Tiza, birra, faso

A las siete de la tarde del lunes que acabaría en tragedia, sonó dos veces, desganado, el teléfono blanco de la mansión. La empleada, secándose las manos en el delantal, atendió presta. "Con la casa del doctor Baldasarri, ¿digamé?", recitó. Del otro lado de la línea, la acongojada voz de Cirilo pidió otra vez por Etelvina.

La empleada tapó el auricular e informó a la jovencita, que miraba “El Señor de los Anillos” recostada en el sofá:

—De nuevo el morochito; ya es la tercera vez en el día… ¿Qué le digo, señorita?

Con un mohín de fastidio Etelvina ensayó un ademán de indiferencia, levantó los ojos al cielo como pidiéndole una tregua al Dios de Barrio Norte y siguió mirando la televisión. La doméstica no necesitaba más para entender:

—La señorita Etelvina no ha regresado todavía del centro comercial, señor Tamayo —tradujo el gesto la empleada— ¿Quiere dejarle algo dicho?

Cirilo Tamayo colgó el auricular sin responder y apoyó la cabeza contra el teléfono público de Cabildo y Mendoza. Sintió que el cielo se le venía encima, y que el corazón volvía a desfallecer dentro de su pecho. A su lado, Palmiro Caballasca y Canuto Carsio intentaban consolarlo sin suerte:

—Es una engreída —dijo Canuto—, siempre lo ha sido y siempre lo será. Pero ya verás mañana cuando nademos en flamantes billetes, cómo contestará a tus llamados, la pituca.

—Nunca jamás de los jamases le vuelvas a decir pituca —advirtió Cirilo, y luego, mirando a la nada, susurró para sí:— Yo quiero que me ame por lo que no soy, y no por lo que no tengo.

—¡Me hirve la cabeza! —se quejó amargamente Palmiro, el más robusto de los tres, mirando la hora— No vamos a llegar, muchachos. Siracusa nos espera desde hace rato, y ya saben que a cuando se sulfura se le empeñan los anteojos.

En efecto, José Siracusa aguardaba desde hacía ya media hora a su pandilla, en un departamento sin muebles del porteño barrio de Urquiza. Controlaba su nerviosismo con marihuana y su innata serenidad con cocaína, todo junto, pero los otros tres ya se estaban pasando de la hora. No tenía que haber llamado a Cirilo para este trabajo, pensaba Siracusa entre seca y raya. Esto es pim pum y a la bolsa: no se puede confiar en la concentración de un muchacho enamorado.

Palmiro, en cambio, siempre había sido un profesional intachable. El robo al 24 Horas de Almagro y el apriete a la vieja en Plaza Dorrego así lo demostraban: nunca un problema con el gordo. Igual que Canuto: un señor desde los pies al flequillo. Pero Cirilo anda siempre en las nubes, siempre dándole rienda suelta a su metejón imposible con la rubia… En estas divagaciones se perdía Siracusa cuando, por fin, llegaron los otros.

—Media hora tarde —les dijo a los tres, secamente.

—Qué querés con éste pichón de tortolito —se defendió Palmiro, socarrón, señalando al desconsolado mulato.

—Esto se está pasando de castaño oscuro, Cirilo —le recriminó Siracusa.

—¿Y si nos ocurre algo? —se defendió el moreno, con los ojos saltarines y desbordados—. Tengo una cosa aquí, como un mal presentimiento… Yo no quiero irme de este mundo sin confesarle a Etelvina lo que siento por ella desde temprana edad.

—¿Un mal presentimiento? —terció Canuto, de los cuatro sin duda el más cobarde.

—¡Vamos, che, no nos amilanesemos ahora! —alentó Palmiro— Y vos, Cirilo, no seás pájaro de paragüero.

Los cuatro rieron de la desopilante salido de Caballasca, y se palmearon mutuamente las espaldas durante medio minuto. Luego Siracusa volvió a la realidad. “Vayamos saliendo”, dijo, mirando la hora por enésima vez, “que Meche ya debe haber entrado al kiosco”.

Meche trabajaba en el kiosco de Araóz y Scalabrini desde que la despidieron del Burger de Scalabrini y Aráoz, y ya estaba harta de saltar como un colibrí de un mal empleo a otro peor. Siempre había sido la típica chica capaz que no se esfuerza, y ahora lo estaba pagando. “Ay, si la hubiera escuchado a la señorita Jacinta”, solía quejarse a solas.

Ahora, sin embargo, Meche estaba dispuesta a patear de una vez el tablero de las oportunidades. Ella era la encargada de dejar entrar a sus cuatro amigos y fingir el atraco al kiosco. Le tocaría un 20 por ciento del botín y, con eso, se iría a vivir para siempre a Cabo Polonio, República del Uruguay. Lejos de la histeria y la inseguridad de Buenos Aires.

Estaba tensa, sí, pero no tenía miedo. ¿A qué le puede temer una mujer de treinta y dos años que ya no tiene nada que perder en esta vida? Miraba todo el tiempo para la esquina de Malabia, esperando ver aparecer la silueta asimétrica de sus amigos, que ya estaban tardando más de la cuenta. Por eso quizás no prestó atención al comisario retirado que aguardaba, difuso tras un Volkswagen, a su esposa salir del podólogo.

Cirilo, Siracusa, Palmiro y Canuto doblaron la esquina a las 20:31 y divisaron el kiosco y a la rubia empleada dentro. Ingresaron al polirrubros con paso firme. Todo ocurrió como estaba previsto: Meche fingió sorpresa, los otros sacaron sus pistolines de juguete y, encañonándola con aparatosos movimientos, le pidieron a gritos el dinero de la caja. La noche caía, destemplada, sobre Buenos Aires, cuando el ex-comisario de la Policía Bonaerense Efraín González sacó su arma reglamentaria y acudió a cumplir con su deber.

Cruzó la calzada con la agilidad de los ancianos que han prestado servicio a la patria durante décadas y dio sólo una voz de alto antes de hacer fuego:

—¡Deteneos, deteneos, blancas palomitas! —advirtió Efraín, y disparó una sola vez el gatillo.

Volaron los gorriones de la calle Guatemala. Y luego hubo un silencio triste en Palermo, como de patio de escuela en vacaciones de invierno.

El cuerpo de José Alberto Siracusa, argentino de 33 años, cayó fulminado en el suelo; Caballasca, Meche y Canuto, al grito de “¡rajemos que viene la yuta!” se perdieron por la antigua calle Canning para el lado de avenida Córdoba, como si los llevara el diablo. Palmiro, el más lento de los cuatro a causa de su sobrepeso, se quejaba mientras quedaba rezagado en la carrera:

—¡Si yo hubiera nacido en España ahora sería el Piraña de “Verano Azul” y no estaría pasando por estas vicitudes! —vociferaba.

El único que se quedó con Siracusa fue Cirilo Andrés Tamayo, alma bondadosa de entraña candombé que, arrodillado ante su amigo moribundo, tuvo tiempo para cerrarle los ojos con la morena palma antes de ser esposado por las autoridades.

No ocurrió más que eso, y nada menos. Los diarios nacionales de esta mañana, sin embargo, habrán de contar una versión fría y desapasionada de esta historia; una crónica torpe y falta de sentimientos. Se ve que a ellos, a los diarios, no les han matado de un balazo el programa preferido de la tarde.

Que en paz descanses, Siracusa. Nosotros, que no nos acordamos de nada, a ti no te olvidaremos.

Hernán Casciari
Jueves 17 de junio, 2004

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158 comentarios Tiza, birra, faso

  1. Viviana Estrada #158    13 junio, 2012 a las 7:54 pm

    Hola Hernan! no se si leeras este comentario en este post del 2004. Soy fan tuya desde el blog de Mirta, hasta compre el libro. soy de Guatemala, y hace poco quise leer orsai desde sus inicios. Y aqui estoy, disfrutando muchisimo tus historias y relatos, eres genial! Justo hace unos dias pensaba en escribirte y contarte de mi gusto por tu país, desde que mi abuela me hablaba de Libertad Lamarque, y luego por supuesto viendo este programa maravillos “señorita Maestra”, tiempo despues leyendo a Mafalda y todas las otras publicaciones de Quino, en fin que he aprendido a querer a tu país a través de algunos de los grandes como tu. Asi que seguire avanzando en la lectura a traves de las epocas de orsai, te mando un abrazo fuerte desde Guatemala, y una vez mas, eres el mejor, sigue adelante!

  2. camila600 #155    5 septiembre, 2004 a las 3:11 pm

    Etelvina de Cristina Lemercier era Laura Tunny, hoy cantante (?).
    Etelvina de Medrano era Graciela Cimer, la del balcón, esposa de…un actor de 4ta. que no recuerdo el nombre.

  3. camila600 #154    5 septiembre, 2004 a las 3:08 pm

    Qué loco, no? Kakaro dice que es hacker. Los hacker pretenden que todo el mundo tenga acceso a todo. proclaman la libertad en la red… y por otro lado te dice que tenés que prohibir ciertos comentarios…
    Si kakaro es hacker, yo soy Zero Cool.

  4. José Joaquín #152    23 junio, 2004 a las 3:55 am

    Es una mierda no haber leído este post la semana pasada. Leí un par de párrafos, pero las veces que los leí decidí leerlo más despacio, más tarde. Y hasta ahora el más tarde. Había leído los nombres pero como que andaba desenchufado y no los relacioné sino hasta hoy.

    Yo veía esa novela de niño y me encantaba, y vos desgraciado, ¡qué buena memoria tenés!

    Excelente historia, supongo que todos los que vimos la novela nos la pasamos bien.

    Seguro que cuando vaya a Argentina busco la mentada calle Guatemala.