Última sobremesa

Chiri ya no está en España. Yo no percibo todavía su ausencia, no todo el tiempo. Me doy cuenta después de las seis de la tarde, cuando solíamos juntarnos para planear la revista; y los sábados, que es cuando juega el Barcelona. Con el tiempo me irán cayendo otras fichas (los póquer de los lunes o las cenas familiares), pero no tengo todavía la ausencia instalada. Tampoco la tuve durante la última sobremesa, aun sabiendo que era la última.

Chiri tenía pasaje a Argentina para el 1 de diciembre. El 30 de noviembre al mediodía fue el último día soleado del invierno ibérico. Nos fuimos al patio de casa, abrimos dos latas de cerveza con limón, prendimos un fuego con leña y nos sentamos a esperar a que un chef profesional nos viniera a cocinar.

Como no lo teníamos a Comequechu cerca, manipulamos a un cocinero que se llama Pablo Albuerne. Nosotros no lo conocíamos. Bastante más tarde nos enteramos que era un cocinero que hace o hacía un programa en Antena 3.

Resulta que a principios de noviembre este chef me llama y me propone una entrevista para su videoblog de gastronomía.

«Mira, la idea es que yo vaya a tu casa y me hables un poco de la revista, mientras yo te cocino algo. Lo grabo y subo el video a mi blog. No hace falta que compres nada, yo llevo todos los ingredientes y el vino, tú solo pones los fogones», me dijo al teléfono.

Como soy un poco fóbico de meter gente nueva a mi casa, le dije que le contestaría por mail, que es mi manera de decir «no» en diferido y con excusas creíbles.

Pero cuando corté, por pura curiosidad, googleé un poco al tal Pablo Albuerne y lo que vi me gustó. No era el típico chef de diseño, de esos que te dan de comer cositas chiquitas con nombres poéticos y te cagás de hambre, ni tampoco era el chef televisivo que se quiere hacer todo el tiempo el gracioso y te deja la cabeza como un tambor.

Descubrí en internet que, si bien este chef había trabajado un par de años en «Can Fabes» (uno de los siete restaurantes españoles con tres estrellas Michelin, que además queda cerca de casa) era capaz de enseñarte en un video lo mal que se come en los McDonalds de España y por qué. Y también vi que, a pesar de ser un chef con sección propia en un canal nacional, podía hacer otro video desde una biblioteca, investigando qué comía el dictador Franco cuando gobernaba.

Con Chiri nos quedamos viendo esos videos del chef toda una tarde. Y muy a pesar nuestro, incluso con bronca, nos cayó simpático. Yo, sin embargo, todavía dudaba.

—No seas boludo, decile que venga —me dijo Chiri a principios de noviembre—. Me parece que va a estar todo bien.

—Pero mirá que tiene que cocinar, prender el horno, picar verdura… El tipo va a estar dos o tres horas metido acá adentro… ¿Qué hacemos con un desconocido toda la tarde?

—¡Es un chef profesional que quiere venir a tu casa a cocinarte, hijo de puta, y vos serás fóbico a la gente y muchas otras cosas, pero principalmente sos un gordo! —Chiri me abofeteó, para mostrarme la realidad— ¿Qué carajo vas a hacer mientras cocina? ¡Comer!

—No lo había pensado de ese modo —dije pensativo.

—Además yo quiero estar ahí. Nunca me cocinó un chef de verdad.

—¿Cómo que no? —le digo— ¿Y Comequechu?

—A Comequechu lo conocemos desde hace mil años. Nos sabemos todos sus repulgues de memoria. Este es nuevo, tiene el valor agregado de la infidelidad.

—¿Vos decís que Comequechu es nuestro cocinero-esposa?

—Por supuesto. Y tenemos que aprovechar que está de viaje y tener una aventura extramatrimonial. Este chef nuevo es más joven, tiene mundo, usa sombrero. Nos merecemos un cocinero-amante.

—Entonces no le podemos decir nada a Comequechu sobre este asunto.

—¡Ni se te ocurra! —me dice Chiri, admonitorio.

Me quedé callado, de repente triste.

—¿Qué te pasa? —me pregunta.

—Nada… Me acordaba de cuando teníamos diecisiete, dieciocho años, que le hacíamos canciones de amor a Comequechu cada vez que se mandaba mudar, porque no podíamos vivir sin sus manjares… Y ahora estamos a punto de traicionarlo con otro chef. ¿En qué fallamos?

—No fallamos en nada. Es la rutina, saber que te sentás a la mesa con él y siempre vas a conseguir ese sabor, y no otro. Además, esas canciones fueron hace mucho, a quién le importan —me dice Chiri, pero se le llenan los ojos de lágrimas y finge que busca algo en el cenicero. Pero él también recuerda esas canciones.

A finales de los ochenta, Comequechu se iba mucho a Brasil y a Mar del Plata. Largas temporadas de dos o tres meses. Nosotros lo extrañábamos como chanchos en esos intervalos y, como en esa época éramos compositores, le escribíamos elegías tristes en un idioma al que habíamos bautizado con las siglas «MAO», porque había que hablar con el Músculo Abductor Obturado. Es una mezcla de inglés, italiano y mercedino.

Una de esas canciones decía así:

Pofavó, chachá mbé-mbé ambuora
oh mai darlin hazlo formí.
Pofavó, buestragno Poncharelo
conchadelavac ambuora.
Buél no vavolvé, buél no vavolvé, ¡hec!
conchadelavac ambuora.

Que es castellano significa:

Por favor, regresa aquí ahora mismo,
oh, mi amado, hazlo por mí.
Por favor, te echo en falta Comequechu,
que me parta un rayo ahora mismo.
Ya no volverás, ya no volverás, ¡ay!
que me parta un rayo ahora mismo.

—Hagamos una cosa —le propongo a Chiri, yo también un poco imbuido en los recuerdos—. Digámosle que sí a este chef, pero no ahora. Ni esta semana, ni la otra. Invitémoslo el 30 de noviembre, justo la tarde antes de que vos te vayas a Argentina.

—¿Por qué ese día?

—Porque va a ser la última sobremesa en Sant Celoni, insensible hijo de una puta —le recuerdo—. ¡Cómo se nota que te vas a un lugar lleno de amigos y me dejás acá solo! Vamos a estar por última vez vos y yo, en este patio que vio crecer la revista, por última vez viendo caer el sol, y con un chef internacional que nos cocine como a dos reyes.

—Un rey que se va a la guerra, y otro que se queda a causa de su cobardía —dice Chiri para reforzar la idea.

—No. Yo diría que es un rey que se escapa al veranito de un continente en alza, mientras que el otro se queda en una región dominada por el neoliberalismo y lucha hasta destruirlo.

—O quizás —me dice Chiri—, un rey al que le encantaría acompañar al otro rey al continente en alza, pero que tiene una reina que no lo deja, porque es un rey pollerudo como el doce de copas.

—¿De qué estábamos hablando antes del tema reyes?

—De manipular a un chef para que se crea que te está haciendo un reportaje cuando en realidad está cocinando para la despedida de nuestra amistad—me dice Chiri.

—Ok. Ya me acordé de todo.

—¿Y qué pasa si el chef no puede ese día? Mirá que cae miércoles.

—Si no puede mala suerte —le digo—. Pero si puede, podremos contarle a nuestros nietos que una tarde fuimos reyes. Y que esa tarde, además, no era cualquier tarde. Era la tarde en que se separaban nuestros destinos.

—Muy bien Jorgito —dice Chiri, y levanta un índice al cielo, como quien justifica un pecado ante Dios—: si le vamos a meter los cuernos a Comequechu con otro cocinero, ¡que sea por un motivo que nos llene de amargura!

Y teníamos razón: fue una tarde sibarita, inolvidable.

Realización y musicalización: Andrés Locatelli. Música: Music is Love y un fragmento de «Poncharelo y el mar» (Basilis/Casciari).

La receta, a pedido del público
Por Pablo Albuerne

Geopapas
Que sean patatas nuevas. Son melosas y tienen un toque dulce que baila de maravilla la música de la panceta ibérica y la albahaca. Aluminio, un chorro de oliva virgen, paciencia, buena brasa y sal (al que le parezca) una vez servida.

Salsa de mostaza, cebolla morada y yogourt
Cebolla morada, unas ramas de cilantro, oliva virgen y sal. Todo envuelto con cariño en aluminio; de ahí al fuego hasta que —cuando las toques— parezcan mantequilla. Aún caliente la pelas, la cortas y,aprovechando el aceite y todo el caldo que suelte, la pasas a un bol. Las mezclas con un yogourt cremoso (sin azúcar), un par de cucharaditas de mostaza en grano, dos o tres cucharadas de una buena mayonesa, pimienta molida, unas hojas de menta picada y el zumo de media lima. Búscale el punto de sal. Cuando lo encuentres, está lista.

Solomillo a la sal y yerbas
Un solomillo de cerdo, sal parrillera (a ojo de tuerto, un kilo y medio) una clara de huevo, un chorrito de cerveza, ramas de perejil, albahaca, cilantro y romero (¡frescos!) recién picados. Mézclalo todo y prepara una tumba confortable para revivir al solomillo a base de fuego, no mas de veinte minutos: recuerda que si no se cocina en el horno puede ser que se le pegue algo de sal. Si es así, acláralo en un bol con agua tibia justo antes de servirlo.

Manzanas asadas, granada y stracciatella de mascarpone
Para cuatro personas. Dos manzanas, una rama de canela, oliva virgen y tomillo seco. Trajecito de aluminio y al fuego hasta que sean una seda. Para la stracciatella mezcla la yema que sobró del huevo con cinco cucharadas de azúcar y bátelo hasta que empiece tomar un color pálido y textura cremosa; añade un bote de mascarpone (más o menos doscientos gramos) y seis cucharadas de nata montada. Ralla cuatro o cinco onzas de buen chocolate (que se noten los trocitos) y tírale los granos de la granada. Si no hay armamento pueden ser uvas, higos, fresas… ¡Ya casi está! Sirve la carne de la manzana asada en el fondo de un vaso y la stracciatella de sombrero.

Si no has trunfado con esto, ¡me la corto y me hago monja!

Hernán Casciari
Viernes 9 de diciembre, 2011

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178 comentarios Última sobremesa

  1. juan carlos bigiatti #178    3 abril, 2015 a las 7:14 pm

    dejense de joder con el morfi, lo van a matar al gordo, o le sube la presion o le sube la glucosa de la sangre,o le sube el colesterol o los trigliseridos, llevenlo a caminar y no a morfar, no sean guachos….SIBARITAS JAJAJAJAJ

  2. carlos stieffel #170    12 diciembre, 2011 a las 9:47 am

    “Yo no percibo todavía su ausencia, no todo el tiempo.”
    Hernan como no te vamos a querer, si decis cada cosa.
    gran abrazo,de los que duelen.
    emotiva despedida.
    carlos

  3. Nicolás Nunca #165    11 diciembre, 2011 a las 8:10 pm

    Hola Magah, yo también llegué hsata acá por vos!!!
    Que macanudo el gordo Hernán.
    todavía no he visto lo del video con el cheff imperial, pero es que he estado muy entretenido leyendo Orsai.
    Que por cierto es el nombre también de un couplé de murga memorable de Uruguay.
    Recomiendo, a la pasada. Pa cuando hagan la discográfica-editorial…ofrecerme pa una preselección jajjajaj
    Se la daba pa delante.
    Bueno…bo…Hernán, vamo arriba bo.

    Magah, abrazo grande!

    Nico

  4. Marcela #164    11 diciembre, 2011 a las 7:56 pm

    Todo hermoso, pero una porción de eso debe tener 2.400.000.000 calorías.
    Puede ser para la próxima una versión light (no 100 %), tipo ensalada mediterránea con moozarella artesanal, ponele?

    Las caras de Hernán y Chiri tan bien plasmadas por Andrés, denota que son dos artistas de excelencia. Viven la canción! No quiero imaginar si cantaran el Brindis de Alfredo y Violeta de G. Verdi!!!
    Y la comparación del Chiri de la cebolla, hizo que se me cayera del pedestal!!! Lo tuve que escuchar dos veces, me negaba a que fuera cierto…jajja!
    Manga de atorrantes lindos!

  5. Gipsy Chef #161    11 diciembre, 2011 a las 1:47 pm

    Rafa, no pongas el carro delante de los bueyes!!… el siguiente paso era invitar al defensor…si no hay conflicto, no hay historia!jajaja…invitado quedas.Te lo has ganado a pulso!…y por supuesto que el mundo esta loco, no lo dudes

  6. elisabet #158    10 diciembre, 2011 a las 7:26 pm

    Nostalgia, morriña, saudade. Ganas de estar, aún en una situación en la que uno no es parte, pero se siente. Atmósfera “en la que uno quisiera estar”. Los amigos y la comida… matrimonio duradero si los hay.

  7. Rafa B. #155    10 diciembre, 2011 a las 4:26 pm

    A ver que yo me aclare: Sale un tipo y llama gay a otro, luego un tercero sale en defensa del ofendido, y entonces resulta que este invita a cenar a su ofensor en vez de a su defensor.
    El mundo esta loco.