Un año viajando en ascensor

Hoy, que la Nina cumple un año, hay que empezar a actuar de otra manera en casa. Tengo la certeza de que, a esta edad, los chicos empiezan a retener en la memoria imágenes por primera vez. Antes (desde el primer día y hasta en undécimo mes) todo lo que ven, lo que oyen y lo que sienten va derechito a la papelera de reciclaje. Pero desde que soplan la primera velita ya empiezan a guardar archivos en la carpeta "subconciente" que son como los temporales de internet: un lugar espantoso donde hay mujeres desnudas y uno no sabe por qué.

Estuve como loco buscando fotos mías de cuando tenía aproximadamente un año, para ver si me acordaba de algo. ¡Y sí, me acuerdo! Eso me dio la pauta de que la Nina, desde hoy mismo, tiene memoria. Ya se lo dije a Cristina hace un rato:

—De ahora en más, nos cagamos a palo en la calle. Ya no podemos discutir enfrente de la criatura —y ella estuvo de acuerdo.

Otro motivo por el que Cris y yo estamos fingiendo felicidad es porque acaban de llegar los abuelos de Mercedes, para el cumpleaños de Nina. Trasca, se quedan hasta fin de mes en casa, lo que provoca que no podamos discutir ni rasguñarnos ni insultarnos con la libertad de siempre.

Hay algo enriquecedor en esta experiencia: estamos descubriendo que, si no discutiéramos tanto, seríamos una familia hasta feliz. Y nos hemos propuesto, una vez que volvamos a estar solos, poner gigantografías de gente en las paredes (como las fotos a tamaño natural que hay en las ópticas), para ver si podemos seguir así, fingiendo que no estamos solos y fingiendo, por ello, que somos felices.

A veces pienso que la felicidad matrimonial consiste en eso: en hacer de cuenta que hay visitas, o en recordar que los hijos oyen y asimilan todo. Puede que no funcione, pero por lo menos vamos a redecorar las paredes, que buena falta les hace.

Cuando yo tenía un año, era muy parecido a la Nina. Y seguramente Roberto y Chichita empezaron a fingir felicidad más o menos por 1972. Lo sé, porque no recuerdo grandes peloteras, ni golpes (por suerte para Roberto, porque mi vieja pega fuerte), ni portazos ni discusiones trascendentales. Miren estas dos fotos. Las acabo de juntar:

La Nina y yo tenemos aquí más o menos la misma edad. Lo que más me ha llamado la atención es qué bien definidos están nuestros sexos y nuesta filosofía de vida: ella, femenina, coqueta, intuitiva y feliz. Yo —en cambio—, masculino, seductor, reflexivo y con un toque existencialista. Encantador, igual que ahora. La raya al costado ambos, las facciones sutiles y egipcias, y en los dos casos posando en sitios de pedigrí: ella en una playa del mediterráneo, y yo en la fuente del club CASI de San Isidro. Fuimos, somos y seremos conchetos: eso me alivia mucho.

Lo he pensado serenamente anoche, y descubrí que tuve una infancia feliz. Llena de libros, de conversación y de juegos. En mi primer cumpleaños mi mamá hizo una torta gigante, de chocolate con duraznos, una torta borracha. Mientras escribo esto, la misma señora está en la cocina de casa haciendo una torta idéntica para mi hija. Eso también me alivia.

El quince de abril del año pasado una enfermera me puso un gorro verde, unas pantuflas de plástico y un delantal de loco, y me mandó a una habitación en la que estaba Cristina haciendo fuerza. Eran las cinco de la tarde, y yo no tenía la más puta idea de lo que me esperaba. Sabía todo, pero era pura teoría. No sabía nada. Media hora después sacaron de alguna parte algo de cuatro kilos, lo limpiaron con una toalla y me lo dieron para que lo llevara a la habitación.

Nina y yo subimos en ascensor, solos. Fueron los tres pisos más largos de mi vida.

Yo la miraba, ella no; ella estaba como estúpida, parecida a Sergio Víctor Palma, con los dedos de las manos arrugados de tanto estar abajo del agua. Entonces, mientras subíamos interminablemente, me vi en el espejo del ascensor. Me miré a los ojos y bajé la vista a lo que tenía en los brazos. El ascensor seguía subiendo. Entonces nos vi, nos vi a los dos. Mi cara no era de alegría, era de milagro. Lo primero que le dije a Nina (yo sé que ella no se acordará de esto) fue: “Tranquila, nena, la vamos a pasar bárbaro”.

Ahora, en un rato, hará un año de aquel viaje en ascensor. Ahora ella empieza a entender, de a poco, los vericuetos de su vida. (Las personas que tienen por lo menos un diente ya entiende casi todo). Ya pasamos trescientas sesenta tardes, ya apareció un diente, ya conoce la posición vertical, ya se reventó la cabeza contra el suelo y lloró, y le salieron chichones, ya se sabe la historia de Manuelita, ya se ríe con mis caras.

Mientras escribo este último párrafo, Chichita está en la cocina con la torta; Cris está a punto de llegar del trabajo; Roberto y Nina juegan en el comedor; Barcelona se puso las pilas y nos da un día de otoño, un día mercedino. Suena musiquita en toda la casa. Creo que me queda aire para inflar media docena de globos para la noche. Y pienso que sí, que por el momento es verdad la promesa que le hice a Nina en el ascensor. La estamos pasando bárbaro.

Hernán Casciari
Viernes 15 de abril, 2005

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62 comentarios Un año viajando en ascensor

  1. Krusty #62    11 marzo, 2016 a las 6:50 pm

    Es la primera vez que comento
    Me emociono leer esta historia, más allá de que la situación familiar sea muy distinta hoy en día.
    Tengo una beba de 9 meses y comparto mucho de las historias que contaste de esa época
    Muchas Gracias Hernán.

  2. Natalia Garcia #61    21 febrero, 2013 a las 4:15 pm

    No se como llegue acá la verdad, pero que bueno que pasara!.
    Estoy en mi lugar de trabajo, y desde hace un tiempo Orsai es mi compañía de cada mañana. Hoy una vez mas me hiciste emocionar.. Gracias!!

  3. Deby #58    30 abril, 2005 a las 7:35 pm

    hola, te deseo muchas felicidad, me emocionaste con lo que escribiste y la forma en que lo escribiste; excelente. Espero que haya sido un dia maravilloso y te deseo a vos y tu familia muchisima felicidad.
    Deby, desde lejos tambien…

  4. Laura #57    25 abril, 2005 a las 10:58 pm

    esperá a que tenga 14 o 15, y las fotos que vas a poner al lado serán las de la madre…no te ilusiones…Salú Hernán por tu “padridad” cumpliendo un año con Nina(por cierto , así se llama la hija de una amiga que hoy tiene 17 años, no es un nombre muy común y qué lindo que es!)

  5. Jo #55    18 abril, 2005 a las 5:12 pm

    La mejor promesa que puede un padre hacerle a su hijo la primera vez que lo ve. ¿Qué le va a prometer si no? Celebro que, un año después, la Nina esté pasándolo bárbaro.

    Un abrazo.

  6. el manaba #54    18 abril, 2005 a las 5:05 am

    Emocionante el post Hernan, feliz cumple a la Nina, no tengo hijos, pero si una sobrina de 6 meses que es la alegria de toda la familia. Un abrazo.

  7. QuiMeRa #53    18 abril, 2005 a las 2:43 am

    A pesar que tu post me emociono bastante, lamento decirte, que los niños ya de muy pequeños empiezan a guardar en Mis documento la mayoria de la informaciòn. Ya en la panza, empieza a grabar los sonidos, como por ej. la voz de la madre, que cuando ha nacido es lo primero que la calma.Asi que lo mas probable es que haya guardado varias cosas que no querias.

    Saludos.

    Tenes una hija hermosa!!!!

  8. Hazel #51    17 abril, 2005 a las 3:29 am

    Pues… mmm… feliz cumpleaños nina! un añazo ya! 😀 jajaja total… y ahora comportarse delante de ella… que ahora retiene mas datos que las cajeras del mercadona ^^