Este año mi hija Nina ya empieza la escuela superior, ya creció como un árbol lleno de hojas, ya lee libros de muchísimas páginas, ya me perdonó el divorcio con más sensatez y dulzura que nadie, y ahora (justo esta semana) cumplirá doce años. Durante su educación primaria hicimos —un poco en chiste y un poco en serio— un contrato anual que resultó muy provechoso para su infancia. (Una infancia que ahora termina.) Como no firmaremos más estos convenios, haré público su contenido por si otros padres quieren usar un sistema que a mí, y sobre todo a ella, nos divirtió mucho durante años.

Mi madre, una señora dos veces viuda de casi setenta años, se enteró al mismo tiempo de dos novedades sobre su único hijo varón. Primero le dijeron que me había dado un infarto, que yo estaba grave en el extranjero y que mi vida pendía de un hilo; un rato después le confirmaron que durante la desgracia no me acompañaba mi esposa ni mi pequeña hija, sino una mujer desconocida a la que mi madre bautizó inmediatamente «la otra» y a quien le adjudicó la culpa de mi episodio cardíaco, de mi desbarranco sentimental y de mis futuras desgracias económicas.

A mediados de agosto una lectora me mostró una foto de su hija, en piyama y con pantuflas, que leía muy oronda un libro mío. La foto es divertida porque la nena, que puede tener entre ocho y diez años, está cruzada de piernas y parece ajena al mundo. Al final, su madre me hace una pregunta, un poco en chiste y un poco en serio: «Casciari», me dice, «¿cuán alejados de los niños hay que tener tus libros?».

Dos meses antes de la Copa del Mundo, cuando vivir y respirar era mucho más fácil que ahora, cuando no se te aparecía en sueños Gonzalo Higuaín habilitado frente a un arco vacío, me comprometí a entregar un trabajo el quince de julio. Ni siquiera era un trabajo pago, sino el pedido de un amigo: «Hola Hernán, elegí los nueve libros que te hayan cambiado la vida y explicá por qué en cien palabras».

Este blog cumplió nueve años el viernes. En ese tiempo Orsai fue mutando a libro, a novela, a obra de teatro, a revista, a pizzería, a bar, a editorial, etcétera. La enumeración es intensa, pero lo que más me llama la atención es ese etcétera al final del resumen: cada vez me da más miedo. Ahora no me acuerdo qué día de 2012 empezamos a fantasear con que el siguiente paso natural de Orsai debía ser fundar una universidad. Pero algo es seguro: fue en una sobremesa de verano y lo propuso Chiri, que no estaba sobrio.

Chiri ya no está en España. Yo no percibo todavía su ausencia, no todo el tiempo. Me doy cuenta después de las seis de la tarde, cuando solíamos juntarnos para planear la revista; y los sábados, que es cuando juega el Barcelona. Con el tiempo me irán cayendo otras fichas (los póquer de los lunes o las cenas familiares), pero no tengo todavía la ausencia instalada. Tampoco la tuve durante la última sobremesa, aun sabiendo que era la última.

Siete de la tarde en Buenos Aires. El teatro Margarita Xirgu está en silencio; una multitud de lectores ha llegado desde diferentes lugares de Argentina para oír la presentación de un libro. En una mesa vacía, sobre el escenario, esperan dos personas que se conocen desde hace, exactamente, treinta años. Uno ha llegado allí desde Luján; el otro, desde Barcelona. El más gordo de los dos ha escrito un libro; el más flaco está ahí haciéndole el aguante, como corresponde. El que se llama Chiri, muerto de miedo, empieza a hablar.

Descubrimos el truco por casualidad, en nuestro propio edificio. Y como nos salió bien, empezamos a repetir la rutina en hogares ajenos, subidos a otros ascensores, con nuevas víctimas. Las bromas perfectas surgen de la nada, de un error o una impaciencia, y ésta fue una de las mejores. Tan original, y tan simple, que siempre nos pareció mentira que no existiera ya, que no fuese un clásico popular. Pero no lo era: lleva nuestra firma. De hecho, ésta será la primera vez que el truco tome estado público.

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