Bienvenido al club

No sé muy bien cuándo me voy a morir, pero ya puedo decir que soy del grupo que vio a Racing campeón más de una vez. Parece una meta pelotuda, pero ojo: durante mucho tiempo la sequía me hizo pensar que nunca iba a ser de los privilegiados.

En los treinta años que me tocó vivir del siglo veinte me sentí destinado a quedar afuera. Todos los que nacimos del ’68 en adelante fuimos una generación de racinguistas vírgenes: nos amamantaron leyendas orales, recortes de diarios viejos y la memoria de los mayores.

En los recreos los compañeritos de Boca, de River o de Independiente festejaban campeonatos actuales, calientes, mientras nosotros teníamos que llevar tapas coloreadas de El Gráfico para sacar pecho o sentir orgullo.

Yo fingía emocionarme cuando mi viejo me recitaba el equipo completo de Pizzuti, pero en realidad tenía un poco de envidia y sobre todo bronca. ¿Por qué me había hecho de un cuadro donde los recuerdos felices eran únicamente suyos, y nunca míos?

Envidiaba también a mi abuelo Salvador, cuando me explicaba el tricampeonato del 49, 50 y 51. ¿Por qué él tres copas seguidas y yo ninguna? Y envidiaba (sin conocerlo) a mi bisabuelo Pasquale, que vio completa la campaña gloriosa de amateurismo, con aquellos siete torneos al hilo, de 1913 a 1919, que nos dieron el apodo de La Academia.

Los mayores me recomendaban estar orgulloso de mi racinguismo, ¿pero por qué? ¿De qué maravilla había sido testigo? Durante los primeros treinta años de mi vida solamente vi partidos trabados, pelotazos a la tribuna, una quiebra que casi nos deja sin club y dos años vergonzosos en el descenso de los sábados. Ese era todo mi curriculum.

Fui un nene de Racing, un adolescente de Racing y un bolas tristes de Racing con un montón de historias ajenas y ninguna propia para contarle a mis hijos ni a mis nietos, si alguna vez los tenía.

Ellos, los mayores, lo habían tenido más fácil. Mi bisabuelo Pasquale llegó a Argentina en 1909 y lo mató una bala perdida en un corso mercedino de 1938, a los cuarenta y cinco años; pero en el medio pudo ver a Racing campeón nueve veces. Y le enseñó a ser de Racing a su hijo, que después sería mi abuelo. Cumplió su meta en la vida.

A mi abuelo Salvador le detectaron un cáncer de páncreas cuando Racing estaba en la B; mi viejo y yo queríamos que aguantara vivo hasta que subiéramos de categoría, pero se murió dos fechas antes; no le debe haber importado, porque vio a Racing campeón once veces, y le enseñó a ser de Racing a su hijo, que después sería mi padre. También cumplió.

Y Roberto Casciari, mi papá, se murió sentado en un sillón una semana después del Clausura 2008 donde Racing salió último, pero a quién le importa, porque lo vio campeón siete veces, y viajó a Montevideo para ver el gol del Chango Cárdenas contra el Celtic. Y me enseñó a ser de Racing a mí, que fui su único hijo varón. Todos cumplieron su parte, menos yo.

Por eso pensé en ellos tres hace un rato, mientras miraba los festejos en el Cilindro, las banderas y la fiesta de mi segundo campeonato en vida.

O mejor dicho: pensé en nosotros, en los cuatro juntos. Pensé en Pasquale, en Salvador, en Roberto y en mí como si tuviésemos la misma edad y pudiésemos ocupar el mismo espacio. Nos vi sentados en los sillones de casa. Mirábamos, emocionados, las lágrimas de Milito en el televisor.

Y me di cuenta —al verlos— de que no nos parecemos en nada. A Pasquale le fascinan las armas, habla en cocoliche y es medio anarquista. A Salvador le gusta criar palomas, vive en el campo y fuma cigarros negros. Roberto es flaco y narigón, introvertido, y vota a la derecha. A mí me gusta fumar porro, soy gordo y me gusta escribir. No. No nos parecemos un carajo.

Así que me resulta milagroso, tremendamente absurdo, que hayamos pasado por la vida con algo llamado Racing Club atravesándonos a los cuatro como en una brochette. Hace 105 años que alentamos la misma fiebre, cada cual a su manera.

La sintonizamos en una radio a transistores, la vimos en una tele blanco y negro, viajamos a la misma cancha desde que era de madera hasta que fue de cemento, vivimos en países propios y extraños pero siempre con la portátil o el iPhone buscando señal febril, siempre con el mismo metejón en la cabeza.

Somos cuatro tipos de épocas distintas con un detalle en común que no tiene mucha importancia: ser hinchas de un equipo al que vimos campeón más de una vez en la vida.

Hace un par de horas estos tres amigos queridos, que ya no están pero estuvieron siempre, me dejaron entrar a ese grupo de privilegiados:

—Avanti, bambino —me dijo Pasquale.

Negrito, ya era hora —me palmeó Salvador.

—Bienvenido al club —dijo papá.

 

VERSIÓN EN AUDIO

Esta mañana leí esta historia en mi columna de radio Vorterix. Se las dejo acá abajo a los que les gusta escuchar en vez de leer.

Pueden encontrar más de doscientos relatos del blog Orsai en formato de audio, en mi canal de YouTube.

Hernán Casciari
Lunes 15 de diciembre, 2014

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83 comentarios Bienvenido al club

  1. James Cruz #56    5 noviembre, 2018 a las 12:55 pm

    No se nace siendo hincha de un club. Es algo que quizás desde el momento en que decidimos vivir estamos destinados a ser, algo que sin querer ya se nos dio por herencia, algo que sin duda vamos a ser por el resto de nuestras vidas.

  2. Walrus #55    4 junio, 2016 a las 4:29 pm

    Imposible olvidarme de ese 2014. Mientras se gestaba mi segundo hijo, también lo hacía mi segundo campeonato. Nací en el 79. Durante mi adolescencia me había resignado al aguante mohicano eterno sin éxitos. No sé si es cierto, pero creo que los hinchas de equipos con vueltas más frecuentes no tienen ese sentido de trascendencia que dan los campeonatos tan esperados.

  3. Anabella D #53    20 junio, 2015 a las 5:21 pm

    Cuando Rasin jugó la promoción con Belgrano de Córdoba. Si mal no recuerdo en el 2008, mi viejo me dice, pálido “Me voy afuera, a tocar el violoncello, porque creo que se me va a parar el corazón. Fijate en un rato como estoy”

    Gordo, gracias por compartir lo hipocondríaco que es ser hincha de rasin clú, y además ser poeta.
    Creo que tu existencia en el planeta me hace pensar que cuando sea vieja y gorda no voy a ser infeliz. O voy a serlo, quizás si. Pero aprenderé antes a cagarme de risa de ello.
    Gracias por existir loco. Gracias.

  4. Luis Fare #51    28 enero, 2015 a las 8:27 pm

    “A mí me gusta fumar porro, soy gordo y me gusta escribir. No. No nos parecemos un carajo”.
    Jaja sos un genio gordo, ojalá tu humor sea interminable.