Una docena de tortas negras

Miró a las tres mujeres que esperaban que cortase el semáforo. Dos morochas, una rubia. Agachó la cabeza, tomó carrera, cerró los ojos y se tiró contra la rubia. Se cayeron al suelo, rodaron unos metros hasta el final de la vereda. La pierna de la rubia quedó en la calle, el taco del zapato casi tocando el charco de agua.

Él dijo:

—Perdón.

Ella dijo:

—La puta madre que te parió, casi me matás —pero sin rencor, más bien del susto.

Él se levantó y le extendió la mano. Ella se dejó ayudar. Al incorporarse se le escapó un cuarto de teta izquierda. Él se hizo el desentendido. Ella no se dio cuenta, porque ya le empezaba a arder el tobillo. Tenía una raspadura. Él dijo:

—Me tropecé con el cordón, soy un tarado.

Ella:

—No te preocupes, fue solamente el susto, ¿te hiciste mal?

—No, ¿vos?

Ella sonrió:

—Sí, me hice mierda.

—¿Podés caminar?

—Creo que no.

Él bajó la vista. Dijo:

—¿Te llevo a alguna parte? Tengo el auto acá a mitad de cuadra.

—No creo que pueda llegar ni a mitad de cuadra —dijo ella.

Él lo entendió como un sí y la abrazó por la cintura; ella le puso la mano en el hombro. Se fueron los dos, machucados, hasta el coche, que estaba a mitad de cuadra.

Era un Escort. Verde metalizado. Él la ayudó a subir. Después caminó, rengueando, alrededor del coche, se metió adentro y lo puso en marcha.

—¿Querés que primero pasemos por un hospital?

—No, no, lleváme a casa así me pongo mertiolate —dijo ella, y le dio la dirección.

—Eso es por acá —dijo él.

—A dos cuadras. Si yo iba a comprar facturas, nomás.

Entonces él detuvo el auto.

—Aguantá un cachito —dijo, y se bajó.

Salió corriendo. Volvió a los cinco minutos con una docena de tortas negras.

—Así por lo menos no hiciste el viaje al cuete —dijo, y le dio la bolsa con las facturas. Arrancó.

Ella dijo:

—Gracias.

Entonces se sintió cómoda. Le recorrió el cuerpo algo extraño, una especie de señal del destino, y apretó con fuerza el papel madera con las facturas, que estaban tibias.

Él condujo en silencio y sin mirarla. Ella, de reojo, vio sus manos, firmes al volante. Le gustaron, parecían las manos de su padre. Del de ella.

Quiso encontrar algo en el coche, sobre la guantera, encima de los asientos de atrás, en el parabrisas, que le dijera algo sobre él. Un juguete, una calcomanía, un pintalabios. Quiso saber si era casado, si tenía hijos, a dónde viajaba en verano. No encontró nada. A pesar de eso, seguía sintiéndose cómoda.

—¿Es por acá? —preguntó él.

—Adelante del Taunus —señaló ella—; el portón gris.

Estacionó en el único sitio posible, de un golpe de muñeca, con seguridad de experto. Se bajó del coche, lo rodeó rengueando, y le abrió la puerta.

—¿Me ayudás? —dijo ella.

Entonces él la levantó en los brazos, como en una luna de miel. Cerró la puerta del auto con el taco y caminó con ella en brazos hasta el portón gris.

—Abajo está abierto —dijo ella— pero despues es un segundo sin ascensor.

Él no dijo nada, ni siquiera hizo un chiste. Ella habría apostado a que él haría un chiste. Pero no, sólo silencio. Recorrió un pasillo mal iluminado, con ella en brazos. A la izquierda la pared era de espejos. Ella se miró en el espejo, le resultó muy tierno verlo, con la vena yugular hinchada, llevándola en el aire como un héroe de cine. Se gustó. Le gustó la pareja que hacían.

Él subió el primer piso a un ritmo constante, pero el segundo le costó muchísimo. Resoplaba. Ella sentía latir su corazón, el de él, cerca de su oreja. Ya no le dolía la raspadura en el tobillo, ya no tenía nada, pero era tarde para decirlo. Se dejó llevar hasta la puerta.

—Es acá, el H —dijo ella.

—¿Vivís sola o toco el timbre? —preguntó él.

—Sola.

Entonces la dejó con cuidado en el suelo. Ella se mantuvo en un solo pie, ayudándose en su hombro, el de él. Sacó las llaves. Abrió la puerta. La casa estaba a oscuras; la televisión encendida.

—¿Seguro podés caminar? —preguntó él.

—Sí, no te preocupes —dijo ella, entrando en un solo pie—. Pero pasá, pasá, ¿querés algo fresco? Debés estar muerto.

Él miró el departamento, era pequeño; el salón era también el dormitorio. Vio una cama de plaza y media revuelta, una mesa con dos libros abiertos, un cenicero lleno de colillas.

—No, está bien, gracias. Me voy —dijo él—. Tengo el auto mal estacionado.

Ella se lo quedó mirando. No entendió.

—El auto está lo más bien —dijo ella—. De verdad, si querés quedáte un rato. No pasa nada.

Él seguia en el vano de la puerta, sosteniendo el picaporte.

—No. Me tengo que ir. No te pongas mertiolate, ponete hielo mejor —dijo él, y aclaró—. En el tobillo.

Cerró la puerta, bajó los dos pisos sin renguear, salió a la calle. Eran las siete y diez, todavía había luz natural. Pasó por delante del auto, confirmó que estaba bien cerrado, y siguió caminando hasta la esquina. Había dos mujeres esperando que cortara el semáforo. Eran las dos morochas, aunque una demasiado alta. Agachó la cabeza, tomó carrera, cerró los ojos y se tiró contra la petisa.

Hernán Casciari
Jueves 19 de mayo, 2005

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132 comentarios Una docena de tortas negras

  1. claudia #132    31 marzo, 2006 a las 3:37 am

    yo prenderia fuego mercedes en este momento ya que todos los mercedinos buenos no estan ahi.-
    porque los que quedan (ustedes) no tienen nada en la cabeza!!
    poner a Pigna y a Porchetto en una lista junto a Videla!!!
    notienen idea de nada!!
    y ahora que esta de moda hablar de Pigna, uds. le tiran toda la porqueria encima.. me dan asco ustedes los mercedinos que aun viven en mercedes.
    pro suerte los mercedinos que valen la pena ya n0 viven ahi!
    AGUANTE PORCHETTO Y PIGNA!!!!
    uSTEDES NO TIENEN IDEA DE QUE ESTAN HABLANDO
    SARTA DE INUTILES!!!

  2. La osa mayor #131    22 junio, 2005 a las 4:26 pm

    Fue un placer leer este post y seguir los comentarios también.
    Buenísimo el final agregado por Pecadora en #64.
    Mortal lo siguiente:
    “—No. Me tengo que ir. No te pongas mertiolate, ponete hielo mejor —dijo él, y aclaró—. En el tobillo. “

    Te felicito por tu blog.

    OsaM

  3. Lino Solís de Ovando G. #127    30 mayo, 2005 a las 11:11 pm

    Hola Hernán. Ya te conocía por Diario de una Mujer Gorda, y ahora llegué, ya no sé por qué, a Orsai, y nuevamente es grato volver a leerte. Así que ya tienes un lector fiel. De paso te invito a que les mi blog, Goma de Mascar, una columna literaria en capítulos que apareció en el ex portal electrónico del diario La Nación (Chile), Primera Linea, y que continuó siendo publicada en la actual página web, http://www.lanacion.cl., hasta septiembre de 2003, bajo el seudónimo de Andrés Rosso Savoia. Hoy reaparece Goma de Mascar, con todo el material ya publicado, con la idea de que la íntima saga del gum taster continúe. Un abrazo.

  4. Cristina Daae #124    30 mayo, 2005 a las 9:31 pm

    Gambetita: Hace un montón de meses Hernán propuso una versión free y una paga de Orsai y en la paga no se anotó ni el Tony. (Es así, pero me da fiaca buscar cuándo)
    Está todo inventado, el tema es que de resultado.

  5. walquiria #122    30 mayo, 2005 a las 8:34 pm

    Todavia con las tortas negras!!!
    No estoy de acuerdo con el mal hablado de esa lechuga carnìvora que anda posteando por acá, pero la verdad Hernán que nos estás haciendo esperar mucho para leerte!!!
    Cariños
    Walquiria

  6. El Angel Gris #113    25 mayo, 2005 a las 12:12 am

    Primer acto: Una paloma caga y le cae a Pigna en el hombro.

    Segundo acto: Otra paloma caga y le cae a Pigna en la cabeza

    Tercer acto: Otra paloma caga y le cae a Pigna en la espalda

    ¿Como se llama la obra?

    “Lo recagó a pignas”

  7. Hernán #107    23 mayo, 2005 a las 10:49 pm

    Ahora no está de moda Piglia; está de moda Pigna, que es de Mercedes.

    Hablando de ponencias. Primer acto, entra un tipo con su ticket a una ponencia de Felipe Pigna. Segundo acto, entra la señora de Felipe Pigna, pero sin su ticket. ¿Cómo se llama la obra?

    Pigna colada.

  8. Ginger #103    23 mayo, 2005 a las 8:12 pm

    Esta es una ventaja de la relación directa lector-autor. Si Cortazar hubiera tenido un blog yo hubiese sido la primera en preguntarle que cosa había dentro de la muñeca en 62/Modelo para armar.

  9. Hernán #102    23 mayo, 2005 a las 6:46 pm

    —A Ana le gustaban las manos de Juan, porque se parecían a las manos de su padre.

    —¿De qué padre, del padre de Ana o del padre de Juan?

    —Del de ella.

    —¡Pues aclareló, hombre, que me confundo!