso, no para hecer bonito, sirve la ilustración). En mi opinión, junto a las de Ares, Tatiana Córboba e Iván Mata, son las mejores de la revista.
    21/01/2011 a las 18:03
    Estaba preocupado por si Orsai llegaría a tiempo. El cuatro de enero tenía el vuelo para venirme a vivir a La Paz, donde habían propuesto a mi compañera que coordinara los proyectos de la ONG en que trabaja. Para ella era una gran ocasión profesional y para ambos una linda aventura. Al final Orsai llegó unos días antes de fin de año y fue emocionante escaparme un rato de las cajas que se acumulaban en el salón de mi casa para ir a recogerla en una papelería en Poble Sec. Esos días andaba yo muy sencible, todo en Barcelona sabía a despedida y se me escaparon unos lagrimones en el bar donde me escondí de todo lo que aun quedaba por hacer para empezar a hojear la revista. Ahí leí la primera nota y repase por encima algunas más. Pero decidí dejar el resto de la revista, y sobre todo el artículo de Villoro, para el avión. Un argentino-español viajando de Barcelona a La Paz. Conosco un poco lo que escribe Villoro y supe que no había mejor lugar (¿es un lugar un avión en camino a un país desconocido?) ni mejor cirscunstancia para leerlo. Supe, al leerlo, que este texto hablaba de lo que está pasando en este país desconocido. De lo que supone para un país el hecho de tener, por primera vez en su historia, un presidente indígena, como el 70% de su población. Eso que estare intentdo entender durante los próximos meses. Y supe también que hablaba de mi, de que en Barcelona bastara con decir "hola" para que me preguntaran si soy argentino al tiempo que, en Buenos Aires, lo taxistas me preguntan si soy español. De esa riqueza y ese conflicto y esa suerte y esa putada habla este hermoso texto.
    Violeta
    21/01/2011 a las 04:08
    Quiero felicitar especialmente a Richard Zela, el dibujante. Yo soy demasiado lectora y nunca miro con detenimiento las ilustraciones, pero estos son diferentes. El de la pag.25 es impresionante, me fascina el hombrecito que sube con valija hacia el pompom, quien lo espera?
    20/01/2011 a las 19:29
    Lejos lo mejor de las primeras 100 paginas!.-
    Romeo LopCam
    20/01/2011 a las 04:06
    Tomé algunas clases con don Luis Villoro en la Fac. de Filosofía de la UNAM y sólo puedo decir que a pesar de mantener siempre una "sana distancia" entre él y sus alumnos, no podía dejar de transmitirnos toda su calidez y "buena onda" (como decimos por acá). Un graaan tipo. El artículo, genial, como suelen ser los de Juan Villoro, sólo note un error, la comandanta del EZLN que habló ante el Congreso en 2001 fue Esther, no Ramona, quien se encontraba enferma ya para esas fechas.
    V.
    19/01/2011 a las 23:45
    Al final se me olvidó lo que seguramente iba a escribir en el de Hornby. Más tiempo escribiendo comentarios de lo que tenía previsto, che.
    V.
    19/01/2011 a las 21:30
    En la página 25 vi un enlace con el artículo anterior. Remito a mi comentario de la crónica del deportado. Antes, la ventaja de tener varias nacionalidades apelaba a lo práctico que era burocráticamente hablando, y aún hoy, ser ciudadano del documento X sigue siendo vital para muchísima gente. Pero el cambio social que trae internet nos lleva, creo yo, a una disolución de identidades burocráticas en la realidad real. La identificación cultural, sin embargo, se exaltará pero sin exclusiones, por más que ahora existan los llamados trolls que dirigen ciertas tendencias por ese camino desviado de la exaltación exclusoria. Y voy remitiendo ya al comentario que seguramente escribiré en el de Hornby (¿se han fijado en lo cansinos que son los comentarios de todos los youtubes de Los Simpson doblados en español latino y español de España?).
    Barbarita
    19/01/2011 a las 19:13
    Jajaja, qué graciosa :)
    mariansaudiolog
    19/01/2011 a las 18:44
    tal vez por el tema de las referencias, me hizo acordar a algunos textos legendarios de la facultad... un texto con referencias como éstas no es algo común en un artículo para una revista (el soporte suele exigir cosas más inmediatas y "masticadas"), y esta es una más de las razones por las cuales adoro orsai... porque no dan al lector (ni al soporte) por sentado. este es un texto para leer y releer un montón de veces.... una maravillosa cebolla literaria. :)
    violeta
    18/01/2011 a las 16:11
    qué exagerada que soy a veces!
    18/01/2011 a las 10:45
    Magnifico, para mi el mejor. Y eso de: "¿Para que quieres ser español"? "¿Que cosas no te ha dado México"? "¿Te das cuenta del trabajo que nos ha costado ser mexicanos"? Sublime Juan Villoro
    Gimena
    17/01/2011 a las 00:04
    http://letraslibres.com/pdf/12241.pdf
    Micam
    16/01/2011 a las 15:26
    "¿Qué cosas no te ha dado México?", preguntó con ojos encendidos. Excelente.
    Beatriz
    16/01/2011 a las 12:05
    ¿Literatura autobiográfica o biografía literaria? ¿Cánto hay de ficción? No importa si logra conmover, si logra hacer que el lector se sienta identificado en lo simbólico que esconde la anécdota. No importa porque está bien escrito.
    violeta
    15/01/2011 a las 18:43
    Absolutamente de acuerdo con vos. El mejor texto por lejos, sin desmerecer a los otros con sus encantos.
    violeta
    15/01/2011 a las 18:41
    Estoy de rodillas y elevo los brazos hacía México. Villoro, no tengo palabras para describir la satisfacción que me produce leerte. GRACIAS.
    15/01/2011 a las 17:32
    Reitero lo que comenté más arriba: el mejor texto de la revista (disculpen los otros autores). Leyendo los comentarios de las notas 1 y 2 (El deportado y ésta), se me ocurre que las programaron así en la edición para que se puedan leer en espejo. El mundo brutal que discrimina y deporta es el mismo que recibe y hace nacer nuevas identidades. La expresión "¿Qué cosa no te ha dado México?", me gusta leerla como afirmación y no como pregunta. Leí algunos comentarios que señalan que la complejidad de las citas les complicó la lectura. Confieso que no conozco todas las referencias que se encuentran en el texto. Pero un buen texto es eso: un lugar desde donde salir a tratar de entender más y mejor. Gracias Orsai. Gracias Villoro.
    15/01/2011 a las 17:18
    Coincido. El mejor texto que leí (llegué a la mitad de la revista).
    15/01/2011 a las 17:16
    Me gusta.
     Gabriel El Vasco
    15/01/2011 a las 16:32
    No te dejo solo en tu exposicion, es mas, me sumo a vos coincidiendo en lo que referencias. Si bien no he llegado al final de todos los comentarios, no descubro nada que seran mas elogios. Desde el momento en que lo termine, ya me hice de la idea de volver e leerlo. Asi que interrumpo la continuidad para volver sobre el texto.
     Paprika
    15/01/2011 a las 10:45
    Yo también!
    Camilo
    15/01/2011 a las 02:52
    ahhhh... entonces definitivamente estoy en el horno porque no entendí nada como uds. Eso y que evidentemente años de leer revistas express me formatearon el cerebro para a la carilla y media pensar que ya se estaba haciendo demasiado largo.
    maru
    14/01/2011 a las 13:10
    Magnífico.
    14/01/2011 a las 05:16
    Creo que a mi viejo lo estoy matando del dolor...y no se quiere abrir. Muy bueno el texto.
    14/01/2011 a las 04:18
    Es un texto monumental. Si el de Mairal fluye como un río salvaje y melancólico, el de Villoro parece tallado. Es como si en un núcleo de madera Villoro avanzara por muescas a distintas profundidades. No había leído nada de él; ha sido una grata sorpresa conocerlo a través de este viaje erudito y sensible por la memoria de su padre.
     gashinalagunera
    14/01/2011 a las 02:11
    Coincido con varios. De lo que leí hasta el momento, el único texto que no me enganchó, es más por momentos me aburría.
     mdpedro
    14/01/2011 a las 00:19
    genial... qué linda capacidad, apelar al universo para hablar del viejo...
     Emi Yahni
    12/01/2011 a las 17:40
    Excelente. De principio a fin... excelente.
    12/01/2011 a las 13:26
    Para mi el mejor de la revista!
    Maca
    12/01/2011 a las 03:45
    mirá, no se si leerás esto, pero sólo busqué la revista enojada con mi hermano que me hizo cruzar medio Buenos Aires para que se la envíe a Catamarca y como se largó a llover y no tenía parag?as me senté a leerla hasta que pase la lluvia, capaz mi descripción sea demasiado extensa, pero el año pasado empecé a cursar antropología y no sabés las sonrisas que me sacó este texto acerca de la identidad latinoamericana por la que tanto quiero luchar. Hace dos años volví de Europa y justamente me pasó lo mismo que en este texto y ahora sólo quiero caminar por latinoamérica (caminar, no literalmente, claro!) Bueno, sólo eso, agradecer tu descripción porque además de aportar datos hermosos, literariamente la escribiste muy bonita y hasta me hizo lagrimear. simplemente eso, las palabras y yo te decimos gracias por haber hecho eso con ellas. Salú
    eugenia montiel
    12/01/2011 a las 02:13
    Ayer llegó la revista a mis manos... y ya me lei tres artículos! La verdad nadie puede decir que Villoro no sea grande, sólo que éste es de los pocos textos que no me terminaron de enganchar del todo. Tanta referencia, tanta cita de personajes renombrados me desencantó. Imagino que a eso se refieren cuando dicen que es pretencioso. Y sí, tal vez era necesario nombrarlos para explicar mejor a ese fabuloso hombre que es su padre. Como que la mezcla entre lo coloquial y el texto "serio" no resultó de la mejor manera, para mi bah...
     Paola
    11/01/2011 a las 15:16
    El texto de Villoro es impresionante... ¡Gracias! Pretenciosa es toda la gente que dice sobre algo "no está mal".
     yosola
    11/01/2011 a las 08:23
    Grande el reconocimiento a una verdad que los mexicanos olvidan, Hernán Cortes está enterrado acá en una tumba sin nombre. Y no es por democrático el asunto. Es por el rencor que genera ese recuerdo. Me encanto además las explicaciones a lo raro que es ser mexicano, dado el conjunto de culturas. GRAN texto.
     Tatiana Kurlat
    10/01/2011 a las 19:23
    Por ahora, uno de mis textos favoritos. Y a pesar de no entender mucho del tema político del que se habla en el texto, pude entenderlo creo, captando la escencia del mismo. Seguro que algo desperdicie en el camino, mejor, así tengo que releerlo pronto. A partir de este texto dos cincuentones se enamoraron de la revista y gracias a que compre dos (previendo esto) les pude dejar una. Ya hay tres compradores mas para la dos!
     Meme
    10/01/2011 a las 18:26
    ADORE ESTÉ TEXTO!! Me lleno de amor, de nostalgia. Impecable El papá de Villoro un hombre hecho y derecho. gracias orsai por tan increible texto!!!
    paula
    09/01/2011 a las 12:57
    Lo que me gustó de este texto fueron sus referencias. Por ahi marean, pero te puedo asegurar que dan un atajo de muchos años de lecturas filosóficas, al que le interese seguirlas se van a dar cuenta que está predigeridos muchas cuestiones, conceptos, autores y temas. Están recontra bien explicadas pese a su complejitdad, muy bien bajadas. Mas que demostrado que seguiste con la lectura pese a los mareos, éxito del autor.
    MadrugadasconMate
    09/01/2011 a las 01:44
    PERDÓN POR LA AMBIGUEDAD DEL TEXTO, PORQUE PREVEO QUE ME VAN A CORRER A GORRAZOS...EVIDENTEMENTE quería decir que no sigo sus referencias YO porque no tengo la cultura que el autor demuestra...
    MadrugadasconMate
    09/01/2011 a las 01:40
    En general el texto, a riesgo de demostrar que soy un ignorante y un palurdo, me pareció excesivamente largo...en general me costó seguirle el hilo, básicamente porque sus referéncias son complicadas para alguien que no tiene la cultura que demuestra... Las partes que más me gustaron fueron las que hace referencia al devenir del EZLN...de alguna manera conectan conmigo, me han servido para ordenar mi sentimiento hacia este movimiento tan singular y las partes más humanas del texto, menos mentales y más emocionales y cercanas...el final me dejó un buen gusto por acabar redondeando la historia... El ilustrador me gustó mucho por cómo funde las ideas del texto...
    09/01/2011 a las 00:47
    Entendí y coincidí totalmente el texto.. El esfuerzo por pertenecer hace que sea nuestro más que el natural de eso.. algo así como la llamada "fe de los conversos". Me impresiono mucho más, y admiro como escribió el texto.. es impresionante la claridad! Una pluma maestra.. ja!
     musco62
    08/01/2011 a las 17:13
    Excelente texto. Lo leí dos veces por puro placer nomas, gracias Gordo por presentarme semejante escritor!
    nacho
    08/01/2011 a las 01:35
    Muy valorable que les haya mandado algo escrito con tan personal.
    07/01/2011 a las 02:20
    El texto es excelente, de Villoro no se puede esperar algo diferente. Como comenterio al margen creo que es una suerte que la revista todavía no haya llegado a Mexico. En cuanto los futboleros lean el último "tweet" de Korochi a este texto se van a enfurecer peligrosamente. Hijos nuestros!! Los dejamos arafue de dos mundiales seguidos, eso les va a costar caro.
     Damián A. Vacca
    06/01/2011 a las 20:35
    Impresionante el texto de Villoro. Realmente, literatura de primer nivel.
    Ignacio Vilas
    06/01/2011 a las 18:51
    Ausencia, dolor, tristeza, esperanza, envidia, desasosiego, llanto. Algunas de las cosas que sentí. Quizás demasiado personal para mi. Gracias Juan, Gracias Hernan, Gracias ORSAI
     Carla Maglione
    06/01/2011 a las 16:10
    Sólo basta con decir que se me escaparon un par de lagrimones. Impecable!
    06/01/2011 a las 13:20
    Con qué altura y con cuanto cariño y tacto describe algo casi indescriptible. La identidad latinoamericana! Mi papá seguía la campaña del Real Madrid como si fuera un equipo local y en casa escuchaba discutir si lo que hacía El Cordobés era o no toreo, y que ni comparar con Dominguín!!! Después, el Atlántico se volvió insalvable, nos invadió Kennedy y todo su Norte y la vieja España fue quedando olvidada. De todos modos, hay que tener cuidado con los conceptos... Eso es lo que más rescato de esta nota. El coco es muy comestible, las ideas son virus... no podés vivir sin ellas pero si se descontrolan, a la mierda abanico ¡se acabó el verano!
    05/01/2011 a las 15:41
    No se vale, no me ha llegado la revista ! :'(
    Nati Alabel
    05/01/2011 a las 00:34
    Lloré.
    ser
    04/01/2011 a las 21:07
    De momento el mejor texto que he leido. Hila muy bien la descripción de su padre con la construcción de la identidad personal y nacional. Además nos hace reflexionar sobre la historia compartida a ambos lados del atlantico como punto de encuentro, cuestión que tantas veces se olvida. Y para colmo, me habla de un "movimiento" del que pocas veces se informa en mi tierra, y que por sus peculiaridad pocos entendemos desde la distancia. Tiene todo mi agradecimiento su autor...
    Paula
    04/01/2011 a las 09:06
    Pretensioso??? bueno, a mi me encantó como explica, justamente de forma poco pretensiosa, el concepto de identidad latinoamericana (no solo mexicana en definitiva). Y cómo se entiende, o entiendo yo al menos de manera crítica, los porqués de la "latinoamérica triste" que muchos intelectuales han sabido explotar. Enhorabuena por sacar esta temática de los ámbitos académicos estrictos, una sorpresa grata.
    Barbarita
    03/01/2011 a las 18:39
    Pretencioso es algo o alguien que quiere parecer más de lo que en realidad es. Luego hay textos y hay gente que, simplemente, es más y mejor. Como Villoro.
    Florencia
    03/01/2011 a las 16:07
    ¿Pretencioso? ¿Y qué pretendería Villoro? ¿Acaso mostrarnos que es un escritor enorme? Claro, eso no se hace...
    Lohanchuen
    03/01/2011 a las 11:00
    No esta mal, pero un poco bastante pretencioso el texto
    31/12/2010 a las 22:01
    Mejor!!! No suban nadaaaaaaa!
     RidLohman
    31/12/2010 a las 17:33
    Bueno, ya sólo falta el link!
    Pedro Strukelj
    31/12/2010 a las 17:31
    En este link se puede escchar este texto.
    Rafa B.
    31/12/2010 a las 16:00
    Pri (testing de pri)
    José Luis Perdomo
    31/12/2010 a las 14:07
    Todo bien por acá (testing)
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    Sobre los autores

    Escribe Juan Villoro

    (México DF, 1956) Uno de los más destacados escritores y ensayistas mexicanos. En 1991 publicó su primera novela, El disparo de argón. En 1999 fue nombrado Duke of Nochevieja por el Rey Xavier I de Redonda (Javier Marías). En 2004 apareció El testigo, con el que obtuvo el Premio Herralde de novela, otorgado por la Editorial Anagrama.

    Juan Villoro en Orsai

    Ilustra Richard Zela

    (México DF, 1982) Ha participado en las exposiciones colectivas In aller munde, Suβwaren inder kunts ,Villa Rot, Alemania, y La Diferencia de la mirada. Su trabajo lo ha hecho merecedor de diversos reconocimientos. Actualmente trabaja como freelance para Fondo de Cultura, Richmond Publishing y Televisa, entre otras empresas.

    Richard Zela en Orsai

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