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Número 06, Entrevista

Ian McEwan y Abelardo Castillo, sobre Malvinas

▣ Escribe Gonzalo Garcés

Qué nos dejó la guerra de Malvinas? Dos de las cabezas más lúcidas de Argentina e Inglaterra, los escritores Ian McEwan y Abelardo Castillo, se lo responden a Gonzalo Garcés.

POR GONZALO GARCÉS, DESDE LONDRES

—¿Recuerda qué sintió cuando supo que la Argentina había ocupado las islas?
 
—Sí, lo recuerdo muy bien. Yo por entonces estaba muy metido en el trabajo que estaba haciendo, que era el guión de la película The Ploughman’s lunch. Con el director, Richard Eyre, habíamos tenido una colaboración muy linda en una película de televisión, y se nos ocurrió hacer una pelicula a secas. Habíamos visto un film polaco, Hombre de hierro, y nos gustó la idea de hacer nosotros también una película situada en el presente, que captara lo que fuera que estuviese ocurriendo. A grandes rasgos, se trataba de un periodista muy ambicioso que se propone escribir un libro sobre la crisis del canal de Suez, en 1956, y que quiere tomar una posición revisionista: Suez no habría sido una gran decepción, Gran Bretaña en aquella ocasión habría actuado muy bien... En otras palabras, este periodista intenta dar vuelta la Historia para acomodarse a los nuevos tiempos. La señora Thatcher por entonces acababa de llegar al poder y quería que Gran Bretaña fuera grande, poderosa, con influencia en las demás naciones; en consonancia con esto, nuestro periodista quiere rescatar aquel momento de vergüenza nacional que fue Suez. Y justo cuando yo estoy terminando el primer borrador, llega la noticia de que fuerzas argentinas han desembarcado en las Georgias del Sur. Para mí, la palabra Georgia siempre ha evocado un pedazo de roca yermo, así que me parecía increíble que alguien decidiera hacer un desembarco ahí. Pensé: “¡Pero esto es increíble!”
 
—Era un gusto que les daba la Historia...
 
—Sí, un regalo de la Historia a nuestra película. Y la crisis fue a más, y más, y más. Y entonces, después de terminar ese primer borrador, yo le pedí a Richard que hiciéramos otro, y a partir de ahí la idea fue que todo lo que pasara con la crisis de las Malvinas fuera el telón de fondo de nuestra película. De esta manera logramos hacer muchas cosas; por ejemplo, yo logré meter en el guión una escena en la que la señora Thatcher da un discurso triunfal en la asamblea de su partido. Infiltramos a nuestros actores con credenciales de un canal de televisión y los hiciemos actuar de acuerdo con el guión a pocos pasos de la señora Thatcher, mientras ella hablaba. Por todo esto, para mí toda la crisis de las Malvinas es inseparable de aquel proceso de escritura.
 
—Pero ¿cómo balanceaba su percepción de la guerra en calidad de escritor con lo que sentía como ciudadano?
 
—Más o menos el ochenta y cinco por ciento del país, de acuerdo con todas las encuestas, apoyaba el envío de la flota. Entonces se dio una de esas situaciones curiosas, cuando hay un clamor popular inmenso, y sin embargo nadie que uno conozca, al parecer, está a favor. Entre los escritores, los intelectuales, la gente que yo conocía, nadie apoyaba nuestra intervención... con una excepción: mi querido amigo, el finado Christopher Hitchens. Con él tuvimos muchas discusiones sobre esto. Por entonces, la opinión más frecuente entre la gente de izquierda era que esto era de nuevo la crisis de Suez, que estábamos actuando por reflejo imperial, que estábamos estirando nuestros recursos más allá de lo posible, que debíamos encontrar una solución diplomática, ya que había gente que iba a morir. Y recordemos que la señora Thatcher era muy impopular en aquel momento, como lo había sido durante sus dos primeros años de gobierno, así que la crisis era claramente una oportunidad que ella tenía para revertir la situación política. Ahora bien, Christopher, que era un hombre de izquierda, pensaba que debe ser posible examinar la verdad de un postulado sin importar quién más lo sostiene. Su posición, que él defendió con mucha elocuencia, se resume así: uno, estamos lidiando con un gobierno fascista; dos, ésta es por lo tanto una guerra antifascista; tres, la guerra va a llevar a la caída de la Junta. Bien, yo debo reconocer que en varios aspectos, los hechos le dieron la razón. Y para ser justos con la señora Thatcher, ésa era también su posición; ella no dijo simplemente que teníamos que responder a una agresión, sino que subrayó que nos enfrentábamos a un gobierno de tipo fascista, y sus discursos estaban llenos de retórica churchilliana. Yo creo que ella tenía una idea muy clara de las consecuencias que tendría la guerra. Dicho esto, creo también que si la Argentina hubiera sido entonces una democracia liberal, ella de todas formas habría declarado la guerra.
 
—¿Qué dejó la guerra en la conciencia colectiva de Inglaterra?
 
—La cosa, para mí, guarda ciertos paralelos con la muerte de la princesa Diana, en el sentido de que al año siguiente de la guerra se celebró un Día de las Malvinas, hubo un enorme desfile, con banderas y trompetas y tambores, y al año siguiente se celebró de nuevo pero ya fue un poco más tranquilo, y después cada año un poco menos, hasta desaparecer. Desapareció porque fue obliterado por la guerra de Irak, por Afganistán, por el terrorsmo islámico. Ahora hay dos cosas que la traen de vuelta: primero, claro, el aniversario, y además está la película con Meryl Streep, que hasta cierto punto ha reanimado la conversación. Y claro, están las maniobras de Argentina para hacer causa común con los demás países de la región e impedir que barcos con la bandera de Malvinas atraquen en los puertos. Pero la verdad es que el tema no resuena mucho. Yo creo que el momento clave, el momento que vindicó a aquellos de nosotros que estábamos en contra de la guerra, fue el hundimiento del Belgrano. Habría sido perfectamente posible para nuestro submarino nuclear localizar la posición y dirección del Belgrano, podría haberle lanzado una advertencia. Aquel fue, yo creo, el momento más oscuro de todo el conflicto.
 
—En estos días hay una escalada verbal entre el gobierno británico y argentino a propósito de las islas. Los dos gobiernos se acusan mutuamente de colonialismo. ¿Qué le parece?
 
—Que los dos tienen razón. Argentina tiene un historial terrible en este sentido: a lo largo de su historia, ha desplazado a puerblos indígenas enteros. Y Gran Bretaña, evidentemente, también. Pero en lo referente a las Malvinas, el único argumento argentino es la proximidad geográfica, y esto siempre es problemático. Cuando España reclama la soberanía sobre Gibraltar, Gran Bretaña siempre le recuerda que España posee islas sobre la costa de Marruecos. Lo cierto es que cada país agarra lo que puede, y estoy seguro de que si Argentina ocupara la isla de Wight, no la cedería fácilmente.
 
—Claro que no. Imagínese los festivales de rock que podríamos armar ahí.
 
—Sí... Pero el hecho es que las Malvinas han estado habitadas por gente de habla inglesa durante cerca de doscientos años, así que en este sentido son casi comparables con Estados Unidos. Además, los malvinenses son un poco como la gente de Ulster, en Irlanda del norte: son más leales a la corona y más ingleses que nadie. Saludan a la bandera con el brazo mucho más rígido que nosotros. Así que si el asunto se resolviera por voto popular, no hay duda de cuál sería el resultado...
 
—En la Argentina, algunas de las novelas más notables de los últimos veinte años se ocupan de las Malvinas. En Inglaterra no hay nada parecido. ¿Se le ocurre una explicación?
 
—La verdad es  que nuca lo he pensado. Pero creo que tiene algo que ver con el hecho de que la mayoría de los escritores británicos estaban en contra de la guerra, y sin embargo la señora Thatcher tuvo éxito; esto resulta muy incómodo. Quizá sería un tema más atractivo si nuestra flota se hubiera visto obligada a dar media vuelta, perseguida por los exocets, y Argentina estuviera ahora en posesión de las Malvinas. Pero aquí, en general, los que estaban en contra tuvieron que quedarse de brazos cruzados, y cuando la flota regresó, fue una apoteosis: hubo todo ese arranque de patrioterismo, y la popularidad de la señora Thatcher se disparó, así que como tema resultaba por lo menos incómodo. A la mayoría de los escritores les parecía que el éxito le había sonreído a la persona equivocada.

POR GONZALO GARCÉS, DESDE BUENOS AIRES

—¿Recuerda qué sintió cuando supo que estábamos en guerra? ¿Ha cambiado ese sentimiento desde entonces?

Recuerdo muy claramente esos días, pero antes de hablar de esa guerra idiota, y de este nuevo conflicto, siento la obligación de confesarte algo. Hoy, en la Argentina, existen problemas mucho más graves que el de Malvinas. La pobreza, la decadencia de la educación, que es casi su colapso, las sospechas de corrupción que alcanzan hasta el Vicepresidente, el caso Shoklender, la famosa y eterna fuga de capitales, el escándalo de la minería a cielo abierto, y todo esto mientras los diputados y los senadores se aumentan sus sueldos y sus dietas como si se sintieran estrellas de Hollywood; todo este circo siniestro hace de las Malvinas un tema menor, o una excusa. Y si me apuran, hasta sospecho que por el lado de Gran Bretaña ocurre algo parecido. Que fue más o menos lo que pasó en el 82. La señora Thatcher tenía casi tanta necesidad como la dictadura militar argentina de que hubiera un conflicto, y si ese conflicto era con las armas, mejor. El llamado hombre medio es muy estúpido, acá y en Europa. Nada enfervoriza, nacionaliza y une más a la gente que una guerra. Por supuesto, hoy no habrá ninguna guerra. La Argentina esta vez no la quiere, y no sólo no la quiere: no tiene con qué hacerla. La Argentina no podría sobrellevar una guerra ni contra el principado de Mónaco.   
 
—Todavía no me no me contestó que sintió aquella vez, cuando supo que estábamos en guerra.
 
No tuve oportunidad de sentir nada, porque ya lo había sentido antes, cuando la ocupación de la islas. Sentí que esa ocupación era una locura, y al mismo tiempo, mi hombre medio interior, el estúpido, no pudo dejar de sentir cierto patriotismo dolorido, humillado. Toda mi generación aprendió en el colegio que las islas eran nuestro territorio, que había una cosa más o menos enigmática llamada plataforma submarina que las hacía nuestras. La escuela primaria nos había convencido de que esas islas y las islas llamadas de los Estados, así como toda la Tierra de Fuego y todo el estrecho de Magallanes y el canal de Beagle, y una formidable porción de la Antártida, eran nuestros más o menos en el mismo sentido que son argentinos la provincia de Catamarca o el pueblo de Carapachay o el obelisco. Y de pronto descubríamos que tal vez no, que para los ingleses no, que para ellos ni siquiera se llamaban Malvinas, y que por lo tanto, para ellos, no habíamos ocupado simbólicamente un territorio nacional usurpado, sino invadido militarmente una parte vital de Gran Bretaña: un estratégico punto de control entre dos océanos. Eso significaba sencillamente que habría guerra, y por eso te digo que no sentí nada nuevo. Era muy claro que iba a haber guerra: la guerra, o su amenaza, era  más necesaria para Inglaterra que para nosotros. El problema con los mineros, el creciente descrédito del gobierno conservador, gracias a la palabra “guerra”, desaparecían del primer plano político. Para la Thatcher esto fue un regalo de Dios, fue su Pearl Harbor. Los militares argentinos, aunque parezca mentira, no creían en la guerra, incluso soñaban que los Estados Unidos iban a disuadir a los ingleses obligándolos a tratar la cuestión en los foros internacionales. Qué candor, qué disparate. Yo me acuerdo que mis amigos intelectuales tampoco creían en la guerra. Los argumentos eran cómicos, por no decir patéticos. Se decía que el frío del sur y la enorme distancia eran demasiado para un inglés. ¿El frío? Parece que nadie se daba cuenta que los ingleses viven pegados al mar del Norte, que están casi tan cerca de Groenlandia como del Continente. ¿La distancia? ¿Cuándo le preocuparon las distancias a un inglés? Nadie recordaba que los barcos ingleses, antes de Suez, daban la vuelta al mundo, dejando medio camino atrás las Malvinas, para visitar amablemente la India y ya que estaban, colonizarla. Decían que el poderío naval inglés ya no era el de antes. ¿Ves ese sillón de lectura que tengo ahí? Bueno, es del siglo XIX. Lo trajo el abuelo inglés de un amigo mío, que me lo regaló. Ese sillón ha soportado generaciones de niños desaforados, de perros de caza, de amantes repentinos, y ahí está. Yo se lo mostraba a mis amigos y les decía: ¿Ven? No se le ha aflojado un tornillo en un siglo; ahora imaginen los que es una fragata inglesa, un destructor, un caza de combate o un submarino atómico. Eso es más o menos lo que sentí, que vivía en un manicomio.  
 
—En «Crónica de un iniciado», el protagonista, Espósito, afirma de manera imperiosa que un país es su gente. Las Malvinas están habitadas desde hace generaciones por personas que se sienten ajenas a la Argentina y parte de la órbita inglesa. ¿Qué dice usted?

Digo lo mismo que Espósito. Y además lo escribí mucho más claramente otras dos veces: cuando el conflicto del Beagle con los chilenos, y en los días de la guerra con Gran Bretaña. Un país no es un dibujo en un mapa, es su gente. Su gente y sus árboles y sus perros y todo lo que vive y odia y ama y muere sobre esa tierra y esas piedras. No hay más soberanía que ésa. Pero la verdad completa es que los isleños, hasta 1982, no se sentían tan “ingleses” como hoy. Tampoco se sentían argentinos, por supuesto. Esa guerra estúpida los obligó, por miedo, a sentirse amparados por Inglaterra. Soy argentino y puedo pensar que esas islas nos pertenecen desde 1816, las islas, no la gente, como no me hace falta ser argentino para saber que Gran Bretaña hizo su imperio con la piratería y el coloniaje. Pero si yo fuera kelper no querría ser argentino ni inglés ni uruguayo ni croata ni quirguís, querría ser un hombre libre sobre una tierra libre. Si la discusión se lleva a los foros internacionales, ahí deberían estar también representados los isleños. No como súbditos ingleses, sino como hombres libres cuyos  padres e hijos nacieron, vivieron, murieron y van a morir en esas islas. Entonces sí que empezaríamos a hablar en serio de soberanía. Tal vez soy un traidor a la Patria, lo siento mucho por la Patria. No creo en las plataformas submarinas ni en derechos de propiedad por colonización o por robo. En cuanto a la plataforma submarina, mejor no creer mucho en ella. ¿Desde dónde juzgamos la plataforma submarina? ¿Desde nuestras costas o las de las islas? Porque, juzgadas desde la allá, parte de nuestro país pertenece a la plataforma submarina de las islas.   

—La literatura inglesa reciente apenas ha tocado el tema de las Malvinas; no así la literatura argentina, que cuenta varias novelas y cuentos sobre el tema. ¿Ha leído alguno? ¿Le ha interesado alguno? ¿Ha imaginado alguna vez una ficción sobre la guerra?  

Casi no he leído ficciones sobre Malvinas, y lo poco que he leído  me pareció olvidable, salvo quizá alguna página de Fogwill. No me gustan los escritores que están esperando una guerra, la aparición del SIDA, el matrimonio igualitario o la caída del muro para escribir una novela. De los ingleses, no espero nada. Un inglés no puede escribir sobre esta guerra, no sólo porque la ganaron sino porque para ellos no tiene nada de épico. Mandaron a las islas la flota más grande y mejor armada desde la Segunda Guerra, casi treinta mil combatientes profesionales. Casi treinta mil,  que es algo así como el doble de los soldados que tiene hoy todo el ejército argentino. Los argentinos combatían con chicos de dieciocho años, que carecían de entrenamiento militar. Hoy, Gran Bretaña juega a que nuestro poderío bélico podía poner en peligro   a su armada, lo he leído y lo he visto en una película. Es grotesco. Nosotros teníamos tres o cuatro misiles y armas casi obsoletas, Inglaterra contaba con el apoyo logístico norteamericano y, según sabemos, chileno. Esa guerra estaba perdida antes de empezar. Por supuesto, cuando se gana una guerra hay que elogiar y magnificar al enemigo, si no, cuál es el mérito. No sé si algún día, en la Argentina, se podrá escribir un gran texto literario sobre esos años, creo que hoy todavía no se puede. En cuanto a los ingleses, no van a poder nunca. Salvo que fueran como Esquilo, cuando escribió Los Persas, que eligió el punto de vista de los vencidos y nos dejó una de las mejores tragedias griegas. Pero mucho me temo que no hay ningún Esquilo en la literatura inglesa contemporánea. Herbert Read, el escritor anarquista inglés, decía que en los últimos cuatrocientos años Inglaterra no había dado una sola obra de arte. Por qué pensar que esa obra va a aparecer justo ahora, ¿no?
 
—En estos días hay una escalada verbal entre el gobierno argentino y el británico sobre las Malvinas. Para algunos, maniobras de ambos gobiernos para subir en las encuestas mediante la apelación al patrioterismo; para otros, un asunto visceralmente doloroso que merece una lucha, al menos diplomática, o incluso algo más. ¿Qué opina usted?

Bueno, en algún sentido ya hablamos de esto al principio. Creo que se trata de las dos cosas, de una doble maniobra política que sirve para enmascarar graves problemas internos, y también, de un hecho visceralmente doloroso. Esto último vale sólo para nosotros y para los isleños. Lo que no creo es que nadie, hoy, piense que esto merece una lucha, en la acepción bélica de la palabra. No puedo hablar en nombre de los isleños, pero no se precisa ser adivino para comprender qué están sintiendo: miedo. En cuanto a nosotros, volvemos a sentir aquello de que te hablé, el rencor del patriotismo herido. Lo mismo les pasa a los españoles cada vez que hay un conflicto en Gibraltar. Lo que no sé es cómo se va a resolver esto, ya que ningún Primer Ministro inglés querrá ser el primero en aceptar que la soberanía de Malvinas admite discusión. El problema es complejo porque, hasta el siglo XIX, no existía nada que pudiera llamarse soberanía en el sentido que lo entendemos hoy. La propiedad de los territorios era personal, pertenecía al monarca, y se transmitía sencillamente por herencia, como una cosa. No había nacionalidades sino propiedades dinásticas. Para nosotros, esas islas son natural y legítimamente nuestras a partir del momento en que nos independizamos de España, digamos 1810 o 1816, aunque nunca nos hayamos molestado en poblarlas; para los ingleses, que se apoderaron de ellas en 1830, fueron algo sin dueño (la corona española) que encontraron en el mar. Ya se sabe que una buena porción del cerebro inglés nunca llegó al siglo XIX, los británicos ni siquiera se enteraron de la Revolución Francesa. Para ellos no hubo usurpación ni robo, fue un afortunado hallazgo de la corona. ¿Cómo se soluciona esto? No sé. ¿Qué opino? Que las Malvinas, hoy, son territorio argentino, pero que cuando se admita esto, si algún día se lo admite, vamos a tener que luchar por la libertad y la independencia de los isleños.

▣ Publicado el miércoles 4 de abril, 2012

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  • 18 comentarios
     Fer Rosas
    16/09/2013 a las 06:41
    Increíble jaja como a Ian McEwan le importa un comino lo que a una buena parte del patrioterismo argentino le obsesiona, todavía me acuerdo de la copa América 2011 y la buena carcajada que me lleve con un amigo cuando descubrimos que un estadio se llamaba "Malvinas Argentinas", era un verdadero chiste, como si algún estadio del norte del país le nombráramos "Tejas Mexicanas". Castillo no tiene nada de lúcido ni de coherente cuando dice al final: "¿Cómo se soluciona esto? No sé. ¿Qué opino? Que las Malvinas, hoy, son territorio argentino, pero que cuando se admita esto, si algún día se lo admite, vamos a tener que luchar por la libertad y la independencia de los isleños."
    Poco han de saber de la vida de los habitantes de la isla que están más que felices, como lo dice Ewan, con rendirle honores a la reina, la gran mayoría de los jóvenes están becados al 100% para cursar preparatoria y universidad en los colegios de Londres eso sin contar los muchos subsidios de los que se benefician los Falkland islanders y los doctores personalizados enviados desde Inglaterra.
    Ya deberían de superar la tremenda idiotez que la dictadura militar hizo al ponerse de a pechito frente a una Thatcher que solo esperaba ver que ingenuo agarraba el anzuelo.
     Mario Moravenik
    10/06/2013 a las 09:00
    Todo muy bien pero: Meter un absurdo comentario de H. Read y que noay una sola obra de arte inglesa en los ultimos 400 años, solo destila resentimiento.Y castillo demuestra que repite como loro algo de lo que no esta enterado.
    Y meter el patriotismo? la bandera, la escarapela, el himno son inventos tan demagogicos como la virginidad de la virgen para la iglesia. Por que si alguien cree realmente en eso, que agarre del cuello a todos los politicos corruptos que juran eso de "que dios y la patria me lo demanden, y les metan tal patada en el culo que acaben ahogados cerca de las malvinas.
    02/04/2013 a las 13:03
    La postura de Castillo chorrea lucidez.
    02/04/2013 a las 13:09
    Disculpen mi tartamudez...
    02/04/2013 a las 12:59
    La postura de Castillo chorrea lucidez.
    02/04/2013 a las 12:58
    La postura de Castillo chorrea lucidez.
    02/04/2013 a las 12:06
    Muy bueno. No puedo estar más de acuerdo con Castillo.
    02/04/2013 a las 11:46
    Excelente, sobre todo Castillo. El ingles se nota que no esta muy enterado...
    04/01/2013 a las 22:05
    Plataforma continental, burro.
     Fede
    01/12/2012 a las 20:20
    Que es lo que critican de la postura de Castillo?
    No entiendo. En sus palabras sobra sentido común, inteligencia y humanidad.
    14/09/2012 a las 16:54
    Yo difiero de los comentarios anteriores. Es de las pocas crónicas sobre Malvinas que he leído desde los dos lados y que me ha gustado. Sosegadas pero con argumentos.
     Bonifacio
    14/08/2012 a las 18:00
    Hola a todxs. Abelardo Castillo es, efectivamente, uno de los mayores intelectuales argentinos y, a mi entender, su prosa y su dramaturgia está entre lo mejor de la literatura nacional. Y como sucede con todo intelectual, sus opiniones deben enmarcarse en el resto de su obra para apreciarlas en su plenitud. Dsde este lugar, creo sin dudas que Castillo -compartamos o no sus posiciones político-ideológicas- es una de las personalidades de la cultura argentina más coherente de los último cincuenta años.
    16/08/2012 a las 14:02
    Pues en la nota no refleja para nada su coherencia. Y las opiniones de un intelectual deben ser juzgadas como las de cualquier otro mortal.
     Mito
    12/08/2012 a las 06:16
    De donde lo sacaron a este Castillo?
    22/06/2012 a las 17:42
    Me parece que el análisis que hace de Malvinas el señor Abelardo Castillo es apresurado y en muchos puntos inexacto. No se si a propósito o de forma involuntaria omite hechos y relativiza posiciones.
     Mito
    12/08/2012 a las 06:15
    Que pobreza de argumentos, si este es un intelectual argentino...o falta parte de la nota que no publicaron muchachos...
     Fabarafa
    02/04/2013 a las 17:00
    Me parece que las respuestas de Castillo son hiper lógicas. Me gustaría saber a qué se refieren al señalar hechos omitidos y inexactitudes.
    21/06/2012 a las 21:17
    Soy el rey del pri
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    Sobre el autor

    Escribe Gonzalo Garcés

    (Buenos Aires, 1974) Novelista y crítico literario argentino. Estudió Letras Modernas en La Sorbona y publicó por primera vez en 1997. Colabora en medios de España y América Latina como La Nación, Clarín, El Mercurio, Reforma, Brecha, Quimera y Letras Libres. En el año 2000 obtuvo el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral.

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