Triste, sin sal y libre de humo

A finales del año 2015 yo tenía sobrepeso, fumaba como un sapo y estaba a punto de cumplir cuarenta y cinco años; es decir, tenía la edad exacta en la que se infartan los fumadores gordos y se mueren de camino al hospital. Tampoco hacía ejercicio físico; solamente caminaba tres o cuatro pasos cuando me ponían la comida rica un poco más lejos de lo habitual. Era obvio que iba a tener un infarto muy bestia, y que me iba a morir bastante joven.

Pero por alguna razón me salvé. Hoy es enero de 2016 y sigo vivo; acá estoy. Nadie entiende por qué.

Hasta hace unos días mi vida era inconsciente y maravillosa. Ahora tengo que tomar siete pastillas cuando me despierto, tengo que ver doctores y hablar con ellos (nunca había visto a ninguno de cerca), tengo que caminar cuarenta minutos al día, y sobre todo: tengo que escribir sin fumar. Es lo más triste que le puede pasar a un escritor que fuma.

A este texto tengo que entregarlo en unas horas (*). Son alrededor de mil doscientas palabras y no estoy acostumbrado a semejante presión. Desde que tengo memoria escribo y fumo al mismo tiempo, como si las dos actividades fueran una sola. Yo no sé qué me podrá salir ahora de los dedos; seguramente me saldrá una mierda horrible de autoayuda.

Por lo que sé, los escritores que dejan de fumar, o los que viajan de repente a la India, o los que empiezan a creer que su vida se está enderezando, se convierten en imbéciles sin remedio. Por eso aprovecho este párrafo para pedirle disculpas a mi editor y a los lectores.

Al primero le digo que si no me paga las próximas colaboraciones lo voy a entender perfectamente. A los segundos, que si escapan de esta página y no vuelven nunca más en la vida me parece perfecto. Yo haría lo mismo, porque no me gusta leer a escritores como el que voy a empezar a ser.

Para mí, que soy hijo de los malos hábitos, escribir sin fumar es como andar en bicicleta sin manos. No es imposible hacerlo (de hecho tarde o temprano se logra), pero te das cuenta enseguida de que no vas nunca a donde se te antoja, sino a donde te llevan las ruedas.

La bicicleta va sola, no la podés manejar. Y además, ¿para qué intentarlo? Ir en bicicleta debería ser una aventura, no una acrobacia. Del mismo modo que escribir debería ser un destino, y no un malabar de circo.

Esto que estoy escribiendo, sin fumar, es malabarismo.

Hasta ayer, cuando escribía y fumaba, yo era feliz. El cerebro me dibujaba una parábola de nicotina que se esparcía en la mesa con placer. Yo me acomodaba en ese colchón de humo y después, con alegría, soltaba mis ideas y mis argumentos.

Antes de prender el cigarro todo es precalentamiento. Antes de fumar se puede decidir el tema de la historia, se pueden acomodar los lápices del escritorio, se puede elegir el tipo de letra, se puede ver porno diciendo que es un modo de relajarse, se puede anotar algo en una libreta para que dé la sensación de que uno es todavía analógico.

Se pueden hacer muchas cosas antes de fumar. Pero el cerebro sabe que son preliminares. La historia empieza, siempre, cuando el fuego te explota en la garganta. Antes no.

Y aunque sé todo esto, hoy tengo que escribir esta columna sin una sola pitada, porque el doctor que me salvó la vida me dijo que si vuelvo a ponerle sal a los almuerzos, o que si fumo un cigarro más, me caigo redondo en la calle y me muero como un miserable y ya no hay nadie que me pueda salvar.

Yo no sé si los médicos dicen esto para asustarte (es muy probable), pero el infarto que tuve fue bastante real y la malla de metal que me pusieron en el corazón no es de mentira, porque me salió carísima. También todos los chequeos.

De hecho, lo que más odio de lo que me pasó fue perder ese invicto. Llevaba cuarenta años sin entrar a una consulta médica (la última vez fue para que me quitaran las amígdalas, yo tenía cuatro años). Mi cuerpo no conocía los diagnósticos ni los chequeos.

Después del infarto, cuando lograron reanimarme, me preguntaron si yo era hipertenso, quisieron saber si era diabético, me consultaron sobre mi colesterol. Y a todo yo respondí lo mismo: «No tengo la menor idea porque nunca fui al doctor». Y se lo decía con orgullo, en sus propias batas blancas.

Hasta la semana pasada, ir al médico era para mí una superstición. ¿Para qué sacar turno, si era obvio que me iban a encontrar todos los males del mundo? Ir al médico era lo mismo que comprar todos los números de la lotería del cáncer.

Iba a entrar inmortal a la salita de espera, y después iba a salir con la certeza de la muerte en la espalda. ¿Para qué hacerse mala sangre? Preferí siempre que la muerte me llegara de imprevisto. Los médicos lo único que hacen es ponerte la segunda fecha en la Wikipedia.

Pero entonces pasó lo del mes pasado, en Montevideo. Primero me comí un chivito con mucha grasa en La Rambla, regado con cerveza Pilsen, y de sobremesa me pedí un café con crema y me prendí un porro, porque en Uruguay está permitido el porro. Fue mi último almuerzo feliz, aunque yo no lo sabía. Comí, fumé y bebí con alegría y una hora más tarde me empecé a morir.

Pero hoy no voy a contar esa anécdota (la dejo para la semana que viene, porque es muy divertida: hay patrulleros, hay sirenas…). Hoy solamente diré que cuando los doctores uruguayos me salvaron, cuando nací de nuevo en Montevideo, lo primero que supe es que no podría volver a comer chivito, ni a meterme a la boca cosas con sal, ni podría volver a aspirar las virtudes del tabaco mientras escribo.

Desde hoy, soy como esos pintores que pierden los brazos y empiezan a dibujar con los pies. Nunca serán los mismo cuadros, pero la gente los comprará para Navidad, y todos dirán: «Pobre muchacho, qué mal dibuja con los pies, pero cuánta voluntad que le está poniendo a su vida de mierda». Eso dirá la gente.

En el momento en que me infarté supe que, si no me moría, lo próximo que iba a escribir sería un texto triste y sin gracia, un texto libre de humo como los bares de este siglo. Y acá estoy: se los dejo caliente, sin corregir, para sacármelo de encima y poder seguir con mi vida sin sal.

(*) NOTA AL PIE

Este texto se publicó el domingo 3 de enero en la revista dominical del diario El Mundo (de Madrid) y es, efectivamente, lo primero que escribo en la vida sin fumar. Lamento la falta de ritmo del relato, pero miren qué lindo el dibujo que le pusieron.

Los relatos para las revistas se entregan con catorce días de antelación (para que el ilustrador pueda trabajar, etcétera) es decir que escribí mi primer texto sin humo el 20 de diciembre. Ahora es 5 de enero y ya entregué a El Mundo dos capítulos más sobre mi infarto, que ustedes podrán leer los próximos domingos en el periódico, o los martes acá mismo. Por suerte el ritmo narrativo mejora un poco.

Además de fumar, una de las prohibiciones médicas de los infartos es que no se puede viajar en avión durante una temporada. Por lo tanto sigo en Buenos Aires, y con muchas ganas de quedarme un tiempo largo. Estoy buscando algo para alquilar en Colegiales, Coghlan o zonas aledañas. Puedo ir a ver casas todos los días porque estoy al pedo. Si alguien está leyendo y tiene una casita con patio en alquiler, que me avise por correo a casciari@gmail.com con los detalles.

Por lo demás, tengo la idea de soltar la mano con textos cortos acá en el blog, así que es posible que me vean publicar seguido desde ahora. Si consigo casa rápido les aviso también por acá y hacemos una fiesta. Ustedes fuman, comen y se drogan. Yo los miro.

Hernán Casciari
Martes 5 de enero, 2016

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245 comentarios Triste, sin sal y libre de humo

  1. Eusebio López #213    1 febrero, 2017 a las 10:18 am

    Conozco a un hombre que pasó por una situación similar. Pesaba 120 Kg y fumaba. Le dio un infarto y le tuvieron que operar, hoy día lleva un marca pasos. A raíz de ahí, comenzó a cuidar la comida, dejó de fumar y a hacer deporte. Perdió mucho peso. Hoy día está mucho mejor de salud y disfruta de la vida. Es muy importante cuidarse siempre, no hay que esperar a que pase algo para darse cuenta de la importancia de llevar una vida saludable y equilibrada. El componente físico es importante, pero también el psicológico.

  2. SOFIA SANCHEZ MARINOSCI #212    17 febrero, 2016 a las 4:30 pm

    Gordo:

    Soy muy paja y sinceramente me importa 3 carajos ser la primera, novena o la centésimo cuarta persona que comenta en el blog. Tengo la manía de no darle bola al mail que me avisa que nos has regalado otro nuevo texto. Sé que están ahí, los dejo como no leídos, los hago desear. Me aguanto. Acumulo 3, 4 o 5 y después me doy un mini panzazo Casciaresco.
    Ahora que leí este, tenía la necesidad de comentar algo con lo que veo coincidimos varios/as… casi te cagás muriendo en Montevideo (cuando me enteré el año pasado, deduje que fue por todo lo mismo que contaste. Aunque le hubiera sumado gula de fainá en La Pasiva) Y fue en esa misma ciudad, por la que compartimos amor enfermo, donde te salvaron la vida. Ergo, “volviste a nacer” como le gusta decir a muchos.
    Sentite orgulloso, desde el 06/12/2015 sos, también, Uruguayo.

    Que pase bien y gracias por no morirte. Gracias!

  3. Norma Musso #211    16 febrero, 2016 a las 2:57 pm

    Es martes 16, son casi las 3 de la tarde en Italia, abro el blog y todavia no aparecio nada. Me doy una vuelta para leer tus anteriores y me releì este. Sos extraordinario, me lo disfrutè màs aùn que la primera vez. Te queremos mucho, Jorgito, no comas sal, no fumes, atenete a la puta dieta. Quièn te quita lo bailado durante tus cuarenta y pico? Cuidate, ya vendràn momentos mejores en que puedas darte un gustito de vez en cuando, es cuestiòn de tiempo. Un abrazo.

  4. rut azerrad #210    10 febrero, 2016 a las 8:32 pm

    De eso se trata la vida … de ir madurando y disfrutando del sabor genuino de la vida, con un poco de lágrimas que limpia el alma y superando los miedos que se esconden detrás del humo… digo no

  5. El toti #208    4 febrero, 2016 a las 5:13 pm

    ¿una premonición?

    05/07/2014 a las 01:57

    Humilde Apólogo Chino
    .
    El monje, al costado de la aguada, espera pasivo se asiente la hojarasca turbia que se ha removido del fondo por el despegue de un ave. Cuando se aclare el agua, la recogerá limpia en un cuenco. Tiene sed, pero no se impacienta porque sabe que si aguarda lo suficiente conseguirá beberla trasparente y fresca. Para evitar la ansiedad piensa en un futuro muy lejano; en cómo podrían actuar los hombres y concluye que el transcurso del tiempo no cambia el espíritu. Piensa a continuación que si pudiese, enviaría hacia el futuro mensajeros para que acudan y encuentren a hombres sufrientes y les enseñen los tres senderos del Noble Camino. Enviaría un mensajero por cada sendero, y aquellos hombres sufrientes que los recibiesen comprendiendo sus mensajes de sabiduría, podrían evitar el sufrimiento. Luego el maestro, que ha dejado pasar el tiempo necesario sin hacer nada, recoge agua y la sorbe calmadamente. Comienza después su meditación profunda.

    Un hombre obseso y compulsivo se prepara para ver la final del mundial de fútbol del año 2014; se enfrentan los seleccionados de Brasil, y Argentina. El hombre ha perdido el control de sí mismo, deteriorado por los nervios; ha estado fumando sin descanso desde horas tempranas; sus excedidos hábitos se encuentran propasados y sólo desea ver la confrontación. El resto, todo lo que ocurre a su alrededor, ha perdido su sentido e importancia.

    Llega la hora; son los instantes previos y el hombre estira las piernas tratando de relajarse un poco, pero se sobresalta porque escucha que golpean a la puerta. Controla desde su teléfono celular la entrada, a través de un sistema de cámaras; ve que es su vecino con una taza en la mano y que espera a ser atendido.

    “Es el puto de al lado, a pedir azúcar; sólo a él se le ocurre venir ahora que está por empezar el partido; no pienso levantarme” Enciende otro cigarrillo mientras escucha los solemnes himnos que le agregan presión al encuentro y continúa mirando por el celular para ver qué hace el inoportuno. Al cabo de unos minutos el joven se retira. Las tribunas aplauden la finalización de las canciones patrias y el árbitro ya está en el centro de la cancha con la pelota debajo del brazo y cumple el protocolo con los capitanes. El obseso ha cerrado los ojos porque siente una molestia en las sienes, una presión constante y un zumbido. Sorpresivamente vuelve a sonar el timbre; el hombre piensa irritado que ha regresado el vecino y por el mismo sistema constata que no es él, sino una mujer mayor a quien no reconoce.

    “¡Pero a esta vieja qué le pasa!” chilla en voz baja mientras sofoca, para no ser escuchado, un grito porque al mover nomás Brasil, con un pase largo, llega al borde del área grande y dispara, por suerte, muy alto por sobre el travesaño. Presiona nuevamente el timbre la señora mayor que, con una libreta en las manos y cara paciente, se acomoda con un gesto automático un simpático sombrerito que parece caerse hacia un lado. El obseso ahora baja del todo el volumen y aprisionado en el silencio forzado, para que no lo escuche, ni se mueve mientras mira cómo avanza la ágil delantera brasileira que es contenida por la defensa argentina rechazando afuera. Aprovecha el momento para mirar por el celular qué ocurre en la puerta y ve con alegría cómo la viejita se toma del pasamano para bajar la escalera que conduce afuera. Abre el obseso un nuevo paquete y enciende otro cigarrillo mientras que al entrar en el baño para aliviar la vejiga ve al paso por el espejo, su cara vivamente enrojecida y sus ojos excesivamente saltados.

    El temible tridente argentino, promediando el primer tiempo, en una jugada fría, precisa, e irremediablemente insalvable para la defensa contraria; como si se tratase de un letal avance en el tablero, de dama y caballo flanqueados de amenazantes peones, sobrepasa todas las defensas y queda frente al arquero que con un movimiento agónico, desesperado, alcanza a salvar el arco evitando que ingrese el balón raspándolo apenas con la punta del botín pero, antes que puedan reponerse los brasileros ven al seguir con la vista el recorrido de la pelota, que han descuidado la diagonal derecha por donde a toda marcha viene cruzando el flaco alfil, que toma el esférico de lleno con el empeine y le descarga toda la fuerza de la carrera para dirigirlo con colosal potencia contra el arco. No alcanzan a escuchar el chasquido seco del cuero contra la red porque lo tapa el estruendo de medio estadio que de pie y a los saltos grita con tanta fuerza el gol, que poco más derrumban el Cristo Corcovado.

    Pero el obseso, pese a que la TV ahora está alta, lo escucha apenas, muy bajo y lejano, porque todo lo tapa el zumbido que se ha vuelto ensordecedor y aturde su cabeza, la cual ha quedado de lado sobre la alfombra que absorbe un poco de la copiosa saliva, y también como una baba, que salen con desgracia de su boca.

    No puede asimismo escuchar que nuevamente, suena el timbre de la puerta. Es la tercera visita del día, la que tampoco podrá atender; por fuerza mayor ahora.

    El hombre, ya entrado en años, con anteojos de cristales trasparentes y marco negro, en mangas cortas de una camisa blanca que en el borde del bolsillo lleva un plástico con una identificación, se retira luego de haber intentado dos veces sin éxito que lo atiendan. En el pasillo se cruza con otro hombre, de mediana edad, quien al verlo partir, le consulta si lo han atendido.

    —No —dice el hombre de anteojos— Quizás no haya nadie.

    —No creo —contesta el más joven— ¿A quién busca?

    —A nadie en especial; traigo un mensaje para comunicar, pero pasaré luego.

    El recién llegado parado frente a la puerta, golpea con los nudillos.

    —Soy yo Gordo—dice— Abrime.

    Se queda esperando en la puerta mientras advierte que le ha parecido familiar el rostro. “Me cago piensa, ¿no se parecía al gordo?”

    Fernandez

  6. Capitan Beto #207    19 enero, 2016 a las 10:47 pm

    Leí esto 15 días tarde por que estuve internado, no tuve un infarto pero si me pusieron un marcapaso para evitarlo, y también fue mas o menos lo mismo, tuve que empezar a ver médicos cuando no recordaba ni cuál era su función social.

  7. enzo f #206    17 enero, 2016 a las 1:50 pm

    casciari! que bajón… enterrado en letras quedaste… pero aunque no lo estés buscando, mirale los lados buenos:

    con lo que vas a ahorrar en puchos… vas a poder alquilarte unos metros cuadrados más de patio en esa puta ciudad.
    vas a festejar dos cumpleaños y en la wikipedia podés decir que sos argentino Y uruguayo, chupate esa Gardel.
    nadie te va a hinchar las bolas si te olvidaste de ponerle sal a los fideos por fumón,
    y podés saltarte la fila de los aeropuertos alegando que sos enfermo cardíaco y que tenés un alambre de gallinero en el cuore que te impide quedarte parado mucho tiempo…

    feliz cumpleaños gordo, y festejá con mucha chocolatada como hacías en mercedes de chico.

  8. JP Garcia #205    15 enero, 2016 a las 1:14 pm

    Tengo casi 50 años. Nunca fumé en mi vida (una pitada a un cigarro de mi viejo a los 8 años me anestesió para toda la existencia).

    Nunca deseé fumar. Hasta hoy.

    Leí “La historia empieza, siempre, cuando el fuego te explota en la garganta.” y pasaré lo que resta de mi vida esforzándome para no empezar a fumar.

  9. vale valeria #203    14 enero, 2016 a las 3:49 am

    Ay esos fumadores favoritos! Cortázar, Soriano; fuman en todos los cuentos! no fumé durante mi embarazo y lactancia y tampoco escribí.
    aquí les dejo un pequeño escrito que una vez se me ocurrió

    EL PREMIO DE PERJUDICAR MI SALUD
    15 de julio de 2010 a las 23:32
    Sabemos que fumar nos hace mal. Los médicos dicen del cáncer y nuestros abuelos lo tuvieron. Las revistas dicen de la piel y nosotras lo padecemos. Nos duele un poco la vida aun cuando no fumamos. Y nos duele cuando lo hacemos; raspa un poco la garganta, seca la boca, parte los labios.
    Están caros y nos da culpa. Sabemos que la suma del precio de todos ellos no nos conviene. Sabemos las otras cosas que podríamos, y de lo innecesario para el desarrollo de la vida. Lo sabemos bien de lujo y no nos sorprende el pobre que fuma.
    Nos da asco el olor que todos dicen da asco: en la ropa y desde la boca, pero fumamos y disfrutamos. El paquete lleno, cuando lo prendemos, cada pitada y esa última que re supimos aprovechar.
    Nos perjudica la salud, el futuro, algunas relaciones, la economía. Es un castigo. Y un castigo es lo opuesto a un premio. Los castigos y los premios se merecen. Es un castigo y un premio que merecemos.
    El premio es la oportunidad de castigarnos un poco por la vida que no nos sale llevar. De dejarnos estar ante el constante intento y fracaso de estar.
    El premio es esa libertad, ese cachito de libertad de que no importe… ni la salud, ni el futuro, ni algunas relaciones, ni la economía.

  10. aleja r #202    13 enero, 2016 a las 2:01 am

    Y bueno, si tenía que pasar, con el diario del lunes, que suerte que pasó acá en Montevideo … si volviste a nacer, fue en el lugar que te hubiera gustado de entrada, si recuerdo bien.
    Capaz que uno se programa más de lo que cree?
    Así que ahora te saludo de uruguaya a uruguayo recién nacido
    Feliz de leerte, alivio de que esa máquina siga funcionando, ya no a carbón, será a vapor quizás?
    Bienvenido compatriota.

  11. Guso #201    13 enero, 2016 a las 12:24 am

    Gordo, el romance del pucho es un invento que nos vendió millis phorris junto a Hollywood y Humphrey Bogart. Se que suena a autoayuda pero la vida no es mad triste sin el pucho, ni el alcohol, ni el porro, ni nada. Podemos prescindir de todo, y lo sabes. Queres ritmo? Andate a villa Traful, llenate los ojos de cordillera y vas a ver como.solito pones quinta.
    No.soy un alcoholico anónimo ni un evangelista ex adicto recuperado. Es mas, como puse freno a tiempo, todavia puedo darme algun gustito y hasta pisar un poco la banquina. Quizas la macana con vos fue que aceleraste a fondo todo el camino y por eso se te hizo mas corto, pero mira que culo que tenes que saliste andando y todavia tenés maquina para seguir andando. Probablemente no puedas volvér a las pistas, pero todavía podes andar, y eso ya es bastante.
    Yo te via seguir leyendo.